VI
Tuvo que ir. Hubiera sido humillante, como dijo ella, permanecer sordo a la llamada, cuando se sentía más fuerte, más hombre, más decidido que nunca.
Perfiló su figura en el umbral del salón-bar cuando Ana, en medio de un grupo de amigos charlaba y reía como una loca.
Al verlo corrió a su lado con las manos extendidas.
—¡Querido mío! —exclamó teatralmente—. ¡Cuánto anhelé verme a tu lado!
La risa de Daniel, un mucho sarcástica, le interrumpió.
—¿Es que no lo crees? —preguntó, rescatando las manos que él había oprimido sin calor alguno entre las suyas—. Fueron siglos estos meses que estuve alejada de tu lado.
Daniel volvió a sonreír.
—Dan, ¿es que te encuentro cambiado o es más bien que tus ojos no son tan míos como antes?
Fue entonces cuando él habló por primera vez.
—Ana, vayámonos de aquí.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
—He pensado, Ana, no hablar más.
Se encogió de hombros.
—¿No me encuentras bonita, Dan? —preguntó coqueta, mirándolo de una forma que hubiera vuelto tarumba a otro que no fuera Daniel, cuyos ojos vagaron distraídamente por el rostro lindo de verdad.
Volvió a encogerse de hombros.
—La verdad es, Ana, que me pareces la misma de siempre.
—Pues, entonces...
—Me gustas igual.
—Me lo suponía, Dan. ¿Bailamos?
En otro tiempo, no hacía de ello mucho, quizá hubiera bastado la invitación para que el corazón del hombre saltara rebosante de anhelo, pero aquella tarde todo sucedió de distinto modo. Miróla tan distraídamente como desde el momento de haber llegado al club y dijo, hundiendo las manos en los bolsillos con absoluta indiferencia:
—Desde que tú te has ido, Ana, no he bailado ni una vez.
—Ya sé que me has sido fiel, Dan, por eso te quiero tanto.
Lo había comprendido mal. Daniel lo entendió así y tuvo que reír alegremente, alcanzándola al mismo tiempo por un brazo y conduciéndola a través de las mesas hasta llevarla a la terraza, en la que no había nadie.
—No bailé por guardarte fidelidad, Ana. Confieso que en principio lo hice así, pero después, no...
—¿Qué dices, Dan?
—Pues eso, querida. Me he acostumbrado de tal forma a prescindir de ti, que ya me tiene sin cuidado que hayas llegado o no.
El rostro de ella se volvió tenso, pálido, rígido.
—¿Has dejado de quererme, Dan?
—Puede que sí.
Se le aproximó mucho. El perfume que lo había vuelto loco en otra ocasión no muy lejana, hízole sacudir en un brutal estremecimiento.
Era lo que temía, lo que presentía iba a sucederle; por eso, quizá, insistió ante Daisy para, que no se fuera sin su respuesta.
«Si no va usted es porque es un cobarde.» ¿Cobarde él? Aquellas palabras guiaron sus pasos hasta allí, pero también es cierto que las mismas palabras estaban ahora confundiéndolo de una forma bochornosa para su dignidad de hombre, ya que presentía una nueva derrota ante la fragancia de aquel cuerpo tentador que se le insinuaba.
—Así, Dan; bien cerquita de mí, mirándote en mis ojos, dime que ya has dejado de quereme. ¡Mírame, Dan!
¡Dios! Aquello era mucho más de lo que él podía soportar. Hundió sus pupilas en aquellas otras brillantes y provocativas, sus manos quedaron quietas en los hombros esbeltos.
—¡Dímelo, Dan!
Sacudióse brusco.
—¡Me das asco! —rugió más que dijo, apartándose de su lado y yendo en derechura a la puerta por donde desapareció dejándola suspensa y rabiosa.
* * *
Necesitaba ir al monte, respirar aquellos aires puros, buscar la mirada confiada de los ojos amigos.
Jadeante y tembloroso corrió cuesta arriba, hasta que sus pupilas chocaron con la figulina humilde de la chiquilla que se tendía cara al sol.
Llegó a su lado en dos zancadas, antes de que ella pudiera verlo venir. Tendióse a su lado. La voz que llegó a los oídos de Daisy, fue entrecortada, casi imprecisa:
—Necesitaba venir, Daisy, pero no me riñas, antes, antes... Ya la he visto, pequeña —terminó con esfuerzo.
La muchacha sentóse en el césped. Lo miró vagamente, parecía no verle.
—¿Por qué viene aquí a contármelo? ¿Por qué no se quedó a su lado?
—No la quiero, Daisy.
—No hace mucho que la adoraba, que no podía vivir sin ella, y sólo el recuerdo de pensar que pudiera estar con otro le torturaba.
—Estaba ciego.
—¡No!
—Daisy, ¿qué quieres decir?
—Nunca la ha querido —repuso rotunda, con leve acento de desprecio en la voz.
—¡Qué sabes tú!
—Precisamente, por saber tan poco.
—¿Qué quieres decir?
—Observo mucho, señor.
Se arrastró hasta su lado. La contempló con interés.
—Siempre me desconciertas, Daisy. ¿Por qué eres así? ¿Por qué no eres buena y olvidas por un momento mis amores con tu señorita y me cuentas algo de tu vida? ¿Por qué has venido a caer en casa de los Conell?
La muchacha hizo un gesto vago con la mano, como deseando olvidar todo aquello.
—Quiero saberlo, pequeña; todo lo tuyo me interesa.
—No merece la pena.
—¿Es que ya no lo recuerdas?
Rió con risa forzada.
—Claro que sí. Hace sólo siete años que vivo en casa de los Conell.
—¿Cuántos tienes ahora? —preguntó de pronto, inclinándose más hacia ella—. Perdona si te molesto, Daisy, pero ya sabes que soy tu mejor amigo y todo lo tuyo tiene para mí tanto interés como si se tratara de mí mismo.
—Cumplí este año dieciocho. ¿Le parecen muchos?
Sonrió dulcemente, diciendo:
—No, pequeña, no me parecen muchos, sino por el contrario muy pocos para lo mucho que trabajas.
—Me he acostumbrado desde chiquita.
—¿A trabajar?
—Sí.
Siguió un silencio que interrumpió él:
—Cuéntame algo de tu vida, Daisy, anda.
—Sé que mis padres murieron en una mina del señor Conell, y que desde entonces, hace siete años, estoy a su servicio.
El rostro de Daniel se tornó rojo, pálido después.
—¿Y es eso todo lo que pudo hacer el señor Conell por la hija de sus dos víctimas? —dijo rudo—. Estoy convencido, Daisy, que el mundo es una porquería.
—Yo hace tiempo que lo sé, señor.
* * *
Aquella noche, ya tendido sobre la cama, y con el pensamiento puesto en la humilde chiquilla del monte, dejaba vagar la mirada en torno al techo, sin fijarla en ningún lugar determinado, cuando el teléfono, que reposaba sobre la mesilla de noche, repiqueteó insistente.
—¿Qué sucede? ¿Quién se atreve a llamar tan escandalosamente a estas horas? —preguntó de mal talante.
—¡Cariño!
Colgó rabioso. Aquella voz aún le penetraba más allá de la sangre. Le llegaba al alma, puesto que en ella aún se sentía hincada la figura que se forjara a fuerza de amar con intensidad, de una forma sublime, ideal... ¡Ah! Pero la venda ya había caído, se había desparramado por el sucio suelo de donde ya nunca más podría recogerse como antes: limpia y pura.
El teléfono volvió a insistir.
Tuvo intención de salir del cuarto y dejarle que despertara a toda la casa, pero no lo hizo. Hombre al fin, quiso saber lo que deseaba la mujer que antaño le hiciera desear el matrimonio de una forma casi enfermiza a fuerza de ser intensa.
—Aquí estoy, Ana, dispuesto a terminar de una vez.
Al otro lado la voz se estranguló en un sollozo:
—¡Dan! ¡Qué cruel te has vuelto!
—¡Ana!
—Estoy aquí, Dan, esperándote, siempre, siempre.
—¿Te has vuelto loca?
—Desde que sé que ya no me quieres.
¿Qué no la quería? Quizá, pero lo cierto, lo doloroso, era que aún seguía deseando tenerla a su lado, que la sangre le hacía daño al atropellársele en las venas que...
—Mañana te buscaré en la playa, Ana; en el lugar de siempre.
—Te esperaré. —El susurro murió en un beso, que aún lo alteró más.
¿Dormir después de haberla oído? ¡Imposible! Una vuelta tras otra en el lecho, hasta que ya muy entrada la madrugada se quedó profundamente dormido.
* * *
Los días que sucedieron fueron tristes y fríos para la chiquilla que allí, en el monte, dejaba correr las horas monótonas de las jornadas sin que él volviera a endulzar su tristeza.
Una noche, muchas después de haber sostenido la llamada telefónica, Daisy recibió orden de servir el café en la terraza.
—¿Es que no lo puede hacer otra doncella? —preguntó alzando con desgana la cabeza del libro que estaba leyendo—. Yo no quisiera, ama.
Rosa se aproximó a ella, contemplándola dulcemente.
—Es preciso que vayas, Daisy. Todas las doncellas son feas y viejas, la única que sirve eres tú. Esta noche hay invitados.
Se puso en pie, pero sin deseo ninguno de complacerla.
—Si supieras lo que me duele.
—Lo sé, pero es preciso hacerlo. Además, ya hace tiempo que el señor dijo algo referente a tus salidas al monte.
Se sobresaltó.
—¿Y qué ha dicho? ¿Es que me van a privar de ellas?
La criada rió algo divertida.
—Vamos, Daisy, diríase que te fastidia dejar de salir al monte. Yo en tu lugar estaría muy contenta.
—Todas no somos iguales —repuso bajito—. Aquello me seduce, precisamente por estar sola, por verme allí sin más compañía que los mudos arbustos, los bueyes y el cayado.
—Pero ya eres una mujer.
—Con mayor motivo.
—No.
—¿Por qué?
—Antes, cuando eras una chiquilla, no corrías peligro; ahora que eres mujer, es diferente.
—Puede que te equivoques.
—Ahora no hablemos de eso, Daisy; es preciso que vayas a servir el café.
Antes de marchar, se aproximó a ella pidiendo con voz entrecortada:
—No consientas que me priven de volver al monte. Allí soy feliz.
Rosa la contempló escrutadora.
—Pensé algo malo, Daisy.
—No, no lo hagas, ama; en el monte sueño y disfruto, pero nada más.
—Ahora vete —dijo por toda respuesta.
* * *
Y fue. Ya estaba allí, embutida en el negro uniforme, ante la puerta del saloncito, a través de cuyos tabiques se oían risas y charlas, llegadas, sin duda, de la terraza
Tuvo un sobresalto inmenso, pero aún así penetró en ella, encontrándose de manos a boca con Ana que salía, cuya voz, al verla ante ella, increpó duramente:
—¿No te han dicho hace más de un cuarto de hora que deseaba tomar aquí el café y lo sirvieras tú? Es preciso que en lo sucesivo tengas más ligereza. Pasa,
Muchos ojos se volvieron, pero Daisy soló vio los claros de Daniel Klein que se hurtaron instantáneos, como si el reproche que destilaba la mirada verde le hiciera mucho daño.
En la terraza se reunían varios muchachos de ambos sexos, pero ningún viejo, ya que ni siquiera el padre de la señorita Ana se veía por ninguna parte. Algunos bailaban alegremente al son de la radio, otros bebían licores, tendidos en cómodas hamacas.
Daniel se dejaba caer en una extensible ante la mesita que ella arrastraba, hasta su lado, donde Ana le ordenó.
—Estás muy pálida, Daisy —dijo Ana, distraídamente, sentándose al lado de su novio—. ¿Te sientes mal?
Sin dejar de servir el café tuvo fuerzas para responder:
—Estoy muy bien, señorita, mejor que nunca quizá.
—Después de servirnos puedes irte de paseo hasta la playa, sé que te gusta.
Hizo lo que le mandaban. Terminó y salió fuera con unos deseos terribles de gritar su amargura, pero ignorando a qué se debía aquella congoja que le roía el alma y las entrañas
Entretanto ella se despojaba de la ropa que la cubría y se tendía en la cama (la playa en aquel momento de desesperación no la sedujo) allí, en la terraza, surgían los desinteresados comentarios:
—¿Quién es esa chica tan mona, Ana? —preguntó una de sus amigas al ver desaparecer a Daisy.
La aludida se encogió de hombros con indiferencia.
—Vamos, Paz, no digas tonterías; Daisy es una vulgaridad.
—No —saltó uno de los muchachos—. Esa chica no es una vulgaridad por la sencilla razón de que sus ojos destilan vida y pasión.
—¡Cuánto has visto en unos segundos!
—Lanzar la visual y hacer una observación es toda una cosa —repuso burlón.
—¡Vaya psicólogo!
—Exacto.
—¿Se llama Daisy? —preguntó otra de las muchachas—. ¿Pues sabes que tiene un nombre bien exótico?
Ana ya no quiso oírlos más. Inclinóse hacia su novio que callado y triste, con una mueca indefinible en la boca, se tendía hacia atrás en la extensible, sin tener en cuenta, al parecer, la charla de los demás.
—¿Tú que dices, querido?
—¿A qué te refieres, Ana?
—A esa muchacha que nos sirvió el café.
—No la miré.
—¿Y a mí? ¿No me miras, cariño?
Tenía que mirarla. Era algo más fuerte que él mismo, que su voluntad, que todo, hasta que sus deseos y su corazón, que le gritaba por algo bien diferente. Se despreciaba así mismo, pero aún así continuaba a su lado, saboreando sus besos, alimentándose de ella.
—Creo que sin mirarte ya te veo, Ana.
Se le colgó zalamera de su brazo.
—Vamos a dar una vuelta, Dan. Estos están muy entretenidos y no notarán nuestra ausencia.
¿Debía ir? No, pues de hacer lo que ella pedía, una vez más, sería un muñeco en sus manos pidiendo y haciendo lo que ella deseaba.
—He de marchar, Ana —dijo por toda respuesta.
—¿Sólo? No lo dirás en serio, querido.
—Pues nunca dije verdad tan grande. Esta noche he de acompañar a mi madre a la ópera.
El rostro de ella se atirantó.
—¿Por qué nunca me permites hablar con tu familia? Ni me has llevado a tu casa ni has consentido en que ellos vinieran a la mía. ¿Por qué es eso, Daniel?
Se encogió de hombros. ¿Cómo decirle que sus padres no podían hablar de ella, que sus hermanas la odiaban y su abuela la despreciaba rotundamente?
«No me gusta tu novia —recordó como le decía la anciana, dando una patadita en el suelo—. No es que la haya visto nunca, pero basta que tanto te esté haciendo sufrir para que me sea antipática...»
Todas igual. También su madre, con aquella voz dulce que lo conmovió, la había despreciado más de una vez.
«No me importa que te cases con otra mujer, aunque ésta sea pobre y de familia humilde, pero todo menos verte en manos de esa coqueta sin escrúpulos...»
¿Por qué seguía con ella si ni siquiera a él le interesaba? ¿Por qué? ¡Ah! ¡Los hombres! Ella era bonita, era tentadora, era atractiva... Sólo le atraía lo exterior y de ése jamás podría prescindir, ¡nunca! Era así de débil.
—Nunca se me ha ocurrido, Ana. Más adelante.
—¿Por qué no formalizamos el compromiso? Antes me lo pedías muchas veces.
Sí, también aquello era cierto, pero no menos cierto que no se sentía con fuerzas suficientes para unir su vida a la de ella... ¿Antes? Sí, todo era diferente... ¡Todo!
—Ya lo pensaremos, Ana.
—¿Cuándo?
Se revolvió nervioso.
—Cuando me sienta más calmado. Hoy estoy muy excitado.
—Ya lo noto —repuso mordaz—. ¿Es que te sientes mal?
—No lo creas. He de marchar.
Se puso en pie para acompañarlo hasta la puerta.
—No te molestes, Ani; quédate con tus amigos; yo sé el camino.
Ella se mordió los labios. ¿Hasta allí llegaba la indiferencia que iba experimentando? Tuvo unos deseos terribles de que volvieran aquellos tiempos en que era ella la dueña y él un esclavo. Pero... era ya tan difícil como imposible.
—Bien; entonces hasta mañana, Dan.
Y le ofreció la mano, creyendo quizá que no iba a conformarse, pero se equivocó; la apretó sin demasiado entusiasmo, después desapareció, perdiéndose a través del oscuro parque.
No fue directamente a casa. Como un sonámbulo vagó durante muchas horas en todas direcciones, hasta ir a dar a la playa. ¿Por qué? ¿Por qué iba allí si nada se le había perdido en aquel lugar? ¡Ah! Eso era lo que torturaba su alma. Sus sentidos los llenaba todos Ana Conell, todos, no dejando margen para nadie más, pero el corazón..., a ése no llegaba Ana; allí, alguien más espiritual se precisaba y eso no lo podía dar Ana Conell, por ser quizá más humana que espiritual.
Dejó los ojos vagar durante mucho rato en todas direcciones en torno al firmamento. ¿Qué buscaba? ¿Consuelo acaso? ¿Compañía? ¿Ideal? ¿A Dios tal vez? No lo supo. Sólo comprendió que necesitaba hablar mucho y pedir, pedir sin cansarse, cariño y dulzura; no pasión, porque ésta ya le había cansado
Se supo, al fin, lo que buscaba, pero no quiso decírselo a sí mismo, tuvo miedo, miedo y terror.