XVI
Se hallaba Ana en reunión con sus amigas en el club Naútico, cuando apareció Juanito con la noticia que en principio los dejó casi sin habla, pero luego, la reacción fue bien estúpida, sobre todo, para la mujer que debiera de correr al lado del novio y postrarse a su lado consolando su dolor. Buena estaba Ana para consolar dolores. ¡Que no se hubiera ido a las minas y en paz. ¡Aquellas quijotadas de niños bien!
—¿Cómo fue eso, Juanito? —preguntó uno de los chicos, con más indiferencia que ansiedad—. La verdad es que Daniel se hallaba bien hace unos cuantos días. Yo tuve carta de él.
El otro tomó aliento. ¡Diablo! Venía impresionado de ver aquel cuadro muy poco agradable. Pobre Dan, qué pena de muchacho; ¡tan joven, tan guapo y con aquellos ojos muertos!
—Fue hace dos días —dijo, respondiendo a la pregunta de su amigo—. Se inflamó no sé qué y le saltó a los ojos. Total, que se ha quedado ciego para toda la vida.
—¿Estás seguro? Pobre Ana —añadió contemplándola compasivamente.
La aludida palideció, pero no hizo comentario alguno.
—Lo he visto esta tarde, ahora mismo —continuó Juanito—. Vengo de allí y os juro que casi me siento tan malo como él... Es impresionante verlo... Aquellas gafas negras tapando lo mejor que Dan tenía en la cara. Me sentí conmovido, la verdad.
—¡Calla!
Todos los ojos se clavaron en Ana, cuya boca muy apretada parecía contener el sollozo que ardía con saña en la garganta, pero no fue precisamente un llanto más o menos dilatado lo que salió al exterior, fue una lluvia de hirientes palabras que, tal vez, sólo a ella lastimaban.
—No continúes hablando. Nada de lo que le sucediera a Daniel me importa.
—Te compadezco, Ana.
—No lo hagas.
—Si embargo, es tu novio. He de sentir pena de los dos.
Saltó impulsiva:
—¿A mí? ¿Compadecerme a mí? Pues no lo hagas. Me siento tan feliz como hace un momento ¿Qué culpa tengo yo que Dan haya sido un cretino? A última hora bien le rogué que no fuera a las minas.
—Pero fue, y ahora es un pobre mutilado; es tuyo, es tu novio —dijo con energía, uno de los amigos de Dan.
—¿Mío? Vamos, déjame que me ría.
Y rió con risa forzada y cruel.
Todos se sintieron asqueados. Aquella muchacha era viperina, ignorante de lo que fuese un sentimiento, vacía como la cascara de una nuez. ¡Qué pena y qué desprecio experimentaron todos los presentes oyéndola hablar!
—¡Ana!
—No puedo remediarlo, Juanito —dijo rabiosa—. El me privó de ser feliz, y ahora... ¡No se lo perdonaré nunca! —confesó fríamente, tomando la dirección de la puerta.
Los amigos hicieron los correspondientes comentarios.
—¡Pobre Ana!
—¡Calla! —saltó Juanito—. Es una mujer despreciable; no tiene entrañas ni corazón.
—Según por el lado que lo mires.
—Por todos, pues es...
Una muchacha cortó fríamente:
—Lo que hubiera sido cualquier muchacha en su lugar.
—Todas no.
—Nómbrame a una.
Juanito sonrió despreciativo.
—Hoy no; espera y verás cómo esa mujer aparece, aunque tenga que salvar la distancia que nos separa de los Alpes.
Y sin descifrar sus enigmáticas palabras, Juanito tomó la dirección de la puerta, dejando a sus amigos intrigados.
* * *
Una vez más, durante seis días, las razones de su padre la sulfuraron.
—Pero si estoy razonando de una forma lógica, hija mía.
—¿Pretendes entonces que me una a un inútil? No, papá, si me hiciera su esposa antes de haberse marchado a la mina, es muy posible que ahora me resignara a servir de lazarillo, pero estando soltera, no seré tan idiota como para desgraciarme para el resto de mi vida.
—¿Qué tienes por corazón, Ana?
Sonrió irónica.
—Nunca me detuve a pensarlo, papá.
—Pues sería conveniente que lo pensaras ahora.
—Te aseguro que lo necesito menos que nunca. Estoy convencida que esa víscera es secundaria en ciertos casos; en éste, uno de ellos.
—Ya veo que además eres perversa.
Se le aproximó, sentándose en sus rodillas con zalamería que cautivaba. Ella era así, pensó el padre con resignación, y ya nadie tendría el poder de cambiarla. Sin embargo...
—He pensado que hoy podíamos ir a ver a Daniel.
—¿Estás loco?
—Sé razonable, querida.
Desde el medio de la estancia dijo rabiosa, con un brillo intenso en la mirada que hurtó de la del padre:
—Daniel tiene que pagarme muchas. Quién sabe si esto es una venganza que envía el cielo.
—¡No blasfemes!
—¿No lo crees tú así? Me hizo padecer como un condenado, que piense ahora en lo bien que sabe padecer.
Y salió, dejando al padre medio atontado.
Cuando a la noche se vieron uno al lado del otro en la amplia mesa del comedor, volvió a insistir, aunque no ignoraba que tratándose de Ana todo había de ser baldío.
—La ceguera de Daniel es muy posible que se cure. Además, los dos sois ricos, ¿qué os importa tener que vivir así toda la vida, si con mayor motivo serás feliz, puesto que tú serás el único amor del esposo?
Negó brusca.
—He de confesarte que jamás quise a Daniel con ese amor que lo arrolla todo. Si hoy el cariño ardiera en mi pecho como pienso que arderá el día que me enamore de verdad, hubiera corrido a su lado, pero así, nunca.
No insistió.
En lo más abstruso de su corazón sentía un dolor inmenso no precisamente por no conseguir verla casada con Daniel, sino por lo que demostraba portándose de aquella manera inhumana.
Uno de aquellos días habló con su hermana y se lo dijo:
—¿Y te disgustas por eso? Te aseguro que no me coge de sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque tu hija ha sido siempre una criatu ra mal criada, y es muy natural que continúe siéndolo.
—Hermana...
No le dejó continuar.
—Estoy hablándote en serio, querido; Ana es insoportable, y si sigue así, nunca será feliz.
Claro que el padre lo comprendía así, pero lo cierto es que adoraba a la muchacha y siempre hallaba argumentos para defenderla ante los demás.
Aquella tarde volvió a insistir cuando la tuvo de nuevo a su lado.
—Si me hicieras caso, Ana...
—No te lo puedo hacer, papá; casi me parece que odio a Dan.
—¡Hija!
—¿Crees que te engaño? Pues mira, tanto es así que pienso ir a verlo para gozarme en su dolor.
* * *
Pero no fue.
Su padre tuvo poder, una vez más, para contener aquel corazón que gustaba de ver sufrir a los demás.
—Eso es impropio de una mujer de tu condición, Ana. Mentira me parece que seas mi hija.
Ha muchacha no repuso nada, aunque en lo más recóndito de su ser, continuaba diciéndose que iría a ver, a Daniel, y se sentiría feliz, gozándose en su dolor.
Aquella noche se hallaba tendida en el lecho con los cojos muy abiertos y el pensamiento cabalgando sabe Dios por qué lugares, cuando el timbre del teléfono la sobre saltó.
Aún tardó en alcanzar el auricular. Presentía que tras el hilo telefónico se hallaba Daniel, sólo él llamaba de aquella manera insistente, haciendo las pequeñas pausas muy breves.
«Alcanza ese auricular y oye su voz. Dile a tu voz que tu cariño es hoy más de él que nunca, y que mañana, sin esperar ni un minuto más irás a verlo y llevarle tu amor...»
Sacudió la cabeza con gesto lleno de altanería. La voz indiscreta no le hacía daño, sino por el contrario, le hacía experimentar un goce íntimo, casi cruel, a fuerza de ser morboso.
Se sentó en la cama y permaneció quieta, con la vista puesta en el blanco aparato y la boca entreabierta burlonamente.
—Ana... Me parece que hace un siglo que he llegado, querida, y aún no te has acercado a mi cama. ¿Es que no lo sabes, Ana? ¿Es que no te han dicho que soy un pobre enfermo? ¿No sabes que mis ojos están quietos y vacíos? ¡Ven, Ana, te necesito tanto!
No soltó la carcajada, pero sí se quedó silenciosa, mirando vagamente algo que no veía.
¿Qué le decía aquella voz? ¿La emocionaba? ¿La entristecía? Sin remedio había de confesarse que sí. Pero lo doloroso era que aun así no sabría jamás resignarse a servirle de lazarillo. ¡Amaba tanto la vida cómoda!
—Ven, Ana —volvió a suplicar la voz varonil—. ¡Si supieras cómo necesito una compañía!
—¿Y tu familia?
—¡Ana...!
Se mordió los labios.
—Iré, Daniel, iré.
—¿Cuándo?
¡Qué sabía ella! La pregunta anhelante parecía impresionarla, pero lo cierto era que no deseaba impresionarse. Pensó también que Daniel despertaba en ella un ansia loca de consagrarse a un cariño, pero su orgullo de mujer le impedía mostrarse tal como sentía su corazón. Comprendió que se estaba portando como una idiota, aunque no se atrevió a rectificar por temor a salir defraudada.
—Tan pronto pueda. Dan —dijo con entonación cansada—. Tengo mucho que hacer estos días.
Oyó la risita sibilante y se enojó.
—¿No lo crees?
—Aunque quiera no puedo, querida, puesto que es el pretexto que buscaste toda la vida.
—Hoy es diferente.
—Pero el argumento es el mismo.
—¿Sabes, Dan? No me parece que estés muy enfermo.
—Es que en realidad no lo estoy. Tan sólo los ojos permanecen muertos, pero eso me parece ahora secundario oyendo tu voz. Tengo ansias de tenerte a mi lado, querida. ¡Ven!
El susurro, la inflexión que parecía quebrarse no le dejó nada, dejóla impasible como si aquella voz no hiciera cosquillas en su corazón, y llevara a su alma un anhelo hasta entonces insospechado.
—Mañana iré, Dan —prometió no muy segura de cumplir—. Yo también me siento ansiosa.
—¿Por verme?
—Lo confieso.
—¡Si eso fuera verdad, Ana!
¿Por qué no había de serlo si siempre diera muestras de quererlo?
—¡Qué sé yo!
—Eso no es una explicación. Muchas veces me pregunto, Ana, si es que estás seca o más bien que quieres estarlo sin conseguirlo.
—¡Cualquiera te entiende!
—Querida, mañana te espero a primera hora.
—Iré a mi salida del club.
Sintió al otro lado una nueva risita sarcástica.
—Di después que me quieres. ¡Si mis ojos estuvieran sanos!
—¿Qué harías?
—No te lo digo porque te hubieras asustado.
Y colgó.
Ana permaneció por espacio de unos minutos con la mano crispada sobre el auricular.
Sí, no cabe duda que iría, peto haría pagar cara la desazón que le atenazaba el alma. Pero..., ¿y qué culpa tenía el pobre infeliz de lo que ella sintiera? Si es que en realidad lo amaba, que se uniera a él y le hiciera la vida dulcísima, ya que con ello podía demostrarle de la forma desinteresada e intensa que le quería.
* * *
—Dile que venga, mamá —pedía Daniel por centésima vez, rogando la presencia de Ana—. Quiero tenerla a mi lado, mamá.
—Pero, hijo...
—¿No es lógico mi deseo? Ahora, ciego, ella será la que me haga la vida feliz; será la mujer, la esposa, la amiga.
—El lazarillo —terminó una voz de mujer, fría y rabiosa.
—¿Estás ahí, Ana? —gritó incorporándose—. ¡Ana, Ana! —y alargaba los brazos con ansia de estrecharla contra él, pero no pudo lograrlo.
Ana apartóse mucho más aún. Volvióse hacia la dama que la miraba impasible, sin dejar ver el desprecio y la rabia que ardía en su corazón de madre. Era la única que podía verla y le pareció que aquélla carita de ángel, de facciones dulces y suaves, era la del mismo demonio. ¿Qué importaba que por fuera enseñara una carita dulcísima, si estaba por dentro completamente vacía?
—Lo siento, pero...
—¿Qué vas a decir, Ana? —preguntó ahora el enfermo.
—No me siento con fuerzas para ser todo eso que deseas. Dan. Si no hubieras ido a las minas...
—¡Ana!
El grito dejóla fría. La dama la contempló impasible, sin que en su rostro se dejara ver una partícula de extrañeza. Aquello lo esperaba. Era propio dé Ana Conell.
—Dime que lo has dicho en broma, Ana —pidió Dan con un hilillo de voz.
La madre tornó a sonreír.
—No; habla en serio, Daniel —murmuró con entrecortada voz—. Ana siente lo que dice, lo ha sentido desde el primer momento.
El enfermo se estremeció en el lecho, pero su boca permaneció fuertemente apretada.
Ana, de pie ante la cama, miraba con indiferencia todo cuanto la rodeaba, sin parecer notar que la madre de Dan permanecía a su lado quieta y erguida como esperando su total reacción.
—Que se marche, mamá —dijo con esfuerzo—. Ya sé cómo siente y lo que piensa.
Ana, en silencio, dio la vuelta saliendo de la estancia, no sin antes decir con absoluta indiferencia y una frialdad que helaba la sangre en las venas:
—De verdad lo siento, Daniel. Sé que te restablecerás pronto, y hasta es muy posible que me acompañes al próximo baile del casino.
El enfermo negó con rabia diciendo:
—¡Eres un reptil!
Cuando se hubieron quedado solos madre e hijo, dijo este último con rudeza, como si quisiera borrar de su mente la mala impresión que la visita de Ana le había dejado:
—Has de procurar, madre mía, que Daisy sepa, dondequiera que se halle, lo que me sucede.
La respuesta de la dama salió impregnada en llanto.
—Ignoro su paradero, hijo.
—No será tan difícil hallarla.
—Lo procuraré.
Y lo hizo. Sin embargo, Daisy no dio señales de vida, hasta que una noche...