III

Ring…, ring…, ring…

La mano de Rolando Argüelles alcanzó el auricular, mientras que con la otra sujetaba la pluma.

—Diga.

Su rostro serio, de expresión cansada, se iluminó.

—Hola, Maibea.

La voz femenina se oyó clara y armoniosa:

—Rolando, te espero esta noche para cenar.

—Tienes que perdonarme, nena, pero no podré ir.

—¡Oh, Rolando! Eso no es posible. ¿Para eso me has mandado las flores esta mañana? Esta noche se celebra en mi casa un baile, y tú habrás de estar a mi lado.

—No puedo complacerte, Maibea —se disculpó con esfuerzo, crispando una mano en el auricular.

—¿Vas a consentir que me vea sin un amigo, en el día de mi cumpleaños?

—¡Tienes tantos a tu alrededor!

—¡Rolando!

—¿No es verdad, Maibea?

Esperaba la respuesta con anhelo, aunque sabía cuál habría de ser. Y lo más doloroso era que tampoco ignoraba lo cierto de la réplica, que, sin embargo, estaba exenta de la pasión que él deseaba.

—Como tú, ninguno, Rolando; bien lo sabes.

—Gracias, muñeca —susurró, esforzándose en aparentar severidad—. ¿Ya sabes que Hugo Walterra llegó ayer a Madrid?

La respuesta llegó hasta él clara y vibrante, pero absolutamente indiferente:

—Ya lo sé. Sus padres están invitados al baile.

—Y él los acompañará.

—Seguramente. ¿No vas a complacerme tú, Rolando?

La mano que sujetaba la pluma fue a limpiar el sudor que perlaba su frente morena de pensador.

—¿Tengo mucho trabajo, Maibea.

¿Mucho trabajo? Sí, era cierto; pero también era dolorosamente cierto que si no asistía al baile era por el temor de verse desairado por los amigos. El ya no pertenecía al mundo de ellos. Había dejado de serlo, desde el momento en que su casa fue vergonzosamente a la bancarrota. No deseaba imponer su presencia a quien no la deseaba, y ahora, ella, inconscientemente, con aquella ingenuidad que le subyugaba, le rogaba que de nuevo se enfrentara con aquel mundo falso que anteriormente lo había despreciado en una época dolorosa, cuando más necesitado se hallaba de un apoyo leal y de un desinteresado amigo.

¡No, jamás! El había renunciado para siempre al placer de una vida cómoda, y nunca más tornaría a disfrutarla.

—Deja el trabajo para mañana, Rolando —pedía ella, mimosa, interrumpiendo sus rebeldes pensamientos.

Con esfuerzo, replicó él:

—Tal vez lo haga.

—Te espero, querido.

Cortó sin responder. Aquella dulzura de ella lo trastornaba, le volvía loco. Era un insensato. Continuar amándola cuando no ignoraba que ella jamás sería para él, pobre fracasado…

La cabeza morena se ocultó entre los brazos, cayendo desmayadamente sobre la gran mesa del amplio despacho.

Otra vez aquel Hugo se hallaba en Madrid. ¿Con qué intenciones regresaba? Buena, ninguna. Le conocía bien. Era un alma vengativa, y haría purgar la ofensa recibida.

El debía de poner a Maibea en guardia contra aquel hombre. El debiera de decir… ¿Qué? ¡Nada! ¡Nada! ¿Con qué derecho obrar de otra forma? ¿A qué fin inmiscuirse en asuntos que lógicamente en nada le concernían?

Se puso en pie. Era preciso alejarse de Madrid aquella noche, durante la cena baile, para justificar de esta forma su ausencia ante Maibea.

¡Qué deseos tuvo de morirse allí mismo y de ahogar con ímpetu el grito angustioso de su corazón! Pero la vida era cruel; ella ordenaba, y había de acoger de grado o por fuerza, todo lo que ella le enviase, tal vez para continuar sufriendo indefiniblemente.

*  *  *

La orquesta instalada en un ángulo del suntuoso salón, sobre una especie de plataforma improvisada, dejaba oír un vals de Strauss cuando Nelda Payares preguntó, tocando disimuladamente en el brazo de Maibea:

—¿Has visto a Hugo Walterra?

—De lejos. Sus padres ya me han felicitado; él, aún no.

—Míralo allí; va bailando con Pili Hortelano. Parecen enfrascados en agradable charla.

—Con ésta ya son dos veces las que baila con ella.

—Parece olvidado de «aquéllo»…

Maibea se encogió de hombros.

—¿Quién se acuerda de eso? —dijo, indiferente—. Sería ridículo que, después de dos años, nos guardara rencor…

Dos muchachos venían hacia ellas.

—¿Bailamos, muñecas?

Ambas rieron, coquetuelas.

—Si no nos inspirarais compasión, os decíamos que no —sonrió Maibea, dejándose enlazar.

Los veinte años de Maibea Piedra-Hermoso parecían resplandecer aún más en aquel marco de exquisitez inigualada. El hombre que bailaba con ella, uno más en el número de los desdeñados, así lo pensaba, girando los ojos del rostro luminoso de la chiquilla a la amplitud suntuosa de aquel elegante salón, donde la luz de las potentes arañas prendidas del techo hacían refulgir las joyas de las damas que, ataviadas con elegantes modelos de noche, danzaban o charlaban en compañía de serios y estirados caballeros vestidos de frac.

Risa, alegría y felicidad; todo ello se desprendía de aquella fiesta mundana, tal vez poco familiar, pero, sin embargo, de una suntuosidad indescriptible.

Hugo Walterra, recostado ahora sobre un ventanal aislado de todos, dejaba vagar sus ojos por el salón hasta ir a clavarlos en la figulina esbelta, enfundada en un vaporoso modelo blanco, que con coquetuela gracia dejaba al descubierto los hombros torneados, de impoluta blancura. El traje, llevado con distinción, ceñía su cintura de avispa, revoloteando como mariposa, en las rápidas vueltas de vals. Haciendo que la leonina mata de negros cabellos despidiera azulados reflejos bajo la luz artificial de las arañas.

La encontró como nunca de bella. Su belleza un algo incitante le enloquecía de nuevo. Ella pasaba ahora bailando por su lado, sin percatarse de la mirada ávida del hombre, clavada en su cuerpo, observando todos sus movimientos, bebiendo con avaricia la gracia alada que se desprendía de su persona al pasear por el salón su belleza de diosa.

La vio luego rodeada de amigos, cautivándolos a todos con sus ojos juguetones, enloqueciéndolos con su movimiento felino, lleno, a pesar de todo, de inigualado encanto.

El necesitaba bailar con ella; necesitaba tenerla en sus brazos, aunque fuera un segundo tan sólo; él…

Nunca supo decir cómo había llegado hasta ella; sólo comprendió, y creyó que sería suficiente, que se encontró a su lado, diciéndole, atento, al inclinarse hacia ella:

—¿Me concedes este baile, Maibea?

Vio cómo el grupo entero, con Maibea a la cabeza, volvía hacia él sus ojos muy abiertos. A todas las mentes llegó un recuerdo. En aquel instante, la «burla», totalmente olvidada, parecía imponerse en todos los presentes. Claro que éstos eran pocos y discretos; por eso vieron con naturalidad cómo su amiga, luego de dudar tan sólo un segundo, asentía con la cabeza, dejándose enlazar por los fuertes brazos de Hugo Walterra. Este, en lo más profundo de su ser, sentía palpitar el recuerdo, que parecía herir su corazón de una forma dolorosa y jamás hasta entonces soportada.

La frente de Maibea llegaba justamente a la nariz de Hugo, y a éste fácil le fue comprobar que la chiquilla mostraba la más absoluta indiferencia.

—¿Es que no deseas bailar conmigo, Maibea? —preguntó él, inclinándose hasta mirar con fijeza los ojos verdes, que tenían una expresión fría.

—¿Por qué piensas eso? Contigo, como con otro.

No se inmutó ante la mirada escrutadora de Hugo, sino que, por el contrario, la sostuvo con valentía, sonriendo por último un poco coquetuela.

—Veo que eres franca, y esto me satisface.

—Siempre lo he sido.

—¿Estás segura?

Rió ella, bajito.

—Ya sé por qué lo dudas. Pero debieras ser generoso y olvidar.

—¿Te disculpas?

Las pupilas verdes de expresión dulce se endurecieron un tanto, sosteniendo la mirada de Hugo.

—No, Hugo; no me disculpo. Dijiste que parecía que me había vomitado un cuervo, y era preciso que ese vómito te diera una sabrosa lección.

—¿Cuándo he dicho yo que te vomitara un cuervo? Francamente, no lo recuerdo.

—No merece la pena ni recordarlo.

—Pero dime cuándo fue.

—Era yo muy niña; tenía muy pocos años. Tú, catorce. ¿No recuerdas una fiesta infantil en mi casa?

Los ojos pardos adquirieron una expresión indefinible.

—¿Y guardaste aquello tantos años, Maibea? —preguntó, con extraña voz.

—Sí, Hugo. Reconozco que fui un poco rencorosa. Hoy ya todo lo he olvidado…

Los ojos de él parecieron decir: «Pero yo no lo olvidaré jamás». En cambio, la boca, un poco apretada en principio, pero sonriente después, manifestó con alegría:

—Eres una muñeca deliciosa; si no fuera así, tal vez yo no te hubiera perdonado nunca.

—Muy galante. Pero debes reconocer conmigo que aquello no tuvo la menor importancia.

—¡Oh! ¡Claro que no!

Maibea no se fijó en la ironía de la réplica; su atención estaba puesta en el rostro cetrino, en los ojos pardos de expresión apasionada un poco audaz, en la boca sensual que sonreía bajo el fino bigotito negro, y en su apostura toda, de marcada distinción. Parecía que lo veía por primera vez, puesto que jamás lo encontró tan elegante y hermoso.

—Espero que olvidarás todo lo pasado y seremos buenos amigos, ¿no, Hugo? —se encontró diciendo, casi sin pro ponérselo.

—Hace mucho que lo he olvidado, Maibea. En cuanto a ser tu amigo, ya sabes que fue mi primer anhelo.

Concluía la pieza. Se recostaron en un ventanal, mirando al jardín y así transcurrió la noche antes de que la charla decayera.

—Hace rato que te veo mirar en todas direcciones —dijo él, sonriente—. ¿Qué es lo que buscas?

Habían pasado ya muchas horas, y ella, cansada, se dejaba caer en un banco del iluminado jardín.

—Busco a un amigo que me ha prometido venir, y al que no hallo por ninguna parte.

Hugo, en pie ante ella, se inclinó hacia adelante.

—¿Tu novio?

—¡Ja, ja!… —rió ella, feliz—. Rolando Arguelles es solamente un buen amigo mío.

El rostro de Hugo adquirió una expresión que ella no vio a causa de la oscuridad del rincón.

—Me han dicho que está completamente arruinado. ¿Es cierto?

—Desgraciadamente, sí —sonó triste la voz femenina.

—¿Le amas, Maibea?

—¿Estás loco? Le quiero como a un hermano, pero nada más.

—El te quiso siempre.

Maibea, sin responder, se puso en pie.

—¿Vamos al salón, Hugo? La quietud de la noche me pone nerviosa.

Eran las cinco de la madrugada cuando Maibea, ayudada por la doncella, se despojaba del vestido de baile. Al verse cómodamente tendida en el lecho, rememoró los hechos sucedidos en el baile, su charla con Hugo, su alegría de saberse joven y bonita, por todos admirada, pero en medio de todo ello un vacío: la ausencia del amigo triste, su más leal consejero.