IV

Tendida sobre un diván, fumaba distraída un cigarrillo, contemplando las caprichosas espirales que el humo oloroso formaba ante sus ojos.

Vestía un holgado pijama azul que hacía resaltar más su belleza excepcional, y los cabellos, de un negro azabache, caían suavemente llegándole a media espalda.

—Maibea…

—Estoy aquí, mamá —advirtió, sin moverse.

Una señora de bondadoso rostro y aspecto distinguidísimo se perfiló en el umbral del saloncito:

—Pero, hijita, ¿vas a estar así toda la tarde?

—Siéntate a mi lado, mamaíta… Son las cinco y hasta las siete no saldré.

—Vengo a decirte que te llaman al teléfono. ¿Dónde tienes a tu doncella? —reprochó la dama.

Maibea saltó como un torbellino hacia la puerta:

—La mandé a comprar unos libros.

Doña Beatriz Altamira sonrió dulcemente con infinito cariño, guiando los ojos hacia la puerta por donde había desaparecido su adorada chiquilla.

—Beatriz…

—¿Qué quieres, Leandro?

El marqués se sentó a su lado:

—¿Y Maibea? ¿Dónde se ha metido?

—Aquí, papaíto —saltó ágilmente, hasta sentarse en sus rodillas.

Le abrazó impulsiva, uniendo las cabezas de sus padres, al exclamar:

—¡Qué feliz, pero qué feliz!

—¡Suelta! Que me ahogas —protestó, cariñosísima, la marquesa—. Eres toda nervios. ¿Quién te llamaba por teléfono?

Maibea besó en ambas mejillas los rostros paternos y saltó luego dando unas cuantas vueltas de vals.

—Hugo Walterra —declaró, haciendo una cómica reverencia.

—¿Qué es eso, Maibea? ¿Es que te burlas de ese muchacho?

—¡Oh, papá! ¿Cómo piensas semejante disparate? De Hugo Walterra, el hombre más orgulloso y engreído del planeta, no se burla una chica tan insignificante como yo.

Su boca, al concluir, sonreía picaruela, desmintiendo así las frases llenas de ironía.

—¿Nunca has pensado en casarte, nena?

—No, papá. —Se sentó en el brazo del sillón que su padre ocupaba, y añadió, un poco soñadora—: Aún no encontré al hombre que yo deseo.

—Descríbeme tu ideal.

—No te burles, mamá, porque si crees que no lo tengo, te equivocas. Aún no le he dado forma, ya que eso me interesa muy poco, pero sí en cambio se la di en mi corazón.

—Cuéntanos, nena.

—¿Para qué, papá? Tal vez me pase la vida buscando y lo más probable es que jamás lo encuentre. Hay tan pocos hombres que a mí me gusten hoy en el mundo… —concluyó, con cómica tristeza.

El marqués se puso en pie. Acarició el rostro ambarino, diciendo, pausadamente:

—Nunca trataré de imponerte un marido, ya que deseo, ante todo, que te cases a tu gusto, pero si quisieras complacerme tratarías de amar a Rolando Argüelles. Hugo Walterra —añadió, persuasivo— es hijo de mis mejores amigos, pero no me es simpático… Se me antoja que, bajo su apariencia de hombre mundano y digno, esconde una vida nada clara, más bien fangosa. Claro qué puedo equivocarme y desearía que fuese así. Dicen que más vale malo conocido que bueno por conocer, y yo también lo creo, hijita. ¿Qué me dices, Beatriz? —terminó, dirigiéndose a su esposa.

La boca de Maibea se entreabrió en una sonrisa extraña:

—Creo, papaíto, que ni Rolando ni Hugo encarnan mi ideal. Además, soy joven aún. Tengo mucha vida por delante y quiero paladearla con fruición, exenta de preocupaciones, llena, en cambio, de mucha ilusión. ¿Es que no me vais a permitir? —Y fue hacia ellos, sonriendo zalamera.

—¡Coquetuela! —la abrazó su padre—. Siempre querremos lo que tú quieras.

*  *  *

Cuando Maibea se quedó sola, fue hacia el teléfono, marcando seguidamente un número.

—Soy Maibea —dijo, quedamente—. ¿Eres tú, Dorita?

—…

—Óyeme. Esta tarde te espero a las siete y media en la Ciudad Lineal. Ya sabes, en el jardín de siempre.

—Sí. Hoy haré que se declare.

—…

—¡Bah! ¿Qué importa? Yo no tengo tiempo de llamar a las otras… Hazlo tú… No os olvidéis de las señas que haré cuando…

—…

—No me pesará jamás, te lo aseguro.

—…

—¿A qué fin? No tengo contra él nada en absoluto. Solamente me inspira antipatía, como a todas vosotras. Además, un escarmiento le sentará estupendamente. ¡Ya verás! —…

—No hables tanto, Dorita, y recuerda: a las siete y media en el café que ya conoces de la Ciudad Lineal.

Había llegado su hora. Era ya tarde para retroceder y aunque pudiera hacerlo, no retrocedería. Estaba segura de que mientras no se vengara, jamás sería feliz y aquella tarde conseguiría su propósito por encima de todo.

Todas sus amigas ignoraban el interés que la guiaba en la burla. Dorita Payares había insinuado algo, cosa que ella destruyó con frases frías, pero contundentes.

Estaba dispuesta a morir antes de relatar a nadie los hechos acaecidos seis años antes. Incluso Rolando, el único enterado de «aquello», jamás lo mencionaba: tal vez ni siquiera lo recordaba. ¡Había sido todo tan rápido! Pero, no obstante, ella jamás lo olvidaría.

Tampoco Hugo parecía reconocer en la hermosa muchacha, a la chiquilla que motivó su desprecio… Aquella fiesta infantil, que dejara grato recuerdo en todos los corazones infantiles, fue demasiado insignificante para que el orgulloso Hugo Walterra, ya entonces un engreído muchacho, petulante y tonto, guardase de ella el menor recuerdo.

No quiso pensar más en todo aquello. Obrar calladamente, escondiendo celosamente sus propósitos, era lo más acertado, puesto que a ella «sólo» la guiaba el deseo de humillar a un hombre ridículamente engreído.

Puso en su tocado más cuidado que nunca, y cuando hubo concluido, se miró al espejo, sonriendo satisfecha. La figura que le devolvía el simpático cristal era extremadamente turbadora, algo nunca soñado.