El punto de partida de su último viaje en el ferrocarril subterráneo fue una estación minúscula debajo de una casa abandonada. La estación fantasma.
Cora los condujo hasta allí tras ser capturada. La patrulla de blancos sedientos de sangre todavía seguía destruyendo la granja Valentine cuando ellos se marcharon. Los disparos y los gritos se oían lejanos, en las profundidades de la finca. Las cabañas más nuevas, el molino. Quizá incluso hasta en la hacienda Livingston, pues el caos abarcaba las granjas vecinas. Los blancos pretendían erradicar por completo los asentamientos de color.
Cora forcejeó y pataleó mientras Ridgeway la transportaba al carromato. La biblioteca y la granja en llamas iluminaban el terreno. Después de que le pateara la cara, Homer terminó por agarrarle los pies y la metieron en el carro, la esposaron a su antigua argolla del suelo. Uno de los jóvenes blancos que vigilaban los caballos vitoreó y pidió turno cuando terminaran. Ridgeway le dio un bofetón.
Cora reveló la ubicación de la casa del bosque cuando el cazador de esclavos le apuntó en un ojo con la pistola. Después se tumbó en el banco, presa de uno de sus dolores de cabeza. ¿Cómo apagar los pensamientos igual que una vela? Royal y Lander, muertos. Los demás, caídos.
—Uno de los ayudantes del sheriff ha dicho que le recordaba a los tiempos de los saqueos a los indios —dijo Ridgeway—. Bitter Creek y Blue Falls. Creo que era demasiado joven para acordarse. Tal vez su padre.
Se sentó detrás con Cora en el banco de enfrente, su equipo había quedado reducido al carromato y los dos caballos escuálidos que tiraban de él. Fuera danzaban las llamas, haciendo resaltar los agujeros y rasgones de la lona.
Ridgeway tosió. Desde Tennessee ya no era el de antes. El cazador de esclavos tenía todo el pelo gris, la piel cetrina y el aspecto descuidado. Hablaba distinto, en tono menos autoritario. Unos postizos reemplazaban a los dientes que Cora le había destrozado en su último encuentro.
—Enterraron a Boseman en uno de los cementerios para contagiosos. Se habría indignado muchísimo, pero no pudo decir nada. El que se ha desangrado en el suelo… era el engreído hijo de puta que nos emboscó, ¿verdad? He reconocido los lentes.
¿Por qué le había dado tantas largas a Royal? Cora creía que tendrían tiempo de sobra. Otra cosa que podría haber sido, cortada de raíz como por un bisturí del doctor Stevens. Cora permitió que la granja la convenciera de que el mundo era distinto de lo que siempre sería. Seguro que Royal sabía que le quería aunque no se lo hubiera dicho. Seguro que sí.
Los pájaros nocturnos chillaban. Al rato Ridgeway le ordenó que buscara el sendero. Homer hizo que los caballos aminoraran el paso. Cora se pasó de largo la entrada dos veces, la bifurcación que indicaba que habían ido demasiado lejos. Ridgeway le cruzó la cara y le advirtió que se anduviera con ojo.
—Me llevó cierto tiempo reponerme después de Tennessee. Tú y tus amigos me la jugasteis bien. Pero ya pasó. Vuelves a casa, Cora. Por fin. En cuanto eche un vistazo al famoso ferrocarril subterráneo.
Volvió a abofetearla. En la siguiente vuelta Cora encontró los álamos que señalizaban el giro.
Homer encendió un farol y entraron en la casa vieja y desolada. Se había cambiado de ropa y volvía a lucir el traje negro y el sombrero de copa.
—Debajo del sótano —dijo Cora.
Ridgeway estaba tenso. Abrió la trampilla y retrocedió de un salto, como si una hueste de forajidos negros lo esperase en una trampa. El cazador de esclavos le tendió una vela y le ordenó descender la primera.
—La mayoría de la gente cree que es solo una expresión —dijo Ridgeway—. El ferrocarril subterráneo. Yo siempre he sido más listo. Un secreto debajo de nuestros pies, todo este tiempo. Después de esta noche lo descubriremos. Todas las líneas, todos los colaboradores.
Esa noche los animales que vivían en el sótano permanecieron en silencio. Homer inspeccionó los rincones del sótano. Regresó con la pala y se la entregó a Cora.
Ella le mostró las cadenas. Ridgeway asintió.
—Si no, nos pasaremos aquí toda la noche.
Homer la soltó. El blanco estaba cautivado, su voz recuperó el viejo tono de autoridad. En Carolina del Norte, Martin había creído buscar el tesoro que su padre había enterrado en la mina y en cambio había encontrado un túnel. Para el cazador de esclavos, el túnel equivalía a todo el oro del mundo.
—Tu amo ha muerto —dijo Ridgeway mientras Cora cavaba—. No me sorprendió: era de naturaleza degenerada. No sé si el dueño actual de Randall me pagará la recompensa. Me da lo mismo. —Se sorprendió de sus propias palabras—. Debería haber sabido que no sería fácil. Eres digna hija de tu madre, de arriba abajo.
La pala chocó con la trampilla. Cora despejó un cuadrado. Había dejado de escucharlo, de escuchar la risilla malsana de Homer. Royal, Red y ella tal vez hubieran derrotado al cazador de esclavos la última vez que se habían visto, pero había sido Mabel quien le había propinado el primer golpe. La manía que Ridgeway le tenía a su familia venía de la madre de Cora. De no haber sido por ella, el cazador de esclavos no se habría obsesionado con capturar a Cora. La que había escapado. Con todo lo que le había costado, Cora no sabía si sentir más orgullo o más desdén por la mujer.
Esta vez Homer levantó la trampilla. Subió una ráfaga de olor mohoso.
—¿Aquí? —preguntó Ridgeway.
—Sí, señor —respondió Homer.
Ridgeway indicó a Cora que avanzara con un gesto de la pistola.
No sería el primer blanco en ver el ferrocarril subterráneo, pero sí el primer enemigo. Después de todo lo que había pasado Cora, encima, la vergüenza de traicionar a quienes habían posibilitado su huida. Titubeó en el primer escalón. En Randall, en Valentine, Cora nunca se sumaba a los corros de baile. Se apartaba de los cuerpos que giraban, temerosa de que se le acercaran demasiado, sin control. Los hombres le habían metido ese miedo en el cuerpo, hacía ya años. Esta noche, se decía Cora. Esta noche lo abrazaré como si bailáramos lentamente. Como si solo existieran ellos dos en el solitario mundo, unidos hasta el final de la canción. Cora esperó a que el cazador de esclavos bajara al tercer escalón. Giró y lo rodeó con los brazos como una cadena de hierro. El candado se cerró. Ridgeway intentó aguantar pese a cargar con el peso de Cora, trató de apoyarse en la pared, pero Cora lo agarraba como a un amante y los dos rodaron por las escaleras de piedra hacia la oscuridad.
Pelearon y forcejearon durante la violenta caída. En la confusión, Cora se golpeó la cabeza en la piedra. Se rompió una pierna y cayó sobre uno de sus brazos retorcidos al pie de la escalera. Ridgeway se llevó la peor parte. Homer aulló al oír los gritos de su patrón. El chico descendió despacio, la luz temblorosa del farol fue sacando a la estación de las tinieblas. Cora se zafó de Ridgeway y se arrastró hacia la dresina, retorciéndose del dolor de la pierna izquierda. El cazador de esclavos no decía nada. Cora buscó un arma, pero no encontró ninguna.
Homer se agachó junto a su jefe. La sangre de la nuca de Ridgeway le empapó la mano. El hueso de un muslo del cazador asomaba por los pantalones y la otra pierna estaba doblada de un modo horripilante. Homer acercó la cara y Ridgeway gruñó.
—¿Eres tú, chico?
—Sí, señor.
—Está bien. —Ridgeway se sentó y aulló de dolor. Miró hacia la penumbra de la estación, sin ver nada. Su mirada se posó en Cora sin interés—. ¿Dónde estamos?
—De caza —dijo Homer.
—Siempre hay negros que cazar. ¿Tienes el cuaderno?
—Sí, señor.
—He tenido una idea.
Homer sacó el cuaderno del morral y lo abrió por una página en blanco.
—El imperativo es… no, no. Eso no. El imperativo americano es algo espléndido… un faro… un faro brillante. —Tosió y un espasmo le dominó el cuerpo—. Nacido de la necesidad y la virtud, entre el martillo… y el yunque… ¿Estás ahí, Homer?
—Sí, señor.
—Deja que vuelva a empezar…
Cora se apoyó en la palanca de la dresina. Esta no se movió, por mucho peso que cargara. A sus pies, en la plataforma de madera, había una pequeña hebilla metálica. Cora la soltó y la bomba chirrió. Volvió a apoyarse en la palanca y la dresina avanzó lentamente. Cora miró a Ridgeway y Homer. El cazador de esclavos susurraba sus comentarios y el niño negro los anotaba en el cuaderno. Cora siguió empujando y el vehículo rodó fuera de la luz. Hacia un túnel que nadie había excavado, que no conducía a ninguna parte.
Cora cogió ritmo, empujando con los brazos, cargando todo el cuerpo en cada movimiento. Hacia el norte. ¿Estaba viajando por el túnel o abriéndolo? Cada vez que bajaba la palanca, mordía la roca con un pico, descargaba un mazo sobre un clavo de la vía. Nunca había conseguido que Royal le hablara de los hombres y mujeres que habían construido el ferrocarril subterráneo. Las personas que habían excavado un millón de toneladas de tierra y rocas, que se habían deslomado en las entrañas del subsuelo para transportar a esclavos como ella. Las que colaboraban con todas esas otras almas que acogían a los fugitivos en sus casas, los alimentaban, los llevaban al norte a cuestas, morían por ellos. Los jefes de estación y los maquinistas y los simpatizantes. Que son tú después de completar algo así de magnífico: mientras lo construyes también lo recorres, sales al otro lado. A un lado quedaba la persona que habías sido antes de bajar al subsuelo y, al otro, la persona nueva que salía a la luz. El mundo de arriba debía de ser muy anodino comparado con el milagro subterráneo, el milagro que habías obrado con sangre y sudor. El triunfo secreto que te guardabas para ti.
Cora fue poniendo kilómetros de por medio, dejando atrás los santuarios falsos y las cadenas eternas, la masacre de la granja Valentine. Solo existía la oscuridad del túnel y, más adelante, en algún lugar, una salida. O un final sin salida, si así lo decretaba el destino: solo una pared negra, implacable. La última broma amarga. Agotada, Cora se acurrucó en la dresina y se durmió, flotando en la oscuridad como si hubiera anidado en el rincón más recóndito del cielo nocturno.
Cuando se despertó, decidió seguir a pie: los brazos ya no daban más de sí. A trompicones, tropezando con las traviesas. Cora iba palpando la pared del túnel, los resaltes y los huecos. Sus dedos bailaban sobre valles, ríos, picos montañosos, los contornos de una nación nueva ocultos bajo la vieja. «Mirad afuera mientras avanzáis a toda velocidad y descubriréis el verdadero rostro de América.» No podía verlo, pero lo sentía, lo atravesaba por el mismísimo centro. Le dio miedo haberse dado media vuelta mientras dormía. ¿Avanzaba o volvía al punto de partida? Confió en que la elección del esclavo la guiaría: a cualquier parte, adonde sea menos al lugar del que has escapado. De momento la había llevado hasta allí. Encontraría la terminal o moriría en el intento.
Se durmió dos veces más, soñó que estaba con Royal en la cabaña. Cora le hablaba de su vida pasada y él la abrazaba, luego ella se giraba para mirarlo a la cara. Royal le quitaba el vestido por la cabeza y se quitaba los pantalones y la camisa. Cora lo besaba y él recorría el territorio de su cuerpo con las manos. Cuando le separaba las piernas, Cora estaba mojada y Royal se deslizaba en su interior pronunciando su nombre como nadie lo había hecho jamás y nadie más volvería a hacerlo, con dulzura y ternura. Las dos veces se despertó en el vacío del túnel y, cuando terminó de llorar por Royal, se levantó y siguió caminando.
La boca del túnel empezó como un agujero minúsculo en la oscuridad. Al andar lo convirtió en un círculo y, luego, en la entrada de una cueva, disimulada por trepadoras y zarzas. Cora apartó la maleza y salió al aire.
Hacía calor. Todavía lucía esa luz apagada del invierno, pero más cálida que en Indiana, con el sol casi en lo más alto. La grieta se abría a un bosque de pinos y abetos. Cora no sabía qué aspecto tenían Michigan, Illinois o Canadá. Se arrodilló a beber del arroyo cuando se lo encontró. Agua fría y clara. Se lavó el hollín y la mugre de los brazos y la cara.
—De las montañas —dijo citando un artículo de los polvorientos almanaques—. Del deshielo.
El hambre la mareaba. El sol le indicaba hacia dónde quedaba el norte.
Comenzaba a anochecer cuando llegó al sendero, inútil y con socavones de rodadas. Cora oyó los carros al rato de esperar sentada en una roca. Eran tres, equipados para un largo viaje, cargados de herramientas y con provisiones atadas a los costados. Se dirigían al oeste.
El primer conductor era un blanco alto con sombrero de paja, patillas canosas, e impasible como una pared de piedra. Su mujer iba sentada a su lado, con la cara y el cuello rosados asomando de una manta de cuadros. La miraron con indiferencia y pasaron de largo. Cora fingió no verlos. Un joven conducía el segundo carromato, un tipo de cara roja y rasgos irlandeses. Clavó los ojos azules en Cora. Se detuvo.
—Qué sorpresa —dijo. En tono agudo, como el piar de un pájaro—. ¿Necesitas algo?
Cora negó con la cabeza.
—Digo que si necesitas algo.
Cora volvió a negar con la cabeza y se frotó los brazos para entrar en calor.
El tercer carromato lo conducía un negro mayor. Era corpulento y canoso y vestía un grueso abrigo de ranchero que había visto tiempos mejores. Cora decidió que tenía una mirada amable. Familiar, aunque no sabría decir de dónde. El humo de la pipa olía a patatas y el estómago de Cora se quejó.
—¿Tienes hambre? —preguntó el hombre.
A juzgar por la voz, era sureño.
—Tengo mucha hambre.
—Sube y coge algo.
Cora se encaramó al pescante. Abrió la canasta. Partió un trozo de pan y lo devoró.
—Hay más —dijo el hombre. Tenía una marca de herradura en el cuello y se subió el abrigo para esconderla cuando Cora la miró—. ¿Seguimos?
—Está bien.
Arreó los caballos y estos siguieron la rodada.
—¿Adónde vas? —preguntó Cora.
—Saint Louis. Y de allí, a California. Vamos nosotros y más gente con la que nos reuniremos en Missouri. —Al ver que Cora no respondía, añadió—: ¿Vienes del sur?
—Estaba en Georgia. Me escapé.
Dijo que se llamaba Cora. Desplegó la manta que tenía a los pies y se envolvió con ella.
—Yo me llamo Ollie. Los otros dos carromatos aparecieron al girar un recodo.
La manta era dura y le raspó la barbilla, pero a Cora no le importó. Se preguntó de dónde habría escapado el hombre, si el lugar era muy malo y cuánto había tenido que viajar para dejarlo atrás.