3: Portentos de la oscuridad
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Portentos de la oscuridad
La luna brillaba a lo largo de las filigranas de oro de la vaina de la espada y encendía un fuego oscuro en las profundidades del rubí oblongo que estaba engarzado en la juntura de la empuñadura con la hoja. Durante un momento, Malus admiró la reliquia con temor, mientras la sujetaba cuidadosamente, envainada, con ambas manos. Imaginó que podía sentir su calor, que palpitaba suavemente como un corazón dormido. Se lamió con nerviosismo los labios fríos, y luego, con una profunda inspiración, depositó el arma sobre la tela que tenía extendida encima del regazo y procedió a envolverla de un extremo a otro con capas y más capas de desgastada lona. Con cada capa se sentía un poco más frío, un poco más pequeño y más marchito que antes. Cuando hubo acabado, ató el paquete con bramante basto y lo llevó hasta donde estaba Rencor. El gélido se hallaba sentado bajo los árboles del otro lado del pequeño claro del bosque y observaba a su amo con ojos desconfiados rojo brasa.
Con la cara convertida en una máscara de inflexible determinación, Malus puso la Espada de Disformidad junto a las alforjas y la sujetó a la silla al lado de la bolsa en la que guardaba el resto de las reliquias del demonio. A regañadientes, apartó las manos del arma y le dio unas palmaditas en el flanco al nauglir.
—Hoy no habrá cacería —dijo en voz baja, mientras miraba las oscuras profundidades del bosque circundante—. A saber con qué te tropezarías.
Hacía apenas unas pocas horas que se había puesto el sol, y estaban a unos quince kilómetros de Har Ganeth, en las profundidades de las boscosas colinas que había al noroeste de la ciudad. El claro era uno que había frecuentado durante los dos meses que había dedicado a rondar por el Camino de los Esclavistas que conducía hasta la Ciudad de los Verdugos. Incluso había en él un pequeño colgadizo construido con ramas de pino que ofrecía una cierta protección contra los elementos, y una reserva de leña. Sin embargo, encender un fuego era algo fuera de discusión. Lo último que quería era anunciar su presencia, y de todos modos dudaba de que las llamas pudieran calentar sus huesos malditos.
Había escapado de la ciudad sin más incidentes, aunque al llegar a la amplia puerta había oído el primer grito de alarma procedente del lugar de la masacre. Malus confiaba en que los ciudadanos culparían del ataque a una banda de fanáticos, pero no tenía ninguna intención de poner a prueba esa teoría. Había salido casi al galope por la puerta abierta, aliviado al encontrarse con que el Camino de los Esclavistas estaba casi desierto. Durante las horas siguientes se había dirigido hacia el oeste a lo largo de la senda, con la mirada atenta por si veía nubes de polvo alzarse en el horizonte.
Malus tenía una muy buena razón para salir de Har Ganeth lo más rápidamente posible: era muy probable que Malekith estuviera en camino hacia la ciudad con un ejército a sus espaldas, alertado del alzamiento del templo. Aunque él había sido quien había puesto fin personalmente al intento de golpe de Urial, el noble dudaba de que el Rey Brujo fuera a manifestarle gratitud alguna. Malus había sido un fugitivo desde principios de verano, después de asesinar a su padre en la fortaleza Vaelgor, situada a unos escasos treinta kilómetros al nordeste de allí. Lo había hecho para apoderarse de la Daga de Torxus, otra de las malditas reliquias del demonio, aunque el móvil no tenía ninguna relevancia de acuerdo con las leyes de aquel territorio. El padre de Malus había sido el vaulkhar de Hag Graef, uno de los tenientes del Rey Brujo, y nadie mataba a uno de los vasallos de Malekith sin su permiso. Esperaba que el Rey Brujo lo creyera muerto, asesinado junto con miles de druchii en una confusa batalla nocturna librada en el exterior de Hag Graef hacía varios meses, aunque no estaba dispuesto a apostar su vida en ello. Estaba convencido de que su medio hermano Isilvar, ahora único heredero de Lurhan, y vaulkhar de Hag Graef, sabía la verdad. La pregunta era qué haría con ese conocimiento. Isilvar tenía muy buenas razones para desear su muerte, y la de menor importancia era una horrible cicatriz que le cruzaba el cuello, producto de una herida que le había hecho Malus en una batalla librada bajo la torre de su hermana Nagaira, hacía algunos meses.
Con el ceño fruncido mientras pensaba, Malus registró las alforjas y sacó una bolsa de tela manchada de aceite, y una pequeña botella de vino. Luego, cogió la pesada hacha de batalla del lazo que había en la silla de montar, y se dejó caer, exhausto, junto a la armadura que protegía el flanco del gélido. Cuando se recostó contra el costado del nauglir, la gran bestia se movió y la enorme cabeza se volvió para fijar en él una mirada colérica de sus ojos como cuentas. Malus le respondió con altanería.
—Échate —le advirtió, e intentó de nuevo ponerse cómodo.
El nauglir volvió a retroceder al sentir su contacto, se puso de pie y le dedicó a su dueño un siseo de advertencia.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —le espetó Malus.
Recogió bruscamente el hacha y la reserva de comida, y se marchó a grandes zancadas al otro extremo del campamento. Se sentó pesadamente, con la espalda contra un tronco medio podrido, y clavó en la bestia de guerra una mirada asesina.
—Ya veremos si dejo que te comas el siguiente caballo muerto con el que nos encontremos.
Pasados unos momentos, Rencor volvió a echarse con cuidado y apoyó el hocico en el suelo, desde donde podía mantener vigilado a Malus. El nauglir había estado actuando de modo muy extraño desde que habían regresado de la Ciudad de los Reyes Intemporales, situada muy al norte, en los Desiertos del Caos. Había ido allí en busca de la auténtica Espada de Disformidad, y había caído en las garras de los fanáticos druchii, locos por el poder que había robado. Habían intentado matarlo y alimentarse de su esencia vital, y a tal fin lo habían crucificado en la amplia plaza del exterior del templo.
No había tenido más alternativa que recurrir al poder de Tz’Arkan para escapar. Lo que había sucedido después de eso era más bien confuso. Lo siguiente que recordaba con claridad era encontrarse en el puente de piedra del exterior del Sanctasanctórum de la Espada que había en la fortaleza del templo de Har Ganeth, observando cómo su media hermana Yasmir devoraba el corazón aún palpitante del hermano de ambos, Urial.
La profecía del Azote sostenía que estaba destinado a casarse con Yasmir, ahora considerada una santa viviente del Dios de Manos Ensangrentadas. Después de ser testigo de lo que le había hecho a Urial, la mera idea de casarse con ella le helaba la sangre. «Si tengo suerte, tal vez la Espada de Disformidad me matará antes de que ese asunto se convierta en un problema», pensó Malus con crudeza.
A medida que las lunas ascendían en el cielo, hacía más frío en el claro. Incluso a finales de verano la Tierra Fría era fiel a su nombre. Malus desenvolvió su magra reserva de pescado salado con salsa amarilla y comenzó a comer, masticando con tenacidad la dura carne blanca, que hacía bajar con sorbitos de vino avinagrado. Se tomó su tiempo para comer; a pesar de lo mal que sabía, siempre era mejor que las duras galletas con que se alimentaría al día siguiente.
Para cuando acabó, las lunas brillaban casi directamente sobre su cabeza, y su respiración se condensaba en forma de tenue niebla en el aire frío. Malus se acabó testarudamente el terrible vino y reunió todo su valor. La otra razón por la que había escogido un lugar tan aislado para acampar era porque tenía una tremenda necesidad de información, y había conversaciones que era mejor mantener en privado.
También tenía la terrible sensación de que no iba a gustarle lo que estaba a punto de oír.
Malus se limpió la cara y guardó el paño y la botella vacía, para luego sentarse con las piernas cruzadas, de espaldas contra el tronco caído, con el hacha robada al alcance de la mano. El noble se quitó el guantelete que le cubría la mano izquierda. Un liso anillo de plata destelló en uno de sus dedos como una franja del más puro hielo. Lo alzó hacia la luz lunar, e hizo una mueca al reparar en que las venas del dorso de la mano estaban negras a causa de la corrupción del demonio.
El noble cerró el puño y concentró su implacable voluntad en un solo pensamiento.
«Eldire».
Una débil brisa que le era familiar pasó como un fantasma por el rostro del noble, y el demonio se retorció de furia en su interior, e hizo que se le contrajeran los músculos y se le encogieran las entrañas. Malus se desplomó de costado con un gemido, doblado en dos a causa de la repentina ola de náusea y dolor. La presión aumentó dentro de su cabeza, como si el demonio le estrujara el cerebro con un tornillo de carpintero, e hizo que ante sus ojos danzaran chispas. Malus rodó hasta quedar boca abajo y vomitó la comida sobre el frío y duro suelo, mientras respiraba con jadeos superficiales al ritmo del palpitante dolor de cabeza.
El noble volvió a rodar sobre un costado y se detuvo contra el tronco caído. Percibió aroma a ceniza, y de repente el dolor y las náuseas comenzaron a retirarse como una negra marea oleosa. El palpitar de la cabeza cedió, y Malus creyó oír la colérica voz del demonio retrocediendo hacia una distancia infinita. Cuando se hubo apagado, él quedó tembloroso y lo inundó un pesado frío que parecía nacer de sus mismísimos huesos.
—¿Qué has hecho? —preguntó una voz de mujer, dura y fría como mármol tallado. Las palabras tenían un eco peculiar, como si ella hablara desde las profundidades de un pozo de agua—. ¡Estúpido! Malus, ¿qué has hecho?
Los ojos del noble se abrieron. Por encima de él flotaba una resplandeciente aparición envuelta en una pálida luz plateada.
—Hola, madre —dijo, y logró reír con amargura—. ¡Cómo he echado de menos tu amorosa voz!
Ella era escultural y regia, e iba ataviada con los gruesos ropones oscuros del convento de las brujas. Tenía cogidas ante sí las pálidas manos, y el trenzado pelo blanco que aureolaba los crueles ángulos de su rostro parecía forjado con luz lunar. Su forma era insustancial; el noble podía ver a través de ella —como si estuviera hecha de niebla— la figura echada de Rencor y sus ojos rojo brasa al otro lado del claro. A pesar de todo eso, Malus sentía el peso de la mirada de Eldire como si fuera la punta de una daga contra su piel.
—¡Impertinente desdichado! —le espetó Eldire—. Tu cuerpo ya le pertenece completamente al demonio. Tus venas laten con energías inmundas. ¡Incluso puedo ver al demonio mismo deslizándose como un leviatán bajo tu pálida piel!
—¿Se me enrosca en torno al corazón como un nido de serpientes? —se burló Malus mientras se limpiaba la boca con el dorso de una mano—. ¿Aplasta mi marchito cerebro con sus goteantes fauces? Tus dones se han desperdiciado en este caso, madre. Eso lo he sabido durante cada minuto de cada día desde hace casi un año.
El fantasmal semblante de Eldire relumbró de furia.
—¡Esto es mucho peor que la mera posesión, niño! Has dado el último paso. ¡Ya te advertí sobre ello en la tumba de los enanos!
—¿Imaginas que lo he hecho por propia elección? —contraatacó el noble, que hizo una mueca a causa del dolor que le atenazaba las entrañas, se incorporó de forma cansina y apoyó la cabeza en el tronco cubierto de musgo—. La maldita Espada de Disformidad no estaba en el templo, después de todo. Tuve que entrar en los Desiertos del Caos para conseguirla. —Su mirada se posó en el dorso de su mano de negras venas, y su enojo se desvaneció en una ola de asco—. Era esto o la muerte; no tenía ninguna otra alternativa. Por ahora, estoy vivo, y mientras esté vivo podré luchar. —Alzó la vista hacia la formidable mirada de la vidente—. Y ahora tengo la espada.
Los ojos de Eldire se abrieron apenas unos milímetros más, y la furia menguó en su semblante de alabastro.
—¿Desenvainaste la espada ardiente? —dijo con una voz ligeramente más cavernosa que antes.
—Había razones de mucho peso para hacerlo en aquel momento. No te aburriré con los detalles —replicó Malus con amargura—. Tz’Arkan se sintió aun menos complacido que tú, lo que hace que me pregunte si tal vez el poder de la Espada de Disformidad es lo bastante fuerte como para contrarrestar la influencia del demonio.
Eldire miró a su hijo con el ceño fruncido.
—Tal vez —concedió con un suspiro parecido a un soplo de viento salido de una sepultura—. A la voracidad de Khaine le importan poco los planes de otros seres, aunque sean demonios tan poderosos como Tz’Arkan. De hecho —dijo al mismo tiempo que su expresión se volvía colérica otra vez—, es probable que la Espada de Disformidad sea la única razón por la que aún te queda algo de conciencia. Al mirarte, me maravilla que el demonio no pueda hacerte bailar como si fueras una marioneta.
La idea hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Malus. Su mirada se desvió hacia el paquete que contenía la Espada de Disformidad. ¿Podía permitirse continuar alimentando su voracidad? ¿Podía permitirse no hacerlo?
—Puede ser que el demonio posea mi cuerpo, pero te aseguro que mi voluntad continúa intacta —dijo—. Yo no bailo para nadie, y mucho menos para ese maldito demonio. —Hizo una pausa mientras observaba las negras venas que palpitaban bajo su piel—. Lo que quiero saber es qué sucederá cuando el demonio quede libre.
La vidente frunció los labios con gesto pensativo.
—Esa es una pregunta interesante —dijo—. Por derecho, tu alma será extinguida como la llama de una vela cuando Tz’Arkan reclame tu cuerpo como huésped. Sin embargo… —Pasado un momento, Eldire se encogió levemente de hombros—. No lo sé. Es posible que la espada contrarreste el poder que el demonio tiene sobre ti, pero puedes estar seguro de que, hasta que llegue ese momento, Tz’Arkan tomará cualquier medida que pueda para lograr que el asunto se decida a su favor.
Malus le dedicó a su madre una dura mirada.
—Así que estás diciendo que no todo está perdido.
—Estoy diciendo que si eres muy listo y muy afortunado, podrías lograr cambiar una condena por otra —replicó la vidente con socarronería—. La Espada de Disformidad te matará antes o después, Malus. Ahora que la has desenvainado no puedes dejarla.
El noble suspiró con cansancio.
—Todos morimos, madre —dijo con los ojos fijos en la oscuridad—, así que no es un precio demasiado alto, ¿verdad?
—Osadas palabras para alguien que nunca ha hablado con los muertos —replicó Eldire—. De todos modos —prosiguió al mismo tiempo que alzaba una mano para impedir una contestación de su hijo—, lo hecho, hecho está. Tienes la espada, y eso es lo que importa. Eso deja una sola reliquia por recuperar.
—El Amuleto de Vaurog —asintió Malus con tristeza—. No tengo ni idea de dónde está, y dispongo de muy poco tiempo para buscarlo. Según creo, me quedan dos meses para regresar al templo y poner al demonio en libertad, y necesito casi un mes y medio sólo para hacer el viaje. —Le lanzó a Eldire una mirada de soslayo—. Así pues, a menos que tengas el poder necesario para hacerme volar, nada más cuento con dos semanas para encontrar la última reliquia.
Eldire se alzó el fantasmal ruedo del ropón y se inclinó hacia Malus de modo que madre e hijo quedaron casi nariz con nariz.
—¿Te gustaría tener un par de alas, Malus? —preguntó con voz peligrosamente dulce.
La sarcástica réplica de Malus se transformó en hielo ante el tono de la voz de su madre.
—Eres… generosa… —dijo con cautela—, pero tal vez debería preocuparme por encontrar primero la reliquia y hacer el viaje después.
Eldire le dedicó una sonrisa lobuna.
—Una decisión muy sabia —dijo a la vez que volvía a erguirse—. Me estoy quedando sin tiempo —anunció—. Hablar contigo de esta manera es muy agotador, especialmente ahora que el demonio se ha hecho tan fuerte. ¿Hay algo que quieras de mí?
—Tenía la esperanza de que supieras algo del amuleto —replicó Malus con rapidez, mientras se obligaba a sentarse con la espalda recta—. Por eso te he llamado.
—¿El amuleto? —dijo Eldire. Su forma ya estaba perdiendo la nebulosa consistencia, disipándose como la niebla matinal—. Es un talismán potente, forjado con metal de meteorito en épocas pasadas. Ninguna arma puede herir al guerrero que lo lleve.
—¡No me importa lo que hace! —gritó Malus—. ¿Sabes dónde está?
La imagen de Eldire comenzó a desdibujarse y disolverse en niebla informe. Su respuesta fue poco más que un suspiro.
—La senda que va hasta la quinta reliquia lleva a Naggarond —replicó la vidente—. Busca el amuleto en los pasillos sin luz de la Fortaleza de Hierro.
Para cuando Malus acabó de entender lo que acababa de oír, Eldire había desaparecido. Miró a Rencor. El nauglir levantó la gran cabezota y lanzó un bufido de irritación.
—Ni yo mismo podría haberlo expresado mejor —asintió el noble, de malhumor, y cruzó apretadamente los brazos sobre el pecho—. La fortaleza del propio Rey Brujo. Debería haberlo sabido.
«Una condena por otra», pensó amargamente para sí mismo, mientras sentía que la corrupción del demonio ascendía como una marea negra desde sus huesos y se propagaba por debajo de su piel.
Malus despertó con dolores de pies a cabeza. El claro estaba bañado por la perlada luz de los momentos previos al amanecer, y por encima del suelo se enroscaban jirones de niebla. Yacía de costado, bien envuelto en una gruesa capa que estaba empapada por el rocío de la mañana. Rencor dormía a poca distancia de él, con la cabeza metida detrás de la larga cola, siseando como una tetera hirviente.
Unos largos dedos le acariciaban suavemente el cuero cabelludo, con las puntas tibias contra la piel húmeda y fría. Su mente enturbiada por el sueño saboreó la sensación de las yemas rozándole la oreja derecha y haciendo que una impresión de calidez recorriera el borde externo del pabellón auditivo.
Un reguero cálido le corrió entonces por la mejilla y por el labio superior. Sabía a sal y hierro.
Los ojos del noble se abrieron de par en par. Separó los labios para hablar, pero las palabras fueron ahogadas por una demoledora ola de dolor irradiada desde su cráneo. Malus se debatió dentro de los estrechos confines de la capa, pero por mucho que lo intentó no logró recuperar la libertad de movimiento.
La sangre corrió a chorros por su cara y su cuello. Le inundó el ojo derecho, y reprimió un alarido al sentir otra feroz ola de dolor.
Impotente, parpadeando para librarse de las gotas de sangre que se le adherían a las pestañas, Malus volvió la cabeza, y al alzar la mirada, se encontró con una figura con armadura que estaba arrodillada junto a uno de sus hombros. Le corrió más sangre por la parte posterior de la cabeza, como si su cráneo fuera una botella de vino rota.
La brillante sangre pintaba las manos gris pálido de Lhunara, se acumulaba debajo de las destrozadas uñas negras y corría en regueros zigzagueantes por sus muñecas. Sus labios azules se separaron en una sonrisa de demente, y su único ojo sano brilló con resplandor febril. El otro ojo, hinchado y ennegrecido por la sangre putrefacta, giraba erráticamente dentro de la cuenca.
—Tenemos una misma mentalidad, mi señor —dijo con voz burbujeante a causa de que los pulmones se le licuaban, mientras alzaba las manos hacia la espantosa herida que tenía en el lado derecho de la cabeza.
Se oyó cómo sus dedos resbalaban sobre algo mojado cuando se metió dentro de la cavidad craneal infestada de gusanos la materia gris que sostenía.
—Una misma mentalidad —dijo, tendiendo las manos hacia la cara de él—. Un mismo corazón. Un mismo ojo…
Malus se despertó entre alaridos, debatiéndose sobre la resbaladiza marga, húmeda de rocío.
El corazón le dio un vuelco al descubrir con horror que tenía los brazos y las piernas apretadamente envueltos. Aún medio ciego y desorientado, se retorció y pataleó, escupiendo y bramando como un maldito. Luego, con un convulsivo tirón logró soltar una pierna y se dio cuenta de que estaba enredado en su propia capa.
Jadeando furiosamente, Malus se obligó a cerrar los ojos y posó la cabeza sobre la tierra húmeda. Cuando se tranquilizó el enloquecido ritmo de su corazón, desenredó las extremidades lenta y cuidadosamente, y abrió la capa, sin hacer caso del helor de las primeras horas de la mañana.
Por último, cuando su respiración se hizo más lenta, el noble abrió los ojos. Ya había amanecido hacía un rato, y una débil luz solar atravesaba las apretadas ramas de lo alto. Una gruesa raíz sobresalía del suelo bajo su espalda y le causaba dolor en la columna vertebral.
Con el ceño fruncido, Malus levantó la cabeza. Yacía en una senda abierta por animales entre dos sotos de altos robles. Verdes helechos goteantes le rozaron las mejillas y le provocaron un escalofrío.
No se encontraba ni remotamente cerca del claro en el que había acampado.
Mientras maldecía, soñoliento y legañoso, se puso de pie. El bosque se extendía en todas direcciones. Tenía trocitos de hojas entre las placas de la armadura, y las palmas de las manos manchadas de tierra. «Bendita Madre de la Noche —pensó—. ¿Cómo he llegado hasta aquí?». Los recuerdos de la noche anterior eran borrosos en el mejor de los casos. Recordaba estar sentado en la oscuridad, intentando pensar en un modo de entrar en Naggarond, nada menos…, y entonces las cosas se volvían vagas. «¿Acaso me emborraché con aquel maldito vino avinagrado?».
Se volvió lentamente, mirando con ansiedad los alrededores para intentar orientarse. El sendero de caza le resultaba familiar, y al menos se dirigía hacia la linde sur del bosque. Después de frotarse la cara con las manos sucias, comenzó a avanzar senda abajo, al mismo tiempo que se daba cuenta de pronto de que no veía su hacha de guerra por ninguna parte.
Siguió el sendero a lo largo de aproximadamente un kilómetro y medio a través del denso follaje, y cada vez se sentía más confuso y aprensivo. Por el camino comenzó a ver signos que indicaban que podría haber seguido antes esa misma senda. Las huellas someras y las ramas rotas daban la impresión de que había caminado tambaleándose como un borracho en la oscuridad. Era asombroso que no se hubiera ensartado en una rama baja ni se hubiera partido el cráneo contra un árbol.
Cuando ya había recorrido dos kilómetros y medio, se encontró luchando para reprimir una creciente ola de pánico. Entonces, oyó un familiar siseo como de una tetera hirviendo en dirección sudoeste. Con un suspiro de alivio, el noble abandonó el sendero y se dirigió hacia el siseo, avanzando sonoramente a través del sotobosque a causa de la impaciencia. Tras unos doce metros, el bosque comenzó a hacerse menos denso, hasta que al fin tropezó con la periferia de su campamento. Rencor se puso de pie al verlo aparecer súbitamente, y se le dilataron las fosas nasales al percibir su olor.
Malus se detuvo en seco al borde del claro, y recorrió el pequeño espacio con mirada precavida. El hacha continuaba donde la había dejado, también estaba en el mismo sitio el pequeño paquete de tela que había contenido la comida de la noche anterior. Moviéndose con cuidado, atravesó el campamento y se acercó al nauglir.
—Tranquilo, Rencor —dijo mientras tendía las manos hacia las alforjas.
El gélido le bufó y lo miró funestamente con uno de sus ojos rojos mientras el noble rebuscaba entre sus cosas.
Las tres botellas de vino restantes no habían sido tocadas por nadie. Comprobó cada sello de cera y descubrió que estaban perfectamente intactos.
Rencor se removió sobre las grandes patas con garras, y gruñó de irritación.
—Bueno, bueno —dijo Malus, que sujetó bien las alforjas y le dio al gélido una palmada en un flanco—. Vete a cazar. Necesito pensar.
El noble se apartó mientras la enorme bestia de guerra se deslizaba con asombroso sigilo por el espeso sotobosque. Entonces, se volvió y, una vez más, observó el terreno de la zona en la que se había sentado la noche anterior. No se veía nada que indicara que había habido alguien más allí. Era como si simplemente se hubiera levantado y se hubiera marchado oscuridad adentro.
Malus se instaló cansadamente contra el tronco e intentó limpiarse un poco la tierra de las palmas de las manos. Por mucho que lo intentaba, no conseguía recordar gran cosa de la noche anterior desde el momento en que había hablado con Eldire. ¿Podría haberle hecho ella algo? Y de ser así, ¿por qué? Sacudió la cabeza con irritación. La idea no tenía ningún sentido.
Luego, estaba la pesadilla. Había oído hablar de druchii que gritaban, que incluso se levantaban y caminaban cuando eran presas de fuertes pesadillas. ¿Había habido en aquel sueño algo más que él no recordaba? ¿Acaso la horrenda visión de Lhunara lo había hecho huir hacia las profundidades del bosque?
—Quizá deba comenzar a beber hasta dormirme otra vez —murmuró amargamente—. O ponerme una maniota cada noche, como si fuera un caballo.
Desde el norte le llegaron ruidos de un movimiento frenético repentino: algo enorme avanzaba por el bosque partiendo ramas y golpeando pesadamente contra los troncos de los árboles. Malus gruñó con suavidad. Rencor ya había encontrado el desayuno.
Entonces, como a modo de respuesta, oyó nuevos sonidos provenientes del sur, en la dirección del camino.
Sin pensarlo, Malus recogió el hacha y rodó silenciosamente para ponerse de pie con las piernas flexionadas, y se quedó observando con cautela desde detrás del tronco caído. Se mantuvo perfectamente inmóvil, sin apenas atreverse a respirar, y forzó los sentidos al máximo. Momentos después oyó un susurro mucho más suave en el sotobosque, a unos veinte metros hacia el sudeste. El noble cerró los ojos e intentó visualizar mentalmente el terreno circundante. Cualquier cosa que fuera, daba la impresión de que estaba avanzando por la senda de caza que recientemente había seguido Malus.
De pronto se oyó otro crujido de ramas rotas, esta vez procedente directamente del sur. El noble enseñó los dientes.
Por el sonido parecía tratarse de una partida de caza, y se dirigía hacia él.