CAPITULO DIEZ
-¡Qué vestido más bonito!
Sheri se volvió del espejo mientras Tina se recostaba en la cama.
-¿Tú crees? Es muy sencillo.
-Es perfecto. Hará que las otras mujeres parezcan recargadas y demasiado arregladas.
Sheri frunció el ceño y se volvió hacia el espejo. El vestido era de color oro pálido. Era, como ella había dicho, muy sencillo. Tenía el cuello alto, mangas largas y una falda muy amplia. El vestido no era llamativo, pero atraía las miradas de todos modos.
-No quiero que nadie se sienta incómodo -dijo ella dubitativamente, llevándose una mano al cuello.
-Eres demasiado buena, Sheri -Tina suspiró cuando vio que sus palabras no la calmaban-. Estás perfecta.
-¿Estás segura?
-Segura. Y si otras mujeres se sienten un poquito celosas, ¿qué mal hay en ello?
Sheri rió y se volvió para mirar a Tina.
-Tú también estás muy guapa.
Tina se estiró la estrecha falda de su sencillo vestido negro y sonrió.
-Quiero que mi madre se dé cuenta de que estoy de luto.
-¿De luto? -Sheri se sentó en la cama al lado de Tina-. ¿Por qué estás de
luto?
-Voy de luto por mis aspiraciones profesionales.
-¿Es eso por lo que discutisteis anteanoche?
-Es por lo que siempre discutimos. No sé por qué es tan tozuda en este tema.
No es que no tenga el dinero suficiente.
-Entonces, ¿por qué no lo haces?
-Porque mi madre tiene el control sobre mi parte de la herencia. No pasará a mi poder hasta que no cumpla treinta -respondió Tina ceñuda-. ¡Treinta! Mi abuelo creía que las mujeres no sabemos manejar el dinero, así que no puedo tocar el mío hasta que no tenga treinta años. No le hizo eso a Jack.
-No parece justo -estuvo de acuerdo Sheri-. ¿Por qué tu madre no quiere que te licencies?
-Ella cree que voy a olvidarme de mi propia vida intentando obtener esa licenciatura. También cree que la mayoría de los hombres se sentirán amenazados por una licenciada en Matemáticas.
-¿Y no estás de acuerdo?
-Por supuesto que no -dudó un momento, mirando a Sheri-. Además, ya he encontrado un hombre maravilloso al que no le importa qué tipo de licenciatura tenga.
-¿Le has contado esto a tu madre?
Tina estudiaba sus propias uñas.
-No. A ella no le gustaría.
-¿Por qué no?
-Bueno, él es mayor que yo, casi diez años, y no es exactamente un tipo corriente. Está licenciado en Biología Marina y trabaja con delfines, intentando descifrar su lenguaje.
Una vez que había empezado a hablar, las palabras parecían salir a borbotones de su boca.
-Es alto, rubio y tiene los ojos más azules que he visto en mi vida. No creo que nunca se haya puesto un esmoquin. El dinero no le importa. Vive en un apartamento pequeñísimo y conduce un Volkswagen destartalado.
Se detuvo, tomando aire, como sorprendida de cuánto había dicho.
-Además, él quiere que obtenga mi licenciatura si eso es lo que me hace feliz -concluyó Tina, orgullosa.
-Parece muy especial. ¿Por qué crees que a tu madre no le gustará?
-Porque no es rico y, además, no se plantea el ser rico. Y porque no forma parte de «buenos círculos sociales» y no tiene interés por formar parte. Porque es diferente.
Sheri agitó la cabeza.
-Creo que estás cometiendo una injusticia con tu madre -dijo-. Todo lo que ella quiere es que seas feliz. Quizá prefiera que te cases con alguien de su mundo, pero sólo porque es el que entiende y porque cree que es lo que más feliz te hará. Me parece que deberías hablarle de este hombre, asegurarle que no vas a dejar de lado tu vida porque estés inmersa en tus estudios.
Tina frunció el ceño.
-No sé.
-¿Qué puedes perder? Ya ha dicho que no pagará tus estudios. ¿Qué más puede hacerte?
-Bueno, no lo había pensado desde ese punto de vista -Tina sonrió, volviendo a recobrar su natural optimismo-. Quizás tengas razón. Quizás si conociera a Mark y viera lo maravilloso que es...
-Por tu descripción de él es imposible que no le guste.
Tina notó el leve tono irónico de Sheri y se ruborizó, pero también se rió.
-¿Sabes? Estoy muy contenta de que Jack te haya traído a casa. Creo que eres muy buena para todos nosotros.
Sheri la abrazó suavemente, guardándose sus dudas para sí misma. Se sentiría mejor si pudiera estar segura de que Jack compartía la opinión de su hermana.
Jack se ajustó la corbata por décima vez, con un profundo presentimiento. Aquél no era el sitio donde deseaba estar. Normalmente, lo pasaba bien en las fiestas de su madre. Buena comida y buena conversación no era algo para despreciar. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche Sheri estaría allí.
Se pasó los dedos por el pelo. Se preguntaba qué iba a pensar Sheri de su presentación en sociedad. Qué iban a pensar los demás de ella.
-No seas idiota -murmuró para sí mismo.
Se dirigió hacia el gran espejo que estaba en el salón. Al mirarse se dio cuenta de que parecía tan asustado como se sentía. Tenía el pelo un poco de punta y sus ojos tenían la mirada salvaje de un hombre que va a enfrentarse al pelotón de ejecución. Respiró profundamente y se alisó el pelo.
-No hay nada de lo que preocuparse -dijo a su reflejo-. No hay razón para que nadie sospeche nada. Ella es una invitada de la casa. No es como si tuviera la palabra «genio» tatuada en la frente. Es una joven perfectamente normal.
Jack volvió a colocarse la corbata, deseando que su madre hubiera retrasado su pequeña reunión. Hasta que él se hubiera acostumbrado a tener un genio en casa.
Las oyó bajar las escaleras. Tina charlando animadamente, Sheri contestando con su suave voz. Notó que se sentía como un adolescente en su primera cita. Él ya no era un adolescente y además aquello no era una cita, pero no podía librarse de la tensión que lo atenazaba.
Esa sensación no desapareció cuando la vio. El pelo de ella caía sobre sus hombros, como una cascada dorada que era casi del mismo color que su vestido. No podía describir cómo era el vestido, pero la hacía parecer una princesa de cuento de hadas.
Dio un paso adelante, sin darse apenas cuenta de que Tina estaba al lado de Sheri. Había algo en Sheri, una mirada de sabiduría mezclada con tal inocencia. La inocente expresión de sus ojos lo atraía.
Se paró ante ella, sin quitarle los ojos de encima, perdiéndose en sus azules ojos. Por un instante no estaban en el salón de su madre. Estaban en un lugar lejano, y el mundo era algo muy distante.
-Sheri...
Sólo su nombre parecía expresar todo lo que él estaba sintiendo, todos los pensamientos que no podía expresar. Empezó a alargar la mano, como si necesitara tocarla para asegurarse de que era real. Pero entonces Tina carraspeó, rompiendo el, encanto del mágico momento.
Jack dejó caer la mano y se volvió para mirar a su hermana.
-Vaya, Jack, por un momento he pensado que era invisible.
-No seas tonta -la risa de él sonó un poco tensa, pero era una risa-. Las dos estáis maravillosas. ¿Queréis que os traiga algo de beber?
El momento mágico había desaparecido, pero no lo olvidaría fácilmente. En ese instante, Jack habría sido capaz de abandonarlo todo por una oportunidad de estar con Sheri, de estrecharla entre sus brazos. La pregunta era, ¿por qué?
Pero no era momento de buscar respuestas porque a los pocos minutos los invitados empezaron a llegar. Jack se entregó a sus deberes de anfitrión, contento de poder distraerse.
Sheri hizo todo lo que pudo por pasar inadvertida. Se sentó en un rincón y observó a los invitados. Sus ojos volvían a Jack una y otra vez. Estaba tan guapo...
Había habido un momento cuando ella y Tina habían bajado por las escaleras, sólo un momento, cuando parecía que Jack estaba a punto de decir algo importante. ¿Qué habría dicho si Tina no hubiera estado allí?
Hubo un cierto revuelo en la puerta, y ella sonrió cuando vio entrar a Roger. Llevaba una chaqueta de seda bastante arrugada y unos vaqueros. Bastante inapropiado para una fiesta formal, pero a Roger le sentaban bien. Él la vio y la saludó con la mano. Mientras él cogía un vaso de vino posó sus ojos en Eleanor. Por un instante, Sheri pudo ver una expresión de dolor en el rostro de Roger, pero rápidamente fue reemplazada por su habitual gesto cínico.
Comenzó a jugar con un mechón de su cabello con expresión pensativa. Había algo entre Eleanor y Roger, algo más profundo que la animosidad superficial que ambos mostraban. ¿Por qué hacían como si no se gustaran, cuando era evidente que se gustaban mucho?
Sus ojos fueron hacia Melvin, que se movía silenciosamente por el cuarto, sirviendo bebidas y asegurándose de que hubiera canapés a mano. Él la vio y respondió a su sonrisa con un ligero guiño, haciéndola reír suavemente. Ella podía no entender del todo el mundo de Jack, pero había acertado cuando pensó que Melvin y Louise pertenecían a él. Incluso Glynis admitía que habían mejorado el servicio.
-Sheri, aquí hay alguien que quisiera conocerte.
Ella se volvió al oír la voz de Roger. Lo miró antes de fijarse en su acompañante.
Ella había visto al joven llegar con una pareja mayor, sus padres suponía. Tenía quizá diecinueve años, se encontraba en esa extraña edad en que ya no era un niño, pero tampoco un adulto.
-Sheri, éste es Alan Brinkman. Sus padres son viejos amigos de la familia.
Viendo la mirada que Alan tenía en sus ojos, Sheri supo el origen de la expresión divertida de Roger. No hacía falta pasar mucho tiempo entre jóvehes para reconocer esa expresión de flechazo instantáneo.
-Hola, Alan.
La mirada que ella echó a Roger llevaba amenaza y súplica a partes iguales.
Roger sencillamente sonrió y desapareció.
-Te vi en el mismo instante en que entré -le dijo Alan con vehemencia.
-¿De verdad,
-Sí. Eres la mujer más bonita de la fiesta. Me han dicho que tengo buen ojo para las mujeres bonitas.
El intento de mostrar tal sofisticación hubiera sido de risa, si no hubiera estado tan claro que hablaba completamente en serio. Con un suspiro, Sheri se resignó para lo inevitable.
Jack estaba haciendo todo lo posible por parecer un anfitrión atento. No le era fácil, ya que estaba pendiente de Sheri. Él quería hablar con ella, saber su opinión sobre los invitados. Quería asegurarse de que lo estaba pasando bien. Quería sentir la paz que le producía estar cerca de ella.
Vio que Roger le presentaba a Alan Brinkman y se relajó un poco. Estaría segura con Alan. No era probable que el muchacho le hiciera preguntas que ella no pudiera responder. Por la mirada de adoración que él tenía sería un milagro si lograba pronunciar alguna frase coherente.
- Jack, el señor Toffler me estaba contando su interesante viaje a Grecia -Eleanor le pasó una mano por el brazo, desviando su atención de Sheri-. Quizás deberíamos pensar en ir allí de luna de miel.
Jack sabía que Eleanor no tenía intención de ir a Grecia, pero Harold Toffler era un cliente importante del banco y era bueno hacer que los clientes importantes creyeran que sus opiniones eran de vital interés. Era precisamente ese tipo de habilidad social la que hacía que Eleanor fuera tan importante para su carrera. Era una pena que últimamente prestara tan poca atención a su carrera. Jack desechó esos pensamientos y sonrió al hombre que comentaba que Grecia era un país maravilloso.
Veinte minutos después, Jack sabía de ese país mucho más de lo que él hubiera querido saber. El señor Toffler le estaba explicando cómo era el Partenón cuando Jack se fijó en Sheri.
Había algo extraño en cómo estaba allí parada. Algo fuera de lo común. Sacudió la cabeza mientras Eleanor atraía su atención a la conversación. Quizá fuera sólo su imaginación. Pero cinco minutos después volvió a mirar en su dirección.
Alan estaba todavía con ella, hablándole animadamente al oído. La atención de ella parecía estar en otra parte. Y había algo raro. De algún modo parecía más alta. Como si no estuviera tocando el suelo.
-Cielos... -cubrió la exclamación con una tos.
-¿Cómo dices, Jack?
-No, nada. Me parece muy interesante, señor Toffler. Pero tiene que disculparme, estoy descuidando al resto de los invitados.
Jack notó que los ojos de Eleanor lo seguían. A ella no le iba a gustar que dejara a un cliente importante para irse con Sheri. Pero ahora no tenía tiempo para pensar en ello. Ahora mismo tenía cosas más importantes por las que preocuparse. Mucho más importantes.
Se detuvo al lado de Sheri, con una brillante sonrisa en la cara. Puso una mano en el hombro de ella, empujando hacia abajo hasta que sintió que tocaba el suelo.
-Alan, encantado de verte.
-Jack.
Alan no parecía muy contento de ver a su anfitrión.
-Me he dado cuenta de que tú y Sheri estabais hablando y me preguntaba de qué estarías charlando tan animadamente.
Mantuvo una sonrisa jovial en la cara, y la mano haciendo presión en el hombro de Sheri.
-Sólo charlábamos -dijo Alan.
-Alan me estaba sugiriendo que abandonara la fiesta con él -dijo Sheri; miró a Jack con los ojos un poco vidriosos.
-¿Sí? -Jack cogió el vaso de la mano de Sheri-. ¿Te ha dado Alan esta bebida?
-Sí, un zumo. ¿A que es amable?
-Muy amable -contestó Jack.
Jack tomó un sorbo, notando el vodka bajo el dulce sabor del refresco. Alan se avergonzó al ver el enfado en los ojos de Jack. Pero Jack no tenía que preocuparse por el castigo. Sheri se lo proporcionó sin saberlo.
-Alan dice que en el gimnasio su apodo es «semental», ¿por qué será?
Ella lo miró, desconcertada. Con el rabillo del ojo, Jack podía ver a Alan ruborizándose hasta que parecía que le iba a dar un ataque. A pesar de su irritación, Jack sintió lástima. Bueno, quizá eso le enseñara una lección. Con un adiós apenas audible Alan procedió a una rápida retirada. Sheri no pareció darse cuenta de que se había ido.
-¿Qué es un gimnasio, Jack? -le preguntó, arreglándole la corbata.
-Es un sitio donde se hace gimnasia -contestó él, distraído.
La puerta estaba en el lado opuesto del cuarto, lo cual hacía dificil que pudieran salir sin que lo notaran. Eleanor dirigía miradas furiosas, pero no podía preocuparse por eso ahora.
-Jack, ¿por qué llaman eso a Alan?
-Porque tiene una risa como la de un caballo -contestó desesperado.
-Eso no es algo agradable para que te lo llamen -dijo Sheri, frunciendo el ceño.
-Estoy seguro de que a él no le importa. Sheri, ¿qué es exactamente lo que te ocurre cuando bebes?
-¿Cuando bebo? Que ya no tengo sed.
Esto pareció hacerle gracia y emitió una suave risita. Jack apretó la mano en el hombro de ella.
-Sheri, ¿qué te sucede cuando bebes alcohol?
-¿Alcohol? Ya te lo dije, tiene un efecto pernicioso en mis poderes -pronunció las palabras despacio, como saboreándolas.
-Sí, ya lo sé. Pero, ¿qué te sucede exactamente?
-No lo sé. Nunca he bebido nada.
Volvió a soltar una risita, pero esta vez la risita terminó en un estornudo. Jack vio un delicado jarrón elevarse sobre la repisa de la chimenea, se quedó suspendido en el aire un segundo y luego se estrelló contra el suelo. El ruido de porcelana rota hizo que todo el mundo se volviera a mirar.
-Uf, estos temblores cada vez son peores.
Jack notó que estaba hablando demasiado alto.
-¿Temblor? No he sentido nada -dijo uno de los invitados con expresión desconcertada.
Hubo un murmullo general, mientras todos consultaban a su vecino para saber si lo había notado. Una o dos personas dijeron que a lo mejor lo habían notado. La sonrisa de Jack se amplió.
-Ha sido fuerte, y rápido. Muy rápido.
-Me sorprende que pudiera tirar un jarrón así -comentó el señor Toffler.
Jack pensó inmediatamente en cancelar su cuenta.
-Sí, es sorprendente -dijo Eleanor, con los ojos fijos en su prometido.
-Yo me había dado cuenta de que estaba en el borde de la repisa.
Éste era Roger, recordando a Jack una de las muchas razones por las que eran amigos desde el colegio. Roger avanzó hacia Glynis con una sonrisa de disculpa.
-Lo siento, Glynis. Debería haberlo dicho. Me siento culpable.
Glynis le aseguró que no era culpa suya, Melvin apareció con un cepillo y recogió los trozos. Perdiendo interés en el asunto, los invitados volvieron a sus conversaciones. Viendo la expresión de pánico en la cara de Jack, Roger se dirigió hacia él.
-Hola, Sheri. Jack.
-Hola, Roger. ¿Sabías que los amigos de Jack lo llaman «semental» porque se ríe como un caballo? No creo que eso sea muy agradable.
Roger miró a Jack por encima de la cabeza de Sheri; éste se mordió el labio, intentando mantener una expresión seria.
-Estoy seguro de que no pretenden nada malo con ello. ¿Qué sucede Jack? Parece como si esperaras una redada policial de repente.
-Eso sería más fácil de manejar -murmuró Jack, sujetando a Sheri-. Ese idiota ha dado a Sheri una copa con un cincuenta por ciento de vodka.
-¿Alan? No creía que fuera capaz -observó la mirada enfadada de Jack-. ¿Supongo que los genios no beben?
-Tiene un efecto pernicioso en nuestros poderes -le informó Sheri solemnemente, y entonces estornudó otra vez.
En un abrir y cerrar de ojos, un precioso centro de gladiolos se transformó en un revuelto montón de narcisos. Jack contuvo el aliento, pero nadie pareció haberse dado cuenta del cambio.
-Ves; tengo que sacarla de aquí -dijo a Roger.
-Me parece una maniobra adecuada. ¿Por qué estás apoyado en ella?
-Porque hace unos minutos estaba flotando.
-No lo estaba. Tenía los pies en el suelo firmemente. Pero podría flotar si tú quieres -se ofreció Sheri.
-No, ¿puedes andar?
-Claro que puedo andar. Y puedo volar también.
Roger ahogó una carcajada, recibiendo una mirada fiera de Jack, que no veía la gracia del asunto.
Sólo habían avanzado unos pasos cuando Sheri estornudó otra vez. Roger se lanzó para coger un plato de canapés que estaba haciendo un giro en el aire. Varias personas se volvieron a mirarlo. Se preguntaba cómo iba a explicar el tener un plato de canapés apretado contra el pecho.
-Yo... esto... estaba a punto de caerse. Lo llevaré a la cocina.
Melvin apareció al lado de Roger, echándole una mirada que decía a las claras que dudaba de su cordura.
-Yo me ocuparé de eso, señor Bendon.
Roger le dio el plato. Jack y Sheri estaban a medio camino de la puerta, pero los detuvo un viejo conocido de Jack. Roger estaba ya casi junto a ellos cuando Sheri volvió a estornudar.
Tras el hombro de Roger, Jack vio con resignación cómo los delgados filetes de salmón ahumado de una bandeja empezaban a moverse, formando la figura de un pez, luego empezó a pasearse por la mesa.
Todos se volvieron a mirar.
-Es sorprendente.
-¡Increíble! ¿Cómo lo hacen?
-Debe de ser una marioneta.
Varias personas se acercaron para investigar, pero antes de que llegaran a la mesa Sheri estornudó de nuevo y las luces se apagaron. Jack se quedó parado, sin habla.
-¡Mira! En el techo.
Jack reconoció la voz de su hermana. Miró hacia arriba, preguntándose qué nuevo desastre se preparaba.
Puntos de luz de diferentes colores flotaban a media altura. Oscilaban de un lado a otro, despacio al principio, luego más deprisa. Con cada oscilación regaban de gotas coloreadas el cuarto, como una fina lluvia. Donde caían permanecían brillando aún.
Hubo una exclamación general de asombro mientras el pelo y las ropas de los presentes brillaban con las gotitas. Roger llegó hasta Jack, que estaba sacando a Sheri del cuarto. La agarró por el otro brazo, dejando atrás a los sorprendidísimos invitados.
Casi habían llegado a la puerta, cuando Sheri tomó aire, como preparándose para otro estornudo. La mano de Jack se cerró sobre su boca mientras salían de la habitación, sin preocuparse ya de que los pies de ella no tocaran el suelo.
Desde el otro lado del cuarto, Eleanor no pudo ver la mano de Jack sobre la boca de Sheri. Todo lo que vio fue a Jack y a Roger saliendo del cuarto con Sheri, la atención de ellos fijada en ella. Se volvió, ignorando las luces danzantes.
Era casi media noche, los últimos invitados se habían marchado hacía más de una hora, todavía agradeciéndole el espectáculo del pez bailarín y de las luces tan brillantes. Jack había explicado que lo había hecho con espejos un amigo suyo que trabajaba con George Lucas. Por suerte, nadie había insistido en conocer los detalles.
Había soportado el resto de la fiesta con mucho nerviosismo, apenas consciente de lo que la gente le decía o de lo que él respondía. Roger y él habían acostado a Sheri en su cuarto, donde los estornudos no podían causar nuevos desastres. Cuando la dejaron, ya estaba profundamente dormida.
Había excusado a Sheri ante su familia, diciendo que tenía un ligero dolor de cabeza. Podía haber sido peor. No había ocurrido nada que no pudiera ser más o menos explicado. Ahora incluso le parecía un poco gracioso.
Jack sonrió, cerrando la puerta de su cuarto tras él. Lo del pez había estado muy bien. Tomó un sorbo de su café. La cafeína le haría permanecer despierto durante toda la noche, pero ahora mismo necesitaba más sus efectos reconstituyentes de lo que necesitaba dormir. Muchas noches como aquella y se volvería viejo antes de tiempo.
Se frotó la nuca mientras cruzaba el cuarto hacia la ventana para echar las cortinas. Se detuvo a mirar el jardín iluminado por la luna. Los rosales estaban cubiertos de rosas. Bajo la luz de la luna llena, las flores brillaban con sus colores blanco y amarillo pálido.
Un ligero movimiento en la parte lejana del jardín atrajo su vista, y su mano se tensó sobre las cortinas. No debería salir. Era media noche, la hora de las brujas. Si Sheri estaba en el jardín a media noche, no estaba buscando compañía. Bajó las escaleras de dos en dos. Apenas notó el frío aire cuando salió por la puerta trasera. Sheri jugueteaba con el dedo en una rosa muy blanca bajo la luz de la luna. Su vestido dorado parecía brillar y su cabello era casi del mismo color que la luz de la luna, ni oro, ni plata sino una mezcla de ambos.
Se volvió al acercarse él.
-Hola -su voz era apagada.
-¿No es un poco tarde para pasear por el jardín?
A pesar de que no había nadie que pudiera oírlos, él automáticamente bajó la voz ante la tranquilidad reinante.
-Me gusta el aspecto que tienen por la noche -ella acarició suavemente un capullo-. Tiene un color tan brillante. Es tan clara y bonita.
-Estabas muy guapa esta noche.
-Ella se volvió para mirarlo, con los ojos muy abiertos.
-¿Cómo puedes decir eso? Después de todo el lío que armé.
-Bueno, podría haber sido peor.
-No sé cómo -contestó ella.
-Nada realmente desastroso ha ocurrido. El jarrón puede ser repuesto. El pez estuvo muy gracio so. Y todo el mundo pensó que las luces fueron espectaculares. Varias personas me han preguntado qué empresa hizo los efectos especiales -mintió él.
-¿No estás enfadado conmigo?
Ella inclinó la cabeza interrogativamente y Jack tuvo que suprimir el impulso de tomarla en sus brazos y besarla.
-¿Por qué? No fue culpa tuya que Alan reforzara tu bebida.
-Pero tenía que haberme dado cuenta. Te prometí que no iba a causarte problemas. Quería hacer tu vida más feliz. Mejor. No causarte problemas.
Jack cogió las manos de ella, atrayéndola para que la luna le iluminara la cara.
-No me has causado verdaderos problemas. Sólo has animado un poco las cosas. No tienes por qué culparte de nada.
-Pero yo...
-No. Ni una palabra mas sobre el asunto -él puso un dedo sobre los labios de ella y preguntó con seriedad fingida-. ¿Tengo que ordenártelo?
Las manos de ella se relajaron en las de él, y él vio una sonrisa aparecer en su cara.
-Tus deseos son órdenes.
-Eso está mejor. Creía que iba a tenerme que poner duro contigo.
-Sólo tienes que pedírmelo -dijo ella suavemente.
Él tuvo que apartar sus ojos de la suavidad de los de ella. Soltó sus manos, dándose cuenta de que lo que de verdad quería era atraerla hacia él. Si le quedaba algo de sentido común, debería volver adentro. Ahí por lo menos estaría seguro. Sería lo más prudente.
-Así que, ¿vienes siempre a la rosaleda a media noche?
-Es un lugar muy bonito para pensar -Sheri se volvió un poco, mirando todo el jardín-. Si escuchas atentamente, casi se puede oír a las rosas susurrarse unas a otras.
-¿Qué están diciendo? -Jack observó su perfil.
-Oh, tonterías. Se preguntan qué hacemos aquí fuera en lugar de estar en nuestras camas. Hablan sobre el tiempo.
La luz de la luna hacía que la curva de su mejilla pareciera de porcelana, el movimiento de sus pestañas una sombra sedosa. Sheri parecía no darse cuenta de la mirada de él. Tomó una rosa entre sus manos y se inclinó para oler su suave perfume.
-Me encantan las rosas. Están tan llenas de belleza y misterio.
-Como una mujer hermosa -murmuró Jack, sin apartar los ojos de la cara de ella.
-¿No crees que toda belleza tiene su elemento de misterio? -preguntó ella, acariciando con las yemas de los dedos la rosa-. Nunca estamos seguros de por qué algo es hermoso, qué es lo que lo hace resaltar.
-Sheri, ¿se enamoran los genios?
Ella se quedó callada durante un rato y él se lamentó de la estupidez de su pregunta.
-A veces -respondió en una voz tan baja que casi era un suspiro, tiró nerviosa de una hoja del rosal-. Pero debemos tener cuidado. El amor no es lo mismo para nosotros que para los humanos.
-¿Por qué no?
-El amor es algo que somos, no solamente algo que sentimos. Perdemos la mayoría de nuestros poderes cuando nos enamoramos. No tenemos mucho que perder hoy en día. Teníamos más poderes cuando en el mundo había más sueños -suspiró, con expresión preocupada-. Si algo le ocurre a ese amor...
Sheri dejó arrastrar las palabras, con la frente arrugada.
-¿Qué sucede, Sheri? -cogió la mano de ella entre las suyas- ¿Qué sucede?
-Nos morimos.
La respuesta tan sencilla le dejó sin aliento. Jack levantó la mano y agarró la barbilla de ella, sintiendo la suavidad de su piel en sus dedos, sintiendo su calor.
-Eres tan hermosa.
Ella no se movió mientras él se inclinaba hacia ella. Sus labios eran suaves bajo los de él, abriéndose para él, su cuerpo dócil en sus brazos.
La luz de la luna se derramaba sobre ellos, la tranquilidad del jardín los envolvía, y por un mágico instante, estuvo seguro de haber oído, él también, a las rosas susurrarse secretos unas a otras.
CAPÍTULO ONCE
La fiesta afectó a toda la casa de un modo inesperado. La tensión parecía reinar en el ambiente. Sheri notó el cambio, pero no podía comprender la razón para ello. No era que nadie hubiera dicho algo. Era como si se evitaran unos a otros.
Tina y su madre todavía seguían enfadadas sobre el futuro de la educación de Tina. Las dos mujeres se comportaban correctamente, pero la distancia entre ellas era evidente. Jack se dedicó con cierto entusiasmo a su trabajo, marchándose por la mañana y volviendo tarde por la noche.
A Sheri se la dejaba hacer lo que quería, y ésta llenaba su tiempo explorando los alrededores de la casa de Jack, disfrutando del calor primaveral.
Aquel día se encontraba de muy buen humor. Roger había cumplido su promesa, y le había presentado a Marty y Lisa, una pareja joven que llevaban un refugio para los «sin hogar». Habían estado muy contentos con su ofrecimiento de ayuda, creyendo las palabras de Roger de que ella sería de gran ayuda. De hecho, ellos estaban de acuerdo en cualquier cosa que Roger dijera.
Cuando Roger y Marty salieron del cuarto, Lisa aprovechó la oportunidad de sonsacar información a Sheri, mostrando su decepción cuando quedó claro que Sheri y Roger eran sólo amigos.
-Es un hombre tan bueno -Lisa se pasó la mano por su abultada tripa.
-No sé si a Roger le gustaría que fuera divulgado eso -contestó Sheri con una sonrisa.
-No, no le gusta que la gente piense que hace cosas buenas -estuvo de acuerdo Lisa-. ¿Sabes?, él financia todo esto. Marty y yo nunca hubiéramos
conseguido todo esto sin él. Era nuestro sueño el ayudar a los «sin hogar», y Roger lo convirtió en realidad.
- -Es muy agradable.
-Sí, pero muy solitario, ¿no crees? -Lisa suspiró. -Creo que quizá Roger no ha encontrado todavía lo que busca.' Pero lo logrará.
-Eso espero.
-¿Cuándo vas a dar a luz?
El embarazo de Lisa fascinaba a Sheri.
-Dentro de un par de semanas. Parece que llevo así siglos. Y además está tratando de salir a patadas.
-¿Podría...? -se detuvo, sin saber si estaba rompiendo algún tabú que no conocía. Sus ojos se encontraron con los de Lisa.
La sonrisa de Lisa se suavizó.
-¿Has sentido alguna vez moverse a un bebé?
Sheri negó con la cabeza.
-Dame la mano -tomó la mano de Sheri y la puso en su tripa.
Sheri cerró los ojos, sintiendo la fuerza vital bajo sus dedos.
-Un niño -murmuró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
-Sí. ¿Cómo lo sabes?
Sheri abrió los ojos y se encontró con la mirada intrigada de Lisa.
-Soy muy buena adivinando -retiró su mano-. Parece muy fuerte.
-Pero si todavía no se ha movido.
-Yo... lo puedo notar -dijo Sheri débilmente.
-Espero que tengas razón. Perdimos un bebé antes de éste.
Se acarició el vientre, con una expresión protectora en su rostro. Sheri se preguntó qué se sentiría al llevar una vida dentro de sí. Eso sí que era magia.
Estaba todavía pensando en Lisa y Marty, y en su nuevo trabajo, que debería empezar al cabo de dos semanas. El refugio era pequeño, pero su intención era sacar definitivamente a la gente de la calle, no sólo ofrecer un alojamiento temporal.
Le gustaba la idea de trabajar con gente, de ayudarlos. Ahí había algo que ella podía hacer, y hacerlo bien. Sonrió pensando en su intento de dar las gracias a Roger. La había interrumpido, turbado como si le hubieran pillado haciendo algo malo.
Agitó la cabeza, dándose cuenta de que no estaba prestando atención al entorno. En un día tan bonito como aquél, era un crimen no disfrutar cada momento. Y así es como conoció a la señora O'Leary.
La señora O'Leary vivía en una casa tras la de Jack. La casa era más pequeña, la propiedad no tan grande. El hogar de la señora O'Leary podría ser descrito como una granja del medio oeste, con su amplio porche y las persianas azules destacando sobre la pintura blanca. Sheri había pasado cerca de ella varias veces antes de ver a su dueña. Le gustaba la casa. Parecía sonreírle. Y el patio era una abundante maraña de plantas. Eso también le gustaba.
Se había detenido ante la valla de estacas que le llegaban hasta el pecho, admirando la confusión de malvaloca, pensamientos y caléndulas que llenaban un rincón del patio.
-Bueno, no te quedes ahí mirando, chiquilla. Ven aquí y échame una mano con esto.
La voz venía de detrás de un exuberante rosal. Mirando hacia el sonido, Sheri pudo ver una pequeña silueta envuelta en un mono verde.
-Date prisa -ordenó la voz.
Sheri entró por la portezuela, dirigiéndose por el camino de ladrillos hacia el rosal.
-Sujeta esto mientras voy a por la podadera. Cada vez que me agacho, me da en la cara. Ten cuidado con las espinas. El problema es que no le di la forma adecuada cuando era pequeño.
Sheri sujetó la rama mientras la mujer mayor traía la podadera y la cortaba a la altura del suelo.
-Ya está. Así está mejor. ¿Te gustan las plantas?
Unos pálidos ojos azules miraron a Sheri bajo la visera de su gorra verde.
-Sí. Me gustan mucho.
-Eso me pareció. Soy Cassie O'Leary -dijo con firmeza-. Te he visto pasar cerca del patio varias veces. Y tuve la sensación de que te gustaban las plantas.
-Yo soy Sheri.
Sheri alargó la mano para ayudarla a incorporarse, esperando que ella la rechazara. Pero la señora O'Leary la agarró firmemente levantándose, era un poco más bajita que Sheri.
-Sheri. Es un nombre bonito. Ayúdame con estos tiestos. Te he visto pasear a todas horas. ¿No trabajas? -Dentro de un par de semanas, empezaré a trabajar en un refugio para los «sin hogar».
-¿Para los «sin hogar»? He leído artículos sobre ello. Es una pena. Oye, a este sitio le sentaría bien tener a alguien joven por aquí. Animaría un poco las cosas. Puedes venir a verme cuando tengas tiempo.
Sheri sonrió, preguntándose si era una petición o una orden.
-Gracias. Me gustará hacerlo.
Los ojos de la señora O'Leary se encontraron con los de ella.
-Soy una vieja mandona. Debo advertírtelo.
-Nunca lo hubiera creído - contestó Sheri con seriedad.
Una sonora carcajada respondió a su comentario.
-Me gustas. A mi edad hay que decidirse rápidamente. Una nunca sabe
cuánto tiempo te queda. Sheri rió y la mujer la echó una mirada de aprobación.
-Además, también tienes sentido del humor. Trabajaremos muy bien juntas.
Y así lo hicieron. Sheri encontró la compañía de la señora O'Leary muy agradable, y ésta parecía estar muy a gusto con ella.
Jack estaba en casa tan raramente. La gran casa parecía vacía sin él. Necesitaba algo para distraerse del vacío que su ausencia dejaba en su vida. Cuando no estaba ayudando a la señora O'Leary en el jardín, ella paseaba.
Aquella parecía una ocupación inofensiva en la que pasar el tiempo. Y así fue, hasta un día que ella no volvió sola a casa.
-Pero, Sheri. No sabes dónde ha podido estar. Y además seguro que pertenece a alguien.
Glynis miraba al objeto de su preocupación. Éste era un perro de tamaño mediano. Parecía de color gris, pero era posible que bajo la capa de suciedad que lo cubría fuera de otro color.
-No creo que sea de nadie -Sheri se agachó para acariciar al animal, que estaba sentado tranquilamente a su lado-. Estaba muy hambriento. Louise le ha dado unos restos de carne.
-Bueno, no me gustaría ver a un animal hambriento. Pero no puede quedarse aquí. Soy alérgica a los perros.
Glynis confirmó esto con un fuerte estornudo. Sheri se volvió hacia Roger, que se encontraba cerca. Al ver su mirada suplicante, él alzó las manos como indicando su impotencia.
-Lo siento. En mi edificio son muy estrictos en lo que se refiere a tener animales. No los permiten ni aunque tengan pedigree, y éste evidentemente no tiene.
Así estaban las cosas cuando Eleanor entró en la habitación. Se paró dudando cuando vio a Roger, pero ya no podía retroceder. Le dirigió una leve sonrisa y luego, se aproximó a la silla donde estaba Glynis y la besó en la mejilla.
-Pensé que era mejor dejar que os recuperarais de la fiesta antes de volver por aquí. ¡Dios mío! ¿Qué es esto?
Había visto al perro, y su expresión reflejaba lo que opinaba de la presencia de éste en el inmaculado salón.
-Es un perro, Ellie -la informó Roger.
La mirada que ella le dirigió podría haberlo fulminado donde estaba. A Roger no pareció afectarle.
-Sheri lo ha traído a casa, pero ya le he explicado que no puede quedarse. Melvin y Louise eran una cosa. Quiero decir que por lo menos son personas. No soy alérgica a ellos. Pero soy alérgica a los perros -Glynis volvió a estornudar.
-Lo siento mucho, señora Ryan, pero no podía dejarlo en la calle -Sheri miró con aflicción en sus ojos-. Estaba tan asustado y hambriento... Pensé que podríamos encontrar un hogar para él.
-Eso es muy amable por tu parte, Sheri. Pero me temo que no puede quedarse aquí. Por favor, pídele a Louise que pase bien la aspiradora cuando se lo hayan llevado.
Glynis salió de la habitación, ahogando los estornudos con un pañuelo.
-No puedo ni imaginarme el tipo de hogar que encontrarías para esa bola de pelo sucio -dijo Eleanor con desdén.
El perro la había estado observando desde que ella había entrado en el cuarto, y eligió aquel inoportuno momento para levantarse del lado de Sheri y acercarse a Eleanor.
-No te acerques a mí. Seguro que estás lleno de pulgas.
Ante su tono tan seco, el perro se echó en el suelo gimiendo como si esperara un golpe.
-Sólo quiere ser tu amigo -dijo Sheri con reproche.
-No tengo intención de ser amiga de un perro -pero el tono de Eleanor se había suavizado bastante-. Levántate, no voy a hacerte daño.
Cuando el animal continuó encogido a sus pies, se inclinó y le acarició cautelosa.
-Ya está. Ahora vete.
Pero todo lo que el animal necesitaba era esa pequeña muestra de afecto para convencerse de que ya tenía una nueva amiga. Se puso patas arriba, agitando todo su cuerpo de alegría. A pesar de sí misma, Eleanor sonrió y le rascó la barriga.
-Parece que has hecho una conquista, Ellie -comentó Roger lentamente-. Quizá pudieras llevártelo a casa.
-De eso nada -pero sus dedos encontraron un punto sensible tras la oreja del perro.
-Ya ves, Eleanor, es un perro muy majo. Y además muy educado. Sería un compañero maravilloso.
-No necesito un compañero.
Eleanor estaba de rodillas en el suelo, rascando al perro. Él chilló de repente y volvió a echarse. Ella buscó el punto sensible, apartando el pelo para descubrir un golpe. Miró hacia ellos con los ojos furiosos.
-Alguien le ha pegado.
-La gente no es muy amable con los perros vagabundos -la voz de Roger era suave-. Tú tienes espacio en tu casa. Podrías cuidarlo hasta que le encontremos un hogar.
Eleanor acarició al sucio perro con dedos suaves. Su expresión era tierna y compasiva, muy diferente de su habitual aspecto arrogante.
-Ya te quiere -le dijo Sheri-. Los animales pueden sentir cuando alguien tiene buen corazón.
-Buen corazón -repitió Eleanor, levantándose-, eso creo. Bueno será mejor que lo lleve a casa y le compre comida y un collar.
Miró al perro dubitativamente, como si no estuviera segura de la responsabilidad que iba a contraer.
-¿Habías venido a algo en concreto?; Yo podría ocuparme de él si quieres hablar con la señora Ryan -se ofreció Sheri.
Eleanor se detuvo, mirándola con una extraña expresión en sus ojos.
-No. En realidad con quien quería hablar era contigo, pero puede esperar. No es importante.
Chasqueó los dedos, y el perro salió corriendo en dirección a la puerta.
-Bueno, será mejor que me marche. Decid adiós a Glynis por mí.
-Por supuesto.
Los ojos de Eleanor fueron un instante hacia Roger. Se dirigió hacia la puerta, pero se enganchó el tacón en una arruga de la alfombra. Tropezó y se habría caído, si Roger no la hubiera cogido en sus brazos, sujetándola contra su pecho.
Durante un leve instante permanecieron así, mirándose a los ojos. Sólo un instante. Entonces, Eleanor se separó, y murmurando un «gracias» salió de la habitación. Roger la siguió con la mirada hasta que la puerta de la calle se hubo cerrado tras ella.
-Es muy peligroso inmiscuirse en las vidas de otras personas -dijo Roger.
-¿Inmiscuirse? -Sheri abrió los ojos inocentemente.
-La alfombra. Ella ha tropezado con un poco de ayuda.
Sheri se encogió de hombros.
-Quizá todavía son los efectos de la bebida que tomé en la fiesta.
-Eso fue hace mucho. No creo que todavía esté afectando a tus poderes. No te mezcles en asuntos que no entiendes.
Él parecía más cauto que enfadado, y eso animó a Sheri a seguir con el tema.
-Eleanor y tú os gustáis, ¿no?
Roger permaneció en silencio durante tanto tiempo, que ella pensó que iba a ignorar la pregunta. Cuando habló su tono era monótono.
-Hace mucho tiempo, nos gustábamos bastante. Pero eso fue hace muchísimo tiempo. Ella está prometida a Jack y he aprendido a aceptarlo.
-¿Seguro? Cuando la miras, tus ojos dicen lo contrario.
Las facciones de Roger se tensaron.
-Mira, no importa lo que veas en mis ojos, no tiene importancia. Ella y Jack van a casarse. Ese es el final de la historia.
-Hay tantas cosas que no entiendo.
-Y yo -contestó él con amargura.
-Eleanor y tú os queréis, pero ella va a casarse con Jack. Y ellos no se aman.
Ella frunció el ceño confusa.
-¿Qué te hace creer que ellos no se aman? -preguntó Roger.
-No son felices cuando están juntos.
-¿Quién te ha dicho que el amor se supone que te hace feliz? Mi experiencia es que el amor te hace muchas cosas, y una de ellas no es hacerte feliz.
Él cogió su chaqueta.
-Pero es evidente que no se quieren -protestó Sheri.
Roger se puso la chaqueta antes de volver a mirarla.
-Te es evidente por tus propios sentimientos hacia Jack. No dejes que el amor te engañe para que veas lo que quieres ver. Es una experiencia dolorosa.
Sheri lo siguió con la mirada, demasiado estupefacta para hablar. Lo que él estaba diciendo era imposible. Ella se preocupaba por Jack. Claro que se preocupaba por Jack. Ella quería verlo feliz. Esa era la única razón por la que se preocupaba por su compromiso. Sólo quería que él fuera feliz. Pero no era porque lo amara, por lo menos no del modo que sugería Roger. Ella no estaba enamorada de Jack.
¿Lo estaba?
Empezó a alisarse el cabello con la mano, dándose cuenta de que sus dedos estaban temblando. El cuarto donde se encontraba empezó a difuminarse; se encontraba en una colina cubierta de hierba, con los brazos de jack a su alrededor; luego se encontraba en el jardín de rosas a media noche, las manos de Jack suaves sobre su piel.
Temblando, se abrazó a sí misma, intentando desesperadamente refutar las palabras de Roger. ¿Enamorada de Jack? No era posible. Sería una tontería. Pero... ¿cuándo el amor había sido inteligente?
Pero si amaba a Jack, ¿cómo podía estar segura de sus motivos al intentar que Eleanor y Roger se unieran? A ella le parecía evidente que se amaban. Estaba en sus ojos, en la tensión que había entre ellos. ¿Estaba Roger en lo cierto? ¿Eran egoístas los motivos de ella?
Sheri oyó las pisadas de Glynis acercándose por el pasillo. Sin pensarlo dos veces, el aire a su alrededor tembló y ella desapareció. Buscó instintivamente el refugio de las rosaleda, materializándose junto al cenador. El sol de la tarde se derramaba sobre el jardín.
Por una vez, Sheri no notó la belleza que la rodeaba. Estaba concentrada en sí misma, intentando entender lo imposible. No podía estar enamorada de Jack. Aun así, ¿cómo podía no amarlo? Meditó la pregunta, y cerró los ojos ante la verdad que representaba.
¿Cómo podía no amarlo? Tendría que haberse hecho aquella pregunta hacía semanas. Cuando pensó en la amabilidad de sus ojos, en cómo se podía reír de sí mismo, en cómo su leve caricia parecía ir directamente a su alma, parecía casi inevitable que ella se enamorara de él.
Había sido tan tonta. Cerró los ojos. El precio de amarlo era muy alto, pero lo habría pagado inmediatamente si creyera que había alguna posibilidad de que él la correspondiera. Pero él no podía. Aunque no amara a Eleanor, se iba a casar con ella. Incluso si no existiera ese obstáculo, todavía estaba la realidad de lo que era ella.
Jack había aceptado las molestias que ella había traído a su vida, pero eso sólo porque sabía que iban a ser temporales. En el fondo, esperaba que su vida continuara por el rumbo que él había trazado. Y ese rumbo no la incluía a ella.
Jack se quitó la chaqueta y la echó en el asiento trasero mientras montaba en el Jaguar. Cuando dejaba el trabajo en esos días, se sentía como si escapara de una prisión. Arriba, en la oficina, había dejado a media compañía celebrando la exitosa conclusión del contrato Carter. Él'debería estar ahí. Después de todo, abía sido un proyecto suyo. Debería estar celebrándolo.
Pero no estaba de humor para celebraciones. El acuerdo Carter se había convertido en otra carga de la que liberarse. Había perdido el entusiasmo, la excitación.
Hubo un tiempo en el que disfrutaba de su trabajo. Por lo menos disfrutaba del desafío que representaba. Pero eso ahora parecía muy lejano.
Salió del aparcamiento. El problema era que había estado pensando demasiado últimamente. Y sobre lo que seguía pensando era en su viejo sueño de criar caballos. Tonterías. Hacía muchos años que había superado ese sueño de adolescente. Pero seguía pensando en ello. Sobre cuánto le gustaría volver a cabalgar otra vez, cuánto le gustaría enseñar a Sheri a cabalgar.
Sheri y su charla sobre los sueños. Eso era lo que le había hecho pensar en aquel tipo de cosas. Ahora todo en su vida parecía girar en torno a ella de un modo y otro. Por mucho que intentara apartarla de su mente, ella permanecía ahí.
Encendió la radio. Las suaves melodías de Mozart llenaron el coche, y él frunció el ceño, apagándola de nuevo. Mozart le hacía pensar en Eleanor. Y Eleanor le hacía pensar en su próxima boda, que se aproximaba amenazante como un iceberg ante el Titanic. Había tenido tan claras sus razones para casarse con Eleanor, estaba tan seguro de que era lo correcto, de que podrían hacerse felices mutuamente.
«Ella murió y él nunca pudo superar la soledad de estar sin ella». Aquellas palabras que Sheri le había dicho acerca de la mujer con la que su tío estuvo a punto de casarse volvían a su mente una y otra vez. Intentó imaginarse cómo se sentiría si algo le ocurriera a Eleanor. La echaría de menos. Claro que la echaría de menos. Pero seguramente no pasaría muchos años lamentando su pérdida.
-Pero no todos los matrimonios pueden basarse en un amor pasional -murmuró en voz alta.
No había respuesta excepto la permanente duda en su mente.
Cuando llegó a casa, se sentía inquieto. Después de todo, hasta hacía unas pocas semanas se sentía bastante contento con su vida. Quizá estaba pasando por la crisis de la mediana edad. Pero se presentaba con una década de adelanto.
La casa estaba oscura y tranquila, y Jack supuso que todos estaban ya en la cama. Pero cuando cerró la puerta, vio un suave resplandor proveniente de biblioteca. Entró en el cuarto, sabiendo lo que iba a encontrar. El cuarto estaba a oscuras salvo por el brillo danzante del fuego en la chimenea. De Sheri sólo se podían ver sus piernas cruzadas sobre el brazo de un sillón de cuero.
Se aclaró la garganta y las piernas desaparecieron y apareció un cabello despeinado y unos grandes ojos azules. Ella sonrió cuando vio que era él, aunque él creyó que cierta cautela permanecía en su expresión.
-No, no lo quites -dijo Jack cuando el fuego empezó a desaparecer-. Es agradable, aunque estemos casi en verano.
-Pareces cansado -la armónica suavidad de la voz de ella calmó un poco sus excitados nervios.
Se sentó en una silla al lado de ella, apenas notando el escabel que se materializó en el lugar justo. Poniendo sus pies en él, suspiró.
-Creo que estoy un poco cansado.
-Te dejaré solo.
Ella se levantó, pero Jack la agarró del brazo.
-No -se dio cuenta de que la palabra le salió con emasiada brusquedad y
la suavizó con una sonrisa-. i tú no estás cansada, me gustaría tener compañía.
Ella dudó. Era raro, pensó Jack, cómo podía sentir a inseguridad de ella cuando su mano tocaba su brazo. Quería que ella se quedara. Ella había puesto patas arriba su vida, había cambiado el modo en el que veía el mundo, pero siempre experimentaba cierta paz cuando estaba con ella. Y quería estar con ella ahora, lo necesitaba.
-De acuerdo -se volvió a sentar, poniendo los pies debajo de sí, cubriendo sus piernas con el vuelo de su falda gris.
El silencio se apoderó de la habitación, con una agradable tranquilidad. Jack se relajó. Al mirar la chimenea, se acordó de los breves días pasados en la casa de su tío. Esa era la última vez en que le había parecido que su vida era normal y estaba bajo control.
-Te acuerdas alguna vez de la casa del tío Jack? -le preguntó en voz baja.
-A veces. Aquello era tan pacífico.
-He pensado en venderla, pero nunca me decido. -Es un lugar especial para mí también.
Jack giró la cabeza para mirarla. Ella miraba el fuego con expresión pensativa.
-¿Sientes alguna vez haber venido aquí?
No sabía cómo se le había ocurrido la pregunta, pero la respuesta era de repente muy importante para él. Ella permaneció callada un momento. Cuando vol vió la cabeza para mirarlo, había algo en sus ojos que él no pudo definir, una profunda tristeza.
-No, no podría sentir haber venido contigo.
Jack tuvo la sensación de que había alguna significación en sus palabras que se le escapaba.
-¿Sabes? Me gustaría que estuviéramos en la cabaña ahora. Debe estar muy bonita.
Él había hablado impulsivamente, intentando suavizar la situación. Apenas había acabado de hablar cuando sintió un cosquilleo que empezó por la yema de sus dedos y luego le recorrió todo el cuerpo. Hubo un momento de cálida oscuridad, una oscuridad tan intensa que parecía difícil que la luz pudiera penetrarla. Tuvo la sensación de que tiraban de él, y de repente estaba sentado en una silla en el salón del hogar de su tío. Todo estaba tal y como lo recordaba, con la excepción del samovar dorado, que ya no estaba en su rincón. Sheri estaba en la silla de enfrente tal y como estaban antes. Sólo que hacía un instante ella y Jack estaban a novecientos kilómetros de distancia.
-Tus deseos son órdenes -dijo ella.
-Creo que tendré que ser cuidadoso con lo que deseo.
Jack no se sorprendió de que su voz fuera un poco temblorosa.
Tuvo que hacer un esfuerzo voluntario para soltar sus dedos de los brazos de la silla. Se dio cuenta de la sensación de cosquilleo otra vez, un sentimiento de estar vibrantemente vivo como nunca lo había sentido antes.
Sonrió de repente, recostándose. Quizá Roger tuviera razón y debiera disfrutar de las ventajas de tener un genio. Se rió abiertamente. Su vida, su prometida y todos sus problemas estaban a cientos de kilómetros de allí.
-¿Era esto mi primer deseo?
-Ya te he dicho que no funciona así -contestó ella.
-¿Estás segura? En todas las historias de hadas que leí cuando era pequeño, sólo podías pedir tres deseos.
-Eso eran historias, esto es la vida real.
Ella lo miró, extrañada cuando él volvió a prorrumpir en carcajadas.
-Si tengo que creer en ti, no puedo negarme a creer en cuentos de hadas -explicó él.
-Supongo que no -Sheri también rió.
-Está bien, como segundo deseo querría un coñac. El mejor coñac, por favor -no se sorprendió de ver aparecer ante él una copa.
-Gracias -levantó la copa, aspirando su fuerte fragancia-. ¿Se preocupará alguien de que no estemos donde se supone que teníamos que estar?
-Tu madre y Tina fueron a Santa Bárbara a visitar a alguien.
-Probablemente a la tía Lidia. ¿Mamá y Tina juntas? Creía que estaban enfadadas.
-Creo que Tina quería hablar con tu madre. Quería intentar convencerla de que el que siga adelante con su carrera no significa que olvide su vida personal.
-Bueno, le deseo suerte. La única cosa que tranquilizaría a mi madre sería que Tina se casara.
-No creo que llegue a tanto, pero está enamorada. Creo que se lo va a contar a tu madre.
-¿Tina tiene un novio?
Jack frunció el ceño. No estaba seguro de que le gustara la idea.
-Trabaja con delfines -le informó Sheri.
-Fantástico. Dentro de poco invitaremos a Flipper a tomar el té. Y «trabaja con delfines» significa: es un vago de playa.
-Esa es una de las razones por las que Tina no te lo ha contado -le dijo Sheri, censurándolo-. Ella dijo que no lo aprobarías porque no era del mismo nivel social. Yo le dije que no tenías una mente tan estrecha.
Hubo un silencio momentáneo.
-Tienes razón -levantó una mano con la palma hacia afuera-. Prometo no ser crítico con el amigo de Tina.
-Tina estará muy contenta.
-Me has estado evitando -dijo Jack de repente. -¿Sí?
-Sí. Durante los últimos días. Cada vez que yo aparezco tú desapareces. ¿No estarás enfadada conmigo?
-No, por supuesto que no. Pensé que a lo mejor querías estar un poco alejado de mí.
Jack se inclinó hacia adelante y cogió la mano de ella, sintiendo sus dedos temblar. Sus ojos se encontraron y se olvidó de lo que iba a preguntar. Allá donde sus dedos estaban en contacto parecía como si saltaran chispas. Tomó una profunda bocanada de aire y soltó la mano de ella.
-Cuando quiera estar alejado de ti, te lo haré saber, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -la sonrisa de ella se hizo más brillante, pero todavía quedaba algo en sus ojos, vulnerabilidad.
Él tomó un sorbo de coñac y observó el fuego. Alrededor de ellos, la casa estaba tranquila. Afuera, la noche era más tranquila aún. En algún lugar, se oyó el ulular de un búho. Los Ángeles parecía estar a un millón de kilómetros. Como en otro mundo.
-¿Te he dicho alguna vez que quería criar caballos? -la pregunta surgió de la nada. No había pensado decir nada, y menos eso.
-Suena maravilloso. Estoy segura de que se te daría muy bien.
-Oh, eran tonterías de jovenzuelo -Jack observó el coñac en su copa-. Roger y yo íbamos a trasladarnos a Wyoming. ¿O era Montana? Íbamos a tener el rancho de cría de caballos más grande del oeste. Estúpido verdaderamente.
-¿Por qué estúpido? -preguntó Sheri.
Jack se encogió de hombros.
-No lo sé. En realidad, no sabíamos nada de criar caballos. Ya sabes, todos los chicos pasamos por la etapa de vaqueros.
-¿Qué sucedió?
-La vida. Supongo que fue la vida. ¡Qué pomposo y filosófico suena! -se inclinó hacia adelante para observar el fuego-. Roger fue a Vietnam. Cuando volvió, yo estaba con la carrera a medias. Hablamos de ello. Roger incluso compró una finca al norte de Santa Bárbara. No el millón de acres que habíamos soñado, pero era algo con lo que empezar. Yo me iba a unir a él cuando acabara la carrera; significaba tanto para mi padre el que consiguiera la licenciatura.
Se detuvo, pero Sheri no le urgió a seguir. Tras un momento, él continuó, sintiendo la necesidad de terminar lo que había empezado a contar.
-Entonces murió mi padre. El banco se encontra ba en dificultades y yo tenía el porcentaje mayor de acciones. No había nadie más así que asumí la dirección. Trabajé como un loco al principio. No sabía lo que estaba haciendo. Pero tuve unas cuentas decisiones acertadas. Me decía que aquel trabajo sería sólo temporal, pero nunca encontraba el momento adecuado para dejarlo. Después de unos años, dejé de pensar en dejarlo.
Volvió a encogerse de hombros, incómodo de repente. Tenía la sensación de que había hablado más de lo que debía.
-Todavía no es demasiado tarde -las suaves palabras de Sheri rompieron la quietud-. Todavía puedes realizar tu sueño.
-¿Te refieres a los caballos? Ya te lo he dicho, eran cosas de chiquillos -se bebió el resto del coñac sin apenas saborearlo.
-¿Lo eran?
-No lo sé -él miraba pensativamente la copa vacía-. Si me lo hubieras preguntado hace tres meses, te habría dicho que sí. Pero algo ha cambiado desde que te conocí. Bueno, creo que me había olvidado de los sueños y la magia hasta que te encontré.
-¿Lo sientes?
La pregunta hizo que Jack volviera a mirarla. Su rostro estaba en sombras, su expresión imposible de leer.
-No, no lo siento.
Él alargó la mano y cogió la de Sheri, tirando de ella hacia él. Ella se dejó caer de la silla y se arrodilló ante él. Jack puso su mano en la mejilla de ella y se perdió en sus ojos.
-Sólo quiero que seas feliz -dijo ella.
¿Cómo era posible que fuera tan perfecta? El fuego hacía brillar su pelo, transformándolo en una nube de oro. Sus ojos eran dos hermosas lagunas azules. Y su boca, ¿cómo podía describir su boca? Su dedo pulgar la acarició suavemente, sintiendo sus labios suavizarse bajo su caricia.
-Has puesto mi vida patas arriba. Me has hecho creer en lo imposible. Y casi me has echo creer en los sueños otra vez. Casi.
-Jack...
Puso sus dedos en la boca de ella, deteniendo sus palabras.
-No digas nada. Hagamos como si esto fuera un sueño. No hay nadie en el mundo aparte de nosotros. Eso es todo lo que importa, aquí y ahora. Un sueño, Sheri. Un dulce, dulce sueño.
Durante un momento, permanecieron mirándose. Él no podía definir qué era lo que veía en los ojos de ella, no podía adivinar qué era lo que ella veía en los suyos. Pero sintió que nunca se había sentido más a gusto. Puso la mano en la nuca de ella, inclinando su cabeza hacia atrás, y vio que sus ojos se dilataban.
-Jack, no -su protesta sin aliento, contrastaba con la necesidad en sus ojos.
-Sí, Sheri -las palabras salieron en un susurro de su boca, antes de cubrir la de ella.
Ella se abrió para él como una flor bebiendo la lluvia. La boca de ella era tan suave e invitante... La lengua de él se deslizó entre los labios de ella, el sabor del coñac mezclándose con una dulzura que sólo podía pertenecer a Sheri.
Jack sintió que todo pensamiento racional escapaba de su mente. El pasado, el futuro, nada importaba.
Él se puso de pie, levantándola también a ella. Todo lo que importaba era el aquí y ahora, la sensación de tenerla entre sus brazos, el sabor de ella en su boca y la desesperada necesidad de ella que ardía en su corazón. Una necesidad que sólo Sheri podía satisfacer.
Retiró su boca de la de ella, pero sólo para explorar su delicado cuello. La oyó respirar, un delicado sonido de placer, otro tipo de fuego. La había deseado, necesitado desde siempre. El pulso en el cuello de ella se aceleró bajo el contacto. La boca de jack volvió a ella.
Ella se arqueó sobre sus brazos, indefensa, ofreciéndole todo lo que quisiera tomar. Pero para tomar también tenía que dar.
La mano de él se deslizó hacia abajo, recogiendo el leve peso de su seno en su palma. La boca de él volvió a cerrarse sobre la de ella, ahogando un suave gemido.
Él la levantó en brazos, el peso de ella casi insignificante. Las pestañas de ella se agitaron, sus ojos se encontraron. Jack esperó. Ella parecía estar buscando algo en los ojos de él. Debió de encontrarlo, porque volvió a relajarse contra él, y dejó descansar su cabeza en su hombro.
La casa estaba muy tranquila mientras llevaba a Sheri escaleras arriba. El único sonido era el de sus pasos. Empujó con el hombro la puerta del dormitorio, y no se sorprendió cuando la lámpara que había en la mesilla se encendió sola.
Deteniéndose junto a la cama, dejó a Sheri resbalar hasta que notó que los pies de ella tocaban el suelo. Las manos de ella descansaron sobre el pecho de él.
La blusa de ella se abrió con su toque, como si se deshiciera. La falda cayó al suelo casi sin ruido y ella estuvo ante él sólo envuelta en su sedoso cabello. Jack se quedó mirándola. Su belleza lo dejó sin palabras. Alargó la mano, necesitando tocarla para saber si era real.
Ella cogió las manos de él, con una leve sonrisa en su rostro mientras las colocaba a los lados de él. Jack obedeció con gran esfuerzo. Ella comenzó a desabrocharle la camisa, y Jack contuvo la respiración al sentir los dedos de ella contra su pecho.
Sheri lo miró. Sus ojos reflejaban admiración. Había una sensualidad tan inocente en su mirada, que Jack gimió. Él hundió sus manos en el largo cabello de ella, dejándolo derramarse sobre sus antebrazos. La boca de ella rindiéndose ante la hambrienta presión de la de él, el cuerpo de ella dócil en sus brazos.
Jack la soltó para quitarse el resto de sus ropas, impaciente por librarse de cualquier cosa que le impidiera estar con ella. La tendió en la cama, y luego él se tumbó sobre ella.
La mullida cama los protegía, como un suave capullo que los aislara del mundo exterior. No había ni mañana ni ayer. Nada que importara más allá de este lugar, este momento.
Las manos de jack temblaban mientras exploraban el esbelto cuerpo de ella. Nunca había deseado nada de aquella manera. En su alma, había una profunda necesidad que sólo Sheri podía satisfacer. El suave tacto de ella, sus murmullos de placer alimentaban esa necesidad, y al mismo tiempo la avivaban de tal manera, que amenazaba con consumirlo.
Él se puso sobre ella, sujetando su peso con los brazos. Las piernas de ella se levantaron para abrazarlo, pero él dudó un instante. Su pelo estaba extendido sobre la almohada, enmarcando sus delicadas facciones, sus profundos y brillantes ojos azules. En ese momento, él supo que nunca se sentiría completo. No sin ella.
El cuerpo de ella se abrió para él, aceptándolo como si estuviera hecho sólo para él. Sus movimientos eran tan antiguos como el tiempo, pero nunca habían parecido tan nuevos. Y la satisfacción, cuando llegó, fue algo sublime. No era sólo una satisfacción corporal, llegaba hasta lo más profundo de su alma, limpiándolo, haciéndolo sentirse completo.