XV

La vida en la mina fue dura y penosa. Durante muchos meses vivió como un autómata, yendo del trabajo a la fonda y de la fonda al trabajo, sólo con la esperanza anhelosa de hallar en la mano roja de la sirvienta, el sobre azul que llegaba todas las tardes de la ciudad.

—¿Algo para mí? —era la pregunta que ardía en sus labios tan pronto perfilaba su figura arrogante en la puerta de la fonda.

Cuando la sonrisa florecía en los labios de la criada, Daniel se sentía el hombre más feliz del mundo, cogiendo entre sus dedos temblorosos el sobre perfumado que ella había tenido en sus manos finas y aladas.

A solas en su alcoba, con el papel azul entre los dedos se preguntaba qué complejo de sentimientos anidaban en su corazón para sentirse feliz leyendo una carta que había escrito una mujer que no le decía nada a su corazón de hombre. Luego, entonces, ¿era tan mezquino que continuaba aún de lejos amando con los sentidos? No era posible en forma alguna, y después de analizar el caso, de medir el pro y el contra, de buscar todos los rincones en su corazón, sacó la conclusión que, como un infeliz colegial, se hallaba enamorado del amor. Y el amor era Daisy, tenía su misma figura grácil, la misma sonrisa de los labios húmedos, las mismas manitas aladas que posadas en su rostro parecían acariciar con la misma ternura de una virgen.

Aún así las cartas continuaban llegando y él las contestaba. ¿Qué hacer en aquel destierro? Las cartas eran un estímulo, las respuestas un entretenimiento.

*    *    *

Aquella tarde salió al monte tomando la dirección de la montaña. Le gustaba buscar el silencio de aquellos parajes selváticos, donde a solas consigo mismo podía monologar sus penas.

Se había vuelto romántico. Y no es que se sintiera místico, como otros mil de sus compañeros. Allí, en la cúspide, le parecía que se hallaba más cerca del recuerdo de Daisy, de aquella muchachita que había despertado en su corazón el deseo imperioso de formar un hogar y soñar al lado de la chiquilla amada. La quería como se quiere sólo una vez. Ana era diferente, inspiraba otra clase de cariño, era todo menos profundo; no tenía raíces aquel cariño.

Una de las muchas tardes que pisó la cúspide, halló tendido sobre la fresca hierba al pobre que día tras días mendigaba el pan por las casas del pueblo.

Aquel harapiento hombrecito, lo miró vagamente, al tiempo de incorporarse y sonreír.

—Siempre nos encontramos, hijo —dijo el viejo con voz cansada, pero tiernísima—. Muchas veces me pregunto si es que ambos nos hallamos dominados por análogos sentimientos.

—O pesares —cortó Daniel, sonriente.

El anciano se incorporó más, hasta quedar sentado en el césped.

—Pues es cierto —sonrió feliz—. No había tomado en cuenta eso. Verdad es que yo no me siento infinitamente desgraciado, ya que mientras tenga salud para mendigar un trozo de pan y halle un alma caritativa que me lo ofrezca, no me considero demasiado infeliz, pero aun así comprendo que tú, que eres joven y sientes la vida con más ansia que yo (la sentí cuando era como tú y trabajaba como todo obrero digno), tienes alguna preocupación grande que te impide sonreír con la soltura debida a tus pocos años.

Daniel volvió a sonreír.

—No son tan pocos, amigos; tengo treinta y dos y unos deseos terribles de ser feliz.

—No lo eres, ¿eh? Me lo suponía —añadió con pesar—. La vida es una comedia, muchacho, pero pese a su condición, nunca creí que un hombre de tu clase se sintiera deprimido por algo que... ¿Asunto sentimental? —terminó preguntando con cariño.

Daniel asintió:

—Me hallo en un callejón sin salida, yo le llamo encrucijada.

—¿No me quieres contar?

Se encogió de hombros.

—Bueno —dijo indiferente—. De todas formas, creo que es una tontería lo que me preocupa.

—Eso lo pensamos siempre.

—En mi vida hubo dos amores —empezó brusco—. Primero me consideré el hombre más desgraciado del mundo cuando ella se hizo sorda a mis ruegos. Luego... como todo corazón incomprensible, me sentí feliz alejado de ella... Corrí por el monte como un niño de dos años, enamorándome de ella. La quiero mucho, con toda mi alma —musitó con ardor—. Cuando mi antigua novia volvió a mi lado y supo que mi amor ya no le pertenecía, quiso que fuera suyo, fue entonces cuando me asedió, cuando comprendió quizá que me quería.

—¿No sería su amor propio de mujer? —preguntó el anciano, risueño—. Esa clase de mujeres no suelen querer jamás.

—Quizá —asintió sin rabia ni enojo—. Pero cuando, desdeñándola a ella, me lancé en brazos del verdadero amor, olvidando que Ana existía en el mundo, Daisy me abandonó.

El viejo dio un respingo.

—¿Cómo? —se extrañó—. Luego, entonces, ¿no te querían ni una ni otra?

—Daisy dijo que nunca sería yo feliz a su lado. Ella era una simple criada de servir, una humilde criatura como hay miles de ellas sacrificadas a la tiranía de otro más poderoso. La novia que quise cuando aprendí a querer, era rica, de familia distinguida, pero estaba vacía por dentro.

—Y Daisy sabía todos tus amores, no desconocía tu amistad con Ana, estaba al tanto de todos sus asuntos.

—Así es. —Y aquí hizo una confesión absoluta de todas sus culpas y sus gracias.

Después, el viejo habló durante mucho minutos, y cuando hubo concluido, dijo bajito:

—Es un método infalible. Si es Ana quien viene a ti y Daisy quien se torna sorda a tu dolor, cásate con Ana y olvida que ella te quiso, pues estabas equivocado.

—¿Y si no se halla al alcance de la noticia?

El anciano movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo creas. Si Daisy te quiso como tú aseguras y renunció a ti por verte feliz (aunque no lo seas, ella creyó que ibas a serlo), estará al tanto de tu vida, y no muy lejos de ti. La mujer que quiere de verdad, la que hace lo que tu Daisy, no olvida nunca. Lleva en su corazón una masa impenetrable, pero dulcísima que sabe conservarse incólume hasta que el amado deja de ser una posibilidad.

—¿Puede después caber la posibilidad de un olvido?

El experimentado viejo volvió a negar, pero esta vez de una forma rotunda:

—Jamás olvidan. Mientras te sepa libre sus pensamientos serán tuyos, y luego, cuando te sepa de otra, volverá a pensar indefinidamente, pero no ya como una posibilidad, sino como algo perdido y muy añorado.

—Es usted un genio dándole nombre a las cosas.

—¿Piensas hacer lo que te he dicho?

—Sí.

Y el viejo supo, con aquel rotundo sí, que Daniel, al fin, iba a ser muy feliz, o del todo desgraciado. Eso dependía de la cantidad de corazón que tuvieran ambas mujeres.