VII

—Si me llaman por teléfono, di que no estoy en casa. Que ignoras el día de mi regreso.

—¿A todo aquel que llame he de dar la misma respuesta?

—¡A todos!

Aquello lo había dicho hacía diez días, desde los cuales permaneció encerrado en la casa que le servía de hogar, causando la risa y la burla de sus hermanas.

—¿Pero, cómo es posible? No lo puedo creer, Dan; tú, el hombre más audaz de nuestra sociedad sometido de esa manera a una vampiresa, ocultándote por ella... Vamos, Dan, es bochornoso.

Ni se había inmutado. ¿Para qué? De todas formas, estaba seguro de que continuarían mofándose igual.

—No me interesa, Ana.

Vio cómo todos los ojos se volvían a él, escrutándolo detenidamente

—¿De verdad lo dices, Dan? —preguntó su hermana menor, brillantes los ojos de satisfacción—. ¿Por qué entonces te quedas en casa como ocultándote? Ella te llamó más de dos veces diarias en estos días de encierro. Y nosotras, que estamos deseando humillarla, hemos disfrutado de lo lindo, abriéndola rabiosa. Sin embargo, encuentro bochornoso para ti que le tengas miedo.

—¿Miedo? ¿Estás loca, hermana?

—No, hijo, pienso que digo la verdad.

—Vamos, Diana, di que no me conoces y en paz.

—Por eso mismo, porque te conozco, digo eso. Siempre has sido tímido, enemigo de poner en evidencia a nadie... ¡Quién sabe lo que tú piensas y sientes!

Estaba demostrado que se burlarían, de él indefinidamente. Púsose en pie y salió al jardín, con objeto quizá de despejar la cabeza, pero lo cierto fue que no lo consiguió.

Miró el firmamento cubierto de grisáceas nubes. La bóveda, celeste otros días, mostrábase en aquel atardecer gris, plomiza, parecía que rozaba amenazadora las altas montañas.

—Hace mucho tiempo que no subí allá —dijo en alta voz—. He de ir; necesito ir...

Puso sobre su cuerpo una gabardina y tomó el camino del monte. El terreno era angosto, resbaladizo; iba despacio, como gozándose en contemplar las altas rocas que se alzaban paralelas al monte inmenso, más negro y amenazador aquella tarde de principios de invierno.

Cuando hubo llegado a la cúspide giró sus ojos en torno, con avidez, con ansia mal contenida. Allí la vio, acurrucada contra la caseta de burda piedra, con las pupilas perdidas en las hojas de un libro... El ganado pastaba silencioso, esparciéndose en derredor de ella.

Aquella tarde no fue como otras en que llegaba silencioso y se dejaba caer a su lado; caminó lentamente, con paso fuerte y recio para que ella levantara la cabeza y le sonriera.

Daisy lo hizo: levantó la cabeza linda, pero ni sonrió como esperaba. Abrió la boca en una mueca indefinible y cruzando las manos sobre el libro quedó así: quieta y callada, esperando que se le aproximara. Daniel quedó de pie ante su figura, con los ojos fijos en la carita pálida y las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina.

Observó en aquel rostro demacrado las huellas indelebles de un profundo dolor. ¿Qué le sucedía? ¿Por qué sufría? ¿Y por qué tenía él en el corazón aquella amargura inmensa que parecía roerlo todo, desde que la vio triste a ella?

—Hola, Daisy; de nuevo me sentí ansioso de sentarme a tu lado.

Ella nada repuso; continuó con los ojos quietos, fijos en el rostro de Daniel, cuyas manos fueron a prenderse sobre las frías de la chiquilla, sin lograr ni así sacarla de su apatía.

—¿Qué tienes? ¿Estás muy fría? Dime algo, Daisy, ¡dímelo!

Fue entonces cuando una sonrisa de sarcasmo floreció en la boca húmeda.

—¿Por qué ha venido? Yo estaba bien sola. Me gusta estarlo.

—Antes eras feliz viéndome llegar.

Volvió a sonreír, al tiempo que rescataba sus manos.

—Déjame, Daisy, ¡las tienes tan frías!

—Aunque el día arda, mis manos siempre están igual.

—Eso quiere decir que tienes el corazón ardiente.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—No lo sé, señor; nunca me he detenido a pensar en esas cosas.

Le asaltó un deseo. Jamás hasta entonces habíale interesado hacer tales preguntas, pero quiso saber lo que aquella extraña criatura pensaba de ciertas cosas y preguntó:

—Dime, Daisy, ¿nunca has tenido novio? ¿Nunca has estado enamorada? ¿Qué piensas tú del amor? ¿Cuál es tu concepto respecto a ese sentimiento?

La vio palidecer; creyó que la respuesta iba a salir impregnada en llanto, pero se equivocó.

—Son muchas preguntas para una sola vez, señor; de todas formas, creo que es fácil responder, ya que no conozco nada de eso. Ni sé lo que es el amor, ni me encuentro con aptitudes suficientes para emitir un juicio de algo que me es totalmente desconocido.

—¿Ni has tenido novio?

—Nunca.

—Pero deseas tenerlo, Daisy, todas las chicas lo desean.

—¿Y para qué? ¿No me dirá ahora usted para qué hemos de desear tener novio, si el deseo poco importa cuando el corazón no lo llama?

Se incorporó a medias en el césped y añadió con voz lejana como si hablara por sí sola:

—Sí; aunque nunca he amado, he sentido el amor...

—¡Daisy!

La muchacha pareció salir de un sueño morboso. Alzó los ojos y los dejó caer en la faz descompuesta del hombre.

—¿Por qué se pone así?

Se arrastró hasta su lado, cogiendo entre las suyas las manitas de ella.

—¡Daisy, Daisy! Si tú has sentido el amor, dime: ¿cómo es? ¿Qué te parece?

—Maravilloso —susurró con voz tenue, casi imperceptible—. Es maravilloso, pero sólo porque lo soñamos; si lo viviéramos, ya no sería igual.

—Si el hombre lo sentía como tú...

—¡Nunca! El hombre es falso: no sabe sentir.

—No generalices, pequeña. Yo...

—Usted como los demás. Pregúnteselo, si no, a Ana Conell.

—¿Qué has de decir Ana Conell?

La respuesta salió despreciativa de entre aquellos labios preciosos, más tentadores que nunca aquella larde que moría lentamente y ponía en sus facciones la tonalidad grisácea de sus sombras brujas.

—Que usted se pliega ante sus caprichos sólo por el hecho de que es mujer bonita, hermosa y tentadora, aunque nunca sea la inspiradora de un amor sano y honrado como el que pueden inspirar otras mujeres más vulgares físicamente, pero guardando en su pecho virgen aún, esos sentimientos que el modernismo desterró de esos cuerpos escultóricos que se exhiben en las playas de moda. El amor que yo comprendo, no es el que nace de la contemplación arrobada de un físico hermoso, es el que nace viendo los sentimientos, los ojos, la luz del alma que aunque se quiere ocultar sale por ellos.

—¡Daisy! —casi gritó con voz ronca que más bien parecía un gemido.

Ella le miró vagamente.

—¿Qué? —preguntó ausente—. Creo que he dicho una serie de tonterías imperdonables.

—No es eso, Daisy. Se me antoja que lo has definido de una forma exacta, ¿no crees?

—¡Quién sabe!

Siguió un silencio que ninguno de ambos interrumpió:

No se fijaron en que la noche llegaba y el ganado caminaba cuesta abajo, en dirección al pueblo guiado por el instinto.

Cuando Daisy asustada y medrosa se puso de un salto en pie, halló ante ella la figura rígida de uno de los peones de la finca de su amo, cuya boca sonreía burlonamente con hiriente sarcasmo, mientras señalaba con un dedo la espalda de Daniel, que perdíase a lo lejos, monte abajo.

—De esa forma cuidas tú el ganado, mala hembra —dijo con desprecio—. ¿Así es cómo atiendes los bienes de quien te proporciona el pan?... ¡Ah, qué tontos son por haberte recogido!

—No hables así, Pablo —pidió, retorciendo las manos con desesperación—. Yo no he tenido la culpa de que el ganado se haya ido.

Cortó brusco:

—La ha tenido él, ¿verdad? Claro, haciéndote el amor. Qué tontos son esos que no ven. Anda —gritó con aspereza, sin delicadeza alguna— Vente a mi lado y vayamos a casa. El amo te despedirá.

Unió las manos ansiosas y desesperada.

—¡No, por Dios, Pablo! Te lo suplico que no digas nada. Fue un descuido que no volveré a tener...

La carcajada pareció herir los ámbitos.

—Camina delante y déjate de gimotear.

*    *    *

El padre la hubiera perdonado, pero ella, sabiendo que había pasado la tarde con el hombre que ella deseaba, jamás perdonaría a la harapienta muchacha el haber entretenido a Daniel, cuando ella lo estaba queriendo como nunca presumiera que pudiera quererse.

—No la quiero ver más en casa, papá. Daniel Klein es un canalla, un degenerado, que vaya en su busca, que viva con él; estoy segura que tiene bastante dinero para mantenerla.

—¡Hija!

La muchacha continuó despreciando sin cesar, sin tener en cuenta que muchos oídos estaban oyendo y muchos ojos mirando.

El ama Rosa permanecía callada, contemplando angustiosamente la figura encogida de Daisy, cuya cabeza se inclinaba torpemente sobre el pecho.

—He dicho que se vaya; aquí no habrá más trabajo para ella.

Y las últimas palabras produjeron una reacción violenta en la dulce Daisy.

Aproximóse a su señorita y mirándola con desprecio, manifestó en voz baja, pero tan enérgica que todos se sintieron intimidados:

—Me iré, pero ten la seguridad que jamás, ¡jamás!, serás de él. No porque a mí me interese, ni como un buen amigo, sino porque no lo mereces. Eres demasiado mezquina y calculadora para ser la esposa de un hombre franco y noble como Daniel Klein.

Ana alzó la mano para cruzar el rostro de la criada, pero no lo consiguió. La cabeza de Daisy se alzó con arrogancia y volvió a decir:

—Adiós a todos. Habéis sido muy buenos conmigo, os estoy muy agradecida.

Ya no se detuvo. Cogió la ropa que un mozo le alargaba y salió a la calle, no antes de haber posado los ojos en la faz húmeda de Rosa.

—Te recordaré siempre, ama.

Esta se adelantó suplicante.

—No te marches, Daisy. ¿Adónde vas a ir?

Se encogió de hombros.

—¿Qué importa? Estoy segura que encontraré dónde prestar mis servicios.

Rosa la siguió hasta el jardín.

—Vete a casa de mi hermana. Ella te atenderá. Sabe que te quiero como a una hija, estoy segura que te querrá mucho.

No repuso nada. Conformóse con besar muy fuerte a su amiga y salió a la calle.