… ver que se adelanta, la garganta al aire, el hombre más bello, no desea amar.
Alfonsina Storni, Octubre
Sueño con él. Tiene los ojos achinados, oscuros, separados entre sí. Ojos de vasco, según mi madre, pequeños y redondos. Las orejas sobresalen, y una profunda hendidura (me niego a decir hoyuelo) parte en dos mitades el mentón pronunciado. La piel es blanca, curtida, muy recia, con un tinte oliváceo, casi tan oscura como su mirada. El cuello continúa, sin quebrarla, la línea lateral de la mandíbula; los hombros son anchos y redondeados, la cabeza pequeña, imponente. Su melena rubia cae hasta los hombros enmarcando su cara delgada y sensible, el brillo penetrante de sus ojos grises, las gruesas y bien dibujadas cejas, la boca carnosa y sensual, la espontánea, franca sonrisa.
No es muy alto, aunque para abrazarme debe agacharse un poco, y todo el mundo dice que yo sobrepaso con creces la altura media de la mujer española. Nunca me gustaron los hombres excesivos; prefiero los que, como él, tienen una dimensión doméstica, maleable. ¿Las orejas? Pequeñas, pegadas a la cabeza, un poco infantiles, contrastando con la definida y sobresaliente estructura de la nariz, quebrada y agresiva. Tiene los muslos fuertes, de gimnasta, los brazos largos y nerviosos, siempre dispuestos a envolverme en un cálido abrazo. Amo en él la inteligencia por sobre toda otra posible cualidad física. No me importa que su cuerpo sea débil: su desprotección despierta mi ternura. Miro embelesada cómo se mueve por la vida. Despliega la elegante soltura del hombre de mundo, la timidez encantadora de los artistas refinados, la modesta introversión de los auténticos pensadores. Su voz es potente, sólida, serena, con los delicados matices del poeta y la comprensiva autoridad de los psicólogos. Me coge entre sus brazos, me mima como nunca antes nadie me ha mimado, me conmueve con sus inesperadas delicadezas. Sabe ser duro a tiempo, pero también controlar sus arrebatos. No me da demasiado para que no huya de él, hastiada. Conoce mis miedos más profundos, los acaricia con delicadeza, los calma; juega con ellos para dominarme. Se apodera de mi voluntad sin mi consentimiento, convencido de que muchas veces deseo ser subyugada aunque mis palabras digan lo contrario. Me respeta, me cuida, me ama. Me posee a menudo, pero con ternura. Su pene es del tamaño que requiero: ni de un gigantismo apabullante, ni tan pequeño como para no hacer mella. Eso sí, un poco más grueso que lo necesario, y suculento y fragante como un plátano maduro. Cuando entra en mí lo hace como un vendaval en el Caribe: arrasándolo todo, dibujando recuerdos tan palpables como cicatrices.
Tiene piel de lactante, nalgas de adolescente, manos de sabio. Una pequeña marca en su pómulo derecho, otra más profunda en la frente despejada, cuentan historias de su infancia aventurera, lejos de la ciudad donde lo he encontrado; son los tatuajes de una niñez inquieta y sin caricias, perdida entre selvas y cascadas que tiñeron sus ojos con el verde profundo de la hierba húmeda. Me aferró a su olor, al aroma agreste de su cuerpo, para olvidar los dolores viejos, los amores antiguos.
Su miembro es mi bálsamo: suave, nervioso, magnífico; elegante cuando está dormido, vigoroso y brutal en la vigilia. Es también un animal atento, satisfaciendo siempre mis mínimos caprichos; un felino silencioso, hambriento, que salta sobre mí cuando menos lo espero; una boa, fatigada y sumisa en el letargo susurrante de la siesta, pero glotona, voraz e insaciable cuando despierta de su profundo sueño.
Podría hablar también de su generosidad, de su dinero; de la forma en que levanta la copa de champagne cuando brindamos por una felicidad eterna y compartida; de cómo sonríe al despedirse, con un gesto irónico en sus labios extremadamente finos, labios de torturador o de beato; de sus ojos de acero, muy despiertos, con el color preciso de la nuez madura, astutos y almendrados.
Me gusta tal cual es. Con su nariz respingona y orgullosa, su calvicie incipiente, sus kilos de más, su ropa impecable. Me gusta su piel, siempre con el tono justo de bronceado; su cabello moreno y rizado; su cuerpo latino vestido con tejanos y una camiseta, con comodidad, con desenfado; sus piernas rotundas, cortonas, su esmoquin de seda y su pajarita, su sexo siempre listo, inquieto. Y su sexo, no importa de qué color, de qué manera.
Es un sueño, sí, lo sé, pero quizá también un poco más que eso.