7: El emisario
7
El emisario
El Rey Brujo se inclinó hacia delante en el trono. Un calor visible radiaba de las junturas de su armadura y hacía ondular el aire que lo rodeaba.
—¿Demonio? —siseó Malekith, cuyos ardientes ojos se entrecerraron aún más.
Malus oyó detrás de sí, a pocos pasos de su hombro izquierdo, el susurro del acero al salir de la vaina.
Sintió que unas afiladas garras se le clavaban en el corazón. Podría tratarse de una advertencia del demonio, o de una repentina ola de miedo. En cualquier caso, dedicó unos momentos a recobrar la compostura antes de responder a la pregunta de la vidente.
—Mi temeridad es precisamente la razón por la cual tengo un demonio en el interior, señora Morathi —replicó. Mantenía la mirada clavada al frente, preguntándose con temor qué otra cosa podría desenterrar la vidente del fondo de sus ojos.
Morathi pasó de largo y luego caminó en un lento círculo en torno a él. Malus sintió la gélida mirada que lo recorría, y le recordó la sensación que le había causado el dragón en el patio exterior.
—Tú no eres brujo —declaró ella—, a pesar de tu parentesco y de los rumores de prácticas prohibidas a las que se entregaron tus hermanos.
—Es una maldición, temida señora —se apresuró a decir Malus—. El demonio me atrapó cuando estaba en una expedición por los Desiertos del Caos.
—¿Te atrapó? ¿Con qué propósito? —preguntó con un tono tan ligero como si preguntara qué tiempo hacía. Su fría voz antinatural era dulce, pero, al igual que todos los tonos de voz controlados, era frágil. Malus temía oír lo que había debajo, si llegaba a romperse.
—Él está, a su vez, atrapado, temida señora, dentro de un cristal que se encuentra en el remoto norte. Se me ha dado un año para cumplir con ciertas tareas que me permitirán recobrar la libertad, o mi alma se perderá.
—¿Acaso una de esas tareas implicaba matar a tu padre? —gruñó Nuarc.
Malus se volvió a mirar al señor de la guerra por encima del hombro, agradecido por tener una excusa que le permitiera apartar los ojos del trono.
—No, directamente no —respondió el noble—. Lurhan se interpuso en mi camino.
—¿El demonio te obligó a hacerlo? —preguntó Malekith.
Malus no pudo evitar fruncir el ceño. ¿Adónde iría a parar todo esto?
—¿Obligarme? Ciertamente no, temida majestad. Soy el dueño de mi propio destino. Pero las circunstancias eran… complicadas. —El noble intentó hallar una manera de explicar las cosas, pero renunció con un encogimiento de hombros—. Simplemente, digamos que no fue decisión mía. Hice lo que tenía que hacer.
La dama Morathi apareció al lado izquierdo de Malus, sin dejar de estudiarlo atentamente. Estaban lo bastante cerca como para tocarse, y la fuerza de la presencia de ella era tangible, como una fría navaja que fuera delicadamente arrastrada por su piel. Irradiaba poder de un modo que ni siquiera había percibido en su madre, Eldire. Tenía un rostro joven, con rasgos regios y severos; era atractiva más que clásicamente hermosa, con una cara ancha y un redondeado mentón que era casi cuadrado en lugar de puntiagudo. Sus ojos parecían ventanas que se asomaran al Abismo y absorbieran todo lo que los rodeaba.
—¿Tiene nombre ese demonio? —preguntó, y los labios le temblaban de perversa diversión.
«Sabe más de lo que da a entender —pensó Malus—. Está poniéndome a prueba para ver cuánto sé yo».
Una vez más, se encogió de hombros con afectación.
—Si lo tiene, no me lo ha dicho —replicó—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿No me daría eso poder para controlarlo?
—Los demonios tienen muchos nombres —dijo Morathi—, pero sólo uno es el auténtico, y ellos lo ocultan tan bien como pueden. —Avanzó un paso y lo inmovilizó con la mirada—. ¿Qué nombre se da ese demonio a sí mismo cuando habla contigo?
—¿A sí mismo? Pues, ninguno —replicó Malus con acritud—, aunque tiene toda una serie de selectos nombres para mí.
Malus oyó la áspera risa del señor Nuarc. Morathi lo miró fijamente durante un segundo más, mientras una leve sonrisa temblaba en las comisuras de su boca.
—Me cuesta muy poco creer eso —dijo, y se volvió hacia la plataforma—. Explica muchas cosas —le comentó al Rey Brujo mientras subía los escalones para ocupar su sitio junto al trono de hierro.
El noble sacudió la cabeza con consternación.
—Desde mi perspectiva no explica nada, temible majestad. ¿Por qué se me ha traído aquí si no es para responder de mis crímenes?
Un atronador siseo escapó del yelmo astado de Malekith.
—¡Ah!, ya lo creo que responderás por lo que has hecho, Darkblade —dijo el Rey Brujo—. Pero el pago será el que yo decida. —Malekith extendió hacia el techo una mano con la palma vuelta hacia arriba—. Observa.
En lo alto se oyó un rechinar de pesada maquinaria. Malus alzó la mirada y vio una oscura abertura circular en el centro del techo abovedado. Con un potente rechinar de pesados eslabones de hierro, una forma esférica descendió desde la abertura. Primero, la luz bruja permitió ver curvos barrotes de hierro pulimentado que formaban una jaula o cesta lo bastante grande como para contener a un druchii adulto. Al principio, Malus pensó que la jaula sería para él, pero cuando descendió más vio que la luz verdosa se reflejaba en un enorme cristal sin tallar que había dentro de la estructura de hierro. De repente, el noble se dio cuenta de qué era.
—El Ainur Tel —susurró. Malekith asintió lentamente con la cabeza.
—El Ojo del Destino —dijo—. Una de las pocas reliquias de poder que trajimos desde Nagarythe hace milenios, tallada de un trozo de las raíces del mundo en eones pasados.
El grandioso cristal descendió suspendido de cuatro enormes cadenas, y bajó hasta situarse justo delante de los ojos de Malus. Tras el estruendo de los engranajes las cadenas se inmovilizaron, y una pizca de débil luz blanca comenzó a lucir en las profundidades del cristal. La luz empezó a palpitar lentamente, como el latido de un corazón enorme. El resplandor se intensificó con cada palpitación, su fuerza aumentó hasta que el gigantesco cristal brilló como un pálido sol. Malus sintió que la energía lo bañaba con olas que le dejaban los nervios a flor de piel. Apenas logró dominarse para no retroceder ante la legendaria reliquia. Sólo mediante un supremo esfuerzo de voluntad consiguió devolver la firmeza a sus temblorosas extremidades y mirar la luz impávidamente.
La voz de Morathi lo llamó desde la plataforma.
—Mira fijamente el Ojo del Destino, hijo de Lurhan —dijo—. Proyecta tu mirada a cien leguas al norte.
Malus frunció el ceño y miró fijamente el potente resplandor blanco. Al principio no vio nada. Sus ojos se debilitaron y sus párpados se agitaron…, y luego, de repente, la dura luz desapareció, y Malus vio imágenes borrosas que tomaban forma dentro del cristal. Vio una solitaria y ennegrecida atalaya que se alzaba por encima de un inhóspito llano desolado. Los muros de la torre estaban destrozados, y la única puerta había sido hundida y yacía enterrada bajo un montón de retorcidos cuerpos deformes. En el patio de la torre, la luz lunar brillaba sobre los cuerpos de unos guerreros druchii con armadura, y Malus imaginó que habría muchos más en la calcinada carcasa de la ciudadela misma. Centenares de carnosos hombres bestia y salvajes tatuados yacían entre los defensores caídos, derribados por saetas de ballesta o muertos por hachas y espadas. Le resultó evidente que la atalaya había sido tomada, y sus guerreros vencidos en un solo asalto salvaje.
Al cabo de un rato, la visión se volvió borrosa y cambió. Ahora mostraba otra atalaya, esta situada sobre una montaña rocosa que dominaba un río de corriente rápida. También en ese caso los muros estaban ennegrecidos por el fuego, y las fortificaciones tenían brechas y estaban rotas como si las hubieran desgarrado unas manos monstruosas. Había cuerpos con armaduras tendidos sobre las almenas, y Malus vio un apiñamiento de cadáveres carbonizados en el sitio donde los defensores de la ciudadela habían presentado la última resistencia, al pie de la torre incendiada.
La imagen volvió a cambiar. A Malus se le mostró otra atalaya en ruinas. Su ceño, fruncido a causa de la perplejidad, se contrajo aún más al cambiar a una expresión de genuina alarma. Miró a Morathi con preocupación, y cuando volvió los ojos otra vez hacia el resplandeciente cristal, este ya mostraba otra fortaleza fronteriza más a la que habían prendido fuego. Había sido atacada apenas un par de días antes; aún se alzaban jirones de humo de los fuegos que ardían sin llama dentro de la torre en ruinas. Los ojos de Malus se abrieron más al ver los escombros de la puerta aplastada bajo el peso de un gigante cuyo cuerpo desnudo había sido acribillado por los poderosos lanzadores de virotes de la atalaya.
—¿Qué significado tiene esto? —exclamó Malus.
Las partidas de incursión de salvajes contaminados por el Caos que salían de los Desiertos constituían una amenaza omnipresente, y eran el motivo de que hubiera una línea de atalayas a lo largo de la frontera septentrional. Pero los intrusos hacían lo imposible por evitar las torres, en lugar de emplear sus fuerzas en atacarlas.
—Nunca había oído decir que una atalaya de la frontera hubiese sido tomada, y mucho menos cuatro de ellas —dijo. Un repentino pensamiento hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal—. ¿Se trata de una invasión?
El Rey Brujo señaló la reliquia.
—Contempla.
Esa vez, cuando la visión se aclaró, Malus vio un cielo inundado de fuego. Una torre oscura se alzaba contra el telón de fondo de un bosque incendiado, y bajo aquel hirviente cielo por el que corrían las llamas vio una horda de monstruosidades aullantes que chocaba como una frenética ola contra las vapuleadas murallas de la atalaya. Sobre las almenas destellaban puntas de lanzas y brillaban hachas mientras los cercados defensores cortaban cuerdas de escalas y empujaban escalerillas colocadas por enloquecidos hombres bestia y furiosos bárbaros empapados en sangre. Las saetas de ballesta se precipitaban como negra lluvia desde lo alto de la atalaya y causaban estragos entre las filas enemigas, pero por cada atacante que caía parecía que otros tres corrían a ocupar su lugar.
Unas siluetas enormes avanzaban pesadamente a través de la enfurecida horda: trolls jorobados y deformes, y terribles gigantes que arrastraban garrotes hechos con nudosos troncos de árboles. Mientras Malus observaba, rayos de luz gemelos salieron de lo alto de la atalaya e hirieron de lleno a uno de los gigantes en el musculoso pecho. En un instante, la criatura quedó envuelta en una antinatural llama verde: el terrible líquido fuego de dragón tan elogiado como temido por alquimistas y corsarios druchii. El gigante se tambaleó a causa del intolerable dolor, manoteó torpemente las voraces llamas que le consumían el cuerpo e hizo saltar trocitos de carne crepitante sobre los bárbaros del Caos que se encontraban en torno a sus enormes pies. Malus imaginó las furiosas aclamaciones que, sin duda, se alzaron de las almenas en el momento en que el gigante dio un traspié; con la cara fundiéndosele y la boca abierta en un rugido de mortal dolor, y con un impacto que hizo temblar la tierra, cayó sobre una manada de hombres bestia que corrían hacia la atalaya.
Pero el ataque no mermó. Otros gigantes continuaron avanzando hacia la puerta de la atalaya y comenzaron a golpearla con sus garrotes, al parecer indiferentes ante las hirientes saetas que les pinchaban el grueso pellejo. Rayos brujos desgarraron el cielo ardiente y bandadas de monstruosos demonios alados pasaron en vuelo rasante por las almenas, de las que recogían lanceros para luego dejarlos caer sobre las piedras que había quince metros más abajo. Manadas de trolls llegaron, gruñendo, a la base de las murallas y empezaron a trepar unos sobre otros, con los ojos como cuentas brillando vorazmente, para alcanzar a los defensores.
Otro rayo de fuego de dragón describió un arco en el aire desde la atalaya y acertó a uno de los gigantes de la puerta, que se incendió. El monstruo dejó caer el garrote y retrocedió corriendo por el centro de la horda que avanzaba; cada paso supuso una carnicería, pero el daño ya estaba hecho. Piedra pulverizada y sujeciones partidas salieron girando por el aire cuando los gigantes que quedaban destrozaron la puerta con sus garrotes y la derribaron al suelo en medio de una nube de polvo y escombros. Por la brecha entró una marea de salvajes bárbaros, y Malus gruñó con impotente furia al ver que la atalaya estaba sentenciada.
—La atalaya Bhelgaur ha caído —declaró Morathi, y la visión del interior del cristal se desvaneció en la oscuridad.
La mente de Malus trabajaba a toda velocidad para intentar darle un sentido a lo que acababa de ver.
—No estoy familiarizado con Bhelgaur ni con ninguna otra de las atalayas que me habéis mostrado, pero si son vecinas las unas de las otras, esa horda ha abierto en las defensas de nuestra frontera un agujero de más de sesenta leguas —dijo con tono tétrico—. Tiene que ser una horda de decenas de miles de salvajes. —Sacudió la cabeza con terrible asombro—. Ese tipo de cosa no es algo inaudito en el llamado Viejo Mundo de los humanos, pero ¿aquí? Es inimaginable. —El noble se volvió a mirar al Rey Brujo con la actitud desafiante y la suspicacia de antes, ambas momentáneamente apartadas a un lado por el hechizo de la guerra—. ¿Qué más sabemos de esos invasores, temida majestad?
Pero no fue el Rey Brujo quien replicó.
—Sus exploradores atravesaron la frontera hace casi un mes —declaró Nuarc, conciso—. Luego, llegó una ola de grupos de incursión, tal vez unos doce o quizá dieciocho. Cuatro atalayas cayeron con pocos días de diferencia, y sus defensores fueron pasados por la espada. Después, las partidas de incursión se reunieron para formar una sola horda que marchó sobre la atalaya Bhelgaur, el ancla occidental de nuestras defensas fronterizas.
—Eso los sitúa a pocos días de marcha de la Torre de Ghrond —exclamó Malus.
Si lograban pasar más allá de la Torre Negra, las huestes del Caos se encontrarían en el extremo septentrional del Camino de la Lanza, y a menos de dos semanas de marcha de la propia Naggarond.
El noble comprendió de inmediato que se trataba de una invasión a plena escala, como Naggaroth no había visto nunca antes. Y había golpeado a la Tierra Fría en el peor momento posible, con la estación de campañas aún en plena marcha, y al menos dos tercios de la nobleza en el mar o lejos de casa. Ahora Malus comprendía por qué el Rey Brujo no había marchado sobre Har Ganeth al enterarse del alzamiento. Aún más: él sabía demasiado bien lo debilitados que habían quedado los ejércitos de los druchii después de luchar en la Ciudad de los Verdugos, y tras la breve pero salvaje batalla entre el Arca Negra y Hag Graef.
—Pero ¿por qué ahora? —preguntó Malus—. Dejando a un lado pequeñas incursiones, las tribus de los Desiertos jamás nos han hecho la guerra. ¿Quién manda esta horda, y qué quiere?
Morathi contempló al noble con frialdad.
—¿Qué, en efecto? —dijo.
En acatamiento de una orden inaudible, las puertas de la sala del trono se abrieron, y Malus oyó cojos pasos que arrastraban los pies al avanzar por el suelo pulimentado. Se volvió, y su pálido semblante se contorsionó en una mueca de revulsión al ver la horrenda figura que iba hacia él.
La pálida piel del noble era gris verdosa bajo la luz bruja, y se oscurecía hasta un negro purpúreo en torno a las profundas heridas que tenía en la frente y el cuello. Su armadura había sido destrozada por tajos de hachas, de espadas y de garras que habían dejado profundas líneas de través sobre el peto y le habían arrancado completamente la hombrera derecha. El faldar de malla del noble presentaba media docena de desgarros, y la ropa de debajo estaba acartonada a causa de la sangre en proceso de putrefacción. La mitad de la mano izquierda le había sido cercenada por una pesada hoja cortante, y el brazo derecho terminaba en un muñón mordido a la altura del codo. Por el olor, Malus se dio cuenta de que el noble había muerto hacía casi dos semanas.
Hasta el último centímetro de la armadura del noble estaba cubierto de intrincadas runas, aparentemente inscritas con la sangre del propio druchii. Sus ojos eran fantasmalmente blancos, sin pupila ni iris que pudiera ver, y brillaban con vida mágica bajo el resplandor de las luces brujas. El cadáver, escoltado por un par de guerreros enmascarados, arrastraba los pies hacia Malus, al parecer sin percibir su presencia. Siseando de asco, el noble retrocedió, y el muerto viviente se detuvo y volvió la cabeza hacia el ruido de sus pies. Ciegos ojos blancos buscaron a Malus. Los flojos labios del cadáver intentaron pronunciar palabras.
La mano derecha de Malus se desplazó instintivamente hacia su cadera en busca de la espada que ya no estaba allí. Por encima del hombro miró a Nuarc, que observaba con tristeza al cadáver animado.
—En el nombre de la Madre Oscura, ¿qué es esto? —gritó.
—Esto —gruñó Nuarc— es el señor Suharc. Su atalaya, hasta donde somos capaces de determinar, fue la primera en caer. Hace ocho días lo encontró una patrulla dando traspiés por el Camino de la Lanza, y lo siguieron hasta las puertas de la mismísima Naggarond. —La mano del señor de la guerra apretó la empuñadura de la espada que había desenfundado—. Llego con un mensaje del señor de la horda del Caos.
Antes de que Nuarc pudiera continuar hablando, la voz de Morathi atravesó la sala.
—Hemos hecho lo que deseabas, muerto viviente —dijo—. Malus de Hag Graef ha sido encontrado y se halla ante ti. Ahora, danos tu mensaje.
La orden de la vidente dejó a Malus mudo de asombro, pero el muerto viviente fue galvanizado por la noticia. Con un repentino estallido de energía, el cadáver avanzó hacia él con paso tambaleante y tendió hacia la cara del noble lo que le quedaba de la mano izquierda. Malus retrocedió ante la criatura con un grito cansado por el sobresalto, pero chocó contra Nuarc, que lo aferró por el cogote y lo empujó rudamente hacia la criatura que se aproximaba, sin soltarlo.
Carne fría y maloliente se cerró sobre el rostro de Malus. Sintió que los huesos partidos del muerto viviente se le hundían en una mejilla cuando el cadáver estudiaba torpemente sus rasgos. Con un grito salvaje, el noble se soltó de la presa de Nuarc y apartó al cadáver de un empujón. Este retrocedió a tropezones unos cuantos pasos, pero no cayó, y en cambio se volvió de cara al trono. El aire silbó al pasar a través de los pulposos tendones de la garganta del cadáver y llenarle los pulmones marchitos. Cuando el cadáver habló, lo hizo con un siseo burbujeante, parecido a un graznido, y Malus se tambaleó de terror ante el monstruoso sonido. Ya era bastante malo que las palabras salieran por la garganta de un hombre muerto hacía tiempo; peor aún fue darse cuenta de que la voz era una que él conocía demasiado bien.
—Tienes la salvación en tus manos, Rey Brujo —dijo Nagaira, que hablaba a través de la destrozada garganta del muerto viviente—. Tus atalayas ya se han transformado en ruinas y mis ejércitos marchan hacia la Torre Negra de Ghrond. El poder del Arca Negra está roto, y Hag Graef ha recibido un golpe demoledor. Tu reino se encuentra al borde de la ruina, a menos que me entregues a este proscrito. —El muerto viviente alzó la mano mutilada y señaló a Malus—. Entrégame a mi hermano y la guerra acabará de inmediato. En caso contrario, la Torre de Ghrond arderá, y Naggarond le seguirá. Haz tu elección, Rey Brujo. Naggaroth arderá mientras no lo hagas.
Un siseo atronador que salió del yelmo de Malekith resonó por la estancia.
—Ya he oído suficiente.
En un momento, destelló el acero. Los infinitos desenvainaron al mismo tiempo y acabaron con el emisario, que quedó hecho pedazos. Cuando la cabeza y las extremidades cercenadas cayeron al suelo, estallaron en crepitantes llamas, y la sala se inundó de olor a quemado.
Malus se tambaleaba, aún estupefacto ante todo lo que se le había revelado. Su media hermana había adorado a Slaanesh en secreto durante muchos años, pero después de que él la denunciara ante el templo de Khaine, meses antes, ella había escapado y había jurado vengarse. Había hecho pactos obscenos con los Dioses Malignos, que le habían concedido poderes demoníacos, pero esto…
—Ahora el asunto está claro —dijo Morathi, que clavó en Malus una mirada apreciativa—. No es a ti a quien quiere, hijo de Lurhan. Ella va tras el demonio que llevas dentro. No hay duda de que cree que puede someterlo a su voluntad.
Con un supremo esfuerzo, el noble logró dominarse.
—No cabe duda de que tienes razón, temida señora —dijo, tembloroso. «Y quién sabe —pensó, atemorizado—. Tal vez Nagaira puede hacerlo».
Pero eso le importaba poco a Malus en ese preciso momento. Sus ojos recorrieron a toda prisa la sala del trono para determinar la posición de los infinitos e intentar calcular dónde estaba Nuarc. Tenía que escapar, y deprisa. ¿Podría llegar hasta el señor de la guerra y apoderarse de su espada? ¿Podría invocar la fuerza del demonio para abrirse camino luchando? Si de algún modo lograba llegar hasta Rencor, podría tener una posibilidad…
Justo detrás, Malus oyó pasos que iban lentamente de derecha a izquierda.
—Los infinitos pueden estar preparados para cabalgar dentro de una hora —dijo Nuarc, cuya voz sonaba lo bastante cerca como para hablarle al oído a Malus—. Ahora que sabemos dónde está la horda del Caos, podemos darle a esa bruja lo que quiere, y se marchará.
El noble se volvió y tendió las manos hacia el señor de la guerra, pero se encontró con la punta de la espada de Nuarc a menos de un dedo de su garganta. Nuarc rió cruelmente entre dientes y negó con la cabeza.
—No tan deprisa, muchacho —dijo—. La bruja no ha dicho nada referente a que llegues hasta ella de una sola pieza, así que si quieres conservar las manos y los pies, te quedarás tan quieto como una estatua.
Malus miró con odio a Nuarc, pero en cambio dirigió la réplica a Malekith.
—No puedes darle lo que quiere —le espetó—. Eso no hará retroceder a la horda. Nagaira simplemente nos usará a mí y al demonio para llevar a cabo sus planes de conquista. —Se volvió lentamente para encararse con el trono—. Tiene intención de suplantarte, temida majestad. ¿Por qué otro motivo iba a reunir un ejército tan grande?
«Cómo se las ha arreglado para reunir un ejército semejante es otra cuestión», pensó el noble.
La vidente frunció los labios con aire pensativo.
—A menos que nosotros podamos dominar al demonio —murmuró—. Podríamos ordenarle que matara a la bruja, y luego entregar a Malus como ella exige.
—No podéis controlar al demonio sin conocer su nombre —se apresuró a decir Malus, que intentaba que la desesperación no se le manifestara en la voz.
Nuarc avanzó un paso y cogió a Malus por el pelo.
—¡Yo digo que entonces le enviemos su cabeza a la bruja para demostrarle que el demonio estará para siempre fuera de su alcance!
—¡Basta! —rugió Malekith, cuya armadura relumbraba como un horno abierto—. Nadie le plantea exigencias a los druchii —gritó, inclinado hacia delante en el trono de hierro. Su roja mirada quemaba la piel de Malus—. No recibirá de nosotros más que ruina y destrucción. —Tendió al frente una mano con guantelete y señaló imperiosamente al noble—. Tú te ocuparás de esto. Cuando mataste al gran Lurhan, me privaste de mi legítima propiedad. Ahora eres tú quien me pertenece en su lugar.
Malus intentó que Nuarc le soltara el pelo, pero el señor de la guerra lo sujetaba con firmeza.
—Vivo para servir, temida majestad —dijo con los dientes apretados—. ¿Qué me ordenas?
—Ve a la Torre Negra de Ghrond —dijo el Rey Brujo—. El señor Kuall es allí el vaulkhar. Es él quien ha fracasado en la tarea de rechazar a la horda del Caos, y tú le transmitirás mi disgusto. —El guantelete de Malekith se cerró en un puño—. Tus proezas contra Hag Graef son bien conocidas, hijo de Lurhan. Toma el mando de las fuerzas de Ghrond y condúcelas contra los invasores hasta que yo llegue con el ejército de Naggaroth. Los contendrás en la Torre Negra hasta mi llegada. ¿Lo entiendes?
El noble inspiró profundamente. Lo comprendía todo demasiado bien.
—Se hará tu voluntad, temida majestad —dijo sin vacilación—. Te serviré con todo el vigor que poseo. —Al considerar la situación, su mente de depredador vio una buena oportunidad—. Sin embargo, hay un asunto que debe tenerse en cuenta —continuó, con cuidado—. Las gentes de Naggaroth aún me consideran un proscrito y un criminal. Eso hará que me resulte difícil hablar con autoridad.
Malekith posó una implacable mirada feroz sobre el noble.
—Ahora eres miembro de mi séquito, Darkblade —siseó—. Cabalgarás hasta Ghrond con los infinitos, y llevarás un poder firmado con mi nombre.
Por primera vez, Malus ensayó una sonrisa.
—Entonces, ¿puedo reclamar mis derechos y condición de noble?
El Rey Brujo hizo una pausa para estudiar cuidadosamente a Malus.
—En su momento, tal vez. Sírveme bien y se te recompensará del mismo modo.
—Sí. Por supuesto, temida majestad —dijo Malus mientras hacía una profunda reverencia—. En ese caso, con tu permiso, regresaré a mis habitaciones y me prepararé para partir. «Cuanto antes salga de la Fortaleza de Hierro, mejor», pensó.
El Rey Brujo despidió a Malus con un gesto de la mano. El noble giró sobre los talones y avanzó a grandes zancadas hacia las puertas de la sala, lanzándole a Nuarc una feroz mirada desafiante al pasar. Su mente ya estaba reaccionando, contemplando todo lo que tendría que hacer cuando llegara a la Torre Negra.
Durante un corto período, al menos, volvería a estar al mando de un ejército. No había ni soñado con que aquel día llegara jamás. «Y tengo que agradecértelo a ti, querida hermana», pensó el noble con una sonrisa feroz.
Cuando llegó a las puertas de hierro, Morathi lo llamó.
—El demonio ha hundido sus raíces profundamente en tu carne —dijo—. ¿Qué piensas que va a suceder cuando lo pongas en libertad?
El noble apoyó una mano contra una de las hojas de hierro.
—El demonio ha prometido que si lo sirvo bien, me recompensará del mismo modo —replicó, y salió.