II
Nadie tenía en cuenta la figurita de aquella muchachita humilde, que, callada y seria, mostrando en sus ojos grandes una expresión melancólica, recorría todas las mañanas el corral, dejando pequeños puñados de grano sobre el húmedo césped, logrando que los animalitos la rodearan alegres y ávidos.
Día tras día vivía, dejando que los meses fueran deslizándose uno tras otro, sin que en su rostro, de facciones delicadas, asomara jamás una expresión de protesta. Claro que quizá de ser formulada no hubiera sido atendida, pero aún así, nunca de su boca coralina plegada por lo regular en una mueca de infinita amargura, salía la palabra que tal vez, de salir al exterior tal como sentíase dentro, hubiera recibido como recompensa una soberbia bofetada.
Aquella mañana salió al corral tal como hacía siempre y después de haber esparcido los granos en torno a los animales, quedóse quieta contemplando el sol tímido que allá por el confín del horizonte quería aparecer empurpurado.
—¿Sueñas?
La voz viril, impregnada de añoranza, y en el fondo de la modulación un algo ronca, como si quisiera sentir y a la vez le doliera, hízole volverse lentamente y quedar muy quieta y avergonzada ante la alta figura de Daniel el novio de su consentida señorita.
—No sueño, señor —dijo como respuesta, llena de timidez y de modesta rabia—. Yo no puedo soñar.
El rostro de Dan se atirantó.
—¿Acaso no sabes?
—Los pobres no podemos saber.
—Estás equivocada —repuso ya más interesado, acercándose y quedando recostado en la verja—. No se sueña por ser rico ni pobre...
—Pues dicen que es así.
—No hagas caso. Tú, al igual que otra mujer, puedes soñar por el simple hecho de ser mujer, pero nunca por tener más o menos dinero. Quizá, esas que están cargadas de miles —añadió con los dientes apretados y mirando a lo lejos, como si de allí hubiera de venir el asentimiento a sus palabras—, son las que menos comprenden lo que es un sueño... —la miró con vaguedad, prosiguiendo al tiempo de encogerse de hombros y golpear cariñoso el hombro de la muchachita linda que aún nadie supiera comprender ni descubrir—. Muchas veces somos felices soñando, pero al retornar a la realidad... —movió la cabeza de un lado a otro—, resulta crudo el golpe... ¿Hubo carta de la señorita Ana?
La muchacha rió entre dientes, con resignación y dolor a la vez. Pero aquel dolor era algo que muy quedo dormía dentro del corazón bueno que se conservaba virgen por encima de todo: de la misma vida que, cruel, jamás dejaba de mostrársele, de las ironías crudas de sus semejantes, del mundo falso que nunca sabría comprenderla...
¡El mundo! ¡Qué falso era aquel mundo! Con ella lo había sido siempre, jamás dejara de mortificarla con sus zarpazos, como si se gozara en contemplar su callada desesperación.
—¿No me contestas, Daisy?
Sobresaltóse. ¿Por qué pensaba? ¿Por qué sentía si no tenía derecho a sentir ni pensar?
—Si, señor; ayer el señorito habló de una carta..., creo que se encuentra muy bien allí. ¿Es que usted no ha tenido nada? ¡Oh, perdón...! —pidió en seguida como si hubiera cometido una falta.
El rió compasivo.
—No te preocupes, Daisy, la verdad es que estás en tu perfecto derecho para hacer todas las preguntas que se te ocurran. No he tenido nada. Tu señorita se olvida fácilmente de los buenos amigos.
—No se olvidará, señor; es que estará tan ocupada...
—Qué bien sabes defenderla. ¿Sabes? Me gustaría hablar contigo muchas veces, Daisy; es maravilloso ver cómo aún quedan chicas ingenuas en este mundo. Buenos días, Daisy.
Quedóse sola y triste. ¡Más triste que antes! Era tan consolador hablar con alguien que la comprendiera. Daniel Klein lo hubiera logrado si ella se lo permitiera, pero lo cierto era que no había de permitirlo.
Ignoraba que el destino es quien nos rige y a éste es difícil engañarlo.
* * *
La vaca pastaba a lo lejos.
Con un libro entre las manos, la mirada perdida en aquellas letras apretadas, los dedos un algo crispados sobre la página blanca que la turbaba.
Pero no leía. Los ojos grandes, húmedos ahora por una gota salobre, vagaban dulcemente, como cansados, en torno al valle que se extendía interminable.
De pronto, el pecho de Daisy se hinchó anhelante, mientras sus pupilas quedaban presas en la colina por donde acababa de aparecer una alta figura de hombre.
¿Por qué? ¿Por qué venía si ella huía de su lado? ¿Por qué buscaba su compañía si nada le interesaba, si sólo deseaba hablar de su señorita y a ésa ella la despreciaba por ser una mujer sin corazón? Ocultó la cabeza entre las manos y apretó las sientes con desesperación. ¿Qué derechos tenía, pobre infeliz, a hacer un juicio si lo más probable era que ése hubiera resultado temerario? ¿Despreciar ella, la chiquilla más insignificante, la más humilde, la más olvidada de cuantas quedaban en el mundo, a su señorita, la mujer que todos admiraban, la que buscaban todos los hombres, la que adoraba Daniel como si fuera una reliquia...? Era una insensatez, pero aún así continuaba con el mismo juicio emitido, aunque muy oculto en su corazón. Allí en el fondo, en aquel fondo que nadie veía, quedaba un santuario dulcísimo, y en éste se hallaba prendido el concepto noble para todo aquello que merecía su alabanza... Lo otro, lo que ella despreciaba, podía decirse que en realidad, merecía desprecio.
Alzó de nuevo la cabeza, dejando que los ojos grandes, más verdes y transparentes que nunca, quedaran quietos, hincados con ansia en la faz viril de Daniel, cuya mirada triste y vaga quedó interrogante clavada en la suya.
—No le esperaba, señor —dijo humildemente, bajando los ojos y quedando de nuevo callada—. La verdad es que hay mucho que subir para llegar aquí.
—Necesitaba venir, Daisy.
—¿Para hablarme de ella?
El rostro de Daniel, más moreno y curtido que antaño, se volvió rápido, al tiempo de inclinarse mucho hacia la chiquilla, que callada y triste, permanecía quieta, sentada sobre el césped.
—No lo sé, Daisy; sólo comprendo que me siento el hombre más desencantado del mundo y que jamás volveré a creer en el cariño de una mujer.
—Todas no son iguales.
—¿Lo sabes tú?
—Dicen que quien menos habla observa más.
Ahora, sí, los ojos viriles se clavaron interesados en la carita melancólica, que se ruborizó hasta el cabello.
—Daisy, parece que te Veo por primera vez. ¿Es cierto que sabes hacer una observación? Dime qué observas, dime lo que ves. Tiene que ser maravilloso el mundo visto por tus ojos.
Negó con la cabeza de rizos negros, cual azabache. ¡Aquel contraste...! ¿Por qué los hombres no veían la belleza brava que aún nadie supiera descubrir, quizá por tratarse de una pobre criada?
Los ojos verdes cual mar embravecido, los cabellos negros recogidos descuidadamente, tras la nuca. El cuerpo cimbreante, de líneas puras, ya totalmente definidas, se alzaba un algo altivo sobre aquellas piernas perfectísimas, terminando en el chiquito pie de muñeca. ¿Por qué? ¿Por qué aún Daniel no había visto nada de aquello? ¡Ah! Eso era precisamente lo que ella veía del mundo estúpido que la rodeaba... ¿Descírselo? ¿Hacerle ver que el mundo que sus ojos veían era despreciable y las criaturas que lo poblaban más aún? ¡Imposible!
—¿No me lo dices, Daisy?
—No veo nada, señor.
—Has dicho...
Ella cortó un algo seca:
—He dicho que observaba y quizá no haya mentido, pero me quedó por decir que observo para mí, dejando que los demás obren igual que yo.
Siguió un silencio que ella no interrumpió. Apretó muy fuerte el blanco cayado y permaneció con los ojos vueltos hacia el ganado.
Daniel también miraba a lo lejos; no se le ocurrió posar las pupilas en la faz ideal que, cuanto más el sol acariciaba más espiritual parecía. ¡Qué sabían aquellos materialistas lo que era espiritualidad!
—Cuéntame algo de tu vida, Daisy, nunca me has dicho nada de ella.
—No merece la pena, señor; como los pueblos tranquilos no tienen historia, quizá a mí me suceda algo parecido.
—Luego, entonces, ¿eres feliz?
Ella rió con risita falsa, como si se burlara de sí misma o de él, también podía ser que se burlara de lo que iba a decir.
—Ignoro lo que esa palabra encierra, señor.
—¡Daisy!
Lo miró interrogante.
—¿Es que he dicho algún disparate, señor? Perdone si es que he cometido una falta.
Daniel continuaba mirándola, con ojos muy abiertos, como si en realidad la viera por primera vez.
—Me dejas asombrado, Daisy —dijo al fin, con esfuerzo—. Confieso que no esperaba tal respuesta de ti.
La muchacha sonrió entre dientes. Naturalmente, ¿cómo esperar nada que se saliera de lo corriente de una pobre infeliz como ella? ¡Aún si fuera Ana!
—He de llevar las vacas al establo —dijo por toda respuesta, poniéndose en pie—. El señor no me perdonará el haberlas tenido tanto tiempo abandonadas.
—No las has tenido. Veo que te calumnias a ti misma.
—Si no fuera así, toda la vida sería una pobre infeliz.
—¿Otra vez, Daisy? Dime, chiquilla, ¿te consideraste alguna vez inferior a las demás mujeres de tu edad?
La pregunta indiscreta la dejó suspensa. Fue sólo un segundo, en seguida, se volvió desde la mitad del camino que rápida seguía, y mirando un algo altanera a Daniel, repuso fríamente:
—Jamás me he considerado inferior, pues, aunque ellas me vean así, yo no me siento... Ahora mismo me siento superior a usted...
—¡Daisy...!
La chiquilla echó a andar sin tener en cuenta la voz imperiosa del hombre. Pronto su canto cadencioso se oyó vibrante en torno al valle, ya muy lejana, bajando por el sendero que la conducía al pueblo.
Daniel se encogió de hombros y lanzóse cuesta abajo, en dirección contraria a la de la muchacha.