EPILOGO
La puerta del despacho se abrió bruscamente, y Maibea, arrebolado el rostro, bailando en sus ojos una expresión de indescriptible alegría, irrumpió en al estancia, al tiempo que su boca se abría en amplia sonrisa de felicidad.
—¡Amor mío! —gritó muy emocionada, sintiéndose oprimida en los fuertes brazos—. No pude guardar para mí sola la satisfacción. No me riñas —pidió mimosuela—; no hubiera podido esperar a que tú llegaras a comer.
—¿Pero, qué sucede? ¿Qué te pasa? Me estás asustando, muñeca.
Ella, ocultando el rostro en el pecho querido, susurró en un sollozo de felicidad:
—Te lo oculté todo hasta no saberlo con certeza. Hoy vine el doctor y… Rolando, amado mío, vamos a ser papás.
—¡Muñeca! ¿Estás segura?
—Sí, Rolando. Y soy la mujer más feliz de la tierra.
¿Para qué continuar? ¿No habéis vivido, muchos de vosotros, una hora igual de inefable felicidad? Pues podéis, lectores, imaginar a Rolando y a Maibea mirándose a los ojos, diciéndose esas mil ternezas que tan vulgares nos parecen en los labios de los demás, pero que a nosotros mismos nos seducen como algo maravilloso. Ellos, esperando el ser que había de marcar en sus vidas una fecha inolvidable, continuaron viviendo, y no fue un solo bebé el llegado de París. Tras de aquél vinieron tres más, y Rolando y Maibea continuaban por el camino recto y noble, elevando al cielo una plegaria, dando gracias al Ser grande y misericordioso, que con suavidad los conducía por una senda plena de ventura y amor.
Tampoco faltaba en aquel hogar feliz la oración destinada al Señor, rogándole un perdón para aquel hombre amargado, quien, en un lejano monasterio, practicaba con resignación una penitencia dolorosa, esperando paciente ser absuelto de los daños ocasionados por haber dado cabida en su corazón a una semilla de odio.
F I N