17: Ataque y contraataque
17
Ataque y contraataque
El ser deslizante que apareció repentinamente a la vista desde el otro lado del reducto era un monstruoso nudo de ondulantes músculos y huesos deformes, grande como un nauglir. Bocas que eran poco más que tubos musculosos ribeteados de dientes como dagas se retorcían como serpientes por encima de la carnosa masa, y grandes brazos como guadañas lanzaban tajos y estocadas al aire, estirándose como locos en busca de presas. La abominación había sido atravesada por el proyectil de uno de los lanzadores de virotes del reducto, y su cuerpo estaba envuelto en mágicas llamas verdes. Avanzó espasmódicamente unos pocos pasos más hacia la muralla, chillando con agónico lamento lunático, y luego se colapso en una llameante masa marchita.
Sin embargo, la aclamación de alivio de los mercenarios duró poco, cuando quedó claro que la criatura del otro mundo no estaba ni remotamente sola.
Una enorme manada de criaturas más pequeñas llegó corriendo desde el otro lado del reducto, saltando, deslizándose, brincando y corriendo con monstruosa gracilidad de depredador. Pasaron junto al monstruo del Caos en llamas y cargaron directamente hacia la muralla de la fortaleza, echando atrás la calva cabeza y chillando vorazmente hacia los defensores de lo alto. Detrás, llegaban otras tres de las monstruosidades más grandes y fuertes, bramando coléricamente mientras arrastraban su masa por el suelo ceniciento.
Los endurecidos mercenarios gritaron como niños asustados cuando la hirviente manada de bestias del Caos llegó a la muralla, y todas comenzaron a trepar por ella como arañas.
—¡Manteneos firmes, perros! —rugió Malus—. ¡Ballestas! ¡No os quedéis allí, mirando! ¡Abrid fuego!
Galvanizado por el acerado tono de la voz de Malus, el puñado de ballesteros avanzó hasta las almenas, se inclinó por encima del borde y disparó contra los monstruos que subían corriendo por la muralla de la fortaleza. Dos de las saetas que dieron en el blanco hicieron que dos de los demonios se soltaran y se precipitaran entre chillidos hacia el suelo, donde impactaron con fuerza y se quedaron enroscados como insectos muertos. Tranquilizados por el conocimiento de que podía matarse a los monstruos como a cualquier otro ser vivo, los mercenarios recuperaron un poco de la perdida valentía y prepararon las armas mientras las bestias se aproximaban.
Volvió a oírse la fuerte detonación de los pesados lanzadores de virotes del reducto, y proyectiles gemelos de fuego verde se precipitaron hacia los monstruos más grandes, que aún caminaban en dirección a la muralla. Uno de los proyectiles de fuego de dragón erró el objetivo y formó un charco en el suelo que ardió, pero el otro dio en el blanco. El monstruo en llamas continuó avanzando pesadamente mientras moría, y sus lamentos se sumaron al ensordecedor estruendo que asaltaba los sentidos de los defensores.
Se oyeron más cuernos de guerra, y por el cuadrante norte de la fortaleza sonaron gritos de batalla. Maldiciendo para sí, Malus corrió al borde interior del parapeto y se inclinó tanto como se atrevió a hacerlo para mirar hacia el lienzo de muralla del otro lado del reducto de la derecha. La sección siguiente era el escenario de una batalla desesperada, donde los lanceros forcejeaban con una furiosa manada de bestias del Caos. Más allá de estos lanceros estaba el cuerpo de guardia norte. Malus no tenía duda ninguna de que sería allí donde acudirían los monstruos. Si caía el cuerpo de guardia, se perdería toda la muralla exterior.
Chillando y rugiendo, las primeras bestias del Caos pasaron por encima de las almenas y se lanzaron contra los mercenarios que aguardaban. Un druchii cayó con el torso envuelto por un monstruo de múltiples patas al que había atravesado limpiamente por la mitad con su espada. Otra criatura se detuvo sobre las almenas y atacó a dos de los mercenarios con tentáculos como látigos ribeteados de diminutas bocas con colmillos. Malus vio que Hauclir bloqueaba la carga frontal de una bestia con su pesado garrote, y luego la abría en canal con la corta espada. Diez Pulgares apuntó con la ballesta para disparar a quemarropa contra otra, que fue atravesada limpiamente por la saeta. Otro mercenario chilló de dolor cuando un monstruo le clavó en los ojos las patas delanteras con forma de cuchilla.
Más y más criaturas continuaban pasando en manada por encima de la muralla. La sangre y el icor manchaban el parapeto en igual medida. Malus vio a Nuarc de pie ante la puerta abierta del reducto, donde cortó casi en dos a un monstruo con su espada cubierta de runas.
—¡Necesitamos refuerzos! —le gritó el noble por encima del estruendo—. ¡No podremos resistir esto durante mucho tiempo!
Pero Nuarc negó con la cabeza.
—No llegarían aquí a tiempo —le gritó mientras corría y le clavaba una estocada a una bestia que se había agarrado a la garganta de otro mercenario—. ¡O defendemos la muralla con lo que tenemos, o se acabó!
«¡Malditos sean esos estúpidos de la ciudadela!», pensó Malus. Sus despreciables intrigas estaban trabajando a favor de Nagaira.
Justo en ese momento, un viento feroz pasó por encima del reducto y abofeteó a Malus. Percibió olor a azufre y sangre vieja, y oyó el enorme estruendo de unas alas. El instinto puso a Malus en movimiento, incluso antes de que la bandada de figuras voladoras apareciera en lo alto.
—¡Cuerpo a tierra! —le gritó a Nuarc.
Malus se estrelló contra el druchii de más edad y lo lanzó de espaldas contra la pared del reducto justo en el momento en que la bandada de rugientes monstruos alados descendía en vuelo rasante a lo largo del parapeto. Las criaturas golpeaban a los combatientes druchii con sus largas colas parecidas a sierras; algunas aferraron con las zarpas a desprevenidos mercenarios y los lanzaron al vacío. Ahora atacados por dos frentes, la valentía de los defensores comenzó a vacilar, y empezaron a ceder terreno ante las bestias.
Malus se apartó de Nuarc con un gruñido colérico.
—¡No retrocedáis ni un paso más! —rugió a sus soldados—. ¡Podéis resistir y luchar, o huir y morir! ¡Matad a esos bastardos antes de que os maten! —A los aterrorizados ballesteros, les gritó—. ¡Derribad a esas malditas bestias voladoras con vuestras saetas!
Una vez más, los defensores redoblaron sus esfuerzos bajo el azote de la lengua de Darkblade, pero Malus supo que no podría mantener las cosas en ese estado durante mucho tiempo. Otro revés importante, y la batalla se convertiría en una desbandada general.
Una forma larga y delgada, con seis patas y un abierto orificio ribeteado de dientes en lugar de cabeza trepó con sus zarpas por encima del cadáver del mercenario que estaba más cerca de Malus y se lanzó hacia él. El noble rugió una maldición y ensartó a la monstruosidad con la punta de una de sus espadas, para luego arrojarla, entre chillidos, por encima de las almenas. Las criaturas aladas volvieron a atacar, pero en esta ocasión varias cayeron del aire con saetas de ballesta clavadas en los pálidos cuerpos. Malus le cortó un ala a otra al pasar, y la criatura salió despedida de cabeza hacia una pared lateral del reducto, contra la que se estrelló. Otra levantó a uno de los druchii del parapeto, pero esta vez cayeron hacia el suelo tanto el druchii como el monstruo, este último con la daga del mercenario clavada en el pecho.
Malus sintió que la batalla comenzaba a volverse a favor de los defensores. Ya no pasaban más criaturas veloces por encima de las almenas, y los mercenarios estaban replegándose y atacando en grupo a los monstruos que quedaban.
Entonces, oyó el lamento procedente del otro lado de la muralla, y el corazón le dio un vuelco. Se había olvidado de los monstruos de gran tamaño.
Malus corrió hasta las almenas y se asomó a mirar, y volvió a retirarse con la misma rapidez. Uno de los monstruos estaba casi al alcance de la mano, y dejaba un rastro de baba amarilla al reptar muralla arriba. La segunda criatura se había aplastado contra la pared del reducto para evitar los disparos de los lanzadores de virotes, y casi había llegado también a lo alto de la muralla. Malus dio golpes de frustración sobre las almenas. No podía imaginar que nada inferior a un proyectil de fuego de dragón pudiera destruir a unas criaturas tan grandes como aquellas.
Su mirada se desvió hacia la puerta del recinto, que estaba abierta. Tal vez no necesitaría para nada los lanzadores de virotes.
Entró precipitadamente en el reducto. Los dos centinelas que normalmente montaban guardia ante la puerta habían huido, evidentemente, o tal vez habían resultado muertos en el parapeto cuando las bestias del Caos habían atacado por primera vez. Recorrió unos metros de pasillo a la carrera hasta encontrar un barril de agua que contenía un par de largos proyectiles rematados por una esfera de vidrio llena de aliento de dragón. Sacó del agua los dos virotes parecidos a lanzas, con mucho cuidado para que no entrechocaran, y luego dio media vuelta y regresó por donde había llegado.
Nuarc lo esperaba cuando salió por la puerta, y retrocedió, sobresaltado.
—¡En el nombre del Asesino, ¿qué estás haciendo con eso?! —exclamó.
—Ocupándome de unas molestias —replicó Malus justo cuando el primero de los monstruos aparecía en el borde de las almenas con un rugido.
—¡Atrás! —les chilló Malus a los mercenarios que estaban cerca, y que en ese momento caían unos sobre otros al intentar escapar de las extremidades que el monstruo agitaba.
Luego, cogió uno de los proyectiles como si fuera una jabalina, avanzó dos pasos con rapidez y lo lanzó contra un costado de la criatura.
El proyectil cabeceó en el aire al atravesar la corta distancia que lo separaba de su objetivo. Con una rapidez superior a la que Malus hubiera creído posible, la bestia vio llegar el proyectil y lo golpeó en pleno vuelo con un barrido de una de sus extremidades parecidas a guadañas, pero rompió el globo de vidrio de la punta y se regó ella misma con el llameante líquido. Chillando y pataleando de dolor, el monstruo chisporroteó como grasa arrojada al fuego, cayó de las almenas y se precipitó hacia el suelo como un cometa.
Cuando el primer monstruo aún caía por el aire, Malus cogió el segundo proyectil y se asomó con cautela por el borde de las almenas. Un par de extremidades como guadañas lo atacaron de inmediato, y erraron su cara por pocos centímetros. El monstruo se encontraba a poco más de seis metros, haciendo chasquear las fauces y ondulando inexorablemente muralla arriba. Con una sonrisa cruel, el noble se mantuvo firme y apuntó con cuidado. Lo único que realmente tuvo que hacer fue dejar caer el proyectil sobre la criatura, y al cabo de un momento también ella ardía en un grasiento montón al pie de la muralla.
La última de las bestias más pequeñas se llevó consigo a uno de los mercenarios al morir: en un punto de la muralla situado más adelante, uno de los druchii cayó de las almenas con un alarido, aunque apuñalando a la criatura que estaba perforándole el pecho. Malus observó cómo la bestia y su víctima caían hacia la muerte, y elevó una silenciosa plegaria a la Madre Oscura para agradecerle que fuera la postrera.
Recostado contra las almenas, Malus recorrió con los ojos la carnicería que se extendía por el largo lienzo de la muralla que tenía delante. Por todas partes, había cuerpos y trozos de cuerpos en medio de charcos de sangre que se coagulaba y de licor maloliente. Los mercenarios ayudaban a levantar a sus camaradas heridos, pero eran demasiado pocos. Menos de tres minutos antes había habido sesenta y cinco mercenarios luchando junto a él, y ahora se veía en dificultades para contar más de treinta que aún respiraran. Observó a los vapuleados mercenarios por si veía a Hauclir, y encontró al antiguo capitán de su guardia personal al final de la línea, trabajando con ahínco para lograr que los soldados se prepararan por si se producía otro ataque.
Nuarc estaba a pocos pasos de distancia, con la espalda contra la pared del reducto, donde limpiaba fluido oscuro de la hoja de la espada con un trozo de tela basta.
—Nos ha faltado muy poco —dijo el señor de la guerra—. Ha sido una inspirada locura esa de ir a buscar esos proyectiles de aliento de dragón. Nunca antes lo había visto hacer.
Malus sonrió con cansancio, y estaba a punto de responder cuando un cuerno de guerra tocó una nota aguda e insistente en el cuerpo de guardia. Nuarc se puso rígido, y Malus vio el más breve destello de miedo en sus ojos oscuros.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Maldiciendo por lo bajo, Nuarc dejó caer el trapo y corrió unos pocos metros a lo largo del adarve. Malus se unió a él y siguió la mirada del señor de la guerra hasta la matanza que se desarrollaba a lo largo de la sección de muralla siguiente.
Por encima de las almenas pasaban manadas de bestias del Caos como una marea destellante, corrían por encima de los cadáveres desgarrados de los defensores y bajaban en muchedumbre por las largas rampas hacia el interior de la ciudad. Al otro extremo del lienzo de muralla, dos de los enormes monstruos del Caos estaban golpeando e intentando forzar la puerta de hierro que daba paso al cuerpo de guardia.
Detrás de los monstruos, con las espadas gemelas manchadas de sangre en las manos, estaba el paladín de Nagaira.
La figura con armadura se encontraba rodeada por bestias del Caos más pequeñas que daban vueltas alrededor de los talones como sabuesos de caza. Peor aún, más de una docena de acorazados guerreros del Caos se encontraban de pie y preparados sobre las murallas, detrás del paladín, esperando a que la puerta fuese derribada.
Mientras Malus observaba, una media docena de pesadillas aladas ascendió desde la base de las murallas batiendo sus pesadas alas, cada una con un guerrero con armadura cogido en las patas.
A Malus se le cayó el alma a los pies. El ataque contra su lienzo de muralla no había sido más que una finta destinada a mantenerlos ocupados para que no pudieran ir a defender el cuerpo de guardia. ¡Habían vuelto a superarlo en astucia!
—¡Hauclir! —bramó—. ¡Haz formar a tus lobos! ¡Ahora! Tenemos que llegar al cuerpo de guardia…
—No hay tiempo, maldición —lo interrumpió Nuarc con la voz tensa de enojo—. Tus soldados están agotados, y el enemigo ha establecido una posición firme. Os harán pedazos antes de que os acerquéis siquiera al cuerpo de guardia.
—Puedo conseguir más proyectiles de…
—¿Y hacer qué? ¿Lanzárselos al enemigo y luego meterte entre las llamas? ¡Ten un poco de sensatez, muchacho! —le espetó Nuarc—. ¿Recuerdas lo que dije sobre que la muralla interior es más fácil de defender? Tenemos que retroceder ahora, antes de que esos bastardos logren abrir la puerta exterior, o no lo conseguiremos. ¡Vamos!
Sin aguardar réplica alguna, Nuarc dio media vuelta y avanzó apresuradamente a lo largo de la muralla, mientras gritaba a los mercenarios que lo siguieran. Las ratas portuarias, ya al límite de su resistencia, estaban demasiado ansiosas por escapar. Malus dedicó un momento a mirar con odio al paladín enemigo, que llevaba encima lo único que el noble necesitaba para recuperar su alma, y que parecía capaz de frustrarlo a cada paso.
Mientras miraba con ferocidad al demonio con armadura, el paladín se irguió y, como si pudiera leer los pensamientos del noble, giró la cabeza cubierta por el yelmo para devolverle la mirada.
Malus alzó una espada y apuntó con ella al paladín.
—Esto no ha acabado aún —le dijo al funesto guerrero, y luego se tragó la amarga furia y dio media vuelta para seguir a Nuarc a paso rápido.
* * *
—¡Primero perdimos un millar de soldados, y ahora nos cuesta la muralla exterior de la fortaleza! —gritó Isilvar, señalando a Malus con un dedo acusador—. Ya os lo dije, de alguna manera, está confabulado con Nagaira. ¿De qué otro modo puede explicarse una incompetencia semejante?
El vaulkhar y los tres drachau estaban sentados en sillas de respaldo alto con cojines de terciopelo, en una sala de audiencias menos ostentosa que la magnífica cámara de la base de la Torre Negra. Ante ellos, sobre la gran mesa con superficie de mármol, había los restos del suntuoso almuerzo, ahora prácticamente olvidados tras el desastre del día. El señor Myrchas estudió a Malus con frialdad, mientras hacía rodar una uva tileana entre sus pálidos dedos. El Señor Brujo, Balneth Calamidad, hizo como que estudiaba el mapa de pergamino de la fortaleza interior que habían extendido sobre la mesa, aunque estaba abierto a discusión cuánto de él podía ver entre las bandejas, copas y trozos de comida. El señor Dachvar, de Ciar Karond, rió entre dientes ante la invectiva de Isilvar, y bebió otro sorbo de vino.
Sentado en las sombras que había detrás de los cuatro señores, se encontraba el propio Malekith, con las puntas de los dedos de ambas manos unidas, mientras la roja luz salía por los orificios oculares de su yelmo astado. El Rey Brujo no había dicho ni una sola palabra desde que Malus había sido llamado para hacer su informe. El noble permanecía de pie, desafiante, ante el otro extremo de la larga mesa, con Nuarc detrás, a escasa distancia. Guardias y servidores se movían en silencio en torno al perímetro de la sala; en el extremo norte había una alta entrada en forma de arco que daba a un estrecho balcón que dominaba la muralla interior y la ciudad que se extendía al otro lado de ella. Hauclir estaba de pie junto a la arcada abierta, limpiándose las uñas ociosamente con un cuchillo pequeño, y repartiendo su atención entre los acontecimientos del exterior y el interior.
—No me había dado cuenta de que se me había encomendado personalmente el mando de las defensas de la muralla exterior —siseó Malus.
A diferencia de los nobles ricamente ataviados, había acudido a la sala de audiencias tras haber encontrado dentro de la ciudadela un sitio para los mercenarios supervivientes. Aún iba principalmente revestido de acero, sangre y negro icor.
—Tal vez eso explica por qué nadie de los que estaban en la muralla exterior tenía la más remota idea de qué estaba sucediendo, y también explica por qué no se les proporcionó mando ni instrucción algunos después de que cayera la puerta norte. Ciertamente explicaría por qué mi sección de la muralla no recibió ni comida, ni munición, ni la visita de los enfermeros en ningún momento de los dos días ininterrumpidos que yo y mis hombres pasamos haciendo guardia allí. Vaya, ojalá lo hubiese sabido, querido hermano. ¡Tal vez podía haber salvado la muralla, y sólo la Madre Oscura sabe a cuántos de nuestros soldados!
La retirada a la muralla interior había comenzado, en efecto. La guarnición de la Torre Negra estaba familiarizada con los planes de dicha maniobra, que había trazado el señor Kuall, el vaulkhar anterior, e incluso la habían ensayado con regularidad. Pero una vez que cayó la puerta y la horda del Caos entró sin impedimentos en la ciudad, la confusión y el pánico se hicieron pronto dueños de la situación. Sin una cadena de mando clara, no había nadie que organizara una retaguardia que contuviera a los atacantes para que el resto pudiera ponerse a salvo. Peor aún, los regimientos del ejército de Malekith tuvieron que habérselas con su propio conjunto de órdenes conflictivas procedentes de cada drachau en particular, que les ordenaban pensar primero en sí mismos y luego en todos los demás, en el caso de que lo hicieran. La retirada pronto se convirtió en un sálvese quien pueda. Los regimientos procedentes de una misma ciudad permanecieron juntos y dejaron atrás a sus rivales. Regimientos enteros fueron aislados en la ciudad y aniquilados, mientras que corrían rumores de al menos tres casos en los que regimientos druchii habían luchado entre sí por la oportunidad de huir del enemigo.
Nuarc y Malus habían hecho lo que habían podido: reuniendo unidades perdidas, habían formando una retaguardia adhoc que había logrado mantener despejada la avenida central ante la puerta interior durante unas tres horas, antes de verse obligada a retirarse. En ese momento, Malus no sabía si habían hecho algún bien o no. Ahora caía la noche, y al noble le resultaba difícil creer que había estado de pie sobre la muralla exterior apenas ocho horas antes. Se sentía más cansado que nunca en la vida, y en ese instante no había nada en el mundo que quisiera más que tener la oportunidad de pillar a su hermano y desgarrarle la garganta con las manos desnudas.
Isilvar miró los ardientes ojos de Malus, sin inmutarse.
—Continúa siendo un hecho que tú estabas sobre la muralla; en efecto, según tu propio informe, durante todo el tiempo estuviste en el lienzo de muralla adyacente a aquel en el que se produjo el principal ataque enemigo. Y sin embargo, no hiciste nada por impedirlo, cosa que resulta bastante interesante.
—Estaba en medio de una batalla —le contestó Malus—. ¿Dónde estabas tú? ¿Dentro de la bañera? ¿Haciéndote limar los dientes? Eres el maldito vaulkhar de Hag Graef, el señor de la guerra más poderoso de la más poderosa ciudad de Naggaroth. ¿Sabes siquiera usar esa espada que llevas?
Isilvar se puso en pie de un salto mientras los oscuros ojos le destellaban.
—Podría demostrártelo, si quieres.
—Ya tuviste oportunidad de demostrármelo en la cámara de culto de debajo de la torre de Nagaira —replicó Malus con una sonrisa malvada—. Pero entonces huiste como un ciervo asustado. ¿Te dijiste a ti mismo que escapabas por el bien de Slaanesh y su culto, o te ahorraste las convenientes excusas para más tarde? —Se inclinó sobre el borde de la mesa—. Yo diría que si aquí hay alguien familiarizado con el acto de conspirar con Nagaira, ese eres tú.
El vaulkhar se puso pálido, aunque Malus no estaba del todo seguro de si era debido a la rabia o al miedo.
—Tú…, tú no tienes ninguna evidencia de nada semejante —dijo con voz ronca, mientras se llevaba inconscientemente una mano a la garganta.
—¿Quieres poner a prueba esa afirmación, querido hermano? —preguntó Malus con una sonrisa cruel danzando en las comisuras de su boca. Reparó en que Myrchas, Calamidad y Dachvar dirigían largas miradas a la temblorosa figura del vaulkhar.
Al otro lado de la sala de suelo de mármol, Hauclir se aclaró la garganta. Cuando Malus no reaccionó, lo intentó otra vez, ahora con más fuerza.
El noble se volvió a mirarlo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con tono gélido.
—Bastante bien, mi señor —dijo al mismo tiempo que se erguía. El antiguo capitán de la guardia hizo un gesto hacia el balcón con el cuchillo—. Creo que aquí fuera hay algo que podrías querer ver.
—¿Te parece que estoy ocupado, Hauclir? —le espetó Malus a la vez que indicaba a los nobles reunidos con un brusco barrido de una mano.
—Por supuesto, mi señor, pero…
—¿Puede esperar?
Hauclir frunció el ceño.
—Bueno, supongo que sí —dijo.
—¡En ese caso, moléstame con ello más tarde! —respondió el noble, con expresión exasperada.
El antiguo guardia se cruzó de brazos, miró a su antiguo señor con el ceño fruncido, y luego se encogió de hombros.
—Como quieras —dijo, y volvió a la arcada abierta.
Malus se volvió otra vez hacia el hermano, mientras intentaba recuperar su línea de pensamiento. Isilvar continuaba mirándolo con ferocidad desde el otro lado de la mesa, con la mano sobre la empuñadura de la espada. «Su cara parece un pelín más serena ahora», advirtió el noble, que frunció el ceño.
Pero antes de que pudiera continuar, se produjo una detonación atronadora que entró por la arcada que había junto a Hauclir. Todos, menos Malekith, saltaron a causa del sonido.
Malus miró a Hauclir con preocupación.
—¿Qué ha sido eso, en el nombre de la Oscuridad Exterior? —gritó.
El antiguo guardia le dedicó a Malus una mirada sardónica.
—Evidentemente, nada que tenga importancia —dijo, malhumorado.
Gruñendo, Malus corrió hacia la arcada, con Nuarc a su espalda. Incluso Isilvar y los drachau se levantaron de las sillas y atravesaron cautelosamente la sala.
Malus salió al balcón, no sin haberle echado una mirada feroz, al pasar, a su impertinente antiguo guardia, y desde una vertiginosa altura bajó los ojos hacia la parte superior de la muralla interior y las destellantes filas de soldados reunidos para defenderla. Al otro lado, se extendían las calles atestadas de cadáveres y los humeantes edificios de la ciudad exterior, que hervían de bandas de saqueo formadas por hombres bestia y bárbaros borrachos.
No obstante, en una amplia plaza situada a pocos centenares de metros de la puerta de la muralla interior, Malus vio un espectáculo que hizo que su corazón diera un vuelco. Largas filas de hombres bestia remolcaban con gran esfuerzo un par de enormes catapultas por la larga avenida, para colocarlas en posición de tiro junto con una tercera máquina de asedio, cuyo brazo ya estaba siendo echado atrás para efectuar otro disparo. Un sudario de polvo que flotaba en el aire por encima del cuerpo de guardia señalaba el pretendido objetivo de la catapulta.
Junto a Malus, Nuarc soltó una maldición en voz baja.
—Tienen que haber estado montándolas a cubierto de esa maldita oscuridad —murmuró—. Tu hermana tiene más recursos de los que yo imaginaba.
—Carece de experiencia marcial, pero ha leído mucho —asintió Malus, ceñudo—. ¿Crees que pueden derribar el cuerpo de guardia con esas cosas?
El señor de la guerra gruñó.
—Claro que pueden. Lo único que necesitan es tiempo y municiones, cosas que parecen tener en abundancia.
Malus reprimió una ola de frustración. Nagaira no iba a darle la oportunidad de recuperar el aliento ni por un instante. No tuvo que considerar la situación durante mucho tiempo antes de darse cuenta de qué debía hacerse. Giró sobre sus talones para regresar al interior de la sala. Isilvar y los drachau retrocedieron cuando entró a grandes zancadas, como si fuera portador de algún tipo de peste.
El noble se volvió a mirar al señor Myrchas.
—¿Hay algún túnel?
—¿Túnel? ¿Qué quieres decir?
—¿Hay algún túnel que comunique la ciudadela con la ciudad exterior? —le espetó Malus—. Estoy seguro de que debe existir un camino mediante el cual realizar incursiones en el caso de que el enemigo logre abrir brecha en la muralla exterior.
El drachau de la Torre Negra comenzó a hablar, y luego se calló. Frunció el ceño con perplejidad.
—¡Por la Madre Oscura, Myrchas! ¿No lo sabes?
Antes de que el drachau pudiera quedar aún peor, Nuarc habló.
—Existe un túnel así. Lo vi en una ocasión, cuando estaba estudiando los planos de la ciudadela.
El noble asintió con brusquedad.
—Bien, entonces. Abre la marcha, mi señor —dijo a Nuarc, para luego hacerle un gesto a Hauclir—. Vayamos a buscar a los demás.
Pero una figura con armadura se interpuso en el camino de Malus. Isilvar se encontraba casi nariz con nariz con su medio hermano.
—¿Y adonde crees que vas? —dijo con la mano en la empuñadura de la espada.
Furioso, Malus avanzó y aferró con una mano el brazo de la espada de Isilvar por la muñeca, a la vez que lo empujaba con fuerza con la otra. El vaulkhar cayó en un indigno montón, con la espada envainada enredada debajo de sí mismo.
—Mientras el resto de vosotros os quedáis aquí sentados, pelando uvas y riñendo como niños, yo voy a ocuparme de esas catapultas —gruñó—. No me cabe duda de que ya habréis inventado un nuevo conjunto de excusas para explicar vuestras limpias manos y vuestros débiles corazones para cuando yo regrese.
La cara de Isilvar se puso blanca de furia, pero no replicó. Malus le dedicó a su medio hermano un saludo burlón, y luego, mirando con ferocidad a los drachau reunidos, le hizo un gesto a Nuarc para que abriera la marcha y lo siguió fuera de la sala.
Entre tanto, en las sombras, el Rey Brujo, observó marchar a Malus y se reservó su juicio para sí.