CAPÍTULO SIETE

 

Aprender a actuar como un ser humano no era sencillo. Sheri lo averiguó pronto. Las revistas estaban llenas de artículos para mejorarse a sí misma: cómo perder o aumentar peso, cómo encontrar marido, las alegrías de la vida de soltera, planear una boda o sobrevivir a un divorcio. Ella había esperado encontrar un camino más fácil para llegar a ser normal y, en vez de eso, se había tropezado con una confusa variedad de opciones.

Parecía ser que una mujer debía tener carrera superior y ser una madre perfecta; debía dar a sus hijos comidas sanas y nutritivas, y enviarlos a los mejores colegios. Al mismo tiempo, debía tener el cuerpo de una modelo de veinte años, una cara sin arrugas, ser una cocinera experta con nociones de dietética y llevar una casa que fuera no sólo limpia, sino exquisita, combinando el confort y una bonita decoración. Su relación con alguien especial era importante, aunque no era el único objetivo en su vida. Una relación ideal sería aquella en la que la mujer no perdiera la independencia.

De alguna parte, entre trabajos, clases, compromisos sociales y seminarios, debería sacar tiempo para ella misma. Leer sobre todo aquello bastaba para que su cabeza empezara a dar vueltas. Si eso era lo que tenía que hacer para ser normal, resultaba ser un asunto agobiante.

Lo que parecía ser un constante tema en todos los artículos era que una mujer necesitaba trabajar. Algunos informes sugerían que la educación de los niños era ya un trabajo de realización personal. Pero si una era soltera, la necesidad de trabajar era muy clara. Y puesto que todo el mundo tenía un trabajo, ¿sería difícil encontrar uno?

-Señorita Jones, creí que usted tenía experiencia usando teclados -el señor Lewis pasó sus dedos por el poco pelo que le quedaba en la cabeza, a la vez que se mostraba preocupado.

-Yo, bien, sí. La tenía. Pero no era un teclado como éste.

Sheri se quedó mirando las filas de teclas con números y letras, preguntándose cómo podría explicarle que ella le había estado hablando del teclado del piano.

-Los teclados no suelen diferenciarse mucho, señorita Jones. ¿Puede usted explicarme cómo se las arregló en menos de dos horas para provocar un colapso total en el sistema informático? -a pesar de sus buenas intenciones, el señor Lewis empezó a levantar la voz.

-Yo... -Sheri levantó la mirada hacia él y con una expresión desconsolada, musitó-. No.

Esta sencilla respuesta pareció dejarle a él sin palabras. Cuando la habían contratado para el trabajo, se había fijado más en su figura que en sus referencias.

Después de todo, ella sólo debía contestar al teléfono, escribir a máquina unas pocas cartas y hacer de recepcionista general de la pequeña oficina inmobiliaria.

El placer de verla por la oficina, quizás más que sólo verla, compensaría cualquier aprendizaje menor que él tuviera que impartirle.

Ella había sido sincera sobre su falta de experiencia laboral. Mirando esos ojos azules y grandes, Gerald Lewis había visto el futuro en tecnicolor. Él le enseñaría las habilidades necesarias, y ella le devolvería el favor... bueno, nadie podría decir cuán agradecida iba a estar.

Sólo ahora, fijándose en las líneas ininteligibles que pasaban a través de la pantalla iluminada del ordenador, él admitió la posibilidad de que el coste de satisfacer su apetito sexual podría ser mucho más alto de lo que jamás hubiera soñado.

-Lo siento, señor Lewis. Yo sólo apreté unos cuantos botones. No quise romperlo.

-¿Romperlo? ¿Romperlo? Ni siquiera sé lo que has hecho -él miró a la pantalla, desilusionado.

-Supongo que esto significa que usted no quiere que venga mañana por la mañana, ¿verdad? -preguntó Sheri dubitativamente.

La mirada que él le lanzó hablaba por sí sola. Sheri estaba un poco desilusionada de que su primera experiencia laboral hubiera resultado negativa, pero no se desanimó. Según los artículos de las revistas, era importante encontrar un puesto que requiriese unas aptitudes acordes con las tuyas. Aparentemente, eso de las inmobiliarias no era lo suyo.

Ella supo pronto que cualquier trabajo que exigiese el control de un ordenador era un error. Ella no los comprendía y no les caía bien tampoco. Su tercer intento de dominar uno acabó con el jefe rogándole que no regresara más.

Vagando por el jardín de rosas, deshojó una flor marchita y consideró sus opciones. Si era necesario un trabajo, tendría un trabajo. Podría preguntarle a Jack. Él casi con toda seguridad encontraría un puesto para ella, pero no quería acudir a Jack. Era algo que quería hacer por sí sola. Necesitaba probar, a Jack y a sí misma, que podría vivir en su mundo, que ella no tenía por qué ser un objeto decorativo, y menos una carga.

Todavía era dificil saber dónde intentarlo la próxima vez. Con un suspiro, dejó el problema a un lado. Transcurrido un tiempo, el destino proveería. Ella sólo necesitaba tener paciencia.

-Te va a encantar este lugar, Sheri. Tienen el mejor marisco del mundo -dijo Tina.

Cuando Tina había sugerido que Sheri y ella fueran de compras y a almorzar, Sheri había saltado de júbilo. Su búsqueda de trabajo había resultado desmoralizante, y Jack había estado durante largas horas en la oficina. Así que la idea de Tina fue como caída del cielo. Podría observar a Tina y aprender de la conducta de otra mujer. Además, a ella le gustaba la hermana pequeña de Jack.

Tina salió disparada del coche con el entusiasmo que mostraba en todo lo que hacía. Era difícil poner de acuerdo sus rápidos movimientos e impaciencia para llegar a cada experiencia nueva con la clase de disciplina y paciencia que se requiere con las Matemáticas Superiores, pero Tina parecía conocer el equilibrio entre ambas cosas.

Durante las últimas semanas, Sheri había aprendido que Tina era una persona con la que podía relajarse. Tina nunca se cuestionó ningún vacío en su conocimiento de Sheri, nunca hacía preguntas incómodas. Si Sheri no sabía algo, Tina estaba más que feliz de explicárselo.

El restaurante estaba en un barrio un tanto mísero de Pasadena. Tina aludía a este barrio sarcásticamente como un «Plan de revitalización». Sheri siguió mirando por la ventana, a lo largo de la calle, donde una luz de neón anunciaba ropa usada. Al lado, había una descuidada entrada de almacén cuyos rótulos ofrecían películas para adultos en alquiler. Ella ya había aprendido que las películas para adultos no resultaban ser documentales sobre educación.

-¿No das tu aprobación a la revitalización?

-Oh, no es eso exactamente -Tina se llevó un colín a la boca, arrugando el ceño-. Es sólo que siempre que revitalizan una zona, un montón de gente es desplazada. A veces es la gente que ha vivido allí durante años. Mira lo que está ocurriendo en Venecia.

-¿Italia?

Sheri buscaba cualquier cosa que hubiera oído de la famosa ciudad, pero lo único que llegó a su mente fue que estaba sumergiéndose muy lentamente.

-No, Venecia de California. Ya sabes, en la costa.

-Lo siento, no estaba en ello -Sheri alcanzó un colín esperando que el lapsus no fuera demasiado notable, sin embargo parecía que Tina sabía tomárselo bien-. Hace unos cuantos años, Venecia era una ciudad muy conflictiva, y el valor de las propiedades era realmente, bajo. Sólo que entonces los valores inmobiliarios en todas las comunidades de alrededor subieron tanto que la gente empezó a ver Venecia como una alternativa a Santa Mónica. Un puñado de artistas se movieron hacia aquel área. Después de todo, ¿qué tiene un artista que merezca la pena ser robado?

Sheri pensó en señalar que un artista podía pensar que su obra tiene algo de valor, pero no lo consideró importante.

-De cualquier modo, no hace mucho, Venecia empezó a verse como una comunidad de artistas. Los valores inmobiliarios empezaron a subir y toda clase de tipos disfrazados de artistas empezaron a llegar hasta allí. Se limpiaron las calles y se abrieron pulcras tiendecitas a lo largo del bulevar. Lo cual atrajo turistas, más dinero, y provocó que subieran los precios de las propiedades.

-¿Es eso malo? Me parece que sería bueno que las calles fueran más

seguras y se abrieran tiendas elegantes -se extrañó Sheri.

-Eso es lo que parece a simple vista. Pero no todo lo que hay. Está

la otra cara de la historia. Mientras los precios de las propiedades se incrementaban, los dueños pronto se dieron cuenta de que podían vender edificios que antes habían dejado a un lado durante años y sacar grandes beneficios. Si conservaban los edificios, aumentarían el alquiler a niveles vergonzosos, pues todos estos pseudoartistas estaban dispuestos a pagar para vivir en Venecia.

-Todavía no veo qué hay de malo.

-Bien, ¿qué pasa con la gente que solía vivir en aquellos lugares? ¿La gente que tenía sus negocios donde están ahora esas pequeñas tiendecitas? Algunos llevaban allí décadas, alquilando sus apartamentos o tiendas y haciendo sus vidas. Ahora, de pronto, se encuentran forzados a salir porque Venecia se ha «revitalizado». No está bien.

-Sin embargo, es una clase de progreso -señaló Sheri, sintiendo la pasión de Tina-. Tú dijiste que esta Venecia no era un buen lugar para vivir antes de que empezara a cambiar. Era inevitable, las ciudades son como la gente, no permanecen igual durante mucho tiempo. Si esto no hubiera ocurrido, quizás las cosas se habrían puesto peor...

-Quizás -Tina permaneció con la mirada triste y fija en la calle-, pero no puedo evitar preguntarme cuánta gente acabó sin hogar porque algún «cerebro de mosquito» quiso probar su suerte como pintor de élite.

-Es raro que un cambio no desplace a alguien o algo. Incluso los cambios positivos no son buenos para todos. Todo lo que puedes hacer es suavizar el impacto en aquellos cuyas vidas deben cambiar tanto si lo desean como si no.

-Supongo -Tina miró a Sheri astutamente-, eres terriblemente filosófica para ser tan joven. No eres mucho mayor que yo, pero... ¿nunca te has apasionado con alguna cosa?

-Con muchas -Sheri echó una rápida mirada hacia arriba y sonrió aliviada cuando vio que el camarero se acercaba con sus platos-. Sobre todo con la comida, tiene un aspecto maravilloso.

El cambio de tema fue oportuno, pero Sheri dudaba de que Tina se hubiera olvidado. La conversación tomó un rumbo más relajado durante la comida, y cuando abandonaron el restaurante, los lazos de su amistad se habían estrechado un poco más.

-Hay una tienda en esta calle donde tienen unos zapatos italianos fantásticos.

Tina captó la mirada de Sheri, y se encogió de hombros un poco avergonzada. Las dos mujeres se rieron y fueron hacia un paso de peatones. Estaban esperando que cambiara la luz del semáforo cuando una voz áspera les habló a sus espaldas.

-Perdónenme, siento molestarlas.

Se volvieron. Era un hombre de unos cuarenta años. Sus ropas estaban sucias y rotas, pero mostraban señales de haber sido cuidadas alguna vez. Su cara era huesuda. Pero fueron sus ojos los que cautivaron a Sheri. Nunca había visto unos ojos tan viejos, como si el hombre hubiera visto pasar siglos de dura existencia. Había casi orgullo. Orgullo y fuerza. Derrotado y casi destrozado, pero luchando por sobrevivir.

-Lamento molestarlas -dijo de nuevo-, pero me estaba preguntando si podrían darme algo suelto.

Tina ya estaba alcanzando su monedero, pero Sheri avanzó un poco hacia el hombre, conmovida por su aspecto.

-¿Está usted perdido?

Pareció sorprendido de que ella se dirigiera a él. Luego, se rió sin muchas ganas.

-¿Perdido? En cierta manera supongo que sí. Llevo más de un año en paro.

-¡Qué terrible!

-No pido su compasión. Sé que saldremos de ésta.

-Aquí tiene, es todo lo que llevo -Tina ofreció un puñado de billetes y agarró el brazo de Sheri con su mano libre, intentando tirar de ella. El hombre miró el dinero y Sheri observó cuánto odiaba necesitarlo. Cogió el dinero de la mano de Tina y lo guardó en la suya.

-Por favor. Ella puede permitírselo -Tina dejó escapar una protesta un tanto alarmada, pero Sheri no le hizo caso-. Usted ha hablado en plural. ¿Está casado? ¿Tiene usted hijos?

Él se metió los billetes en el bolsillo y se dio la vuelta para irse. Pero algo en los ojos de Sheri le persuadía para quedarse.

-Tengo mujer y una hija.

-¿Cuántos años tiene su hija?

-Sarah tiene diez años.

-¿Tienen ustedes algún sitio donde vivir?

-Hemos vivido en el coche los dos últimos meses, pero no va a durar mucho más.

-¡Eso es terrible! ¿No crees que es terrible? -Sheri se volvió como pidiendo un poco de ayuda a Tina, que musitó algo, sin saber claramente cómo llevar la situación-, no pueden ustedes seguir de esa manera. ¿Cómo se llama?

-Melvin. Mire, no quiero crear problemas...

-No, ha creado usted ningún problema en absoluto, Melvin. Pero no podemos permitir que esto continúe. Es terrible pensar que usted y su familia estén viviendo en un coche. Tendremos que hacer algo al respecto. ¿Verdad, Tina?

Tina la miró fijamente, sintiéndose impotente. No es que no sintiera pena por la situación de aquel hombre. Sentía una tremenda compasión por él y su familia. Por eso le había dado todo el dinero que tenía. pero jamás se le habría ocurrido entablar conversación con él. Ella tenía una penetrante sensación de que Sheri planeaba mucho más que hablar con él.

Jack se quedó mirando un grabado abstracto sobre la pared. Garabatos en azul y rojo recorriendo un fondo gris no muy claro. Se preguntaba por qué nunca se había dado cuenta de cuánto le disgustaba aquel grabado. Tendría que pedir a su secretaria que buscara algo que no recordara los garabatos de un niño de cuatro años. Claro que si él no conseguía centrarse en su informe, tendría que decirle a su secretaria que se buscara un nuevo jefe. Llevaba trabajando en el acuerdo Carter durante casi un año. Ahora que lo tenía virtualmente en la palma de su mano, no parecía tan importante, ni siquiera interesante.

Se pasó una mano por la frente, intentando convencerse de que aquél era un buen negocio. ¿Dónde estaba su concentración aquellos días?

Volvió a centrarse en el cúmulo de papeles. Después de leer dos líneas del informe, su atención vagó una vez más, esta vez al retrato enmarcado de Eleanor que descansaba en una esquina de su mesa. Era una mujer realmente encantadora. Había una elegancia en ella que una vez él había encontrado relajante. ¿Por qué últimamente se acordaba de ella cada vez menos? Cuando salían juntos, él se preguntaba qué aspecto tendría ella con el pelo desordenado alrededor de su cara, quizá sonrojada.

El suponía que si se lo sugería, ella no pondría objeciones a acostarse con él. Pero no tenía deseos de hacerlo. Sin embargo, tenía la sospecha un poco turbia de que era la falta de interés lo que lo mantenía fuera de la cama de su prometida.

Cuando se planteaba hacer el amor a una mujer, no veía la cara de Eleanor, sino la de Sheri. No importaba lo firme de sus propósitos para alejarla de su cabeza, ella siempre conseguía burlar esa actitud sorprendiéndole en cualquier momento.

Y ni siquiera la había besado, pero, ¡cómo lo deseaba! Y no tenía que concentrarse para recordar el suave aroma de ella, no tanto como un perfume, pero sí un agradable olor que persistía en el recuerdo.

Maldiciendo, empujó otra vez su silla desde la mesa y se dirigió hacia la ventana. No hizo nada por concentrarse. A veces, si lo intentaba de veras, casi podía creerse su propia historia. Que Sheri había sido la enfermera de su tío y nada más. Casi podía creérselo.

 

Desde el incidente con las rosas de su madre, ella se había preocupado de no hacer nada fuera de lo normal. Podría haber sido una invitada normal, no demasiado entrometida, y bastante fácil de tratar. De hecho, la había visto poco las dos últimas semanas. Así lo había querido, se dijo a sí mismo. Ella se mantenía al margen de sus asuntos y eso era todo lo que él pedía. Así que, ¿por qué no podía quitársela de su cabeza?

La discreta llamada del intercomunicador interrumpió sus pensamientos.

-¿Qué sucede, señorita Sanders?

-Es su madre por la línea dos, señor Ryan. Parece molesta.

Él pulsó el botón de la línea dos.

-¿Mamá?

-Jack, tienes que venir a casa inmediatamente. Es horrible. No sé qué hacer con esta gente. Están en el recibidor y no se irán. Podrían marcharse, pero ella no los dejará. Sigue insistiendo en que tenemos que hacer algo, pero no es mi responsabilidad, Jack.

-Tranquilízate, mamá. ¿Quién es ella? ¿Qué gente es?

-Sheri. Y los ha traído a casa. Eleanor está aquí y está de acuerdo conmigo. Sólo Tina y Roger están con Sheri, y yo no sé qué hacer. No es que no sea compasiva, Jack. Sabes que soy una mujer compasiva.

-Eres muy compasiva, mamá -le dijo Jack con gentileza-. Ahora dime qué está pasando.

-Te lo he dicho. Están en el recibidor y no los dejará marcharse. No estoy de acuerdo, Jack. No está bien. Tienes que venir a casa y hacer algo.

-Estaré allí dentro de veinte minutos -Jack colgó el teléfono entre las protestas de su madre.

No tenía la menor idea de lo que pasaba en casa, pero estaba claro que Sheri era la responsable. Eso bastaba para llenarlo de malos presagios.

Habían pasado unos quince minutos cuando dejó el Jaguar en el aparcamiento privado. La casa parecía la misma de siempre. De la explicación de su madre, se había medio esperado encontrar gente en el escalón de la puerta. Entró decididamente en la casa, dispuesto a enfrentarse a la situación.

El recibidor estaba lleno de gente. A un lado estaban Sheri, Tina y Roger. Tina defendía apasionadamente que hacer este tipo de cosas era responsabilidad de todos. Sheri estaba callada, pero su postura indicaba que estaba de acuerdo con cada palabra pronunciada por su hermana. Los ojos de Roger mostraban un atisbo de diversión ligeramente maliciosa, pero su postura de apoyo era clara.

En el otro lado del recibidor, permanecía Eleanor. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos oscuros llenos de furia, y el acaloramiento de su rostro dejaba claro que llevaban ya un rato discutiendo. Su madre estaba junto a ella, con la mirada confusa, indecisa sobre la postura idónea a seguir.

En medio había un trío de dudoso aspecto. Obviamente se trataba de una familia: un hombre de unos cuarenta, una mujer algo más joven aunque la vida había grabado en su cara algunas arrugas prematuras, y una niña que se agarraba a la mano de su madre tan fuertemente, que sus nudillos estaban quedándose sin color.

-¡Menudo alboroto! -la exclamación escapó de sus labios antes de que pudiera pensar en escapar, dejando que esta situación se resolviera sin él.

Hubo un momento de silencio cuando todos se volvieron a mirarlo.

-Jack, gracias a Dios que estás aquí. No sé qué hacer con esta gente.

-Jack, tienes que decir a mamá y a Eleanor que no podemos volver la espalda a esta gente. Tenemos que hacer algo.

-Jack, quizás puedas aportar una idea razonable a todo este lío. Estoy intentando explicar que esta situación es vergonzosa, pero tu hermana y tu «invitada» no parecen comprenderlo.

-Jack, lo siento. No quise crear problemas, pero es que no tienen bastante dinero para comer y están viviendo en su coche. Yo no puedo dejarles que sigan allí.

-Jackson, bienvenido al circo. Si tuvieras sentido común, te habrías quedado en la oficina.

-¡Callad!, ¡callad! No puedo oír nada si habláis todos a la vez -se hizo el silencio y respiró profundamente, intentando aparentar que estaba controlando la situación-. De acuerdo. Ahora que alguien me explique qué está pasando exactamente.

-Nosotros estábamos...

-Yo no podía...

-No puedo creer...

-¡SILENCIO!

El mandato tuvo el efecto deseado. Todos lo miraron con expectación. Se pasó la mano por el pelo, deteniendo su mirada en los extraños personajes que parecían realmente sorprendidos. Les sonrió de un modo confuso antes de ponerse frente al grupo.

-Roger, pareces saber lo que ocurre. ¿Crees que podrías explicármelo?

-Seguro. Es muy sencillo.

Jack se puso firme, reconociendo en la mirada de Roger que estaba disfrutando enormemente de aquel asunto, lo cual significaba que sencillas o no, las cosas no iban a ser fáciles de resolver.

-Tina y Sheri salieron a almorzar y al salir del restaurante este caballero se acercó a ellas y les pidió una pequeña cantidad de dinero para comprar comida para su familia -su gesto recorrió a los extraños-, Tina le dio algo de dinero, pero Sheri pidió al hombre que le contase su historia. Cuando ella descubrió que llevaba un año en paro y que él y su familia estaban viviendo en su coche, ella creyó que necesitaban algo más que dinero.

-¿Y ella los trajo a casa? -preguntó Jack en voz baja, empezando a comprender por qué su madre se había puesto histérica por teléfono.

-Sí, por supuesto. Ella los trajo a casa. Yo, per sonalmente, creo que es un acto propio de un alma muy humanitaria que nos hace avergonzarnos a los demás -contestó Roger con una expresión divertida.

Jack no era capaz de ver nada humorístico en aquel asunto.

-Jack, Sheri tiene toda la razón. Melvin y Louise necesitan algo más que una limosna. También debemos tener en cuenta a Sarah. ¿Quieres dejarla que crezca en las calles?

-Tina, cállate... -interrumpió él, levantando su mano cuando Eleanor iba a hablar-, perdonadme por ser maleducado, pero si os callaseis todos durante un minuto, eso haría que todo fuera mucho más fácil. Sheri, ¿podría hablarte un momento? ¿Nos excusáis?

Él cruzó una mirada con el extraño hombre y vio orgullo bajo la confusión. Sí, pudo imaginar a Sheri decidida a ayudarle. Entraron en la biblioteca, cerrando la puerta ante la pequeña reunión.

-Siento haber causado problemas, Jack. Sé que prometí que iba a adaptarme. Pero no puedo abandonar a ese hombre en la calle. Estaba tan lleno de dolor y de orgullo. Odiaba pedirnos dinero, pero su familia no tenía qué comer.

-Sheri, ya sé que es una tragedia terrible, pero no estoy seguro de que traerlo a casa de mi madre sea lo mejor.

-No sé qué hacer; sabía que tú eras capaz de ayudarlos. Puedes, ¿verdad?

Cuando ella lo miró con aquellos ojos, le habría prometido la luna. Él desvió su mirada, tratando de ordenar sus pensamientos.

-Mira, hay agencias que llevan a cabo este tipo de asuntos. El problema es demasiado grande para que la gente normal se ocupe de ello.

Sheri colocó su mano en su brazo.

-Han estado ya en las agencias, Jack. No podían permanecer juntos. Son una familia. Todo lo que quieren es una oportunidad para seguir unidos. No es tanto, ¿verdad?

-No, por supuesto que no, pero... -él se pasó de nuevo la mano por el pelo.

¿Cómo se lo explicaría a ella? ¿Cómo la haría comprender que aquel no era el modo de llevar las cosas? Ella hacía que todo pareciera tan razonable, como si hubiera hecho algo de lo más normal.

-Sheri, yo... -se paró otra vez, cautivado por el brillo de las lágrimas en sus ojos.

-Siento haber causado problemas otra vez, Jack, pero no podía dejarlos allí.

Él extendió su mano, y le secó las lágrimas.

-No, por supuesto que no podías.

Y él sabía que era verdad.

-Está bien, no llores más. ¿De acuerdo? -le dijo con una expresión tierna y añadió-: Todo va a salir bien.

De alguna manera, ella estaba en sus brazos, con su cabeza contra su pecho y las lágrimas humedecían su camisa. Él inclinó su cabeza sobre la de ella aspirando la dulce fragancia de su pelo. La estrechó en sus brazos, y apretó su mejilla contra la cabeza de Sheri.

-No comprendo cómo puedes decir eso, Jack.

Eleanor había entrado en la biblioteca, su mirada glacial mientras observaba a su novio abrazado a otra mujer.

-Esta situación es ridícula -añadió.

 

 

Jack soltó los brazos. Sheri se volvió a mirar a Eleanor, aparentemente inconsciente de las posibles implicaciones de la escena que la otra mujer había presenciado. Eleanor cerró la puerta y avanzó hacia ellos.

-Jack, quizás debieras explicar la realidad a tu invitada. Este tipo de cosas pueden aceptarse en algunos sitios, pero éste dificilmente podría ser uno de esos sitios. Uno simplemente no trae gente de esa clase a su casa. Y sobre todo, nunca a casa del anfitrión de uno. Glynis estaba prácticamente llorando cuando llegué aquí.

Sheri se sonrojó.

-Siento que Glynis se molestara por mi causa, pero no podía dejar a Melvin en la calle.

-Así que lo trajiste aquí, donde sólo Dios sabe el daño que puede hacer. Odio señalar algo obvio, pero tú no sabes nada de nada de esa gente.

-Sé que son buena gente -insistió Sheri tozudamente.

Eleanor se rió, incrédula.

-De una conversación de cinco minutos en la esquina de una calle, no puedes sacar ninguna conclusión. ¿Piensas poner en peligro tu propia vida y las de la familia de Jack? Ese hombre podría ser un asesino. Dios mío, es un poco soberbio por tu parte, ¿no crees?

-Ya basta, Eleanor.

El tono brusco de Jack hizo aumentar el enfado de Eleanor.

-¿Basta? Jack, tú no puedes comprender esta situación. ¿Es que no piensas en tu familia? ¿Has pensado en lo que podría haberle pasado a Tina cuando esta mujer invitó tan alegremente a que viniera a casa a toda esa gente?

-A Tina no le ha pasado nada -dijo Jack, mostrando cansancio-. Y

no creo que podamos sacar nada en limpio dramatizando demasiado el asunto.

-Perdóname. Creí que yo estaba mostrando sencillamente una preocupación normal por el bienestar de la gente por la que tú te

interesabas.

Eleanor se volvió y dejó la habitación antes de que Jack pudiera decir

nada más.

-Lo siento, Jack. No quise crear problemas.

-Deja de disculparte. Hiciste lo que creíste era correcto, que es más

de lo que muchos de nosotros conseguimos hacer en estos días.

Él se frotó la nuca.

-Sin embargo, he molestado a Eleanor.

-Lo superará -le chocó darse cuenta de lo poco que le importaba

si ella lo hacía o no-. Debes de haber tenido alguna idea de qué hacer con Melvin y Louise cuando los trajiste aquí.

Sheri se animó un poco más.

-Bueno, creí que podrías contratarlos.

-¿Contratarlos?

-Tu madre me dijo que la cocinera vuelve a Europa la semana que

viene. Louise es una buena cocinera. Sarah me dijo eso.

Jack se dio cuenta de que podía decirle que lo que una niña de diez

años consideraba como buena cocina podría no ser igual a lo que su madre pensaba.

-¿Y qué pasará con Melvin?

-Bueno, a él le gustan las plantas. Me lo dijo cuando se lo

pregunté. Y tu madre me habló de que encontrar un buen jardinero es difícil.

Ella lo estaba mirando con candor, como si hubiera resuelto un gran

problema para él. Él se imaginó el exquisitamente cuidado jardín de su madre, y luego trató de pensar en la cara de ella si sugería que contratase al individuo que se encontraba en el recibidor.

-Debemos preguntar a Melvin y a Louise si les gustaría venir aquí, hablaré con ellos. Quizás tengan planes sobre su futuro.

-Sabía que comprenderías. Sabía que podrías ayudarlos -replicó Sheri, esbozando una deslumbrante sonrisa.

La luminosidad de los ojos de Sheri desveló a Jack que confiaba en él.

-No los he ayudado todavía -dijo apresuradamente.

Ella cogió su mano, y él sintió la misma sensación que siempre que se tocaban. Era como tocar algo tan intensamente lleno de vida, que resultaba casi una descarga eléctrica. No había nada que deseara más que tomarla en sus brazos e intentar absorber algunas vibraciones de ella. Pero la misma intensidad de su deseo le hizo refrenarse.

-Diles que vengan, Sheri.

Si hallar a Melvin y Louise en su vestíbulo había sido un golpe para Glynis Ryan, no era nada comparado con oír la sugerencia de su único hijo para que la pareja fuera contratada.

-Jack, no sabemos nada de ellos -ella permaneció con la mirada fija en su hijo.

-Son buena gente, mamá.

-Están viviendo en un coche.

-No estarían viviendo en un coche si los contratásemos. La casa de invitados lleva años sin ser utilizada.

-Esto es ridículo, Jack -el tono de Eleanor no hizo dudar sobre la opinión que tenía de la sugerencia de su novio-. Estás arriesgando la seguridad de tu madre y la de Tina sólo porque tu pequeña «amiga» trajo a casa toda esta gente vulgar. No creo que hayas pensado serenamente en todo este asunto.

-Si consigues hablar un poco más alto, Ellie, quizá esa pobre gente tendrá una idea más clara de lo que piensas de ellos.

Eleanor sonrió un poco por el sarcasmo que había en el tono de Roger, pero no desistió.

-No creo que les preocupe mucho mi opinión. Tina estará seguramente animándolos a que se sirvan ellos mismos en la cocina, incluyendo los cubiertos de plata.

-Los cubiertos no están en la cocina -dijo Sheri, tranquilizándola.

Eleanor se volvió a ella con ojos furiosos.

-¡No te pongas en plan sabelotodo conmigo! Esta situación es obra tuya y, si yo tuviera que decir algo sobre esto, te marcharías de aquí con tus asquerosos amigos.

-Pero no tienes nada que decir sobre esto.

Las sosegadas palabras de Jack hicieron eco en el silencio que siguió a las duras palabras de Eleanor. Sus ojos se cruzaron con los de ella. No había duda de que Jack la hacía saber que ella había sobrepasado sus limites.

-Tienes razón, por supuesto -dijo ella un poco tensa-. Lo siento.

Sheri no parecía notar su falta de sinceridad.

-Está bien -la sonrisa de Sheri era franca-. Comprendo tu preocupación, pero Melvin y Louise no harían nunca ningún daño.

-La verdad es, Ellie, cariño, que éste no es asunto nuestro. ¿Qué te parece si vamos a explotar la rosaleda? -preguntó Roger.

Eleanor dudó un momento antes de levantarse y sacudirse los pliegues de su falda de seda. Miró a Jack.

-Espero que consideres mis sentimientos en este asunto. Después de todo, tras la boda, será también mi problema.

-Por supuesto, Eleanor -dijo Jack con un tono suave.

Observó a Roger y Eleanor dejar la habitación antes de volverse a su madre.

-Sabes que no haría una sugerencia así, si no estuviese seguro de que fueran dignos de confianza. Melvin tiene una carta de recomendación de su primera empresa -dijo sin mencionar que su primera empresa había sido una compañía de recogida de basuras.

-No sé, Jack, esto parece tan inusual -dijo Glynis.

Sheri cogió la mano de la mujer entre las suyas.

-Estoy segura de que no se arrepentirá de contratar a Melvin y Louise, señora Ryan. Sabe cuánto necesita un jardinero, y Louise sería una buena cocinera. Contratarlos resolverá muchos de sus problemas.

-¿De veras lo crees así? -Glynis agarró los dedos de Sheri.

-Estoy segura de ello.

-Bueno, aún parece muy raro, pero supongo que si los dos estáis tan seguros, podríamos darles una oportunidad. Pero sólo temporalmente, ¡ojo!

Sheri miró a Jack, sonriendo de una manera deslumbrante con los ojos chispeantes de júbilo. Al ver Jack su cara, encendida de gratitud, olvidó todas sus dudas.