I

Han transcurrido dos años desde los hechos narrados en el capítulo anterior.

Aquella burla provocada por siete distinguidas jovencitas, que ocasionara tan sabrosos comentarios en la alta sociedad madrileña, había sido relegada al olvido eterno; de ahí que el nombre de Hugo Walterra fuese siempre pronunciado con naturalidad, aunque él desde entonces no hubiera hecho acto de presencia en la capital de España.

Se decía que acompañaba una expedición por India, pero en concreto se ignoraba lo sucedido a Hugo Walterra en aquellos dos años. Sus padres, si es que lo sabían, lo callaban y de esta forma, Hugo levantó otra vez una estela de curiosidad admirativa, tal vez sin habérselo propuesto.

Maibea Piedra-Hermoso continuaba su vida alegremente, exenta de preocupaciones, y con su hermosura excepcional causaba estragos en los infelices corazones varoniles.

Después de verse libre de aquella partícula de odio incrustada en su ser, continuó su vida, como íntimamente se había propuesto; despreocupadamente, absorbiendo el aroma de la vida, paladeando con ansia su más sabroso jugo.

La mayor parte de sus amigas, se habían casado; otras, en compañía de sus padres, instalaron su hogar en distintos lugares de España. Solamente Nelda Payares seguía viviendo en Madrid.

Eran íntimas amigas, aunque sus caracteres fueran totalmente dispares. Cada una respetaba el modo de pensar de la otra, y de esta forma, lograban entenderse perfectamente.

Para Rolando Argüelles, la vida en aquellos dos años, había sido cruel. El capital de los Argüelles, ya de por sí muy menguado, desapareció enteramente en una desafortunada inversión que los llevó a la ruina material y moral, ya que Donato Argüelles, padre de Rolando, de carácter poco firme y voluntad de pájaro, se incrustó una bala en el cerebro privándolo primero de la razón y luego de la vida.

¿La reacción de Rolando? Propia del hombre luchador, serio de espíritu y corazón inmensamente grande. Se vio solo en medio de un mar revuelto, que rebelde se encabritaba hasta casi ahogarlo; por todo aliento, una madre casi enloquecida y enferma, y unas deudas horribles que saldar. Su nombre como abogado llegó a sonar alto, y su palabra en los tribunales sobresalía entre todas, llegando un momento en que el abogado Argüelles se cotizaba a un precio elevadísimo entre toda la abogacía madrileña.

Fueron días muy duros, horriblemente tenebrosos los que se le mostrarán en el transcurso de los meses, hasta verse al fin, después de largos y penosos estudios y más esfuerzos, libre de deudas, pero sin madre. Muerta ésta, callado y doliente era el nido sencillo de aquel hogar silencioso, pobre y muy triste.

Quiso comenzar una vida nueva y lo logró. Alquiló un piso en una céntrica calle madrileña e instaló su bufete. Y allí pasaba horas y horas agobiado de trabajo, estudiando incansable, haciendo esfuerzos inauditos por sobresalir entre todos sus colegas, cosa que logró. No obstante, pese al orgullo íntimo que inundaba su ser al verse subir por su propio esfuerzo, cuando en aquella hora de la madrugada abría la puerta del piso, se hallaba solo, triste, poseído de una amargura infinita y un cansancio agobiador.

En aquella soledad de la alcoba, ansiaba como nunca la mano femenina cariñosa y tierna que calmara dulcemente su cansancio moral y físico, acariciando con mimo su frente perlada de sudor.

El precisaba una compañera, una mujercita sencilla, sin ambiciones, que lo amara y por aquel mismo cariño renunciara a la vida frívola, caprichosa y vana, de lo que él había de prescindir, puesto que carecía de capital suficiente para sufragar gastos inútiles.

¿Y dónde hallar a la mujer que por cariño renunciara a las vanidades de la vida? Encontrarla era tan difícil como hallar una aguja en un amarillo pajar. Además, él solamente amaba y amaría a una chiquilla. Pero ésta se movía en un mundo ficticio, ahíto de frivolidad, falto de esa cariñosa comprensión que él ambicionaba.

Maibea Piedra-Hermoso había dejado, al surgir la ruina de su casa, de ser una posibilidad para él. Nunca tomaría a declararse, a pedirle un poco de cariño como en aquellos lejanos tiempos, seguramente olvidados por ella.

Jamás se encontraban. ¡Sus puntos de reunión eran diferentes! Aquellos salones elegantes, que ambos frecuentaban en años pasados, representaban hoy un lujo del que Rolando había de prescindir sin remedio. Leía los periódicos con avidez, hallando en sus páginas, con frecuencia, la figura elegantísima tan idealmente distinguida como hermosa era su carita de rasgos delicados. Aquellas páginas eran contempladas con arrobo, con apasionado amor por el amargado abogado, quien, reflejando una desesperación indescriptible en su rostro de facciones enérgicas y varoniles, aprisionaba la cabeza entre sus manos, mientras que de su pecho se arrancaba un gemido de dolor.

En las fibras más sensibles de su ser guardaba un recuerdo que lo alumbraba en sus horas negras, cuando la desesperación se adueñaba de él. Era el cariño fraternal que ella le profesaba, el interés demostrado en la época en que se vio solo y triste, sin más compañía que la amargura. Maibea Piedra-Hermoso, lo animaba con su charla dulce y persuasiva. Sus llamadas telefónicas, su probado interés por todos sus asuntos, llegaba al corazón de Rolando como una música celestial, algo tan radiante como deseado.

Había que conformarse con aquello. Ella, sincera y leal, se mostraba en su presencia tal como era: sin ficción ni frivolidad, pero sin embargo, dando a entender a cada instante, que no le amaba de la forma que él anhelaba. Claro que, aun cuando hubiera sucedido lo contrario, él jamás hablaría. Maibea Piedra-Hermoso era para él algo tan bello como imposible.

De esta forma, la vida seguía rodando, y quién sabe si en una de sus vueltas sepultaba la palabra «imposible».