CAPÍTULO CINCO
Jack hizo entrar al Jaguar en el sendero que conducía a la gran casa y vio las luces de las ventanas. Con la suerte que había tenido últimamente, no le habría extrañado que estuviera todo el mundo en casa. Pero era pedir demasiado. Habría preferido que no hubiera habido nadie para que Sheri pudiera ir aclimatándose al ambiente, para poder preparar a su madre para la noticia de que tenía una nueva invitada en casa, y que además era un genio.
Miró al genio en cuestión mientras apagaba el motor. Sheri miraba con los ojos muy abiertos el gran edificio de estilo colonial que él llamaba su casa desde hacía treinta años.
-Es preciosa. ¡Qué suerte tienes de vivir aquí!
¿Suerte? Jack volvió a mirar hacia la casa, intentando verla a través de sus ojos. Sí, era bastante bonita, pero nunca le había prestado demasiada atención.
-Bien, espero que te guste. Parece que mi madre y mi hermana están en casa, así que las conocerás inmediatamente -dijo él.
Su voz debió de reflejar el desasosiego que sentía, porque Sheri lo miró fijamente.
-Te preocupa presentarme a tu familia. Sé que es difícil para ti. Si quieres, puedo... -dijo ella, haciendo un gesto hacia el samovar, que descansaba en el asiento trasero.
-¡No! No, gracias. Hemos quedado en que a partir de ahora nada de entrar y salir del samovar en una nube de humo. Mi madre y Tina tienen que conocerte antes o después. Da igual que sea ahora.
Sheri se encogió de hombros y volvió a mirar la casa.
-Intentaré no causarte ningún problema, Jack. Sé que te desagrada que haya entrado en tu vida.
La conciencia de Jack le propinó una fuerte punzada. Parecía tan resignada... Jack tendió una mano y cogió la de ella, que descansaba en su regazo. Era la primera vez que la tocaba voluntariamente.
Ella miró su mano y levantó la vista a su cara. Jack olvidó lo que iba a decir. Sus dedos apretaron los de ella. Entonces, fue consciente de todo. Debía haber sabido que no era humana nada más mirarla a los ojos. Un azul tan claro, tan profundo, no podía pertenecer a un mortal.
Ella volvió la mano y sus palmas se apretaron. Sin pensarlo, Jack cerró sus dedos sobre los de ella. Su mano parecía tan pequeña... De repente, sintió el deseo de protegerla de los golpes que la vida propina a ciegas.
Con su otra mano, apartó de la frente de Sheri un fino mechón de pelo, sintiéndolo deslizarse entre sus dedos. Aquella mujer le infundía un sentimiento de calma, de profunda paz. Y él sentía una terrible hambre de paz, una necesidad que nunca antes había reconocido. Se inclinó hacia ella, buscando... ¿Qué? No lo sa bía. Sólo supo que ella podía darle lo que necesitaba. Debía ser posible perderse en aquellos ojos.
A su espalda, ladró el perro de los vecinos, que perseguía a un gato callejero. Jack se sobresaltó, retrocediendo y parpadeando para aclararse la visión. ¿Qué estaba haciendo? Apartó sus manos de ella, dejando caer el mechón de rubio cabello sobre su hombro.
Sheri siguió mirándolo, pero él evitó sus ojos. Debía de tener fiebre. ¿Qué era lo que quería decir? Ah, claro.
-Sheri, no quiero que creas que no eres bienvenida.
-Lo sé.
-Sólo es que... Mira, yo...
¿Cómo explicarle que aquello era una complicación en su vida?
-Jack, no tienes que explicármelo. Sé que te he creado un problema, pero de verdad, todo irá bien. Verás. No causaré problemas en tu vida. Voy a aprender a ser humana. Dentro de poco, no me diferenciaré en nada.
Era tan sincera, hablaba tan en serio... Mirándola, Jack no podía imaginar que nadie pudiera verla y no darse cuenta de que no era humana.
-Muy bien -fue todo lo que pudo decir-. Ahora recuerda, mi madre y Tina no deben saber que eres... Bueno, que eres diferente.
-Quieres decir que no debo desaparecer y aparecer en una nube de humo, ni preparar una cena con un gesto, ni hacer aparecer un vestido nuevo delante de ellas.
Ella le dirigió una mirada traviesa, y Jack no pudo reprimir una sonrisa. ¿Por qué tenía que ser tan maravillosa?
-Exacto. Y vamos ya. Mi madre va a pensar que me he muerto aquí fuera.
Jack salió del coche, pero Sheri dudó un momento más. Ahora que estaba allí, se daba cuenta de lo insegura que se sentía. Con Jack se encontraba muy bien. Era como si encajaran perfectamente, aunque él todavía no se hubiera dado cuenta. Pero ahora que iba a conocer a su familia, se sentía llena de dudas. ¿Y si no les gustaba?
-¿Te ocurre algo?
El aire fresco entró en el coche mientras Jack le abría la puerta. Era tan guapo, con el pelo cayéndole sobre la frente en una gruesa onda... Estuvo a punto de apartárselo de la cara, pero sabía que a él no le gustaría. Con un esfuerzo, sonrió y negó con la cabeza.
-No. Lo que pasa es que estoy un poco nerviosa.
El rostro de Jack se suavizó en una sonrisa que a Sheri le pareció más mágica que cualquiera de las cosas que ella podía hacer.
-No te preocupes -dijo él entonces-. A Tina le vas a encantar, y a mi madre... bueno, a mi madre le gusta todo el mundo. Simplemente no hagas nada... extraño y todo irá bien.
Al entrar en el gigantesco salón de la casa, Sheri vio la impresionante chimenea del fondo y las altísimas ventanas. Pensó que en invierno un buen fuego ayudaría a suavizar las sobrecogedoras dimensiones de la sala.
No tuvo más que un instante para sacar una impresión del lugar. Jack estaba entrando en el salón cuando una mujer mayor se levantó de una silla, dejando a un lado la labor que estaba haciendo.
-Jack, no te esperábamos! -dijo, cogiéndole las manos y ofreciéndole la mejilla.
-Hola, mamá. Decidí volver antes. No había tanto que hacer en casa del tío Jack como pensaba.
-Bueno, me alegro de que estés de vuelta. A Eleanor no le gustó nada... -dijo, deteniéndose al ver a Sheri-. No me has dicho que habías traído a alguien contigo, Jack.
-Mamá, te presento a Sheri. Estuvo cuidando del tío Jack los últimos años de su vida. Y también ha cuidado la casa desde que él murió. Creí que lo menos que podíamos hacer era ofrecerle nuestra hospitalidad durante un tiempo.
Sheri se preguntó si su madre notaría la tensión de la voz de Jack tan claramente como ella.
-Señora Ryan, me alegro mucho de conocerla.
-Señorita... Jack, no me has dicho el apellido de nuestra invitada.
Sheri notó la mirada de pánico que le dirigía Jack.
-Jones. Sheri Jones -respondió él.
-Señorita Jones, es un placer conocerla -dijo Glynis Ryan, sonriendo y ofreciéndole la mano-. Por supuesto que puede quedarse con nosotros el tiempo que desee.
-Gracias, señora Ryan. Intentaré no causarles problemas.
-Siéntese, por favor -dijo Glynis, haciendo un gesto hacia un gran sofá tapizado en seda roja.
Sheri se sentó cómodamente. Cuando Jack se sentó junto a ella, tenso como un arco, habría querido cogerle la mano y decirle que no pasaba nada, que no tenía que preocuparse.
-¿Entonces su familia vive en California? -preguntó Glynis, volviendo a coger el bordado que estaba realizando.
La pregunta era amistosa, pero Sheri percibió la preocupación que había tras ella. Se preguntaba a quién habría traído su hijo a casa.
-Sheri es huérfana, mamá -explicó Jack apresuradamente.
-Oh, Sheri, lo siento -dijo Glynis, sintiendo una repentina simpatía por ella-. ¿Eras muy joven?
-Era una niña -dijo Jack.
-Jack, estoy segura de que la señorita Jones puede contestar personalmente -dijo Glynis, dirigiéndole una mirada reprobadora.
-Jack tiene razón -dijo Sheri-. Apenas era una niña. Me crié con unos tíos, pero murieron hace unos años. Era amigos del señor Ryan, y así es como lo conocí.
-Entonces estás sola en el mundo...
-Oh, no. No, mientras la gente como Jack o como usted siga siendo tan buena conmigo.
Glynis pareció derretirse ante la sonrisa celestial de Sheri.
-De verdad, debe usted quedarse con nosotros mientras lo desee.
-Le agradezco su hospitalidad. ¿Es un tapiz lo que está haciendo? Mi madre lo hacía también -dijo Sheri, acercándose para verlo mejor-. Es precioso.
Las dos se pusieron a hablar de tipos de tapices y diseños, y Jack se relajó, al darse cuenta de que su madre no iba a significar un problema.
En aquel momento, se oyó un estruendo de pasos en la escalera y un pequeño torbellino entró en el salón. Al menos esa fue la primera impresión de Sheri.
-Mamá, ¿has visto mi falda roja? Quiero ponérmela mañana y no puedo encontrarla. Jack, ¿qué haces tú aquí? Chico, a Eleanor casi le dio un patatús cuando saliste pitando hacia el norte.
Jack se levantó y la cogió de un brazo con gesto exasperado. La condujo hacia Sheri, y ésta se levantó.
-Guau, no sabía que habías traído a una invitada -dijo al verla-. ¿Vas a dar calabazas a Eleanor?
-Tina, a ver si aprendes buenos modales. Sheri, esta es mi rebelde hermana Tina, la maldición de la familia. Tina, Sheri Jones. Estuvo cuidando del tío Jack y ahora se va a quedar con nosotros.
-Hola -dijo Tina, tendiéndole la mano e ignorando las palabras de Jack.
-Hola -dijo Sheri, estrechándole la mano y sintiendo la vibración de su personalidad en la presión-. Os parecéis Jack y tú.
-Horror -dijo Tina, dirigiéndole a su hermano una mirada maliciosa.
Sheri había querido decir que había una sensación similar de intensidad en los dos. Aunque el parecido físico era también notable. Los ojos de Tina eran más azulados que los de Jack, completamente grises, y su pelo era más claro, pero no podían ocultar su parentesco.
-Aunque no te lo parezca -dijo Jack sin poder ocultar un gesto de cariño hacia su hermana-, Tina es un portento de las Matemáticas. Quién lo diría, ¿verdad?
-¿De verdad? -dijo Sheri, mirando a Tina-. Me temo que no sé demasiado de Matemáticas.
-No te preocupes. Yo sólo sé lo suficiente para cortar a mis profesores.
-Tina, ¿por qué no llevas a Sheri a la habitación azul? -sugirió Glynis a Tina, dirigiéndose a continuación a Sheri-. Estoy segura e que te apetecerá lavarte antes de cenar.
-Yo llevaré a Sheri arriba -dijo Jack, temiendo que Sheri pasara mucho rato con su terrible hermana.
-Deja que Tina la acompañe a su habitación mientras tú traes su equipaje.
-Ella no... -dijo Jack y se interrumpió tosiendo.
¿Cómo iba a decirle a su madre que Sheri no necesitaba equipaje?
-Me gustaría cambiarme antes de cenar.
Las palabras de Sheri hicieron comprender a Jack instantáneamente que encontraría en el maletero algo más que su propio equipaje. Sonrió débilmente.
-No hace falta que seas tan protector, Jack -dijo Tina-. Prometo que no tiraré a Sheri por las escaleras.
-Gracias -dijo Jack, dudando un momento más.
No había forma de mantener a Sheri a la vista. Tampoco podía sugerir que lo acompañara al coche a recoger las maletas. Jack se dirigió a la puerta como si acabara de dejar una bomba de relojería en el salón.
-Oye, creo que a Jack le gustas mucho -comentó Tina con una mirada especulativa.
-Creo que simplemente está preocupado -dijo Sheri, levantándose.
Se sentía repentinamente ansiosa de estar a solas unos minutos. Había tantas emociones conflictivas en aquella habitación, tantas cosas a las que atender a la vez...
-Pues yo creo que hay más que eso -insistió Tina-. Ni ha preguntado por Eleanor.
-Tina, lleva a nuestra invitada a su habitación -dijo Glynis con firmeza-. Y no le llenes la cabeza con tus tonterías.
Al cabo de unos minutos, Jack volvió a entrar en la casa con dos maletas de piel de cerdo de color marfil. Las maletas de Vuitton eran muy caras, pensó Glynis. Aquella muchacha debía contar con unos recursos considerables. Pero si no tenía problemas económicos, ¿por qué la había llevado Jack a casa como si no tuviera dónde ir?
Glynis se quedó mirando los brillantes hilos de lana que tenía sobre el regazo, abstraída. Sheri Jones parecía una muchacha muy agradable, pero el instinto le decía que había algo más de lo que se veía a primera vista. En realidad, Tina había expresado la misma sensación: Jack parecía demasiado protector con Sheri.
Dejó a un lado el tapiz y se levantó, dirigiéndose al teléfono. No le gustaba interferir en las vidas de sus hijos. Pero aquello no era una interferencia, sino más bien un recordatorio, decidió mientras marcaba un número con familiaridad. El teléfono sonó dos veces antes de que lo descolgaran.
-Eleanor, querida, tengo una sorpresa maravillosa. Espero que no tengas planes para esta noche.
-Mamá, ¿No crees que es un poco precipitado haber invitado a Eleanor y a Roger a cenar?
Lo que acababa de decirle su madre era lo último que hubiera querido oír.
-¿Hay algo que no me has contado sobre Sheri, Jack?
-¿Qué quieres decir? -preguntó él de espaldas, viendo cómo le temblaba la mano que sostenía el vaso de whisky que acababa de servirse-. ¿Qué más quieres que te cuente además de lo que ya sabes?
-No lo sé -dijo Glynis-. Esta tarde te he notado muy... raro. Y pareces muy preocupado por ella.
-Tonterías -dijo Jack, esbozando una débil sonrisa-. Lo que pasa es que creo que su vida ha sufrido muchos cambios últimamente, y no quiero que se sienta agobiada. Eso es todo. En realidad casi no la conozco. Pero si lo que piensas es que voy a olvidar mis responsabilidades, no te preocupes. No tenías que invitar a Eleanor para recordármelo. De todos modos, si querías recordarme las alegrías y placeres de ser un adulto responsable, no me parece que invitar a Roger haya sido lo más apropiado.
-Pensé que Roger podía ser una buena compañía para Sheri. Quizá sea un poco irresponsable, pero es un chico encantador. Y ya que Sheri se va a quedar con nosotros, debemos presentarle a gente que la ayude a pasarlo bien.
-¿Estás haciendo de Celestina? -dijo Jack, sonriendo.
Su tono de voz fue ligero e indulgente. Tenía que reconocer que Sheri y Roger encajaban bastante bien. ¿Quién podía ser más soñador y fantasioso que Roger? Si ellos se gustaran, su problema habría desaparecido. Pero sin saber cómo, la idea le hizo estremecerse.
Antes de que su madre pudiera responder, Sheri y Tina bajaron las escaleras. Sheri llevaba un suave vestido de seda entre azul y verde, y el pelo recogido en una corona. No llevaba joyas ni maquillaje, pero tampoco lo necesitaba. Jack pensó que en su vida había visto una mujer más suave, más femenina. A su lado, cualquier otra parecería basta y ostentosa.
Mientras pensaba sobre la cena un rato más tarde, Jack tuvo que reconocer que había ido bastante bien. El único que lo había pasado mal había sido él. Sheri se había comportado con la misma gracia y soltura que siempre. Su tímida sonrisa hizo que Roger cayera rendido a sus pies inmediatamente. Eleanor se mostró más reservada, pero esa era su forma de ser.
Cuando se sentaron a cenar, casi se había relajado del todo. Pero las primeras palabras de Eleanor hicieron tambalearse sus esperanzas.
-Tiene un acento muy interesante, señorita Jones. No consigo localizarlo -dijo Eleanor, sacudiendo su servilleta de lino.
Jack la habría estrangulado en aquel momento.
-Sheri ha viajado mucho. Eso suele afectar a la pronunciación de las personas. ¿Quieres pan, Eleanor?
-No, gracias, Jack -dijo ella, sonriendo cortésmente y volviendo a dirigirse a Sheri-. ¿Dónde nació?
-¿No dijiste que habías nacido en Europa, Sheri? Toma un poco de ensalada, Eleanor. Está deliciosa -dijo Jack, pasándole la ensaladera.
-Jack, creo que Sheri puede hablar por sí misma.
Era Roger. Siempre tan oportuno. Jack lo miró y Roger le devolvió una mirada de asombro.
-Sí, Jack. Deja a la señorita Jones que hable -dijo Eleanor.
-Por favor, llámeme Sheri, señorita Fitzsimmons.
-Oh, claro. Y tú llámame Eleanor -dijo esta, enseñando los dientes en una amable y elaborada sonrisa.
-Gracias. Pues sí, pasé bastante tiempo en Europa. Me temo que mi acento no es de ningún lugar en concreto, sino que tiene un poco de todos.
-Bien, a mí me parece adorable -dijo Roger, con los ojos clavados en su rostro.
-Gracias.
La suave sonrisa de Sheri pareció dejar sin habla al siempre ocurrente Roger.
-Siempre me ha parecido una pena que mucha gente no hable inglés correctamente -dijo Eleanor, tomando su copa de vino-. Por eso los americanos tenemos una reputación terrible, y no sólo con otros idiomas, sino con el nuestro.
El tono de su voz dejaba claro que no compartía la opinión de Roger sobre el acento de Sheri. Roger alzó las cejas. Jack se contuvo para no dar una patada a Eleanor por debajo de la mesa. Glynis miró fijamente su plato. Sólo Tina abrió la boca, con un brillo furioso en los ojos. Pero Sheri se adelantó.
-Tienes mucha razón --dijo-. Siempre me he avergonzado de tener una pronunciación incorrecta. Pero es dificil enmendar los propios errores. Quizá mientras esté aquí con Jack y su familia no te importe ayudarme, Eleanor.
-¿Ayudarte? -dijo Eleanor con voz insegura.
-Enseñarme, quizá.
-¿Enseñarte?-dijo Eleanor, incapaz de hacer otra cosa que repetir sus palabras.
-Oh, no he querido decir que pierdas tu tiempo con algo tan insignificante, pero me gustaría que me corrigieras cuando diga algo mal. Así podré ir aprendiendo.
El silencio que cayó sobre la mesa era asfixiante. No podía haber ninguna duda sobre la sinceridad de Sheri. Estaba escrita en sus ojos. No estaba intentando poner en ridículo a Eleanor. Su petición le había salido del corazón. Su inocencia hacía a Eleanor parecer mezquina, y todo el mundo en la mesa lo sabía.
Por el rabillo del ojo, Jack pudo ver el color afluir a las mejillas de Eleanor. Empuñaba el tenedor con rigidez. El silencio se prolongaba ya excesivamente.
-¿He dicho algo malo? -dijo Sheri, mirando a Jack, sintiendo la tensión pero sin saber a qué se debía.
-Desde luego que no -dijo Roger, apretándole gentilmente la mano sobre la mesa-. Es que nos has cogido desprevenidos a todos. No es más que eso.
-¿No debía haber pedido a Eleanor que me ayudara?
Sheri volvió los ojos hacia Roger, y a Jack le sorprendió ver que le producían el mismo efecto que a él.
-Bueno, no. No es eso. Es sólo que...
-Lo que Roger quiere decir es que mi reputación como profesora no es muy buena -dijo Eleanor con voz tensa pero con tono cortés-. Además no necesitas ningún profesor. Tu acento es muy bonito.
Era una buena forma de pedir disculpas. Jack se sintió aliviado y agradecido hacia Eleanor. Había cometido un error y lo estaba reconociendo.
-Bueno, a mí me gusta el acento de Sheri -anunció Tina con tono beligerante-. Creo que la hace parecer interesante y exótica.
«Si supieras hasta qué punto es exótica», pensó Jack.
Al final de la cena Tina era una ferviente admiradora de Sheri. Roger estaba hipnotizado por ella, su madre mostraba simpatía con reservas, y Eleanor podía no estar encantada con su invitada, pero la respetaba.
Jack no podía describir sus propios sentimientos hacia Sheri. La última cosa que deseaba era una complicación. Ya había tenido bastantes con el banco y con la boda, que se acercaba cada vez más. Una boda por la que no sentía la menor ilusión.
Pero había en Sheri una dulzura especial, algo que no podía definir y que le hacía desear estar a su lado. Y la verdad era que se había sentido más vivo en los últimos días que en todos los años anteriores. Y eso era algo, ¿no?
-Bien, Jack. ¿Qué es lo que ocurre? -preguntó Roger después de pedir una ronda de cervezas al camarero.
-¿Por qué tiene que ocurrir algo?
-Porque es la primera vez en cinco años que me llamas para sugerirme que comamos juntos.
-Quizá he decidido que estaba descuidando una vieja amistad -dijo Jack.
-No. No lo creo. Algo te preocupa, Jack, y quieres contárselo a tu viejo amigo.
-¿Alguna vez piensas en los planes que hacíamos cuando estábamos en el colegio?
-¿Cuál de ellos? ¿El de hacernos astronautas, conductores de coches de carreras o simplemente el plan de ser irresistibles para las mujeres?
-El de irnos a Wyoming y criar los mejores caballos del mundo. ¿Qué fue de él?
-La vida, amigo mío. La vida es lo que pasó. Mi pequeño criadero de Santa Bárbara no se parece demasiado a lo que imaginábamos, ¿no?
-No -dijo Jack, frotándose la barbilla, preguntándose qué estaba haciendo allí sentado con Roger.
-¿Qué te preocupa, Jack? Si no quisieras hablar conmigo, no me habrías llamado.
Jack se arrellanó en la silla mientras la camarera les servía dos platos de chili con carne. Claro que había algo que le preocupaba, pero no sabía cómo hablar de ello, ni siquiera con un viejo amigo.
-Se trata de Sheri, ¿verdad? -dijo Roger por fin.
Jack asintió lentamente. Si no se lo contaba a alguien, iba a volverse completamente loco. Pero si le explicaba a Roger su problema, posiblemente pensaría que ya estaba a punto para la camisa de fuerza.
-¿Dirías que soy una persona cuerda? -dijo Jack.
-Claro. Demasiado cuerda, si me pides mi opinión.
-Eso es lo que yo siempre he creído. Soy un tipo práctico y con los pies en el suelo. Quizá un poco aburrido incluso.
-Jack, estás empezando a desvariar. Suéltalo. ¿Qué ocurre con esa maravillosa invitada tuya? ¿Estás planteándote escapar con ella? Porque si me preguntas mi opinión, si yo tuviera que elegir entre la bella Eleanor y la adorable Sheri, no tardaría mucho en decidirme.
Jack levantó la vista repentinamente. Sus ojos mostraban la tensión que había sufrido en los últimos días.
-Mira, Roger, si no le cuento esto a alguien voy a volverme completamente loco, quizá ya lo esté. Pero de una forma y otra, tengo que hablar con alguien.
-Claro. Vamos, Jack, sabes que estoy aquí para lo que quieras. ¿Qué ocurre?
-Es Sheri.
-Vaya, no me digas.
-Es... no es lo que parece.
-Vale. Parece una preciosa muchacha invitada en casa de tu familia. ¿Qué es realmente?
-Eso es lo que creí yo al principio, que habría una explicación lógica.
Entonces Jack le refirió detalladamente la historia, mientras los comensales de las mesas vecinas se iban levantando y volviendo a sus trabajos. La camarera retiró los dos platos casi intactos y les llevó más cerveza.
Roger no dijo una palabra hasta que Jack acabó de hablar. Se produjo un largo silencio mientras digería todo lo que Jack le había contado.
Jack pensó que aunque ahora Roger llamara a los del manicomio, habría valido la pena. Se sentía mucho mejor ahora que había contado todo a alguien.
-Un genio. Es imposible -dijo Roger, sacudiendo la cabeza-. Es verdad que hay algo... mágico en ella. Pero no puedo creerlo. Me pides mucho, Jackson. Somos amigos desde hace mucho tiempo, pero me estás pidiendo mucho.
-No lleva bolso -dijo Jack, como prueba final.
-¿Qué?
-No lleva bolso. Ni monedero. Nada. Cero. ¿Alguna vez has conocido una mujer que no lleve ningún tipo de bolso?
Quizá fueran los vapores de la cerveza, pero los dos hombres meditaron profundamente sobre aquel hecho.
-La verdad es que la mayoría de las mujeres llevan bolso -aseveró Roger.
-Bien, pues Sheri no tiene ninguno. Claro, podría hacerlo aparecer si quisiera, pero no se molesta -dijo Jack, mirando a su amigo fijamente-. ¿Para qué va a querer un bolso un genio? ¿Para que ir cargando con un montón de cosas que puedes tener chasqueando los dedos?
Roger asintió, pero seguía dudando. .
-Dijiste algo de las rosas de tu madre. ¿Qué sucedió?
Jack emitió un gruñido de preocupación mientras se pasaba una mano por el pelo.
-Creí que todo iba bien. Bueno, lleva aquí una semana y nadie sospecha nada. Tina cree que es «demasiado» y mi madre le está enseñando a hacer tapices. Estaba empezando a sentirme más tranquilo, a creer que tener un genio en casa no era tan horrible. Pero anteayer, mi madre y Sheri estuvieron hablando de los rosales, y mi madre comentó, con toda su inocencia, que era una pena que en Los Ángeles no florecieran las rosas todo el año.
-¿Ah, no? -preguntó Roger-. En la floristería siempre hay.
-Pues las importarán de Australia o de cualquier sitio -dijo Jack con impaciencia-. El caso es que mi madre dijo que era una pena que todavía fueran a tardar dos meses en florecer.
-Bien, ¿y qué ocurrió? ¿Florecieron allí mismo delante de sus ojos?
-No. Afortunadamente no. Pero ayer por la mañana todo el mundo en casa salió a ver lo que había ocurrido. Todas las rosas estaban en flor. Parecía como si estuviéramos a mediados de junio.
-¿Y qué dijo tu madre?
-Bueno, al principio dijo que era un milagro. Entonces, Sheri consiguió convencerla de que debía de haber sido el abono orgánico procedente del zoo que había utilizado el otoño anterior. Dijo haber visto una vez en Francia algo similar. ¿Qué voy a hacer con ella, Roger?
-Haz que te diga cómo va a estar el mercado de acciones, conviértete en uno de los hombres más ricos del mundo, crea una especie de rosas que florezcan todo el año...
-Eleanor sigue insistiendo en que le busque un trabajo, o un apartamento, o ambas cosas. -No le hagas ni caso.
-No puedo ignorarla. Voy a casarme con ella. -Más razón para que la ignores ahora. Después de la boda, ya no podrás hacerlo.
-¿Qué tienes contra Eleanor? No haces más que atacarla desde que supiste que nos habíamos comprometido.
-No tengo nada contra ella, Jack. Simplemente creo que no estáis hechos el uno para el otro. Ella saca lo peor que hay en ti, y tú lo peor que hay en ella.
-No seas ridículo. Será una esposa perfecta para un banquero.
-Para un banquero sí. ¿Pero lo es también para Jack Ryan?
Roger hizo otro gesto a la camarera para que les llevara más cerveza. Jack hizo un gesto de protesta, dando a entender que tenía que volver al despacho.
-No puedes irte ahora a trabajar -dijo Roger tajantemente-. Estás borracho.
Parecía una afirmación tan lógica, que Jack no se molestó en responder.
-¿No estuvisteis saliendo juntos Eleanor y tú hace tiempo?
Roger se echó a reír, y si los sentidos de Jack hubieran estado algo más despiertos, habría percibido la nota de amargura que había en su risa.
-Eso pasó hace mucho, Jackson. Hace siglos. Antes de que me fuera de esta tierra a lugares bastante menos saludables.
Jack sabía de qué hablaba Roger. Cuando Roger había vuelto de Vietnam, no había querido saber nada de lo que llamaba «ocupaciones serias», y parecía ansioso por disfrutar de cada momento de la vida. Como si pensara que en cualquier momento pudiera perderla.
-Pero no hemos venido aquí a hablar de los viejos tiempos -añadió Roger-. Tenemos que decidir qué hacer con tu herencia. Sabes, es muy típico de tu tío Jackson haberte dejado una herencia así. Nadie de mi familia hace cosas tan interesantes.
-Bueno, no me importaría que hubiera sido algo menos interesante y más fácil de manejar. Todo lo que quiero es que mi vida vuelva a la normalidad. ¿Cómo voy a hacerlo estando Sheri de por medio?
-¿Normalidad? ¿Qué normalidad? -preguntó Roger con tono filosófico-. En un mundo más perfecto todos tendríamos genios, y eso sería normal. Además, necesitas algo que dé color a tu vida. ¿Realmente eres capaz de decirme que te gustaría volver atrás y que todo fuera como antes de conocer a Sheri?
Jack seguía haciéndose aquella pregunta cuando se acercó a la casa varias horas después. Se dio cuenta de que las losas del sendero tenían una preocupante tendencia a moverse, y tenía que estar muy concentrado para que no se le escaparan.
Abrió la puerta principal y entró en el vestíbulo. Al menos intentó entrar de puntillas, pero una enorme palmera que alguien había puesto en medio pareció abalanzarse sobre él. Mientras intentaba deshacerse del abrazo de la planta, oyó la suave voz de Sheri.
-¿Jack?
Estaba en la escalera, y el sol caía sobre ella a través de la ventana, dándole a su pelo un resplandor de oro blanco. Definitivamente, no quería que su vida volviera a ser la misma de antes.
Jack sonrió con singular dulzura. Ella se llevó una mano al pelo, consciente de la aceleración de su corazón.
-Hola.
-Hola -dijo ella, bajando algunos escalones-. ¿Estás bien, Jack? Llamaron de tu oficina diciendo que no habías ido a trabajar por la tarde.
-Cierto. No pareces una genio -dijo Jack abruptamente.
-¿No?
-No. Eres exactamente igual que un ángel que vi en un libro cuando era pequeño.
Sheri sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Había algo en sus ojos, una necesidad, una promesa. Era algo que provocaba en ella un sentimiento que no conocía, que no entendía.
-Estábamos preocupadas -dijo ella.
Jack parpadeó, como esperando ver a alguien aparecer por cualquier lado.
-¿Quién?
-Tu madre y yo. Y Eleanor estuvo aquí hace casi una hora.
-Ah, la bella Eleanor. ¿Sabes que se pone furiosa cuando la llaman Ellie? Roger suele llamarla Ellie. Sheri acortó los últimos metros que los separaban y puso la mano sobre el brazo de Jack. Él la miró, intentando desesperadamente enfocar sus ojos.
-¿Qué has estado haciendo todo el día? ¿Convirtiendo el agua en vino, o alimentando a los peces con un trozo de pan? ¿O alimentando a las masas con un trozo de pez?
-Estás borracho -dijo Sheri.
Jack sonrió mirando sus inmensos ojos.
-Creo que sí. Está muy bien, ¿no te parece?
-No lo sé. Quizá deberías subir a tu habitación. No creo que a tu madre le guste verte así.
-Oh, nunca le ha gustado nada verme así -dijo él mientras Sheri le ayudaba a subir la escalera-. Oye, ¿los genios beben?
Jack la miró atentamente y tropezó con un escalón. Sheri le pasó un brazo por la espalda, empleando toda su fuerza para evitar que se cayera hacia atrás.
-Generalmente no -dijo ella por fin-. No nos sienta muy bien. Puede tener efectos extraños sobre nuestro organismo. Tu madre va a volver muy pronto, y no creo que quieras que te vea en estas condiciones.
Por fin entraron en su habitación. Jack se dejó caer sobre una silla y, tirando de Sheri, la sentó sobre su regazo. Jack dejó escapar una carcajada que hizo temblar ligeramente a Sheri. Ella se apartó el pelo de la cara, mirando a Jack fijamente.
Tenía los ojos ligeramente enrojecidos por el alcohol, pero había algo más, una mirada de deseo que nunca antes había visto. Jack le acarició el pelo con una mano.
-Tu pelo es tan suave -murmuró-. Nunca he tocado nada tan suave. ¿Te he dicho alguna vez que yo soñaba con criar caballos?
Ella negó con la cabeza.
-Pues sí. Roger y yo íbamos a ser los mejores criadores de caballos del país. Éramos niños con grandes sueños. Sueños. Yo antes era capaz de soñar.
-Todavía puedes hacerlo -dijo ella.
-¿Ah, sí? -dijo Jack, mirándola a través de sus ojos entrecerrados-. Bueno, debe de ser verdad. A ti te he soñado.
-No soy un sueño -susurró ella.
Pero la respuesta que recibió fue un profundo suspiro. Se había quedado dormido.
Sheri se levantó y lo sentó en posición más confortable. Jack se relajó cuando ella le apoyó la mano en la frente. Borró de sus cejas el fruncimiento de preocupación, sintiendo cómo bajo su mano Jack iba cayendo en un sueño mucho más profundo.
Retrocedió un poco, sin dejar de mirarlo. Había tantas cosas que no comprendía...
Jack la necesitaba. Eso lo sabía muy bien, aunque él no se diera cuenta. Y era muy importante sentirse verdaderamente necesitada. Pero había más. Ella quería realmente estar con él, quería que él la necesitara. Y quería algo más, aunque no pudiera saber qué era.
Se asomó a la ventana y vio los rosales en flor. Aquello había sido un error. Debía haberlo imaginado. Pero ella lo único que había querido era hacer feliz a Glynis. Hablaba con tanto cariño de sus rosas, las echaba tanto de menos, que había querido complacerla. Pero debería tener más cuidado en el futuro.
La vida había sido tan simple con el viejo Jack. No le había pedido nunca nada más que su compañía, no quería nada más que un poco de comodidad y una sonrisa. No había tenido que preocuparse de ocultar sus orígenes puesto que nunca había visitas. Y sus inocentes encantamientos le divertían mucho.
Pero a Jack no parecían divertirle. A él le preocupaban. Y le preocupaba ella. De repente, adoptó una expresión soñadora. Le gustaba pensar que Jack se preocupaba por ella. Aquello quería decir que no le era indiferente.
Pero daba igual. Jack estaba comprometido. Sheri frunció el ceño mientras lo miraba. Eleanor y él no parecían llevarse bien, pero no era cosa que ella debiera juzgar. Sabía tan poco de este mundo... Pero lo aprendería.
Bajó entonces a la biblioteca y cogió un montón de revistas de Tina. Aquella era una buena forma de empezar.
A su espalda, en el cristal de la ventana, un corazón de luz brilló unos instantes como absorbiendo los últimos rayos de sol del día.