CAPÍTULO 3
Damián
¡Estaba muerto27! Doce horas seguidas en el hospital y una discusión con el jefe de residentes era más de lo que alguien podía soportar. Necesitaba un cigarrillo28.
Se acercó al quiosco29.
—Malboro box, Fito.
Fito lo saludó, y sin decir más le entregó un paquete de pastillas de menta. ¡Bien por Fito!, porque él solía olvidar que había dejado el vicio. Sobre todo en días como ese, en que extrañaba un buen pucho30 entre los labios.
Suspiró. Todo fuera por la vida sana, el medioambiente, y los ciento veinticinco pesos que se ahorraba todos los meses.
Abrió la puerta de su casa y subió directamente a su cuarto. ¡Al menos comenzaba a romperse la racha! Su cama estaba hecha, y su ropa, limpia y planchada, sobre la cómoda. Julia o Marcela, sus ángeles guardianes, habían venido a auxiliarlo. Ese mes todavía no podía darse el lujo de una empleada doméstica.
Se echó en la cama sin desvestirse. Realmente estaba cansado. Pero no podía dormir: la persiana estaba subida, y una leve claridad se colaba por la ventana. Se incorporó para poder asomarse, y de inmediato una sonrisa invadió su rostro.
Sí, todo parecía estar mejor.
Del otro lado sonó el teléfono, sólo una vez. Marcela lo contestó rápidamente. Sabía que era Damián, así que levantó sus ojos y se saludaron a través de la ventana.
—¿Cuánto nos sacamos en la última entrega?
—Ocho—contestó ella. —¿Te desperté?
—¡¿Ocho?! ¿Qué les ocurre a esos arquitectos? ¿No reconocen la precisión de un buen cirujano como yo?
—¡Menos mal que no la reconocen, sino volvería a primer año!
Los dos rieron.
—¿Quieres que vaya? ¿Necesitas ayuda con esa maqueta fea?—se ofreció Damián.
No, el trabajo de la facultad estaba casi acabado y él, por lo que se notaba, también. La vio echarle un beso y cortar. Volvió a tirarse en la cama.
Sí, definitivamente todo estaba mejor.
* * *
Damián despertó sobresaltado. Ignoraba cómo, pero se había quedado dormido. Eran casi las doce. Había dejado plantada a Carla con el desayuno, y por desgracia eso significaba que su furia lo obligaría a dos días de abstinencia. Y dos días sin sexo no era precisamente lo mejor en esos momentos de tanta tensión.
Para él, Carla era como un refugio en medio de una profesión difícil, una vocación que nunca terminaba de alcanzar, un presupuesto eternamente en rojo y, porque no, también la soledad. Sólo pensar en su novia le hacía tensar el sexo. Necesitaba a Carla. Sabía que no lo iba a perdonar fácilmente, a pesar de que era una buena mina. “Buena mina” era la definición de Damián para una mujer que no le exigía nada.... Sí, definitivamente Carla era una buena mina. Buen sexo sin compromiso, sin mentiras. Muy interesada en su profesión de abogada, no incluía la palabra “matrimonio” en su vocabulario. Pero sí, en cambio, exigía cumplimiento horario, sinceridad absoluta y, sobre todo, fidelidad.
—Dos días de abstinencia...—pensó. ¡Y con la necesidad de una mujer que tenía justo en aquel momento!
Tenía la boca seca. Se levantó, tomó agua del grifo del baño, y volvió al cuarto para intentar hacer la cama, aunque decididamente no era nada bueno para esas cosas. Al sacudir la almohada un chocolate cayó al suelo. Sonrió. Su ángel de la guarda había sido Marcela. Se sentó en la cama y lo tragó de un bocado.
Todavía tenía la boca llena cuando sonó el teléfono.
—Hola —farfulló.
—¿Damián? —del otro lado, Lola parecía confundida.
La reconoció de inmediato.
—¿Qué quieres? —preguntó él, aunque sabía perfectamente lo que ella quería.
—Nada... Pensé que podríamos salir.
Su sexo reclamó. Odiaba eso. Odiaba que su sexo ignorara de amistades, celos o prohibiciones.
—¿Tú qué piensas? —insistió ella con voz invitante.
¡¿Qué iba a pensar?! Era evidente que Lola se moría por abrir sus piernas. Pero él tendría que cerrárselas. Nunca había traicionado a Alberto, y jamás lo haría. Debía cortar con esa charla de inmediato. Para su amigo, que él jugara con fuego era sinónimo de haber provocado ya grandes incendios.
—No, no puedo salir contigo —Fue tajante.
—¿Por qué?
Damián sintió tres bips en el teléfono. Por un momento pensó que ella había cortado, pero no, sabía que no era del tipo de las que sueltan fácilmente su presa. Tenía que ser contundente.
Habló con voz fuerte, y las palabras se atropellaron en su boca: —No es que no me gustes. Me gustas, y mucho. Es más, estoy re-caliente31 contigo. Pero nunca podríamos tener una historia32 ¿entiendes? No mientras Alberto esté en el medio.
Del otro lado del teléfono surgió una voz inesperada.
—¿Qué tengo que ver yo en esto?—bramó Alberto. —¡Lola, ¿eres tú?!
Se escuchó un sonoro “click”. La interlocutora de Damián había cortado.
—¡Eres un guacho, hijo de mil putas!—empezó a gritar Alberto, furioso. — Ni bien me doy vuelta te quieres levantar33 a mi mina... ¡Eres una mierda!
—¡No! Espera. Tú no entiendes... —trató de defenderse Damián.
Pero no iba a ser fácil.
—¿Qué, no entiendo? ¡¿Qué estás re-caliente por Lola?!
Damián pensó con rapidez. No podía decirle que estaba caliente por cualquier mujer con la que Alberto estuviera caliente. No podía hacerle entender que jamás se hubiera acostado con Lola sólo porque era la novia de su amigo. Un amigo que definitivamente no quería perder.
—Yo no estoy re-caliente por Lola.
—¿Ah, no? ¡Te escuché decirlo!
¿Cuánto más habría escuchado?
—No era Lola con la que hablaba —mintió Damián.
Alberto estaba confundido.
—¿Y quién era, entonces? Yo escuché claramente que hablabas de mí. Que decías que te iba a matar si me enteraba... ¡¿Quién carajo era, entonces?!
—Marcela—contestó Damián sin dudar.
No sabía cómo ese nombre había llegado a su boca, pero de repente todo parecía ocupar su lugar.