III

—No me explico, Dan, ¿para qué queréis los hombres la dignidad? Es vergonzoso que ante unas faldas os pleguéis a los estúpidos caprichos de una mujer. Te advierto que mamá y papá están muy indignados.

—¿Por mis amores?

La hermana se inclinó más hacia él. Lo contempló suplicante.

—Por todo, Dan. Ana es una mujer odiosa, egoísta, falsa, calculadora, orgullosa... tiene todas las cualidades que una mujer debe despreciar, para adquirir otras más puras, más femeninas...

—¿Dicen todo eso los papas? —preguntó rabioso—. Has de saber, Flor, que soy mayor de edad y puedo hacer lo que me venga en gana.

—Supongo que un consejo también lo admitirás.

Daniel hizo un gesto vago. Se hallaban en el saloncito particular de su hermana mayor, adonde había ido con objeto de saber si ella conocía algo del paradero de Ana, de quien nada supo desde el punto y hora que se había ausentado de la ciudad.

—Ya soy mayorcito para necesitar consejos —dijo áspero—. Deseo saber si has sabido algo de Ana, lo demás no me interesa.

—Siempre creí que eras un hombre de más dignidad.

—Cuando se ama, poco importa la dignidad.

La hermana se sulfuró.

—¡Pero si tú no puedes amar a Ana! —gritó ya fuera de sí— Es una mujer despreciable que no sabe querer, e ignora lo que es la ternura.

—Pero la amo apasionadamente —repuso, ronco, con más deseos de matar que de contemplar—. Sé todo lo que me dices, comprendo lo que buscas, lo que es lógico... Todo lo sé, hermana, pero cuando se quiere como yo quiero, somos sordos, no deseamos más que aquello... ¡Dios! —se puso en pie, fiero y rudo—. Estoy seguro que si ella me viera así, habría de reírse a mandíbula batiente.

—¿Lo ves? ¿Te das cuenta de cómo tú mismo lo reconoces?

—¿Cómo no voy a reconocerlo si la adoro y sólo vivo esperando el momento en que sea mía?

Flor se llevó las manos a la cabeza. Era ya una mujer de muchos años, con hijos y esposo, llena de experiencia y desengaños, y no le era difícil comprender de la forma que su querido Dan se lanzaba al abismo...

—¡Oh, Dan! No te puedes imaginar lo que pienso de todo cuanto me has dicho... Sólo te ruego que pienses en lo que voy a añadir: Como aseguras, sólo ansias el momento de hacerla tuya, pues yo te digo que ese momento, si es que tú no reaccionas y la maldices, despreciándola como ella ahora parece despreciarte a ti, conocerás momentos de locura a su lado, no porque ella te los proporcione (hasta de eso es incapaz), sino porque tú, con tu anhelo de hombre, los buscarás... ¿Pero después? Cuando esos momentos transcurran y te encuentres a ti mismo, al desnudo no cubierto con la capa de púrpura, te cercará en esos momentos de desvarío. Te despreciarás, Dan, te llamarás insensato y buscarás en los ojos de la compañera un hálito de comprensión, una mirada dulce que te llegue más allá del corazón y te inunde el alma de dulzura... No encontrarás nada de eso, Dan, nada: Ana es incapaz de querer ni de inspirar cariños sólidos, fuertes, que prevalezcan a través de los tiempos, que te dejen un recuerdo grato toda la vida, que te ayuden a soportar la vejez.

—¡Calla, calla! —pidió, poniéndose en pie y yendo como beodo hasta la puerta del saloncito—. Ella me ha trastornado, lo comprendo, Flor, pero ahora ya lo ha hecho, ya nadie logrará volver a mi corazón la alegría, mientras no se hunda en mis brazos, aunque después de saciar mi apetito, la mate y me goce viéndola morir entre mis dedos agarrotados... ¡Estoy loco, Flor; soy un pobre hombre!

*    *    *

Oyó el comentario, cuando de pie ante la barra del bar, tomaba el cotidiano vermut. En principio no tomó en cuenta las frases mordaces, fue después cuando el nombre de la pastora salió silbante de entre los labios apretados del gañán, cuando se sintió dominado por la rabia y la repugnancia.

—¿Y no te atendió?

—¿Atenderme? Ni me quiso oír... Y me gusta, Paco, me gusta desesperadamente... Creo que si no consigo hacerla mi esposa, me iré voluntario al Tercio.

—No seas bruto, otra vendrá.

—Es que yo no quiero a otra —gritó dando un golpe sobre el mostrador—. Amo a ésa y ésa será mía por encima de todo. ¿Por qué no me quiere? ¿Por qué me ha mirado de aquella manera dolorida y me ha dicho entre lágrimas: «Lo siento mucho, José, pero no puedo quererte; bien quisiera casarme contigo y seguirte a tu casa, donde me vería libre de esta esclavitud, pero no puedo... Si pudiera quererte, pero ya sé que jamás podré... —La voz del fuerte y rudo gañán le pareció a Daniel un sollozo contenido—. ¡Maldita sea! —volvió % repetir, con voz desfallecida—: Bien quisiera ser hoy un hada o algo así, Paco, pues me la hubiera llevado a casa a la fuerza.

Apartáronse de su lado y él quedó allí, pero antes aún oyó lo suficiente para saber quién era la adorada de José...

—Daisy es dulce y comprenderá... Deja pasar al tiempo. Ella aún es joven. A los diecisiete años no se sabe lo que se quiere ni lo que se debe querer.

Apartóse de la barra y salió a la plaza. Era ya noche cerrada. Sobre la bóveda grisácea, se veían mil puntitos luminosos, pero él nada vio. Iba muy lentamente caminando hacia delante, ignorando cuál era el final de la ruta.

Otro más sufría como él, del mismo mal, de... Hizo alto y miró en derredor. ¿Es que se había olvidado de que era Daisy la mujer que amaba el gañán? ¿Cómo era posible que aquella criatura que él jamás dejara de ver insignificante, inspirase un amor tan encendido en el corazón noble del rudo gañán? ¿Pero cómo era él tan imbécil que no comprendía que para amar no es preciso que el objeto adorado sea de ésta o de aquélla manera, si sólo se ama porque se ama, sin pensar en que no es digno de ser amado?

«Daisy lo es —le dijo una voz imperiosa—. Es digna de ser amada por un rey...»

Rió tan fuerte que él mismo se asustó de su risa, que en el silencio de la noche sonaba lúgubre.

Continuó caminando hasta la verja donde en distintas noches había besado a Ana y hablado con Daisy. Miró en derredor, pero no halló nada. Todo estaba en silencio, todo parecía muerto.

De pronto vio destacarse de la oscuridad un bulto blanco, que caminó hasta detenerse a su lado.

—¡Daisy, eres tú! —dijo casi sin abrir los labios.

—Lo esperaba, señor.

—¿A mí? ¿Y para qué me querías, Daisy? ¿Es que necesitas algo de mí?

La voz de ella salió entrecortada:

—He de pedirle un consejo, señor.

—¿Crees que sabré dártelo?

—Estoy segura de que sí.

—Pues, habla, Daisy, ya sabes que estoy dispuesto a darte todo lo que quieras.

Las manitas de ella se retorcían desesperadamente una contra otra, sin atreverse, al parecer, a comenzar lo que tanto y tanto le costaba decir.

—Hay que ser valiente, Daisy; el cobarde jamás logra triunfar.

—Si yo fuera valiente, señor —comentó con un hilillo de voz—, me hubiera lanzado en brazos de lo desconocido, y, sin embargo, no tengo el arranque suficiente para hacerlo.

—Pues hazlo.

—¿Me aconseja eso, señor?

—¿Es que era ése el consejo que querías de mí? —preguntó inclinándose sobre la verja cerrada y queriendo buscar la mirada verde de aquellos ojos que se le hurtaban—. Sigue, Daisy, no puedes figurarte de la forma tan intensa que ansio saber todo lo relacionado con tu corazón.

—¿Es que sabe?

—Dime: ¿Qué penas existen en un corazón sencillo que no lea un hombre como yo?

—Es cierto. Usted es un hombre con la experiencia suficiente para saber dilucidar una cosa de otra, mientras que yo, pobre de mí, soy una chiquilla tonta a fuerza de ser inocente.

Daniel se aproximó más, buscando ansiosamente las manitas finas que apretó apasionadamente entre las suyas.

—Así resultas maravillosa, Daisy, ¡maravillosa!

E ignoraba que las palabras salían impregnadas de dulzura de entre sus labios atirantados.

—¡Señor...!

Era una súplica, casi un sollozo que él no supo o no quiso comprender.

—Dime qué te tortura, Daisy; estoy deseando librarte de esa carga que te entristece.

La muchacha rescató sus manos que cruzó sobre el pecho con ademán confiado, como si quisiera contener el loco latido de su corazón sencillo.

—José, el hijo de Pancho el del molino, me pretende, señor, me pretende formalmente para ser su esposa, y la verdad es que yo no me siento con fuerzas para unirme a él.

La voz de Daniel, con gran extrañeza por su parte, salió bronca de su boca crispada en las comisuras.

—No lo hagas, Daisy, no te vendas de esa manera si es que no te sientes con fuerzas para amarlo.

—No sé lo que es amor, señor.

—Pues espera a saberlo antes de entregarte a un hombre.

—¿Es ése el consejo que me da, señor?

—Lo es.

—¡Buenas noches, señor!

—Daisy, espera.

Vio la sombra frágil perderse en la oscuridad, y una mano que se alzaba temblorosa diciendo el último adiós. Después, sabedor ya de que ella no volvería, empezó a andar lentamente en dirección a su casa.

Iba más despacio que antes, iba con la cabeza inclinada y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de franela, mientras los ojos vagaban perdidos, en línea recta; pero nada veía; parecíale que de allí sólo salían las pupilas verdes de aquella criatura desconcertante mezcla de timidez y audacia.

«Es un caso digno de estudio, Dan —se dijo, cuando hubo llegado a su habitación—, un caso de psicología femenina que jamás, tal vez, llegarás a dilucir con soltura y acierto.»

Tendióse en la cama con la vista perdida en el cielo raso, aun sin desvestir y el pensamiento lleno de extrañas ideas.