CAPÍTULO DOS
El interior de la casa no fue lo que él pensaba, pero por todo lo contrario, teniendo en cuenta el descuidado aspecto del exterior. El porche era muy sólido, pero necesitaba desesperadamente unas manos de pintura. Sin embargo el recibidor al que entró estaba inmaculadamente limpio y debía de haber sido pintado y barnizado el año anterior.
Vaya, así que después de todo no era la chabola que Eleanor se había imaginado. Era evidente que el tío Jack la había mantenido muy cuidada.
Los suelos de madera eran viejos, pero estaban bien barnizados y sorprendentemente limpios, teniendo en cuenta que la casa llevaba un mes vacía... Entró en la cocina y la encontró igualmente ordenada. Un viejo frigorífico ronroneaba en un rincón. Jack abrió la puerta y, para su sorpresa, vio que estaba lleno de comida.
Abrió una botella de cerveza mientras su boca se relajaba en una sonrisa. Coors. Bien, desde luego Eleanor no había preparado aquello. Siempre le había parecido repugnante su gusto por la cerveza, especialmente por la marca Coors. Eleanor solía decirle que, ya que tomaba esa bebida repugnante, al menos podía escoger una marca importada.
Salió de la cocina, preguntándose cómo estaría el piso superior. Por supuesto, estaba igual de ordenado y pulcro que el resto de la casa. Sólo había tres habitaciones, un baño pequeño pero inmaculadamente limpio, un dormitorio igualmente pequeño que su tío debía haber utilizado como trastero y otro dormitorio.
La cara era grande y estaba limpia, como ya se había imaginado. Las superficies de los antiguos muebles de roble tenían el sutil brillo de la madera bien cuidada durante generaciones. La cama estaba hecha, y olía maravillosamente a limpio.
Volvió a bajar y salió al exterior. La noche era clara, y el cielo estaba cuajado de estrellas. Al volver a entrar en la casa con la maleta, tuvo una fuerte sensación de bienvenida, como si la vieja casa se alegrara de verlo. Jack sonrió ante lo pintoresco de la imagen. Debía de ser el aire de aquel lugar.
Tras dejar la maleta en el dormitorio, volvió a coger su cerveza y se dirigió al salón. La chimenea estaba cargada de leña y Jack no dudó en aplicarle una cerilla, viendo cómo las pequeñas llamas encendían el papel de periódico arrugado y comenzaban a lamer la corteza de los troncos.
Ni siquiera estaba seguro de que el señor Jenkins hubiera recibido su carta. El abogado le había dicho que Jenkins cuidaría la propiedad hasta que llegara él a hacerse cargo de ella. Jack había escrito diciendo que iría, pero no le había pedido a Jenkins que le preparara el lugar. Ni siquiera decía cuándo iba a llegar. Pero aparentemente Jenkins había recibido la carta y había decidido preparar todo para su llegada.
Quizá fuera cierto todo lo que decían sobre la hospitalidad. Tendría que darle las gracias. Al día siguiente iría al pueblo y lo buscaría.
Miró a su alrededor. Como, el dormitorio del piso superior, esa habitación tenía cierto sabor victoriano. Los muebles eran grandes y sólidos. Sin embargo la habitación no parecía un museo, pensó Jack sentándose en una butaca y dando un trago de cerveza. Su boca se curvó en una sonrisa de satisfacción y levantó la botella como en un brindis.
-Por ti, tío Jack. Espero que dondequiera que estés, hayas encontrado más emociones que las que esta vida puede ofrecer.
Dio un largo sorbo de cerveza inclinando la cabeza hacia atrás. En aquel momento vio por el rabillo del ojo un resplandor dorado. Giró la cabeza con rapidez, pero lo único que pudo ver fue un objeto bastante grande sobre una mesa en un rincón.
Se levantó para investigar. La luz pareció desplazarse mientras se acercaba, iluminando un enorme samovar de resplandeciente cobre firmemente asentado sobre una mesa de caoba.
-¿Para qué demonios querías esto, tío Jack? -preguntó en voz alta, mientras se acercaba a contemplarlo.
Era exquisito. Tenía casi un metro de altura y un diseño. de líneas sinuosas y entrelazadas. El cobre parecía brillar con luz propia. El mínimo destello de luz del fuego jugaba con la bruñida superficie haciéndolo parecer con vida.
Alargó la mano y lo tocó. Parecía caliente. Al menos más de lo que debía estarlo en aquella habitación. Y además producía una sensación de calor. La ilusión era tan fuerte, que se preguntó si en realidad el viejo samovar estaría vivo.
Apartó la mano y siguió contemplándolo. Era una pieza bellísima y parecía tan invitadora que Jack sintió deseos de volver a acariciar su superficie. Pero antes de llegar a tocarlo con los dedos, se detuvo en seco. Si lo tocaba estaría perdido.
¿Perdido? ¿Perdido por qué? Jack sacudió la cabeza mientras se alejaba del samovar. Quizá en el fondo Eleanor tuviera razón. Quizá debiera cambiar de marca de cerveza.
Cogió la botella de cerveza vacía y salió del salón, negándose a reconocer el cosquilleo que sentía entre los omoplatos al dar la espalda al samovar. Una vez en la cocina, la sensación de incomodidad desapareció, y Jack se rió de buena gana de su imaginación calenturienta.
Se preparó un enorme sandwich de jamón y se dirigió al dormitorio. Al pasar por delante del salón, entró un momento a comprobar que el fuego estaba bien recogido en el hogar, y de nuevo, el leve reflejo del samovar le hizo sentir como si le estuviera observando. Estaba cansado y la imaginación le estaba jugando malas pasadas.
En cuanto se metió entre las limpias sábanas, sintió con más fuerza que nunca que la casa lo acogía con agrado, pero pensó que esa sensación estaba producida por el viaje y el exceso de trabajo que había soportado últimamente. Al día siguiente volvería a ser una casa normal y corriente.
Jack se quedó dormido enseguida, respirando profunda y pausadamente. Hacía años que no dormía tan profundamente. Tanto, que no se dio cuenta de que no estaba solo.
No se movió en absoluto cuando una figura salió de entre las sombras y se acercó a la cama. La luz de la luna iluminó una masa de cabello pálido y brillante, y las luces y sombras jugaron con el delicado óvalo de su cara mientras se retorcía las manos con gesto de preocupación.
Era curioso. El rostro de aquel hombre era de alguna forma duro y anguloso. No había suavidad en él, y sin embargo, ella se sentía atraída por él... Era una fuerza contra la que no luchó. Su instinto le decía que estaba bien.
Era un hombre muy guapo. Y fuerte. En su mandíbula se veía su fuerza. Extendió una mano para apartarle de la frente un mechón de cabello, pero la retiró sin tocarlo, preguntándose qué sería el extraño cosquilleo que sentía. Era como si el aire cobrara vida.
Aquel hombre era su futuro, si es que tenía alguno. ¿Cómo reaccionaría? Se apoyó una mano sobre el pecho, sintiendo la leve aceleración de su corazón. Estaba nerviosa, pero había algo más. Algo que nunca antes había sentido y que no podía definir.
Miró a Jack un momento más, siguiendo con los ojos las fuertes líneas de su rostro, imaginando qué futuro lo esperaría.
Desapareció entre las sombras tan silenciosamente como había aparecido, como, una bocanada de humo dispersa por la brisa de verano.
-Buenos días, soy Jack Ryan -dijo, tendiendo la mano al hombre que atendía el almacén general del pueblo.
Era una tienda en la que se podía encontrar prácticamente de todo, y al parecer la única que abastecía al pequeño pueblo de Riverbend.
-Vaya, el sobrino del viejo Jack -dijo el hombre, estrechándole la mano-. Me imaginaba que estaría al caer. Yo soy Burt Jenkins. ¿Cuándo llegó?
-Anoche, a última hora. Quería darle las gracias por cuidar de la casa. Le agradezco mucho lo que ha hecho.
Jenkins se encogió de hombros.
-No es nada. Aquí no hay mucha delincuencia. Lo único que he hecho es pasar por allí una vez a la semana y cerciorarme de que todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Si hubiera sabido cuándo iba a venir, le habría llevado unas lámparas de petróleo. ¿Cómo se las arregló sin luz?
La sonrisa de Jack fue acompañada por un leve fruncimiento de cejas.
-¿Lámparas? La luz estaba dada.
Esta vez fue Jenkins el que pareció sorprendido.
-¿La luz? Debe haberse confundido de casa. Jack hizo cortar la electricidad hace años. Dijo que cobraban demasiado, y que prefería las lámparas de petróleo. Siempre me compraba el petróleo. Y será mejor que se lleve usted también algo, o no va a poder vet nada esta noche.
-Sí, claro -dijo Jack, asombrado-. ¿Está seguro de lo de la electricidad?
-Del todo -dijo Jack, poniendo dos botellas de petróleo sobre el mostrador.
-Pero había luz anoche. El frigorífico estaba encendido.
Jenkins se encogió de hombros.
-Quizá los de la compañía de la luz oyeron que venía un nuevo inquilino y pensaron que no sería tan tozudo como el viejo Jack.
Comenzó a hacer la cuenta de lo que se llevaba Jack, sin mostrar mayor interés por el misterio.
-Sí, puede ser -dijo Jack mientras pagaba.
-¿Va a quedarse mucho tiempo?
-No lo sé todavía. Tengo aún muchas cosas que decidir.
-Bien. Si necesita algo, hágamelo saber. Estoy aquí casi todo el día.
-Gracias. Lo tendré en cuenta. Y gracias de nuevo por cuidar de la casa.
Jack cargó todo en el asiento delantero derecho y se sentó al volante. Condujo mecánicamente hacia la casa. No sabía mucho de compañías de electricidad, pero desde luego sí sabía que no solían volver a conectar la luz a una casa con la esperanza de que el nuevo inquilino la pagara.
En cuanto llegó, entró a la casa y encendió los interruptores. Todos funcionaban. Se puso a buscar el contador de la luz y lo encontró sin problemas. Estaba en un lateral de la casa. Era una vieja y herrumbrosa caja firmemente atornillada a la pared de madera. La ventanilla de cristal colgaba a un lado, sujeta por un solo gozne. El contador no funcionaba, y evidentemente no lo había hecho en muchos años. Ni siquiera quedaba el cable.
Aquello cada vez era más curioso. ¿De dónde venía la electricidad entonces?
Se quedó mirando la casa desde fuera con las manos en las caderas. A un lado del porche, había un viejo y enorme rosal cuajado de flores. Grandes rosas de color albaricoque florecían por todos lados, llenando el aire de su perfume. Entonces, Jack frunció el ceño aún más. Las rosas eran la pasión de su madre. ¿No era demasiado pronto para que florecieran, sobre todo en un lugar tan alto?
Y eso no era todo. Por la mañana, había encontra do que los platos que había manchado por la noche habían sido misteriosamente lavados y guardados. Y los que había manchado en el desayuno también habían desaparecido. Al principio, no le había llamado la atención, puesto que estaba acostumbrado a que el servicio retirara todo inmediatamente de su casa. Pero aquí no había servicio.
¡Y el coche! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Cuando había salido por la mañana el jaguar estaba en el garaje, y por la noche, él lo había dejado delante de la casa. Y las llaves no habían salido de su bolsillo. Alguien tenía que haberlo metido en el garaje. Jack sintió un escalofrío en la espina dorsal. Todo aquello parecía sacado de una película de misterio. Y seguía teniendo la sensación de que alguien lo observaba.
Recordó los cuentos de duendes y hadas que había escuchado en la niñez.
-Bien, Jack. Te estás portando como un idiota -murmuró para sí, pero la sensación de ser observado no desapareció.
Decidió dar una vuelta, y se dirigió hacia los árboles. Una vez más, giró sobre sí mismo para mirar la casa, y fue entonces cuando captó un movimiento en la casa. La adrenalina explotó en su interior. Alguien salía de la casa al porche. El sol le daba en los ojos, y lo único que podía ver era una forma humana. Jack sintió un ridículo alivio.
-¿Qué esperabas, imbécil? ¿Un marciano de tres cabezas? -murmuró para sí.
Lo único que tenía que hacer era hablar con esa persona y tendría la explicación de todo lo que sucedía. Salió de entre los árboles y avanzó hacia la casa.
-Buenos días...
La figura se sobresaltó, saltó del porche y echó a correr. Jack vio cómo su explicación iba a desaparecer, y echó a correr. No en balde había formado parte del equipo de atletismo de la universidad durante varios años. La distancia entre fugitivo y perseguidor se acortó rápidamente. Midiendo las distancias, Jack se lanzó en plancha, agarrando las piernas de su presa con un impecable placaje, y los dos golpearon el suelo. Jack consolidó su bloqueo, agarrando unos hombros sorprendentemente estrechos y haciendo volverse al desconocido. Sólo pudo ver una mesa de cabello rubio pálido, tan claro que casi parecía blanco, y unos asustados ojos azules.
En un parpadeo, aquel cuerpo desapareció y Jack cayó de bruces al suelo. Escupió tierra mientras se levantaba. Debía haberlo dejado sin sentido por sorpresa. ¿Pero cómo una muchacha podía haberle propinado un golpe semejante?
-¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
La voz era increíblemente suave, y tenía un acento indefinible. Se volvió para ver a la persona que hablaba. Había esperado que huyera, pero allí estaba, a unos metros de él y con expresión incierta.
-¿Quién eres? -dijo Jack, pretendiendo que el tono de su voz fuera autoritario y seco.
Pero la extraña belleza de la muchacha le impidió mostrarse enfadado. En su vida había visto a una mujer más exquisita. Desde la espesa masa de cabellos rubios hasta las puntas de sus pequeños pies era como una imagen de cuento de hadas.
-Soy Sheri -dijo ella, jugueteando con un mechón de cabello entre los dedos.
-Yo soy Jack -dijo él, mirándola intensamente, buscando un fallo en ella sin poder encontrarlo.
-Lo sé. Tu tío me dijo que vendrías.
-¿Conocías a mi tío Jack?
Una sonrisa revoloteó en el perfecto óvalo de su rostro.
-Era mi amigo.
Jack se acercó a ella, atraído por su belleza, sin poder creer lo que estaba viendo. Ella se retiró tímidamente, mirándolo con una especie de nerviosa ansiedad que lo sorprendió.
-¿Eres tú quien puso la comida en el frigorífico?
-Sí. ¿Estaba todo bien? -dijo ella, soltando el mechón, que cayó sobre su camisa de algodón azul claro.
-Todo estaba perfectamente -dijo Jack, olvidando todas las preguntas que quería hacerle.
-Bien. No estaba segura de si te gustaría.
Ella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Dios mío, jamás había visto unos ojos tan azules. En lo más profundo tenían un ligero tono verde; era como mirar el corazón de un zafiro y ver un brillo de esmeralda en su interior.
Era pequeña. No debía medir más de un metro sesenta, y era menuda. Parecía tan frágil que el viento fuera a llevársela en cualquier momento. Pero algo le dijo a Jack que era más fuerte de lo que parecía.
-¿Te apetece pasar a tomar una taza de café, o de té frío? Quizá el té sea mejor en un día como hoy. Podemos charlar un rato.
Ella dudó un momento, y Jack se preguntó qué estaría pensando detrás de aquellos profundos ojos azules. Entonces ella asintió.
-Me gustaría mucho.
Mientras se dirigían a la casa, algo le dijo a Jack que después de aquel encuentro, la vida ya no volvería a ser igual.
-¿Traigo el té?
Jack indicó a Sheri que se sentara, negando con la cabeza.
-Yo soy el anfitrión. Yo lo traeré. Siéntate y ponte cómoda. Me temo que tendrá que ser té instantáneo.
-No. Creo que hay una jarra con té helado en el frigorífico.
Jack se quedó mirándola.
-No recuerdo haberla visto.
-Creo que la dejé allí. A tu tío le gustaba mucho el té.
Sheri abrió la puerta del frigorífico y sacó una gran jarra blanca.
-¿Ves?-dijo sonriendo-. Sabía que la había dejado aquí.
Jack miró la jarra. La noche anterior no estaba allí.
Sheri llenó dos vasos y los puso en la mesa mirándolo. Jack dejó de mirar a la jarra y la miró a los ojos, y ella pareció incómoda. Aunque quizá fuera su imaginación.
-Estaba detrás -dijo ella con voz normal-. Posiblemente por eso no la viste.
-Sí, será eso -dijo él, sacudiendo la cabeza.
Los dos se sentaron a ambos lados de la mesa, y Jack tuvo que hacer un esfuerzo para despegar sus ojos de los de ella.
-¿Hacía mucho que conocías a mi tío?
-Varios años. Era un hombre encantador. -Sí. Algo difícil de tratar, pero encantador.
-Sí, quizá lo fuera, pero en el fondo era un hombre muy dulce. Un poco solitario, ¿sabes?
Jack sintió una punzada de culpabilidad.
-Debía haber venido a verlo hace años. ¿Por qué siempre parece que tienes mucho tiempo para hacer algo, y cuando quieres hacerlo, ya es demasiado tarde?
-Así son siempre las cosas. Pero tu tío lo entendía. No le importaba. Creo que se alegraba. Los últimos meses estaba bastante mal, y creo que no quería que lo recordaras así.
-No sabía que había estado enfermo -dijo él, sintiendo una nueva y dolorosa oleada de culpabilidad.
La mano de Sheri se posó sobre la suya, infundiéndole calma.
-De verdad, no quería que lo supieras. Le sugerí que te llamara, pero dijo que ya habría tiempo para que vinieras cuando él hubiera muerto.
-¿Tiempo para qué?
Ella apartó los ojos y retiró la mano. A Jack le resultó casi doloroso perder el contacto.
-No sé. No siempre me decía lo que pensaba.
-Hablas como si le hubieras conocido muy bien.
-Sí. Era un hombre muy bueno. Los ojos de Jack se entrecerraron ligeramente. -¿Lo cuidaste tú los últimos meses? Ella pareció pensar en cómo responder.
-Él me había ayudado a mí cuando yo lo necesitaba, y yo hice lo mismo.
-Dios mío, no tenía ni idea. Debíais de ser muy amigos.
-Lo éramos -dijo ella simplemente.
-¿Y tu familia? ¿No les importó?
-Yo... no tengo familia.
Él siguió mirándola, formando otra pregunta en su interior,.
-¿Entonces vivías aquí con él?
Ella pareció incómoda, pero respondió enseguida.
-Sí. Estaba bastante enfermo, y preferí que no se quedara solo.
-Oh, Dios mío. Me siento como un imbécil. Ni siquiera quiso recurrir a mí. Yo lo habría ayudado...
Ella volvió a posar su mano sobre la de él.
-Él lo sabía. Por favor. Él no quería que te sintieras así. Sólo hizo las cosas como pensaba que debía hacerlas.
-Mi tío siempre hizo las cosas a su manera.
Guardaron silencio un rato mientras tomaban el té. De repente, Jack volvió a salir de sus recuerdos y la miró con curiosidad.
-Si vivías aquí con el tío Jack, ¿dónde dormiste anoche?
Ella se llevó una mano al pelo y se puso a retorcer un mechón entre los dedos, gesto que evidentemente hacía cuando estaba nerviosa.
-Hay muchos sitios por aquí donde dormir.
Jack no le pidió una respuesta más concreta, ya que ella no parecía querer hablar del asunto. Pero estaba seguro de que había dormido en el granero, donde había visto que había una buena provisión de paja.
Quizá no tuviera dinero para dormir en otro sitio. Había dicho que no tenía familia. Pero sin embargo, había aprovisionado la casa abundantemente.
-¿Tienes hambre?
-No, la verdad es que no.
Pero Jack no la creyó. Evidentemente era orgullosa. No querría reconocer que estaba hambrienta. Pero no podía comprenderlo. Si había cuidado de su tío durante meses, una comida era lo menos que Jack podía ofrecerle.
-Bien, pues yo sí. Te quedarás a cenar, ¿verdad?
En el exterior el sol empezaba a ponerse. Una de las desventajas de haber dormido hasta casi mediodía era que el día se pasaba muy rápidamente.
-Yo... Sí, me encantaría. ¿Quieres que prepare algo?
-Yo puedo hacerlo.
-Ya lo sé, pero me gusta cocinar --dijo ella con su tímida y arrebatadora sonrisa-. Al tío Jack le gustaban mis comidas.
-«Tío Jack» -dijo él, sorprendido-. ¿Lo llamabas así?
-Sí. No te molesta, ¿no?
-En absoluto. Pero puedo asegurarte que no tengo ninguna prima tan guapa como tú.
Sheri se sonrojó y apartó la mirada. Jack se dio cuenta de que el comentario había sido claramente de galanteo. Y no era ese su estilo. Era un hombre comprometido. Incluso dejando aparte a Eleanor, nunca había sido de los hombres que flirtean. En fin, últimamente había muchas cosas que le extrañaban de sí mismo.
Sheri insistió tanto en preparar la cena, que Jack cedió, dejándola encerrarse en la cocina. Se sentó en el salón, delante del fuego. Realmente era sorprendente. Aquella muchacha explicaba muchos de los misterios de la casa, pero no todos. No podía explicar que hubiera electricidad.
Jack se acercó pensativamente al samovar. Con más luz, se dio cuenta de que la ornamentación era fantástica. Era una verdadera obra de arte. ¿Qué demonios hacía aquella pieza de museo en casa de su tío? En realidad lo único que había coleccionado su tío Jack eran fantasías.
Iba a levantar la tapadera cuando oyó la voz de Sheri a su espalda.
-La cena está lista.
Jack se volvió, sorprendido, apartando la mano del samovar. Ella estaba en el umbral de la habitación y tenía expresión de reserva. ¿Por qué? Jack sacudió la cabeza lentamente y sonrió a Sheri. Quizá estuviera empezando a chochear.
-¿Tan pronto? -preguntó él-. Eres una cocinera muy rápida.
Ella sonrió de nuevo.
-No es nada complicado.
Los ojos de Sheri se posaron un instante en el samovar, y Jack hubiera jurado que vio un destello de inquietud en ellos.
-Es bonito, ¿verdad? -preguntó.
-Sí -dijo ella.
-¿Tienes idea de dónde lo consiguió el tío Jack?
Esta vez no había duda. La expresión de Sheri casi fue de miedo. Pero sus palabras fueron tranquilas.
-Creo que lo encontró en una tienda de Hollywood. Le pareció curioso.
-Hollywood, ¿eh? Tierra de sueños y de magia -dijo Jack, volviendo a mirar el samovar-. Supongo que es un lugar apropiado para encontrar una cosa así. Me pregunto qué valor tendrá.
-Él dijo que no era nada especial. Simplemente le llamó la atención. La cena se va a enfriar.
Estuvieron comiendo un pollo perfectamente frito con patatas fritas y maíz cocido. A mitad de la comida, Jack se dio cuenta de que tampoco había visto pollo o maíz en el frigorífico. Cuando se lo mencionó a Sheri, ella simplemente lo miró con sus ojos azules y dijo inocentemente que quizá no lo hubiera visto.
Jack echó su silla hacia atrás y suspiró profundamente con un gruñido de placer.
-¿Has comido bastante?
La ansiosa pregunta de Sheri provocó un nuevo gruñido de Jack.
-Si comiera un bocado más, explotaría. Ha sido maravilloso. No había tomado una comida como esta en años.
Ella se volvió a sonrojar y los ojos le chispearon de placer. Jack se dio cuenta de que no podía dejar de mirarla. Ella parecía completamente inconsciente de su belleza, aunque pareciera imposible. Tenía que saber que era una preciosidad, pero no lo demostraba. Parecía ansiosa por agradar, por ser aceptada.
Sheri le ofreció café y él aceptó.
-¿Sabes? Hay una cosa que me está matando de curiosidad -dijo Jack.
Ella se puso muy nerviosa, derramando en la mesa algo de café.
-¿Qué?
-La electricidad.
-¿Electricidad?
-Las luces. El frigorífico. No puedo imaginarme de dónde viene la electricidad.
Sheri pareció no comprender.
-El contador está roto -siguió diciendo Jack-. Y no hay cables que entren ni que salgan. Jenkins me dijo que mi tío usaba petróleo desde hacía años. Y sin embargo ahora la luz funciona.
Se produjo un largo silencio mientras Sheri lo miraba con los ojos muy abiertos. Finalmente, los posó sobre la mesa.
-No lo sé. Tu tío no me lo mencionó nunca.
Jack asintió y siguió bebiendo el café. Realmente no había esperado otra respuesta. Tenía que haber una explicación lógica a todo aquello. Excepto que el coche estaba en el garaje y él lo había dejado fuera.
Inconscientemente, Jack frunció el ceño mirando su taza. Quizá fuera un olvido suyo. Podía haber metido el coche en el garaje sin darse cuenta.
-¿Te ocurre algo? -preguntó ella.
Jack negó con la cabeza.
-No. Estaba pensando en una cosa.
-¿Algo que te preocupa? ¿Puedo ayudarte?
-No. Es algo un poco extraño, pero no tiene importancia. Háblame de ti.
-¿De mí?
Pareció desconcertada por la petición, y su mano se levantó automáticamente, tomando un mechón de cabello. Jack se preguntó si al tacto sería tan extraordinariamente suave como parecía, y apartó la mirada, esperando que ella no pudiera leerle la mente.
-Sí, de ti.
-¿Qué quieres saber?
-No lo sé. Cualquier cosa. Hemos hablado mucho de mí. Me gustaría saber algo más de ti. -Hay muy poco que contar.
-¿Dónde naciste? -dijo Jack, sintiéndose como un entrevistador-. Por tu acento, he notado que no eres de aquí.
-No no soy de aquí.
La idea pareció hacerle gracia.
-¿De dónde eres?
-De Europa. Nací en Europa. Mis padres viajaron mucho, por eso tengo un acento un poco de todos lados.
-Me parece precioso.
-Gracias.
Ella se ruborizó y cambió de tema, claramente incómoda por hablar de sí misma.
Estuvieron hablando largo rato sobre el tío Jack. Era maravilloso lo fácil que le resultaba hablar con ella. Parecía muy interesada en los recuerdos que Jack guardaba de su tío, y al rato, él se dio cuenta de que estaba buscando desesperadamente historias sobre su tío para verla reír.
Había algo en ella que hacía a Jack desear protegerla. Sonrió ante el pensamiento. Iba a acabar creyéndose un caballero con armadura buscando a la doncella en apuros. Y si había aprendido algo muy bien, era que los cuentos de hadas no son verdad, y que hay tantas doncellas en peligro como duendes o trasgos.
Jack sacudió la cabeza, riéndose ante sus propios pensamientos.
-Estaba pensando en los cuentos de hadas y en la fantasía. Es una pena que acabemos perdiéndola.
Algo resplandeció en los ojos de Sheri, pero desapareció antes de que Jack pudiera saber qué era.
-Quizá algunas fantasías son más verdad de lo que cree la gente -dijo suavemente.
-¡Ojalá fuera así! -dijo él, reprimiendo un bostezo-. Lo siento. Creo que estos aires me están trastornando. Creo que mi cuerpo echa de menos la contaminación.
-Es tarde. Quizá quieras ir ya a la cama.
Los ojos de Jack se entrecerraron. ¿Sería consciente de que sus palabras podían ser interpretadas como una invitación? No. Sus ojos no tenían nada más que preocupación. Dios mío, la imaginación le estaba jugando muy malas pasadas últimamente.
-Estoy cansado.
-Voy a recoger esto y me iré -dijo Sheri levantándose.
-¿Por qué no te quedas esta noche a dormir? -dijo, levantando las manos cuando ella lo miró-. No estoy intentando seducirte. Me has dicho que vivías aquí con el tío Jack, y me imagino que has estado viviendo aquí desde su muerte. Sheri, me harás sentirme culpable si no te quedas. El sofá de abajo es enorme. Yo dormiré en él, y tú puedes utilizar la habitación de arriba. Puedes cerrar por dentro, si con ello te sientes más tranquila.
-No necesito cerrar. Sé que nunca me harías daño.
Aquella total seguridad desconcertó a Jack. Realmente no sabía si sentirse halagado u ofendido por ella.
-Entonces quédate.
Ella asintió lentamente.
-Bien, pero yo dormiré en el sofá, y tú en tu habitación.
Jack accedió temiendo que, si no lo hacía, ella se fuera.
-Buenas noches -dijo Jack.
-Buenas noches.
-Ha sido una noche maravillosa.
-Sí. Para mí también -dijo ella tímidamente-. Me alegro de haberte conocido. Tu tío me contó muchas cosas de ti.
-Ojalá me hubiera hablado de ti. Habría venido mucho antes. Hasta mañana.
-Sí. Hasta mañana.
A Jack le costó un esfuerzo sobrehumano darse la vuelta y subir las escaleras. Tuvo que forzarse a no volver la cabeza e intentar pensar que era un hombre de mente fría y calculadora.
La fuerza de voluntad hizo que no volviera a bajar. La fuerza de voluntad y el recuerdo de aquellos confiados ojos azules. Si no hubiera sido por la confianza que había demostrado tener en él, nada habría impedido que bajara a buscarla. Ni el deber, ni la familia, ni su prometida ni el sentido común.
En el piso de abajo, Sheri miraba hacia la puerta. Había ido bien. No era lo que ella había esperado, pero casi era mejor. Sólo había habido algunos momentos de extrañeza. Quizá el anciano tenía razón al decirle que su sobrino la necesitaba. Sheri había percibido en él una profunda soledad, un ansia indescriptible. Y ella sentía que algo en su interior respondía a aquella ansiedad, a aquella llamada.
Aquella noche no había hecho muchas preguntas, pero las haría. No era como su tío, que aceptaba las cosas inexplicables con más facilidad. No, Jack no era de los que aceptan las cosas sin preguntar.
Pero todo tenía que salir bien, porque igual que podía sentir la necesidad de Jack, la suya propia era igual de poderosa, igual de real.
El sol estaba saliendo por el horizonte cuando Jack se despertó y se levantó de un salto. Se puso unos vaqueros y una camiseta azul, sin preocuparse de calzarse. No quería pensar que su invitada imprevista tuviera que ver con el deseo que sentía de comenzar un nuevo día.
La casa estaba en silencio cuando salió de su habitación. Si Sheri dormía, se dijo, podría hacer un café y esperar en el porche a que se levantara. Sería un lujo que hacía años que que no tenía tiempo de permitirse. De camino hacia la cocina no pudo evitar lanzar una mirada al salón. Sólo para cerciorarse de que Sheri estaba bien, de que no necesitaba nada.
Lo que llamó su atención fue el samovar. El enorme recipiente se erguía sólidamente en su mesa. La habitación estaba orientada al oeste, de modo que era imposible que los rayos del sol hubieran entrado. Y sin embargo el samovar resplandecía con luz propia.
Jack dio un paso hacia él. Sólo de reojo se dio cuenta de que el sofá estaba vacío. Lo que le atraía era el samovar. Su brillo era hipnotizador, como una cálida y dorada masa de luz. A su alrededor flotaba una especie de niebla, casi imperceptible al principio, pero que fue tomando cuerpo.
Jack oía los latidos de su corazón y el aire entrar y salir de sus pulmones. Parpadeó varias veces, incapaz de apartar los ojos del samovar. El humo empezó a girar perezosamente, espesándose hasta que fue imposible ver a través de él. Giraba como movido por una mano invisible, retorciéndose y tomando forma.
Jack tragó saliva, sintiendo los latidos de su corazón en las sienes. El humo ya no era humo. Tenía forma, consistencia.
Era un cuerpo de mujer, de espaldas a él, cubierta con una especie de túnica brillante que a la vez ocultaba y sugería. Una cascada de cabellos rubios caía por su espalda hasta la cintura, ondeando suavemente como movida por una imperceptible brisa. Sus hermosas piernas terminaban en unos finos tobillos y unos pies deliciosos.
La mujer se desperezó, levantando los brazos por encima de la cabeza, arqueando la espalda en un gesto de pura feminidad. Jack sintió el sudor brotar de su frente. Y no era el hecho de que se desperezara lo que le hizo estremecerse.
Era que estaba flotando en el aire. Aquellos maravillosos pies estaban al menos a dos palmos del suelo. Lentamente, descendió hasta tocar con ellos el suelo de madera. Jack debió hacer algún ruido, porque se volvió de repente, consciente de que no estaba sola.
Jack miró a Sheri. Tenía que haber una explicación lógica a todo aquello. Sus ojos se encontraron. Los de ella estaban muy abiertos, asustados.
-Estabas flotando... -dijo él, negándolo mentalmente.
Ella no dijo nada, simplemente lo miraba con miedo. Jack buscó la explicación desesperadamente, pero no la encontró.
-¿Quién... quién eres? -dijo él en un susurro.
Sheri dudó, buscando con la mano su increíble cabello. Apareció una breve sonrisa en sus labios, y volvió a desvanecerse.
-Soy lo que te dije. Una amiga de tu tío. -Claro. Y yo soy Elvis Presley.
La mirada de perplejidad de Sheri le dio a entender que no sabía de quién estaba hablando. Aquello era la gota que colmaba el vaso. ¿De dónde había salido aquella mujer?
-¿Qué eres?
-Era amiga de tu tío -insistió ella. -Pero eso no es todo, ¿no?
-No -dijo ella, bajando la vista, con los dedos
enredados en el pelo.
-¿Qué eres? Dime qué eres.
Ella habló en voz baja, pero no tanto como para que Jack no pudiera oír claramente sus palabras. Mucho más claramente de lo que hubiera deseado. -Soy un genio.