El machismo es básicamente hortera.

Felisa Pinto, bar Velódromo,

Barcelona, octubre de 1991

Le pregunto si conoce el tamaño de su miembro. Se ríe con suficiencia, cómplice de sí mismo, de un hermético secreto masculino que jamás me será revelado.

Insisto.

Nunca se ha preocupado por medírselo —alza los hombros—, pero siempre le han dicho que tenía un aparato anormalmente grande. «¿Quiénes?», preciso, «¿quiénes te lo han dicho?». «Mucha gente», contesta. «Las mujeres, los compañeros del colegio, los amigos del barrio…». Me extraño ante esa confesión inesperada: «¿Hombres? ¿Homosexuales quizá?». Se indigna; según El, soy como todas: «Una estúpida celosa que ve maricones por todas partes». Podría desmentir el concepto, jurar por mi inocencia, pero me callo y voy hacia la cocina, de donde vuelvo casi inmediatamente, blandiendo un metro metálico recién comprado. Me mira con soma, mientras dice: «¿Eres una perversa, sabes?». Le aclaro que sólo es un interés científico y, muy educada, pido permiso para proceder a la medición de su aparato.

Está en el sofá, impecablemente trajeado, como siempre que vuelve del trabajo. Se afloja el nudo de la corbata floreada y, sin poder contener una sonrisa de satisfacción casi infantil, descruza las piernas, dejándolas caer mecánicamente, por su propio peso, hacia los lados. «Está muerta», miente. Lo estaría hace unos segundos, pienso yo, mientras hago apuestas conmigo misma sobre la velocidad de su erección. Cuando, de rodillas en el suelo —se diría que imitando a una piadosa comulgante—, desabrocho el último botón de su bragueta, su miembro, erguido, ya ha escapado de los calzoncillos y se esfuerza por ver la luz, como si se tratara del muñeco de una caja de sorpresas presionado a saltar por un resorte. Está tan duro como yo suponía, coronado por una gota de esperma impaciente, deseoso de ser aplacado. Lo libero del encierro cogiéndolo con ambas manos, y una voz lejana y masculina —¿la de mi tío Ernesto?— reaparece de pronto, sonando dentro de mi cabeza como un eco. «No le temas», me dice, «no pica». Me tocan en la cara y vuelvo del pasado. Mi vecino se ha dado prisa por sacar el resto —una pequeña bolsa de piel más oscura donde se destacan con toda claridad sus huevos, dos pelotas del tamaño de una nuez californiana—, absolutamente convencido de que todo es una excusa y que estoy dispuesta a procurarle un tratamiento especial de garganta profunda. Lo miro hacer, con una sonrisa comprensiva en la cara y el metro metálico en la mano derecha. El continúa poniéndose cómodo: desabrocha el cinturón trenzado de cuero crudo, bajándose los pantalones y los calzoncillos más allá de las rodillas. Se muestra tan encantado con el desmesurado muñeco que tiene entre las piernas que podría pensarse que nunca lo haya visto antes. Desliza una mano, acariciándolo con una ternura que yo desconozco, que nunca recibo; lo sopesa, lo mima, dibuja lentamente el contorno del glande —una palabra golosa, que parece dicha por un niño obeso con la boca llena— empleando para hacerlo ese dedo que ha ensalivado antes. Luego, con una expresión en la cara que podría enamorarme si no la conociera, lo pone en movimiento, haciendo que ejecute ridículas reverencias dedicadas al público que yo represento. No le presto ninguna importancia y, acuclillándome entre sus piernas, con las rodillas debajo del sofá donde está sentado, me dedico a medirlo. Para hacerlo, coloco la punta del metro en la base de la verga y, luego de separar los huevos dentro del escroto, cojo todo el conjunto entre mis manos y le pido al objeto de mi estudio que me ayude, extendiendo la cinta metálica.

—Casi veintiséis —digo, asombrada por la constatación de una evidencia.

El me mira orgulloso y, humedeciéndose los labios con la lengua en un chabacano gesto de lascivia, me pregunta:

—¿Crees que te alcanza?

Más que eso: nunca consigo tragármela entera sin que me produzca náuseas.