22: La sangre de los héroes

22

La sangre de los héroes

La matanza no parecía tener fin.

Mientras caía la lluvia de corrupción y el viento aullaba su furia, Malus deambulaba como un gato montés a lo largo de la línea de druchii trabados en combate, cayendo como un rayo sobre los atacantes del Caos para luego pasar al siguiente combate desesperado; dejaba tras de sí extremidades cercenadas y cuerpos agonizantes. Siempre acometía a los enemigos desde un ángulo inesperado, con una rápida estocada que se clavaba entre las costillas de un desprevenido guerrero, o desjarretándolo cuando estaba concentrado en el druchii que tenía delante. Sus mortíferos actos nada tenían que ver con el honor o la gloria; formaban parte de una fría matanza calculada, repetida una y otra vez a lo largo de la muralla inundada de sangre.

Los druchii se defendían como los animales acorralados que eran. Con los incendios de verdes llamas que rugían detrás de ellos, los lanceros sabían que no había adonde huir, así que cuanto más los presionaban, más malvados se volvían. Bárbaros y hombres bestia eran levantados por los aires y arrojados hacia las voraces llamas que ardían a lo largo de la rampa, o acometidos desde todos los ángulos como ciervos en medio de una jauría. Los druchii continuaban luchando a pesar de haber sufrido heridas graves, y caían sólo cuando habían derramado su última gota de sangre sobre las piedras del parapeto. Era como si la locura de la batalla de Malus se les hubiera contagiado, y poco a poco el curso de la lucha comenzó a volverse a su favor. Los grupos de guerreros del Caos empezaron a disminuir, empujados cada vez más y más hacia las escaleras resbaladizas de lluvia, y al cabo de no mucho rato los defensores se encontraban de pie ante las escalerillas y descargaban golpes sobre la cabeza de cualquiera que intentara subir por ellas.

Malus no sabía durante cuánto rato habían luchado. La tormenta continuaba, sin dar muestras de amainar, y el tiempo perdió todo significado, medido en lunáticos destellos de luz verde. Una y otra vez se sorprendía buscando entre los guerreros que luchaban por si veía a Lhunara. Extrañamente, el paladín de Nagaira no hizo acto de presencia durante la desesperada batalla.

Cuando la oleada final rompió contra las almenas, se encontraba de vuelta en el otro extremo de la línea, junto al cuerpo de guardia, de pie detrás de un trío de rugientes lanceros empapados en sangre que estaban agachados como serpientes debajo de las almenas, frente a la última de las escalerillas. Habían permanecido allí, al acecho, durante largo rato, y habían atacado por sorpresa a todos los guerreros que habían subido a la muralla, acuchillándoles las piernas, el vientre y la entrepierna desde debajo, para luego arrojar al fuego a las vociferantes víctimas. Habían matado a tantos hombres por este sistema que se había transformado en una especie de rutina; y así, cuando un descomunal hombre bestia con cabeza de toro ascendió, rugiendo, desde la oscuridad, los lanceros fueron pillados completamente desprevenidos.

Con un bramido furioso, el minotauro pasó por encima de las almenas con un solo brinco, aterrizó en medio de los sobresaltados lanceros y comenzó a repartir tajos con un par de hachas enormes. Un druchii fue cortado en dos, desde un hombro hasta la cadera, de un único tajo; una druchii recibió en el pecho un demoledor golpe que lanzó su cuerpo roto por encima del borde interior de la muralla, dando volteretas. El tercero, aún consumido por la sed de sangre, saltó hacia la enorme bestia con un grito feroz y clavó su espada corta en un costado del minotauro. Pero la hoja apenas penetró un dedo en el grueso pellejo del monstruo, y el minotauro le asestó al lancero un descuidado golpe con una de las hachas y le arrancó la cabeza. Malus le enseñó los dientes al monstruo que tenía delante y lo acometió con las destellantes espadas.

El primer golpe abrió un tajo de través en uno de los musculosos muslos del minotauro, lo que provocó un rugido de dolor y la sibilante acometida de un hacha manchada de sangre. Malus intentó esquivar el tajo, pero el arma le golpeó en el borde exterior de la hombrera derecha, y el impacto lo lanzó de espaldas contra la pared del cuerpo de guardia como si lo hubiera pateado un nauglir. El choque lo dejó sin aliento, y su cabeza dio contra las piedras con un resonante golpe que lo cegó momentáneamente. Su oído, sin embargo, funcionaba a la perfección, así que pudo oír el furioso bramido del minotauro cuando se encaró con él y avanzó para matarlo.

Por puro instinto, Malus se lanzó hacia delante y pasó rodando entre las piernas del minotauro en el momento en que las hachas gemelas de la bestia abrían surcos en la pared de piedra del cuerpo de guardia. Aún parpadeando para intentar librarse de las estrellas que veía, el noble se puso de pie y cortó con las espadas los tendones como cables de las corvas del minotauro. La tullida bestia se desplomó con un rugido agónico, y Malus descargó las dos espadas con un movimiento de tijera que abrió tajos en ambos costados del cuello de la criatura, casi hasta el espinazo. La sangre roja manó en forma de arqueados chorros que fueron a dar contra la pared del cuerpo de guardia, y Malus giró sobre sus talones en busca de más enemigos.

Y ese fue su error. Él había acabado con el minotauro, pero el minotauro no había acabado con él.

El noble oyó un bramido furioso detrás, y luego recibió en el hombro izquierdo un golpe tremendo que lo lanzó contra el suelo del parapeto. Un dolor lacerante bajó como una ola roja desde el hombro y se propagó por la espalda, pero Malus dispuso de poco tiempo para valorar la extensión de la herida. Sin dejar de rugir, el minotauro se lanzó hacia Malus, medio saltando y medio arrastrando su enorme corpachón.

Maldiciendo de dolor, Malus rodó hasta quedar de espaldas en el momento en que la monstruosidad con cabeza de toro se detenía ante él. Una pesada hacha se estrelló contra su peto; Malus gritó cuando se le partieron las costillas bajo el acero embrujado, pero la hoja del hacha se desvió hacia un lado del curvo peto. El minotauro echó atrás el arma para asestarle otro golpe, pero Malus atacó como una víbora y cercenó la mano de la criatura con un diestro tajo de la espada de la mano derecha. El monstruo, rugiendo y enloquecido por la hemorragia, estrelló el destrozado muñón contra la cara de Malus. El hueso partido se clavó en la mejilla del noble, a quien le entró sangre caliente en los ojos.

Gritando de furia, Malus lanzó tajos ciegos y dio en algo tan resistente como un arbolillo joven. Lo atravesó con un segundo golpe, y la cabeza del minotauro se despegó del cuello y chocó contra la cara del noble.

Luego, el pesado cuerpo, del que aún manaba sangre a borbotones, le cayó encima.

Líquido caliente fluyó sobre la cara y el cuello de Malus, le llenó las fosas nasales y le inundó la boca abierta. «Voy a ahogarme sobre el parapeto de un castillo que está situado en medio de una llanura de ceniza», pensó, desesperado. Tosiendo y escupiendo, intentó apartar a un lado el pesado cuerpo del minotauro, pero el bulto muerto se negaba a moverse.

Tras lo que parecieron horas, el torrente de sangre disminuyó. Vagamente, Malus oyó pesados pasos y gritos apagados. El cuerpo del minotauro se movió un poco, y luego, de repente, rodó hacia un lado. Una fría lluvia azotó el rostro del noble; no era la anterior fétida lluvia de cadáveres de antes, sino honrada agua limpia. Malus boqueaba como un pez y bebía ansiosamente. Se frotó los ojos para dejarlos limpios del espeso fluido y parpadeó al mirar el tormentoso cielo. En lo alto aún destellaban rayos verdes, pero la oscuridad había disminuido un poco y había palidecido hasta un gris hierro.

Unas manos tiraron de los brazos del noble. En la periferia de su campo visual se apiñaban figuras. Destelló un rayo y distinguió la delgada cara preocupada de Diez Pulgares y la sonrisa escéptica de Hauclir.

—No puedo dejarte solo ni un minuto sin que hagas alguna diablura, ¿verdad, mi señor? —dijo el antiguo capitán de la guardia.

Malus se tambaleaba como un borracho pese a los brazos que lo sujetaban y hacía muecas de dolor con cada movimiento.

—Si hubieras estado aquí durante la batalla, tal vez esto no habría sido necesario —le gruñó el noble.

—Bueno, habríamos venido antes…, ¡cuidado con la pierna, mi señor!…, pero algún estúpido le prendió fuego a la rampa.

Malus se encontró de rodillas y usó a su antiguo guardia personal como si fuera una escalerilla para acabar de levantarse. Sobre el vendaje del muslo herido resaltaba la huella negra de una mano. Al mirar más allá de Hauclir, Malus vio que los lanceros hacían rodar al último enemigo muerto por el borde exterior de las almenas. El aliento de dragón se había extinguido finalmente, al quedarse sin combustible. Los supervivientes del regimiento de lanceros daban traspiés de un lado a otro con cansado aturdimiento, y sus caras manchadas de sangre estaban flojas debido a la conmoción y el agotamiento. Malus se quedó pasmado al ver el escaso número que había sobrevivido. Contó menos de sesenta donde poco antes había habido casi mil.

Nadie lanzaba aclamaciones. No había ninguna celebración de victoria. Los pocos supervivientes estaban bastante contentos de continuar con vida. Esa era toda la gloria que les importaba.

Malus se apartó de su antiguo guardia personal. El dolor ya comenzaba a disminuir, y el gélido nudo que sentía en el costado del pecho indicaba que el poder del demonio estaba soldando los huesos rotos. Miró a la docena de mercenarios que habían seguido a Hauclir desde la ciudadela. Cortador y Bolsillos estaban ocupados en saquear los cadáveres de los enemigos muertos; el asesino herido llevaba una venda manchada de sangre en el hombro, y se dedicaba a señalarle a Bolsillos los sitios en los que debía buscar. Diez Pulgares perseguía un aro de oro que rebotaba por el parapeto, con el joven rostro convertido en una máscara de exasperada determinación. Malus sacudió la cabeza con cansancio.

—¿Nuarc ha logrado llegar a la ciudadela?

Hauclir asintió con la cabeza.

—Hemos salido justo antes de que esos malditos muertos vivientes comenzaran a despertar, y hemos regresado a la torre a buena velocidad —explicó—. Volver aquí ha sido una historia muy diferente. Ahora hay manadas de esos muertos vivientes por todo el complejo interior.

—¿Hemos salvado el resto de la muralla?

El antiguo capitán de la guardia asintió con la cabeza.

—Sólo Khaine sabe cómo, pero sí. Por ahora, al menos.

Malus frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Hauclir miró por encima del hombro a los exhaustos soldados, y luego señaló el cuerpo de guardia con un movimiento de cabeza.

—Hablemos ahí dentro —dijo en voz baja.

Una sensación de mal presagio invadió al noble. Asintió sin decir palabra y condujo a los mercenarios al interior del cuerpo de guardia. Al refugiarse de la lluvia, no obstante, el hedor de la sangre derramada y de los aceitosos restos de la lluvia bruja de Nagaira se alzó como una nube en torno al noble y casi lo sofocó.

—Arriba —dijo, ahogado—. Hablaremos en el exterior.

Encontraron la escalera de caracol que ascendía hasta la parte superior del cuerpo de guardia y salieron otra vez al aullante viento y a la lluvia. Los druchii cubiertos con capas que se acurrucaban en grupos en torno a los cuatro grandes lanzadores de virotes que había a lo largo de las almenas, le prestaron poca atención al pequeño grupo de guerreros que se detuvo al otro lado del amplio espacio plano.

Malus se quitó los guanteletes e intentó lavarlos en un charco grande de agua de lluvia.

—Muy bien, ¿qué está pasando? —preguntó en voz baja.

Hauclir se arrodilló junto al noble.

—Cuando hemos llegado a la ciudadela, Nuarc me ha ordenado que me quedara por si necesitaba enviarte algún mensaje. Ha estado hablando con el Rey Brujo durante bastante rato, y no estaban solos. Tu medio hermano ha sido el primero en marcharse, con aspecto de haber sido obligado a tragarse un carbón encendido, y luego ha partido toda una bandada de mensajeros. Nuarc ha sido el último en aparecer, y con algunas noticias interesantes.

Malus se echó agua a la cara y se frotó con ella el apelmazado pelo.

—Bueno, ¿qué ha dicho?

—Ha dicho que el Rey Brujo está preparándose para mover pieza —replicó Hauclir—. Malekith está retirando los mejores regimientos de la muralla interior y trasladándolos dentro de la ciudadela, incluso mientras hablamos, así como todos los nauglirs de las cuadras.

Malus pensó en la noticia.

—¿Así que vamos a dejar que la horda del Caos tome la muralla interior?

Hauclir se encogió de hombros.

—A estas alturas, no estoy seguro de que podamos contenerlos, aunque queramos hacerlo. El Rey Brujo dejará atrás una retaguardia suficiente como para entorpecer el siguiente ataque, pero no más.

De repente, Malus se sintió más cansado que nunca antes en toda su vida. Bajó los ojos hacia las capas de sangre e icor que recubrían la vapuleada superficie de su armadura y sacudió la cabeza con frustración.

—¿Y qué me piden a mí Nuarc y el Rey Brujo?

—Bueno, eso es algo interesante —replicó Hauclir—. Debo regresar contigo a la ciudadela de inmediato.

Malus frunció el ceño.

—¿Y te ha dicho Nuarc por qué?

—No, de manera explícita —replicó el antiguo capitán de la guardia—. Lo único que Nuarc me ha dicho es que piensa que Isilvar ha fallado la prueba del Rey Brujo… y que eso te pone a ti en una posición privilegiada.

El noble dejó que las palabras de Nuarc penetraran durante un momento en su mente.

—¿Estás…, estás diciéndome que Nuarc piensa que el Rey Brujo va a nombrarme vaulkhar de Hag Graef en lugar de Isilvar?

—Francamente, no tengo ni idea de qué estoy diciéndote —replicó Hauclir—. Nada de lo que hacéis los nobles tiene sentido alguno para mí. Sólo estoy transmitiéndote lo que ha dicho Nuarc.

Malus asintió con la cabeza. ¿Haría Malekith algo semejante? ¿Por qué no? Ya había hecho de Malus su paladín. ¿Era tan descabellado pensar que pudiera entregarle el rango de vaulkhar? El pensamiento le aceleró el pulso. ¡Qué victoria tan dulce sería esa! ¡Humillar a Isilvar ante los nobles reunidos y ver abatido su orgullo en la corte de Hag Graef!

Sólo Tz’Arkan se interponía en su camino. El noble apretó los puños. ¿Había alguna manera de recibir lo que le era debido de manos de Malekith, y a la vez viajar hacia el norte con el fin de acabar con la infernal maldición del demonio?

«Tal vez», pensó. Si se ocupaba de que se levantara el cerco y de que Nagaira fuera eliminada, quizá fuera posible.

Al momento se puso de pie.

—Iré directamente a la ciudadela —dijo—, pero quiero que tú y tus guerreros vayáis a las cuadras de nauglirs para aseguraros de que Rencor sea trasladado al interior de la torre.

Hauclir rió entre dientes.

—Estoy seguro de que la bestia puede cuidar de sí misma, mi señor.

—No es Rencor el que me preocupa, sino más bien lo que lleva sobre el lomo —replicó el noble—. Entre mis alforjas hay… reliquias que no deben caer en manos de Nagaira. ¿Lo entiendes?

El antiguo capitán de la guardia dirigió a Malus una mirada escrutadora.

—Sí, mi señor —dijo con cuidado—. Lo entiendo con claridad.

—Entonces, ponte en camino. No quiero hacer esperar a Nuarc.

Pero justo cuando el noble y sus mercenarios se encaminaban hacia la escalera del cuerpo de guardia, el aire reverberó con el malhumorado refunfuño de los tambores.

El sonido procedía de la amplia plaza situada en el borde de la ciudad exterior. Malus vaciló, dividido entre el deseo de apresurarse y la necesidad de saber en qué andaba el enemigo. Finalmente, dio media vuelta y atravesó el grupo de mercenarios, maldiciendo para sí mismo mientras avanzaba rápidamente hasta las almenas del cuerpo de guardia.

Su aguda vista le permitió distinguir a un numeroso grupo de hombres bestia con el torso desnudo que entraban en la plaza, con el pecho y los brazos pintados con sangre. Blandían hachas ensangrentadas y manojos de cabezas de druchii que aún dejaban rastros de humeante icor tras de sí. Malus apenas logró percibir el sonido de una salmodia gutural que se entretejía con el ritmo de los grandes tambores.

Detrás de los hombres bestia, iba una larga fila de figuras desnudas que daban traspiés, impelidas a avanzar por los látigos provistos de ganchos de una docena de capataces bárbaros. Cada uno de los prisioneros druchii había sufrido torturas brutales a manos de sus captores, y tenían los cuerpos marcados por toscos cortes de cuchillos y señales de hierros al rojo.

Hauclir se reunió con Malus y sonrió desdeñosamente ante la procesión.

—Si piensan que quebrantarán nuestra voluntad con un poco de tortura, han acudido al sitio equivocado.

—No —dijo Malus, con desconfianza—. Esto es alguna otra cosa.

Los prisioneros fueron distribuidos en grupos de ocho, y los hicieron arrodillar en puntos específicos de un tosco círculo trazado en el centro de la plaza. Luego llegó un grupo de hombres bestia que llevaban abalorios de latón y collares de cráneos, cada uno con un gran cuenco y un pincel de pelo largo. Al mismo tiempo que inundaban el aire con salvajes chillidos y gritos que parecían ladridos, los hombres bestia metieron los pinceles dentro de los bruñidos cuencos y comenzaron a trazar un complicado símbolo sobre las piedras de la plaza.

Mientras trabajaban, Malus vio que una figura que llevaba oscuro ropón y brillante armadura se acercaba al borde de la plaza. No se trataba de ningún hombre bestia ni de un corpulento bárbaro. Malus reconoció de inmediato los imponentes andares de su media hermana.

Se volvió a mirar a los artilleros druchii que tenía cerca.

—¿Podéis darles a esos bastardos desde aquí?

Uno de los guerreros negó con la cabeza.

—En absoluto.

—¿Y si usáis aliento de dragón?

El artillero soltó un bufido asqueado.

—Se nos ha acabado. Un condenado oficial vino y se lo llevó todo durante el último ataque.

Nagaira avanzó grácilmente hasta el centro del sigilo en expansión, acompañada por un par de corpulentos minotauros que llevaban sujeto a otro prisionero druchii. La desgraciada figura había sufrido las atenciones de las torturas de Nagaira mucho más que los otros prisioneros. La pálida piel estaba cubierta de profundas heridas y marcas de hierros al rojo que le cubrían casi cada centímetro de piel visible, y llevaba los brazos atados con cadenas de latón. La cabeza del prisionero se alzó al oír el sonido de los tambores, e incluso desde esa gran distancia Malus reconoció la cara del druchii.

—¡Madre de la Noche! —exclamó—. ¡Ese es el señor Meiron!

Con un atronador toque de tambores, el sigilo quedó acabado. Un millar de hombres bestia echó atrás la cabeza y le rugió al agitado cielo. Nagaira extendió los brazos y gritó una serie de palabras guturales en un idioma inmundo que hizo que los prisioneros reunidos se retorcieran de miedo y dolor. De la bruja irradiaron invisibles ondas de poder que distorsionaron el aire que la rodeaba.

Algo del encantamiento molestó a Tz’Arkan, e hizo que se tensara amenazadoramente bajo la piel de Malus.

—La pequeña perra ha olvidado a quién le debe verdadera lealtad —siseó el demonio.

Antes de que Malus pudiera preguntarse qué quería decir Tz’Arkan, la salmodia de Nagaira alcanzó un crescendo. Destelló el rayo, y un trueno desgarró el cielo como el puñetazo de un dios airado. Los hombres bestia alzaron sus hachas como si fueran una sola, con un grito furioso, y atacaron a los indefensos prisioneros, a los que cortaron en pedazos en medio de una orgía de muerte.

Una ardiente luz ascendió como una explosión de las líneas de sangre trazadas sobre la piedra. El señor Meiron se tensó y luego gritó. El aire que rodeaba al druchii se tornó borroso, y su cuerpo destrozado comenzó a hincharse. Malus sintió que se le helaba la sangre.

—¡Bendita Madre de la Noche! —susurró con voz cargada de pavor.

Hauclir se volvió a mirar a Malus con expresión asustada.

—¿Qué quieres que hagamos, mi señor? —preguntó.

—¡Corred! —dijo el noble—. ¡Corred!

En la plaza, el cuerpo de Meiron continuaba expandiéndose. El noble tenía la espalda arqueada de dolor, y sus músculos se hincharon hasta rasgar la piel como si fuera una salchicha demasiado asada, para dejar a la vista la brillante carne de debajo. La cara de Meiron cayó del goteante cráneo, que gritaba, y un largo par de extremidades nuevas se alzaron como espadas de la espalda del noble. Mientras Malus observaba, esas extremidades se desplegaron para transformarse en un par de lustrosas alas correosas.

El demonio continuó creciendo, envuelto en la hirviente sangre de los cientos de víctimas de sacrificio que acababan de asesinar en la plaza. Luz y calor cuajaron en torno a las manos de la infernal criatura para adoptar la forma de una larga, brillante hacha y un aterrador azote provisto de garfios.

Mucho más alto que los aullantes hombres bestia que había en la plaza, el demonio manchado de sangre levantó su distendido cráneo y les rugió de forma desafiante a los defensores de la Torre Negra.

Los druchii de los lanzadores de virotes gritaron de terror, y varios de ellos corrieron hacia la escalera, pisándoles los talones a los mercenarios, que también huían. Malus observó a Hauclir y los degolladores que comenzaban a descender por la escalera de caracol, y supo que no llegarían vivos al suelo a menos que se hiciera algo para mantener al demonio a distancia.

Se volvió hacia el gigantesco enemigo y lo miró a los ojos color latón, al mismo tiempo que alzaba sus espadas gemelas a modo de desafío. Tz’Arkan retrocedió dentro del pecho de Malus e hizo que un espasmo de dolor atenazara el corazón del noble.

—¿Qué estás haciendo, Darkblade? —gruñó el demonio.

—¿Acaso no quieres que Nagaira vea lo erróneos que son sus actos? —preguntó Malus.

El demonio empapado en sangre desplegó las alas y saltó hacia el cielo con un rugido sediento de sangre. Malus echó atrás la cabeza y rió como un condenado en el momento en que el negro vigor de Tz’Arkan corrió por sus venas.

En torno a Malus resonaban órdenes frenéticas mientras los druchii que aún quedaban junto a los lanzadores de virotes forcejeaban con las pesadas armas para hacerlas girar y apuntar al terror alado. El demonio parecía llenar el cielo ante ellos, con los ojos de latón y los curvos colmillos brillando en la pálida luz. Los gruesos cables tensos restallaron, y cuatro virotes salieron disparados hacia el cielo. Uno erró por menos de un metro la cabeza del demonio, que descendía en picado; otro abrió un agujero limpio en el ala derecha de la criatura. Los últimos dos se clavaron de lleno en el ancho pecho del demonio, y sus puntas de hierro penetraron profundamente a través de las capas de músculo y huesos, duras como hierro.

Los impactos desestabilizaron al demonio a medio vuelo. Bramando de cólera, se estrelló contra el borde de las almenas del cuerpo de guardia, donde hizo pedacitos los merlones de piedra y dejó una red de rajaduras a lo largo del grueso terrado de la edificación. Malus fue lanzado de espaldas a causa del impacto, que lo catapultó fuera del arco de barrido de la temible hacha del demonio. El tajo destinado a él silbó al hender el aire y redujo a astillas un lanzador de virotes; la sangre y los trozos de los cuerpos de los tres artilleros que manejaban el arma se dispersaron en un amplio arco a causa del impacto. Gruñendo, el demonio golpeó con el azote provisto de garfios un lanzador de virotes que estaba situado a su izquierda, y envolvió el arma y a dos de sus artilleros en una red de enredados cables. La madera crujió y el metal rechinó cuando el demonio usó el azote para izar su enorme corpachón hasta las almenas. Los gritos de los artilleros atrapados se apagaron al tensarse las correas con garfios y convertirlos en pulpa de carne y hueso.

Malus lanzó un rugido bestial y se puso en pie de un salto, para luego volar como una flecha hacia el demonio del hacha. Con el poder de Tz’Arkan ardiendo en sus extremidades, el noble se convirtió en un borrón de negra armadura y acero afilado. Atravesó el rechinante terrado en un abrir y cerrar de ojos, avanzó a toda velocidad hasta quedar al alcance de las armas del demonio y dirigió tajos feroces al brazo con que este sujetaba el hacha. Las afiladas hojas resonaron al rebotar en músculos y huesos duros como el hierro, y entonces Malus sintió en la cara el caliente aliento fétido del demonio cuando este le lanzó una dentellada con sus poderosas fauces.

Malus percibió el ataque e intentó apartarse a un lado en el último momento, así que el demonio, en lugar de cercenarle el brazo derecho, cerró las fauces sobre la armadura de su hombro. Los colmillos no pudieron atravesar la hechizada coraza, pero el noble gritó de dolor cuando las placas metálicas, al aplastarse, le descoyuntaron el brazo y le partieron la clavícula como si fuera una rama seca. El demonio lo levantó del suelo y volvió a apretar los dientes con fuerza, machacando los huesos rotos entre sí dentro del pecho de Malus, para luego arrojarlo a un lado como habría hecho un sabueso con una rata. Cayó con fuerza sobre el terrado de piedra, otra vez gritando de dolor, y resbaló más de tres metros hasta detenerse cerca de uno de los dos últimos lanzadores de virotes, situado al otro lado del tejado del cuerpo de guardia.

Cuando aún estaba frenando, el demonio ya avanzaba hacia él. Los músculos se contrajeron espasmódicamente y se flexionaron por su propia cuenta para arrastrar el brazo descoyuntado hasta la articulación y encajarlo en su sitio con un crujido de tendones y huesos. Malus gritó y se debatió, con los ojos desorbitados de dolor, pero la terrible voluntad de Tz’Arkan le impidió perder el conocimiento. La lunática mirada del noble se posó sobre los dos artilleros del lanzador de virotes, que se encontraban a pocos metros de distancia, encogidos de terror tras el arma.

—¡Disparad… le! —les gruñó, con labios manchados de sangre.

Los druchii de ojos desorbitados le echaron una mirada a Malus, y saltaron a la acción. Se pusieron a hacer girar fervientemente las manivelas que tensaban el arco de acero del arma.

El demonio se irguió en toda su estatura y arrancó el ensangrentado azote del destrozado lanzador de virotes en medio de una lluvia de astillas de madera y esquirlas de acero. Al otro lado del cuerpo de guardia, los artilleros supervivientes del último equipo perdieron el valor y huyeron para salvar la vida, pero sus gritos captaron la atención del demonio alado. Acometió a los druchii fugitivos, cortando a uno por la mitad con un barrido de hacha y atrapando al otro en las colas con garfios de su látigo. El demonio se volvió hacia Malus y agitó el azote, de modo que el artillero salió despedido por los aires, dando volteretas y gritando. El druchii que pataleaba erró por poco más de un metro el último lanzador de virotes, antes de precipitarse hacia la oscuridad del otro lado del cuerpo de guardia.

Con un doble chasquido sonoro, el cable del lanzador de virotes encajó en su sitio y quedó preparado para disparar. Los artilleros corrieron a cargar un virote en el canal de disparo justo cuando el terrado del cuerpo de guardia temblaba bajo los pesados pasos del demonio. Malus apretó los dientes y volvió a levantarse de un salto; flexionó el brazo derecho para recuperar la sensibilidad, y luego corrió a enfrentarse con el demonio, que ya cargaba.

Previo el golpe del látigo del demonio y se agachó para pasar por debajo de las sibilantes colas, y después se desvió a la derecha y clavó la punta de ambas espadas en el muslo izquierdo del monstruo. Las hojas penetraron profundamente e hicieron salir jirones de humo negro de la carne manchada de sangre. Rugiendo coléricamente, el demonio alado se detuvo y giró al mismo tiempo que acometía a Malus con el hacha. A pesar de lo veloz que era el noble, no pudo moverse lo bastante deprisa como para evitar el golpe de soslayo en el pecho, que le partió costillas y lo arrojó hacia un lado como si fuera un juguete.

Cuando Malus daba volteretas una vez más por el terrado del cuerpo de guardia, el último lanzador de virotes fue disparado, y otro proyectil con punta de hierro se clavó en el abdomen de demonio. El monstruo se tambaleó a causa del golpe, y luego atacó el arma y a los artilleros con el azote. Ambos druchii quedaron hechos pedazos tras el paso de las colas provistas de garfios, y el propio lanzador de virotes fue arrancado de la montura.

Enseñando los dientes con una sonrisa feroz, el demonio se volvió para encararse con Malus, pero el noble ya estaba otra vez de pie, alimentado por la cólera y el dolor mientras la voluntad de Tz’Arkan volvía a colocarle en su sitio las costillas partidas.

Malus se agachó para evitar un barrido del hacha del demonio, y después acometió con una de sus espadas y abrió un largo tajo de bordes dentados a lo largo del musculoso brazo del monstruo. Gruñendo como un lobo, esquivó ágilmente el golpe de retorno del enemigo…, y entonces las colas provistas de garfios del látigo se enroscaron apretadamente en torno a sus piernas.

Fue derribado bruscamente e impactó con fuerza contra la dura piedra. Sólo el poder de Tz’Arkan le permitió rodar hacia un lado justo cuando el hacha del demonio caía junto a él. La piedra se rajó, y una enorme sección del terrado del cuerpo de guardia se derrumbó en medio de una lluvia de polvo y escombros, lo que precipitó a Malus y al demonio hacia debajo.

Malus cayó con fuerza sobre las piedras derrumbadas y rodó contra un costado del pecho del demonio. Antes de que el monstruo pudiera reaccionar, alzó la espada de la mano izquierda y la clavó con toda su fuerza en el hombro del demonio, donde la hundió hasta la empuñadura. Rugiendo de furia, el demonio intentó apartar a Malus tirando del látigo, pero el noble se sujetó con toda su alma y clavó la otra espada en la musculosa garganta del enemigo.

Con un rugido furioso, el demonio desplegó las alas, y de repente salió de sus muchas heridas más humo negro. Del cuerpo del demonio irradiaba tanto calor como de una forja llena de brasas. Gritando de frustrada cólera, el demonio saltó hacia el cielo, donde estalló con una detonación de trueno y un destello de rayo.

Malus fue lanzado por el aire, dando volteretas, golpeó contra el roto borde del terrado y rebotó a lo largo de él. El noble se detuvo con un fuerte golpe contra la línea de almenas que miraba hacia el complejo interior de la ciudadela, con la piel chamuscada y un pitido en los oídos a causa de la explosión. Sus espadas habían desaparecido; se habían perdido al ser desterrado el demonio. Reuniendo todo su valor y confiando en el poder de Tz’Arkan, se puso de pie y saltó sobre las almenas, para lanzarse como un halcón que desciende en picado hacia el pavimento situado dieciocho metros más abajo. Cayó con la fuerza suficiente como para rajar las piedras del suelo, pero su cuerpo absorbió el impacto con una resistencia sobrenatural.

Resultaba difícil no sonreír. Por terribles que fueran los dones de Tz’Arkan, a veces podían resultar regocijantes.

Aullidos guturales estremecían el aire a lo largo de las almenas de la muralla interior. Quizá el demonio de Nagaira había perdido el combate, pero también había puesto en fuga a los defensores druchii, y ahora la horda del Caos se había apoderado, por fin, de la muralla interior. Ya descendían por las largas rampas hacia el propio patio del recinto, en persecución de los lanceros druchii que se batían en retirada. Gruñendo como un lobo, Malus se puso de pie y salió corriendo hacia la oscuridad. El asedio estaba llegando a un punto crítico, y dentro de la Torre Negra el Rey Brujo se preparaba para mover pieza.