Capítulo 1

LA CONSERVA DE ALPILLES

 

E

N 1946, Bernard Entragues, de veintisiete años de edad, era ingeniero agrónomo y estaba empleado en una gran empresa del Charolais. Su pasión por la exploración, y, más especialmente, las grutas, cavernas y todo aquello que huyendo de la luz del día se hunde bajo tierra, replegándose, convulsionándose, encerrando en su derredor un misterio peligroso y cautivante, aunque ya entonces le tentaba todavía no le tenía dominado. Cuando se está todo el año trabajando en el Charolais no resulta muy cómodo ir a hacer de topo en los agujeros del Tirol, los Pirineos, o el Atlas.

Claro está que tenía sus vacaciones. Pero después de algunos ejercicios como aficionado, Entragues había comprendido la necesidad de un material perfeccionado que sólo poseía un inconveniente: su precio.

—Sacrifica tu mes de agosto. Tengo un lugar para ti. Tendrás gastos pagados y tu salario será honorable. Y el año próximo, equipado como un americano gracias a tus economías, podrás llegar al menos hasta el fuego central de la Tierra.

Era su camarada de Universidad, Nasi (le llamaban así porque hablaba con voz nasal, aunque se llamaba Becker, en realidad), quien le había dado este consejo, al tiempo de tragarse lo que quedaba de “choucroute” en el plato.

Becker era un chico listo que se dedicaba a las importaciones y exportaciones, como sin darle importancia, pegado continuamente al teléfono, En todas partes tenía corresponsales, y a su amigo le había propuesto España como lugar donde pasar sus vacaciones, y ganarse su futuro material de espeleólogo.

—Una inmensa heredad. Una familia de Leiva, noble como el mismo Dios. Técnicas completamente anticuadas. Desde hace muchos años, esta familia vive en la antigüedad. Mi padre, que estuvo muchos años en España, sin conocerlos, era íntimo de un amigo de ellos. Y he aquí cómo sé que necesitan Un técnico que pueda modernizar su manera de cuidar la hierba, y, sobre todo, darles una idea exacta del valor de sus terrenos, ya que, para complicar las cosas, existe una historia de partición de tierras de la que no entiendo nada. ¿Te conviene?

Una semana después, Entragues, mohíno por la carbonilla que le entraba por los ojos, procedente de la locomotora del tren que había tomado en Granada, fastidiado por un calor que reducía las carreteras a polvo, y que a fuerza de abrazar el cielo lo tomaba blanco, saltó a una pequeña estación cuya fachada encalada lo cegó. Mientras estaba mirando a todas partes, en el extremo del andén de tierra apisonada se destacó una sombra que se le acercó, parándose a su lado. El joven tuvo la fuerza de voluntad de levantar sus ojos parpadeantes hacia el propietario de la sombra, y se halló ante una joven de veinte años vestida con una especie de traje de tenis, más bien delgada, con bella boca, cuyos labios se estaba mordiendo, nariz respingona, con las aletas algo temblorosas, y unas pupilas grises, inglesas, dentro de unos enormes ojos algo orientales. Sus cabellos eran tan oscuros y espesos, unidos en un moño, que Bernard Entragues pensó por un momento que estaban húmedos.

La inspección había sido recíproca. Metódicamente, la joven había empezado por los polvorientos zapatos del francés, y ahora terminaba con su bella mirada clavada insolentemente fija en la del espeleólogo. Este se sintió molesto y quiso hablar. En el tren, había estado repasando un manual de conversación, pero en el momento de dar a conocer el fruto de su estudio, se dio cuenta de que solamente era capaz de preguntarle a la muchacha si podía indicarle un buen dentista, una habitación con cuarto de baño a un precio razonable, o que le planchase sus calzoncillos.

—Entonces, ¿es usted el ilustre técnico?

Un ligero ceceo, una pronunciación demasiado estudiada, la vibración de las consonantes traicionaban el español en aquella voz ligeramente ronca que, sin embargo, podía alcanzar una tierna inflexión al final de sus exclamaciones, y en el momento de interrogar.

—¡Huuum! —continuó la muchacha, contemplando la maleta—. Ya veo que es usted un gran viajero.

Entonces se acordó, y la primera palabra que le dirigió a la joven fue un “no”. No, él no era un gran viajero; la maleta era de su amigo Nasi, mejor dicho, Becker, que se la había prestado; por esto la maleta estaba llena de etiquetas de hoteles internacionales.

La joven emitió una risa silenciosa que hirió al joven. Se sintió tentado a odiarla, a hacerla responsable del calor que le hacía sudar las rodillas, del polvo que le ahogaba, de la desnudez de aquella estación en la que se sentía desdichado. Pero la muchacha le estaba ya alargando una mano que él apretó, extrañado al sentir el dorso caliente y la palma fresca.

—Es usted gentil... Bueno, quiero decir bueno, honrado...

La muchacha se extraviaba buscando las palabras apropiadas entre aquellos epítetos clásicos, que han perdido todo su vigor desde el siglo XVIII Se dio cuenta de ello. Tal como se ayuda a alguien tendiéndole la mano, Entragues sonrió. La estación no era ya un desierto, sino una campana reluciente en la que habían efectuado el vacío para dar más realce a un rostro delgado que se estaba debatiendo entre los giros del idioma francés.

—Amable es la palabra apropiada. Es usted muy amable al haberme confesado que la maleta no era de usted. Yo tal vez hubiese mentido.

Reflexionó y añadió:

—No, no habría mentido, pero habría estado a punto de hacerlo.

—Tal vez yo también habría mentido, si no hiciese tanto calor.

—¡Pobre! ¡Y yo le estoy reteniendo al sol!

Efectuaron un movimiento para marcharse del andén. Y entonces fue cuando se dieron cuenta de que todavía seguían cogidos por la mano.

Primero pasaron bajo la bóveda fresca del interior de la estación, y luego volvieron a salir a pleno sol. El joven cerró los ojos ante el centelleo de una plaza de tierra blanca, adornada con unas arcadas y limitada por la campiña. El pueblo se hallaba a una legua y el terraplén daba a una pendiente de mirtos enanos blanqueados por el polvo del camino, en el que un enorme coche amarillo arrancó jadeando.

Entragues se quemó los dedos al tocar la manecilla de un viejo coche “Buick” descapotable (modelo 1938), cuya carrocería se estaba cociendo al sol. Apenas sentados, el cuero del asiento le calentó dolorosamente los muslos. La joven apretó el embrague. El motor lanzó el suspiro de cansancio y pesadez que Entragues no había tenido fuerzas para exhalar.

—Usted no sabe mi nombre —dijo la muchacha, probando el embrague por segunda vez—. Me llamo Juana. En casa verá usted a mi padre, mi madre, mi tío Alonso y mi primo Enrique. Mis dos hermanas están en Málaga.

Había arrastrado la voz durante la larga presentación, permitiendo con ello que su carburador descansase. A la tercera vez, el coche comenzó a ronronear.

—Los automóviles son como los franceses, temen al calor de España —comentó ella, con los dientes juntos, al apretar a fondo el acelerador.

A Entragues le había parecido, de repente, que ella se había vuelto hostil. Fastidiado, protegiéndose el rostro con la mano, se hundid en el hirviente cuero del asiento. Su última esperanza se había desvanecido: la velocidad no reportaba la menor frescura. El viento que levantaba era cálido, sudoroso. Cada vez que respiraba, le parecía que le rascaba los pulmones, lo cual le recordaba a Antonin, el viejo mozo de comedor, limpiando las garrafas con la escobilla, en el colegio en que había estudiado de niño. El recuerdo de Antonin le obligó a sonreír, y Juana le preguntó por qué sonreía. El joven le contestó con otra pregunta:

—¿Cómo me ha visto sonreír?

Con un gesto del mentón, ella le indicó el retrovisor que, en lugar de reflejar el camino, estaba inclinado hacia los asientos.

—Tiene usted una sonrisa pícara —especificó.

El adjetivo pícaro, que en otros labios le habría parecido denigrante y vulgar, le encantó. Honestamente, Entragues no intentó buscarle a su sonrisa otro pretexto más natural que la simple expresión de sus confusos pensamientos, los cuales, de una sensación respiratoria, le habían conducido a la escobilla de Antonin. No era fácil de explicar. Pero procuró hacerlo lo mejor posible, echando hacia atrás la cabeza y entrecerrando los ojos.

De golpe, se sintió levantado por el impulso del coche. Abrió los ojos. De cuarenta kilómetros, el contador había saltado a setenta. Al mismo tiempo, la bocina había empezado a chillar, triturando en los oídos del joven los zumbidos del calor. El camino era recto, desierto, y no le ofrecía al conductor más prudente, ningún motivo para hacer sonar la bocina. Vista de perfil, Juana parecía estar sosegada. Pero al mirarla de frente por medio del retrovisor, Entragues comprendió, gracias a la crispación de las aletas nasales y al fruncimiento de su labio inferior, que la muchacha estaba frenética. Intentó interrogarla, cubierta su voz por las exigencias imperativas del claxon. Calló en seco, y en aquel instante le llegó a sus oídos la voz de Juana, alta, atropellada.

—No quería creerlo. Decía que no y no, que los franceses no son así. Antes, sí, cuando vinieron a España en tiempos de Bonaparte. Entonces rompieron las reliquias, hicieron fogatas con los crucifijos..., pero hoy, no. Yo les defendía, y sin embargo estaba equivocada. Por ello, pido perdón.

Hablaba sin mirarle. No obstante, al pronunciar la última frase espió por el retrovisor, en el que se veía el rostro de Entragues, como la alegoría de la estupefacción. Entonces, la joven volvió la cabeza y le contempló directamente.

—¡Oiga! —balbució el espeleólogo—. No la entiendo.

—¿No entiende que es preciso tener el diablo dentro del cuerpo para reír pensando en un hisopo, un objeto sagrado, que no deben tocar otras manos que las consagradas? [1]

El semblante de Bernard, tras haber demostrado unos instantes de incomprensión, reflejó bruscamente la exaltación que retrata los grandes descubrimientos.

—¿Pero usted ha creído que...?

Entonces le llegó la vez de atropellarse a! explicarle que un “goupillon”, aparte de su significado sacro, se refería también a un vulgar escobón de mango redondo utilizado para limpiar las garrafas, las botellas y, en suma, todos los objetos de cuello estrecho.

—¡Eh! —gritó de repente.

En efecto: Juana, después de haberle escuchado con el entrecejo fruncido, había girado el rostro hacia él, perdiendo momentáneamente de vista la carretera, que precisamente describiría un recodo. El coche mordió el talud, rozó un tronco retorcido, volvió a hallar la dirección, pero sólo para dirigirse esta vez al talud opuesto antes de reemprender la ruta. El primer movimiento había precipitado a Juana hacia Bernard, y el segundo precipitó a éste contra la joven, pese a la anchura del coche. Un frenazo. El coche se había papado. Los dos se hallaban espalda contra espalda.

—¡Bueno, vaya susto! —exclamó Entragues.

—Usted me dio miedo. Le había tomado por un vándalo, por un profanador..., y todo porque desde hace más de un siglo desconfiamos de los franceses en mi familia. Y también porque aprendí a hablar en francés en “Telémaco” y en el “Viaje del joven Anacharsis”, donde no se trata nunca de la cuestión de limpiar vasijas.

Estaban hablando de perfil, mirándose ambos por el retrovisor. Por fin, se volvieron de cara. Entragues se emocionó al contemplar aquella carita a pocos centímetros de la suya, como si fuese un favor o un prodigio. Molesto, siguió la conversación.

—¿Y por qué en su familia desconfían de los franceses?

—Desde que Bonaparte pretendió nombrar a su hermano José rey de España. Durante cinco años, todo lo que en España podía sangrar, todo lo que podía arder, disparar y apuñalar, sangró, ardió, apuñaló y disparó.

—Sé que la ocupación francesa de 1809 dejó muchas ruinas en España. Pero esto ya es historia antigua. ¿Y a usted en qué le concierne esto, en particular?

—¡Si conociera usted la historia de mi abuela Rosita de Leiva! Tenía diecisiete años. Estaba encerrada con un oficial francés. Le hirió y le puso en fuga. Probablemente le hirió de muerte, pues jamás fue encontrado.

Se produjo un ligero silencio durante el cual Entragues, un poco asombrado, intentó comparar el genio de la abuela Rosita con el de su nieta, la cual había estado a punto de enterrarle en un precipicio, y ni siquiera se había excusado, pareciendo considerar todos aquellos excesos sumamente naturales.

—Se está bien aquí, ¿verdad? —preguntó Juana, tranquilamente, con la voz infantil de una niña muy bien educada.

Entragues ni siquiera se había dado cuenta de que el coche estaba estacionado a la sombra. ¡A la sombra! En efecto, el camino se había adentrado por un valle que desparramaba una frescura de oasis. A su izquierda, se hallaba bordeada por un parapeto de mármol rosa adornado con arabescos. Al otro lado se extendían verdaderas praderas interceptadas por bosquecillos de granados. Más allá, en las crestas del valle, Andalucía volvía a mostrar su tierra rocosa y calcinada, jalonada de pinos que retorcía la ofensiva del fuego.

A lo lejos se elevaba un pueblecito de tejados planos, del mismo color que las rocas, con una iglesia complicada, de aspecto tan moruno que seguramente no hubiera sido difícil descubrir el plano de la mezquita que fuera antaño. Al fondo del valle, arrimada a la sombra de un bosquecillo de encinas, el ala de un pequeño castillo de piedra anaranjada servía de punto de mira a la mano de Juana.

—Es la casa —le explicó ella.

Habían encendido unos cigarrillos delgados y largos, ofrecidos por la joven. Esta no hablaba.

“Esta niña caprichosa todavía está enojada conmigo —se dijo Entragues—. O, a lo mejor, es que cree que ya somos bastante buenos amigos para permanecer callados en mutua compañía.”

Con el pañuelito, la muchacha se enjugó el sudor que le perlaba el semblante, obrando con el mismo arte minucioso y prudente del acuarelista que recoge, bajo las manchas de color de su aguada, las gotitas que podrían deslizarse o desbordarse. Fascinado, Entragues la contempló aplastar las gotitas de sudor en las extremidades de sus largas pestañas, sobre sus labios, en el puente de su nariz, cuyas aletas no se mostraban ya coléricas, y a las que el joven, inspirado por el aspecto del pueblo y el parapeto de arábigas metáforas, estaba dispuesto a comparar con un lago en calma, o con las alas de una paloma en reposo. Sonrió ante esta poética idea, por no ser habitual en él, y ocultó al instante su sonrisa, temeroso de que su compañera de viaje le pidiera cuentas de la misma.

La muchacha había vuelto a poner el coche en marcha. El camino no tardó en enfilar hacia el bosquecillo de encinas. Cogiendo la curva despacio, Juana bifurcó hacia una avenida sombreada que se internaba entre los árboles. No tardaron en surgir palmeras a ambos lados, altas, magníficas, enhiestas como guerreros, afelpadas e inmóviles bajo sus agudizadas palmas. Al fondo, tras aquel inmenso arbolado, apareció la fachada del castillo con sus tonos claros, semejante a una fruta fresca.

—Tiro mi cigarrillo —dijo Juana—. En casa me prohíben fumar. Tire el suyo, ya que verían que se lo he dado yo.

Pero al ver que el joven lanzaba aún una última bocanada de humo, la mano derecha de Juana se escapó del volante y se posó vivamente sobre el rostro del fumador; asió el cigarrillo y lo hizo volar en seguida hacia la sombra glauca del palmeral. Luego, el capó relució, el coche describió un semicírculo en un patio empedrado con minúsculos guijarros redondeados y rosados, y se detuvo delante de un porche encastillado bajo una galería cubierta con cortinas verdes.

Durante la presentación, que tuvo lugar en la fresca galería verde, con gran refuerzo de bebidas frescas; durante la media hora que le concedieron para cambiarse, ducharse y disponerse para la comida; durante la misma comida, en la que tuvo que dirigir muchas preguntas, satisfacer muchas curiosidades, y salir airoso del español, francés e inglés que se mezclaban en torno a la mesa; e incluso durante la tarde que paseó a caballo recorriendo la propiedad, Bernard Entragues se planteó continuamente el mismo problema: ¿había o no besado los dedos de Juana cuando ésta le había quitado el cigarrillo de la boca?

Después de la cena, subió al despacho del padre de Juana. Durante una hora, ante un mapa desplegado, comunicó sus notas y sus primeras impresiones. Su anfitrión, hombre regordete, de rostro oscuro y cabellos claros, con la piel picada por la varicela, le escuchó con la boca impasible, mientras mordisqueaba un cigarrillo apagado, del que extraía hebras de tabaco que apretaba luego entre el índice y el pulgar para volver a introducirlas dentro del papel. Enormes mariposas daban vueltas en torno a una lámpara moderna bizarramente instalada sobre una mesa de despacho, cuyas volutas de encina sombría y las patas recargadas, pregonaban su noble antigüedad.

Terminado su informe, Entragues volvió a bajar al salón, vasta estancia rectangular, separada solamente por una columnata de un amplio patio interior, y abierto por el otro lado a la galería exterior. Los muros se hallaban recubiertos de cueros de Córdoba, ya marchitos por el tiempo, la columnata esculpida y labrada de cabo a rabo brillaba todavía con sus dorados y sus rojos. Del techo artesonado colgaban dos grandes lámparas de cobre de estilo 1900. La pieza se hallaba medianamente repleta de muebles oscuros, en los que lucían placas de laca o marquetería clara. En una mesa de juego, Juana, sola, estaba haciendo un solitario.

“¿A qué hora se acuestan aquí?”, se preguntó Bernard. Le habían dicho que viviera a su antojo, pero sentía la necesidad de conocer algo mejor las costumbres de la casa.

—Parece estar aburriéndose —comentó Juana.

Se levantó con un roce de seda. Ahora, el joven se dio cuenta de que ella se había cambiado y que llevaba, sobre un camisón de noche de encajes, una bata colorada con unas palmas negras, un poco desgastada por los codos, con manguitos y pasablemente lustrosa. Aquel atuendo le sorprendió, tanto más cuando que acababan de cenar vestidos de etiqueta. Recordó que, cuando había penetrado en el despacho, el padre se había quitado la chaqueta, abierto el chaleco y desabrochado la camisa antes de sentarse. Aquella mezcla de rigorismo y negligencia se correspondía con las contradicciones financieras del dominio de los Leiva, muy extenso, pero muy mal explotado.

“No poseen el dinero necesario —pensó—. En su lugar, yo vendería las tres cuartas partes para ocuparme del resto. Y Juana podría comprarse una buena bata casera.”

—Juana —barbotó el primo Enrique, desembocando por la galería, con su paso saltarín, sus mejillas hinchadas, sus bellos labios romanos y su mirada de águila—, búscame una pastilla de chocolate. En la cocina me dicen que no queda. Pero tú has debido traer esta mañana. ¿No te habrás olvidado, verdad?

Hubo una breve discusión entre ambos, en español. Temiendo ser indiscreto, Entragues se alejó hacia la galería y fue a caer sobre el tío Alonso que estaba explicándole algo a Miguel, el intendente. Explicación tormentosa que ambos interrumpieron para mirar a Entragues con una curiosidad que el joven juzgó hostil. Volviendo sobre sus pasos, se detuvo a la puerta del salón, indeciso y molesto.

—¿Quiere verlos?

La voz de Juana, que un instante antes discutía roncamente con su primo, se había vuelto fresca, alegre, ligera. Con la mano, la joven le indico el arcón abierto ante el cual se había parado maquinalmente. Le enseñó que contenía libros de iglesia, de la época del Renacimiento, tan pesados que no podían con ellos, y que era preciso hacer rodar sobre rodillos de marfil, cruzados por tiras de acero. Eran hojas de pergamino cuyas admirables imágenes estaban firmadas por discípulos de Rafael.

—¡Pero esto vale una fortuna! —exclamó Entragues, a su pesar.

El silencio de Juana fue un juicio. Comprendió que a nadie del castillo se le había ocurrido jamás mirar aquellas reliquias como objeto de negocio. Se apartó unos pasos. Sin seguirle, Juana empezó a hablar con voz voluntariamente contenida.

—Desde ahora en adelante, caballero, no tiene por qué dirigirme la palabra.

—¿Porque le he dicho que esos libros...?

—Excepto delante de mis padres para darme los buenos días, o para comentar el calor. Esta mañana, en el coche, usted no se ha comportado como un caballero.

No hubo otra explicación. El inmenso salón, mal alumbrado, absorbió la esbelta silueta de la joven.

Para hallar de nuevo su habitación, en el tercer piso, con la escalinata y los pasillos a oscuras, tuvo que dar mil vueltas, lo que le enfureció, enviando al diablo a su amigo Becker, a los Leiva, a su propiedad y a sus susceptibilidades. Una vez en el tercer piso, al palpar la pared en busca de la segunda puerta que era la suya, se detuvo, reprimiendo una exclamación. En la oscuridad, algo le había rozado. Sin embargo, no oyó ningún otro ruido. Al entrar en su habitación, miró a su alrededor: La amplia pieza decorada del color verde del mar, dormía silenciosamente bajo un claro rayo de luna que brillaba sobre las losas del suelo, transformando las ropas de la cama en una capa de nieve, y el mosquitero en una nube. Un minuto después, tras haberse tendido desnudo bajo el mosquitero, Bernard Entragues llamaba al sueño en su ayuda. Se hallaba asqueado. El viaje, el calor, su largo paseo a caballo, el informe, el aceite de la cocina... Todo se había confabulado para anonadarle. Sin embargo, una ínfima parte de su ser se obstinaba en permanecer desvelada, intentando descifrar a qué habría hecho alusión la joven. ¿Al beso en el dedo? ¿Se lo había dado, en realidad? ¿Por qué había tardado tanto en enfadarse?

A la mañana siguiente, una vieja sirvienta le despertó, empujando dentro del dormitorio una extraña bañera de cobre, al estilo Marat. Una vez vestido, descendió al comedor donde le esperaba el café. No vio otro rostro que el de Miguel. Con un saco y un pico en la mano, se alejó por la avenida de las palmeras, decidido a pasar el día ocupado en efectuar pruebas de tierra.

Toda la semana se ocupó en su tarea, y nada más. A la mesa, no quedó desmentida la cortesía de sus huéspedes y, aunque continuaban sus prevenciones, al menos habían cesado de asaetearle con sus preguntas. Juana, fiel a su palabra, no paraba en él la menor atención. Dos o tres veces en que le rozó, le pidió perdón. Una tarde, al verle llegar empapado en sudor, ella le dirigió una frase en español que él no comprendió, pero cuyo tono era desdeñoso. Debido a la fatiga que sentía, no se tomó siquiera la molestia de exigirle la traducción, y subió los peldaños del porche, devolviéndole desprecio por desprecio.

El domingo fueron todos a misa. El padre de Juana, Alonso y Enrique, cogieron la camioneta. Bernard Entragues volvió a verse en el “Buick”, entre Juana al volante, y la mamá, una mujer gordinflona y borrosa, que hasta entonces solamente había hecho acto de presencia en las comidas, vigilando con una afectuosa negligencia el plato de su huésped. Como era domingo, se había embutido en un enorme vestido de tafetán negro, cuyos pliegues rozaban constantemente las rodillas de Bernard. Los pesados rasgos de su rostro quedaban atenuados por la mantilla de encaje negro que realzaba, orgullosa como una diadema, la gran peineta de concha. Juana había prendido un clavel a sus cabellos. Como la mamá, iba vestida de negro, lo que destacaba su musculada esbeltez, la agudeza de su semblante, dándole, perdida entre los pliegues de la excesivamente larga falda, y bajo el modelado de la mantilla, un emocionante parecido con las siluetas femeninas que había distinguido, perdidas en el betunado de los cuadros antiguos colgados de los altos muros del salón.

Entre las dos mujeres, Entragues intentaba alojar su delgadez puesta a dura prueba. Cuando Juana cambiaba de marcha, la palanca le pegaba en la rodilla. Pero sentía cómo la mano de la joven rozaba la tela del pantalón; respiraba el perfume de sus cabellos; buscaba la expresión de su boca en el retrovisor. La mamá, que no hablaba francés, le mostraba a Entragues los árboles, las casas, las estatuas, con acompañamiento de comentarios indefinidos e incomprensibles. Entragues alzó la cabeza.

“Podría ser su mejor amigo —pensó—, y hallarme a diez mil kilómetros. Estamos enfadados, pero nuestros muslos se rozan.”

La magnificencia de la iglesia le sorprendió. Al entrar no había distinguido nada, cegado por el brusco paso de la luz a una oscuridad que le pareció completa. Luego empezó a divisar, sobre su pedestal, una estatua violentamente coloreada, seguida muy pronto por una docena más que jalonaban la iglesia con sus vestidos dorados, rojos, azules, sus manos ambarinas. El altar estalló ante sus ojos como un castillo de fuegos artificiales. Era un amasijo de pilastras, ojivas convulsionadas, arabescos, retorcimientos, hojas de oro macizo, flechas resplandecientes, que parecían temblar a la luz de una enorme cantidad de cirios y candelabros de plata labrada, como en un delirio. Un coro noble y melancólico, dejaba oír el himno sagrado, con unas voces veladas, suaves, tamizadas.

En la punta de sus dedos, Entragues conservaba la frescura del agua hendida que le había ofrecido a Juana al entrar. La frescura de los dedos de Juana se había mezclado con la del agua ofrecida. De vez en cuando, Bernard giraba la cabeza hacia la izquierda del coro, donde se hallaba Juana, con las señoras. Se sentía feliz, desdichado, indeciso y, sin embargo, le habría gustado que el oficio durase varias horas.

El sol le golpeó en pleno rostro. Protegiéndose los ojos con el antebrazo, volvió a verse sobre el polvo de la plaza del pueblo. En el cuenco de mármol de una fuente se procuró una lluvia artificial para mojarse la frente.

Al levantar la cabeza, vio pasar la camioneta. La mamá iba sentada detrás. Con la mano, la mujer le indicó al otro lado de la plaza, el “Buick”, parado delante de una tienda. Se preguntó si tendría el privilegio de regresar a casa solo con la muchacha. Esta estaba apilando cajas de jabón, conservas y otros comestibles en el maletero del coche. La joven le preguntó con cierta indiferencia que le enojó, por qué no había regresado con los demás en la camioneta. Decididamente, hacía excesivo calor, y la joven se mostraba demasiado injusta. No se dignó darle ninguna explicación. Dándole la espalda a Juana, abandonó la sombra protectora de un grupo de plátanos, se dirigió hacia una plaza de deslumbrante blancura, y emprendió el camino del castillo, decidido a hacer los seis kilómetros a pie, antes que reclamar su sitio en el coche.

El pueblo terminaba de golpe. En las ardientes huertas, unos muros de cipreses imponían sus encintados de sombra. La carretera estaba desierta. Los aldeanos que habían acudido al pueblo a oír la santa misa, no volvían a sus casas; tendidos sobre los bancos, o bajo los árboles, o bien de visita en casa de los parientes, almorzaban frugalmente, esperando la corrida de toros de la tarde, una de esas corridas de pueblo que son peligrosas porque los toreros son meros aprendices, temerarios y ambiciosos, y los toros, mediocres.

“Hubiera sido mejor que me quedase en el pueblo —pensó Entragues—. En este momento, sentado en una silla de paja, almorzaría a la sombra violeta de la posada y, al fin y al cabo, y puesto que no he visto jamás una corrida, ésta habría sido una buena ocasión.”

Un claxon ladró a sus espaldas. Reconoció el “Buick”. No se volvió, adivinando que Juana no podía hacer otra cosa que frenar y rogarle que subiera. Incluso consiguió imprimirle a su paso un vigor y una indolencia que testimoniasen el placer que le producía aquel soleado paseo.

El coche le rozó, aceleró en vez de frenar y le arrojó al rostro una nube de humo con partículas de polvo. Con los dientes apretados, Bernard Entragues vio desaparecer el vehículo, con la mantilla de Juana desplegada al viento como un estandarte. Su línea de conducta era fácil de seguir. Desde ahora en adelante, ignoraría a la joven. El estaba en la casa para ocuparse de geología, de engrases, de irrigación, y se atendría a aquel programa, al final del cual le esperaba su equipo de espeleólogo para el año siguiente. Esta decisión, que llegó a formular en voz alta, habría debido de aligerar su espíritu. Sin embargo, llegó a la curva con la frente crispada, el paso lento y una expresión furiosa.

El coche resplandecía inmóvil a pocos pasos, junto al talud. Entragues se enderezó. Se trataba de una avería, sin duda alguna. ¡Bonita venganza del destino! La joven, acodada en la portezuela, le contemplaba. Pero él no aflojó la marcha, y se limitó a exclamar al pasar:

—El carburador no funciona, ¿eh?

—Mi carburador le da las gracias por su interés, pero funciona muy bien. ¿No sube?

Entragues estuvo a punto de sentirse digno y contestar que le horrorizaba el calor del coche, y que prefería ir a pie. Pero su buen criterio le dijo que todavía le quedaban cinco kilómetros de recorrido, o sea once veces el trayecto que acababa de efectuar tan penosamente. Sin una sola palabra, dio la vuelta al coche, subió, cerró la portezuela y se hundió en el asiento. Juana, sin embargo, no parecía muy ansiosa de arrancar, aunque la luz estuviese apenas tamizada por el acaso follaje de un olivo.

—¿Así que no quiere dirigirme la palabra? Es usted un hombre muy raro.

Entragues volvió a abrir los ojos. La indignación le prestó fuerzas.

—¿Conque soy yo el raro? —gimió.

—Seguro. En lugar de esperarme delante de la tienda, echa usted a andar bajo este sol de fuego. Yo me paro, y usted pasa por mi lado sin intentar subir siquiera...

Escandalizado, Entragues calló. Contemplaba a su vecina con un estupor imposible de analizar. La joven fumaba un cigarrillo, que sostenía entre los dientes con unas trazas muy de “caballero”. Sus largas manos enguantadas en encaje negro estaban apretadas al volante. Su mantilla le prestaba un aspecto de señorita aldeana; su vestido negro le daba cierta rigidez monacal que se compaginaba mal con lo que el encaje negro de la falda y los guantes podían sugerirle a un francés..., y también con un cigarrillo. Lo que acababa de hacerla inclasificable era que, para conducir, se había levantado la falda, descubriendo más arriba de sus redondeadas rodillas parte de sus hermosos muslos, enfundados en seda negra.

—¿Quiere un cigarrillo? —le ofreció Juana.

—Creí que no volveríamos a hablarnos.

Ella se comportó de manera perfecta. Como si se hubiese tratado de una decisión a su pesar, cuyos imperativos hubiera tenido que soportar a la fuerza igual que el joven, le contestó de la manera más natural del mundo:

—Sí, pero se acabó.

Mientras él encendía el pitillo, ella añadió en voz más baja:

—Ha estado muy bien eso de haber enviado a paseo a Federico.

Entragues enrojeció.

—Lo supe por un capellán de San Miguel, la parroquia vecina. Lo sabe todo y me lo cuenta todo, porque somos hermanos de leche. Es un perro ese Federico. Felizmente, ha ido a tropezar con usted.

Federico era un aldeano ricachón que había procurado hacerse el encontradizo con Entragues, y que en el transcurso de una conversación que había tenido lugar, con un conductor de auto como intérprete, le había propuesto una honrada comisión si valoraba a más bajo precio las tierras en barbecho de los Leiva, para las que él había ya efectuado sus cálculos. La escena se había desarrollado junto al Aga, el riachuelo que regaba el valle, y Entragues, furioso, había amenazado a Federico con arrojarle al agua si no volvía a subir inmediatamente a su coche.

Pero ahora estaba todavía más furioso. ¿Cómo aquella jovencita se atrevía a felicitarle por un simple acto de honradez? Juana comprendió su cólera; sus manos abandonaron el volante y, con gran cantidad de gestos, y una voz de granizo, empezó a explicarse. No le interesaban en absoluto las cuestiones de honradez o deshonestidad. Lo que ella detestaba era que se amara el dinero. Había creído que Bernard Entragues amaba el dinero porque había hablado impulsivamente del precio de los libros sagrados del arcón. Pero si había enviado a paseo a Federico era que no amaba el dinero. Esto acarreaba muchas consecuencias. Que un hombre amante del dinero le hubiese besado los dedos en el coche, le había causado una tremenda repugnancia.

—Un hombre amante del dinero tiene bajas ideas —le expuso con gran seriedad—. ¿Qué criterio sobre mí podría tener un hombre avaricioso al que yo le he abandonado la punta de mis dedos, sino que yo era del mismo género que él: venal, deshonesta, salaz? Entonces me vi con los mismos ojos que a usted. Y sentí ganas de arrancarle los suyos. Pero su respuesta a Federico me ha dado a entender que estaba equivocada, y que usted no había interpretado torcidamente el gesto de mi mano. Entonces le supliqué a mamá que regresara con los demás. Le... le conté una historia... un cuento. Ya me confesaré. Naturalmente, sin decir que fue por culpa de usted.

Sin previo aviso, había lanzado de nuevo el vehículo al camino. Su mantilla crujía al ser agitada por el viento. La orquesta de las cigarras cubría el ruido del motor. Luego, sobrevino la fresca bóveda de los árboles. Juana aflojó la marcha, arrojó el cigarrillo y, por el retrovisor, miró a Entragues, sonriendo. Este sonrió también, inmóvil, con el cigarrillo prendido entre los labios. La mano se acercó a la boca y asió el cigarrillo. Los labios besaron la piel fresca y rosada de los dedos, que no se apartaron precipitadamente de la boca y que, imperceptiblemente, respondieron a la caricia con un leve temblor.

En la galería, los hombres de la familia, vestidos de blanco, jugaban al billar bebiendo marrasquino helado.

El almuerzo le pareció delicioso gracias a una mentira perfectamente tramada por Juana. Cuando le interrogaron acerca del empleo de aquella tarde dominguera, respondió que esperaba bañarse en el Aga, donde, gracias a su máscara submarina, exploraría las secretas roquedades. Entonces, la joven suspiró con naturalidad.

—¡Y yo le he prometido enseñarle el agujero de las truchas! ¡Y eso que tenía unas ganas horrorosas de hacer la siesta! En fin, cosa prometida es cosa debida.

A las cuatro, como habían convenido al abandonar la mesa, él fue a buscarla a su habitación. Aunque había muchas estancias desocupadas, ella dormía en una pequeña habitación que debió ser suya cuando niña. El cuero rosa que recubría los muros estaba ya amarillento hasta convertirse en una especie de color cremoso, que daba relieve a las formas duras y torturadas de los negros muebles. Juana se hallaba tendida sobre la cama de columnas, recubierta de un pesado cortinaje de satén violeta. Llevaba su mismo vestido de la mañana porque, según le explicó al levantarse, si los obreros o los aldeanos endomingados les veían, les sorprendería no verla ataviada con el clásico vestido de los domingos y fiestas.

Caminaron largo tiempo bajo las palmeras, luego bajo las encinas, y, por fin, llegaron a un recodo del río donde la irrigación había permitido un milagro: un reborde de sauces llorones. Luego, ascendieron por un abrupto sendero que saltaba en medio de las rocas, remontando el curso del riachuelo. Mientras andaban, Juana se informaba de los detalles que la conversación general en la mesa no le había permitido captar. Sí, era huérfano. No, no tenía dinero. No, no había venido a España para divertirse. Sí, tenía una hermana. No, estaba casada. No, no le interesaba la espeleología. No, nunca había hecho ningún esfuerzo para casarle. O, mejor dicho, sí, una vez le había alabado exageradamente una de sus amigas que jugaba con él al tenis. Pero no le gustaba el tenis, le gustaban las cavernas. No, no estaba en relación epistolar con la amiga de su hermana. No, no pensaba en un tipo particular de mujer. Sí, le gustaban las rubias, pero no más que las morenas. No, no tenía un apartamento en París. Cuando iba a la capital paraba en casa de su hermana o en el hotel. ¿Por qué no siempre en casa de su hermana? ¡Ah...! Pues... ¡Ah...!

—Los parisienses llevan una existencia depravada, ¿verdad? —preguntó la joven, gravemente.

—No de manera especial, pero se limitan a no practicar el puritanismo. Por ejemplo, en Francia se opina que España es el país del deseo y las pasiones.

—El deseo y las pasiones, sí —declaró Juana, inmóvil sobre la cresta de un bloque de piedra—, pero no las sucias y soeces combinaciones de Montmartre.

Entragues se hallaba ligeramente inquieto. Aquellas declaraciones parecían una especie de salvaguardia. ¿No le estaba Juana dando a entender que si él no sentía por ella una pasión, enajenada, era mejor que no pretendiera conquistarla? Se hallaba tanto más embarazado, cuanto que nunca había reflexionado qué era lo que en realidad él esperaba de la joven. Un flirteo, tal vez, ya que esa palabra vaga se avenía bien con la vaguedad de sus deseos. Un flirteo que ocupase y suavizase aquellas áridas vacaciones. Y, naturalmente, algo más si la pareja se prestaba a ello. Pero jamás se le había ocurrido pensar que, de vuelta a Francia, seguiría manteniendo relaciones con ella. Lo que le sorprendió fue el asombro de no haber sabido ver más allá. La hipótesis de una separación le resultaba ya cruel.

“Dentro de diez días me marcho —pensó—. ¡Ah, esto es terriblemente corto!”

Se la imaginó delante de la estación, frenando el coche, antes de llegar el tren. Ella le diría adiós, según su estilo, o sea, sin descomponerse, llevándose la mano a la altura de la frente, con la palma bien plana y los dedos separados.

Elevó los ojos hasta ella. Estaba apoyada en una roca, con expresión triste. O, más exactamente, con una expresión vacua, como si hubiese esperado que él se mostrase alegre, enojado o indiferente.

La silueta de su cuerpo se dibujaba con una precisión tan minuciosa bajo el largo vestido negro, que Bernard Entragues dejó de preocuparse por el porvenir, por las relaciones sociales, por su próxima partida, para no sentir durante unos instantes más que un intenso deseo. La deseaba, esto era todo. Esbozó un movimiento para reunirse con ella, pero ella descendía por el otro lado de la roca, ayudándose con las ramas de los árboles. Cuando llegó a su lado, ella le enseñó el río que, al salir de una garganta rocosa, se volcaba en un pilón formado por unas preciosas piedras negras, redondeadas en sus contornos.

—Allí, al otro lado, ¿lo ve? ¿Aquellos verdes de reflejos malva? Es el agujero de las truchas. Nunca he entrado. Sólo mi padre, de joven. Hay aldeanos que caen dentro cuando buscan granates. Parece ser que la bocana no tiene más de un metro de longitud. Luego hay una gruta. Y allí uno puede sentarse y respirar. Antaño sentía el anhelo de dejarme resbalar hasta allí. Me excita hacerlo con usted.

—¿Pero no irá a entrar usted también? ¡Tal vez sea peligroso! No está usted acostumbrada...

—No, no es peligroso..., y lo siento.

Estaba ahora sentada sobre una alfombra de musgo seco, y se quitaba tranquilamente sus zapatitos de tacón alto. Entragues rodeó el arbusto contra el cual ella se había recostado y, al abrigo de su entremezclado ramaje, dejó deslizar sus ropas. Cuando se incorporó, dentro de su bañador blanco, un grito ahogado le hizo acudir a su lado.

Entragues, que poseía un temperamento más bien frío y metódico, no tenía una gran imaginación, excepto cuando se trataba de espeleología. La inminencia de su descenso al agujero de las truchas, por trivial que fuese esta expedición al lado de las que había efectuado el año anterior en el Lot, había despertado su espíritu. Por ello, el gemido ahogado evocó en él imágenes de peligros tales como rocas aplastantes, serpientes, o un tobillo roto. De un salto rodeó el arbusto. El espectáculo de una joven cuyo busto, brazos y cabeza estaban enredados y embutidos en un desdichado vestido negro que lo aprisionaba todo, le detuvo en seco.

—¡He querido darme prisa! —se lamentó la joven—. ¡Estoy aprisionada en las presillas! ¿Está usted aquí?

Exasperada, la joven parecía bailar sobre los pies descalzos. De hecho, evocaba una danza antigua, furiosa, bárbara. Sus medias negras, sus pantorrillas más bien claras y más mórbidas de lo que él había imaginado, su traje de baño violeta que, algo pasado de moda, le llegaba hasta la mitad de los muslos, como los trajes de baño de los viejos caballeros de la playa de Trouville, los remolinos del vestido negro en torno a sus espaldas, evocando la cogulla de un ajusticiado, todo en conjunto, aboliendo aquella pureza y la rectitud que hasta entonces había caracterizado a los ojos de Entragues a la joven, hacía de ella la heroína de un cuadro vivido que tenía tanto de “music-hall” como de surrealismo.

Antes que Entragues hubiese llegado al término de las presillas y los botones a presión, un nuevo actor vino a completar el cuadro: una gruesa culebra que, deslizándose sobre la mantilla de Juana, que estaba en el suelo, fue a zambullirse en el agua.

—Bueno —observó Juana, sosegadamente, sacando por fin la cabeza del vestido, completamente despeinada—, es una serpiente de agua, el Aga está lleno.

Se quitó las medias, echó la cabeza hacia atrás, y por entre sus pestañas contempló a su compañero.

—¿Está listo?

Él le entregó sus gafas submarinas, más habituado que ella a ver claro en el agua, y ambos se dejaron deslizar por una enorme roca oscura, cubierta por el verde musgoso del río. Una vez atravesado el pilón rocoso, Juana le aconsejó que recuperase el aliento, y se dirigió a una anfractuosidad del muro. El la siguió. La joven no era otra cosa que el rosa nacarado de las plantas de sus pies, y una sombra violeta, todo ello confuso, distorsionado por el movimiento verde del agua al mismo ritmo de las algas flotantes que les rozaban.

La luz desapareció casi por completo. Con las manos hacia delante, Entragues chocó contra los muslos de la muchacha. Esta se giró y ambos se enredaron como dos lianas. Con la mano, ella había buscado su cabeza que empujó fuera del agua.

—¿Lo ve? Estamos en una campana. Ahora no se ve nada, pero nuestra vista ya se acostumbrará. Ponga la mano sobre mi espalda y no me suelte, que hay una pequeña plataforma a la izquierda. Es la tarima de la mansión.

Sentado en dicha plataforma oblonga y húmeda, Entragues no tardó en discernir el relieve de aquella estrecha caverna. El agua estaba completamente en calma. De vez en cuando, una ola algo fuerte obstruía la boca de salida, y el nivel del agua subía de golpe, barriendo el pedestal, golpeando contra los muros como el agua de una cacerola que se ha movido. El sonido era a la vez grave y ahogado, prestándole a la menor palabra una sonoridad que, al mismo tiempo, quedaba ahogada como si hubiesen interrumpido al orador después de su primera sílaba.

Juana le enseñó una enorme roca que coronaba el orificio, descansando sobre dos pilares naturales, que más bien parecían fabricados.

—Si perdiesen el equilibrio, la piedra nos obstaculizaría el paso hacia el mundo. ¿Cuánto tardaríamos en morir?

A Entragues no le gustaba en absoluto esta clase de conversación. Con demasiada frecuencia, en sus expediciones, había estado en peligro de un desprendimiento; demasiados de sus colegas habían conocido, a la luz moribunda de una linterna, lentas y misteriosas agonías en una cárcel de piedra semejante, o de tierra o de fango, para que hallase ningún placer discutiendo el tema a la ligera.

—¡No diga tonterías! —le contestó de buen humor.

Ella debió interpretar el “diga” por “haga”, puesto que sintió la necesidad de tranquilizarle, riendo:

—No tema. No tengo intención de que terminen aquí nuestras vidas, ni tampoco nuestro domingo.

Un cuarto de hora después, ambos tomaban pie en la orilla hacia el arbusto. Se tendieron al sol. Aunque éste empezaba a declinar tras la cresta del valle, no tardó mucho en secarles, y luego en quemarles hasta el punto que debieron buscar refugio sobre la arena, bajo un amontonamiento rocoso que dispensaba un metro cuadrado de sombra malva. Para aprovecharse de la misma, se tendieron, espalda contra espalda. Al principio conservaron una inmovilidad de lagarto, pero luego Entragues se inclinó hacia ella y la besó.

Permanecieron abrazados durante largos minutos, sin intercambiar una sola palabra. Sorprendido al pronto por no haber sido rechazado al expresar su deseo, Entragues acabó por recobrar bastante parte de su lucidez como para sorprenderse de la facilidad con que se le había concedido el favor, y de la amabilidad de los labios de Juana. La víspera la había creído, no solamente doncella, sino modelo de vírgenes, inmaculada de los pies a la cabeza. El carácter de la joven le hacía experimentar contradictorios sentimientos: en el caso de que hubiese tenido ya uno o varios amantes, le sería mucho más fácil a Entragues, y con muchas menos consecuencias, obtener la entera satisfacción de sus anhelos. Pero al mismo tiempo lamentaba no ser el primero, cosa que le asombraba, puesto que hasta entonces no había buscado más que relaciones prácticas, sin compromiso y sin mañana.

Al ver que ella se había incorporado para seguir el vuelo de una mariposa de vivaces colores que, tras haber corrido sobre sus dos cuerpos, dibujaba ahora peligrosos arabescos sobre el agua, Bernard le preguntó con sequedad de un juez de instrucción:

—¿Te han besado muchas veces?

Apenas pronunciada la frase, se sintió confuso. Nunca se había puesto en ridículo, planteándole esta pregunta a una de sus camaradas estudiantes, o a una de sus colegas. Nunca, en la generación femenina que seguía a la suya, habría supuesto sin pruebas decisivas una virginidad que pasara de los veinticinco años. Mientras que cerca de esta joven que se enfurecía por la santidad de una escobilla, y vivía recluida entre una sombría mansión señorial y una iglesia de pueblo, él se había sentido en un mundo serio y recto, que la intrepidez de los labios de Juana acababa de hacer vacilar.

La muchacha siguió el vuelo de la mariposa hasta que llegó a la otra orilla del torrente y respondió, sin la menor turbación como si se limitase a efectuar sólo un esfuerzo de memoria:

—Bueno..., mi primo Enrique me abrazó. Y luego, uno de sus amigos que es aviador. Sí, luego por otro aviador. Porque Enrique hizo el servicio en aviación, y durante una temporada invitó a muchos de sus camaradas a casa. Su campo estaba en La Loja. Y luego en Madrid, después de una fiesta. Yo estaba perdida entre la multitud y no podía hallar a mamá. Un joven me guió hacia el hotel. Pertenecía a la cuadrilla de Miguel de Granada. Cuando me enseñó el bulevar, le di las gracias. Entonces me besó y me dijo: “No hay de qué”.

Aturdido ante la sencillez con que ella había ido enumerando con precisión aquella lista, como si se tratase de unos cuantos compañeros de tenis, Entragues la contempló levantarse sin atreverse a seguir el interrogatorio para enterarse de hasta dónde habían ido los abrazos y besos de aquellos caballeretes.

—He faltado a vísperas por su culpa. El intendente ha llevado a mamá en la tartana. Pero he prometido ir a buscarla. ¡Tengo que apresurarme!

Escalando el roquedal, la joven había desaparecido. Cuando volvió a verla, junto al matorral, se estaba poniendo el vestido sobre el traje de baño. Habiéndose también vestido, la halló ya dispuesta y marchando por el sendero con sus zapatos de tacón alto. Llegaron casi corriendo. El la acompañó al garaje. La joven acabó de rectificar su tocado ante el retrovisor. Se puso los guantes. Era como una jovencita en satén negro, no evocando ya la semidivinidad pagana de las orillas del Aga. Le sonrió al joven.

—Seguramente le habrá dolido mucho al señor cura que no haya asistido a las vísperas. Para que me perdone, mañana me levantaré a las seis e iré a comulgar.

Entragues entró en la galería tan meditativo que se dejó embarcar por Enrique en una interminable partida de billar. Juana y su madre volvieron a tiempo para la cena. Como la familia se había ya habituado a él, hablaban en la mesa en español las tres cuartas partes del tiempo. Bernard, con ello, podía descansar a gusto con el espectáculo enigmático y seductor de Juana delante de él. Temía que la jovencita no hubiese reflexionado en el coche, y que a la vuelta no le dirigiese severos reproches con la mirada. Pero le habló amistosamente y rio durante casi toda la cena.

Tomando el café, Entragues, para escapar al billar de Enrique, fue a fumar un cigarrillo al palmeral. Cuando regresó, Juana, que hablaba con su madre, estalló en una carcajada.

—Hablábamos de usted. Le decía a mamá que le enseñaré el cuadro de la abuela que mató al capitán francés, pero que tengo miedo de que me pregunte cuánto vale y por qué no lo hemos vendido.

Le encantaba burlarse de él. Sus ojos estaban casi cerrados por la malicia. A Bernard le agradó la complicidad que se establecía entre ambos, ya que, con palabras encubiertas, era una manera de recordarle su enfado y su tierna reconciliación.

—Venga, se lo enseñaré.

La joven cogió un portafuegos, largo de unas tres metros, mediante el cual encendió los candelabros aplicados en lo alto del muro y que por razones de economía, o de tradición, no ostentaban ninguna bombilla eléctrica.

Al instante, los cuadros, cuya existencia Bernard no había hecho más que adivinar apenas entre la penumbra reinante, surgieron con la frescura de la carne, de las lejanas perspectivas, de las profundas sombras que rodeaban la dulce y tremolante luz ancestral.

—Tengo el honor de presentarle a mi abuela Rosita de Henares, luego condesa de Leiva por su matrimonio, que tuvo lugar en el mes siguiente al de la escena que representa este cuadro.

Era una escena trágica, descrita a grandes y furiosos brochazos. Una mujer ataviada con un vestido o camisa blanca, surgía de entre los pliegues de un cortinaje y golpeaba a un oficial con un arma indistinta y reluciente; el oficial se mostraba vestido con los más violentos colores, y sus manos convulsas parecían ofrecerse a los estigmas. En segundo plano, más allá de un lecho de columnas, se entreabría una ventana sobre un paisaje nocturno, alumbrado por incendios.

—Es muy hermoso —opinó Entragues—. No entiendo mucho en pintura, pero me recuerda a ciertos Goya.

—Evidentemente, ya que es uno de ellos.

El joven no pudo reprimir un movimiento de admirada sorpresa.

—Lo que es admirable —comentó Juana fríamente— no es tener un Goya en la familia, sino tener una abuela cómo Rosita de Henares. Un Goya puede adquirirse.

“Bueno —pensó Entragues—, con lo apegada que está a las reliquias de su familia, está vivo que no lograré más que chascos en la galería de sus antepasados.”

—Al menos, se tiene el derecho de admirar con qué genio describió el pintor el dramatismo de la lucha —observó con sequedad.

La muchacha no le contestó, fijos los ojos en el cuadro, en feroz contemplación. Las velas chisporroteaban. La mansión parecía desierta. Entragues, otra vez, sintió de nuevo la tentación de los labios de la joven, pero éstos estaban entreabiertos por la admiración, el entusiasmo, el respeto.

—Goya estuvo un mes aquí. Pintó exactamente mi pequeño dormitorio.

—¿Así que su dormitorio es aquel en que...?

—Sí. Y no quisiera abandonarlo. Por desgracia, no hay ya el mismo mobiliario. Ni siquiera tiene el mismo colorido. Uno de mis abuelos, a quien no le importaba nada de todo esto, y que vivía solo en el castillo antes de su boda, lo hizo decorar al gusto de una desdichada que recogió en un cafetín de Madrid.

Había dejado de contemplar el cuadro y, olvidándose de las velas de los candelabros, se alejó haciendo crujir el satén de su falda. El joven la siguió a la galería. La muchacha levantó una de las cortinas, haciendo penetrar una ligera brisa, y luego se sentó, dejando caer su mano por la balaustrada. El azul del cielo nocturno envolvía el palmeral, cuyos troncos añadían al conjunto sus estrías pardas o doradas. El coro de las cigarras seguía llenando la campiña.

—La cama tampoco es la misma. Es sólo la réplica. Fue mi tía abuela Juana quien la hizo fabricar, de acuerdo con el cuadro. Ella era como yo. Pasó su infancia en el culto de la valerosa Rosita. Murió siendo abadesa del mejor y más bello convento de Salamanca. Entonces la cama volvió aquí.

Se escuchó un roce de tela, un arrastre de pies sobre las losas, y apareció la mamá. Durante un breve coloquio que siguió en español, Entragues comprendió que la gruesa señora le recomendaba a su hija que cerrase el cortinaje antes de irse a dormir. Luego rio y le dirigió algunas incomprensibles palabras al joven, antes de alejarse balanceándose.

—Le he contado a mamá que le había enseñado el cuadro de Rosita. Se ha burlado de mí. Si no fuese por mí, acabarían por olvidar la noble raza de la que descendemos. También mi primo Enrique se burla de esto. Mamá me ha preguntado si le había enseñado las reliquias.

Se levantó. Volvieron al salón donde sólo brillaban las antorchas, y Juana le obligó a pararse delante de una pequeña vitrina adosada al muro. Con la nariz pegada al vidrio, Entragues distinguió dos cabos de tela blancuzca. Con el dedo, Juana le ayudó a descubrir sobre los harapos unas manchas pardas.

—El capitán francés —le explicó ella en voz baja, su espalda contra la de Entragues— era médico. Nuestros paisanos lo habían hecho prisionero. Rosita supo que iba a huir.. Fingió estar enferma. Como no había ningún médico a menos de diez leguas, fueron a buscar al francés. Mi abuela había escondido un estilete en su cama. Estaba furiosa de no ser más que una mujer, mientras que sus hermanos y primos luchaban contra el invasor. Le ofreció una lucha leal al capitán, pero éste prefería sin duda profanar las hostias e incendiar los altares. Como la puerta estaba cerrada con llave, se precipitó hacia la ventana, pasando una pierna sobre el repecho, intentando huir cobardemente de una simple mujer. Pero ésta, en la lucha, consiguió alcanzarle. Hallaron por doquier la sangre del francés. Había manchas incluso en la cama, y sobre la camisa de Rosita. Y guardaron este testimonio en la vitrina. Cuando el rey durmió aquí, en 1814, se lo enseñaron todo. Rosita, al día siguiente del drama, tuvo una crisis de nervios. Su prometido, que combatía con los guerrilleros, vino a verla y, a despecho de todos los reglamentos, se celebró al instante un grave casamiento de guerra antes de que él volviera a partir en persecución de los franceses hasta los Pirineos.

El tono fanático de Juana no conmovió a Bernard.

—Antes de venir aquí —repuso, para mitigar la atmósfera—, mi amigo Becker me habló de la biblioteca de su padre, que contiene muchos libros sobre España. En las “Memorias del Coronel Hillion”, me enteré del fanatismo que entonces sentían en España contra nosotros. Leí muchos detalles respecto a los horrores de la lucha entre franceses y españoles. El también tuvo algo que ver con una joven española. No recuerdo cómo terminó el asunto. Finalmente, creo que ella le cuidó. También he leído en el libro de madame D’Abrantes, que las jóvenes se aprestaban a guerrear, y cuando les preguntaban qué ocultaban bajo el delantal, contestaban ferozmente: “Un cuchillo para matar a los franceses”.

La joven tuvo un movimiento de cólera.

—No creí que los franceses que se nos escaparon hubiesen tenido la audacia de burlarse de nuestro coraje.

—No es eso —continuó Entragues, siempre conciliador—. Los franceses no han hecho más que inspirarse en vuestros métodos guerrilleros. No entraron en España para arruinarla, se lo aseguro, sino para estimular el comercio, hacer carreteras, aplicar un código igual para todos. Pero el orgullo español se rebeló contra esto. La sangre respondió a la sangre. Por ambos bandos hubo guerreros generosos. Ahora que todo esto queda lejos, no hay que...

—¡Lejos! ¡Lejos! Razona usted como mi primo Enrique. ¿Es que la pasión de Jesús no está lejos también? A los ojos de Dios todo ocurre en un instante. Y el todavía ve a los españoles asesinados sobre los pavimentos de las iglesias.

Subieron la escalinata silenciosamente. Entragues, incomodado por la conversación, creía haber ya perdido las ventajas conquistadas a orillas del Aga, cuando, en el momento de despedirse en el primer descansillo, Juana, como la cosa más natural del mundo, le ofreció su rostro. Encantado, él la estrechó entre sus brazos y sus labios quedaron unidos un tiempo interminable. La muchacha echó luego la cabeza hacia atrás, recobró la respiración, le dio un nuevo beso y huyó, dejándole perplejo.

Al subir los dos pisos que le faltaban hasta el suyo, intentaba enlazar tres opiniones incoherentes con respecto a la joven. Pero se durmió sin haberlo conseguido.

Los siguientes días no modificaron ni la situación ni la ambigüedad de las ideas de Entragues con respecto a Juana. No consiguió arrastrarla a ningún paseo. Durante horas enteras, la vio preocupada solamente con la marcha de la casa, con sus padres, con los pobres, los ramos de flores destinados al altar de la iglesia, y, aterrado por su pureza, Bernard acabó por explicarse la libertad de aquellos besos por el mismo exceso de pureza.

Puesto que seguían besándose. Preferentemente por la noche, cuando los otros habían subido a acostarse. Ella, cada vez se abandonaba más. De su propia voluntad, la joven le había indicado una armazón metálica de la galería que les ponía al abrigo de toda sorpresa. Era, según le explicó ella, el vestigio del ascensor que su tío abuelo había intentado instalar, hacia 1900, para complacer a su conquista madrileña.

—Desde allí, si no se enciende la luz, no pueden vernos. Y a través del entramado de la jaula, se distingue a todo el que se acerca.

Sonriente, él le había preguntado si un conocimiento tan perfecto del lugar no sería debido a los gustos del salvajismo infantil que, cuando niña, la había impulsado a buscarse refugios; y la joven, serenamente, le respondió que, de jovencita, había hallado esta clase de refugios entre los encinares, pero que aquel escondite del ascensor ella se lo debía a uno de los dos aviadores, a Pedro.

Luego, la joven se había sentado sobre las rodillas de Entragues, que pasando de un extremo a otro, se estaba reprochando haber iniciado una novela amorosa con una muchacha que no era más que una descarada coquetuela.

El único problema estribaba en saber hasta dónde era capaz la joven de llevar su coquetería. De buen principio, cada una de las sesiones acrecentaban en Bernard el deseo, hasta el punto de que aquellos besos le empezaban a resultar insoportables.

Luego, temía que si las costumbres de Juana eran más libres de lo que había creído al principio, ella no considerase una timidez ridícula, e incluso vejatoria para sí misma, la reserva que él mantenía.

Quedó de ello completamente convencido una tarde en que la joven llamó a la puerta y penetró decididamente en la habitación de Bernard. Llevaba en la mano una carta que acababa de llegar. El joven juzgó que la entrega de la carta no era más que un pretexto y no dudó de la impaciencia de Juana por convertirse en su amante cuando, tras haber sacado uno de sus cigarrillos, la muchacha se tumbó en la cama, colocándose de manera manifiesta para dejar a su lado un lugar vacío que él se apresuró a ocupar, avergonzado ya de sus miramientos anteriores.

—No —le anunció la joven, protegiendo su rostro con la mano y amenazándolo con el cigarro encendido—, ya me besarás cuando hayas leído la carta.

Le tuteaba, a veces, cuando nadie podía escucharles.

El obedeció con impaciencia y luego, tras haber recorrido aquellas líneas, dejó el papel sobre la mesilla de noche. Al volverse hacia Juana vio sus ojos brillando de cólera.

—¿Entonces —murmuró la muchacha—, ella tiene prisa porque regreses?

Juana acababa de hacer la siesta, y todavía llevaba una bata de indiana, con dibujos negros y rojos. La falda estaba replegada hacia arriba, y tenía aún los pómulos rosados por el sueño, y el brocado de la colcha de su cama había puesto unas marcas en su mejilla. Sus largas pestañas le daban a sus ojos más profundidad todavía. Sus labios, que no había enrojecido con carmín, dejaban ver su puro trazo infantil.

Le hablaba a Entragues con una vehemencia tanto más impresionante, cuanto que se veía contenida por la necesidad de hablarle en voz baja, a fin de no poder ser oída desde el pasillo. Le advirtió a Bernard que no valía la pena mentir, puesto que se veía claramente que se trataba de la escritura de una mujer, ya que un hombre no escribía en aquel papel color malva, y que una mujer que no mantuviese con él relaciones tiernas no perfumaría sus cartas, ni estaría al corriente de su dirección en España.

Entragues inflamó su encendedor y, por toda respuesta, quemó la carta, a su llama, en el cenicero. Aunque llevaba poco tiempo en España, ya había captado el gusto por las demostraciones espectaculares. La carta era de la hermana de Becker. Había habido algo entre ambos tres años atrás. No había quedado más que una buena amistad, pero al joven le hubiese disgustado tener que leer la misiva en voz alta; la supervivencia de unos cariñosos apelativos, ciertas frases familiares hubieran podido confirmar las sospechas de Juana.

El incendio no la había acabado de convencer, pero a Entragues le importaba poco, sabiendo que la imagen de una sospechada rival sirve para estimular siempre a las mujeres. En fin, la teatralidad de su gesto le permitía exigir en compensación una prueba del amor que Juana le confesaba claramente con sus celos.

La muchacha pareció haber entendido la situación de la misma manera, y se resistió a sus besos menos que nunca. Era la primera vez que se encontraban juntos en una cama. Sus cuerpos no se habían rozado nunca en condiciones tan confortables y tentadoras. De repente, con un estirón de las piernas, la muchacha se arqueó, aunque asió al mismo tiempo la mano temeraria de su compañero para apartarla de sí. Luego, metió las piernas bajo la falda que estiró cuidadosamente hasta los tobillos.

—Sin embargo —balbució Entragues—, el domingo pasado, junto al Aga..., tú...

—¿Yo qué?

—Tú..., bueno, tus rodillas no eran tan feroces. Pude acercarme a ellas.

—Evidentemente, estaba en traje de baño.

—No comprendo cómo unos detalles de indumentaria pueden reglamentar tu conducta con respecto a mí.

De un brinco, la joven saltó sobre sus piernas, rectificó su falda y miró a Entragues con malicia.

—He tenido demasiada confianza en ti. Ya se nota que te han educado con los sofismas de Voltaire y otros matadores de reyes y de Dios. A fuerza de razonar, te muestras falso. Un hombre sano no necesitaría razonar para comprender que una joven en traje de baño no tiene por qué ocultar sus piernas, y que en cambio debe hacerlo si está vestida. Esto no prueba nada. Pero se siente cuando se es noble.

Había hablado lentamente, buscando las palabras y apretando los dientes. Entragues vio cómo la puerta se cerraba a sus espaldas, y luego, a su pesar, lanzó un silbido de admiración.

—¡Vaya muchacha! —exclamó.

Tras reflexionar, adoptó una táctica prudente. Habiendo comprendido que Juana era pura y violenta, que los favores más decisivos eran muy improbables, y en cambio un escándalo siempre posible, y puesto que él estaba allí para ganarse su material de espeleología y no para complicarse la existencia, y en fin, visto que la fecha de su partida se aproximaba, y que todavía le quedaba mucho trabajo por realizar, resolvió no intentar reconciliarse con Juana y consagrarse a su informe.

Sin embargo, los particulares aplican sus decretos con más dificultad aún que los gobiernos. Decidido a no pensar más en Juana, Bernard se sorprendió de estar espiando a través de sus persianas las de la joven, sabiendo que ésta debía levantarse a las siete. La exactitud no era la regla de la mansión, por lo que a veces eran las siete menos diez, a veces las siete y media cuando las persianas comenzaban a levantarse. Entonces aparecía el rostro apergaminado de María, la vieja sirvienta. Cuando la luz había ya iluminado la habitación, distinguía la blancura de la cama y, unos minutos después, seguía con el aliento entrecortado, las evoluciones de Juana en camisón, aspirando el aire aún fresco de la madrugada, antes de cerrar el ventanal.

A los tres días, el joven estaba ya harto de rememorar con dolorosa malicia los momentos más sublimes de su intimidad, de recordar los gestos, las entonaciones o las frases que le habían emocionado. Le apenaba que no existiesen ya las pequeñas complicidades que les había mantenido unidos, la alusión que en la mesa ella hacía a las inconveniencias de las presillas de los vestidos negros, a los efectos estimulantes de los baños en el Aga, a la eufonía del “Bernard” que ella le dirigía a solas, pronunciando la “r” con suave ronquera que le trastornaba. Todo había concluido, y el sábado por la mañana, al marcharse hacia los vergeles, Entragues no pudo por menos de pararse tras la jaula del falso ascensor..., como en peregrinaje.

Al descender al patio vio a Juana amontonando cajas en el maletero del “Buick”. Creyó haberse equivocado; no, con la cabeza, la muchacha le indicaba que se acercase. Cuando estuvo a su lado, sin mirarle, la joven le tendió la mano. La apartó rápidamente, pero él tenía ya entre sus dedos una esquelita, hecha una bola, de la misma forma que se las pasan los estudiantes, durante la clase. Al abrigo del palmeral, la desdobló y leyó:

 

“Por favor, espérame en el palmeral, al borde del camino. Gracias.”

 

Después del “por favor” había una palabra cuidadosamente tachada. En transparencia pudo leer su nombre. Aquel “Bernard” aceleró los latidos de su corazón.

La espera al borde de la carretera fue una prueba para sus nervios. Se sentaba, daba vueltas en torno a los troncos, se levantaba, se apoyaba, caminaba a lo largo del camino. Por fin llegó el “Buick” rodando lentamente. Se detuvo a su altura. Juana le indicó que subiese. Bernard se dio cuenta de que, aparte de un pañuelo a la cabeza, la joven lucía el vestido de algodón, granate y negro, que no había vuelto a ponerse después de la disputa.

EL coche empezó a correr a buena velocidad. Los dos callaban. Juana frenó a la altura del parapeto de mármol rosa donde habían hecho una pausa el día que olla había ido a recibirle a la estación.

Contrariamente a lo que nerviosamente esperaba Bernard, la joven no encendió ningún cigarrillo. Con mano firme, bajó el retrovisor de forma que cada cual pudiera ver el rostro del otro.

—No quiero que nos contemplemos —empezó ella, con voz estrangulada—. Al menos, sólo en el cristal. En el convento de mi tía Juana, cuando los parientes iban a visitarla, así era como se veían, arrodillados en dos celdas, a lo largo de un pasillo de cristales.

Este exordio asombró a Entragues. ¿Qué doloroso infantilismo iba a imaginar la muchacha todavía? ¿Qué manera teatral de hacerse mal había inventado en los tres días? Sin embargo, el espejo le devolvió una sonrisa que nada tenía de triste.

—Gracias a este arreglo, me sentiré menos trastornada al decirte lo que tengo que decirte. —Hizo una pausa—. El otro día me equivoqué. Teóricamente, yo tenía razón por la diferencia de actitud que debe comportar la diferencia de atuendo, pero...

Sin comprender adonde quería ella ir a parar, Entragues vio que la muchacha había decidido excusarse de su cólera del otro día, pero que su amor propio le dictaba, a su pesar, reservas que impedían el pequeño discurso que tenía preparado.

—En fin —articuló ella—, aunque mis razones fuesen válidas, no se aplican a ti. Mi conducta te había dado ciertos derechos. No habría debido discutirlos. Te pido perdón. He tratado de eliminarte de mi vida. No lo he conseguido. De ahora en adelante, haré lo que quieras.

Por fin, se había decidido a suprimir la intercesión del retrovisor y volvió hacia él un rostro de pómulos ruborizados, que él tomó entre sus dos manos y besó gravemente.

La irrupción de un coche que les rozó les obligó a reemprender una digna actitud que conservaron en honor de una tartana arrastrada por una mula de resonantes cascabeles; tardó un tiempo interminable en pasar por su lado y en desaparecer en la siguiente curva.

—Te he oído decir que debías ir a la alcaldía —continuó Juana—. Te dejaré allí. Enrique estará a las diez en la tienda de ultramarinos con la camioneta, y él te recogerá.

Después de haber accedido Entragues al plan, la joven acercó la mano al embrague, la retuvo allí unos segundos y sonrió.

—Tenía tanto miedo de que no quisieras reconciliarte conmigo, que he olvidado quitarme los zapatos.

En efecto, regularmente llevaba unos finos zapatitos de tacón alto que la molestaban para conducir. Por esto tenía la costumbre de quitárselos y colocarlos negligentemente sobre la alfombra de caucho del vehículo. Entragues abría ya la boca para hacerle observar que no era muy tarde aún para descalzarse, cuando, debido a la turbación de su mirada, a la reserva contenida en la misma, comprendió que la muchacha le estaba pidiendo que, formulando un gesto de fiel servidor, sellase su nueva reconciliación.

Se inclinó, pero el pie hacia el que sus manos se dirigían le ahorró una parte del trayecto, alzándose con vivacidad hacia él.

—Puedes hacer lo que quieras —le dijo Juana, que, después de haber seguido su mirada, había cerrado los ojos y se había recostado hacia atrás.

El semblante de Entragues se aplastó contra una piel ardiente y suave. Respiró el perfume de aquel cuerpo juvenil, cálido, al que se mezclaban la fragancia de hierbas aromáticas que la ropa blanca y las sábanas adquirían en los armarios del castillo. La mano de Juana se apoyó en su nuca y con todas sus fuerzas, le pegó el rostro a su piel.

Cuando él se enderezó, los dos se contemplaron, perdido el resuello. Juana, sin embargo, no había perdido su continencia.

—¿Le importaría mucho, caballero —le preguntó con coqueta impertinencia—, reparar sus ultrajes?

El joven le arregló los pliegues de la falda sobre las rodillas y rectificó un mechón de su cabellera. Ella se pasó la lengua por los labios, se inspeccionó en el retrovisor y arrancó.

La mañana y la tarde las pasó Entragues en el despacho del catastro, en la alcaidía. Consiguió entenderse con un funcionario español, que rezumaba buen humor por los cuatro costados. Después de cenar, Juana le esperaba tras la jaula del ascensor. Se comportó con una ternura y un abandono perfectos. Y, sin embargo, ninguno de los dos dijo que se amasen.

Al regresar a su habitación, Entragues estaba sorprendido al comprobar que la joven no se hubiera referido para nada a la inminencia de su marcha. El mismo pensaba en su partida con tanto pesar, que no quería acordarse de la fecha exacta en que vivía, para seguir ignorando si eran tres o cuatro los días que le quedaban de vivir cerca de Juana. No dudaba que obtendría los favores totales de aquélla, pero la impaciencia que sentía ante la espera del cercano domingo, en que debían volver juntos a la orilla del río, en un decorado que se prestaba maravillosamente a sus intenciones, se acrecentaba con una sensación de vacío y abandonado. Se imaginaba solo en el tren. El recuerdo de su conquista se convertía en una amargura insoportable. No sólo sentía ansias del cuerpo de Juana, sino de su presencia. Antes de dormirse rememoró su primer encuentro en la estación. En toda su vida, jamás había experimentado aquel vértigo lúcido de un profundo entendimiento a la primera mirada.

El domingo por la mañana, Entragues efectuó en la camioneta la ida y la vuelta a la iglesia, lejos de Juana. En misa, sólo pudo contemplarla desde lejos.

Se olvidaba de arrodillarse o de levantarse, aturdido ante la idea de que aquella grave señorita, vestida de negro, que mezclaba su voz a las del coro, iba a ser suya.

Terminado el almuerzo, Juana se acercó a su amigo y le rogó en voz baja que no se dejase arrastrar a una partida de billar, sino que fingiese que se iba a hacer la siesta y se deslizase rápidamente hasta la orilla del río. El respeto a la siesta se hallaba tan bien establecido en la familia, que Entragues experimentó gozo y extrañeza.

Subió prestamente a su alcoba, se puso el bañador bajo sus ropas, aunque el baño fuese sólo un pretexto, y salió por la puerta del huerto.

Juana había llegado antes.

—Ayer —le dijo— no había pensado que, razonablemente, no puedo faltar por dos veces consecutivas a las vísperas. Sin embargo, al marchar tendremos tiempo de bañarnos. Es preciso que esté de vuelta a las cuatro.

Entragues, decepcionado, siguió a la joven por el sendero. ¿No se le había ofrecido la víspera, sin restricciones? Cuando habían convenido en pasar la tarde en su rincón preferido, cerca del agujero de las truchas, ¿no había comprendido ella que, por fin, se trataba de ser el uno del otro?

La muchacha se mostraba muy alegre, mostrándole los insectos, los colores, los fósiles de las piedras, contándole una maliciosa historia, que él no escuchó, sobre dos muchachas de los alrededores; por fin se detuvieron delante de un matorral. Como ella parecía esperar que él fuese a desnudarse tras el ramaje, él obedeció a regañadientes. Cuando volvió, ella lucía ya su bañador violeta y estaba empinada sobre una roca desde la que demostraba su intención de zambullirse en el agua. Él arguyó la poca profundidad del cauce. Ella se le rio en la cara.

—Hace mucho tiempo que conozco el Aga. Tenía siete años cuando la pobre María me traía ya con mi hermana Rincora. En aquella época, en el país, las niñas se bañaban púdicamente en camisola blanca. Lo que no nos impedía zambullirnos a mi hermana y a mí, dejándonos llevar por la corriente hasta la pequeña barrera de rocas, escalarla, y hundir los pies dentro de un hoyo muy profundo, dejándonos deslizar sobre las paredes más de doscientos metros. Y si duda usted de esta hazaña, don Bernardo, le reto a que me siga.

Se zambulló.

“Me considera exactamente como un flirt”, pensó tristemente Bernard, uniendo las manos y zambulléndose a su vez.

¿Realizaba la joven, realmente, aquella proeza náutica a los siete años? Les entretuvo tres cuartos de hora efectuar la ida y vuelta, en medio de los peligros del agua y las rocas. Cuando volvieron a tomar pie Arme, Juana se precipitó hacia su relojito, colocado sobre el musgo, al lado de la ropa.

—¡Dios mío! Son las cuatro menos diez. No tenemos tiempo ni de secarnos. ¡Por favor, date prisa, Bernard! —Le empujó hacia el otro lado del matorral—. ¿Eh?

—“Ready, ready" —murmuró Entragues en inglés, (¡listo, listo!) cuando, acabando de anudar sus sandalias, se incorporó y se reunió con la joven, retorciendo su bañador que no conservó puesto, por no haber podido secarlo al sol. Ella se lo cogió de las manos, lo juntó con su propio traje de baño y, encargándose del bulto colectivo, empezó a bajar por el sendero.

No tardaron en aparecer las densas copas de los encinares por encima de los matorrales. Para Entragues fue el signo de abandonar el valle salvaje, y el desvanecimiento de sus últimas esperanzas.

—Juana...

—Entiendo —le dijo Juana, volviendo hacia él la cabeza—. Tienes ganas de sentarte un instante a fumar un cigarrillo. Pero mi madre se quedará aterrada cuando tome las curvas sobre dos ruedas.

Una vez sentados, Juana quiso sólo un cigarrillo para los dos, lo encendió y lo puso en la boca de su compañero. Luego se recostó contra él, colocó la cabeza sobre sus rodillas y le contempló con amorosa fijeza.

—¿Recuerdas cuando retiré el cigarrillo de tu boca? Tengo la impresión que esto data de aquella mañana y que, sin embargo, te conozco desde siempre.

Bernard arrojó el cigarrillo y se abatió sobre la joven. No pensaba en nada, impulsado sólo por su deseo. Pero en aquel momento un ligero ruido le sorprendió. Más aturdido que asustado, elevó la cabeza hacia arriba en el momento en que una sombra les pasaba por encima. Como en un breve relámpago, distinguió sobre él unas claras pieles consteladas con unos pezones pardos. Pero un segundo animal desaparecía ya entre los matorrales. Juana asió a Bernard por la espalda y le retuvo contra ella. Una bestia más grande y más pesada pasó como el rayo, un magnífico ciervo cuyas astas resplandecieron a la luz. Esta persecución, que señalaba el comienzo de la estación del celo, hizo entreabrir los labios de Entragues en una sonrisa. Parecía que la naturaleza ardía de amor tanto en las bestias como en los seres humanos, y que con ello pretendiera animarles con el espectáculo de sus apasionados fastos.

Pero su sonrisa casi apenas nacida, murió. Con decidido vigor, Juana le empujó, arrojándole sobre el musgo, y levantándose, emprendió la huida.

—¡Juana!

Se puso en pie de un salto, recogió apresuradamente los dos bañadores entremezclados como el símbolo de lo que hubiera sucedido sin la interrupción de las tres bestias salvajes, y emprendió la persecución. Al principio fue ganando terreno, ya que mientras corría, la joven se veía obligada a sujetarse el vestido para que no le cayese hasta los pies. Pero no tardó en poder acelerar la carrera, sin cuidarse de sus tacones altos.

Naturalmente, no tardó en tropezar, cayéndose al suelo.

—Juana, ¿te has hecho daño?

La ayudó a levantarse. La muchacha le contempló con una mirada que le heló la sangre. No le observaba como a un enemigo, sino como a un extraño.

—¿Querida mía, has tenido miedo? No eran más que dos corzas y un ciervo que nos daban una lección... Dime algo. ¿Por qué te has marchado? ¿Para imitar a las corzas? Ten en cuenta que el ciervo termina siempre por atraparlas.

Pretendió atraerla hacia sí. Ella respiró profundamente, y se desprendió sin hostilidad. Su mirada se suavizó, aunque siguió negando con el gesto.

—Ha sido un momento terrible. Déjame marchar. —Él la retenía por el brazo. Juana suplicó—: ¡Te lo ruego, Bernard! —luego, comprendiendo que debía dar una explicación, añadió con voz entrecortada—: la Providencia no ha querido que ocurriese nada entre nosotros. Por esto nos ha enviado las corzas. Quiero llegar puntual a las vísperas, de lo contrario sé que nos sucederá algo terrible.

—Lo terrible, Juana, sería que por una tontería rechazáramos ese gran placer.

La joven no se debatía ya. Pero seguía denegando con la cabeza, repitiendo:

—Déjame ir.

—¿Entonces, es que no me amas? —preguntó Bernard con voz sorda.

Era la primera vez que él empleaba el verbo “amar”, y aún con doble reserva negativa e interrogativa.

—Sí, te amo —declaró Juana con voz estrangulada—. Te amo demasiado. Te amo por entero. ¡Te amo!

—Sin embargo, me has hecho anhelar la única prueba que podías darme en prenda de tu amor, para negármela en el mismo instante en que...

A Entragues le temblaba la voz. Calló incapaz de dominar la reacción de su cuerpo, de repente minado por la fiebre. El deseo, el fervor, la desesperación le consumían hasta el punto de no poder casi sostenerse sobre ambas piernas.

—¡Juana, Juana...!

La joven, de un salto, estuvo entre sus brazos.

—¡No sufras, querido! Déjame ir y te prometo... Te lo prometo todo.

—¿Cuándo?

Ella corría ya hacia la residencia. Giró la cabeza sin detenerse.

—Esta noche. Cuando todos estén acostados. Pero no intentes hablarme durante la cena, te lo ruego.

Inmóvil, la siguió largo tiempo con la mirada. Por fin, la muchacha se perdió entre las sombras de un bosquecillo de pinos. Mientras ella huía, el joven se sintió de nuevo dominado por el intenso deseo. Los movimientos musculados de su cuerpo tensado por la carrera, rellenaban la tela negra de su vestido, bajo el cual él la sabía desnuda. Luego sólo lamento su ausencia. Por primera vez, y formulada claramente en su cerebro, le vino a la mente la palabra boda. Le pareció que jamás podría olvidar a la joven, y que gracias a ella su vida se había convertido en algo sensato, sabroso, digno de ser vivido. Al aproximarse hacia el palmeral, percibió entre los troncos de los árboles, a toda velocidad por la avenida rosada, el “Buick” negro y la mantilla, también negra, de Juana.

En la mesa, fiel a su promesa, no intentó hablarle. Después de la cena, a pesar del descanso dominical, el padre y el tío de Juana se encerraron con él en el despacho para restablecer el balance general del asunto. Ambos se excusaron de aquella conculcación a las leyes del Señor, pero invocaron la necesidad recordándole que, según la fecha fijada por él mismo, se marchaba al cabo de dos días, y que ya habían reservado billete para él. La proximidad de una partida que se había negado a considerar en los últimos días, le obsesionó a lo largo de la prolongada conferencia sostenida con ambos caballeros. Conferencia que le pareció tanto más larga cuanto que no había podido prevenir a Juana del contratiempo, por lo que aquélla debía extrañarse de la lentitud con que el joven iba a recoger los frutos de la promesa que le había arrancado.

Apenas salió del despacho, voló hacia la habitación de Juana. La luz del corredor se hallaba apagada. No la encendió a fin de no atraer la atención de los dos hombres aún despiertos y, al tacto, consiguió llegar, con el corazón latiéndole fuertemente dentro del pecho, a la puerta cuyo picaporte, cuando lo asió con sus ardientes manos, le pareció una lámpara de Aladino generadora de todas las delicias.

Esperó unos instantes a fin de calmarse. Se imaginaba a Juana en su lecho. ¿Se habría dormido, tal vez?

Empujó el picaporte, después de haber arañado levemente la puerta, por pura fórmula. La pieza estaba únicamente alumbrada por una lamparita semejante a las de las mesas de los restaurantes elegantes: un candelabro de dos brazos, con dos lindas pantallitas de color rosado sobre falsas bujías de porcelana. Aquella luz ponía unos tonos azules sobre el forrado de los muros. Toda la estancia tenía una transparencia opalina a la que contribuía la vaporosa suavidad de la gasa que rodeaba la cama y la de los visillos de la ventana que encuadraba un cielo nocturnal de un azul luminoso, en el que los relámpagos de calor destacaban, a intervalos irregulares, las copas angulosas de las palmeras de rigideces metálicas.

Entragues distinguió todo esto en un segundo. La estancia le había absorbido de un solo impulso, como una certidumbre de felicidad. Su entusiasmo se asociaba tan íntimamente a sus percepciones que no dudaba que, bajo la gasa del lecho de columnas, el busto de las mantas era testimonio de una Juana dormida..., o que fingía estarlo.

Cerró sin ruido la puerta a sus espaldas, y avanzó con pasos amortiguados. Sin embargo, no fue el triunfal amante quien levantó el mosquitero. Entragues realizó aquel gesto, cuando sabía ya que era inútil. La cama estaba vacía.

Tras unos segundos de aturdimiento, Entragues se acercó a la ventana, como si allí pudiera obtener una respuesta o un consuelo de las losas brillantes del patio que reflejaban la claridad de la linterna veneciana del porche. Volviendo a trasladar su mirada hacia la cama, distinguió un hilillo de humo que se desplegaba vagamente contra la gasa del mosquitero. Se aproximó. En un cenicero colocado junto a la almohada se estaba acabando de consumir un cigarrillo. Las mantas habían sido apartadas bruscamente. En el cenicero, una buena cantidad de colillas de cigarrillos americanos le atestiguaba la espera de Juana, y tal vez también su impaciencia. Era estúpido desesperarse. La joven, inquieta por su tardanza, acababa de salir, sin duda, a respirar el aire apaciguador del palmeral, o bien para ir a buscarle a su propia habitación.

En aquel momento, su mirada recayó sobre una hoja de papel de cartas, fijado al marco de un espejo.

 

“Querido Bernard, has dejado que reflexionase demasiado tiempo. No es en esta habitación, en la que todavía subsiste el recuerdo de la heroica Rosita, donde puedo comportarme como tú deseas. Ese sería mi gran anhelo, pero una parte de mi ser se rebela ante esta idea. Mañana hablaremos con franqueza. Esta noche vuelve a tu alcoba. Te dejo esta nota en el caso de que vengas directamente aquí, en tanto yo voy a dejar otra igual en tu cuarto. No me esperes.”

 

No había firmado siquiera. Entragues contempló el papel con tanta fijeza que las líneas, cabalgando una sobre otras, dibujaron un tempestuoso paisaje. Pero la verdadera tormenta se agitaba en su interior.

—¿Se figura esa niña que va a divertirse mucho tiempo conmigo?

Había hablado en voz alta. Se contempló estúpidamente en el espejo, mientras sacaba de su bolsillo un cigarrillo y lo encendía. Sabía que la frase que acababa de pronunciar no correspondía en nada a sus verdaderos sentimientos. Le habría gustado poder tratar con esa desenvuelta impaciencia el caso de Juana, Como le horrorizaba que las mujeres le dominasen, siempre estaba dispuesto a abandonar una conquista demasiado complicada. Pero ahora este procedimiento era, por desgracia, inaplicable. Ni siquiera se sentía con fuerzas para entrar en su habitación, y hallarse a solas en ella. Además, ¿por qué debía capitular? Juana no podía tardar en regresar. ¡Pues bien, le encontraría sentado al borde de la cama, o acodado en la ventana, con la carta rota en mil pedazos sobre la alfombra!

El papel crujió. Los fragmentos volaron por el aire y acabaron por posarse sobre las losas del piso. Cuando el último quedó inmóvil, Entragues, con el cigarrillo firmemente apretado entre los labios se dirigió hacia la ventana para adoptar allí una significativa postura, que diera a entender que se negaba a servir de juguete a los excesivos caprichos de Juana.

La puerta acababa de abrirse. Juana estaba en el umbral, descalza, con su vieja bata de brocado rojo. Debía creer que Bernard no había visto la carta. Al girar la cabeza hacia el espejo, su mirada tropezó con los fragmentos esparcidos sobre la alfombra.

—¡Oh, tú no...!

—No, Juana, no me someteré a este nuevo infantilismo. No saldré de esta habitación.

Por la expresión de su semblante, la joven debió comprender que toda discusión era inútil, y tomó una resolución instantáneamente.

—Pues bien, yo dormiré en la tuya y mañana por la mañana vendré a rescatarte.

Antes que él hubiera podido moverse, ella había ya cerrado la puerta. El joven oyó cómo la llave se deslizaba en la cerradura, y asió en vano el picaporte. Rabioso, se arrojó sobre la cama, esparciendo el contenido del cenicero sobre las ropas del lecho. Había cerrado los ojos. Al cabo de unos minutos, su cuerpo le dio un imperioso consejo: dormir. Se levantó. Con gestos monótonos, se desnudó, dejando caer sus ropas una tras otra sobre los restos de la nota. Con la luz apagada, se metió entre las mantas que todavía conservaban la tibieza del cuerpo de Juana, de Juana a la que veía por doquier, violentamente presente e impalpable. Insensible, pasó de este estado de doloroso vértigo al del reparador sueño.

 

—¡Pobre! ¡Lamento despertarte! Te he besado la nariz y tú has rechazado mi boca como si fuese un insecto. Tenías las manos cruzadas bajo la barbilla, al igual que un niño.

Juana estaba sonriente a una pulgada del rostro de Bernard. Un rayo de luz atravesaba la ventana, yendo a chocar contra la cama, alumbrando unos reflejos azules en la cabellera de la joven. En su faz a contraluz, sus dientes deslumbraban a Entragues hasta el punto de que se vio obligado a cerrar los ojos, y durante un instante no oyó otra cosa que los estridentes chillidos de las golondrinas persiguiéndose delante de la ventana.

—Sé buen chico y levántate. Si quieres, puedes dormir más en tu cuarto. María entrará para vestirme de un momento a otro.

Aún adormilado, él le sugirió que cerrase la puerta con llave.

—Imposible —replicó Juana riendo—. Es mi habitación de niña. De pequeña, no querían que me encerrase. La cerradura sólo funciona desde el exterior, para castigarme cuando yo no era buena.

Bernard sacó su torso desnudo de entre las sábanas, y contempló a Juana, arrodillada al píe de la cama, los ojos fatigados, los párpados enrojecidos, señales todas de haber dormido evidentemente mal.

—¡Oh, Juana! —exclamó el joven—. ¿Por qué...?

—Te prometo una cita para esta tarde, a las seis delante del agujero de las truchas. ¡Pero por el amor de Dios, ahora vístete y sal de aquí!

—Juana, mañana es el día de mi marcha. No lo ignoras. Has alargado sabiamente esta comedia dándome una cita a continuación de haber faltado a otra. Si no te amase, sacudiría con gusto el polvo de mis zapatos, yéndome de esta casa, pero..., pero... En fin, te quiero terriblemente y tú eres odiosa.

No sabía lo que decía y balbucid, para terminar, que la pedía en matrimonio. La muchacha no contestó, pero Bernard logró distinguir que sus ojos acababan de inundarse de lágrimas.

—¡Te quiero, Bernard! —gimió ella, al fin, abalanzándose sobre él, y apretando su rostro contra el pecho del joven.

El la cogió por los hombros y quiso atraerla por completo contra sí. Pero ella le esquivó. En su emoción, la muchacha empezó a mezclar el francés y el español. Repetía:

—¡No puedo, no puedo!

Entragues entendió lo que decía, al oírla repetir por dos veces:

—Rosita no lo permite.

Luego, ella calló en seco. Entragues, al que ella había impuesto silencio con el gesto, escuchó un roce de zapatillas sobre las losas del pasillo, y luego dos golpecitos dados a la puerta.

—Es María —dijo la joven en voz baja—. Ahora despertará a mamá. Dentro de un instante volverá aquí.

Entragues, con la mirada, buscó un escondite en cualquier parte.

—¡No, no hay nada! —le gritó Juana, sin poder contenerse—. ¿Orees, acaso, que tengo armarios preparados para ocultar a mis amantes? ¡Supongo que me tomas por una bailarina del Follies Bergère!

Sin transición, su rostro se aclaró, y sus ojos brillaron maliciosos.

—¡Ah, pero tienes razón! —exclamó—. Me hallo cien veces mejor preparada que una bailarina del Follies.

Se había precipitado hacia un sector de pared comprendido entre la cabecera de la cama y la ventana. Aquel entrepaño, el único no tapizado, estaba adornado con pinturas.

—Hay una escalera en el muro —susurró la muchacha—. Lleva bastante lejos. En la actualidad está tapada por unas tablas después de unos cuantos peldaños. Pero por unos minutos, no lo pasarás muy mal.

La víspera, en efecto, Entragues había reparado en el bizarro tema de las pinturas que representaban, entre dos guirnaldas de ángeles y águilas jugando juntos, unas máscara monstruosa de inexplicables relieves. Juana apretó una especie de resorte y, como en una novela de capa y espada, se abrió una estrecha puerta ovalada. Cuando acabó de chirriar, se cerró la puerta del cuarto vecino, y los pasos de María volvieron a aproximarse. Juana se había precipitado sobre las prendas masculinas, que rechazó frenéticamente bajo la cama.

—¡Vamos, de prisa! —murmuró, baja la cabeza—. No te miro.

El saltó del lecho, se abalanzó al orificio, y se detuvo falto del aliento contra las tablas que le obstaculizaban el paso, al tiempo que a sus espaldas se cerraba la puerta del disimulado orificio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo (ya que a través de las ajustadas tablas ascendía un soplo ligero de las entrañas del castillo), tanto de frío como de emoción.

La puerta volvió a abrirse casi al instante, dejando pasar el brazo de Juana, que volvió a retirarse tras haberle hecho un gesto indicándole el final del peligro.

La joven se hallaba instalada delante de la ventana, de espaldas a él. Se vistió con rapidez y en silencio. Aquel despertar sobresaltado, la amenaza de María, el descenso por la escalera secreta, habían distraído su atención del verdadero problema. Cuando Juana dio media vuelta, Bernard no intentó rebelarse, antes bien aceptó la cita para las seis y se limitó, señalando la horrible máscara de la pintura, a comentar:

—Es espantosa esa criatura.

Juana, con la mano, ocultó la mitad del pequeño semblante monstruoso, y la mitad restante se convirtió en cabeza de león. Su mano descendió, y entonces Entragues distinguió en el otro fragmento la mitad de una cabeza de hombre, una cabeza hermosa y sonriente. El conjunto, empero resultaba fatal, la mescolanza de la aguileña nariz y el morro, los amables labios y las abiertas fauces de la fiera.

—Es un símbolo —le explicó ella—. Se decía de nuestro antepasado, el capitán Alonso de Leiva, que poseía la locura del caballero y la imposibilidad del león. El pintor lo realizó con tanto primor que, si no se está apercibido, esta máscara produce pesadillas. Yo estoy tan acostumbrada a ella, que la adoro.

Le había acompañado hasta la puerta, que entreabrió, echando un vistazo al pasillo, y luego le indicó con un ademán que el paso estaba libre. Antes de dejarle partir, le tocó dulcemente la mejilla y murmuró:

—No es la primera vez que te veo sin afeitar. ¿Te acuerdas de la estación? Así estás estupendo.

Todo el día estuvo ocupado sin tregua en la conclusión de su tarea. Solamente gozó de un cuarto de hora para almorzar. Con la cabeza poblada de cifras, la imaginación llena de canales de irrigación, de engrases, de máquinas agrícolas, de parcelas, llegó a las seis al lugar de la cita donde ya le esperaba Juana con su traje de baño violeta.

Sin darle tiempo a pronunciar un reproche, le anunció que iban a volver al agujero de las truchas. El joven no tuvo valor para protestar. Con los labios pálidos y apretados, los ojos extraviados, sin mirarle, sin esperar siquiera su respuesta, la joven saltó al agua.

Mientras él se desnudaba, para quedar en traje de baño, y se zambullía a su vez, la muchacha ya había desaparecido, por lo que él se vio obligado a buscar por sí mismo el orificio de la embocadura al que se lanzó, emocionado por los reflejos verdes y violáceos del agua, que le recordaban dolorosamente su primera visita a la cripta. La joven estaba sentada en la plataforma de piedra. El se izó hasta ella. Guardaron silencio. El agua murmuraba dulcemente. A veces, dos o tres gotas les hacían estremecer. Aunque hacía menos calor que en el exterior, la penumbra era casi tibia. Juana colocó su mano sobre la de Entragues y empezó a hablar. Le dolía haber faltado a su promesa. Pero el joven debía comprender que su habitación glorificaba a Rosita, y que, por tanto, en ella no era fácil mostrarse débil. Entragues era francés, entregarse a él en aquella estancia era como insultar a Rosita, era como burlarse de su valentía.

—Entonces pensé: es preciso que sea en otra parte. Pero luego he constatado que en otra parte tampoco me vería libre de Rosita. No se ha vivido impunemente toda la infancia y la juventud en el culto de un ser como Rosita, de un acto tan intransigente como el suyo. Su ejemplo es de los que no admiten compromisos. Desde el principio lo supe. Mi amor, tus caricias, las circunstancias me lo hacían olvidar un momento. Pero luego, volvía en mí, y trataba de romper bajo cualquier pretexto.

—Todo esto no existe, Juana. No son más que leyendas y ensoñaciones de niña pequeña. Lo que cuenta es que nosotros nos queremos y que yo te pido que tú seas mi mujer.

—Lo que cuenta es que no puedo aceptar.

Ningún argumento podía convencerla. Estaba como replegada dentro de sí misma; Entragues lo veía claramente. Aceptando una larga discusión, sólo hubiese logrado darles más consistencia a los obstáculos que paralizaban a la joven. Desarmado, calló. El movimiento del agua transparente y sombría a la vez, el juego de luces que tenía lugar sobre los muros tenebrosos de la gruta, atrajeron su atención durante un tiempo, que no habría podido calcular.

—No puedo verte tan desdichado...

—No lo creo. Con una sola palabra me harías el más feliz de los hombres. Y no la pronuncias.

—Me olvidarás, Bernard. Ahora volverás a Francia. Lo que yo te niego, cualquier chica encantadora te lo concederá. De vez en cuando, con cierto humorismo, te acordarás de la pobre Juana, y te burlarás de ella.

—Supongo que no lo pensarás en serio. ¿Es indispensable que te certifique que mi existencia se ha terminado?

—¡Bah..., palabras!

—No.

Estaban hablándose sin mirarse. Luego, Entragues sintió la mirada de Juana clavada en él. Giró la cabeza. Los ojos de la joven mostraban señales de fiebre. Su boca estaba entreabierta en una dolorosa mueca. Habló con voz cambiada, como inconsciente:

—Bien, si tu vida ha terminado, Bernard, terminémosla juntos. Toda esta noche he pensado en Rosita, Me he preguntado qué habría hecho ella de haber sentido por el capitán francés la pasión que yo siento por ti. Creo que se habría entregado a él, y que luego le habría matado para castigarle por haber poseído a una española, y a continuación se habría suicidado para castigarse de haber cedido a un enemigo.

Ahora estaba de rodillas sobre las peñas. Con la mano le mostraba a Entragues la redondeada roca en equilibrio sobre los dos pilares naturales del orificio de la gruta.

—Te dije que bastaría con balancear esta roca para quedar encerrados en la gruta. ¿Me amas? Entonces, ayúdame a volver la piedra. Después, seré tuya.

Hipnotizado, Entragues contemplaba, a una pulgada del suyo, aquel semblante espléndido y aterrador de ménade fatal. Su cabellera, húmeda del agua, parecía esparcir en torno a su nuca mil serpientes retorcidas. Como lágrimas, el agua le corría por las mejillas. Detrás de sus labios pulposos y tentadores, que la emoción entreabría, velaban dos hileras de resplandecientes dientes.

—¿Tienes miedo? ¿No deseas morir, querido Bernard?

Era exacto. Pero todo lo que él hubiese podido contestar, habría sido interpretado por la joven, bien contra su carácter, bien como una prueba de falta de amor. Ningún razonamiento podía aducirse contra aquella proposición curiosa e insensata.

Juana continuó, con voz sibilante:

—¡Pobre y querido Bernard, aunque tú lo hubieras aceptado, yo me habría negado! Mi verdadero proyecto era, quizá, menos honorable, pero ciertamente menos peligroso para ti. Estoy harta de verte sufrir y negarme a ti. Ámame ahora, pero regresarás solo. Únicamente te pido que cuando empiecen a inquietarse por mí, no digas dónde me has dejado.

Esta proposición alocada, la había formulado con voz lenta, monótona. Contemplaba el agua. Sus manos, colocadas sobre la peña, temblaban.

—¡Salgamos de aquí! —tronó Entragues,—No, yo no saldré.

La contestación de Juana era tal que replicar habría sido añadir el absurdo. Sobresaltado, asustado por aquel sombrío frenesí, Entragues lo confió todo a sus músculos. La asió por los cabellos y la precipitó al agua. Sorprendida, la joven no comenzó a debatirse hasta el momento en que sus dos cuerpos entrelazados penetraban en la embocadura. Ni uno ni otro, en su lucha, sentían las duras aristas de las rocas que les lastimaban a cada una de sus vueltas. Por fin, se abrieron ante ellos las aguas profundas del embalse.

Recobrando el aliento, Entragues divisó al mismo tiempo una bella visión del cielo. Arrastrando a Juana por un puño, la llevó a la orilla. Al volver a hallarse en el mundo de los vivos, de los colores, el joven escapó de repente al espanto al que le había precipitado el trágico ardor de su compañera.

Quiso ayudar a Juana a vestirse cuando tomaron pie en la arena, pero ella se tendió en tierra, con los ojos contraídos, como para darle a entender que únicamente volvería a casa arrastrada por los cabellos. Entonces, por encima de todo otro sentimiento, ante aquella obstinación de niña mimada, Bernard se sintió invadido por la exasperación. Sobre las húmedas mejillas de Juana, sus manos resonaron con un furor que le alivió. De la tragedia pasaban a la comedia. Le pareció, incluso, que abofetearle era tomársela demasiado en serio, y por un momento se sintió tentado a administrarle una tunda de vodevil.

Era inútil, el remedio había ya obrado su efecto. Juana, de pie, entrecortado el aliento, con lágrimas en los ojos, púrpuras las mejillas, trémulos los labios, intentaba adoptar un aire de dignidad. Ambos se contemplaban de reojo. Luego, ella se dirigió hacia el matorral, recogió su vestido, que se puso sobre el bañador empapado, se calzó los zapatos sin atar los lazos, y bajó por el sendero, sin preocuparse por las ramas que le desgarraban las piernas.

Entragues empezó a considerar que aquello era más bien un número circense. Descendió el sendero detrás de la joven, abrochándose los pantalones, con un solo brazo metido en la camisa, la corbata entre los dientes, y lanzando maldiciones al ver las estrías sanguinolentas que tenía en el brazo. No consiguió atraparla hasta el final de la senda, en el mismo lugar donde la víspera, la aparición de las corzas había roto el encanto de la situación.

Al principio, intentó sonreír.

—Has hecho bien —le dijo ella, fríamente—. Es mejor que nos separemos abofeteándonos. Esto clasifica nuestra aventura en la misma categoría de las que tú, sin duda, tienes costumbre de vivir, con chicas que aman alegremente y rompen entre tempestades. Nos hemos engañado mutuamente. Ahora, sólo nos queda el olvido.

Luego, al aproximarse a la casa, ella le rogó que entrase solo, a fin de tener tiempo de rehacer su tocado.

El padre, el tío y el primo le esperaban en la galería. Discutieron sus conclusiones hasta la hora de la cena, en que Juana se mostró natural, e incluso juguetona, aunque por lo visto había olvidado por completo que hablaba el francés maravillosamente bien. Terminados los postres, invitaron a Entragues a subir al despacho a fin de precisar los detalles finales y recibir sus honorarios.

Juana subió las escaleras unos peldaños atrás. Tropezó, y cuando se levantó sólo podía sostenerse sobre una pierna. Pero llegó a su cuarto sin haber mirado al joven, apoyada sólo en la espalda de su madre.

Por fin, a las once subió Bernard a su habitación. ¿Debía ir a verla? Se lo había estado preguntando durante toda la entrevista con los Leiva. Decidió antes hacer su maleta. Cuando hubo concluido era ya medianoche. Juzgó que la escena de la caverna había sido tan Violenta, que era necesario el paso de una noche antes de una entrevista, que él creía decisiva. Se echó en la cama y se durmió.

A la mañana siguiente, tras haber sido despertado por María, estaba en el patio a las seis. El cielo estaba transparente, y Entragues inclinado a la galería. Juana no resistiría aquella esplendente mañana. El retrovisor devolvería su doble sonrisa. En el andén de la estación no se dirían adiós, sino que se harían recomendaciones mutuas.

“¿Qué vestido se habrá puesto para acompañarme?”, se preguntó viendo salir el “Buick” del garaje para describir un círculo en el patio antes de llegar a su altura.

Era Enrique quien lo conducía.

Entragues preguntó a su hermano si no venía Juana a despedirle a la estación.

—Claro que no —contestó apaciblemente—, ¿No sabía que sufre una torcedura? Le duele mucho. Estará inmovilizada al menos unos días.

Cuando el coche arrancó, Entragues volvió la cabeza hacia la ventana de Juana. Los celos le consumían. En cuanto a la torcedura, simplemente no creía en ella.

Durante el viaje de regreso, Entragues se había prometido en todos los tonos no realizar nada en absoluto para volver a ver a Juana, o ponerse en comunicación con ella.

Sin embargo, al llegar, en una mañana parisiense casi tan sofocante como en España, sintió, tan pronto hubo pasado por la barrera de la estación, unas inmensas ganas de echar a correr. ¿Le habría enviado Juana un telegrama? Al momento refrenó su marcha. Juana no sabía las señas de su domicilio en París, que en realidad era el de su hermana. Pero aquella esperanza ilógica le demostró que necesitaría efectuar penosos esfuerzos para curarse.

Sólo deseaba pasar tres o cuatro días en París. Pero al llegar y entrar en el apartamento vacío de la joven, de vacaciones, halló una carta de su empresa que le encargaba la compra de material y la tramitación de unos pedidos, que seguramente le retendría en la capital todo el mes de setiembre.

La mayoría de sus amistades se hallaban disfrutando las vacaciones. La soledad, auxiliar del rostro de Juana, de sus entonaciones, de la forma como la joven se llevaba un vaso a la boca, se quitaba los zapatos, fumaba sus cigarrillos, recuperaba el aliento tras haberle besado, se convirtió en él en una prueba insoportable. Pese a su horror de Deauville, y tras haberse enterado por la carta recibida en Leiva, que había quemado en el cenicero, que su amiga Nicole estaría allí un mes, fue a pasar un final de semana a aquella población con la intención de renovar sus relaciones con la muchacha, con el fin de llevar una vida completamente libre del recuerdo de Juana. Nicole se mostró complaciente y encantada. Bernard se quedó ocho días en Deauville. Regresó más abatido que a la ida, viendo por todas partes una Juana más real que nunca.

Le acusaban de estar en la luna. El mismo se sorprendía, al volver en sí de improviso. Despertaba de su encantamiento porque a lo mejor, en la conversación que estaba sosteniendo con otra persona, acababa de presentarse el tema del régimen de aguas en España, o el cambio de la peseta. Almorzó un día con el autor de todas sus desdichas, Becker, y aquel almuerzo le encantó porque pudo hacer derivar la conversación, sin cortapisas, hacia España, la posesión de los Leiva, e incluso nombrar el río Aga.

—Ya te dejé todos mis libros sobre España —le recordó Becker—, pero puesto que regresas de allá tan prendido en los encantos de España, puedo volver a prestártelos otra vez.

Entragues se aprovechó al instante del ofrecimiento, cuanto más que por las noches el sueño se le resistía, y en la biblioteca de su hermana, farmacéutica, no había más que libros de química o novelas policíacas. Volvió a casa con un montón de libros bajo el brazo, de autores y temas diversos, cuyo único punto común era España. La lista iba de “Sangre y Arena” a una monografía sobre El Escorial, pasando por un tratado geográfico de las mesetas y varios libros de recuerdos.

En el apartamento ocupaba la habitación de su sobrino Pierrot, de cinco años de edad, un pequeño cuartito pintado de azul, adornado con viñetas que representaban animales, y un tiro al blanco para la carabina “Eureka”. Aquella noche, se metió en la cama, como de costumbre, y empezó a disfrutar de sus tesoros. Estaba excitado, pero no tardó en quedar decepcionado. En ninguna parte mencionaban el pueblo ni el castillo de los Leiva. En una geografía halló el Aga mencionado en el índice de los nombres citados, pero en la página indicada no estaba nombrado, ¡ay!, más que como un riachuelo confundido entre una red de afluentes. “Sangre y Arena” no se desarrollaba en la región española que le interesaba. En cuanto al último libro, “Memorias del coronel Hillion”, había comenzado ya a leerlo antes de su marcha, y ahora había vuelto a cogerlo, ávido de hallar en él las descripciones de los lugares por los que había pasado; pero de repente recordó que el coronel Hillion, a la sazón capitán, no había visitado España como turista, sino como enemigo, y que pertenecía a la categoría de los que Juana consideraba como adversarios personales suyos.

Iba a rechazarlo ya, cuando su mirada, recorriendo maquinalmente el índice de materias, se fijó en “Marcha nocturna a orillas del Aga”. El tiempo de buscar la página correspondiente, instalar el libro bajo la ridícula lamparita de la mesilla de noche y...

 

“Toda mi vida conservé un terrible recuerdo de las orillas del Aga. Cuando Perraut, mi teniente, halló en la mochila del pobre mayor inglés, el mapa tan plagado de erratas, por culpa del cual habíamos perdido a nuestro regimiento, gritó:

—¡Estamos salvados, sólo tenemos que seguir el curso del Aga! —sin duda se imaginó que las márgenes de aquel río eran como las del Cher.

¡Ay! Aquel torrente satánico no tenía nada en común con el Cher, hasta tal punto, que estuve seguro de no volver a ver a mi querido pueblecito de Saint Amand, ni Perraut la casa de campo que se había hecho construir en Asnières, con su parte del botín de Austria, y de la que el animal me cantaba constantemente las alabanzas.

—Es matemático, mi capitán —repetía aún a las dos de la madrugada, estudiando el famoso mapa con júbilo—. El Aga desemboca en el Guadalquivir, el Guadalquivir pasa por Córdoba, Córdoba es el lugar de enlace de nuestra brigada... Bien, nos basta con no abandonar el curso del agua.

Estuvimos a punto de no abandonar el curso del agua por toda una eternidad. Mi caballo tropezó con el de Perraut.

—No sé qué tiene “Fend l’Air” —gritó aquél—. El sendero no es malo y, sin embargo, no quiere avanzar.

Me alcé sobre los estribos, y a la luz de la luna me pareció, en efecto, percibir entre las crestas de aquellas peñas diabólicas, la blancura del sendero de que me hablaba mi teniente.

—¡Bien, adelante!

El sendero no era, en realidad, más que una cresta espumosa, un tentáculo de aquel odioso afluente que se dispersaba entre las peñas. Perraut se me acercó. Su caballo estaba encabritado. Al final, conseguimos vernos sanos y salvos, pero con todo aquel alboroto yo había perdido mi pipa.

Estuvimos toda la noche siguiendo el Aga que, contrariamente a las mujeres hermosas del Palais Royal o de Longchamp, no apreciaba nuestras asiduidades y hacía cuanto podía para quebrarles las patas a los caballos, rompernos la nuca a nosotros y proporcionarle al general Clarke la ocasión de enviar una carta de condolencia a nuestras familias respectivas.

Cuando amaneció estábamos molidos, igual que nuestros caballos, aunque ya habíamos renunciado a montarlos y nos veíamos obligados a arrastrarlos, tirando de las bridas.

—Mí capitán —me dijo Perraut—, a mí me educaron los padres de un colegio de la calle Haut Pavé. El que nos enseñaba Geografía nos mostró un día un mapa de España. Nos dijo: “Mirad, niñitos, de qué manera más armoniosa es España el final de Europa”. Pues bien, he pasado toda la noche meditando que si Europa terminase menos armoniosamente, si los Pirineos estuviesen bañados por el mar, España no existiría y nosotros no estaríamos perdidos ahora en ella.

¡Pobre Perraut! Intenté animarle, demostrándole lo equivocado de su razonamiento.

—Suponte que Marengo hubiese sido un lago. Como nosotros no teníamos una flota para pasar los Alpes, el emperador no habría podido obligarnos a combatir allí, y tú no habrías sido nombrado sargento.

Esto pareció sorprenderle una enormidad. Tras un instante de reflexión, exclamó:

—¡Y si Austria hubiese sido un desierto, no habría estado habitada y el mariscal Soult no habría podido imponer la contribución que me ha permitido adquirir mi casita de campo en Asnières!

Era ya pleno día, por lo que convenía no dejar de andar y estar con el ojo alerta. Desde que habíamos tenido, Perraut y yo, la desdichada idea de ir a pasar la noche al presbiterio, a media legua de nuestros hombres, y aquel ordenanza imbécil se había olvidado de despertarnos, nos hallábamos en realidad expuestos a innumerables peligros. Podíamos vernos atacados por un grupo de aldeanos con malas intenciones, que nos combatirían con hoces y azadones. Podríamos encontrar una partida de patriotas españoles, organizados como guerrilleros. Claro que lo mejor hubiese sido caer en manos de los ingleses, que aunque estaban aliados con los españoles se hubiesen limitado a darnos unas cuantas libras de su pésimo pan, y a pedimos unos autógrafos para sus carnets destinados a sus prometidas, o a sus ladies. Luego nos embarcarían con destino a Plymouth, a menos que nos dejasen morir de hambre en Cádiz.

En fin, el hombre es un animal tan contentadizo que casi me regocijaba ante la idea de caer en manos de un batallón británico.

Perraut debía tener los mismos pensamientos sombríos que yo.

—Mi capitán, si caemos en manos de guerrilleros, reservaré dos cartuchos.

Comprendí que el desdichado tenía intenciones de saltarse la tapa de los sesos.

—El segundo será para “Pend l’Air”. Puesto que no debéis creer que cuando esa gente se apodera de un caballo disputan entre sí para ver a quién le corresponde. ¡Qué va! O bien el caballo es francés, o es español. Si es lo último, es un traidor; si francés, un ateo, o sea que en ambos casos le cortan las corvas, luego lo dejan ciego y le abren el vientre en canal.

Su pensamiento retrocedió a los años en que atravesábamos España en plan de vencedores, en vez de abandonarla a uña de caballo, como ahora.

—Después de Somosierra —continuó— tuve la visita de un sargento herido que habían abandonado en una cabaña con otros veinte inválidos, porque nuestro avance era tan rápido, que no podíamos permitirnos el lujo de que nos molestasen. Pienso que ahora nosotros estamos aún en peor situación que aquel pobre sargento.

Seguramente habría seguido desgranando sus recuerdos, si no le hubiera ordenado, a fin de conservar mi buen humor, que me adelantase unos cien pasos. Exactamente, le dije que se pusiese en vanguardia. El en vanguardia y yo a la retaguardia, y en medio... nadie. Aquel simulacro de dispositivo militar me recordó los tres soldados aislados que yo había hallado un día en la ruta de Segovia y que al preguntarles qué harían si eran atacados por los guerrilleros, me habían respondido:

—Formaremos en cuadro, mi teniente —entonces yo no era más que teniente, y aquella noche del Aga hubiese preferido serlo todavía, con tal de poder tener los Pirineos a mis espaldas.

Porque yo sabía, conociéndome como me conocía, que no haría como Perraut, disparándome una bala a la cabeza, ya que siempre me quedarían esperanzas de salir con bien del trance. Y cuando hubiese perdido toda esperanza, ya no estaría en disposición de apoyar libremente el cañón de mi pistola en la sien.

El sol estaba ya alto en el horizonte, y el sudor empezaba a resbalar por mis mejillas. Me puse la mano a guisa de visera, esperando que Perraut se girase y poder anunciarle que debíamos hacer alto para dejar descansar a los caballos, Pero un peñasco me lo ocultaba y no podía llamarle ya que, a causa del estruendo del torrente, habría tenido que gritar. Me limité a acelerar el paso, tirando de las bridas a mi pobre “Clovis”.

Tras haber rodeado el enorme peñasco, tuve la sorpresa de chocar casi con la grupa del animal de Perraut, es decir, ahora me refiero a su montura. Porque Perraut, que se había apeado y tendido boca abajo sobre la hierba, giró hacia mí la cabeza, indicándome que me callase. Tras unos instantes de observación, se arrastró hacia mí. Yo presté atento oído, ya que un débil rumor, como ruido de botas y un tintineo de sables, me hacía presentir una tropa de caballería. Como Perraut no tenía sombrío el semblante, pensé que tal vez se tratase de soldados franceses.

—Son ingleses —observó Perraut—. Unos treinta, pero creo que solamente cinco o seis pasarán a esa orilla.

No dijo más, pero comprendí que estaba luchando contra la misma tentación que yo.

Muchas veces he pensado más adelante, durante las vacaciones que nuestro bienamado rey Luis XVIII se dignó concederme, a base de media soldada y residencia forzosa, que en aquel momento hubiese arrojado mis armas y me hubiese rendido a los ingleses; y estoy seguro que Perraut estaba pensando lo mismo. Pero, éramos dos. Y dos, pese a lo que afirmen los matemáticos, no hacen más que uno más uno. Nos contemplamos un largo momento. Luego, de manera casi interrogativa, observé:

—Si sólo son seis, creo que podemos hacerles frente.

—Evidentemente —me contestó Perraut, con el mismo tono.

Algo más arriba, nuestro buen “Clovis”, husmeando sin duda a los de su misma especie, aunque de casta inglesa, exhaló un relincho capaz de despertar a un muerto. Como autómatas, Perraut y yo empezamos a cargar nuestras armas. El momento de rendirnos había pasado.

Trabamos los caballos que, en aquel terreno escarpado, sólo nos hubieran molestado, y ambos trepamos a emboscamos entre los matorrales donde había hallado a Perraut. Era cierto: sólo siete soldados ingleses habían franqueado el torrente. Los otros habían desaparecido por entre la maleza de la orilla opuesta.

Nuestros siete enemigos no parecían tener objetivos precisos. Malhumorados, rígidos dentro de sus enormes uniformes colorados, esperaban las órdenes de un hombrecillo con patillas en forma de zanahoria, que parecía estar preguntándose a sí mismo, mientras blandía su sable, si remontaría o descendería el torrente. Nosotros éramos militares demasiado vetemos para no comprender la misión de aquel pelotón. No buscaba combatir, sino que iba de avanzada de una pequeña unidad, tal vez de un batallón, y su papel consistía en retirarse si hallaba resistencia.

El oficial (o suboficial) de patillas hizo un gesto con la mano. Señalaba el lugar en que nos hallábamos nosotros. Tal vez había elegido al azar, y con toda seguridad sin saber que la muerte acababa de darle una cita.

El y sus hombres, sin apearse, empezaron a avanzar en procesión por el minúsculo sendero que ascendía caracoleando por debajo de nuestro observatorio. Disparamos al unísono, y sin habernos puesto previamente de acuerdo, sobre el tipo de las patillas. Otro al que también le hubieran ido mejor las cosas si Europa hubiese terminado en los Pirineos. Cayó de costado. Sus hombres, que no podían vernos, dispararon por principio una descarga general, que tal risa le dio a Perraut, que se vio obligado a apretarse los labios con la mano. Luego, todos se retiraron dignamente y fueron a emboscarse detrás de unos peñascos desde donde comenzaron a disparar. Nos guardamos bien de contestar, para que no pudieran descubrir dónde estábamos.

Cuando juzgaron que ya habían hecho bastante ruido en pro del honor inglés, volvieron a pasar el río, sin duda para ir a dar cuenta de lo ocurrido al grueso de la tropa. Cinco minutos después, todos estaban, en efecto, reunidos en la otra orilla. Un oficial muy joven se adelantó hasta el borde del agua para hacer un boceto del lugar. ¿Era por lo pintoresco? ¿Sería para enviarlo a la hermana del colega que nosotros habíamos matado? ¿Era para darle cuenta a su coronel de las posiciones en que el grupo de reconocimiento había tropezado con el enemigo? No lo supimos nunca, pero lo cierto es que el pelotón se alejó.

Aprovechamos aquel descanso para comer un poco, y el queso de Perraut —el lector recordará las tribulaciones, y particularmente las bromas que le habían valido a su dueño— fue nuestra pieza de resistencia. Luego volvimos a coger nuestros caballos por las bridas para abrevarles en el torrente, lo que nos obligó a saltar por encima del cadáver del inglés. Sus camaradas debían, sin duda, haber juzgado que nosotros éramos numerosos y demasiado bien atrincherados para atreverse a ir a buscar aquel cadáver que parecía estar durmiendo la siesta, al estilo español, embutido en su flamante uniforme rojo.

Con su enojosa costumbre, Perraut le registró los bolsillos. No halló más que dinero que no podía servirnos de nada, y una serie de imágenes de moda recortadas de una revista. Así es la vida: mientras nuestros camaradas seguramente nos estaban llorando, Perraut y yo nos moríamos, pero de risa, ante las modas de la costura inglesa en aquel desdichado año de 1812.

Nuestra fácil victoria nos había revigorizado la sangre, y debo confesar que olvidamos las precauciones más elementales. Tras haber intentado masticar unas bayas secas e insípidas que vimos en un árbol asaz desmedrado, me tendí en tierra para dar descanso a mis pobres doloridos pies, atormentados dentro de las duras botas, y me acordé, aún ahora lo recuerdo, de Jean Jacques Rousseau, y en la equivocación cometida cuando lo había convertido en mi dios a los dieciséis años. Eran las bayas las que me habían llevado a aquel monólogo filosófico: no, los frutos no crecen redondos, hermosos y azucarados gracias a las solicitudes de la Naturaleza, y la prueba era que yo añoraba las ciruelas Claudias y los albaricoques de la huerta de mi padre, en Saint Amand.

Me permito añadir un paréntesis: que si yo no me hubiese alistado a los diecinueve años en el Ejército de Italia, si no hubiese arrastrado mis botas por los caminos que atravesaban casi todas las capitales de Europa, si no hubiese presenciado siete grandes batallas y unos cincuenta encuentros, si no tuviese tres cicatrices, cuya última aún estaba fresca, o sea, si me hubiese quedado en la huerta de papá Hillion, en aquel momento seguramente me habría estado aburriendo, despreciándome y diciéndome que a los treinta años no había visto nada, y que no había vivido. Lo que demuestra que para gustar del calor es preciso haber sufrido los rigores del frío, y viceversa.

Le pido perdón al lector por esa digresión filosófica, que resulta tanto más inoportuna cuanto que distrae el relato en el momento en que, si tuviese por autor a Alejandro Dumas o a Honorato de Balzac, se tomaría rápido, frenético, excitante. Ya que las cosas no derivaron por el buen camino.

Los guerrilleros se presentaron en la orilla opuesta antes de que hubiésemos podido alzar el dedo meñique. Todavía no podían vernos, pero sin duda, atraídos por el tiroteo, aquellos patriotas acudían a ver si había franceses emboscados por allí. Sin hablar, Perraut y yo empuñamos las bridas de nuestras monturas y remontamos el sendero. Perraut marchaba en cabeza, conforme a las órdenes que antes le había dado. En el momento de llegar a la cima de la cresta, dio rápidamente media vuelta y vino hacia mí. No necesité largas explicaciones. Si los guerrilleros desembocaban también por aquel lado, sólo nos quedaba huir siguiendo el torrente, es decir, descubiertos a no tardar mucho y presos sin la menor duda.

Sin embargo, era la única esperanza que nos quedaba. Volvimos grupas y pasamos por tercera vez sobre el cuerpo del inglés.

—¡Y pensar que si estuviésemos vestidos de rojo, como ese tipo, y no de azul como vamos, los españoles nos aclamarían! —gruñó Perraut.

Me paré en seco. Creo que es así, de manera fortuita, insignificante, como se producen los grandes inventos. A la manzana de Newton, a la marmita de Denis Papin, yo añadía el axioma de Hillion, a saber: que si el hábito no hace el monje, el color del uniforme hace el amigo o enemigo.

—No perdamos tiempo —le dije a Perraut—. Dame el uniforme de ese buen hombre, que te ayudaré a desnudarte.

Perraut comprendió acto seguido pero, generosamente, quiso ofrecerme la salvaguardia roja.

—Soy demasiado grueso para ese uniforme. Que yo sepa, no nos hallamos en el baile de la Opera.

Me obedeció, con semblante preocupado, ya que, lo mismo que yo, no entreveía muy bien la suerte de mi destino. De repente, me asió por el brazo, exaltado:

—¡Ya está! Un médico del mariscal Massena me contó que, capturado por los rusos pocos días antes de la batalla de Zúrich, había sido tratado amablemente por un oficial herido que le había obligado a quedarse a su cuidado. ¡Pues bien! Yo soy el oficial inglés herido. Vos sois mi médico. ¡Y pobre del que se atreva a tocaros, por Júpiter!

El plan resultaba muy seductor, puesto que, como me recordó Perraut, éste, cuando había estado en Tours, en el Estado Mayor del general Thiébault, había pertenecido al servicio de los ingleses de categoría encarcelados tras la ruptura del pacto de Amiens. Lord Edwin se había divertido enseñándole algunos rudimentos de la lengua inglesa, que frecuentemente empleaba con sumo aplomo.

De desesperada, nuestra situación se convertía en excelente. Estábamos cercados. Nos bastaba con montar a caballo y avanzar dignamente. Perraut como isleño que, harto de la caza del zorro, había querido venir a guerrear al continente, y yo como medicucho, desgraciadamente despojado de su estuche de cirujano, pero lleno de celo hacia su distinguido cliente.

Un clamoreo general nos acogió en el recodo del sendero. Los guerrilleros serían un centenar. La levita roja de Perraut obró maravillas. Electrizados, se precipitaron hacia nosotros. Comprendimos que era el primer oficial que veían, y que aquel símbolo de la liberación de su país les había vuelto locos. Desgraciadamente, si tenían intenciones de pasear a Perraut en triunfo, lo que a él no le hacía mucha gracia, tenían en cambio gran ansiedad por cortarme en rodajas, lo que tampoco me la hacía a mí, y esto con el único fin de proporcionarle un agradable pasatiempo al respetable lord.

Este me defendía tanto como le era posible. Pero como se había metido muy hondo en la piel de su personaje, se obstinaba en defenderme en inglés, idioma que ninguno de los aldeanos entendía. Por fin recurrió a una mescolanza de español y francés, que le permitió presentarme según el papel que habíamos convenido.

Admitieron sin dificultad mi papel de médico particular, pero todos a una preguntaron a Perraut dónde estaba herido. Sobresaltado, el desdichado me pidió ayuda con la mirada. Mediante gestos le indiqué que declarase una conmoción general debido a la explosión de un obús, pero no me entendió y, aturullándose, se llevó la mano al pecho y respondió:

—En el corazón.

En otro país, esta respuesta hubiese sido desastrosa. En España, aquel “ah corazón”, pronunciado por Perraut, sólo provocó una devota admiración. Alcanzado en el corazón, aquel oficial inglés podía aún montar gallardamente a caballo. Era un auténtico soldado británico.

A continuación, Perraut se sintió seguro de su autoridad y la utilizó. Los guerrilleros se inclinaron ante sus órdenes y se limitaron a hacerme apear de mi caballo y a obligarme a recorrer el trayecto detrás del de Perraut. Este, pobre chico, daba pena de ver, muy impuesto del sentido de la jerarquía y del respeto a la disciplina, muriéndose de vergüenza al pensar que él iba a caballo, mientras yo me veía obligado a caminar. Sus excusas multiplicadas en voz baja, sus “mi capitán, estoy verdaderamente apenado”, prestaron el último toque cómico a nuestra llegada a un camino bastante amplio, que desembocaba en un bosque de encinas, atravesado por una avenida de palmeras, a cuyo extremo se alzaba un castillo.

Tal era, sin duda, la morada a la que nos conducían para honrar el uniforme de Perraut. Seguramente se nos había adelantado un correo, puesto que aún no habíamos llegado a la avenida, cuando un jinete surgió del patio de honor y galopó hacia nosotros. El jinete, al acercarse, se convirtió en una mujer y, al detenerse, en una estupenda damita ataviada de amazona, de negro. En medio de aquellos semblantes patibularios, aquella aparición parecía de cuento de hadas. Era imposible imaginar un tallé más flexible, unos ojos más profundos, un rostro más bien ovalado y una tez más suave. Su tricornio, ligeramente inclinado a un lado, dejaba unos mechoncitos de cabellos muy lustrosos.

Se dirigió a Perraut, con una sonrisa que me hizo sudar. La veía balancearse sobre la silla, la mirada altanera; contemplé cómo, por efecto de su respiración entrecortada, la forma de su corpiño se alzaba con regularidad. Aquel imbécil de Perraut aceptaba sus sonrisas de buen grado y, dejando de prodigarme ya sus excusas, había trabado conversación con la joven, si bien ésta, ignorando el idioma inglés, había expresado la esperanza de que su interlocutor dominase un poco el francés y el español.

—¡Dios mío! —había exclamado Perraut, al instante—. Hablo perfectamente la lengua de Bonaparte.

Cuando nuestra caravana llegó a las puertas del castillo, me habían distanciado ya de Perraut, lo que no dejaba de inquietarme. Ya en el porche, vino hacia mí y me explicó, con cierta inquietud, que iban a ofrecerle un almuerzo de honor, pero que la señorita de la casa no quería en manera alguna que un diablo francés como yo asistiese al mismo. Sabía que mi vida pendía de un hilo, desde el momento en que no estuviese bajo la influencia protectora de la levita roja de Perraut. Le exigí que obtuviese de su anfitriona que me colocaran bajo la custodia de cuatro aldeanos que, antes, habían jurado por la santa Virgen no tocarme un pelo de la ropa.

Así se hizo. Incluso me concedieron una botella de buen vino, que el propio Perraut se dignó llevarme, y un ala de pollo sobre una rebanada de pan. Me habían encerrado en una especie de granero que apestaba a cebolla, y no tardé en dormirme.

El sol estaba ya ocultó por la cresta del valle cuando desperté. Perraut estaba ante mí con su uniforme rojo, el semblante sombrío. En primer lugar me informó del lugar donde nos hallábamos. Aquel castillo pertenecía a un grande de España, cuyo nombre he olvidado desgraciadamente y que, como todos los varones de la familia, se hallaba ocupado en dar caza a los franceses. En el castillo, pues, reinaba la jovencita que nos había recibido, la cual alimentaba un odio mortal hacia los franceses.

—¡Ah, qué suerte tenéis siendo hombre! —le había confesado a Perraut.

Este, muy galante, había enhebrado una parrafada sobre los encantos del sexo contrario, pero de repente se había dado cuenta de que la joven no pensaba en galanteos, sino en tiros de fusil, y en matar a un francés, fuese como fuere.

Al mismo tiempo, Perraut se había enterado de que la víspera unas tropas francesas, que por la descripción reconoció como nuestra brigada, habían desfilado por los linderos del castillo y que aquella mañana todavía estaban a menos de dos leguas de distancia. Aquella proximidad del “enemigo” hacía mucho más heroica la solitaria ofensiva de Perraut, pero ante todo constituía para nosotros una noticia excelente. Cuando llegase la noche, era preciso huir y aprovecharse del hecho de que, al decir de la joven, la ruta que debíamos seguir no se hallaba custodiada de noche por los guerrilleros. El plan no era difícil de trazar. El punto débil eran nuestros caballos. Le ordené a Perraut que consiguiera de su anfitriona que los ataran a un árbol en vez de meterlos en una caballeriza, pretextando que tal era la costumbre del regimiento.

Volvió al cabo de una hora con la partida ganada. Me devolvió mis pistolas, ya que me habían desarmado, y me entregó una cuerda que me permitiría escapar por la ventana, puesto que mis cuatro guardianes continuaban custodiando la puerta del granero, que daba al otro lado. En cuanto a él, le habían otorgado una cámara suntuosa, desde la cual no tendría dificultades para la fuga. Pusimos nuestros relojes a la misma hora. Convinimos en encontrarnos en el palmeral, donde estaban nuestros caballos, a las diez. Si por cualquier motivo uno se retrasaba, el otro huiría acto seguido y esperaría al compañero en un matorral al borde del camino, a media legua de distancia. Sólo nos quedaba estrecharnos la mano. ¡Lo cierto es que nos abrazamos!

Había ya anochecido. Me sirvieron un caldo pasable, que no toqué, debido a la emoción. No tenía luz, y tenía que golpear con regularidad la yesca para seguir los progresos de la aguja de mi reloj.

A las ocho y media oí a los invitados de la cena de honor abandonar la mesa. Sin duda, Perraut habría invocado la fatiga, ya que no tardó en reinar el silencio en la casa. Acababa de consultar mi reloj, que me anunciaba las nueve, cuando se abrió la puerta. Apareció una especie de mayordomo, todo de negro, con una antorcha en la mano. Quería que le siguiera. Esto no se avenía con mi huida. Apelando a mi poco español, le indiqué que solamente podía recibir órdenes del oficial inglés y que no me movería ni una pulgada. Ante mi obstinación se humanizó y trató de explicarse. Comprendí que se trataba de una enferma que deseaba recurrir a mis servicios.

Perraut ya me había procurado más de un escalofrío, diciéndome que aquella tarde habían pretendido utilizarme ya para atender a una parturienta. Temí que fuese el mismo servicio el que requiriese mi presencia, y se me erizaron los cabellos.

Sin embargo, tuve que levantarme y seguir, quieras que no, a aquel figurón de carnaval que me precedía. Me condujo al segundo piso del castillo donde una matrona, sin duda la gobernanta de la señorita, me indicó que era ésta la que deseaba recurrir a mis luces. Me hizo múltiples recomendaciones en español, que acabaron de angustiarme. El tiempo apremiaba. Jamás un gran doctor, agobiado por su numerosa clientela, ha tenido como yo en aquel instante, tantas prisas por terminar con su consulta. Seguí, pues, a la matrona hasta un cuartito en el que atrajo mis miradas un enorme lecho de columnas, no a causa de su estilo, ya que nunca entendí en muebles, sino por su dueña que todavía resultaba más maravillosa ataviada de noche, que de amazona.

Con un español muy rápido, comenzó a discutir con la matrona, que quería asistir a la “consulta”, e incluso hacer entrar a mis guardianes. La joven indicó, a mi entender, la altura a que se hallaba la ventana, y le ordenó a la mujer que se retirase.

El lector adivinará los sentimientos que me invadían. Según he podido comprobar en todas mis aventuras, la timidez no es mi defecto principal, al contrario, puesto que siempre me siento inclinado a verme como triunfador tan pronto una bella me dirige una mirada. Cierto es que a veces ellas me han dado la razón, por lo que tengo ciertas excusas a mi fatuidad. No dudé ni por un instante que la joven estaba gozando de una salud a prueba de bomba, y que si había demostrado sentir tanto horror hacia los franceses delante de Perraut, había sido con el excesivo fin de desviar las sospechas con respecto a la entrevista que ella había proyectado para ambos.

Adopté, pues, un aire presuntuoso, que atenuaba una sola sombra: la regla estricta de mi horario de evasión. Ya que debo confesar que todavía me hallaba más enamorado de mi brigada que de aquella hermosa española.

—Querido doctor —me dijo la joven, con aquella vocecita mal timbrada que en todas las latitudes caracterizaba a las jovencitas—, me siento enferma, muy enferma.

Para no ser médico, había asistido a varias consultas en los regimientos. Me vino a los labios la frase sacramental:

—¿Qué os duele?

Si hubiese tenido alguna duda, la señorita me la hubiese disipado. Sin duda, influenciada por el ejemplo de Perraut, se llevó una mano al pecho.

—¡Ah, el corazón! —exclamé—. ¡Pues bien, vamos a verlo!

Todos mis lectores habrán sufrido, un día u otro, un examen realizado por un doctor, por lo que les haré gracia de todas las tonterías y posturas que me vi obligado a adoptar. Posturas muy apropiadas, ya que si al repetirle la escena conseguí hacer reír al doctor Larrey, al menos se vio obligado a confesar que no habría podido hallar actitudes y gestos más oportunos para estudiar las palpitaciones de aquel corazón. Dije ya que era delicioso. Experimenté todo lo que una garganta bella y palpitante puede inspirarle a un joven oficial francés.

Cierto, no fui capaz de repetir las fórmulas sabias que hubiesen esmaltado en caso semejante el diagnóstico del doctor Larrey. Sin embargo, acordándome de Molière en su Médico a Palos, murmuré que en efecto, había “intermitencias”. Lo más gracioso es que existían en realidad. A decir verdad, si aquella jovencita se hubiese entregado al mismo examen en mi corazón, habría constatado que nuestras vísceras latían al unísono. Y como dice la canción, cuando dos corazones se entienden...

—El corazón —dije al fin—, al que los españoles llaman así, los italianos “cuore”, los griegos “thumos” y los latinos “corcordi”...

Recobré el aliento para felicitarme por la excelente idea que había tenido mi pobre padre al querer hacer de mí un abogado y, sin mencionarle a mi interlocutora la manera cómo en nuestro dialecto de Berrichons llamamos al corazón, llegué a la conclusión de que si el corazón tiene un nombre en todos los idiomas, es porque se trata de un órgano sumamente importante. No era, pues, únicamente a la altura del pecho que convenía examinar a la joven, sino en diversas partes de su cuerpo, adonde el corazón envía su flujo alimenticio.

Y heme aquí autorizado a apartar las ropas de la cama y, por sucesivas etapas, poner en evidencia aquel cuerpo de joven deidad. En Italia vi practicar excavaciones por un secretario del príncipe Borghese, y poco a poco surgir, a golpes de pico y pala, una estatua de Juno, en un campo cerca de Parma. Era seductora, pero confieso que no comprendo el esfuerzo realizado por los arqueólogos, a pleno sol, para hallar un desnudo de piedra, impropio para todos los usos.

En fin, yo había perdido la cabeza. Como mi examen exigía que aplicase mi oreja contra las sucesivas regiones que iba estudiando, como mi oreja se hallaba situada cerca de mi mejilla, ésta, rozando una piel ardiente, se había convertido en una brasa encendida. Acabé por oír circular mi sangre, aunque no acabé de determinar cuál era la mía y cual la de mi encantadora paciente. Resulta inútil insistir en todo esto. Me apiado de aquel que jamás ha experimentado semejante placer, o de aquella que nunca ha sabido inspirarlo. Cierto que Chateaubriand le niega el nombre de hombre a quien no ha escuchado el canto del ruiseñor, y que el general Lasalle se compadecía con lágrimas en los ojos al pensar que se hallaba en una tierra de gente tan desdichada que no habían tenido la suerte de cargar la arma blanca, de madrugada, en Austerlitz.

Mi cliente había cerrado sus bellos párpados transparentes sobre sus ardientes pupilas, y su encantadora figura estaba recorrida por escalofríos que intentaba reprimir, por lo que comprendí que había llegado el momento de dejar el papel de médico, para dar paso al hombre. La transmisión de poderes se cumplió por un procedimiento geométrico. Con una sencilla rotación de la cabeza, fue mi boca la que remplazó a mi oreja contra las formas de la deliciosa española.

No quisiera caer en los defectos de mi buen amigo el coronel Bouquet, a quien las grandes bestias que encontró durante la campaña de Argelia le han fastidiado la conversación, y no puede resistir el placer de lanzar en cada uno de sus relatos:

—¿Qué ángel o qué demonio velaba sobre mí? Lo cierto es que, estremeciéndome como bajo la mordedura de una serpiente, volví la cabeza, ¿y qué vi? ¡Una fiera presta a saltar!

Pero en realidad esto fue lo que me ocurrió.

Creo que si tuve la idea de echarle una ojeada al rostro de la bella, fue porque, gracias a un movimiento de sus caderas, comprendí que se incorporaba, y creí presuntuosamente que iba a corresponder a mi ardor.

Sí, iba no a corresponder, sino a responder única mente, pero de una manera muy peculiar y que no me atrevo a recomendar a ninguna enamorada decidida a complacer. Me aparté a tiempo. El estilete me rozó la espalda, y juro que la lucha que tuve que sostener con aquella tigresa, si un día estableciese un índice al final de mis Memorias, debería colocarla en la rúbrica de las operaciones guerreras, y no de los encuentros galantes.

El estilete fue a parar al suelo, y mi amazona, desarmada y aprisionada sobre la cama, gracias al peso de mis piernas sobre las suyas, y la presión de mis puños sobre sus brazos, no tuvo otro recurso, después de haber intentado morderme, que estallar en sollozos, puesto que las lágrimas son para las damas, por muy jóvenes que sean, la solución a todas las situaciones embarazosas. Algo consiguió con ello. Aflojé ligeramente mi brazo, y de nuevo volví a sentirme asaltado por las mismas tiernas tentaciones que me habían asediado antes. Ella lloraba a mares, por la sola razón que lo hacía de veras, y la naturalidad es todavía el artificio más irresistible.

—Bueno, querida —le dije—, sois una niña mal educada. ¿Es así como en vuestra familia enseñan a tratar a los médicos? Y aunque no fuese médico, ¿hay que tratar a las personas honorables con tanta desconsideración y brutalidad? Espero que estéis avergonzada.

—Sí, estoy avergonzada —contestó con voz entrecortada—. Estoy avergonzada de haber fallado el golpe.

Sus sollozos dificultaban la conversación. Además, en la situación en que nos hallábamos, el uno abrazado al otro, o mejor dicho, yo aplastándola a ella sobre la cama, el confort, placer de toda conversación, brillaba por su ausencia. Sin embargo, me fui enterando por etapas de que la señorita, celosa de la parte que sus hermanos, padre y primos desempeñaban en la lucha contra los franceses, había decidido tener un combate singular con el primero que se le presentase..., y éste había sido yo. Había fingido su enfermedad, no para entregarse a mí, lo cual me hubiese halagado, sino a fin de inaugurar, a expensas de mi pobre existencia, el patriótico cuadro con que ella soñaba.

A fuerza de llorar, agotó sus reservas líquidas. A fuerza de divagar, halló el sendero de propósitos más sensatos, y empezamos, como dos generales enemigos de los tiempos antiguos al encontrarse en los salones de una elegante dama, a examinar juntos las faltas tácticas cometidas. He asistido a tal género de entrevistas a las puertas de Nápoles, entre el general Mack y el general Championet, y era más instructivo, pero menos pintoresco, porque los dos antiguos adversarios estaban acomodados en sendos butacones, y en cambio, mi Mack yacía bajo el peso de todo mi cuerpo. Yo había soltado mi dispositivo de seguridad, por lo que, si alguien entraba y nos sorprendía, nos habría tomado por dos amantes enlazados, en vez de dos guerreros negociando durante una tregua.

Finalmente, logró explicarme que si había fallado el golpe era porque había elegido el momento en que estaba tendida en la cama, lo que exigía una serie de movimientos preparatorios que me habían puesto sobre aviso. Si por el contrario, hubiese lanzado el cuchillo sentada, tal como se proponía hacer, me hubiese alcanzado. Me acuerdo que el general Mack le explicó algo parecido al general Championet, el cual le había contestado textualmente:

—Sí, mi querido general, pero si vos hubieseis pasado el río, yo no me hubiese quedado en el burgo y vos no me hubieseis cercado, puesto que no debéis olvidar que la guerra es un juego en el que juegan dos.

De todas formas no quise poner en duda la seguridad de la mano de mi bella asesina, y me limité a preguntarle por qué no había esperado a atacarme cuando se hallase en una postura más favorable.

—Si no lo hubiese hecho en aquel instante —me confesó—, luego no habría tenido valor.

Era una confesión en regla. Ella lo comprendió igual que yo. Las lagrimitas volvieron a hacer acto de presencia, y yo volví a consolarla. Había interpretado varias veces ya este papel, pero aquélla fue la primera vez —y la última— que tuve que consolar a una persona por no haber podido matarme.

Consolador y consolada, a través de deliciosos transportes, olvidaron, pues, su primer combate en beneficio de una lucha más natural entre hombre y mujer. Durante mi interrogatorio, le había preguntado alegremente si había asesinado ya a mucha gente, y ella me había contestado con toda seriedad que yo era su primer ensayo. Me di cuenta, asimismo, con cierta embriaguez, que yo era el primero con quien ella ensayaba el juego no menos peligroso del amor. Mi diablesa había deseado sangre, pero fue en honor de la diosa del Amor que fue vertida en aquella ocasión.

Tras haber gozado la suprema voluptuosidad, como dice el buen abate Dilille, y manifestando de todas formas un reconocimiento que no era fingido, tras tantas marchas, combates, emociones y placeres, caí víctima de un coloso más potente que yo: el sueño. No recuerdo cuándo ni cómo me dormí, pero sí recuerdo en cambio, de qué forma me desperté.

La puerta estaba resonando bajo el impacto de varios golpes y el clamor de la multitud, invisible, pero tumultuosa. El corredor debía estar atestado a reventar.

—¡Vuestro camarada ha huido! —me confió la joven—. De un pistoletazo ha volado el cráneo de un guerrillero que ha intentado detenerle. Todos han venido aquí para asesinaros. He pasado el cerrojo. Creen que nos estamos batiendo, y me gritan que consiga mataros.

Entonces, para ganar tiempo, grité:

—¡Si hundís la puerta, mato a la señorita!

Esto me recuerda la época en que, siendo un joven soldado, salía de comparsa el domingo por la tarde en el teatro de Burdeos. Mejor dicho, en aquel momento no me recordó nada, pues tenía la desagradable impresión de que aquella jornada corría el riesgo de ser la última para mí. Ya había pensado en la ventana, pero su altura resultaba desalentadora, y con toda seguridad habría caído al patio, en medio de los guerrilleros que habían intentado atacar a mi pobre Perraut. Sin embargo, y puesto que no me quedaba más recurso que el de la ventana, iba a confiarle mi vida, cuando mi hermosa cómplice me tomó de la mano, me arrastró hacia un entrepaño, en el que se veía una pintura representando una horrible máscara, y oprimió un resorte de la moldura. Al momento se abrió una puerta, la joven me cogió la cabeza entre ambas manos, me abrazó y me empujó. La puerta de la habitación crujía ya cuando el entrepaño se cerró a mis espaldas.

Jamás he sido amante de los subterráneos ni de las escaleras secretas, y dejo con gusto a los demás las visitas a la torre de Nesle. Pero en el caso presente, habría hecho muy mal de lamentarme de la oscuridad y la soledad que protegían mi existencia. Caí, tropecé, rodé. Por fin, llegué a un túnel lleno de polvo y porquería, a cuyo extremo se filtraba parte de la claridad lunar.

Cinco minutos después salí en el palmeral, como un diablo de una trampa. Un clavo saca otro clavo, y peligro el precedente. Había escapado a la muerte, pero si habían descubierto mi caballo, era poco probable que llegase a salir de allí con vida. Un relincho aceleró los latidos de mi corazón. Casi al instante monté sobre mi bravo “Clovis”, saboreando cada una de sus pisadas que aumentaba la distancia entre mis perseguidores y yo. Empezando a tranquilizarme, dediqué un pensamiento a mi dulce amante. Sabía que era valerosa y embustera, y que por tanto podría hacerles creer a sus guerrilleros todo lo que quisiera, pero la compadecía, sabiendo que las jóvenes tienen el corazón menos duro que los guerreros, particularmente cuando acababa de latirles por primera vez.

Mi penúltima emoción de la noche fue la aparición de Perraut que, conforme a nuestro plan, me esperaba en la maleza, a media legua de distancia, corroído por los remordimientos al pensar que su pistoletazo intempestivo podía haber impedido mi fuga. Mientras cabalgábamos, le conté por encima mi aventura.

—He aquí una persona que os debe mucho —concluyó Perraut—. Ha estado a punto de cometer un crimen y, gracias a vos, se ha librado de ello mediante el más delicioso de los pecados.

Apuntaba el alba y no habíamos hallado un alma viviente, cuando una bala rozó el casco de mi camarada. Una bala que estuvo a punto de matarle, pero que aunque falló, por poco le hace morir de rabia: como las ovaciones de los españoles, iba destinada a su uniforme rojo.

Habíamos tropezado con la retaguardia de nuestra brigada, y esto era ya el colmo, era Loiseau, el distraído ordenanza a quien le debíamos todas nuestras desdichas, el que había cometido una de sus habituales torpezas disparando contra la levita de Perraut, con la esperanza de que aquella hazaña le haría perdonar por su capitán el olvido en despertamos.

Es inútil decir que reexpedimos a Loiseau con su escuadra, donde continuó cometiendo estupideces. Detalle divertido: volví a verle en 1837 como maquinista de la locomotora de un tren de Saint Germain. Cuando me preguntan por qué me he negado obstinadamente a viajar en aquellos ferrocarriles, respondo que la historia es muy larga de contar.”

 

Entregues se durmió a las cuatro de la madrugada. Pasó toda la noche escribiéndole a Juana, y luego rasgando la carta ya escrita; volviendo a leer aquel final de capítulo del coronel Hillion, que para él se había convertido en una especie de Biblia. Había terminado por conocerla tan de memoria que, tras haberse comparado involuntariamente a aquel guerrero, se había sentido angustiado.

—¡Cómo! —exclamó—. ¡Este hombre, a quien separaban de su admirable anfitriona realidades peligrosas, obtuvo de ella aquello que yo he sido incapaz de conseguir, cuando entre Juana y yo no existía más que el confuso recuerdo de una leyenda!

Tras haberse acusado de debilidad, deseó desmontar su audacia. En vez de utilizar el libro para hacerle comprender a Juana que no traicionaría ninguna herencia moral convirtiéndose en su esposa, en vez, “doctus cum libro”, de hacerle una exposición de las diferencias entre la Rosita que había conocido el capitán Hillion y la que había pintado Goya, en lugar de descubrirle que el precipitado casamiento de su antecesora podía esconder, en la sangre de los Leiva, la irrupción de algunas gotas de sangre francesa, en lugar de insistir irónicamente sobre la ambigüedad de ciertas reliquias de familia, ¿no era más digno seguir el ejemplo de la autoridad del capitán Hillion con respecto a las jóvenes de la casa de Leiva?

Sabía que Juana debía pasar el mes de setiembre en San Sebastián, con una de sus hermanas y un primo. Antes de adormecerse, se levantó.

El tren de Irún de las ocho le halló mal afeitado, pero fogoso.

Había llegado por la noche a Biarritz, tratando de seguir las lecciones del capitán. ¿Qué haría éste en su lugar? Ante todo, tomar un baño. Lo tomó. ¿Luego...? Buscaría las señas de Juana. El conserje del hotel consintió en telefonear a uno de sus colegas de San Sebastián. A las diez de la noche, Entragues tenía incluso el número telefónico de Juana. ¿Qué habría hecho entonces el capitán? Entragues tenía la intuición suficiente para adivinar que el capitán se habría marchado a cenar, habría honrado el casino con una visita descuidada, habría asistido al espectáculo del mar embravecido durante tres o cuatro chupadas de su pipa contemplativa, y habría coronado el total con un “buenas noches”.

A las nueve de la mañana, tumbado en la cama, Entragues llamó a San Sebastián.

A la desconocida que le contestó, le preguntó por Juana con tanto aplomo que ni siquiera le preguntaron de parte de quién. Esperó unos diez segundos, durante los cuales se repitió que en un caso semejante, el corazón del capitán Hillion no latiría más fuerte, hasta que por fin la interrogativa entonación de Juana hizo vibrar el aparato.

—¡Seguro que soy yo! ¿Creías que me había muerto? Ni lo esperes... Precisamente anoche gané veinte de los grandes en el casino... No, estoy en Biarritz. Hallo incluso idiota que no pueda verte desde aquí... ¿Dificultades? No las veo. ¿Tienes tu pasaporte...? ¡Caramba, cuánto te gusta hablar para no decir nada! ¿Tienes tu pasaporte? Bien, ¿y el auto prehistórico? Claro que me refiero a tu “Buick”... Sí, sí, de acuerdo, es una maravilla de coche, y lo demostrará trayéndote hasta aquí... ¿No podrías llegar a la hora del almuerzo? Entonces, oye lo que te propongo: Bayona en lugar de Biarritz. Tomar algo en vez de almorzar. Cita en la pastelería, ya sabes, donde se comen turrones. Sí, sí que la encontrarás. Puedes estar allí a las cinco. El aire del océano me enerva, y no puedo soportar la espera... A las cinco, te lo advierto... Si a las cinco y diez no estás allí, iré a ver qué tiempo hace por España... Juana adorada, hasta pronto, y cuidado con atropellar a alguien...

Sin embargo, cuando Entragues descendió en Bayona del tren de Biarritz, llevaba bajo el brazo un gran paquete. Era la prueba de que la confianza en sí mismo que había adquirido gracias al capitán Hillion todavía flaqueaba: el paquete contenía el libro de Memorias. Era su paracaídas. En caso de que la joven se mostrase rebelde, y estimando que nada hubiese cambiado entre ellos, y que la muchacha se extrañase de que la hubiese molestado sin motivo, desataría apresuradamente los cordeles del paquete.

A pesar de aquel haz que apretaba bajo el brazo, se sentó angustiado en la pastelería-confitería donde había citado a Juana. Eran ya las cinco y tres minutos. Cada portazo, cada paso bajo los arcos, cada frenazo en la soleada calle, ponía sus nervios en tensión. Guiñaba los ojos, escrutando los movimientos de la muchedumbre en la plaza, dejándose engañar cada diez segundos por una silueta que, tras aguda observación, no revelaba ninguna semejanza con Juana, a no ser la línea de un vestido, el color de la cabellera, la rapidez del paso. Las capotas de los coches excitaban su interés en grado sumo, ansioso como estaba por descubrir un alargado capó barnizado de negro, y reluciente de níquel.

Cinco y diez. En el instante en que, fiel a su ultimátum, el bravo capitán Hillion hubiese abandonado el asedio, Entragues imaginó un recurso de gracia. Retrasó su reloj cinco minutos, y dio vuelta a su silla en la mesa para no mostrarle más que su espalda al insolente reloj de la pastelería. ¡Ay!, con la obstinación del insecto que remonta la montañita de arena que una mano de chiquillo le ha obligado a bajar, la aguja de su reloj no tardó en volver a colocarse sobre las diez fatal. Entragues, entonces, adoptó la decisión de marcharse. Le sudaban las manos. Tenía la impresión de no ser responsable de sus actos. Llamó a la camarera, pagó, se oyó a sí mismo contestar, a propósito de la violencia del viento, unas frases banales muy sensatas..., y se otorgó la última oportunidad, antes de abandonar el lugar, yendo a explorar los rincones de la tienda, apartando incluso las ramas de una planta verde, con la esperanza de percibir a Juana.

Chocó con ella al salir La joven respiraba entrecortadamente, encendidas las mejillas, y de aspecto distinto al normal, o sea que Bernard la veía por primera vez con un traje sastre, medias de calidad y zapatos bajos. Como se hallaban en el estrecho paso, les empujaban, dándoles codazos al pasar. Se habían echado uno en brazos del otro, y la gente que pasaba aún les aproximaba más. Se dijeron esas frases banales que dos personas intercambian cuando son indiferente entre sí, o bien cuando están apasionados. Ella llegó a felicitarle por su corbata y él le preguntó cuánto había tardado en llegar desde San Sebastián. Al final volvieron a sentarse a la mesa en la que Entragues se había desesperado, midiendo tan excitadamente la huida del tiempo.

—Debo parecer una loca —dijo Juana, después de haber metido la nariz dentro del tazón de chocolate—. Me dijiste una pastelería en la que venden turrones, bajo los arcos. Pues bien, bajo los arcos está lleno de pastelerías y en todas venden turrones. ¿Entonces, dónde debía esperarte? Me he pasado de lista. He escogido la más elegante de las pastelerías..., y tú, en cambio, habías elegido la más fea... Claro que resulta muy confortable.

Rodeado de un papel fuerte, de color azul, el libro se hallaba colocado entre ellos, como un explosivo de reserva. Entragues se había concedido cinco minutos para tomar la ofensiva al estilo del capitán Hillion. Cuando echó una ojeada a su reloj para saber si había transcurrido ya el plazo fijado, la joven se ruborizó.

—¿Tienes prisa? —le preguntó—. ¿Es que acaso tienes otra cita? No quisiera hacerte llegar tarde...

Así que ella había hecho una carrera en auto, había pasado la frontera y, sumamente temerosa, pensaba no tener derecho a una cita de diez minutos. Era una personita completamente dominada. Sólo faltaba lanzar las tropas de asalto. Al asegurarle él que no estaba regido por un horario inexorable, la muchacha no pudo retener, por reconocimiento, una confesión que facilitó las cosas: la mañana de la partida de Entragues, llena de lamentos, de pesares, y enloquecida, había cogido la camioneta, a pesar de su torcedura del pie, y se había dirigido a la estación a toda marcha. El tren partía ya. Durante un instante ella había conseguido correr a la par de un vagón de segunda, pero el rostro anhelado no se había asomado a ninguna ventanilla.

—Entonces, ¿es que tu torcedura te hacía sufrir mucho?

—Sí...

—También la mía. Hay que proceder a curarla.

No solamente Juana no opuso la menor objeción a esta cura, sino que, abandonando su aire de perrita apaleada, le preguntó con tono provocativo si era buen curandero.

—He leído las Memorias de un falso médico que curó a una jovencita de tu edad y de tu país. La joven iba a cometer un crimen, y él le hizo cometer un pecado. Esto será lo que haré contigo.

—No te entiendo.

—El crimen hubiese sido no volver a vernos.

—¡Ah!

—¿No me preguntas cuál será el pecado? —continuó él, con energía.

La muchacha le dejó estupefacto con su clara respuesta:

—Entiendo perfectamente bien el francés, don Bernardo. Pero tendré que telefonear a mi hermana para comunicarle que no volveré a casa hasta mañana.

 

No había claro de luna. Las terribles olas del golfo de Gascuña se rompían en la playa, bajo sus balcones. A veces, las ráfagas de aire les llevaban desde el casino ecos de valses; a veces, de alta mar, el gemido de una sirena. Cuando terminaba de mordisquear su racimo de uvas, Juana fue a sentarse junto a Entragues, con la cabeza sobre las rodillas del joven.

—¿No lo entiendes? Si me he mostrado insoportable, si he imaginado tantos obstáculos entre nosotros, es porque nuestra felicidad me parecía perfecta, demasiado fácil. Sí, soy supersticiosa. ¿No lo era Víctor Hugo? Bien, al no esperar el permiso de mi padre, ni el de mi familia, a quienes mi conducta hará vociferar, atraigo sobre mi cabeza ciertos enojos celestiales y terrestres que son como la compensación, y me tranquilizan.

A la mañana siguiente, Juana, perdida en una chaqueta de pijama de Entragues, cogió de la mesilla de noche las “Memorias del coronel Hillion”.

—¿Qué hay en este paquete? Me está intrigando desde ayer, en la confitería. ¿Por qué no contestas? ¡Oh, Bernard! ¿Por qué te ríes? ¡Quiero saberlo!

—Todo se ha arreglado sin que tuvieras necesidad de saber. Es un paquete misterioso. De haberlo abierto antes, es porque tú me habrías obligado a ello a causa de tus locuras y tonterías.

—¡No es cierto, Bernard! ¿No es un bonito regalo lo que me hubieras entregado como recuerdo, si nos hubiésemos separado para siempre? No habrás pensado que esto era posible...

—No, no lo pensé. Pero no sabrás lo que contiene ese paquete. El autor del libro lo ha dicho él mismo: es muy largo de contar.

Pero tres años después, cuando Bernard Entragues, a quien el cuidado de dirigir la posesión de los Leiva dejaba tiempo suficiente para sus exploraciones subterráneas, hubo logrado, provisto de un equipo con el que jamás se habría atrevido a Soñar, descubrir y recorrer la más profunda y amplia caverna pirenaica, no quiso que le dieran su nombre. Con gran extrañeza de los demás espeleólogos, lleva un nombre hasta entonces desconocido en esa rama de actividades: el del capitán Hillion.