I
—¿Pero es que me creéis incapaz de hacerlo? —se irritó Maibea Piedra-Hermoso, chispeantes de ironía los maravillosos ojos—. ¡Qué poco me conocéis! Haré eso y mucho más si me lo propongo.
—Precisamente porque te conozco, te ruego que desistas, Maibea —intervino Nelda Payares—. Lo que piensas es una insensatez.
—Deja tus consejos para el próximo año, Nelda —chilló su hermana—. Lo que hará Maibea es formidable. Ese chico es un estúpido orgulloso y tonto, y un escarmiento no le vendrá mal.
Cinco voces se unieron a la de Dorita Payares.
—Merece un escarmiento, no cabe duda. Estoy harta de verlo mirarme por encima del hombro, como si él fuera más que yo. Vamos, Nelda, di con nosotras que Hugo Walterra es el hombre más fatuo de la Creación.
—Aunque así sea, ¿qué más os da? Además, ¿qué podéis decir de él, si casi no lo conocéis? Siempre he pensado que no se conoce a nadie verdaderamente hasta que transcurren muchos años después de haberlo tratado íntimamente, y ahora os lo repito: Hugo Walterra estuvo alejado de España seis años. Es cierto que era antes un muchacho insufrible, pero ahora…, ¡quién sabe!
Maibea Piedra-Hermoso irguió la cabeza para mirar a su amiga con extraña expresión:
—¿Estás enamorada de él, Nelda?
—¡Estás loca! Hugo Walterra es un hombre de quien yo no me enamoraría jamás.
—¿Lo ves? Hasta en eso estamos de acuerdo.
Nelda la miró fijamente al interrogar:
—Si es que «hasta en eso estemos de acuerdo», ¿por qué te dejas acompañar de él?
—Para darle una lección.
—¿Y no temes las consecuencias que pueda acarrearte esa «lección»?
Una carcajada burlona interrumpió sus palabras.
—¡Oh, Nelda, qué ingenua eres! —sonrió Maibea—. Es preciso estar ciega para no ver el mezquino interés que me inspira ese hombre.
Cuando Maibea concluyó se levantó y fue a coger un cigarrillo, que llevó a sus bien dibujados labios, que después de lanzar el humo, se fruncieron en pícaro mohín.
—Decid conmigo, amigas mías. ¿No es maravilloso el plan?
—Formidable, Maibea —saltó, impulsiva, Pilarín Hortelano—. Pero señálanos hora, día y el lugar.
Maibea pensó un poco.
—El me acompañará, como ya sabéis —dijo después—, aunque no me pidió relaciones. El día que yo crea… —Hizo una mueca burlona, añadiendo—: Os lo advertiré.
Las cinco muchachas se pusieron en pie.
—Nos marchamos, Maibea —participó Nelda—. Estáis locas y yo me excluyo del grupo. Ya me diréis el resultado de la «jugada».
—Lo celebraremos, ¿de acuerdo? —indicó otra de las muchachas—. ¿Qué os parece invitar a la «pandi» masculina para una excursión campestre?
—¡Estupendo!
—Hasta mañana, entonces.
Se fueron. Maibea Piedra-Hermoso se sentó ante el piano, dejando que sus dedos largos y finos recorrieran las blancas teclas.
Estaba convencida que obraba mal, pero también era seguro de que ante nada retrocedería.
Recordó su niñez; a sus padres, que la adoraban; su alegría infantil cuando ellos, más amantísimos que nunca, le anunciaron la fiesta para celebrar su cumpleaños. Eran doce los cumplidos, doce hasta entonces nunca oscurecidos. ¿Luego? La fiesta, la ilusión tremenda que la embargaba. Su alegría desbordante cuando se vio ante el espejo de tres lunas, ataviada con aquel traje bello de nívea blancura semejando a un ángel. Entonces, ella no había prestado atención a su rostro carente de belleza ni a sus cabellos lacios e incoloros. Ignoraba aún lo que significaban las vanidades del mundo. Fue después, en el jardín, al verse desdeñada, cuando en tropel acudieron a su mente los detalles casi insignificantes, pero potentes, dolorosamente visibles más tarde.
Ya entonces se alejó, yendo a ocultarse en una esquina de todos ignorada, para llorar amargamente su primer fracaso en el mundo. El nombre de Hugo Walterra, jamás lo olvidó. Transcurrieron muchos años, en los cuales vivió para atender únicamente a su físico, sin pensar que el alma también precisa de alimento, dejándola crearse a su libre albedrío, burlando a las monjas, hurtando a los ojos del mundo su fondo roído por el odio. ¿Qué sacó de tantos esfuerzos? Una belleza excepcional, una gracia inigualada, una simpatía arrolladora. El embrujo que irradiaba de su rostro; la seducción que emanaba de su cuerpo de diosa pagana, enloquecía y fascinaba al mundo, que, después de haber juzgado, aquilatando el valor físico y moral de la hija de los opulentos marqueses de Piedra-Hermoso, expresaba en frases abiertas y contundentes, que aquella chiquilla de dieciocho primaveras, era incomparable.
¿No era, pues, un triunfo rotundo? ¿No había logrado lo que se proponía?
Cuando Hugo Walterra pisó tierra patria, después de aquel largo viaje de estudios, pensó como todos: la hija de los marqueses de Piedra-Hermoso era lo más selecto que él había conocido jamás.