EPÍLOGO

 

—¡Julia!

Al escuchar su nombre la señora Bianchi se dio vuelta, confundida.

—Disculpa, ¿te conozco?

—Soy Marita.

—¿Marita? Estás muy cambiada.

—Sí, me teñí de rubio.

—Y tus ojos…

—Son lentillas de color. Por eso se ven celestes.

—¿Siempre tuviste ese peinado?

—No.

La señora Bianchi se alarmó. Y no sólo porque Marita parecía ahora una réplica de su Marcela, sino por el aspecto torturado de la pobre muchacha.

—Estaba entrando a casa, ¿quieres pasar?

—Sí, por favor. Necesito ver a Marcela.

—¿Cómo? ¿No sabes? Hace tiempo que no vive aquí.

—¿No? Es que dejé la facultad hace un año y desde entonces no la he vuelto a ver.

—Pues hace un año que Marcelita se mudó a Miami.

—¿A Miami?

—Sí, se casó con Damián y…

—¡¿Cómo que se casó con Damián?! Yo creí…

—Ayer fue su primer aniversario. Y son muy felices. Él está ganando prestigio como cirujano cardiovascular, aunque viven de la cirugía estética. Marcelita, en cambio, está trabajando de diseñadora en un estudio de arquitectura.

Julia se sorprendió al ver el efecto que sus palabras producían en Marita. Al revés de lo que había previsto, la cara de la muchacha se ensombrecía más y más al escuchar sus buenas noticias.

—¿Viniste por lo del periódico, no? —le preguntó al ver el ejemplar arrugado que su visita llevaba en las manos.

—Sí.

—La noticia nos conmocionó a todos. ¡Cuando uno cree que conoce a la gente!... ¿Te sientes bien? Se te ve pálida.

—Es que… estoy embarazada.

—¡Pobrecita! Y yo aquí, teniéndote de pie. ¡Ven a casa! Los primeros meses son los peores.

La diligente señora Bianchi no aceptó un no por respuesta. Y es que desde que Marcela no estaba, y su hijo Alberto andaba enamoradísimo de su nueva novia, (una muchacha encantadora, por cierto), Julia se estaba sintiendo un poco sola.

Quizás por eso no se conformó hasta ver a Marita frente a una taza de café humeante y un plato de galletas dulces. Pero aún a pesar de sus esfuerzos, su visitante seguía angustiada.

—¿Quieres que llame a alguien para que venga a buscarte? ¿Un familiar o… el padre del niño?

—No, gracias. Estoy sola.

Y bastó que dijera eso para romper en llanto.

Julia había aprendido de la peor manera que la mejor forma de escuchar a un hijo era hacer silencio, así que se limitó a abrazarla.

Marita tardó casi media hora en calmarse.

—Disculpa —llegó a decir al fin, en medio de su dolor—. Es por la noticia. Me impresionó mucho.

Pero no, no era por eso. Había demasiadas cosas además de ese periódico que alguien había deslizado por su puerta en la mañana, obligándola a salir de su cautiverio.

No. No era por esa noticia que iba a cambiar su vida para siempre que se sentía ahogar, sino por su propia tontería. Por la oscura competencia que había establecido con Marcela desde el primer día en la facultad. Por esa secreta necesidad de apoderarse del destino reservado a la otra, y que ahora, habiéndolo logrado, la golpeaba en pleno rostro. O lo que era peor, en su propio vientre.

Sí, porque no sólo había aceptado mansamente las imposiciones de Ramiro por el temor que le tenía. Aún peor, lo había hecho por esa estúpida satisfacción que sentía cuando él la llamaba “Mar”, a pesar de saber que se refería a la otra, o quizás precisamente por eso. O por ese placer oscuro cuando se pavoneaba en medio de riquezas, convencida de que su amiga sufría en la miseria. ¡Cómo se había alegrado cuando Ramiro le contó que Marcela y Damián iban a estar separados para siempre! ¡Cómo disfrutó cuando él fue a buscarla, luego de haber despreciado a la otra! Y es que Marita no sólo intentaba triunfar en lo que su amiga había fracasado, no, además realmente quería convertirse en ella. Ser amada como Damián amaba a la otra, adorada por una madre como esa que ahora la estaba abrazando, o vivir en un mundo de privilegios como el que Marcela había perdido cuando Ramiro la rechazó.

Y ahora todo eso era mentira.

Sin entender lo que estaba ocurriendo en el interior de su huésped, Julia la observaba debatirse y sufrir. Pero al fin, en medio del silencio, pudo escuchar claro y fuerte lo que la muchacha estaba callando con tanto empeño.

Observó el trozo de periódico que ella no soltaba, empapado todavía por sus lágrimas, y la vio acariciarse con desesperación el vientre.

Y entonces comprendió.

* * *

Marcela observó su móvil con curiosidad.

—¿Ocurre algo? —preguntó Damián, mirándola con deseo.

—¡Qué raro! Es mamá. Dice que Marita se va a quedar a vivir en mi cuarto. ¡Y dice que está embarazada! ¿Quién será el padre? No menciona nada de eso... Ah, y además quiere que lea el periódico de hoy. ¿Lo trajiste?

—Recién bajado del avión — replicó Damián iniciando el juego.

—Dámelo —reclamó Marcela estirándose hasta lo imposible, mientras él, divertido, lo ponía fuera de su alcance.

Ella se tensaba, rozando con su fragilidad el cuerpo musculoso de su marido, obstinada en lograr lo que se proponía, pero a punto de sucumbir por las caricias con las que él intentaba despertar su sexo dormido.

Era curioso lo que le ocurría a Damián con Marcela. Porque más se rodeaba de mujeres hermosas que lo buscaban y a las que podía tocar a su antojo, más deseaba los pechos suaves de su esposa. Y es que tenían una forma tan natural y perfecta, que siempre intentaba emularlos, (aunque nunca lo lograba), en los de sus pacientes.

Marcela, por otra parte, no podía dejar de añorar a su marido durante el día. ¡Se veían tan poco! Estaba tan cargada de trabajo, como fascinada por hacerlo. Y si bien no le faltaban las insinuaciones de hombres bellos, o sus miradas de deseo, sólo su esposo la hacía sentir mujer ¡Sí que Damián sabía tocarla! Conocía cada milímetro de su piel.

Por un instante Marcela intentó resistirse, pero fue en vano. Se conocían mucho, y se deseaban demasiado. Aún a pesar de los celos que sentía cada uno por el otro, o quizás por ellos, durante ese año la pasión no les había dado tregua.

En un descuido de Damián, por fin Marcela alcanzó su objetivo. El periódico estaba ahora en sus manos, pero ya no podía recordar para qué lo quería. Él estaba acariciando su sexo con destreza y entonces, simplemente, no se pudo contener más. Tiró el periódico al suelo y se entregó a la más loca pasión.

Olvidados del mundo, en el medio de la sala de una casa tan hermosa como ajena, Marcela y Damián ahora sólo tenían tiempo para escribir un nuevo capítulo de su historia de amor.

Un amor para toda la vida.

* * *

AAN Press, 15 de agosto del 2003. En un confuso episodio fue hallado en su auto deportivo el cuerpo sin vida del joven escribano Ramiro Prieto, con un tiro en la cabeza. La causa podría ser caratulada como suicidio. El padre del escribano, un conocido usurero del barrio de Villa Urquiza, había sido asesinado dos semanas atrás en un crimen de evidente corte mafioso.

El doctor Ramiro Prieto, por su parte, llevaba más de un año siendo investigado por la división de operaciones fraudulentas de la Policía Federal, y en ámbitos judiciales se descontaba su pronta condena.

Fuentes policiales aseguran que...