II

—¿Estás decidido, Hugo?

—Completamente —replicó el aludido, cesando en sus continuos paseos—. Son ya dos años sin ver a mis padres. Compréndelo. Es hora, al fin, de que les dedique unos días. Además —continuó, con indiferencia—, pienso casarme muy pronto.

—¿Eh? ¿Quién es la valiente que se atreve a compartir contigo el resto de su vida?

—No te burles. He decidido formalizar; tal vez lo consiga al lado de una bella españolita.

—¡Oh, amigo mío! Precisamente vas a buscar una españolita cuando ambos estamos bien seguros de que no servimos para casados. Has dicho infinidad de veces que amabas a España con apasionamiento, y ahora tus palabras lo desmienten, puesto que si escoges para mujer a una morena de Romero de Torres, faltas irremisiblemente a los deberes de buen español, ya que no puedes ignorar que será la más desgraciada de las criaturas.

Hugo hundió las manos en los bolsillos del batín, al mirar a su amigo, apoltronado en una butaca, de una forma enigmática.

—Durante dos años hemos vivido juntos; hemos compartido la misma alcoba, hemos viajado por las cinco partes del mundo, y vivido idénticas aventuras. Ahora dime, Michael, ¿qué piensas de mi modo de ser? Eres un buen psicólogo, y sé que me has observado, estudiando todas mis reacciones.

Michael Bruce dio una gran chupada al cigarro puro que fumaba, estiró las piernas por encima de una mesa próxima, y dijo después, con absoluta indiferencia:

—En primer lugar, Hugo, somos los dos, ¿eh?, unos cínicos sin escrúpulo alguno.

—¡Michael!

—¡Ah! ¿Pero lo ignoras? Yo tal vez lo fui desde que he nacido. Tú, en cambio, ya es diferente.

—¿Por qué?

—Cuando te cité en Portugal, me escribiste diciéndome que no venías. Aquella carta aún la conservo, porque me gustó. Yo soy un cínico, es cierto, pero admiro a quien no lo es, y tú, en aquella época, eras un hombre con la cabeza bien sentada en su sitio. En la epístola enumerabas los encantos de cierta morena de ojos verdes; a las claras se veía que estabas chalado por ella. ¿Qué sucedió después? Lo ignoro. Te vi llegar a Londres cuando menos te esperaba. Y desde entonces fuimos dos balas perdidas, sin frenos, sin escrúpulos. Nuestra vida de crápula es de lo más bajo, lo reconozco, pero también puedo asegurarte que si te secundé fue porque comprendía que la precisabas para seguir viviendo. Eras un hombre amargado que anhelaba ahogar su dolor en el fragor de los cafetines de barrio, en las grandes casas de juegos, en los elegantes salones; revuelto todo ello en un mar de fáciles pasiones. Nunca te pregunté nada porque sabía la llaga aún abierta. Ahora, en cambio, te veo curado, quiero saberlo. ¿Qué ha sucedido en tu vida, para que mataras en tu corazón los más sanos principios morales?

Walterra, que lo había oído sin cesar en sus paseos, se detuvo para mirarlo con fijeza:

—Has acertado, Michael; todo eso es dolorosamente cierto…

Y a renglón seguido, narró los hechos acaecidos aquella tarde lejana. Cuando hubo concluido, miró a Michael, al tiempo de encender un cigarrillo, que temblaba en su boca a impulsos de su nerviosidad.

—¿Qué tenía contra ti Maibea Piedra-Hermoso?

—Que yo supiera, nada. No recuerdo haberla visto nunca. La primera vez que mis ojos se clavaron en ella fue para enamorarme como un incauto. —Hizo una pausa; luego añadió, pensativo—: «El vómito de un cuervo suele causar un daño incurable»…

—¿Qué quieres decir con eso, Hugo?

Walterra levantó la cabeza y sonrió amargamente:

—Esas fueron sus últimas palabras, y aún hoy sigo sin comprender su significado.

Siguió un silencio que interrumpió Michael:

—¿Sigues amándola, Hugo?

El otro rió tan rudamente, que su risa casi parecía un sollozo:

—¡Me inspira el más feroz de los odios!

—¡Malo! Lo más acertado hubiera sido que sintieras hacia ella una indiferencia absoluta.

—Eso es imposible, Michael. Maibea Piedra-Hermoso me hizo un daño muy grande. Consiguió con su burla que saliera de España como un ridículo muñeco fracasado, y eso no lo olvido jamás.

—¿Para qué deseas volver a España? ¿Quieres amargarte aún más?

—Mi vida ya está enlodada. Soy un vicioso, un perdido, un golfo sin conciencia. Tú bien lo sabes. Y ella fue la culpable de que mi existencia transcurriera amargada, metido de lleno en el lodazal más inmundo; absorbiendo avaricioso los más bajos placeres. ¿Crees que puedo perdonarla? No, Michael. Van dos años transcurridos y en ellos quedó sepultado mi corazón. Hoy soy solamente materia corrompida. Mi cuerpo sólo es figura; por dentro no queda nada: todo se ha quemado.

Michael se puso en pie, yendo hacia él.

—Recapacita, Hugo —aconsejó emocionado, conduciéndolo a su lado—. Piensa que España no es el lugar más a propósito para calmar tu desesperación. Además, vas cegado por el odio y éste es muy mal consejero. Olvídalo todo y vente conmigo; aún estamos a tiempo de arrepentimos y ser felices. ¡Quién sabe lo que Dios nos tiene deparado aún!

Hugo parecía una momia. Sus ojos vidriosos se clavaban obstinados en un punto inexistente, y la boca muy atirantada, dijo tan sólo:

—Ante mí veo muchos caminos, pero entre todos ellos hay solamente uno señalado: la venganza.

*  *  *

Habían transcurrido algunas semanas, cuando ambos amigos, muy cogidos del brazo, salían de un cabaret a altas horas de la madrugada.

—¿Sabes, Hugo? Esta vida me va cansando. Voy a dedicarme a buscar una mujercita buena, de corazón ingenuo, con la que compartiré el resto de mi fortuna.

—¿Y tu vida?

—También la compartiré con ella y el trabajo.

—¿Eh? ¿Tú, trabajar?

—¿Por qué no? Tengo una carrera.

—Resulta grotesco oírte, amigo mío; tal vez el vino ingerido, es el culpable de que tu cerebro esté como una cafetera despotrillada.

—Te hablo con el corazón en…

—La oreja —concluyó nervioso Hugo.

—No permito que te burles. He decidido cambiar de vida y lo haré. ¿No decías tú que también ibas a casarte?

—Hoy ya no pienso así.

—Eres un mentecato, Hugo. Estoy convencido.

—¿Sabes lo que pienso hacer si no te callas?

—No.

—Pues dejarte solito.

—Sé bien que no lo harás. En serio te lo digo, Walterra Voy a buscar novia y casarme.

—Yo no seré el padrino de tu boda.

—No importa, buscaré al sereno. ¿No te parece original?

Siguieron dando traspiés hasta llegar al hotel. La charla deshilvanada no cesó en todo el trayecto.

Cuando se vieron en la habitación, dijo Hugo, mientras con esfuerzo se quitaba los zapatos:

—Mañana me marcho. ¿Por qué no me acompañas a España?

—¡Dios me libre!

—¡Estupendo! Si no me acompañas, espérame aquí y me reuniré contigo dentro de dos meses.

Michael colocó de cualquier forma la chaqueta del pijama sobre su cuerpo atlético, al tiempo de interrogar con esfuerzo:

—¿A qué vas a España?

—Te lo diré cuando vuelva.

—¡Brrr!… —bostezó Michael, tirándose de bruces en el lecho.

—Otra noche como la de hoy, somos hombres muertos.

—¿Estás seguro, Hugo?

—Com…com…pie…ta…mente…

—Pues, yo… yo… yo… no… no… lo estoy…

Unos segundos después roncaba escandalosamente.

Como ésta, eran todas las noches de Hugo Walterra, a partir de una tarde que marcara en su corazón una señal incurable…