“Petit Luc, criado del VII Regimiento de Cazadores Montados, a Antoine Liotard, en casa del señor Douru, maestro ebanista, calle Blancs Manteaux, París.
Dobrowna, 19 noviembre
Amigo Antoine:
Te envío la presente para que sepas que tu compañero Petit Luc sigue vivito y coleando. Te burlaste cuando me harté de ser aprendiz y no moverme del establecimiento más que una cabra amarrada, y tenías razón, ya que me hallo en un mal trance. Desde el 19 de octubre que salimos de Moscú, siempre hemos vivaqueado en el bosque. Dicen que vamos a Varsovia. Al ejército le falta todo, incluso el pan y el calor y cuanto es necesario para vivir. Por fortuna, hay los caballos muertos, y te aseguro que un trozo de caballo a rajitas y pasado por el fuego, con grasa si la tiene, no es mal bocado. Poseíamos un gran pedazo de veinte libras, pero el imbécil de mi amo ha dejado que se helase, lo que es una lástima. También por suerte, a escondidas del muy animal, tenía cuatro libras de arroz, que he hecho con grasa, agua y azúcar, cuando él no me veía, y esto ha sido un suculento manjar. Por mi parte, el frío y yo somos dos, ya que poseo un enorme capote de buena tela forrado con zorro de Siberia, que encontré en una casa y que al parecer vale seiscientos francos. Si no fuese por un panadizo que me ha salido en la mano derecha, y que me atormenta mucho hinchándome el brazo de mala manera; si no fuese porque la ropa interior me apesta, ya que la llevo puesta desde hace dieciocho días; si no fuese por la nieve, muy difícil de andar sobre ella, a pesar de que tengo buenas piernas, si no fuese por todo esto podría decirte que estoy muy bien de salud. El mal tiempo no puede durar siempre.
Te aseguro que solamente veo gente que se muere. Si hubiera que enterrarlos tendríamos que cavar una zanja desde aquí hasta Smolensko, de veinte pies de ancho por veinte de profundidad. Pero no los enterramos, pues no hay tiempo a causa de los cosacos. Sólo he visto enterrar a dos. El primero era un pequeño que tenías seis días, lo que te demostrará que si no hice bien metiendo las narices en este galimatías, tampoco soy el más joven del ejército. Ese niño había nacido al salir de Borogobuí, hijo de la señora Dubois, cantinera, y mujer del barbero de nuestro escuadrón. El cirujano del regimiento la ayudó a dar a luz en su carricoche, y aquella misma noche los granaderos mataron un oso blanco. Se lo han comido. Ocho días más tarde, después de haber emprendido la marcha muy temprano, hemos hecho una parada al salir el sol. La madre Dubois quiso aprovecharlo para darle de mamar al pequeño, pero ya estaba muerto, tan duro como la madera. Los que se hallaban a su alrededor la consolaron, diciéndole que era una suerte para el niño. Un zapador, compasivo, se alejó unos pasos de la carretera y cavó una tumba con su hacha, en la nieve. El padre, durante todo ese tiempo, estaba arrodillado, sosteniendo al pequeño entre los brazos. Cuando el agujero estuvo listo, lo abrazó y lo depositó en su tumba, si puede llamársele tumba, lo taparon..., y esto fue todo.
La segunda vez que vi enterrar una persona fue hace cuatro o cinco días en la carretera de Smolensko a Krasnoiar. Dicha persona era la buena amiga de mi amo Méhée. O al menos, eso es lo que creía siempre. Me decía: con lo imbécil que es ha conseguido llevarse una chica de Moscú, lo que demuestra que no es tan tonto como parece. Es una historia muy poco corriente, que voy a contarte por entero, ya que tengo tiempo, hay luz y poseo tinta, toda vez que nos hallamos en una casa de correos, que no ha ardido más que a medias, y que mi amo espera a un oficial que tiene un trineo, en el que tendremos que subir para salvar el pellejo.
Bien, yo tenía mis dudas en Moscú sobre las relaciones de mi amo y esa joven. Pero no me imaginaba la verdad, ya que se necesitaría tener los riñones en el sitio del corazón para creerse una historia semejante. Es bien cierto que los viajes forman a la juventud y que la instruyen. Se trataba de una jovencita de quince o dieciséis años, e incluso yo me había dicho que haría conmigo una buena pareja. Méhée la había encontrado, al parecer, en un incendio. Vivíamos los tres juntos en una especie de portería. Pero cada cual tenía su cama, y al principio, las dos camas aquéllas solamente servían para procurarme más trabajo. Ella se llamaba Alexandra que es otra manera de decir Alexandrina. Era una chica muy particular ya que, cuando Méhée salía, practicaba el tiro de pistola en el jardín y me daba propinas para que no me “chivase”. Una vez que el amo se dejó el caballo, ella lo montó a horcajadas y en sandalias, a pesar del vestido, y le obligó a saltar las vallas. Aquel día también me dio unos centavos para que me callase. Como no era asunto mío, me limitaba a pensar que en aquel maldito país, los maridos debían tener que vérselas con unas esposas muy especiales.
La joven debía aburrirse todo el día, y esto la tornaba endiablada. Una mañana me asomé con sigilo por la ventana, a fin de ver cómo se hacía el tocado. Tuve suerte, ya que estaba vuelta de espaldas, pero completamente desnuda, y hete aquí que me vio por el espejo. Era una joven muy bien formada, pero demasiado dura y delgada para mi gusto. Esto es lo que pensé. Pero no pude continuar en mis reflexiones porque saltó sobre su capa, se envolvió en ella y empuñó un pistolón con intenciones de disparar sobre mí. ¡Te imaginas qué salto di! Me atrapó en el jardín, desnuda bajo la capa, y me dijo:
—¡Como vuelvas a hacerlo otra vez te meteré una bala en cada ojo!
No volví a hacerlo, y nunca más habría vuelto a verla desnuda, de no haberse muerto. Debo decirte que los dos caballos murieron antes que ella. Pasó muchas fatigas y mucho frío. El otro imbécil no se daba cuenta de nada. Fui yo quien le dije:
—¿No veis que está muerta?
Los cazadores montados que quedaban con nosotros acudieron a consolarle, así como muchos oficiales. Es preciso decir que todo el mundo admiraba a Méhée porque se había llevado una moza de Moscú. Por eso todo el mundo acudió a abrazarle, e incluso algunos le hicieron regalos. Yo mismo me hallaba sumamente apenado porque daba lástima. La joven había sido mala conmigo y Méhée me trataba como si yo no existiese, pero resultaba triste ver aquello.
Así, cuando el día apuntó, mi amo decidió que se la enterrase. Hemos empezado a cavarle la fosa en la nieve. Había soldados que se paraban en el camino para contemplar el espectáculo. Como Méhée es el hombre más vanidoso del mundo, le gustaba que todos le mirasen. Entonces ha dicho:
—Quiero que la entierren con su mejor vestido.
Hubo que desnudarla. Y siéntate, amigo Antoine, porque una cosa así no se ve todos los días, es muy difícil de creer, ni en nuestro barrio ni en ningún teatro verás nada parecido. No era cosa fácil desnudarla, puesto que sus ropas se habían endurecido con el frío y estaban tan secas como la justicia. Méhée tiraba de un lado y yo de otro. Recuerdo que me decía:
—No haces más que tonterías.
Al quitarle el vestido, salió también la camisa. Y yo, tonto de mí, iba pensando: ya sabía que era delgada, pero jamás pensé que tuviese menos pechos que yo. Tan pronto como la camisa hubo salido, Méhée me pegó un empujón y me dijo:
—¡Largo de aquí! — y le obedecí.
Me reuní con los cazadores que esperaban. Durante aquel rato, él volvió a vestirla. Los soldados tenían los ojos llenos de lágrimas, lo cual es malo, porque aquí, las lágrimas se hielan en seguida. Luego, le cortó un mechón de pelo. Y yo iba reflexionando. La prueba de que me había ordenado desnudarla era que se lo esperaba tan poco como yo. Fue la misma sorpresa para ambos. Y por eso me empujó, creyendo que yo no lo había visto todavía, pero lo que sí me extrañó es que tuviera el tupé de cortarle un mechón de pelo, después de haber visto como yo el vientre de Alexandra, y haberse dado cuenta de que era un muchacho.
Que lo entienda quien pueda, Después de aquello, le escuché lanzar grandes jeremiadas, de tal modo que partía el corazón de los más animosos. Ella era esto, ella era lo otro..., decía. ¿Te das cuenta, amigo Antoine? Y desde entonces no cesa de contarle a todo el mundo las gracias de su amada, e incluso llegó a decirle a un capitán que se hallaba encinta de él. ¡Y era un chico! Como durante la marcha no tengo otra cosa que hacer sino reflexionar, he intentado hallar alguna explicación, pero como vulgarmente se dice, no veo el final del ovillo. El último a quien se lo preguntaría sería a Méhée, ya que si se enterase de que yo lo sé me mataría a sangre fría, como estuvo ella a punto de hacerlo con el pistolón; y cuando escribo “ella”, ya me entiendes.
Esto sirve para que veas las cosas curiosas que ocurren en esta retirada, y aún las que podré contarte cuando vuelva al taller si los lobos, los cuervos, los cosacos y otros animales no nos han comido aún. En fin, espero salir con bien de todo gracias al trineo. Se lo deberé a Alexandra, ya que el oficial que nos cede una plaza lo hace por compasión ante las grandes desdichas de mi amo. Te aseguro que en la vida nada ocurre como uno espera. Yo soy un testigo que debía quedarse en Moscú, de donde por fin he tenido que salir.”
Blanche Albine había extendido una mano estremecida hacia la carta. Pero cuando Moustache se la ofreció, la rechazó.
—¿Cómo es posible? —balbució—. ¿Lo he entendido bien? ¿Mi Alexandra, un chico? ¡No puede creerse! ¿Por qué tenía que fingir así?
—Espera, chiquilla —la interrumpió Moustache, con triunfal modestia—. He aquí la carta que acompaña a este interesante documento. Es posterior de un siglo, casi día a día, a la de Petit Luc, ya que está fechada el 1.ª de julio de 1912. Está dirigida al harón de Méhée, bien a nuestro huésped, aunque en aquella época debía ser muy joven, naturalmente, bien a su padre, que es lo más probable. Está firmada por Alberic Varennes, archivero de la Asociación de Amigos del Imperio. Te la leo.
“Muy señor mío:
Como no ignoráis, sin duda, varias asociaciones eruditas y de fidelidad a la historia, han querido conmemorar el aniversario de la campaña de Rusia con publicaciones originales relativas a esta epopeya, aún poco conocida.
A ejemplo de la Sabretache, nuestra sociedad se ha propuesto particularmente ofrecerle al público una antología de cartas inéditas que fueron enviadas por militares franceses a amigos suyos de Francia durante la marcha sobre Moscú, la ocupación de la capital y la retirada. Esta publicación es posible gracias al hecho de que numerosos correos franceses fueron interceptados por los cosacos y fueron, en su época, de gran interés para los servicios militares y diplomáticos rusos. Luego los clasificaron en los archivos del Estado. Gracias al señor Serge Goriainov, director de los archivos del Imperio y de los archivos centrales de San Petersburgo, cierta cantidad de tales cartas han sido comunicadas en los últimos tiempos a organismos franceses, lo que ha permitido al coronel de Villeuneuve Bargemon, y luego al señor Federico Masson, poder publicar muchas de ellas en el “Carnet de la Sabretache”, mientras que el señor Chuquet, del Instituto, comunicaba otras a las “Feuilles d’Historie”, y, finalmente, otras figuraban como apéndice a la correspondencia inédita del emperador Alejandro y Bernadotte:
La carta que nuestra sociedad va a publicar, a su vez tiene la particularidad de emanar de un dosier confidencial donde estaban clasificados documentos apresados a los correos franceses cuya importancia había sido juzgada suficiente para ser leído personalmente por el emperador Alejandro. Ese dosier contiene también cartas de Napoleón y de sus mariscales, y asimismo avisos de los intendentes acerca del estado de los suministros franceses, e indiscreciones de cocheros sobre los itinerarios proyectados por sus amos. Se comprende que el menor detalle sobre el estado de ánimo de las tropas francesas, su avituallamiento, sus esperanzas o inquietudes, etc., fueran de un valor inapreciable para el soberano ruso, que vacilaba entre la guerra a ultranza o la paz.
Sin embargo, la presencia de ciertas cartas en el dosier confidencial del emperador ruso, extraña a primera vista. Tal es el caso de la que hoy tengo el honor de transmitiros. Es debida a un tal Petit Luc, doméstico de vuestro tatarabuelo el general barón Méhée, a la sazón lugarteniente. La presencia de esta carta curiosa, pintoresca, extraña por más de un detalle, pero desprovista de interés político o estratégico, no se halla justificada más que por la nota del funcionario imperial encargado del apartado que tiene adjunto. He aquí la traducción:
“Me apresuro a transmitir a Vuestra Majestad dos cartas del emperador Napoleón al duque de Bassano, otra de este soberano al señor de Hogendorp, relativas a las operaciones de guerra, las cuales proporcionan detalles bien fundamentados. He pensado, señor, que era en bien de vuestro servicio que Vuestra Majestad tuviera de ellas conocimiento lo antes posible, a fin de que con la ayuda de Dios, pueda sacarse de las mismas el máximo partido. He creído mi deber añadir una carta misiva que interesa dolorosamente a la nobleza de Vuestra Majestad, puesto que comunica la muerte del príncipe Alexandre Novosilrov. Como Vuestra Majestad no ignora, ese joven, casi un niño, no había podido resolverse a abandonar Moscú cuando entraron en ella los franceses. Para evitar los insultos del populacho, sus hermanos y él se habían disfrazado de mujer. Pero el joven príncipe fue a esconderse en los sótanos del palacio. Descubierto por los franceses, resolvió quedarse a su lado, disfrazado, aprovechándose de esta privilegiada situación para enviarnos las informaciones que pudiese sorprender. En su sagrado heroísmo, incluso había calculado las posibilidades de un atentado, en el transcurso de un espectáculo, contra el emperador Napoleón. No pudo llevarlo a cabo, pero nosotros hemos recibido con regularidad, gracias a su temeridad, informes muy notables, particularmente la dirección tomada por el ejército francés al comienzo de la retirada. En razón del carácter particular de la misión cumplida voluntariamente por ese valeroso niño, he creído que Vuestra Majestad querría anunciar por sí mismo la triste nueva al general Novosilrov, dándole la versión que más convenga al legítimo orgullo del general, al mismo tiempo que la más apropiada para consolarle por la cruel pérdida de su hijo.”
La carta y nota adjunta jamás han sido publicadas, y a nuestra vez, inspirándonos en el respeto de la vida privada de los corresponsales y las justas susceptibilidades de sus descendientes, os las transmitimos, a fin de que vos mismo decidáis si resulta o no oportuno, al publicarlas, modificar ciertos aspectos de la leyenda, ya clásica, que rodea la memoria de vuestro ilustre antepasado.
Esperando vuestra atenta respuesta, reciba, querido señor, la expresión de nuestra más alta consideración.”
Blanche había interrumpido varias veces la lectura de Moustache, con exclamaciones diversas. Tan pronto indignada, tan pronto ansiosa, deseando no perder ningún detalle de importancia, al fin estalló:
—¡Vaya cerdo, ese rusito! ¡Conque se disfrazó para fingir la comedia del amor a ese idiota de Méhée y traicionar a nuestros pobres soldados!
Un brillo colérico chispeó en las pupilas de Moustache.
—¡Hay que ver cómo gritas, cuando no reflexionas! ¿No te das cuenta de que el pequeño Alexandre es el perfecto héroe? Se queda solo, a los quince años, en una ciudad asaltada por el enemigo. Acepta los riesgos del soldado lanzado a la más espantosa de las campañas, del conspirador dispuesto a cada instante a cometer un atentado que pagará inmediatamente con la vida. Y este heroísmo lo compra, sufriendo lo que debía ser más odioso a aquel joven cuerpo valeroso: ¡las caricias del abuelo Méhée! Y para colmo, el pequeño guerrero que, en el drama que vivía su país, quiso a los quince años hacer de hombre, murió vestido de mujer.
Un poco confundido por su entusiasmo, Moustache calló y hurgó en sus bolsillos.
—Me dejé los cigarrillos arriba, ¿no tienes aquí?
—¡No; bien sabes que estoy completamente desnuda! —añadió—. Tienes razón, Moustache, hablé demasiado aprisa. Ese rusito era una excelente persona, pero ese Méhée era un., un...
—¡Un cerdo, acabas de decirlo! Ese hombre era un milagro de picardía; el mayor petardista con grandes sentimientos que haya existido. Le conozco ahora como si fuese mi propio hijo. Un animal, lleno de gozo por entrar el primero en Moscú sin haberlo merecido. Un indolente, demasiado perezoso para hacerle la corte a una mujer, esperando que su uniforme y la estampa de su corcel seduzcan a las damas; un cobarde que busca razones para excusar su espanto ante una jovencita que se halla a su merced, que finge amarle y no le opone más que débiles barreras que él no tiene la audacia de trasponer. Pero su cobardía le es provechosa, ya que si hubiese atacado a fondo, descubriendo lo que en realidad era Alexandra, éste, tal como lo imagino, con seguridad le habría matado. Un triste vanidoso que goza haciendo creer a todo Moscú una buena suerte que habría debido ocultar, de haber sido cierta, en razón de la juventud, de la familia y la nacionalidad de su conquista; un sórdido avaricioso que le ofrece a su tierna amiga obsequios comprados con las joyas que le ha robado. ¡Ah, le veo, como si estuviera aquí, adulador con sus jefes, amable y charlatán con sus iguales, y duro con su doméstico! Un vanidoso sin espíritu, que acepta apaciblemente que su Alexandra lo abandone todo y corra peligro de morir para seguirle públicamente por los caminos de Europa; un comediante que, una vez muerta ella, se complace en interpretar la tragedia del desconsuelo junto al cadáver, exhibiendo su dolor y dando el espectáculo. Pero lo peor es cuando descubrió el sexo a que pertenecía su conquista. ¡Con qué sangre fría empujó a Petit Luc! En un segundo descubrió la verdad y adoptó su actitud. Lo que le aterra no es el derrumbamiento del gran amor de que se creía objeto, sino el peligro de que los otros lo sepan. Y delante de Petit Luc, que abre los ojos asombrado, corta un mechón de pelo en prueba de devoción. ¡Se necesita cara dura! ¡Un mechón de pelo del príncipe Alexandre Novosilrov! ¡El mismo que se conserva bajo aquella campana! Méhée sólo piensa en una cosa, en escribirle a su amigo Edmund para imponer la versión que ha elegido. ¿Crees que está ni medio bien engañar a su amigo de la infancia, bajo el tono de la confidencia fraternal? Es la última de sus maldades, en pequeña escala, ya que a su regreso a París...
Moustache se había levantado. La carencia de tabaco le enfurecía. Amenazaba con la mirada a los múltiples Méhée que se hallaban en ventajosas posturas en los cuadros del salón bañado en penumbra.
—A su vuelta a París —continuó en voz baja y violenta—, tu Méhée, tu puro caballero, tu héroe, comprende que si no puede conseguir muchos progresos en su carrera, fiando en su talento y su valor, tiene oportunidad de hacer carrera explotando las apariencias engañosas de una aventura en la que él no ha sido más que un odioso cobarde. Otro, que no fuese él, habría hecho lo imposible por olvidar toda la historia. Para Méhée se convierte en un oficio. Pasea su dolor por los salones, y posa para los pintores. Las damas, que jamás se habían fijado en él, se atropellan a su alrededor. ¡Se convierte en el melancólico, el irresistible Méhée! Sus jefes están orgullosos de tenerle a sus órdenes. Asciende de graduación. Para la nueva escuela literaria, es un tipo romántico y romancero. De no existir, Víctor Hugo o Dumas lo habrían tenido que inventar. Cuanto más le agasajan las mujeres, más el ejército le eleva y su mirada se torna triste y estólida. Los regímenes cambian, pero Méhée siempre está al gusto del día. Ni siquiera tiene necesidad de devolver su uniforme, ya que la desesperación fiel no tiene partidos. ¡Y Alexandra! Iba a olvidarme de esta maravilla, ¡su esposa bautiza con el nombre de Alexandra a su primer hijo! Y Méhée asiste a todo esto impávido, sin reír, siempre sombrío, siempre admirable. Ha entrado en la leyenda, y ésta lo conserva. Con el pelo blanco, todavía debió lograr que la emotiva emperatriz Eugenia se estremeciese ante su relato. Supongo que los turistas ingleses debían pagar para subir al castillo por el paseo marítimo y ver por la tarde al viejo guerrero, cuyo corazón se quedó entre las nieves rusas, el cual se paseaba lentamente contemplando la puesta de sol. ¡Sinvergüenza! ¡Qué esfuerzos debía hacer en tales momentos para no frotarse las manos! A su alrededor se iba esparciendo un murmullo religioso: “¡Miradle, piensa en su Alexandra!” ¿Y qué crees que veía Méhée, en tales ocasiones? ¡El cuerpo de su Alexandra en el instante en que la había desnudado para meterla en la fosa!
Blanche Albine se había levantado con un crujido de seda. Sus redondos y nacarados hombros se alzaron levemente. Se estremeció.
—Tengo frío.
Vuelto a la realidad, Moustache devolvió los documentos al cofre, lo cerró, dejó la llave donde la había cogido, apagó la luz, asió a Blanche por el talle y la arrastró hacia la escalinata.
—El más infecto tal vez sea el otro, el barón Méhée de hoy —murmuró ella, abandonándose al brazo que la guiaba en la oscuridad—, ¡Este ni siquiera ha hecho la campaña de Rusia! Sabe la verdad, ya que los documentos se hallan en el cofre, y esto no le impide servirse de esta sucia leyenda para deslumbrar a las jóvenes. ¡Y lo logra! ¡Yo misma había caído en el garlito! Puede ufanarse de haberme trastornado con su castillo, su historia de amor y sus cuadros. Naturalmente, conociéndole ya ahora, estoy segura de que no se hubiese casado conmigo. ¡Oh, qué odioso tipo y qué odiosa casa!
Tropezó en un peldaño, cayó sobre una rodilla y sólo tuvo tiempo de agarrarse al cuello de Moustache.
—¿Lo ves? ¡Por poco si me mato en esta covacha!
Moustache la invitó a moderar su cólera, y, como furiosa consigo misma, furiosa contra lo que le rodeaba, decepcionada, vejada, incapaz de contenerse, doblaba las esquinas de los corredores de una manera que corría el riesgo de romperse la nuca o provocar un escándalo terrible. Moustache resolvió cogerla en brazos y llevarla hasta su habitación.
—¡No te aproveches demasiado! —gemía ella.
Moustache había empujado la puerta. Dejó a la joven sobre el lecho, se precipitó hacia el paquete de cigarrillos, encendió uno, y luego volvió a acercarse a Blanche la cual, acurrucada como un conejito en el mismo lugar donde él la había dejado, no se había movido.
—No trato de aprovecharme, cariño. No sería una cosa digna de esta noche. Tú estás colérica contra el Universo. Los hombres, el amor y los castillos te fastidian por igual. Si alguna vez pretendo tus favores, elegiré otra hora más oportuna. ¡Vamos, duerme!
La besó en la nuca y lentamente se dirigió a la puerta. Ya en el umbral, dio media vuelta:
—Entonces, hasta pronto. Yo volveré de Sudamérica en octubre. Adiós. Te lo digo porque mañana me marcharé muy temprano.
—¡Moustache!
—¿Moustache? ¿Qué pasa con Moustache?
De un salto se había ella puesto a cuatro patas sobre la cama.
—¡Moustache, me voy contigo!
El regidor intentó fingir asombro, pero no lo consiguió y estalló en carcajadas.
—¿Cómo? ¡Pero si creía que el teatro no te tentaba, porque era demasiado ficticio...!
Con su tierna mirada de damita joven, ella le suplicó que se mostrase generoso. Moustache la contempló con aire burlón, en el que se mezclaba cierta admiración.
—Hacías mal hablando así del teatro, Blanche Albine —gruñó—. Creo que se portará bien contigo. Eres hermosa, eres sagaz, no tienes pudor, eres inconsciente... Con tantos triunfos en la mano, puedes compararte a Réjane. Ya sabes que la estrella de nuestra jira será Alexandre Niel.
La joven le escuchaba con los ojos resplandecientes de esperanza. Moustache había destruido una leyenda, pero estaba a punto de esbozar otra: la de Blanche Albine.
—Sí, lo sé, ¿y bien? —balbució ella.
—Pues bien, a su regreso se queda con la dirección del teatro Diderot. Si se fija en ti, y se fijará, puesto que eres su tipo, tal vez te ofrecerá lo que aquí te ha faltado: la gran ocasión.
Moustache se había pegado el cigarrillo al labio, con gesto arrabalero. Desapareció lentamente por la puerta entreabierta, sin dejar de valorar a Blanche con su mirada cínicamente amistosa.
—Los consejos que les he dado a las otras no les han ido nunca mal. No serás la primera en llegar a la celebridad gracias a las advertencias de Moustache. Contestarás a los reporteros: se lo debo todo a X... o a Y..., olvidándote de Moustache. Dentro de unos años, cuando vuelva a verte en un estreno, me darás los buenos días con la mano, diciéndome con voz muy bien educada que soy un canalla por no llamarte de vez en cuando por teléfono. Y si te telefoneo me contestarán que has salido, que la señora no está en casa.
La puerta se había cerrado. Por la mejilla de Blanche Albine, aún a cuatro patas, contraído el semblante, se deslizaba una lágrima, pequeñita, pero de facetas múltiples, como un brillante: la faceta del pesar, la faceta de la gratitud, la faceta de la emoción, la de la esperanza...
—¡Ah, no, ya verás, Moustache! ¡Oh, si llego a ser una gran artista..., tú..., yo...!
Pero su mirada, descorazonada por la puerta cerrada, resbaló y se fijó en el espejo. Se contempló en él. Se halló patética. Aquella expresión era preciso retenerla. Fuera, en la noche, la alondra volvía a cantar, dominando el tumulto del viento en los árboles. Aquel fondo sonoro valoraba más aún la dramática melancolía del rostro reflejado en el espejo, un rostro verdaderamente perfecto, pensó, para llenar un cartel de diez metros de alto por siete de ancho.