CAPITULO PRIMERO

Como muchas otras veces, Ana apoyó los codos en las rodillas, sin querer volver los ojos hacia el rostro de su padre.

—¿Por qué no me atiendes? Ten la seguridad, hija, de que no te voy a obligar, pero mi deber de padre es darte un consejo.

—¿Y es?

La cabeza había quedado inclinada sobre el libro que no leía: parecía ajena a cuanto la rodeaba. El padre se puso en pie con esfuerzo, como si la impasibilidad de ella causara pesar, cuando no una rabia sorda que le hacía daño por no poder desahogarse de una vez. ¡Aquella irascible chiquilla!

—Daniel es bueno, te quiere.

La voz le salía con esfuerzo, diríase que una vez más los nervios inalterables de la hija, producían en su ser aquel estado de agotamiento inexplicable.

—Eres muy joven —volvió a decir lentamente—. Yo no soy un muchacho... Algún día me iré de este mundo, y tú...

—No me quedaré sola —saltó sin alterarse demasiado, y poniéndose en pie con agilidad—. Tengo mi fortaleza espiritual y ésta me ayudará a continuar defendiéndome. —Luego, con más dolor que altanería prosiguió—: Hubiera sido mezquino que por defenderme de los zarpazos que la vida tenga a bien asestarme al faltarme tú, consintiera en unir mi existencia (que es preciosa, no lo dudes, papá) a la de un simple hombre, sólo por el hecho de que es hombre, posee dinero y dice que me quiere... —Aquí una carcajada burlona que más bien pareció ser un gemido ronco y desesperado—. No hagas caso; no me quiere, jamás ha querido a nadie...

—¿Cómo lo sabes? Está dando pruebas de ser...

—Un egoísta —terminó, saliendo de la estancia, y dejando a su padre triste y dolorido.

La miró alejarse, observando un algo arrobado aquel aire de gentileza que siempre, en todo momento, acompañaba a la chiquilla impetuosa, de temperamento dinámico y absorbente... ¡Si él pudiera, cambiarla! ¡No es que le disgustara que fuera así, pero... ¡temía tanto al porvenir!...

Dejóse caer en un sillón, encendiendo la pipa que fumó distraídamente.

En seguida la tuvo de nuevo a su lado. La miró esperanzado.

—He pensado, papá, que me gustaría ir con la tía una temporada: los meses de verano.

—¿Tanto?

—Menos de eso no es ir.

—Siéntate a mi lado.

Lo hizo; la verdad es que necesitaba hacerlo para cerciorarse de que lo tenía a su lado. Era muy bueno, mucho; su papaíto merecía todo su cariño y algo más tal vez, mucho más, de lo que ella, con su carácter endiablado, le proporcionaba.

Aquella mañana se sintió cariñosa y dulce, por eso quizá se arrebujó contra el cuerpo aún esbelto de su padre y pidió quedo, con suavidad casi impropia de ella, que siempre había sido seca y fría.

—Al lado de la tía y las primas estoy segura que me encontraré a mí misma y no me será difícil saber de la forma que amo a Daniel.

El padre, la interrumpió un algo seco:

—No le amas de ninguna manera.

—¿Lo sabes tú?

—¿Lo has dicho hace un momento.

Sacudió la cabeza con brusquedad.

—De todas formas aún ignoro si lo amo o no; es preciso que antes de decidirme, lo averigüe preguntándomelo a mí misma.

—Y para ello...

Los ojos del padre se volvieron un poco burlones hasta dejarlos presos en los quietos de la muchacha que al fin tuvieron que sonreír.

—Es cierto, papaíto: necesito ir a vivir una temporada en otro ambiente. ¿Me dejarás?

—Bueno.

No dijo más, púsose en pie y después de besar dulcemente la carita linda de su hija, salió riendo de la estancia.

*    *    *

Apareció en el umbral cuando Daniel le paseaba la calle. Tuvo deseos de dar la vuelta y correr escalera arriba hasta la alcoba donde hubiera escondido su rabia. No lo hizo, sino por el contrario, avanzó unos pasos, quedando muy próxima a él que la contempló arrobado.

Ella lo miró entre divertida y malhumorada.

Era un hombre alto y esbelto; tendría unos treinta años, todo lo más, No era un Adonis, pero en cambio tenía algo en el rostro viril, de facciones acusadas y enérgicas, que atraía. La boca grande, de labios carnosos, los dientes muy blancos, gris la mirada de sus ojos grandes y penetrantes. La frente despejada, nariz aguileña, mentón enérgico. Daniel Klein poseía ese sello inconfundible del hombre despreocupado de la vida y seguro de sí mismo.

—Tardaste en salir —dijo, como la cosa más natural del mundo, mientras se aproximaba a ella y sonreía alegremente—. Creí que hoy no podría verte.

¡Sintió una rabia! No lo demostró. Y al tenderle la mano que el hombre estrechó entre las suyas, dijo a guisa de saludo:

—Madrugas mucho.

Se miró a sí mismo, sin soltar la mano que aprisionaba turbadoramente entre las suyas.

—¿No me ves? —rio con aire jovial—. Voy de playa.

Se sintió satisfecha, pues de aquella manera podía sin molestarse, marchar por un lugar contrario.

—Yo no —dijo rescatando su mano y echando a andar en dirección opuesta a la de él.

—Pero vendrás.

Tuvo que detenerse, ya que los dedos viriles se crispaban duros en su brazo. Se volvió despacio, lo contempló entre divertida y enojada.

—Perdona, Ana.

—¿De qué?

—No tengo ningún derecho a exigirte, y sin embargo, lo hago.

—¿Y por qué?

—Porque te amo.

Caminó a su lado, sin volver a decir que no lo acompañaría a la playa. Cierto que caminaba automáticamente, como si lo hiciera empujada por un vientecillo sutil o una orden previa... Lo ignoraba, sólo sabía que iba muy poquito a poco caminando a su lado y que ninguno de ambos volvió a abrir la boca para decir una palabra.

Ella pensaba en lo curioso de la psicología humana. La de ella, ante todo, era a más de complicada, completamente desconcertante. No amaba al hombre que paso a paso iba muy lentamente asociado a su propia vida... ¿Por qué? ¿Por qué lo soportaba si le era del todo indiferente? ¿Es que acaso, dentro de su cuerpo no existían músculos sensibles? ¿Es que la influencia de su padre ejercía en ella tal poder que la obligaba a ir contra sus propios impulsos?

Recordó, cuando una mañana, hacía de ello muchos meses, tropezó en la calle con aquel hombre que más tarde se convirtió en su sombra.

—¡Perdón!

Aquel perdón había salido de entre los labios altaneros, impregnados de ironía. Sus ojos alzáronse hasta la faz viril y chocaron en una mirada clara y transparente, pero profunda e inescrutable cual un abismo sin fondo.

—¿La he lastimado? ¡Estas prisas mías! ¿No le parece que soy un impertinente?

¿Por qué no se lo iba a parecer? Encogióse de hombros y continuó su carrera, en dirección al Instituto, donde cursaba el último año de Bachillerato. No contó con que la mano del hombre, como muchas otras veces después, se prendiese brusca sobre su codo.

—Antes ha de decirme si la he lastimado —volvió la voz bronca a pedir con un deje altanero que la exasperó.

Volvióse en redondo y asentándole la mirada negra de sus ojos brujos, repuso fría y distanciante:

—¿Qué importa que me haya lastimado si ahora ya está? Ni usted ni sus disculpas van a librarme del dolor.

—Luego, entonces, ¿duele?

—¡No!

Y echó a correr, sin volver la cabeza.

Fueron días después, muchos días después, cuando lo vio de pie al lado del vestíbulo del edificio, cuando, en medio de un grupo de ambos sexos, cruzaba en dirección a la calle.

—Ani, espera.

Lo miró interrogante... ¿Por qué la llamaba con aquella familiaridad si nunca hasta hacía algunos días, se habían conocido?

Lanzó sobre la alta figura una mirada indiferente y siguió charlando con los amigos. Pensó que él iba a reunírsele, pero se equivocó. Transcurrieron muchos días más, antes que de nuevo su pesadilla tornara a entorpecer sus pasos. Pero aquella vez no fue en la vía pública y en presencia de todos los amigos; cuando cruzaba la gran avenida, frente por frente de su casa, Daniel Klein se le interpuso.

—Esta vez me dirás si aún te duele el tropezón. ¿Sabes?, yo pienso que jamás tropecé con tan buena fortuna.

—Pues, yo, no.

—Porque eres mala.

Lo contempló furiosa.

—¿Qué se ha propuesto?

—¡Casarme contigo!

Lo tomó a risa, tenía que tomarlo de aquella manera porque de lo contrario hubiera cruzado el rostro del osado, destrozando con rabia furiosa el físico del intruso.

—No pienso casarme jamás. Aborrezco el matrimonio.

—Porque nunca has estado enamorada.

—¿Es preciso estarlo para unirse en matrimonio?

—¡Pues, claro! ¿Es que en realidad jamás has querido a nadie?

—He querido y aún estoy queriendo.

—¡Dime quién es!

—Mi gatito de Angora..., a papá..., al perrito pequinés que me regaló la portera, a...

—Muy original, pero ya viejo.

Lo miró burlona.

—¿El cariño? —preguntó inocentemente, con unos deseos terribles de romper a reír ante sus propias narices.

—No, los trucos.

—Yo no sé hacer trucos.

Se le aproximó un tanto, que ella tuvo que retroceder de mal humor. La miró intensamente.

—Me gustas, Ana.

—¿Sí?

—Tanto que...

—No continúe. También le gusto al lechero, y sin embargo, no se atreve a decírmelo. Es usted un impertinente, un osado, un...

—Es que te quiero.

—¡Muy pintoresco! ¿Dónde aprendió a quererme?

—Soñando contigo. Cuando era un chiquillo pensaba en la mujer que algún día compartiera mis horas monótonas.

—Aborrezco la monotonía —cortó burlona, mordiéndose los labios para no reír.

De aquello nació lo que luego sería un gran amor por parte de Daniel Klein; ella sintióse en todo momento fría e indiferente; siéndole imposible dar una respuesta segura a la demanda amorosa del hombre apasionado que la quería con vehemencia y sinceridad.

Juntos se vieron en todas partes: paseos, bailes, reuniones, teatros...

—Tienes un novio muy interesante, además, rico...

Todo le importaba muy poco. Interesante no se lo parecía, en cuanto a rico... ¿Qué más daba que lo fuera o no si ella no necesitaba su dinero para tener toda clase de caprichos? Su padre, ingeniero de montes, gran aficionado a la literatura y experto hombre de negocios, sabía aflojar el bolso para que su bolsillo se hallase siempre repleto y no fuera preciso que su hija prescindiera de cualquier lujo o capricho. Siendo así, ¿qué importaba que su novio fuera rico o pobre si no lo necesitaba?

—No es mi novio —respondió con aspereza. ¡Le daba un coraje de los comentarios tontos!

—Pues, hija, lo parece.

—Tantas cosas parecen y, sin embargo...

Y con la misma respuesta daba media vuelta perdiéndose en otra dirección.

Así fueron transcurriendo muchos días, meses interminables, en que en forma alguna pudo conseguir enamorarse del hombre que decía amarla apasionadamente, y del que recibía mil pruebas de cariño.

—¿Nunca llegarás a corresponderme? —preguntaba con voz entrecortada, con aquella dulzura, que pese al tono altanero que caracterizaba su voz, jamás dejaba de inflamar la inflexión viril—. Muchas veces, me pregunto por qué no te dejo y me voy lejos, al encuentro de otra mujer que sepa querer más que tú.

—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué te detienes?

—¿Eres así? ¿Tan seca?

Negaba rotundamente con la cabeza bonita de rizos rubios, cual hebras doradas.

—No sé cómo me ves tú, tal vez muy fea espiritualmente; sin embargo, yo sé que no soy tan horrible como tú me crees. Sucede, Dan, que aún no aprendí a querer... Soy muy joven; amo los libros, las diversiones, la misma vida me es adorable, pero nada más; no sé querer con la pasión que tú, estoy segura de que jamás me sentiré con fuerzas para unir mi vida a la de un hombre.

—Entonces...

No preguntaba, parecía más bien que se hacía la reflexión a sí mismo.

—Es mejor que te ausentes, que te vayas lejos, muy lejos.

—No podré.

—¿Y la voluntad?

—Creo que tratándose de ti no la tengo.

Y no se había ido. Continuaron aquellas relaciones que el mundo veía como un futuro matrimonio más, y ellos sabían que nada de eso tendría lugar jamás al paso que iban.

Entonces fue el padre quien intervino, una tarde en que a su llegada del club se encontró con ambos en la puerta del portal. Allí nada dijo; pasó a su lado y cuando Ana hubo llegado al saloncito, donde tenía por costumbre esperarla el padre, éste le indicó un lugar a su lado en el cómodo diván y empezó diciendo:

—Hace tiempo que sabía algo de tus amores.

—No —contestó nerviosa—. Amores, no.

—¿Cómo?

—Es un amigo.

Ahora fue el caballero quien se revolvió nervioso.

—¿Amigo tan sólo un hombre que se presenta contigo en todas partes y se queda en el portal con tus manos. entre las suyas?

Comprendió que el padre, como siempre, llevaba toda la razón. Pero, ¿cómo ella era tan inmoral que consentía en continuar a su lado, dejándose tal vez besar por un hombre por el cual no sentía ni la más leve partícula de cariño?

—No me lo explico, Ana —interrumpió sus pensamientos la voz paterna—. Sé que Daniel Klein es un buen chico, un hombre digno de respeto; un caballero en quien tengo plena confianza.

—Pues entonces...

—Entonces vas a decirme por qué no es tu novio, si yo sé que te quiere.

—Porque yo no le quiero a él.

—Pues harás muy bien en apartarte para siempre de él ya que de lo contrario pierdes más que ganas.

—¿Ignoras, papá, que el mundo me tiene sin cuidado y que continuaré mi amistad con Dan por encima de todo?

—Luego entonces...

Se alzó del asiento hasta ir a sentarse en el brazo del diván que ocupaba. Sus ojos tenían aquella expresión fría y dura que en distintas ocasiones asustaba al padre.

—Me gusta como amigo; nunca encontraré camarada que lo iguale. Por lo tanto, pienso seguir a su lado indefinidamente.

Aún expuso el padre otro argumento:

—El ya es mayor, está dispuesto a casarse en seguida; tú eres joven, pero las mujeres...

—No generalices —cortó de nuevo—. Las mujeres en este caso, ¡nada...! Di la mujer, que soy yo hoy y ésa no piensa destrozar sus dieciocho años por nada del mundo, uniéndose a un ser demasiado apasionado, que malograría mi vida para siempre, ya que jamás sabré sentir como él, quiero decir con la misma intensidad.

—Porque no tienes corazón.

—¡Papá!

—Digo la verdad, hijita; antes, la mujer era más sensible, pienso que más mujer, más femenina; hoy con eso de que estudiáis como los hombres y adquirís los mismos derechos que ellos, sois una calamidad, en el concepto de cualquier hombre de honor la mujer que piensa como tú, pierde un tanto por ciento inmenso en su femineidad.

Después de aquella disputa que, como todas las de ellos, no había tenido trascendencia, continuó su amistad con Daniel hasta que una mañana, Ana María Julia pidió ausentarse de la ciudad.

El amor de Klein continuaba cada día más intenso, al tiempo que la indiferencia de Ana se hacía mayor a medida que los meses sucedíanse.

*    *    *

En silencio llegaron a la playa, sentándose en la brillante arena.

—¿No te bañas? —preguntó Ana, hundiendo con voluptuosidad los deditos rosados en los granitos menudos y calientes.

—Si lo hago tendré que separarme de tu lado y eso no lo quiero.

—Pues tendrás que hacerlo igual.

La contempló interrogante.

—¿Te extraña?

—No comprendo muy bien lo que quieres decir.

—He decidido irme una temporada con la tía.

—¿A la capital?

Asintió un poco brusca.

—Me aburro aquí. Pienso que unos meses al abrigo de la ciudad no me sentarán mal.

—O todo lo contrario.

—De todas formas pienso ir y bien pronto.

Siguió un silencio que ninguno de ambos interrumpió. El miraba con obstinación la dorada arena, mientras Ana, indiferente y fría, ponía los ojos en lo lejos, dejando la mirada perdida en el confín de la playa.

—¿No piensas, Ana, en lo que dejas aquí?

—¿Para qué? De todas maneras estoy segura que de pensar, nada hubiera sacado en limpio.

Daniel frunció el ceño, al tiempo de ponerse en pie de un ágil salto.

—Creo que tienes razón, Ana, si es que no me quieres, ¿por qué insistir? Soy un estúpido —añadió, hundiendo con rabia las manos en los bolsillos del pantalón de franela y balanceándose despreocupadamente sobre las largas piernas—. Pero pienso que ya estuvo bien para hacer el ganso... Si es que algún día vas a ser mi esposa me lo dirás ahora, antes de marchar con tu tía, pues hasta ahí voy a ser generoso, ya que te quiero mucho y sentiría tener que destrozar mis ilusiones. Vuelvo a repetirte que si piensas unir mi vida a la tuya me lo digas antes de marchar.

—¿Y si no te prometo nada? —preguntó, chispeando en sus ojos una luz de triunfo.

Daniel se inclinó hacia ella taladrándola con sus pupilas profundas y pensadoras.

—Entonces, Ana, te dejaré ir y jamás recordaré que has existido.

—¡Qué cariño más frágil es el tuyo, Dan!

Era mala y ella no lo ignoraba. Era mala con maldad felina, con perversidad, puesto que no siéndole desconocido nada de lo relacionado con la vida y sentimientos de Daniel, se gozaba en torturarlo, en verlo suplicante y dolorido.

—No lo es, Ana —dijo con pesar—. Lo será si es que me abandonas sin una esperanza.

—¿Para qué la quieres? No merece la pena. Además sé con seguridad que pronto encontrarás quien te ayude a olvidar mi cariño.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

No, no lo era, pensó Ana con crudeza. Lo que ella deseaba era verlo suplicante y encontrarlo allí a su vuelta de la ciudad, en compañía del cariño que, aun cuando no se encontraba con fuerzas para corresponder, su egoísmo le dictaba aquello: la indiferencia, pero en el fondo, muy en el fondo, anhelaba como nada en la vida, tenerlo siempre prendido de su encanto femenino y que jamás otra ocupara el lugar que le pertenecía a ella.

Alargó una mano que él cogió emocionado entre las suyas y pidió mimosa, mientras dejaba que la boca viril se plasmara dulcemente en la palma tibia:

—Ahora vayamos a casa de nuevo, Dan; por el camino hablaremos de esto que a los dos nos preocupa.

—¿Te preocupa a ti, Ani?

Lo contempló zalamera, con un mimo que lo emocionó.

—Más que a ti.

—¿No me engañas, Ani?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Yo te quiero, nena; tú nunca has dado pruebas de amarme.

—Te expresaste mal, querido —dijo, colgándose de su brazo y echando a andar por el sendero verde que los conducía a la carretera—. Yo sí te quise siempre, desde el momento en que te interpusiste en mi camino y te erigiste amigo, camarada, novio..., todo para mí... Tú me amaste con amor de hombre, en tanto yo por ahora sólo te quiero con cariño de chiquilla...

—Y algún día, Ana, cuando seas una mujer...

—¿Es que no lo soy ya?

—¡Ana! ¿Por qué eres así? —preguntó desesperadamente, deteniéndose en mitad del sendero y apretándola apasionadamente entre sus brazos—. No logro comprenderte, aunque me lo propongo, no consigo compenetrarme, y es porque tú no me dejas. Has de ser razonable, Ani —pidió con entrecortada voz.

Tenía los ojos negros hincados turbadoramente en los suyos. El cuerpo laso se abandonaba en sus brazos...

—Esperaré, Ana, esperaré hasta que vuelvas, tendré que esperar, Ana. Tu boca no lo pide, pero tus ojos, Ana. ¡Ana!

La risa de ella murió en un beso que no devolvió. Daniel pensó que aquella criatura era fría como un témpano, pero él, débil como todo hombre que se deja prender entre las finas garras de una mujer, hízose sordo ante la creencia y continuó saboreando el contacto turbador de ella.