PRÓLOGO
Las flores ofrecían un vibrante contraste con el montón de tierra sobre el que yacían. Margaritas blancas y brillantes, amapolas de California, pensamientos... una combinación a la vez salvaje y delicada. Las manos que las arreglaban eran delgadas y graciosas, los dedos largos y gentiles.
-Hubiera traído rosas, pero siempre dijiste que eran más bonitas en el rosal.
La voz de la chica era suave y tenía una dulce entonación y un acento ilocalizable. Estaba arrodillada delante de la tumba, y sus cabellos, de un color entre oro y plata, se derramaban sobre sus hombros y su espalda y llegaban casi hasta el suelo.
-Te echaré de menos -dijo, posando la mano sobre la tierra de la tumba-. En el pueblo dicen que él debería llegar pronto. Ya sé que dijiste que todo iría bien. Dijiste que él me necesitaba más que tú. ¿Pero sabe que me necesita?
Suspiró.
-¿Realmente puedes conocerlo tan bien? Ojalá no me hubieras contado tantas cosas de él. Si no le gusto... ¿Sabes lo que eso significa? ¿Realmente lo comprendes?
Una suave brisa barrió el pequeño cementerio. Agitó el pálido cabello de la muchacha, acariciándolo con suavidad.
-Sé que hiciste todo lo que pudiste por mí. Y estaré bien. Pase lo que pase, estaré bien. Quizá debieras haberle hablado de mí. No todo el mundo acepta estas cosas. Podías haberle explicado... -dijo, dejando escapar un suspiro-. Pero quizá algunas cosas no tienen explicación.
Se levantó, sacudiéndose la arena de las manos contra las perneras de sus vaqueros.
-Siempre recordaré lo bueno que fuiste conmigo.
La brisa movió las hojas de los árboles por encima de su cabeza, y ella sonrió, con un destello azul brillante en los ojos que rivalizó con el del cielo. Levantó la cabeza y vio un petirrojo que se había posado sobre la lápida y cantaba alegremente.
-¿Estás contento, eh? -dijo, tendiendo las manos abiertas y ofreciéndole unas migas de pan. El pájaro inclinó la cabeza levemente, extendió las alas y voló grácilmente hasta la mano de la muchacha, poniéndose a picotear el pan. Su sonrisa se convirtió en una suave risa de placer que resonó en el silencioso lugar.
-Quizá al final todo salga bien.