VI

Fueron suficientes unas cuantas horas para que el escándalo alcanzara proporciones inimaginadas.

En los círculos más elegantes, en los casinos, en el palco de cualquier teatro, en la misma vulgaridad de la calle, e incluso en las casas de modas, donde las modelos hablaban sin cesar, exhibiendo elegantes trajes, se comentaba la burlesca escena ocurrida en un café de la Ciudad Lineal.

El papel desairado de Hugo Walterra, el hombre hasta entonces deseado por todas las jovencitas soñadoras, resultaba altamente grotesco, puesto que su fama de caballero mundano, quedaba, después de lo sucedido, a la altura de cualquier ridículo muchachillo.

En la alta sociedad se comentaba de lo lindo, surgiendo fácilmente una compasión hiriente hacia el despreciado muchacho.

Dorita Payares, secundada por las otras, narraba a su modo la sabrosa escena, y así muy pronto en los círculos más elegantes se oía un comentario unánime: «Hugo Walterra es el hombre más vulgar de la Creación.»

Las siete chiquillas fueron, durante unos días, el blanco de todas las miradas, pero, cosa extraña, a nadie se le ocurrió censurar su proceder.

Aquello fue acogido como una simpática chiquillada, por la parte que a ellas correspondía. Lo que se dijo de él ya era diferente. Su fama de hombre orgulloso y mundano le daba suficiente personalidad, pero al ser víctima de una burla de tal calibre, toda aquella estela admirativa que a su paso había levantado quedaba totalmente pisoteada por seis jovencitas, que capitaneadas por Maibea Piedra-Hermoso, elevaban la ridiculez del hombre hasta proporciones inverosímiles.

Claro que se ignoraba el odio personal que había guiado a la hija de marqués de Piedra-Hermoso, en la escena provocada, ya que de otra forma hubiera sido muy diferente la reacción del público elegante.

Una tarde, poco después de aquello, Rolando Argüelles buscaba a Maibea.

—¿Qué habéis hecho? —apostrofó, cuando la tuvo a su lado—. Hugo Walterra nunca me ha inspirado simpatía, pero os habéis comportado de una forma indignante, impropia de ti, Maibea.

Las manos de la muchacha se crisparon en el volante que empuñaba.

—¿No me pediste en una ocasión que no me casara con él? —Vio el gesto brusco de él, y añadió, sin dejarle hablar—: Enumeraste cualidades nada dignas en contra de ese hombre engreído, y ahora me reprochas el que me haya burlado de él, cuando como yo, no ignoras que eso y mucho más merece su estúpido orgullo, que no tiene justificación.

Rolando la miró fijamente, tan fijamente, que ella apartó temerosa los ojos para ir a clavarlos en la cinta húmeda de la carretera.

—Tú no te has burlado de Hugo porque fuese engreído ni orgulloso. Tú tienes contra él algo que no acierto a explicarme, Maibea. —Y preguntó suavemente, posando su mano en el hombro de ella—: ¿Por qué odias a Walterra? Si lo ignoras, tus últimas frases me lo han asegurado. Lo odias. ¿Por qué? ¿Qué te hizo? ¡Dímelo!

El auto saltó con furia. El pie femenino oprimió con saña el acelerador.

—Aminora esa velocidad, Maibea. Vamos a matarnos.

—¿Qué más da?

—¡Maibea!

—Acertaste, Rolando. En esa burla no me guió solamente el deseo de humillar su orgullo de hombre —dijeron casi sin abrirse los labios femeninos, mientras los ojos se clavaban con obstinación en la carretera—. Ha sido una venganza, una venganza que en sus más finas e invisibles partículas llevaba incrustado un odio feroz. El consiguió que mi niñez transcurriera oscurecida; falta de risas, de alegría… Me había «vomitado un cuervo». ¿No lo recuerdas? —lo miró, apasionada—. Fue en un baile infantil que mis padres ofrecieron con motivo de mi cumpleaños. Tú estabas presente. —La voz se hizo queda, y los bellos ojos afligidísimos, adquirieron una amargura intensa, como si en aquel momento retornara a los infantiles años—. Tú le pediste que me sacase a bailar…

—Lo sé todo. Todo lo recuerdo —murmuró, muy bajo—. Pero nunca sospeché que en tu corazón quedase ni un solo rescoldo de aquello.

—Jamás fui feliz, Rolando; nunca. Las frases de Hugo Walterra se hincaron con saña en mi corazón y fue aquella tarde en la Ciudad Lineal, cuando las sentí volar libremente, dejando mi corazón limpio de nuevo. Hoy, él se ve en el mismo papel desairado en que me vi yo cuando era una chiquilla ilusionada y feliz.

Siguió un largo silencio, que interrumpió él para decir, con esfuerzo:

—Siento mucho lo sucedido, Maibea. Hugo Walterra jamás olvidará la humillación… Yo, en su lugar, tampoco la olvidaría. Además, tú tampoco puedes ser feliz después de lo sucedido. Hugo es hoy el hazmerreír de la sociedad, y tú eres la culpable.

—He conseguido lo que pretendía, Rolando.

—¡Oh, Maibea, qué mal te has comportado! Siento que no me comprendas. Tú, en aquel tiempo, eras una nena sin experiencia alguna; él, un muchacho imberbe y también falto de mundo. Pero ahora…, tú eres una mujer, y Hugo es un hombre cansado de haber vivido; una humillación de tal índole puede ser muy bien la destrucción de un alma.

El auto se detuvo bruscamente. Estaban ante un café de la. Gran Vía. Maibea lo señaló con el dedo al indicar concentradamente, mirando el rostro de Rolando también descompuesto:

—Baja. Todos sois iguales. No me pesa lo que hice, ¿oyes? No estoy arrepentida, y si hoy hubiera que repetirlo, no retrocedería. Baja y vete ahí, donde seguramente te esperan los amigos. Yo deseo continuar sola hasta mi casa.

En silencio se apeó Rolando. La miró largamente al manifestar, con emocionada voz:

—No olvides, Maibea, que pese a todo y ante todo, yo soy siempre tu amigo; todo lo que tú quieras que sea. —Hizo una breve pausa y luego añadió, bajito—: Te comprendo, Maibea, y te disculpo.

La chiquilla rezó, como un eco muy dulce:

—Gracias, amigo mío.

El auto arrancó despacito, dejando a Rolando muy quieto en la acera, siguiendo con la vista al coche, que desapareció veloz.

Transcurrieron dos semanas. Ya las lenguas se habían apaciguado y la vida seguía su curso indiferente a los problemas humanos.

¿Qué había hecho Hugo Walterra en aquellos días transcurridos? Nadie lo supo.

*  *  *

—Abre, Hugo. Por Dios, te pido que me abras.

Era aquella una de las veces en que Agata de Walterra llamaba sin resultado en la puerta de la alcoba de su hijo.

Ignoraba el motivo por el cual Hugo había regresado a casa aquella noche completamente beodo, e ignoraba también por qué desde hacía quince días no salía ni siquiera para comer, de sus habitaciones.

Sabía por el ayuda de cámara de su hijo, que salía todas las noches para regresar a la madrugada totalmente bebido y se preguntaba, angustiada qué había sucedido para que el muchacho se comportara de aquella forma indigna.

—Abre, hijo mío. No me tortures más —insistió la dama, trémula la voz, golpeando suavemente en la puerta de la habitación.

Sintió unos pasos, y la llave de la cerradura girar por dos veces.

—¡Hugo, hijo!

El, en pie a su lado, la miró tristemente.

—Hola, mamá —dijo, emocionado—. Hace quince días que no te veo, mamaíta.

Agata lo contempló largamente, con angustia latente en sus ojos húmedos.

—¿Qué ha pasado, hijo? ¿Por qué te veo así?

El se miró con sarcasmo:

—Es la vida, mamá.

—¿Qué te ha pasado, Hugo? ¡Necesito saberlo!

Sonrió el muchacho. Su rostro, antes lozano, tenía ahora una tonalidad vidriosa. Los ojos miraban apagadamente, y en la comisura de los labios se crispaba una sonrisa amarga.

—Solamente vas a saber, querida mamaíta, que tu hijo es un fracasado; un ridículo muñeco, sin personalidad ninguna.

—¡Hugo!

—¿Ves esas maletas, mamá? Pues es mi equipaje. Esta misma noche salgo en dirección desconocida… ¿Cuándo he de volver? —sonrió, débilmente—. Aún no lo sé; tal vez no lo haga nunca.

Se dejó caer en un sillón, escondiendo el rostro entre las manos que temblaban.

Agata corrió hacia él cogió aquella cabeza morena y, reteniéndola en sus manos, la alzó hasta ella.

—¡Hijo mío! ¿Estás llorando?

—Déjame, mamá —rogó la voz enronquecida—. Déjame que yo solo sufra la humillación… No quieras saber, mamaíta. No me preguntes —concluyó, en un doloroso quejido.

—¿De qué humillación hablas, Hugo?

Era la voz del padre, que, en medio de la estancia contemplaba nervioso la escena.

Madre e hijo se pusieron en pie. Hugo miró primero a uno, luego al otro, terminando por manifestar, con esfuerzo:

—Me marcho de viaje, papá.

—¿Puedes explicarme qué ha pasado para que durante quince días no bajaras a comer, ni permitieras a tus padres la entrada en esta habitación?

Sir Renato Walterra era un hombre distinguido y gallardo, de carácter recto y noble. Sus ojos inteligentes se clavaban en su hijo, apremiándolo para que diera una respuesta a su pregunta.

—Tenéis que perdonarme, padres míos, pero no os lo voy a decir. Sería ridículo negaros que en mi vida ha sucedido algo muy trascendental, puesto que vosotros mismos lo estáis comprobando, pero nunca podré explicaros nada de ello.

—Necesito saberlo, Hugo.

—¿Para qué, papá? Solamente conseguirá el alteraros la sangre, y para eso ya hay suficiente con la mía. Mañana me marcho —añadió, pasando una mano por la frente perlada de frío sudor—. Cuando regrese, tal vez os lo diga.

—¿Y cuándo va a ser eso, hijo mío? —preguntó la dama, enjugándose una lágrima.

La boca crispada de Hugo se distendió en una sonrisa triste.

—No lo sé, mamá. Sé que me marcho esta noche de casa, para mañana al amanecer coger el avión que me llevará a Londres. La fecha de regreso…, la ignoro —terminó, con expresión amarga.