II
Cuando penetró en el jardín, lo primero que vio fue a Maibea cortando entre los rosales un bello ramito de rosas que luego colocaba en un búcaro. Llevaba una faldita beige, aprisionado el busto de purísimas líneas en un jersey crema, subido hasta el cuello; el cabello, suelto por la espalda, y los pies calzados en cómodos zapatitos de deporte.
Se le aproximó por detrás, mientras que sus ojos admiraban una vez más el cuerpo bello, de gracia incomparable.
Muy despacio fue acercándose, hasta que, ya tras ella, colocó sus manos en los hombros femeninos, y, aproximando su boca al oído, susurró dulcemente:
—¿No se le permite a este amigo saludar a la mariposa más bella del jardín?
Ella no se movió. Ladeó la cabeza, encontrándose sus rostros muy juntos, tanto, que sus alientos se confundían.
—¿Y no está permitido a la mariposa decir al amigo que se hace mucho desear?
Los ojos de él, clavados en los suyos, la estremecieron. Aquellas pupilas negras, de expresión profunda y pensadora, le hicieron recordar otros pardos y audaces, y pensó que, pese a todo lo sucedido, ella jamás podría olvidar a Hugo Walterra.
Haciendo un esfuerzo, se apartó de su lado muy lentamente.
—¡Maibea!
Un sollozo cortó sus palabras.
—¡Nena!
Ella no le oía. Había corrido hacia un cenador oculto entre las enredaderas, y, penetrando en él, apoyó la cabeza contra el vidrio.
—Maibea, no llores —pidió él, deteniéndose a su espalda, pero no atreviéndose a tocarla—. Piensa en que la vida es muy bella. Olvida lo sucedido, y emprende una nueva vida, sonriente, optimista, esperando al amor, que llamará a tu puerta cuando menos lo esperes. Recuerda aquello que dijo Campoamor: «Un nuevo amor, ¿no os haría olvidar viejos amores?»
Ella se volvió muy despacio, y, clavando sus ojos, húmedos de llanto, en el rostro pálido de Rolando, susurró quedamente, con esfuerzo:
—También esto lo dijo Campoamor: «La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.»
El silabeó, muy bajo, con los dientes apretados:
—Tú no has amado, Maibea. Fue un espejismo que te cegó. Hugo Walterra no merecía tu cariño, y tú no se lo diste; lo sé.
Rió la chiquilla, con sarcasmo:
—Se lo di todo, hasta mi honra.
—¡No!
—El mundo lo dice.
—Pero tú y yo, y ese Dios que nos ve y nos juzga, sabemos que no es cierto.
Maibea se irguió ante él. Sus ojos chispeaban, le temblaba la boca:
—Dios y yo, sí sabemos la verdad; pero tú, ¿cómo? ¿Quién te lo ha dicho?
Sonrió el abogado con dulzura:
—No te exaltes, nena; te conozco, y esto es suficiente. Sé que entre Hugo y tú no hubo nada. Además, el corazón me lo dice, y nunca me engaña.
Ella le dio la espalda. Siguió un silencio, un silencio largo, muy penoso, que interrumpió Maibea, para murmurar, muy bajo, con voz que era un gemido:
—Entonces, Rolando si yo te pidiera que te casaras conmigo, ¿qué harías?
—¡Maibea!
Se volvió la chiquilla, y sus ojos verdes, de acariciadora expresión, se clavaron ávidos en el rostro pálido de aquel hombre plantado ante ella, que tenía en sus ojos una mirada indefinible.
—¿Lo ves, Rolando? —sonó rota la voz—. Hoy todos me desprecian, todos me humillan, y tú, el que siempre creí el mejor de mis amigos, también me humillas con la duda.
El fue hacia ella y la miró muy de cerca, tanto, que la muchacha ocultó ruborosa las pupilas húmedas.
—Sabes que siempre sentí por ti un amor intenso, de los que jamás palidecen. Pero soy un hombre sin fortuna, un simple abogado que lucha diariamente para ganar su sustento: Eso que tú me has dicho, venía dispuesto a pedírtelo yo…
—¡Rolando!
El sonrió con esfuerzo.
—Sí, Maibea. Es la única solución a tu problema. Pero, ¿te das cuenta de la vida que tendrás que llevar a mi lado? No quiero que sufras —continuó, interrumpiendo el gesto de ella—, y por eso te ofrezco una vida cómoda: tú vivirás con tus padres, aunque seas mi esposa. Yo seguiré allí solo, vendré a tu casa cuando lo desees, y tú irás allí cuando quieras. Es lo único que puedo ofrecerte, Maibea. ¿O quieres mejor que salga por el mundo a buscar a Hugo Walterra? —concluyó, amargamente.
—¡Rolando! —gritó ella—. Me estás ofendiendo.
—Perdona. Si es que verdaderamente lo amas, es muy difícil que lo olvides nunca, y yo deseo ante todo que seas feliz.
La boca maravillosamente bonita de Maibea se distendió en una sonrisa dulcísima. Lo miró cariñosa. El seguía siendo aquel Rolando bueno y comprensivo que tan bien le había aconsejado. Aquel hombre merecía ser feliz, y ella, pobre desilusionada, jamás podría darle una sola partícula de felicidad, puesto que, aunque quisiera, ya le sería imposible.
—Sería una insensata si continuara amando a ese hombre, Rolando —dijo quedamente, retorciéndose las manos, pero sin dejar de mirar el rostro pálido—. Mi corazón ya no sufre ¿comprendes?; es mi amor propio de mujer el que se siente sublevado. Hoy, mi nombre corre por ahí de boca en boca, como el de una despreciable ramera, y yo no lo soy —gritó, en un sollozo—. Hugo Walterra no se llevó ni un solo beso de mi boca. Tal vez no lo creas —sonrió amargamente, viendo el gesto extraño de él—; es lo más lógico que no lo creas, pero, sin embargo, es la verdad más grande que nunca dije.
—Muñeca —rezó Rolando, yendo hacia ella y oprimiendo las manitas que temblaban—, confieso que me extraña; pero, si tú lo dices, te creo; nunca dejaré de creerte. Cásate conmigo. Aún puedes ser feliz. Yo te ofrezco un matrimonio blanco, y tal vez algún día aprendas a quererme como deseo ser amado por ti. Mientras, viviremos como dos amigos, como hasta ahora hemos vivido, como venimos haciendo.
—¡No!
—¡Maibea!
Se miraron muy de cerca. Los ojos le brillaban a pesar suyo, con una pasión arrolladora; a los de Maibea se asomaba una decisión inquebrantable. Las manos de ella se posaron en los anchos hombros del abogado, y murmuró, dulcemente:
—No quiero ese matrimonio blanco que me ofreces. Sé que si no me caso, mi nombre continuará rodando, y un día, cuando menos lo espere, caería tal vez al abismo. Por eso te pido que te cases conmigo, pero óyeme, Rolando: quiero ser tu esposa ante Dios y los hombres, quiero vivir en tu casa con lo que tú ganes, quiero estar en aquel piso bonito cuando tú llegues del trabajo, quiero ser para ti lo que tú has deseado siempre que fuese. De otra forma, jamás me casaré contigo —concluyó, apartándose de su lado y dándole la espalda.
El rostro de Rolando, terriblemente pálido, se atirantó de un modo alarmante. Sus brazos se alargaron, y las manos crispadas alcanzaron la breve cintura femenina.
—Maibea —dijo, atraiéndola hacia sí e inclinando la cabeza hasta aproximar mucho su boca al oído de ella—: ¿te das cuenta de lo que dices? Mi casa no es tu palacio. En ella tendrás que vivir con una sola doncella, mientras que aquí tienes muchos criados. Yo no quiero tu dote, Maibea; si vas allí, habrá de ser con la seguridad de que no querrás nada de tus padres…
—¿Van ellos a tirarlos? —le interrumpió Maibea, sin moverse.
—No me importa. Tendrás que acostumbrarte a vestir con lo que yo pueda comprarte —seguía murmurando a su oído—. Pero debes de hacerme caso y continuar aquí a su lado. Yo te daré mi nombre, haremos ver al mundo que somos un matrimonio feliz, y lo demás déjalo en brazos del Destino, quien decidirá.
La chiquilla se volvió, brusca. Quedaron muy juntos. Los ojos de Maibea se clavaron taladrantes en los del hombre, y dijo, con reconcentrada voz:
—¿Es que me desprecias hasta ese extremo?
—¡Maibea, no me tortures! ¿No comprendes que soy un hombre? ¿No te das cuenta de que te amo con pasión? Viéndote en mi casa y sabiéndote mía, no tendría voluntad suficiente para contenerme… ¡Maibea, sé comprensiva! No quiero que te sacrifiques, no quiero que des lo que no deseas…
La chiquilla sonrió suavemente:
—Al casarme contigo, quiero dártelo todo.
—No, Maibea; tengo miedo de mi. —Comenzó a pasearse, agitado—. Te amo apasionadamente, y… —Se detuvo, la oprimió muy fuerte contra su pecho, y, mirándola a los ojos susurró, con fogosa vehemencia—: Ahora mismo estoy loco por besar tu boca, Maibea; no sabes…
No supo contenerse; no quiso pensar. Desoyendo la voz de la razón, apretó aquel cuerpo con fuerza entre sus brazos, y besó la boca húmeda que se entreabría enloquecedora. Fue un beso largo, interminable; un beso que intimidó a la chiquilla, cuyos ojos, al mirar luego al hombre, se anegaron en llanto.
—¿Lo ves? —sonó rota la voz de él, mientras retrocedía unos pasos—. Lloras porque te he besado; piensas en ese Hugo Walterra, nos comparas a los dos, y él es el que siempre tendrá cabida en tu corazón. Ahora fue sólo un beso, un beso que se le da a cualquiera; más tarde te verás sola conmigo, serás mi mujer, y tendrás que darme más, mucho más que un beso. ¿Y entonces? No, Maibea; te amo apasionadamente, pero no quiero solamente tu cuerpo; quiero que me entregues también tu alma al hacerme cargo de tu existencia.
La chiquilla enjugó una lágrima. Nunca lo había imaginado así; jamás había creído que el ecuánime Rolando pudiera sentir tan apasionadamente. Sintió miedo, un miedo que del corazón le subía a los ojos, de donde, transformado en lágrimas, se deslizaba hasta sus manos, que se retorcían nerviosamente una contra otra. Era el primer beso que sellaba su boca, y era precisamente el amigo Rolando quien le enseñaba el nuevo camino que ella tenía que seguir si deseaba ver su nombre al amparo de las lenguas viperinas del mundo. Había de seguirlo. Aquel beso puro inundaba su alma de temores, pero a su corazón llegó una dulzura infinita, que, pese a todo, no quiso confesar.
—No te puedo dar aún mi alma, pero algún día la compartiremos los dos, Rolando; ¿es que no quieres?
—Tengo miedo de no saber conquistarte.
—Yo sé que sabrás.
—Pues, entonces, esperemos a que aprendas a quererme un poquito.
—No, Rolando —dijo ella, con inquebrantable resolución—; quiero aprender a quererte siendo tu esposa. Deseo ir a tu piso, quiero vivir de ti solo para toda la vida, y desde el momento que nos casemos.
El abogado se detuvo ante ella. Puso las manos en los hombros femeninos, y, mirándola amorosamente, susurró, quedito:
—¿Sabes lo que te voy a pedir?
—Lo sé —replicó, mientras que su rostro se arrebolaba deliciosamente.
—¿Y insistes?
—Siempre.
—Pues entonces, Maibea, vamos a ver a tus padres. Mañana nos casaremos.
—Dios nos acompañará, Rolando.
La miró dulcemente, y, estrechándola en sus brazos, la besó primero en la frente, buscando luego la boca, que confiada se le entregaba si no con pasión, sí, cariñosamente.