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Después de aquella escena que ponía bien de manifiesto los sentimientos de su corazón, no pudo negar el amor que sentía en su almita virgen.

—¿Es cierto, Daisy? Dime que me amas, anda, dímelo.

Y ella, que aún veía en Daniel al señor que siempre había intimidado sus dieciocho años, bajó la cabeza ruborizada sin atreverse a responder.

Era algo más fuerte que ella, que el amor que le profesaba, que sus ansias de mujer, que todo, aun cuando el sentimiento fuera inmenso y su anhelo mucho mayor.

Tuvo fuerzas para alzar los ojos y clavarlos dulcísimos en los de él, en una mirada intensa que a fuerza de resultar elocuente parecía más bien audaz.

—No es preciso que te ruborices, Daisy, yo sé que eres una deliciosa ingenua, yo sé que me quieres, lo veo en tus ojos, en tu boca que parece temblar, en tus manos que parecen huir de las mías.

—¡Calla!

—¿Por qué? ¿Es que no te gusta oírme decir de la forma que te quiero?

—No es eso —musitó, poniéndose en pie—. Tengo miedo, miedo de la vida, de tu familia, de mí misma, que seguramente no sabré comprenderte.

—¿Qué disparate estás diciendo? —se alteró enojado.

—No me mires así, Daniel, me haces daño. He pensado marchar —añadió resuelta—. Marchar muy lejos, donde no vuelvas a verme, donde no puedas ir; estoy segura que me olvidarás.

No esperó que continuara diciendo lo que consideraba tremendos disparates. La alcanzó por la cintura, y apretándola desesperadamente contra su pecho, fue rudo, fundiendo su corazón con el de ella, que parecía desbocarse a fuerza de golpear ansiosamente.

—Mírame, así, sin apartar tus ojos de los míos, dime que te atreverás a marchar y dejarme. ¡Dímelo!

Pero no pudo. Cierto que su boca iba a pronunciar una palabra, pero la de él ahogóla con un beso inacabable que le robó poder y voluntad.

Era la primera vez que la besaba un hombre y creyó que con el beso se le iría el alma. Aquella sensación de ahogo, aquel anhelo que del corazón le subió a los labios... Tuvo que entregarlos y quedar muy quieta, viviendo el momento con toda la intensidad que le permitía su deliciosa inexperiencia.

—Así te quiero, Daisy —dijo en voz baja, cuando tuvo fuerzas para mirarla a los ojos que se anegaban en llanto—. Eres maravillosa, querida mía, maravillosa.

Y de nuevo buscaba el consuelo allí donde sabía que lo hallaba.

—Hemos de casarnos en seguida, pequeña. Hoy hablaré con mis padres. Mañana a primera hora te buscaré en esta misma casa.

*    *    *

—He de hablarte, mamá —dijo penetrando en el saloncito, donde, sentada en un diván, hacía punto la dama.

—Siéntate, hijo, tú dirás lo que deseas.

No esperó a entrar de lleno en el asunto que lo llevaba allí. ¿Para qué? Presentía que el resultado había de ser, de todas maneras, desastroso, pero ante todo y sobre todo, estaba su voluntad y ésa lo conducía por el camino recto, sin que otra voluntad lograra variar su ruta.

—Hace días que te hablé de mi próximo enlace con Daisy.

La dama cortó con un gesto.

—Creí, y con razón, que nos estabas gastando una broma, espero que hoy sea igual.

La boca viril distendióse en una mueca sarcástica.

Ni aquel día era una broma ni lo es hoy. Ruégote, mamá, que antes de dar tu consentimiento te mires muy bien, pues pese a todo y ante todo, no quiero forzarte a asistir a mi boda ni a poner de manifiesto tu rencor ante ella. De todas formas —añadió enérgico—, Daisy será mi esposa dentro de breves días, y no quisiera ver un familiar a mi lado, si es que éste había de presentarse con cara larga y ojos despreciativos. Daisy es digna de respeto y es mi novia —concluyó con absoluta sinceridad sin dejar lugar a dudas sobre la veracidad de sus rotundas palabras.

La madre hizo un esfuerzo para contener el efluvio de palabras que acudía a sus labios, llenas de reproches, y se puso en pie.

—Si es que ella tiene más poder que una madre —dijo conteniéndose a duras penas la rabia—, vete a su lado y cásate, pero piensa que esta casa se halla cerrada para ti y para ella.

—¡Mamá!

Hizo un gesto conteniendo la súplica de él.

—Es mi última palabra, hijo. Estoy segura que tu padre pensará como yo.

—He comprobado, mamá, que ni uno ni otro tenéis corazón.

—¿Aún te atreves a reprocharnos?

No repuso nada. Salió del saloncito dando un portazo formidable.

En seguida se presentó el padre en la estancia.

—¿Qué le has contestado? —preguntó, sentándose al lado de ella—. No consentiré jamás un tamaño disparate. ¡Una criada de servir! —desdeñó con rabia—. Es bochornoso, Mary, tanto para él como para nosotros...

—Le he dicho que esta casa estará cerrada para él.

—¿Piensas que le importa?

—Sí. Daniel ha sido siempre un hijo modelo. Nos ha querido con locura y le costará prescindir de nuestro cariño. Además, no me explico con qué cuenta para vivir.

El padre sonrió burlón.

—Eso ya lo ha arreglado, querida, tiene el apoyo del filántropo de tu hermano, que le dio trabajo en su despacho.

—¿Pues sabes que es un gran porvenir para un Klein?

—Para un Klein tal vez no, pero para el marido de una criada, sí.

—No hables con esa crudeza, me haces daño.

—¿Crees que no me lo hago yo? Pues, sí, Mary, si él volviera a razonar...

—No esperes que lo haga. Es terco como lo eres tú y lo fuisteis todos los de tu familia.

—¡Mary! —tuvo que reír de la energía de las palabras de su mujer—. Confieso que somos tercos, pero nunca por cosas absurdas.

*    *    *

El tío Daniel era mucho más campechano. Viólo entrar y salió a su encuentro con las manos extendidas.

—Cuánto me alegro, sobrino, pero, ¿y esa cara? ¡Jesús, hijo, parece que sales de una funeraria! ¡Cuéntame qué te sucede!

Dan dejóse caer en el sillón que le cedía su tío y pasó una y otra vez la mano por la frente fría.

—No consienten en ese matrimonio —dijo con rabia—. Se empeñan en hacerme la vida imposible.

Don Daniel emitió una risita ahogada.

—¿Y te preocupas por eso? Vamos, hombre, sé razonable y ante todo sé un verdadero hombre.

—¿Es que dudas que lo sea?

—¡Hum! Viéndote con esa expresión, cualquiera diría que eres un chiquillo.

—No te burles, tío.

—Pues, ponte enérgico y cásate por encima de todo. ¿Es que vas a tomar en cuenta lo que diga mi señora hermana y reverenda madre tuya? No te inquietes, doña Maria Sepúlveda está como una cafetera llena de granos azules de esos que dieron en llamarles prejuicios...

—¿Piensas que no cuento casarme por encima de todo?

—Nunca lo he dudado, sobrino —repuso con risa pícara—. Y te advierto que cuento que lo hagas pronto para luego venir a mi lado. Hay mucho trabajo, y presiento que serás un gran auxiliar para mí. El sueldo será espléndido. Tu esposa, esa Daisy, a quien admiro y quiero como si ya fuera tu mujer y madre de tus hijos —aquí una risita ahogada, llena de picardía, el sobrino dio un respingo—, podrá vivir maravillosamente, llena de lujo y comodidad... Ea, vete a buscarla que hoy coméis conmigo los dos. ¿Qué os parece si vivierais en mi casa? Me siento muy solo.

—Tío, ¿cómo voy a corresponderte?

—Queriéndome un poquito. ¡Fue una pena el que me empeñara en quedar soltero!

—Abrázame, tío.

El anciano lo apretó entre sus brazos conteniendo apenas la emoción.