IV
Presintió que su madre le diría aquella misma tarde lo que hacía muchos días se asomaba a su boca.
Esperó, paciente, mientras simulaba leer una revista...
—¿No sales hoy?
Antes de responder tuvo que sonreír irónico. ¿Por qué su madre temía siempre abordar el tema que más le inquietaba?
—No tengo objeto, mamá —repuso dulcemente, alzándose de la butaca y viniendo a sentarse a su lado en el diván que ocupaba la dama—. ¿Es que te disgusta que me quede en casa?
—No, por cierto; siento que sufras, hijo, eso sí es cierto.
—Si no sufro, mamá.
La dama negó rotunda:
—No pretendas hacerme creer lo que yo estoy viendo. Sufres y ella no es merecedora de tu tortura.
—Pero, mamá —rió con esfuerzo, alcanzando una mano de la dama y apretándola entre las suyas, con nerviosismo—. Si no tengo por qué sufrir, si me considero dichoso, si nadie disfruta de la vida tanto como yo.
—¿Has tenido carta?
Ante aquella pregunta, hecha con brusquedad, el semblante del hijo se descompuso. Levantóse comenzando a medir la estancia a largos pasos.
—¿Lo ves? —volvió a decir la dama con pesar—. Ella no es merecedora de que te tortures de esa manera.
¿Por que todos os habéis puesto de acuerdo pava hablarme así? ¿Qué tiene ella que no sea de vuestro agrado? Maldita sea, mamá, qué desgraciado he nacido, qué mezquino me veo, qué... ¿Sabes? —dio la vuelta en redondo quedando en pie ante su madre, cuyos ojos dulces se posaban compasivos en el rostro viril, ahora alterado de una forma terrible—. De buena gana me iba a la China para no volver.
Las manos de la madre se posaron en los anchos hombros de Daniel.
—Si supieras, hijo —musitó con esfuerzo—, que de mejor gana te vería emprender el camino que te condujera a China, antes que saberte en brazos de esa mujer.
—¡Mamá! —gritó áspero, arrancándose de su lado—. Ana es la única que llevará mi nombre, y si me desprecia, jamás volveré a mirar a otra mujer.
—Estás obcecado, Dan. Ana no merece que pienses en ella, es...
No pudo continuar; un portazo y la figura de Daniel se perdió jardín adelante.
En seguida apareció don Alberto Klein en la terraza, donde se le reunió su esposa, cuyos ojos húmedos seguían la silueta arrogante del hijo hasta que éste hubo traspasado la verja y se perdió por la calle.
—¿No te lo he dicho, Flora? Es inútil que trates de convencerlo, ya que todo ha de resultar en vano.
—Ya lo veo. Sin embargo, presiento que Daniel algún día verá claro y la olvide.
—Quizá te equivoques.
* * *
No se dio cuenta que iba caminando por el monte hasta que se vio aliado de Daisy, tendido en la fresca hierba.
—Necesitaba venir, Daisy, necesitaba como nunca estar a tu lado.
—Señor...
—No me llames así —casi gritó, fuera de sí—. Perdona, Daisy; soy un insensato y hoy tengo los nervios a flor de piel.
—Si yo pudiera consolarle.
—Puedes, Daisy, sólo con que me oigas ya me consuelas.
—Pues hable, hable mucho, no le importe lo que pueda decir, yo lo oiré todo, pero al mismo tiempo todo lo olvidaré cuando usted lo desee.
La miró muy de cerca. Fue entonces cuando la encontró bonita, seductora, divina, con aquella carita morena, donde los ojos grandes parecían dos espejos transparentes y la boca un coral tentador.
—Eres muy lista, Daisy —dijo muy bajo—, lista y linda. ¿Nunca te lo han dicho, Daisy?
La muchacha le hurtó los ojos.
—Ya no lo recuerdo.
—¿Te lo han dicho, verdad? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Di! ¿Quién?
¿Por qué se ponía así? ¿Qué le importaba a él todo aquello? ¿No había venido a su lado para desahogarse? ¿Por qué hacía preguntas tan estúpidas? ¿Por qué?
—No me contestes si así lo deseas, pequeña —musitó al tiempo de aspirar hondo y buscar ansioso el firmamento—. No me digas nada, Daisy, pues nada de lo que puedas decirme me interesa.
Era cruel y tal vez no lo ignoraba. Daisy también aspiró hondo, quedando muy quieta sobre la hierba, con la cabeza vuelta hacia el ganado que pastaba a pocos pasos de ella.
—Me siento deprimido, Daisy, deprimido y triste. ¿Por qué el mundo será tan malo? ¿Por qué las criaturas serán tan falsas? Si yo tuviera poder, Daisy, haría del mundo un paraíso.
—Pero como no lo tiene...
—¿Es que te burlas?
—¡Dios me libre, señor!
—¿También tú eres falsa? ¿También tú? ¡Qué pena, me da de vosotras, criaturas vacías!
Pasó la mano por la frente como si quisiera apartar los malos pensamientos que la enturbiaban. Y prosiguió tan bajo que ella más bien lo adivinó:
—Todavía no sé nada de ella, Daisy; prometió escribirme y no lo hizo. ¿Crees que es mala como aseguran todos, Daisy? Dime la verdad, yo sé que tú piensas bien, que no te equivocas.
—Pero, señor, si yo soy una pobre infeliz que nada conoce, que nada sabe, que nada ve.
—¡Mentira! —musitó, arrastrándose y viniendo de nuevo a tenderse a su lado—. Yo sé que sabes pensar y sentir. Tienes un concepto formado de ella y me lo Vas a decir, sea bueno o malo.
—No lo tengo, señor.
—Sí lo tienes, Daisy. ¡Dímelo!
La muchacha no pudo ya por más tiempo contener el sollozo que le oprimía la garganta.
—También ahora usted me está torturando —gimió, ocultando la cabeza contra la hierba—. ¡Déjeme y vayase! ¡Se lo suplico!
—¡Daisy!
—¡Vayase!
* * *
Hacía muchos días que no la había visto, cuando una noche, hablando de sobremesa, dijo la hermana mayor:
—Ayer me encontré en la iglesia con Daisy, la criadita de los Conell. Pienso que muy pronto esa muchacha irá a un convento.
—¿Qué dices? —saltó él, extrañándose de sentirse aquel golpetazo en el corazón—. ¿Es que estás loca? Daisy no será monja jamás.
Todos lo miraron entre extrañados e interrogantes.
—¿Es que la conoces? —preguntó, divertida la madre—. Parece como si por ser algo de la casa de Ana, ya la defendieras cual si alguien fuera a lastimarla.
—No te burles, mamá —pidió serio y frío—. Daisy es una criatura angelical.
—Con mayor motivo entonces tengo razón al asegurar que se meterá monja.
—No digas sandeces. Dáisy es muy buena, muy cristiana, pero de monja no tiene nada.
—Después no quiso oír los comentarios que ellos hicieran. Terminada la cena salió al parque, con objeto de caminar en dirección al corral de los Conell, donde estaba seguro había de encontrar a Daisy, pero no fue así.
Hubo de esperar al día siguiente y buscarla en el monte, en aquella cima donde tantas y tantas veces soñó ella, viendo pacer a las vacas.
¿Por qué se interesaba por algo que nada debía importarle? Bien se notaba que el trabajo era poco...
¿Por qué? ¿Por qué no trabajaba él como los demás hombres? Sonrió sarcástico. Sí, su padre tenía mucho dinero, mucho. ¿Era por eso por lo que él se despreocupaba de todo, limitándose a vivir como un parásito?
No tuvo tiempo de pensar más, ya que sus ojos quedaron presos en la figulina oscura que tendida sobre la hierba, permanecía quieta y muda, con las pupilas muy grandes posadas en el infinito. ¿Qué pensamientos embargaban aquella cabecita de rizos negros? ¿Estarían, como había dicho su hermana, llenos de misticismo hacia lo divino, despreciando quizá lo humano? Y si era así, ¿qué podía hacer él, pobre profano, al lado de una criatura angelical?
Muy despacio fue aproximándose hasta dejarse caer a su lado. ¡Qué frágil era! ¡Vista así, a su lado, siendo él tan alto, tan corpulento, tan hombre cuando ella parecía una chiquilla menuda, débil... Tuvo imperiosos deseos de cogerla entre sus brazos y apretarla ansiosamente hasta hacer que la faz melancólica se tornara alegre y feliz. ¿Pero qué derechos le asistían? Ninguno, ni siquiera un sentimiento que pudiera llamarse más íntimo que la amistad que los unía por sentirse quizá los dos tristes y deprimidos.
—No he venido desde hace muchos días, es cierto. pero no es menos cierto que tuve que hacer inauditos esfuerzos para contener las piernas que querían escapárseme en esta dirección.
Pensó que iba a sobresaltarse al oírlo, pero no fue así. Quedóse quieta donde estaba, con las manos cruzadas sobre el pecho y la vista muy lejos de allí.
—¿No me has oído, Daisy?
—¿Por qué ha venido? ¿Por qué no ha continuado haciéndose fuerte ante el deseo y se quedó allí?
Un silencio; después...
—¿Me reprochas?
—No soy nadie para hacerlo, señor.
Se revolvió inquieto. ¡Cómo le dolía no sentir la mirada verde puesta en su rostro! ¿Por qué le hurtaba la mirada de sus ojos divinos? ¿Y por qué la deseaba? ¿Por qué? ¿Es que el alma humana, la de él, sobre todo, era similar a la de todos? ¿Sería por desgracia tan débil e inútil como los demás?
—Lo eres todo, Daisy —repuso con un hilillo de voz ronca y temblorosa—. Es extraño todo lo que me sucede, pero el caso es que si hoy no hubiera venido a tu lado, me hubiera sentido malo y descontento. ¿Qué tienes, Daisy, que me atraes?
—Nada, señor; si es que algo hay en mí que le agrade será a buen seguro porque soy una de las más inferiores sirvientas de Ana Conell.
Y el nombre de su señorita salió sibilante de entre los labios bonitos, plegados ahora en una mueca de desprecio y soberbia.
—¿La odias, Daisy?
La muchacha se puso en pie con una energía impropia de su fragilidad.
—No quiero oír hablar de ella —gritó más que dijo, mirando a Daniel con el mismo desprecio que puso al pronunciar las palabras—. Vayase y no vuelva más a mi lado. Tanto ella como usted son despreciables. Ella por engañarle, por haberse ido, cuando su deber era quedarse a su lado si es que le quería..., y usted... —aquí un acento bronco, una mirada honda, más llameante que nunca, más interesante también, diciendo algo de la mucha pasión que ocultaba aquel cuerpo esbelto y cimbreante—, porque demuestra ser un débil gusano que se doblega a los caprichos estúpidos de una mujer sin corazón, a quien adora como a un ídolo, porque tiene un cuerpo bonito, unos ojos provocativos y una boca sensual, pero nunca por haber visto en esos ojos un trocito de alma, jamás por haber oído de esa boca una palabra dulce... Es usted...
—¡No lo digas, Daisy! —gritó, yendo a su lado y sacudiéndola por los hombros, como si quisiera hacerle entrar en razón.
Se arrancó de su lado y corrió monte abajo, al encuentro del ganado. El la siguió, y cuando hubo llegado a su lado, quedóse quieto ante la figulina que tendida en el césped, sollozaba desesperadamente.
—Daisy...
Nada repuso. Con el rostro entre las manos continuó llorando.
—Tienes razón, Daisy; yo sé que todo es cierto, pero...
—¡Vayase!
—Antes vuélvete y mírame.
No esperó que ella lo hiciera. Arrodillóse a su lado y apartó dulcemente los brazos de aquella cabeza que se obstinaba en permanecer oculta entre las manos.
—Así, con tus ojos puesto en los míos, dime por qué no me has dicho eso la tarde aquélla en que te pedí que me dijeras lo que te parecía mi novia, el concepto que de ella tenías formado. Si supieras, Daisy, que ya no sufro como antes, que ya me parece que no la quiero tanto...
Silencio por parte de la chiquilla. Los pensamientos que bullían dentro de aquella cabeza y aquel corazón nunca ella hubiera permitido exteriorizarlos, pues antes dejaríase torturar que verse expuesta a la risa y humillación de las gentes, y menos que de nadie, de él.
—Habíame, Daisy, dime qué piensas.
Se arrancó de su lado, volviéndole la espalda.
—¿Insistes en que me vaya, pequeña?
—Sí.
—Volveré, Daisy, volveré.
A ella no le importó cuándo había de ser la vuelta, ¡qué más daba! Cuando quiera que fuese había de ser demasiado pronto para continuar sufriendo.