CAPITULO 4

 

 

-Perdona, ¿qué has dicho? -preguntó Jack, buscando un lugar para sentarse.

Lo de menos fue que apareciera tras sus piernas una silla donde momentos antes no había más que suelo.

-¿Estás bien?

-No, la verdad es que no. Estoy completamente loco -dijo Jack alegremente. O estoy soñando. Eso es. Ahora me despertaré, y nada de esto habrá ocurrido.

Jack esperó, pero no pareció que fuera a despertar más de lo que ya estaba. Sheri seguía mirándolo, con las cejas levemente fruncidas. Cuando abrió los ojos, seguía sentado en aquella silla que no debía estar donde estaba, y mirando a aquella mujer que no debía existir.

-Oh, Dios mío, todavía estás aquí. -Sí. ¿Quieres que me vaya?

-Sí... no. No te muevas. Y no hagas nada.

Jack se frotó el puente de la nariz, consciente de la ansiedad con que lo miraba Sheri. ¿Cómo podía parecer tan preocupada por agradarle? ¿No se daba cuenta de que su simple existencia era algo imposible, que no podía existir?

Muy bien, ahora todo tenía una explicación, la luz, el coche, la comida... Pero la explicación era aún más incomprensible que el original misterio.

-Dios mío, ¿qué estoy haciendo? -dijo para sí-. Estoy pensando que puede ser cierto.

-Es la verdad.

-No. No lo es -dijo Jack, levantándose y mirándola fijamente-. No sé cuál es la verdad, pero no puedes ser un genio. Los genios no existen.

-Pero estoy aquí.

Aquella simple afirmación lo dejó sin habla. Era innegablemente cierto. Estaba allí. Y él mismo la había visto materializarse. Jack dejó escapar una risa nerviosa.

-No puedo creerlo. Debo de estar peor de lo que pensaba. Estoy pensando que realmente puedes ser un genio. Y puesto que eso no es posible, debe de haber una explicación a lo que he visto.

-La hay. Te la he dado.

Jack volvió a reír, algo incómodo.

-Mira, no sé cómo haces todo esto. ¿Es cosa de Roger? Parece el tipo de broma pesada que tanto le gusta a Roger. No sé cómo has hecho los trucos, pero...

Ella inclinó la cabeza a un lado ligeramente sin comprender. Dios mío, era una actriz excepcional. O al menos, Jack deseó desesperadamente que lo fuera.

-Trucos -dijo Jack, señalando al samovar-. Lo del humo, por ejemplo.

-¿Por qué no lo admites?

-¿Por qué? ¿Por qué? -dijo Jack, sintiendo la tensión en su voz e intentando tranquilizarse por todos los medios-. Te diré por qué. Porque las genios no existen, ni los gnomos, ni los hobbits. Son imaginarios. Cosas que se cuentan a los niños. Son fantasías. Sueños.

-Y no crees que los sueños sean reales...

-No. No ese tipo de sueños -dijo Jack con firmeza.

Ella asintió con seriedad.

-Creo que comprendo.

Mientras la miraba, la figura de Sheri pareció hacerse ligeramente borrosa. El diáfano camisón que sugería más de lo que ocultaba se desvaneció en un instante. Sheri estaba delante de él vestida con unos vaqueros y una camisa azul claro del color de sus ojos. Podía haber sido cualquiera de los millones de jóvenes que pasean por las calles.

Pero no estaba paseando. Estaba allí, delante de él, vestida con ropa que un instante antes no estaba ahí.

-Entiendo que es difícil para ti -dijo ella-. Nunca habías visto a ninguno de nosotros.

-Tiene que haber una explicación lógica a todo esto.

-Sé que no es fácil de aceptar. Tu tío era un hombre muy especial.

-¿Sabía mi tío esto? ¿Te creía?

-Tu tío era un hombre de grandes sueños. Ese tipo de personas creen más quedas otras.

-¿Creer? ¿Quieres que crea que eres un genio? Muy bien. Pruébalo. Mueve la nariz, o guiña un ojo y haz magia.

-¿Qué quieres que haga?

La pregunta dejó a Jack atónito. Parecía tan confiada, tan segura de sí misma...

-Empecemos por algo sencillo. ¿Qué tal una taza de café?

Sheri sostuvo la mano con la palma hacia arriba. Jack la miró fijamente, sintiéndose menos seguro de lo que hubiera querido. En realidad no le extrañó ver agitarse el aire sobre la mano y, tras un instante de desorientación, ver aparecer en ella una taza humeante de café. Jack la cogió cuidadosamente. Era sólida y real. Tan real como el delicioso aroma que despedía. Todo lo que creía, toda su concepción del mundo, se había venido abajo, y lo único que se le ocurría era mirar una taza de café y preguntarse si le habría añadido un poco de leche.

-¿Estás bien?

La ansiosa pregunta de Sheri hizo salir a Jack de su ensimismamiento. Parecía preocupada, pero al fin y al cabo normal. Hermosa, pero normal. Sin embargo, ella no podía ser real. Pero ahí estaba. Y ahí estaba la taza de café.

-¿Dónde te encontró mi tío Jack? -dijo, dando un sorbo al café que no existía y esperando la respuesta de Sheri.

-En Hollywood.

-Ah, claro. El samovar. ¿Por qué lo compró?

-Me dijo que se había sentido atraído por él. A veces suceden esas cosas, ¿sabes?

-No, no sé. Me temo que no estoy muy familiarizado con los procedimientos de adquisición de un genio.

-Bueno, no siempre es así, pero a veces una persona se siente atraída. Y suele ser porque pueden creer.

-¿Y el tío Jack creía?

-Era un hombre de sueños infinitos. Para él todo era posible.

Recuerdos de la infancia se agolparon en su cabeza. Recordó que en su catorce cumpleaños, cuando su padre le regaló una pequeña cartera de acciones para que las administrara, su tío Jack le había dado dos sables de la II Guerra Mundial. Habían pasado horas y horas imaginando a quién habrían pertenecido y qué les habría ocurrido a los oficiales que los habían llevado. Sí, el tío Jack había sido un hombre de sueños infinitos.

-¿Y por qué no me dijo nada sobre ti en la carta que me entregaron tras su muerte? Decía que viniera a ver la casa, no que me fuera encontrar aquí con un montón de sorpresas.

-Le dije que debía advertirte sobre mí, pero no quiso hacerlo. Podía llegar a ser muy testarudo. -Debió de tener alguna razón.

-Dijo que te negarías a creerlo. Que tendrías que verlo primero.

-Bueno, supongo que tenía razón. No es el tipo de cosas que uno cuenta en las cartas -dijo Jack, dando el último sorbo a su café.

-¿Quieres otra taza?

-No, gracias, más de una taza de café mágico me sienta mal.

-El café no es mágico -le aseguró ella muy seria. -¿Cuánto tiempo estuviste con mi tío?

Ella sonrió al recordar. Sus ojos eran cálidos, de una forma que hubiera quitado el aliento a Jack, de no ser porque ya le quedaba bastante poco.

-Casi tres años. Fue muy bueno conmigo. Me enseñó muchas cosas.

-Seguro que tú también le enseñaste un par de cosas -dijo Jack secamente, pero Sheri no captó la sutileza.

-No sé si le enseñé algo, pero creo que le gustaba mi compañía. Era un hombre solitario. ¿Sabías que una vez estuvo a punto de casarse con una mujer a la que adoraba? Ella murió, y creo que él nunca llegó a superar la tristeza de vivir sin ella.

-Nunca me lo dijo -dijo Jack-. ¡Ojalá hubiera venido antes!

Sheri le volvió a tocar la mano. La sensación de alivio y consuelo fue inmediata, igual que el día anterior. Pero el día anterior no pensaba que fuera un genio. Él apartó la mano, sintiéndose incómodo de repente.

Miró a Sheri y vio la mirada de dolor que oscurecía sus ojos antes de-que sus párpados descendieran ocultándolos. Jack se sintió como un canalla. Fuera quien fuese, o lo que fuese, había sido muy amable con él. Y sobre todo con su tío.

-Lo siento.

-Está bien. Entiendo. Debía haberme dado cuenta de que te costaría aceptar lo que soy.

Dijo aquellas palabras como si nada hubiera ocurrido, pero Jack había visto el dolor en sus ojos.

-Mira, no he querido ser brusco. Te has portado muy bien conmigo, y aprecio de verdad lo que hiciste por mi tío. Sólo es que... bueno, eres... Quiero decir...

No podía explicar lo que estaba sintiendo, porque no lo había experimentado nunca.

-Entiendo. No te gusto -dijo ella.

-No. No, no es que no me gustes -protestó él-. Sí que me gustas.

-¿De verdad?

Sus ojos se alzaron hasta los de él, y Jack se vio perdido en sus profundidades azules.

-Yo... Sí, me gustas.

En realidad, lo que había sentido hacia ella la noche anterior no era simplemente una cuestión de gusto.

-Claro que me gustas -insistió-. Pero eres el primer genio que conozco, y creo que me cuesta acostumbrarme -dijo débilmente.

La sonrisa de Sheri era embriagadora.

-Te acostumbrarás a mí. En realidad, no soy tan diferente. Ya verás.

Jack dudó que llegara a acostumbrarse. Fuera real o fruto de su imaginación, jamás conocería a nadie como ella.

-¿Te apetece desayunar?

El desayuno no era en lo que pensaba en aquel momento, pero al menos le pareció algo bastante inofensivo.

-Sí. Muy bien.

-¿Qué quieres?

-Cualquier cosa - dijo, dándose cuenta por la mirada de Sheri de que el concepto de «cualquier cosa» era difícil para ella-. Bueno, digamos que huevos con beicon.

Jack recordaba haber visto ambas cosas en el frigorífico. Así no tendría que imaginarse a Sheri haciéndolos aparecer de la nada.

Sheri salió de la habitación con paso ligero y alegre. Casi parecía que no tocaba el suelo. Jack apartó la imagen de su mente.

Mientras se frotaba la nuca, Jack se quedó mirando el samovar. El sol entraba por una ventana y un rayo de luz estallaba contra el gran recipiente de cobre. Aquello simbolizaba toda la confusión que acababa de entrar en su vida. Habría deseado poder tirarlo por la ventana, y con él toda aquella locura.

-El desayuno está a punto -dijo Sheri al cabo de un momento.

La voz de Sheri le hizo saltar en la silla.

-¡No te me acerques así! -dijo bruscamente, y la sonrisa de Sheri se desvaneció.

-Lo siento.

-Oh, diablos -dijo Jack, levantándose y pasándose los dedos por el pelo, forzando una sonrisa-. Yo soy quien debe disculparse. No he querido gritarte. Comprende que me está costando mucho adaptarme a esta situación.

-No pasa nada.

La buena disposición de Sheri le hizo sentirse aún más culpable. ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente amable?

El desayuno estaba perfecto, y Jack lo comió de buena gana, olvidando su procedencia. Cuando acabó, se arrellanó en la silla con una taza de café en la mano. Fuera, el sol brillaba con una fuerza que hería a los ojos.

-El desayuno ha sido delicioso -dijo entonces-. Gracias.

Sheri resplandeció de placer y se levantó para recoger la mesa.

-No, déjalo. Quiero que hablemos.

-Muy bien.

Ella se sentó en su silla, con las manos cruzadas sobre el regazo.

-¿Qué piensas hacer ahora? -dijo Jack, rompiendo el silencio.

-¿Hacer? -dijo Sheri, sin comprender la pregunta-. ¿Qué quieres decir?

-¿Qué planes tienes? Ahora que el tío Jack ha muerto, ¿adónde vas a ir?

-Adonde vayas tú.

Su tono daba a entender que la respuesta era obvia.

-¿Adonde vaya yo? ¿Qué tengo yo que ver? -Yo iré adonde vayas.

Lo dijo con toda la calma del mundo, ignorando que estaba sacudiendo los cimientos de toda su vida.

-¿Qué? -preguntó otra vez Jack débilmente.

-Iré adonde vayas tú. ¿O no? -dijo, con un hilo de incertidumbre en la voz.

-No -dijo Jack rápidamente, antes de que aquellos ojos azules le hicieron cambiar de opinión-. Mira, lo siento, pero no es posible. Yo soy banquero, ¿sabes? Y los banqueros no tienen genios. Tenemos coches y casas de lujo, pero no genios.

-Tu tío pensó que me necesitabas.

-Mi tío posiblemente pensaba muchas cosas. Pero yo no necesito a un genio. Mi vida ya está organizada. Tengo una carrera y estoy comprometido con Eleanor. ¡Eleanor! Dios mío, no quiero ni pensar en lo que diría si te llevara a casa conmigo.

Jack se estremeció al imaginar la cara que pondría cuando le explicara que Sheri vivía en el samovar y producía electricidad de la nada.

-Pero tu tío quería que yo me quedara contigo -protestó ella.

-Mira, te diré lo que vamos a hacer. Concédeme tres deseos, y en paz. Así habrás cumplido con tu deber hacia el tío Jack.

-No es un deber. Es cumplir con lo que él deseaba.

¡Maldito tío Jack! Era muy propio de él meter en un lío como aquel a su sobrino favorito. Probablemente estaría en algún lugar muriéndose de risa.

Finalmente había conseguido desmontar por completo su organizada vida. Pero no iba a permitirlo.

Se volvió abruptamente hacia Sheri, lanzándole una mirada que habría hecho temblar a más de un ejecutivo del banco. Ella lo miró con aquellos ojos confiados y vulnerables.

-Bien, me debes tres deseos, ¿de acuerdo?

-Sí, si es eso lo que deseas.

-Bueno, así es en los cuentos. ¿O no?

-A veces puede ser suficiente para saldar la deuda, pero no siempre.

Jack se apoyó en la mesa, inclinándose hacia ella.

-Supón que mi primer deseo es que te marches y desaparezcas de mi vida para siempre. ¿Lo harías?

Sheri lo miró prolongadamente, y bajó los ojos con lentitud.

-Sí, lo haría.

Jack sonrió, como si hubiera zanjado una negociación difícil con un buen argumento. Podría acabar en ese mismo momento con todo el problema. Nadie sabría nunca nada. Sheri podía coger su samovar y desaparecer en la noche. Él podría vender la casa y convencerse de que no había pasado nada. Era perfecto. Abrió la boca para decirle eso, que desapareciera para siempre. Pero de sus labios no salió ningún sonido.

Miró aquella cabeza rubia inclinada, recordando la tranquila simpatía que le había mostrado; cómo se había esforzado para que se sintiera a gusto; y sobre todo, la forma en que había cuidado de su tío. De no ser por ella, el tío Jack habría muerto solo. Fuese un genio o no, no podía hacerle aquello.

-Si te dijera que te fueras, ¿adónde irías?

Ella se encogió de hombros sin mirarlo. Sus largos cabellos le ocultaban la cara por completo.

-A ningún sitio.

-¿A ningún sitio? Vamos, puedes ir a donde quieras. Podrías hacer aparecer ahora mismo una alfombra mágica, ¿no?

-No hay ningún sitio.

Ella parecía haberse apartado de él de alguna forma indefinible. '

-¿Por qué no Egipto? -insistió él-. Egipto es un lugar perfecto para un genio. O mejor Irlanda. Allí entienden mucho de estas cosas.

-No.

-¿No? -dijo Jack, molesto por su tajante negativa-. ¿Entonces adónde quieres ir? Debe de haber algún lugar.

-No comprendes. Si no voy contigo, no iré a ningún sitio. Una genio que no está unida a un ser humano no está realmente viva.

Jack la miró asombrado.

-¿Quieres decir que morirías?

-No como tú entiendes la muerte. Es más un estado de inexistencia. Hasta que aparezca alguien que pueda creer. Hay ya muy poca gente que crea en nosotros.

-¡Yo no creo en vosotros!

-Sí, tú sí. No quieres creer, pero crees.

Jack habría querido negar sus palabras, pero no podía. Contra todo su sentido común y su racionalidad, lo creía. Se separó de la mesa, dejando caer los brazos a los lados.

-No necesito un genio. Mi vida está perfectamente organizada. No quiero tener un genio. ¡Maldito seas, tío Jack! ¡Maldito seas!

Debió de ser su imaginación, pero hubiera jurado oír una carcajada a lo lejos. Se volvió a Sheri, deseando poder decir las palabras que la harían desaparecer de su vida, deseando que su maldita conciencia no diese sus opiniones cuando le parecía. Pero en fin, no siempre podía salir todo como uno deseaba.

-Espero que te guste la ciudad de Los Ángeles -dijo simplemente.