XI

Nunca hubiera sospechado que ella fuera tan poco valiente. Jamás hubiera querido que así, de aquella manera tan cobarde cediera el campo a los otros.

Cuando María, con el rostro humedecido por el llanto, apareció en el umbral, limpiando torpemente una indiscreta lágrima que surcaba la mejilla apergaminada, tuvo un sobresalto inmenso, como si ya presintiera el golpazo que aquella buena mujer iba a asestar en su corazón.

—¡María! —casi gritó lanzándose en dirección a ella, con ansia indescriptible—. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Daisy?

La respuesta fue muda, pero tan elocuente, ¡tanto, tanto!

Siguió un silencio que al final interrumpió ella con voz cansada.

—Se ha ido, señor...

Un dolor agudo, una pena honda y amarga, pero de la boca apretada, con el trazo viril más pronunciado que nunca, no salió una queja ni un reproche.

María continuó con voz apagada:

—Fue inútil que le hiciera ver lo equivocada que estaba, señor; dijo que nunca lograría hacerla feliz, y se fue.

—La quiero mucho —dijo muy bajito—. Ella no lo ignoraba.

—No, cierto que no lo ignoraba, pero sabía también que a su lado usted jamás lograría la dicha de que es merecedor.

—¿Y por qué? —preguntó con voz lejana, pero sin salir aún de su apatía—. ¿Quien le ha dicho a ella eso, si le he demostrado que para mí no existe ni existirá otra mujer sino ella?

—Su familia, señor; Daisy temió la oposición de sus padres, a su anhelo, a su cariño de hijo. Algún día, cuando pasara la primera racha de pasión matrimonial, usted buscaría el cariño fraternal en los suyos. Daisy, pese a su condición humilde, tiene su personalidad. Sabía que al unirse a usted el sufrimiento hubiera sido muy grande, ya que por no quererla sus padres, ella sentiríase siempre relajada a un segundo término en su corazón, y Daisy es exclusivista.

—¡Eso es absurdo! —rugió fuera de sí—. Daisy debiera de haber comprendido que en mi corazón se hallaba sólo ella. El cariño de mis padres es otra cosa —dio media vuelta e inició el paso en dirección al monte—. Adiós, María; en medio de todo he de resignarme. Nunca iré contra los designios de Dios. Si lo ha querido así..., nada tengo que hacer.

María sacó debajo del mandil un sobre arrugado y se lo dio:

—Tenga; antes de marchar me lo entregó para usted.

Cogiólo entre los dedos, sin hacer ningún ademán que delatara ansiedad. ¡Ya no tenía remedio! Daisy se había ido, él tendría que continuar viviendo como un autómata. La vida era así. Sin remedio había de escoger las cosas como se presentaban.

Enfiló el sendero, tomando la dirección del monte. Caminaba despacio, cual si sintiera un morboso placer en contar los pasos, buscando con rabia el mismo sendero que otras muchas veces, cuando aún sin haber definido el sentimiento que la muchachita del monte le inspiraba, subía lento, entonando a medias una popular cancioncilla, sintiéndose feliz, mientras ascendía por el atajo rocoso. ¿Qué buscaba ahora allí, si el tiempo era otro y ya nadie lo esperaba en la cúspide?

Al hacer tal pregunta, la boca se distendió en una mueca de sarcasmo.

«Ella, una simple muchachita en la que nunca te has atrevido a ver otra cosa que la pobre aldeanita, que buscaba consuelo en los libros y en la amistad, supo ver con más precisión lo que tú, ciego por humanidad, no has visto hasta que ella hubo desaparecido...»

La voz indiscreta le dejó frío. ¿Qué decía? ¿Qué juicios emitía si ni él mismo supiera jamás darse cuenta de lo que estaba sucediendo dentro de su corazón de hombre?

Pisó con rabia el húmedo césped y siguió ascendiendo hasta que se dejó caer en el mismo sitio donde en más de una ocasión habíase visto al lado de la chiquilla linda de ojos grandes y melancólicos.

Aún le pareció que la voz tenue repetía las mismas palabras que a fuerza de serle conocidas añoraba con ansias y desesperación.

«¿Por qué ha venido? Tengo miedo de su amistad... ¡El mundo es tan malo!...»

¡Y cómo acertaba! ¡Cómo aquel mundo cruel pisoteó su honra para toda la vida!... Ya nunca más lograría levantar la cabeza con arrogancia. Claro que aquello era secundario para la chiquilla, puesto que sabiéndose buena, le era indiferente la opinión del mundo, cuando tenía un Dios que la juzgaba con absoluta precisión.

No quiero continuar pensando. Clavó los ojos en el sobre cerrado y antes de romperlo, arrugólo con rabia entre los dedos crispados.

Lo abrió al fin, quedando con los ojos serios, hincados anhelantes en aquella letra grande, de rasgos dilatados. ¡Qué bien y con qué corrección escribía Daisy! La letra muy personal hablaba de ella, de aquel carácter serio y comedido, de su temperamento fuerte y recio. La quiso más que nunca. Comprendió, aun sin leer, el contenido del papel que ella era toda su vida, y que con ansias y desesperación deseaba tenerla en sus brazos y robar de la boca grana y húmeda, las palabras que nunca se atrevió ella a decirle.

«Mi queridísimo chiquillo:

«Nunca pensé que pudiera sentirme con fuerzas suficientes como para verter en un papel este amor que sin remedio, y por bien de los dos, he de negarte... No te lo niego, queridísimo, te privo de él, nada más... ¿Verdad que es mucho? Lo sé, yo también me siento pequeñita y fría, parece como si el mundo viniera pesado a verter todo su agobio sobre mis débiles costillas, clavándoseme luego en el corazón donde hace daño, mucho daño... ¡No sé por qué te escribo así, Dan! Sé que al leerme me encontrarás diferente; casi siempre sucede igual cuando no se tiene elocuencia. ¿Sabes? Nunca aprendí de los libros, si algún día lo llegaras a pensar así, desecha tal creencia. Aprendí de tu cariño; me sentí con ansias de saber cuando te conocí en aquel monte y me hablabas de ella, de aquella mujer que nunca supo comprenderte. Fue entonces cuando quise saber y aprendí no de los libros, sino de la vida y de tu palabra fácil y elocuente. Por eso, cuando me decido a mirarme por dentro y me veo a tu imagen y semejanza, me encuentro feliz, me siento dichosa: «Soy así porque aprendí de él», me digo con lágrimas en los ojos, pero rebosante el corazón de ternura.

»Sin embargo, pese a todo el amor que siento por ti, mi amado Dan, me voy por el mundo. ¿Dónde se halla el fin de mi ruta? No quieras saberlo, yo también lo ignoro... No importa el lugar, si dondequiera que sea llevaré tu recuerdo y me sentiré feliz, feliz porque tú irás a mi lado...

«¡Nunca volveré, Dan! Sé que necesitas para ser dichoso, otra clase de mujer. Yo, precisamente por ser tan humilde y pobrecita, siento de una forma diferente a vosotros. Cuando me entregue a un hombre se lo daré todo, ¡todo!, pero también es cierto que de él exigiré otro tanto, y tú no hubieras podido darme eso, puesto que te debes a esa sociedad. Pero como es tuya la respeto. Adiós para siempre, mi amado Dan, recuérdame con un poco de indulgencia. No te pido cariño porque eso seguramente le pertenece a otra mujer. No te lo reprocho; quién sabe si algún día yo misma entregaré mi corazón a un pobre pastor que sepa comprenderme y amarme.

»Daisy.»

Durante muchos minutos permaneció con la carta arrugada entre los dedos. Después se puso en pie, disponiéndose a descender.

Su rostro se hallaba crispado y la boca la llevaba fuertemente apretada, pero en los ojos se leía un callado e inmenso dolor.

Durante días y días vivió como un sonámbulo, ausente de cuanto le rodeaba, sin tener en cuenta las miradas que clavadas en él, le interrogaban cariñosamente.

—¿Puedes decirme por qué esa expresión? —preguntó un día el tío, luego de haber pasado algunos días sin atreverse a hacer las preguntas que quemaban sus labios—. Bien que el día que te mandé traer a la novia a comer conmigo, no me hicieras caso, pero desde entonces han trascurrido varias semanas, y ya estoy harto de esperar y callar. Dime qué sucede.

—Ni yo lo sé.

—¿No te das cuenta que esa respuesta es absurda?

—También es absurdo que ella me haya dejado, y sin embargo, es cierto.

—¿Qué dices?

Encogióse de hombros.

—Lo que oyes. Cuando aquella mañana fui a recogerla para traerla a tu lado, no encontré más que la casa y una carta que no comprendí muy bien.

—¿Y te quedaste así?

Lo miró extrañado.

—¿Qué querías que hiciera? No me lo explico, la verdad. Me dijo que no la buscara y obedecí.

—¿Y sigues pensando en ella?

La boca viril se apretó con dureza.

—No lo sé. Me hizo mucho daño.

—¿Estás seguro?

Se sulfuró.

—¡Pues claro! ¿No te das cuenta que lo que ella pensó es totalmente absurdo? A nadie se le hubiera ocurrido desdeñarme de esa manera, cuando en realidad le ofrecía una fortuna, un nombre, y sobre todo, un corazón que era todo suyo.

El anciano se paseó agitado en todas direcciones del despacho.

Al fin detúvose al lado de su sobrino y dijo bajito, con religiosidad y emoción:

—No has sabido comprenderla, sobrino. Daisy es una mujer con todas las de la ley. Se apartó de ti precisamente por quererte demasiado.

—Yo no lo entiendo así —exclamó con rabia.

—Porque no has sabido comprenderla.