VIII

Fue el último que lo supo.

La voz corrió por el pueblo en sucesivos días, pero aún él se hallaba en la luna, sin comprender que su nombre andaba de boca en boca como el de un simple lechero.

Fue preciso que aquella tarde llegara al café, donde se hallaba una peña de guasones amigos para que la venda cayera de los ojos y la rabia inundara su corazón leal.

Perfiló su figura en el umbral en el momento justo en que Santana, uno de sus mejores amigos, llevaba la copa a la boca, al tiempo de gritar alegremente:

—Por la felicidad de nuestro amigo Daniel.

Este se aproximó riendo como ellos, creyendo tal vez que era una broma más de la pandilla de despreocupados.

—No sé que sea más feliz hoy que ayer.

—No digas eso, Dan; cuidado que eres modesto.

—¡Ah! ¿Pero lo decíais en serio?

—Y tanto. Desde que lo supe, no hago más que envidiarte.

Daniel frunció el ceño. Cierto que se hallaba acostumbrado a las ironías de sus amigos, pero la risita de conejo de Santana, le dijo que allí había algo más que una simple burla.

—No te comprendo, Santana —dijo sentándose en torno a la mesa que ocupaban los cuatro muchachos—. Confieso que me estás intrigando.

—¿También la criadita del monte ha de...?

De un salto se puso en pie.

—¿Qué te propones, Juan? —gritó más que dijo, fuera de sí, con el rostro transfigurado y una luz de fiereza en los serios ojos—. Has de continuar y decir lo que te proponías, Juan, después te abofetearé.

—Calma —pidió otro de los amigos, el más formal—. Antes de ponerse así, has de saber primero que no estamos hablando por hablar: repetimos lo que todos dicen.

Palideció más. Las manos parecían garfios en los hombros de Juan.

—Te juro que no comprendo, Juan —musitó con voz entrecortada—. Sé tan sólo que habláis de Daisy.

—Mucho la quieres, Dan... Confieso que me hubiera reído de todo aquel que se atreviera a afirmar que de tal forma te interesa.

Reaccionó pronto, como si se arrepintiera del arrebato.

—No digas tonterías —dijo brusco—. Daisy es para mí una buena amiga. —Después, más bajo, como si hablara para sí sólo—: No me explico por qué siendo una simple criadita, una pastora burda y vulgar en apariencia, guarda dentro del cuerpo un corazón grande y hermoso, y sus ideas son... —Alzó la cabeza y miró a sus amigos con vaguedad, luego añadió sonriendo al tiempo de pasar una y otra vez la mano por la frente perlada de frío sudor—: No me lo explico, amigos, no me lo explico.

Pensó que hacía muchos días que no subía al monte, donde ella tal vez lo esperaba con aquella luz de agradecimiento en los ojos tiernísimos.

—Hace muchos días que no la veo —agregó con torpe acento.

—Ni la verás.

—Saltó como una fiera.

—¿Qué dices? ¿Quién me lo va a impedir?

—Ya no está en casa de Ana. Ella nos lo contó todo esta mañana en el club.

Sus ojos chispearon retadores.

—¿Qué os ha dicho? —gritó fuera de sí—. Habla, Juan; deseo saber hasta el último detalle de lo sucedido.

—Nos ha dicho que te veías todas las tardes en el monte con su criada. Que era una chica bastante lista y extraña. Que atraía a los hombres.

Rió burlón.

—Vaya, amigos, Ana Conell aún tuvo la suficiente fuerza de voluntad para no mentir respecto al atractivo físico y espiritual de Daisy... ¿Y eso qué tiene de particular? Encontré en la humilde chiquilla sacrificada lo que ella no pudo darme.

—Mira bien lo que dices, Dan.

—Miro muchísimo más que ella, Juan, pues de otra forma hoy se vería muy mal parada Ana Conell —terminó con desprecio—. Daisy es mi mejor amiga.

—¿Nada más, Dan?

Ahora sí se puso tan alterado que les infundió miedo.

—¿Qué insinúas, Santana? ¿Cómo te atreves?

El amigo comprendió que Dan era inocente y quizá por eso le habló con sencillez, pero crudamente:

—Por ahí corre la voz... Piensa lo peor y acertarás.

Siguió un silencio. Daniel dejóse caer sobre la silla y ocultó la cabeza entre las manos.

—¿Lo habéis creído? —preguntó bajito, alzando la cabeza y mirando con fijeza ante sí.

—No.

—Sé sincero, Juan —intervino Santana—. Cuando Ana nos lo contó y luego nos enteramos por ahí, lo has creído como todos; di que ahora, al estar a nuestro lado, has dejado de creerlo.

Daniel rió entre dientes.

—Puede que sí —dijo Juan con convicción—. Creo que es lógico.

—¿Y Daisy? —preguntó Dan mirándolos vagamente—. Supongo que no continuará en casa de Ana.

—No lo sabemos.

Se puso en pie.

—He de irme —dijo—. Ya nos volveremos a ver.

—Dan, espero que no creas que nos guió un mal sentimiento.

Los contempló agradecido.

—Ya lo sé. Lo que sí os agradeceré es que procuréis extender que Daisy, pese a ser una de tantas muchachitas sacrificadas, es pura como una flor.

*    *    *

Durante algunas horas vagó como un sonámbulo en todas direcciones sin ninguna determinada.

¿Por qué el mundo era tan malo? ¿Por qué Ana Conell prefería que guardara de ella un mal recuerdo, en vez de que aquél se trocara en dulzura? ¡Cuánto lo sintió! Y no porque experimentara hacia ella el mismo sentimiento de antaño, es que le dolía el sufrimiento de la chiquilla inocente... ¿Dónde iría a esconder su dolor?

Aquella noche, cuando sus padres se hallaban en el saloncito, y sus hermanas en la terraza, aprovechó para abordarlos en la intimidad.

—¿Qué sucede, hijo? Pareces un cadáver —dijo la madre, pasando dulcemente su fina mano por la frente viril—. ¿Es que tienes algún serio disgusto?

—Ya soy un hombre de experiencia, mamá, y sin embargo, muchas veces, me creo un chiquillo... Hoy mismo necesito de vosotros, y ya ves cómo vengo, sumiso y tierno, aunque sé que ello causará la hilaridad de papá.

Este sonrió alegremente.

—Confieso —dijo humorístico—, que no llego a comprenderte muy bien. Ya tienes tus treinta años, tu carrera, tu experiencia... ¡Hum! Paréceme que ni los estudios ni la vida te han proporcionado mucha; para mí sigues siendo un chiquillo. Pero, qué caramba, me gustas así.

—He pensado casarme —dijo por toda respuesta—. Casarme y muy pronto.

Ambos viejos se sobresaltaron.

—¿Estás seguro de lo que dices, hijo? —preguntó la dama con un hilillo de voz—. No puedo creer que Ana Conell consiguiera con sus arrumacos falsos una victoria tan rotunda. Nunca serás feliz, hijo.

—¿Tú qué dices, papá?

—Que si conforme eres ya un hombre, fueras un muchacho de veinte años, hoy te hubiera abofeteado.

—¿Por casarme con Ana Conell?

—No la nombres —pidió el padre con voz descompuesta—. Esa mujer es odiosa y esta casa, tan pronto te unas a ella, quedará cerrada para los dos.

—¿Tanto, padre?

—¿Es que te burlas? —gritó—. Calla y vete; me estás resultando tan despreciable como ella.

Fue entonces cuando Daniel sonrió un algo feliz, volviendo a sentarse en medio de ambos viejos.

—Estáis equivocados, padres; no es Ana Conell la mujer que pienso llevar al altar.

—¿Qué dices? —gritaron ambos, desconcertados y fijando con más atención la vista en el hijo, cuyos ojos serios permanecían más tristes que antes.

—He de contaros una historia, padres.

—¿Relacionada contigo?

Asintió en silencio.

—Pues cuenta. No te interrumpas hasta el fin.

—Una vez era un muchacho que ansiaba como nada en la vida creer en una mujer y adorarla como a una reliquia... Creyó que lo había conseguido, pero se equivocó. Aquella mujer era falsa y coqueta, muy hermosa, sí, pero estaba vacía como una de tantas nueces de cáscara dorada y seca por dentro... Aquel muchacho pronto comprendió que, o dejaba de amarla, o sería toda la vida un desgraciado. Fue preciso que saliera todas las tardes al monte con objeto quizá de despejar la cabeza y encontrar lenitivo en la soledad.

—¿Lo encontró?

—Tal vez... Allí, en el monte conoció a una chiquilla tierna y dulce que supo comprenderle.

La madre que no ignoraba los comentarios que corrían por el pueblo, aunque sin saber que su hijo era el protagonista, dijo alterada y con un miedo inmenso:

—¿Es Daisy esa muchacha?

—Sí —repuso rotundo poniéndose en pie—. Esa es mi futura esposa...