CAPÍTULO 6

Un noviazgo formal

 

Marcela llegó agotada de la facultad. Lo único que quería hacer era bañarse e ir a la cama.

Pero cuando estaba por abrir la puerta de la cocina para controlar el calefón48, escuchó las voces de Damián y Alberto. Era miércoles, día de ajedrez.

—Ahí viene la novia —gritó socarronamente su hermano al verla entrar.

Ella los saludó con un gesto.

—¿Cómo? ¿No eres más efusiva con tu amor? —preguntó Alberto.

—Sí, claro —murmuró Marcela no muy convencida, y saludó a Damián con un beso en la cabeza.

Julia salió de entre las sombras. ¡Uf!, su madre estaba ahí. Un temblor se adueñó de la muchacha. Se había olvidado de que esa farsa también la involucraba.

—¿De qué están hablando? —se inquietó Julia.

—¿Cómo? ¿No sabes? Estos dos están enamorados —explicó Alberto.

—¿Enamorados?

Damián calló, anhelante. Julia pondría las cosas en su lugar, y él por su parte acataría la voluntad materna.

Marcela en cambio no estaba tan segura.

—¡Pero qué sorpresa!.. ¿Enamorados?

Damián comenzó a inquietarse. Por alguna razón que no llegaba a entender no había enojo en la voz de Julia.

—¡Que alegría me dan! La verdad es que esperaba algo así. Yo siempre supe que Marcelita estaba prendada de ti.

Marcela creyó desmayar de la vergüenza.

—¡Pero, mamá! —protestó en un hilo de voz.

Damián, en cambio, la miraba con una gran sonrisa.

—Pero si es cierto —insistió su madre—. Eres muy mala disimulando.

Las mejillas de la muchacha estaban ahora hirviendo.

—Bueno, ahora espero que no lleven el casamiento demasiado a la larga —terció Alberto—. Ni bien Marcela se reciba... Es más, podemos hacer un matrimonio doble: ustedes, y Lola y yo.

—¡¿Qué les ocurre?! —estalló “Marcelita”, llena de furia—. ¿Tan ansiosos están por entregarme? ¿Por qué no fijan el precio del matrimonio en cabras?

—Porque yo no podría pagarlo —rio Damián.

Él parecía encantado con la situación. Marcela, en cambio, se sentía humillada. ¡Al diablo con todo!

Y se fue dando un portazo.

* * *

—¡Marcela!—gritó Damián mientras corría para alcanzarla.

Ella apenas se dio vuelta, mientras seguía caminando. Él comenzó a seguirla.

—¿Qué ocurrió que no viniste el sábado? Te estuve esperando.

—Salí con mi amiga de la facultad —respondió, cortante.

—¿Solas?

—¡Que te importa! ¡A ver si creíste en serio lo del noviazgo!

—Puede ser... Sobre todo después de saber que siempre estuviste muerta49 por mí —se burló el muy taimado.

—¡Qué tonto! ¡Ahora resulta que le haces caso a mamá! Sabes que es una delirante.

—No te preocupes —trató de conciliarse él—. Ya la conozco.

Marcela, incómoda, intentó dar vuelta la conversación.

—¿No tendrías que estar en el trabajo?

No, pensó Damián, debería estar con Carla. Ella no iba a perdonarle aquel retraso. Pero todo era por una buena causa.

—No. Más tarde tengo curso con el Dr. Ramos Padilla.

—¿Otro más? ¿Para qué necesitas tantos cursos de cirugía estética? ¿Qué? ¿Con cada operación a corazón abierto piensas incluir una de nariz sin cargo?

—¡Eres terrible!.. Me manda el jefe de residentes.

—¿Y quién paga el curso? Tengo entendido que son muy caros.

—Creo que Ramos Padilla me ha becado. La verdad es que el fulano, además de un chanta, es muy buen cirujano. Y me parece que conmigo en estos cursos se divierte.

—¿No te querrá incluir en su equipo, no?

—¿La cirugía estética? Podría ser... No estaría mal hacer un poco de dinero, mientras le toco “las lolas”50 a una señorita.

—O mientras le lipoaspiras la cola a algún político...51

—Si hay algún dinero de por medio... ¡Éramos tan pobres52!—dijo en tono burlón.

Marcela le tiró un golpe con su carpeta, que él, por supuesto, esquivó.

A veces no podía distinguir cuándo hablaba en serio y cuándo se burlaba. Como eso de ser cirujano plástico... Sabía que el sueño de su amigo era la cirugía cardiovascular, y cuánto despreciaba que el dinero se mezclara con la medicina. Pero por otra parte últimamente parecía muy cansado. Además de las terribles deudas que le había dejado la enfermedad de su padre.

—¿Por qué tenemos que caminar tan rápido?—se quejó Damián.

Marcela no se había detenido en ningún momento.

—Voy a la Cultural Inglesa, y mi amiga me espera.

—“Mi amiga”, “mi amiga”....—la imitó Damián. — La verdad es que me tratas bastante mal, aún a pesar de estar “tan” enamorada de mí

Marcela apretó el paso, pero esta vez él se quedó quieto, observándola, mientras de su boca escapaba una sonrisa burlona.

* * *

Marita miró hacia ambos lados de la calle. Ya era tarde y la clase iba a empezar. ¡Qué raro!.. Él siempre era puntual. Y si no se apuraba llegaría primero la otra, y entonces, ¡estaba lista!

Para su desgracia era evidente que a Ramiro le gustaban las rubias de ojos celestes, porque se le iban los ojos atrás de Marcela, y la muy estúpida ¡ni caso que le hacía! Ella en cambio no estaba dispuesta a perder la oportunidad.

—¿Solita?

Ramiro había llegado. Se veía como un verdadero “potro”, y por unos minutos era sólo para ella. Lo saludó con un beso.

—¿Quieres entrar? Podemos sentarnos juntos.

—¿Cómo? ¿Hoy no viene tu amiga? —preguntó él, preocupado.

—No sé. Quizás salió con el novio.

No mentía. Damián era un novio, aunque lo fuera en circunstancias especiales.

—¿Cómo? ¿No había roto?

La muchacha lo miró extrañada.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Juego al paddle con un primo de Marcela, y él me lo comentó.

¿Tan interesado estaba en ella? Para su horror, Marita supo de inmediato que lo estaba perdiendo.

Hizo un último esfuerzo.

—Ese novio era otro. Ahora sale con el vecino. Y creo que con éste se casa.

Ramiro se quedó pensativo, pero reaccionó con rapidez.

—¿Y tú?

—Yo estoy sola — dijo Marita tratando de sonar interesante. Pero fue inútil. Él ya no la miraba. Marcela acababa de llegar.

* * *

El cuerpo de Carla estaba acurrucado en el suyo. ¡Y qué cuerpo!, pensó Damián.

Ese día en particular no había estado demasiado brillante en la cama, pero ella ni lo notó. A pesar de ser una amante experta, siempre estaba muy apurada y un poco dispersa.

Damián se soltó de su abrazo dormido y dio vuelta hacia la pared. Su mente vagó por unos momentos. Todavía sentía en su sexo ganas de amar. Pero no a Carla. Las cosas ya no eran como antes. O quizás realmente se había ofendido con ella. Todavía estaba molesto porque lo iba a dejar plantado por dos meses para hacer un curso en Harvard.

No. Pensándolo bien, eso no lo molestaba. Porque si bien eran dos meses sin sexo, también era cierto que iba a poder vivir más tranquilo, sin temor a que Carla descubriera su noviazgo “trucho”53 y armara un escándalo. Y es que como buena abogada, su amante era terrible cuando de escándalos, venganzas y compensaciones se trataba.

Rozó con su espalda los pechos de la mujer, y sin saber cómo se encontró pensando en Marcela. Sonrió al recordar su cara esa tarde.

Carla se revolvió en la cama.

Dos meses, pensó. Dos meses...

* * *

Por tercera vez Julia se sentó al lado de su hija, y por tercera vez se paró de inmediato.

Marcela estudiaba, pero no pudo evitar notar la extraña actividad de su madre, así como su no menos sorprendente silencio.

—¿Por qué estás tan callada?—preguntó al fin la muchacha.

—Estás estudiando.

—¿Y desde cuándo has dejado de hablar por eso? —replicó Marcela en forma socarrona.

Julia dudó un momento, pero por fin se sentó al lado de su hija y dejó que su lengua se soltara.

—Hoy estuvo tu hermano —dijo en tono confidencial.

—¿Y?

—Él está muy preocupado. Y yo también.

—¿Por?

—Alberto cree que le están mintiendo... Está muy enojado. Piensa que Damián anda en algo feo con Lola, y que tú lo estás tapando.

Sí, por lo visto Alberto no era ningún tonto.

—¿Y de dónde sacó eso?

—Es que ustedes dos... No sé... Tu padre y yo éramos distintos... Y eso que en esa época tu abuela nunca hubiera permitido...

—¿Qué quieres decir? —la interrumpió de mal modo su hija—. ¿Qué no nos besamos en público, qué no damos exhibiciones?

—Bueno, yo no digo mucho, pero... No sé, un abrazo... ¡Ustedes dos se tratan hasta menos que antes!

—¡Eso es una tontería!—se defendió Marcela, aunque sabía que lo que decía su madre era verdad. A ella no le gustaba engañar a nadie, y en cambio Damián parecía muy divertido con toda la situación. Pero por desgracia para él, Marcela estaba bastante enojada como para estrechar vínculos.

—Y Alberto, ¿qué te dijo? —insistió.

—Ya te conté. Está furioso. Creo que si descubre que lo están engañando con lo del noviazgo los mata a los dos... ¡Yo estoy muy asustada! ¡Sabes cómo es tu hermano!

—¡No seas tonta, mamá! —se apuró a decir Marcela, mientras se levantaba para darle un beso—. Mira si le vamos a mentir en algo tan importante.

Su madre por fin logró quedarse tranquila. Lástima que ahora era ella la que no lo estaba.

Definitivamente no le gustaba mentir.