Capítulo 3
LIEBRE CON HIERBAS DE LA GARRIGUE
L
A ACADEMIA de Dibujo del Maine da a un cementerio. Esto evita el tener que correr las cortinas para proteger el pudor de los habitantes de enfrente que tal vez se asombrarían antes las poses de modelos desnudos. Es una academia, aunque sus habituales no sean alumnos propiamente dicho, de la clase a que pertenecen los genios futuros transportados por un mensaje todavía no aclarado, sino dibujantes y diseñadoras de modas, y particularmente ilustradores de revistas con fotos y dibujos de chicas “pin-up” Por eso allí son muy exigentes con el modelo. En otras partes hacen pasar a una dama flacucha por una ideal figura anatómica, a una dama obesa por un Bonnard puro, partiendo del principio de que no es con modelos armoniosos como se logra la buena pintura. En Maine, todas las jóvenes son bonitas, aterciopeladas y, tanto si pertenecen al género casero o al género etéreo, están llenas de gracias perceptibles a primera vista.
Los dos ilustradores de “Travelling” acababan de cerrar sus carpetas. Antes de ir a almorzar, rellenaban apaciblemente sus pipas. Betty, la pequeña diseñadora de modas, a la que un pedido de sesenta chicas en traje de baño Arondelle tenía angustiada, se obstinaba en borronear en su bloc, aunque los demás dibujantes habían ya partido, y Emma y Marie Louise, las dos modelos, hubiesen descendido del estrado.
Se, estaban vistiendo ante un rayo de sol, ambas completamente desnudas, y se subían las medias con los mismos gestos, sin la menor vergüenza. Mientras se vestían, espiaban a mademoiselle Yvonne, la cual arreglaba las carpetas y, de vez en cuando, marcaba en el registro, al carbón, una anotación cabalística.
Mademoiselle Yvonne era una joven de veintidós o veintitrés años, bien modelada, de pecho alto y talle flexible, ventajas que parecían tenerla sin cuidado, puesto que se movía con brusquedad y desenvoltura masculina, embutida dentro de una enorme blusa blanca que disimulaba con creces el gracioso equilibrio de su cuerpo. Su rostro era muy agradable, con su breve nariz, una barbilla cuadrada que permitía a los hipocondríacos habituales de la Academia del Maine compararla a. un buldog o a un pequinés, lo que no era exacto, a juzgar por sus ojos, de un color excepcionalmente radiante, los cuales la clasificaban netamente entre la raza humana. Poseía cabellos castaños que se peinaba gallardamente a un lado, abrigando la frente horizontalmente, y este tocado, aunque tal vez fuese demasiado de artista, le sentaba bien.
—Ayer hice una hora de suplemento —observó tímidamente Marie Louise, con las manos juntas sobre los muslos, intentando abrochar su pantaloncito rosa—. No olvidará marcarla, ¿verdad?
—Recuérdamelo el sábado.
Esta sencilla respuesta turbó a Marie Louise, a la otra modelo, a los dos ilustradores del “Travelling”, y hasta a Betty, que, levantando los ojos de su bloc, entrecerró los ojos, deslumbrada su mirada de miope por el ardor de la luz que penetraba por inmensas claraboyas.
—¿Entonces no se va usted esta tarde? —preguntó Betty.
Mademoiselle Yvonne pegó con el puño sobre un montón de carpetas, de las que ascendió una humareda de color blanquecino. Al mismo tiempo había contestado, pero el ruido había cubierto las pocas sílabas que había murmurado de mal humor. Todos los asistentes habían comprendido, sin embargo, que mademoiselle no estaba del todo decidida a empezar sus vacaciones aquella misma tarde y que, además, esto no tenía la menor importancia.
Se cruzaron las miradas. ¿Entonces era cierto que Robert, llamado Bobin, llamado Tarzán, había roto con mademoiselle Yvonne? Esto era lo que se susurraba desde el sábado de la semana anterior. No se sabía si la iniciativa provenía de Tarzán o de mademoiselle Yvonne, ni siquiera si era cierto. En fin, se ignoraba por completo si la joven estaba contenta, furiosa o indiferente.
Mademoiselle Yvonne que, pese a sus pocos años, era la encargada desde hacía dos, y colaboraba al mismo tiempo en varias revistas de modas, nunca había saturado a la Academia del Maine con sus confidencias. En cuanto a Tarzán, como raras veces ponía los pies en la Academia, puesto que se dedicaba a los dibujos humorísticos que requerían la ausencia de todo modelo constituido, ya que sus personajes se parecían a bombones, a cepillos de dientes, etc., no se conocían de él más que algunas observaciones transmitidas muy indirectamente* de café en café, según las cuales, las mejores cosas tienen un fin, por lo que el interés que mademoiselle Yvonne le inspiraba había llegado alegremente a su punto final.
—Sin embargo, creía que ya había sacado el billete, mademoiselle Yvonne.
Aquella pregunta indiscreta había sido formulada por Emma, que, sorprendida de su propia audacia, se apresuró a meter su pequeña cabeza triangular de ojos oscuros por su vestido de seda que reclamó al instante toda su atención a fin de hacerlo bajar hasta sus muslos, fuertes y morenos.
—¡El billete —exclamó mademoiselle Yvonne, colérica— está allí, en mi bolso! Y si alguien lo quiere...
La confesión y el tono de la misma significaban, de sobra, que a mademoiselle Yvonne la habían plantado, que esto la apenaba mucho y que la idea de partir sola de vacaciones no le resultaba muy tentadora. Todos sabían que tenía que emplear sus vacaciones anuales en recorrer la montaña con Tarzán. Una vez lo había contado con fogosidad. Todos comprendían que el billete de ferrocarril comprado ocho días antes representaba un dolor lacerante en el fondo del bolso, colocado sobre el diván al lado de la estufa.
Impaciente por el interés que había provocado, mademoiselle Yvonne cerró su registro y atravesó el taller. A su paso, con un gesto maquinal, ayudó a Marie Louise a abrocharse el sostén. Luego se detuvo delante del diván y, con un gesto seco, empezó a quitarse la blusa. María Louise había dado media vuelta.
—¡Oh, mademoiselle Yvonne, un billete para Chamonix, no debe perdérsele! ¡Es tan bella la montaña! Bueno, yo no la he visto nunca, sólo el mar.
Una onda de regocijo atravesó el taller, ya que se sabía en qué condiciones había visto el mar Marie Louise. La joven se ruborizó y se dedicó a su vestido. En cuanto a mademoiselle Yvonne, ya se había mostrado un segundo en combinación blanca, y se había ajustado la falda con furia. Se estaba abrochando el corpiño, cuando Betty, que había cerrado su bolsa y se aprestaba a salir en compañía de los dos dibujantes, le dijo desde el fondo de la sala:
—No sea estúpida, Yvonne. Usted necesita mucho aire. Tiene una cara apergaminada. Si siente pena, lo mismo la tendrá en París que allá abajo, pero allá, al menos, respirará.
Los dos jóvenes asintieron.
—No queremos verla aquí mañana, ¿entendido? ¡Hasta dentro de un mes!
Las dos modelos, que habían llegado también a la puerta, añadieron unas confusas frases con las que dieron a entender que con lo encantadora que era mademoiselle Yvonne no se vería muy sola en Chamonix. No tardaría en tener buenas relaciones.
—¡Esto es lo que no quiero! ¡Relaciones! ¡Se habla de eso como de hacer café! ¡Oh, Dios mío, cómo me disgusta todo esto!
Las pequeñas no insistieron y se abalanzaron a la polvorienta escalera, cuyo enyesado estaba adornado con grafitos multicolores. Estaban tranquilizadas ante las vacaciones de mademoiselle Yvonne, la cual, dijera lo que dijese, tomaría el tren de la tarde para Chamonix.
—¡Lleva la muerte en el alma! —explicó Emma—, pero una vez allá se le pasará.
—Sí, ciérralo.
El despertador no dejaba de dar la lata. Sobre el mármol de la mesilla de noche, el vaso y el cenicero estaban vibrando también.
Antoine Belèche había extendido una mano a ciegas y había cogido el despertador al tacto; tras haber resistido al placer de arrojarlo por la ventana, lo metió bajo las mantas con la intención de sofocarlo.
Falto de aliento, el siniestro aparato acabó por callarse. Antoine volvió a hundir su cabeza en la almohada, sin hacerse ilusiones con respecto a la duración de su sueño. Si el despertador había sonado es porque eran ya las siete. Diez minutos de gimnasia, diez minutos para lavarse, diez para afeitarse, diez para vestirse y bajar la escalera, cinco minutos para beber un café y un “croissant” en el bar de abajo, doce minutos de metro, suponiendo que no se retrase, dos minutos de carrera por la calle de Teherán. En suma, el empleo del tiempo que le permitía desembocar, sudoroso, en el portal del curso Bonald a las ocho, hora prevista por el reglamento estricto y que excluía cualquier capricho.
Unos minutos más en el lecho debía pagarlos bien con la sucesión de las genuflexiones, manos en las caderas, con las que contaba para llegar a tener unos muslos irresistibles, bien renunciando al guante de crin y al cepillado del dorso, bien con la falta de afeitado, bien con la permanencia en servicio de una camisa normalmente destinada al lavado, o bien con la renuncia pura y simple del desayuno.
A la postre, Antoine, que tenía apetito, se incorporó sobre la cama, respirando profundamente, y se puso de pie. Con las manos en las caderas: uno, dos, tres, cuatro... Con fe en un prospecto, había decidido sencillamente estar bien sano... y guapo. El espejo del armario le devolvía una imagen agradable, aunque algo delgada.
“Se lo que me falta —pensaba—. No estoy bastante robusto.”
Incluso a sus cabellos les faltaba robustez; eran de un castaño sedoso, más bien simpático, que antaño le habían valido los cumplidos de sus primas, y no habían rechazado en la Sorbona los dedos de algunas coquetas. Sin embargo, no guardaban correspondencia con la imagen que él tenía sobre una cabellera robusta.
De vez en cuando, entre dos movimientos, palpaba con el índice y el pulgar el aumento de tríceps crural y de su romboides. Le hubiese gustado verlos funcionar en el espejo, pero la disposición de la estancia se oponía a ello, obligándole a llevar pijama.
La pieza que ocupaba, en efecto, en la calle Laugier, en el apartamento de la viuda Lombardo, daba sobre un patio bastante estrecho, cuyo otro extremo estaba ocupado por despachos que unas mujeres de la limpieza iban a limpiar precisamente entre siete y ocho. Claro está, el reglamento y el método de atletismo de Antoine exigían que las ventanas estuviesen abiertas (¿ante qué? No se precisaba: ante un montón de carbón, una columna de polvo..., pero abiertas), por lo que se veía obligado, mal de su agrado, a conservar el pijama ceñido a su piel, pese a que envidiaba la desnudez del gimnasta antiguo, cuyos músculos podían hincharse a su gusto bajo una piel triunfante.
Rebuscó en su cerebro los versos de Horacio sobre los atletas rutilantes de aceite, versos gracias a los cuales había obtenido el año anterior su tercer diploma como licenciado en Letras. Certificado que no le había otorgado otro derecho que presentarse al cuarto, viviendo de cualquier modo en el intervalo. Este “de cualquier modo”, desde el primero de julio —o sea, desde ocho días antes— había adoptado el aspecto del famoso curso Bonald, cuya publicidad, desde el comienzo del Bachillerato, llena las columnas de los periódicos.
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Antoine se dio cuenta, al mirar al despertador, que sus asuntos no marchaban. Tres minutos de retraso. Se abalanzó a un inconcebible tocador de época —¿pero de qué época?—, por el que la viuda Lombardo estaba siempre interesándose como si se tratase de un pariente muy querido, y que cada día le hacía lamentar la ducha fría y caliente indispensable para una vocación de atleta. Se aproximó al rincón entre la pared y el tocador, para esquivar la ventana, dejó caer el pijama y empezó a afeitarse con agua fría en una palangana igualmente de época, que representaba, pintada de azul, el arresto del consejero Broussel por los Tres Mosqueteros. Todo iba mal. Hasta el cepillo de dientes que se le perdió y exigió larga búsqueda. Cuando se puso la camisa, Antoine llevaba seis minutos de retraso.
Para ganar tiempo, decidió no cambiarse de calcetines, pero éstos habían decidido lo contrario, rotos ambos por el talón, y de manera tan generosa que tuvo que ponerse a cuatro patas para abrir el último cajón de un armario también antiquísimo, gloria y razón de vivir de la viuda Lombardo. Tras haber escogido un par de calcetines azul de Prusia, apenas remendados, levantó la cabeza, sobresaltado por los gritos que procedían de una ventana abierta delante de la suya, al otro lado del patio.
Reconoció a una joven de la limpieza muy ocupada en jugar con un empleado no menos joven; que la perseguía en torno a las mesas de la oficina. De vez en cuando, ella se dejaba atrapar y abrazar, y luego el juego continuaba.
Sobre los tejados, el cielo era de un azul claro y espiritual. Un amplio rayo de luz inundaba el patio, dándoles a las paredes un tinte albaricoque y formando bellos rectángulos sombreados.
Antoine, que con el par de calcetines en la mano seguía el vuelo piante de un trío de golondrinas, trasladó su atención al despacho de enfrente, donde, en medio de un estrépito tremendo, un archivador acababa de ser derribado por el empleado y la mujer de la limpieza, a medias. Los papeles iban revoloteando alegremente, como las golondrinas. Los dos jóvenes los perseguían, y Antoine hubiese reído de buena gana si el timbre de otro despertador, en las profundidades del apartamento, no le hubiera revelado que la viuda Lombardo iba a levantarse, lo que significaba que llevaba ocho minutos de retraso sobre su horario.
Pese a sus esfuerzos, todavía llevaba siete cuando salió a la calle. Por un instante se quedó clavado delante» de la puerta del café. ¿Sacrificaría su desayuno? Lo sacrificó. Si le fallaba el metro, no llegaría al vestíbulo enlosado del curso Bonald hasta varios minutos después del timbre de entrada.
Al fondo del pasillo, distinguió abierta la puerta de su clase, de donde surgía un violento clamor, como el alegre rumor de mercado que, monsieur Boislevin, inmóvil tras su mesa, bajo el contador eléctrico, escuchaba dolorosamente.
—¡Es en vano que le diga, joven, que es preciso dar ejemplo! —le gritó monsieur Boislevin.
Llevaba una chaqueta negra y un pantalón listado; su rostro, máscara grave y barbuda, podía recordar el de Catón, dibujado por los bolígrafos de esos alumnos tan pródigos en barbas y bigotes. De su oreja izquierda salía una punta de algodón blanco.
—Es en vano que le repita —continuó el bueno de monsieur Boislevin—, que no solamente debe llegarse con puntualidad, sino que incluso debe hacerse con paso lento y mesurado, y no falto de aliento al final de una carrera por la calle que, desde lo alto de las ventanas, una parte de los alumnos pueden estar observando. Esto no es correcto. “Non opportet”, monsieur, “non opportet”.
—Tiene usted razón —replicó Antoine—, pero imagínese que mi despertador esta mañana no ha...
—Esto significa que hay que tratar más duramente a los despertadores y no permitirles que jueguen esas malas pasadas de sonar a destiempo o tan bajo, que el interesado no pueda oírles. Entre, señor. Sus alumnos le esperan, ávidos de aprender la regla de oro, según la cual conviene partir la oración francesa en tres partes armoniosas.
Tosió y dio media vuelta, no sin añadir con sencillez y bastante vulgaridad:
—Y sepa usted, monsieur Belèche, que si esto continua, me veré obligado a ponerle de patitas en la calle.
Luego recuperó su aire untuoso para girar de nuevo y rogarle a monsieur que rectificase el nudo de su corbata, que elevase irnos centímetros el nivel de su cinturón, que procurase alisarse el pelo y, en una palabra, que arreglase su compostura y tratase, si ello era posible, de mantener un porte más adecuado a un profesor.
Antoine se sentó detrás de su cátedra, recuperó la respiración y ordenó:
—Todo el mundo sentado... y abrid un poco la ventana... Aquí huele a conejo.
Los de las primeras filas rieron obsequiosamente, pero el ambiente general era hostil. Antoine recorrió con la mirada toda el aula, buscó en sus recuerdos el tema de la oración francesa, temo que siempre le había aburrido, y comenzó:
—Vamos a estudiar juntos la oración de Bruyère: “Corneille ha tratado a los hombres como deberían ser; Racine los ha tratado como son”.
Se frotó las manos y agregó, casi alegremente:
—Se trata de explicar y comentar este pensamiento. Es muy posible que os salga este tema en el examen de octubre. Hace veintitantos años hizo furor. Todavía lo han propuesto este año en la Universidad de Caen, de Bar le Duc y de Pondichery.
Fue diez minutos antes del final que Lebaudy de Argiles fingió tener hipo.
A cada espasmo, la clase ronroneaba de alegría, un poco más fuerte. Las chicas susurraban como auténticas damitas en el salón de sus madres. Ansioso de gloria, Lebaudy de Argiles hipaba cada vez con más vigor.
—Lebaudy —observó dulcemente Antoine—, ¿verdad que todavía no has presentado tus deberes?
No le había hecho antes la observación, contento de tener que corregir una copia menos, pero habiéndose abierto las hostilidades, prefirió este “casus belli” a los reproches, siempre peligrosos, con respecto a un hipo que Lebaudy podía declarar natural y por el cual existía la posibilidad, en caso de castigo, de enternecer a su madre hasta el punto de que, ésta proclamase la pena impuesta como una injusticia.
—Monsieur, lo he olvidado —confesó Lebaudy.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! Esto está pero que muy bien —declaró Antoine— ¿Quieres hacernos a tus camaradas y a mí el favor de pasar a la pizarra?
Un profesor joven no tiene otra alternativa que hacer de tirano Denys o adquirir una popularidad de vocalista. Antoine nunca había decidido una en firme, y jugaba con ambas.
—Lebaudy —continuó—, nos hablarás de las influencias extranjeras que han dado nacimiento al preciosismo.
Lebaudy era un muchacho gordo, tirando a albino. Obtuvo un último éxito fingiendo ser duro de oído en el encerado. Antoine repitió su pregunta con una calma terrible, que hizo estremecer a la clase entera. Sin embargo, estaba pensando:
“¡Lo que hay que hacer para ganarse la vida!”
—¡No sopléis! —gritó.
—El gongo..., el gongo...
A pesar de los susurros de las muchachas, Lebaudy no conseguía adivinar el final de aquel vocablo misterioso, al que iba ligado su destino.
—No te fatigues —le aconsejó Antoine con un buen humor fatigado—. Aunque oyeses entera la palabra “gongorismo”, serías incapaz de explicar el sentido del término. A lo mejor, pensarías que se trata de una enfermedad. Bien, hazme un resumen de la lección que acabas de oír.
—Pues..., ejem..., pues... —empezó Lebaudy.
Al ver que callaba, Antoine se creyó en buena posición para dar un fuerte golpe sobre la mesa que transformaría a sus alumnos indóciles en verdaderos corderos.
—Lebaudy —declaró—, te concedo un cero por tus deberes, un cero por tu lección y un cero en conducta. Tres ceros que significan, en principio, la atribución inmediata de tres permanencias de dos horas después de clase.
Esta terminó en medio de una docilidad maravillosa y Antoine, satisfecho de sí mismo, descendió a fumar un cigarrillo al patio, esperando las nueve y cuarto. Hacía proyectos. Una vez licenciado, enseñaría un poco, pero no demasiado. ¿No se han visto licenciados de letras que son buscadores de oro o directores de teatro? Antoine se paseaba con una autoridad cínica y pensativa de director teatral por el extremo soleado del patio, lanzando, como si se tratase de comparsas, miradas indignadas a las muchachas que sé habían sentado a horcajadas en la barandilla de la escalinata que llevaba a la sala de labores prácticas, cuando monsieur Boislevin, surgiendo de la sombra a su lado, le preguntó:
—¿De veras le ha puesto tres ceros y tres permanencias a Lebaudy?
Al tiempo de volver a ser un mísero joven, aún no licenciado, pobre como Job, y obligado a ganarse la vida enseñando a los irremediables cretinos del curso Bonald, Antoine, con la cabeza, respondió afirmativamente.
—Esto pasa del límite —sugirió dulcemente monsieur Boislevin—. ¿Sabía usted o no que el joven Lebaudy de Argiles pertenece a una de esas familias de las que Francia puede con justo motivo enorgullecerse, puesto que cuenta con diecisiete niños?
Antoine alzó las cejas para dar a entender que a primera vista no captaba la relación que podía existir entre la fertilidad de monsieur Lebaudy padre y la inmunidad disciplinaria que monsieur Boislevin pretendía concederle a monsieur Lebaudy hijo.
—Nosotros ya hemos preparado dignamente para el Bachillerato, en esta casa, a cinco hermanos mayores del joven Lebaudy, y nada nos impide creer que los once menores de este simpático joven, cuando les llegue la época de su Bachillerato, acudirán a engrosar las falanges de nuestra academia. Y todo lo que usted hace es afligir con sus rigores, poco, justificados, la moral de una familia cuyo nombre se halla ligado a la buena marcha de esta casa.
—Lo que tiene que hacer Lebaudy es no charlar todo el tiempo —afirmó Antoine—. Y además, usted podía haberme advertido de antemano que esa familia era el pilar de este establecimiento. Lo que está hecho, hecho está. No se morirá por tres permanencias. En el futuro, yo...
—No en el futuro, sino en seguida —puntualizó monsieur Boislevin, con voz aguda.
—¿Quiere que yo...?
—Que cuando se reemprenda la clase le haga usted saber al joven Lebaudy que se ha pasado esponja.
—¡Pues bien —exclamó Antoine—, no pienso pasar esponja!
Monsieur Boislevin golpeó suavemente la nuca de un alumno, y luego, sin perder su sonrisa, observó con voz reprimida:
—Jovencito, no me gusta que los recién llegados vengan a gobernar mi casa. Le tomé a prueba de ensayo, no lo olvide. Puedo ponerle en la puerta tan pronto me plazca. Y sin indemnización. Ni siquiera está licenciado. Ha tenido mucha suerte con poder ser admitido aquí como profesor. Su primer deber es llegar puntual y ser amable con los alumnos cuando yo se lo pido. ¿No es eso? Bien, entonces cuento con usted para tranquilizar a ese pequeño cretino cuando vuelvan a clase.
Tal vez Antoine habría cedido si la clase siguiente no hubiese estado consagrada a una explicación sobre Séneca. Se trataba de hablar sobre la virtud, el rigor, y la voluptuosidad que todo buen ciudadano siente al aplicar las leyes sin cuidarse de las consecuencias que su firmeza pueda provocar, y por eso Antoine, no quiso resignarse a una capitulación. Enervado, incluso trató, con una paciencia inaudita, la manera de colocarle un cuarto cero al joven Lebaudy, ocasión que le fue deparada a las diez ÿ trece minutos, cuando el gordinflón, al oír sonar el timbre, cerró su cuaderno con una vivacidad tanto más acusada cuanto que, aturdido por aquella avalancha de castigos, había vivido la clase de latín en las nubes, y no supo contenerse cuando se apercibió de que era ya la hora.
—Lebaudy —le llamó Antoine—, mi intención era retirarte las tres permanencias que tu pereza y tu fingimiento me habían obligado a administrarte. ¡Ay!, tú pones en acción cuanto puedes para desanimarme. No es correcto que, aunque suene el timbre, cierres tu cuaderno bajo mis narices, sin esperar siquiera a que termine la frase. Tendrás, pues, otro cero en conducta que, como debes saber, comporta invariablemente otras dos horas de permanencia en la escuela.
Monsieur Boislevin estaba en el portal. Antoine le entregó su lista. Monsieur Boislevin la examinó con interés. Luego estiró el cuello hacia Antoine, y éste pudo aspirar su olor a tabaco pasado.
—Comprenderá usted, monsieur Belèche, que juzgo suficiente el ensayo. O sea que...
—O sea que me pone en la puerta.
—Tiene el espíritu muy vivo, caballero —observó Boislevin—, y no dudo que lo pasará bastante mal en la vida, hasta que ésta se encargue de pararle un poco los pies.
Halló una exquisita sonrisa para proponerle a Belèche que fuese a verle por la tarde a fin de arreglar la cuenta. El profesor de física y química, y el de inglés, que pasaban, creyeron que Belèche había obtenido un aumento, y conversaron largamente sobre el asunto hasta el metro de Miromesnil, concluyendo al separarse abajo de la escalera, que aquel joven sabía perfectamente bien lo que se hacía y que era conveniente o desconfiar o ponerse a buenas con él.
Durante aquel rato, Belèche se tragó por fin su “croissant” y su café. Con la panza llena, se sintió más alegre y filosofó que todo su mal humor seguramente era debido al estómago vacío.
Fue meditando aquella interesante cuestión durante todo el trayecto hasta su domicilio y, habiendo creído recordar que Montaigne había evocado las estrechas relaciones entre el apetito y la virtud, empezó, cuando llegó a su alcoba, la búsqueda de los Ensayos, a fin de estar seguro. Los Ensayos no estaban en el estante, ni en la maleta, recubierta con un tapete, que prolongaba la cama. De repente se le ocurrió que debía haberlos metido, en compañía de Proust, en el cajón de los calcetines; se arrodilló, tiró del asa... y se paró en seco.
Encajado entre el vano de la ventana y el cajón, había una gruesa hoja de pergamino amarillento por el que corría una insólita escritura negra que el tiempo había descolorido, dándole un tono rosado, pero que parecía palpitante.
Antoine había creído al principio que era un pedazo de pantalla, pero cuando, tras haber vacilado, atrajo hacia sí el trofeo, tuvo que rendirse a la evidencia: era un documento antiguo, pálido ya y roto, al que la luz de la mañana prestaba vida y calor.
Con la hoja en la mano, Antoine fue a sentarse a la cama y, con un cigarrillo entre los labios, comenzó a descifrar:
«21 de diciembre 1819, París.
Yo, el abajo firmante, caballero de Bruslard, antiguo gobernador de la Force, muestro aquí para quien lo encuentre, el emplazamiento del tesoro llamado “el tesoro de Jaffa”.
Si quisiera, podría ir a desenterrarlo por mí mismo. Pero se sabría. El rey lo reclamaría para la Corona. Y el rey, a quien tanto he servido cuando corría por Europa, me ha relegado al ostracismo desde su subida al trono. “Rex sed rex ingratus”. No quiero su bien. Prefiero que la fortuna corone a un desconocido aventurero.»
Había un plano, dibujado a la pluma. Dos estrellas indicaban Servoz y Chamonix. Las montañas estaban reproducidas por dos sombreados. Se reducían a dos grandes cadenas, la de Brévent y Agujas Rojas, y la de Fiz d’Anterne y el Buet. El collado de Anterne estaba subrayado con la silueta de un hombre llevando un saco. Desde allí, un punteado seguía la marcha del hombre, reproducido varias veces, y llevaba hasta una cruz casi blanca, que en principio debió ser trazada con tinta roja, sobre la cual el hombrecito, ya sin saco ahora, cavaba un hoyo con un azadón, cerca de una figura que, mirada con atención, representaba una roca en forma de oso.
Antoine examinó el documento a la transparencia; era opaco. Lo olfateó. No sintió nada. Miró en torno suyo, pero no había nada particular que contemplar. Entonces se tumbó en la cama y encendió un cigarrillo.
Cinco minutos antes, el problema era relativamente simple. Se trataba de saber cómo subsistir de julio a noviembre, puesto que en ese mes, ya pasado su último examen, sería nombrado profesor de un colegio. Ahora, esto se complicaba. La búsqueda de un tesoro jamás ha simplificado la vida de una persona.
Además, las humanidades, la educación superior, tienden a disminuir la creencia en un tesoro. Se está inclinado, cuando se presenta un fenómeno de esta naturaleza, a pronunciar la palabra farsa.
Pero habría sido preciso ser un farsante muy desinteresado para tomarse la molestia, en un papel auténticamente antiguo, de fabricar, mediante una tinta artificialmente envejecida, un plan de un tesoro falso, destinado a engañar al mísero peón sin trabajo. ¿Y luego, cómo lo habrían deslizado en la alcoba? ¿No era más sencillo pensar que ese documento dormía desde largo tiempo antes entre el cajón y el montante, y que la brusquedad de Antoine, cuando había estado rebuscando sus calcetines por la mañana, lo había puesto en evidencia? En todo caso había un hecho patente: el pulso de Antoine latía más de prisa.
Había que proceder por orden. Se levantó y fue a llamar a la puerta de la cocina de la viuda Lombardo. Poco instruido en los estilos mobiliarios, y ansioso de verse informado, interrumpió a la viuda, que se lavaba las medias en el lavadero, mientras continuaba una charla con la mujer de la limpieza sobre la enfermedad de los perritos jóvenes.
—Perdón, señora, el armario...
—¿Qué armario? —gritó la buena mujer, sobresaltada.
Era alta, gruesa, envuelta en una bata gris y llevaba bigudíes. Sus ojos, todavía bonitos, brillaban.
—No, no lo he roto —explicó precipitadamente Antoine—, sino que querría saber...
Tan emocionada como su patrona, la mujer de la limpieza, desbordante la falda de pieles de guisantes, se había interrumpido en su tarea, fascinada por la presencia del “intelectual” que algo le había hecho al armario.
—¿Qué es lo que quiere saber? —le apremió la viuda Lombardo, con una altanería muy mundana.
—Si es de época. O más exactamente, a qué época pertenece.
La viuda Lombardo, con una mirada breve, puso por testigo a la mujer de la limpieza. Luego se restregó las manos en un paño suspendido al lado del grifo y declaró:
—Vamos a verlo.
Antoine la siguió. La mujer se detuvo delante del armario, al que contempló largamente, como en desafío. Luego:
—Bueno, a este armario no le ha pasado nada —constató.
—No —dijo Antoine—, le he preguntado sencillamente de que época databa.
—Ya se lo dije. En materia de muebles no suelo engañarme. ¿Es que —añadió, muy erguida— intenta desmentirme?
Antoine recordó que la época y el estilo de los muebles, cuando la viuda Lombardo, le había hecho el artículo, habían intervenido eficazmente en el precio, un poco alto, que ella le había exigido por el alquiler de la habitación. Comprendió que ahora no veía en sus preguntas más que una maniobra de inquilino que intenta obtener una rebaja, y se apresuró a tranquilizarla: sólo quería saber si el armario era anterior a 1819.
—¡Vaya una idea! —exclamó la viuda Lombardo, con humor—. Es difícil saber la edad de un mueble, con la precisión de unos pocos años, si no va firmado, aunque, en razón de su belleza, este armario merecería estarlo. Debe datar de 1810, aproximadamente.
Mientras hablaba iba acariciando las columnas veteadas del armario con un pedazo de lana que iba avivando los reflejos.
—Mil ochocientos diez —rezongó Antoine—. Esto podría servir. Bien, quisiera pedirle otro favor. ¿No tendrá un plano de la región de Chamonix?
La viuda Lombardo contempló pensativamente a la mujer de la limpieza que acababa de aparecer en el umbral de la puerta, como para ayudar si era preciso a su ama, pero se encogió de hombros.
—¿Por qué debería tener un mapa de la región de Chamonix?
Sin embargo, se echó a reír, como persona complaciente con todas las extravagancias, y en especial con la que a una más divierte.
—Vaya a casa de la vecina —le sugirió—. Tienen una hija que estudia. Podrán prestarle un atlas.
El atlas de la hija que preparaba su Bachillerato Superior en el apartamento contiguo, le permitió a Antoine comprobar que, si la escala del documento no era más que aproximada, al menos el trazado, en sus líneas generales, correspondía al del pergamino.
Corrió a almorzar a un restaurante de la calle Mazarino, y luego entró en una librería del bulevar Saint Germain, en donde llevó más lejos su examen compulsando unas guías azules y unos mapas alpinos. De todo ello sacó en claro que el emplazamiento presumido del tesoro podía alcanzarse fácilmente partiendo de Chamonix con el teleférico. Desde el Brevent, una pista conducía al collado de Anterne. El tesoro de Jaffa se hallaba entre dicho collado y el de Salenton.
Arreglado el asunto sobre la carta geográfica, Antoine Belèche saltó a la plataforma de un autobús y se dejó conducir alegremente por un París rodeado de verdor, hasta la Biblioteca Nacional.
La gran sala estaba fresca. El verano había dispersado a los investigadores. No tardó mucho en reunir algunas ideas generales sobre el caballero de Bruslard. Este, lo que era un buen comienzo, era conspirador, más exactamente, un agente secreto de Luis XVIII que, durante varios años, había desafiado a la policía del Directorio, del Consulado y del Imperio. Su nombre había jalonado los expedientes de la Seguridad Publica, y preocupado a todos aquellos de quienes dependía la seguridad del país, tanto a los prefectos como a los grandes jefes de la policía, los Desmaret, los Real, los Fouché, los Savary. El mismo Napoleón Bonaparte, después de cada atentado, pronunciaba el nombre de Bruslard.
De ficha en ficha, Antoine llegó a la conclusión de que le faltaba examinar de cerca dos obras: “Los Recuerdos alpinos del mayor Brown” (Pouletmalassis, 1864), y los “Recuerdos secretos del marqués de Flèche” (Ledentu, 1851).
Rellenó su ficha de solicitud y fue a sentarse en un inmenso sillón, cuyo brazo comenzó a tamborear con impaciencia. Un cuarto de hora después, un mozo bigotudo e indolente le entregó sus dos fichas con aire turbado: ambas obras estaban siendo leídas.
Mucho más ansioso de leerlas al ver que le eran negadas, Antoine se dirigió impetuoso hacia la vasta cátedra donde trabajaban las bibliotecarias. En voz baja, pero anhelante, intentó exponer el caso. Tenía una necesidad perentoria de dichos libros. Tal vez la persona que se estaba sirviendo de ellos se marcharía antes del cierre, y entonces podrían entregárselos. Con un movimiento de la barbilla, la bibliotecaria le indicó un joven vestido con una camisa a cuadros y una chaqueta de ante que tomaba notas apasionadamente entre los dos libros pedidos por Antoine.
—No parece haber terminado —murmuró la dama—. Tal vez; incluso, los guardará para mañana. El mes pasado venía todos los días y conservaba los mismos libros durante bastante tiempo.
Antoine, a su pesar, preguntó:
—¿Libros sobre el caballero de Bruslard?
La mujer se encogió de hombros, frunció el entrecejo y respondió, a su vez:
—En efecto.
Luego le aconsejó que esperase, por si acaso, y Antoine volvió a su sitio, cada vez más impaciente, devorado por el deseo de fumar un cigarrillo, de obtener aquellos libros... y de saber qué intenciones tenía aquel joven de la chaqueta de ante y camisa a cuadros.
Un ligero rumor poco a poco fue creciendo: las voces de los ujieres: “Se va a cerrar”. Descorazonado, Antoine se levantó y siguió la nave central para marcharse. Al volverse, vio que su rival estaba a punto de devolver los libros, y cuando atravesó el patio central, lo divisó a pocos pasos de él. Al encender un cigarrillo, ya desembocando en la calle Richelieu, llena de pájaros chillones, el joven le había adelantado y marchaba ante él en dirección a los bulevares. A los veinte pasos, Antoine le vio entrar en una tabaquería y prosiguió su camino intentando coordinar sus ideas. ¿Por qué estaba inquieto? Desde el descubrimiento del tesoro, todo cuanto había visto confirmaba la existencia probable del mismo, y sin duda, los dos libros que le faltaban atizarían aún más sus esperanzas.
Había llegado a la parada del autobús y se preguntó si iría a tomarse antes una caña, cuando reconoció al joven de la biblioteca ocupado en encender su pipa, apoyado en el círculo metálico de un árbol. El joven le contemplaba tranquilamente. Antoine, cuyo autobús se había ya detenido, subió maquinalmente a la plataforma, pero retuvo su respiración cuando observó que el otro le imitaba y que, con la pipa entre los labios, se instalaba a su lado. A partir de Saint Lazare, el autobús se llenó. Las zarpas de los viajeros separaron a Antoine de su compañero del que, a intervalos, por el azar de una sacudida brusca o de un reflujo de pasajeros, entreveía el perfil un poco asirio, las gafas verdes o el ante de la chaqueta.
A partir de Saint Augustin, el autobús fue vaciándose progresivamente. Cuando llegaron a Pereire, Antoine, que estaba solo en la plataforma con su “competidor”, saltó en marcha en un impulso que le era habitual, y no le extrañó ver al otro que también le imitaba, que le adelantaba y se dirigía a la esquina de la calle Laugier.
Eran las seis y el aire era suave. El sol, harto de haber ardido, se aplastaba dulcemente sobre los tejados. Las porteras tomaban ya el fresco delante de sus portales. Los niños jugaban a la rayuela en las aceras. ¿No estaba él jugando al gato y al ratón? Llevaba el documento sobre su persona, en el bolsillo revolverá. Pero carecía de revólver. A poco que el joven de la chaqueta de ante estuviese armado, pronto conseguiría...
“¡Ah, no, soy un verdadero estúpido!”, se dijo.
Sin embargo, aceleró el paso, y cuando llegó delante de su casa, una breve mirada hacia atrás le previno que su enemigo había perdido casi cincuenta metros. Entró, subió de cuatro en cuatro los dos pisos, y luego, en vez de penetrar en su alcoba, se dirigió al comedor que daba a la calle. Se asomó a la ventana, girando la cabeza en todos sentidos.
—Pero, ¿qué le pasa? —repetía la viuda Lombardo, sumamente sorprendida.
¿Qué le pasaba? Le pasaba que el joven no estaba en la calle, por lo que, o había entrado en su misma casa o en una contigua. Pero esto no podía explicárselo a la patrona, la cual meneó la cabeza con desdén al verle alejarse silenciosamente hacia su cuarto.
Al día siguiente por la mañana, se concedió una hora más de descanso y luego se dirigió hacia la Biblioteca Nacional, donde entró el primero. El joven no estaba allí. Y mejor aún, no había retenido sus libros para el día siguiente. Tras una hora de formulismos, Antoine apretaba amorosamente contra su pecho ambos volúmenes. Por sí mismos, uno se abrió en la página 78 y el otro en la 224. Una y otra se hallaban señaladas con la misma crucecita con lápiz azul. Una y otra contenían, entre una bailoteante cabalgada de nombres, el de Bruslard Antoine miró a su alrededor, dispuesto a ver avanzar con un lápiz azul en la oreja, al joven vestido con la chaqueta de ante. Vio simplemente a un anciano condecorado que, con la vista pegada a un libro de heráldica, tosía a intervalos regulares, y a su derecha un eclesiástico, atrincherado en el centro de una fortaleza de libros. El aire era azul. Las moscas danzaban en los rayos de luz.
«Tal era la destreza del caballero de Bruslard, que nosotros, sin errar golpe y sin perder un solo hombre —Saint Florent había recibido sólo un pistoletazo disparado por un gendarme, y tontamente se había dejado romper el brazo—, teníamos, repito, en nuestro poder uno de los coches que llevaban al Directorio una parte de los tesoros expedidos desde Egipto por Bonaparte. Sin embargo, hubiese resultado peligroso continuar nuestro camino hacia Valence, donde la gendarmería debía esperar el convoy y a lo mejor nos concedía más atención de la que deseábamos.
Convinimos en separarnos. Bruslard y Charles tomaron el camino que ascendía hacia Grenoble, mientras que yo atravesaba el Ródano con mis hombres, en dirección a Auvernia. Antes de separamos, incendiamos el coche que contenía el tesoro y nos lo repartimos. Yo cogí el oro, la plata, las estatuas antiguas que nos repartimos como pumas, nuestros caballeros y yo; Bruslard se encargó de un cofrecillo que, según me pareció, no contenía más que diamantes y piedras preciosas. Me entregó un papel que decía “Cajita de joyas”. Habría preferido que fuese más explícito, ya que si Bruslard había dirigido el golpe de mano, era yo el responsable a los ojos de los príncipes, y me gustaba controlar el empleo de las sumas que acabábamos de arrebatarles a los Azules, de forma que ni estos caballeros ni los señores de Londres, ni menos los de Bretaña pudieran jamás acusamos de habernos enriquecido a expensas de la Causa.
Abro aquí un paréntesis sobre el asunto llamado de las “Joyas”. Con ocasión de la vuelta de Su Majestad Luis XVIII, su ministro, el señor de Vitrolles, me interrogó casi en seguida sobre dicha cajita, cuyo contenido quería ver de nuevo en las arcas del Gobierno Real. Lo mejor que puedo hacer es relatar nuestra entrevista:
Yo: He aquí el recibo que me entregó el caballero de Bruslard. No puede negar haberse llevado la cajita.
Vitrolles: No os precipitéis, caballero. Además, Bruslard no niega nada. Pero me gustaría que me contaseis lo que sabéis.
Yo: El caballero iba acompañado de un antiguo secretario de Charrette, al que llamábamos Charles. Tomó un camino que podría hallar en el mapa y que debía conducir a Grenoble. Me aseguró que gracias a esa cajita, podría organizar allí un golpe decisivo. Luego, cuando volví a verle en París tras el atentado de Cadoudal, sólo me declaró que se había ido a Chambéry, luego a Chamouny, donde las mallas de la policía se habían cerrado en torno suyo. Como Charles había caído enfermo, lo había confiado a un montañés realista que lo había acompañado a Genevois.
Vitrolles (con impaciencia): ¿Y la cajita?
Yo (picado): Supongo que el caballero de Bruslard os habrá dado toda clase de explicaciones, señor ministro, puesto que lo habéis nombrado gobernador de Córcega.
Vitrolles (riendo): Dos explicaciones valen más que una, amigo mío. ¿Qué os ha dicho Bruslard?
Yo: Me dijo que sabiéndose a punto de ser arrestado, había resuelto enterrar la cajita, que había buscado para ello un lugar difícilmente accesible, y que para guiarle había elegido a un tal Balmat que, como sabéis, con el señor Paccard, fue el primero en subir al Mont Blanc.
Vitrolles: Os escucho.
Yo: Os aseguro, señor ministro, que las explicaciones que os doy me han sido suministradas por el caballero de Bruslard, que no tengo ninguna razón para dudar de su sinceridad, si bien jamás he tenido ocasión de comprobar sus palabras. Según él, se hizo pasar ante Balmat por un geólogo que necesitaba un guía. Balmat descubrió la existencia de la cajita y Bruslard se vio obligado a confesarle que tenía la intención de enterrarla lo más alto y lo más lejos posible. La segunda noche, en plena montaña, Bruslard enterró efectivamente la cajita, ocultándose de su guía, al que confió que las regiones que atravesaban no le convenían y que había decidido prolongar su expedición. Pocos días después, en la parte baja del glaciar del Rúan, fingió enterrar una cajita imaginaria, seguro de que si su guía intentaba recuperar la cajita por su cuenta, iría a buscarla por los alrededores del Rúan y no donde estaba.
Vitrolles: ¿Y dónde estaba?
Yo: Bruslard me indicó que se hallaba a siete u ocho horas de marcha de Chamouny, y que había anotado con sumo cuidado su emplazamiento. Añadió, además, que llegado el momento iría a buscarla.
Vitrolles: ¿Y ha ido?
Yo: Lo ignoro. Abandoné Francia en 1804, camino de Portugal, luego fui a Inglaterra, y no volví a ver al caballero más que dos veces, en las Tullerías, sin tener ocasión de cambiar con él más que unas frases de pura cortesía.
Vitrolles: Pues, he aquí lo que nos fastidia; Bruslard pretende haber perdido el documento del tesoro en un incendio.
Yo: Bruslard fue un héroe, señor ministro. No hay por qué dudar de su palabra.
Vitrolles: Sí, pero Bruslard es un cerebro exaltado. Me imagino que no conservará el tesoro para sí, sino que se complace en privarnos de los medios para hallarlo porque no hacemos su santa voluntad. En fin, los mejores servidores de los malos días se convierten en nuestros peores enemigos cuando el trono ha quedado restaurado, ya que nuestros verdaderos enemigos desean hacerse perdonar, mientras que los otros...”
Antoine apartó febrilmente los “Recuerdos del marqués de Flèche” para apoderarse de los del mayor Brown, recorriendo ansioso las líneas que comenzaban a la altura de la señal en lápiz.
«Alentado por la respuesta de la Academia de Ciencias, había pues resuelto proseguir con más precisión mis observaciones barométricas empezadas bajo tan desdichados auspicios. Habiéndolas dirigido durante seis días en Sixte, decidí elevarme progresivamente, según el trayecto menos hostil, y continuarlas en los chalets de Boray para terminar al pie del glaciar del Rúan. Un guía de Vallorcine, llamado Pache, se había ofrecido a acompañarme, por lo cual determiné salir al día siguiente, cuando en el último instante recibí una visita que me honró y sorprendió al mismo tiempo: la del célebre Balmat, Jacques Balmat, conquistador del Mont Blanc, que Víctor Hugo acababa de comparar con Napoleón y Talma, y de quien Alejandro Dumas me había hablado incansablemente cuando, en el transcurso de las desdichadas aventuras que ya he relatado a mis lectores, lo había encontrado en Suiza.
Se me apareció bajo el aspecto de un hombre de sesenta años, flaco, tostado, los ojos vivarachos y suelto de palabra. Me interrogó con mucha precisión sobre las causas de mi excursión al Rúan. Examinó mis barómetros, mis termómetros y mis aparatos de cálculo con la meticulosidad de un aduanero suspicaz. Luego me declaró que sería él quien me acompañaría y no Pache, puesto que había hecho un trato con éste.
¿Qué hacer en un país donde nadie quiere guiaros, a menos que no sea todo el mundo? No era ciertamente el interés por la ciencia lo que estimulaba a mi nuevo guía, ni el afán de lucro, ya que con Pache habíamos convenido en una suma asaz modesta que Balmat no pretendió elevar.
Durante los primeros tres días se mostró alegre, incluso bromista, evocando de buena gana su famosa ascensión al Mont Blanc que, no obstante, debía haber recordado muchas veces. Supongo que lo adornaba, puesto que los hechos históricos no son como los científicos, ya que si los últimos para ser reconocidos deben ser susceptibles de repeticiones y verificaciones, los históricos, que sólo tienen lugar una vez, se prestan a deformaciones por los testigos, e incluso por sus autores.
Balmat conocía admirablemente la región y me habría felicitado de su compañía, a no ser por su obstinación en preguntarme por qué había escogido con preferencia al Buet, al Brevent, o a los glaciares del Mont Blanc, el del Rúan, como teatro de mis experiencias. Jamás parecieron convencerle los motivos que le daba. Una noche que habíamos bajado a los chalets de Boray y cuando yo, señalaba mis observaciones en un plano al amor de la lumbre, me preguntó con brusquedad:
—¿Conocéis al caballero de Bruslard?
Le contesté que le había oído nombrar en Londres, en mi juventud, y que entonces se le citaba como el único francés que hacía temblar a Bonaparte.
—¿Pero le habéis hablado?
—No he tenido nunca tal honor.
—¿Sabéis si ha muerto?
—La verdad, no sé nada.
Entonces, soltó sin querer:
—Un día vine aquí con él y dormimos en esta misma cabaña.
Me persuadí de que aquella noche me hubiera contado mucho más si no me hubiese asaltado una violenta hemorragia de nariz que frenó la conversación. A mi lector no le habrá extrañado, conociendo ya mi desgracia. Como cura, mi guía me obligó, tras haber recobrado su buen humor, a usar el remedio tradicional de los saboyardos que consiste, en semejante caso, en repetir tres veces:
“Que la sangre se quede en ti, como Cristo en sí,
Que la sangre se quede en la vena como Cristo en su pena,
Que el sangrar quede fijado como Cristo crucificado"
Había ya olvidado este incidente cuando, de vuelta a la región en 1835, me enteré de la reciente muerte de Balmat; luego, habiendo visto a Pache que en el intervalo me había servido de guía varias veces para mis observaciones del monte Buet, el Montenvers y el Goûter, aquél me declaró, sin preguntárselo, que frecuentemente Balmat le había hablado de mí, añadiendo que “yo sabía más de lo que confesaba, pero menos que Balmat”.
Habituado a la estupidez del vulgo que, o idolatra a la ciencia a causa de su ignorancia, o se ríe de ella por la misma ignorancia, no me sorprendió la frase. Más intrépido o más audaz que yo, más ducho en la práctica de los Alpes, Balmat en su ignorancia de las altas especulaciones podía, en efecto, tenerme por un novato. Sin embargo, al ver que Pache insistía, se apoderó de mí una de mis crisis de rabia fría, y le insulté de mil modos —como si el desgraciado hubiese sido él solo la sala de una asamblea científica en reunión plenaria— y terminé afirmando que Balmat, por muy héroe que hubiese sido, no era más que un empírico en el dominio científico.
—Entre nosotros —contestó calmosamente Pache—, un empírico es el que arranca las muelas. En fin, quizá tenéis razón. En todo caso, no deberíais molestaros ya que Balmat conocía mejor que vos el sitio del tesoro, por el motivo de haber acompañado al caballero cuando éste lo enterró.
Y entonces me reveló de repente que Balmat no habla muerto en una avalancha junto al Buet, como decían, sino que se había caído por un precipicio, de los muchos que encuadran el glaciar del Rúan.
—Habíamos partido juntos —me explicó Pache—. Desde hacía algunos años, ambos no hablábamos sino del tesoro. Había quedado convenido que yo obtendría la cuarta parte. Balmat se hacía viejo y necesitaba a alguien como yo que le ayudase. Yo le esperaba abajo del abismo. Oí su caída. No se ha encontrado el cuerpo. Y el síndico de Sixte, cuando se lo conté todo, me ordenó callarme puesto que si el mundo se enterase del tesoro escondido, allá arriba acudirían a matarse por docenas. A menudo he vuelto yo solo. Pero no tengo fe en ello. Además, un tesoro está protegido. Cada tesoro posee un genio para su custodia. Los gnomos, sus servidores, vigilan en torno, y tal vez sean ellos quienes le han puesto la zancadilla a Balmat.
Pero todas estas divagaciones acerca de las anécdotas y las supersticiones locales me han alejado un poco, querido lector, de mi propósito que, partiendo de la reciente observación termométrica de Roger, me conducía a mostraros que...»
Al azar, Antoine siguió hojeando ambos libros. No había más referencias al tesoro ni al caballero.
En el café de enfrente, mientras devoraba un bocadillo, perfiló en su cerebro, à grandes rasgos, la situación.
1° El documento hallado en el armario se hallaba corroborado por los informes geográficos e históricos.
2° El joven vestido con la chaqueta de ante no podía hacer más que sospechar la existencia del tesoro en el collado de Anterne.
3° Sólo él, Antoine Belèche, conocía su emplazamiento exacto.
A continuación, fue masticando más lentamente en tanto se preguntaba lo que el joven vestido con la chaqueta de ante había podido ir a hacer a su casa. ¿Coincidencia? Decidió pasar à la acción. Necesitaba reunir bastante dinero para trasladarse a Chamonix, situarse en el collado de Anterne, provisto de un equipo de alpinista, y quedarse por allí tal vez durante un mes. Decidió que el dinero lo obtendría, en parte del que le debía Boislevin, en parte de algunos préstamos ingeniosos que les solicitaría a algunos compañeros aún no de vacaciones, parte gracias a su hermana Margarita, a la que contaría unas pretendidas enfermedades, para apiadarla, que exigían una temporada en plena montaña. Su cuñado poseía un revólver, y pensaba quitárselo discretamente para tenerlo al alcance de la mano durante las investigaciones, puesto que en el curso de las mismas podía tropezarse inopinadamente con el joven vestido con la chaqueta de ante, o con su jefe, ya que Antoine por algo había leído “La Isla del Tesoro”. Estaba literariamente preparado para afrontar una banda organizada antes de llegar hasta la cajita. Un horario-guía le señaló que tenía un tren para Chamonix a las diez y once de la noche.
—¡Mozo! —gritó—. ¿Qué se debe?
—¿Qué desea la señorita?
Yvonne vaciló. Estaba sentada en aquella terraza de la cervecería porque la mañana era calurosa y ella se hallaba fatigada de pasear por la calle Mayor de Chamonix entre las muchedumbre de turistas, desbordados de los autocares, ávidos de descubrir el Mont Blanc envuelto en una corona de nubes. Se había detenido ante las numerosas tiendas de artículos alpinos, aturdida por los grupos de chicos y chicas con pantaloncitos cortos y botas forradas que disputaban acerca de las calidades comparadas de los esquís, los barreños y varias marcas de salchichón. Toda su vida se había ufanado de amar la soledad; pero ahora comprendía que existía una gran diferencia entre la soledad deliberadamente deseada y el abandono en que uno se encuentra cuando es dejado por alguien. Sin embargo, Tarzán no la había apasionado. Lo apreciaba por sus grandes ojos, su reducida barbilla bien delimitada, sus blancos dientes, su manera de chascas los dedos cuando había terminado un dibujo, o de plegar los párpados cuando salía del cine. También poseía unas manos bellas, esto no podía negarse.
Levantó el rostro hacia el camarero que, impacientándose, le proponía un “Cinzano”.
—Deme...
Vaciló, enfadada de verse interrumpida en el momento en que por enésima vez, intentaba demostrarse a sí misma que Tarzán no era más que una cosa sin importancia. Una voz juvenil dijo a dos pasos de ella:
—Para mí, un vasito de vino blanco.
Y la joven repitió como un eco:
—Deme un vino blanco.
Luego pensó si el vino blanco a hora tan temprana, sería de fácil digestión. ¡Sólo le faltaría tener dolor de estómago! Desamparada, ésta era la expresión exacta. No sufría por el abandono de Tarzán, sufría porque se sentía desamparada. Si no sonreía, si no se ajustaba con vivacidad femenina la falda sobre las rodillas, si no pasaba una hora en su tocado, cesando de rendir culto a su mata de pelo, o a la transparencia de su tez, era porque su cuerpo, desde que Tarzán había decidido desdeñarlo, le parecía sin valor y desprovisto de interés para nadie.
Mojó sus labios con un vino pálido y fuerte, tosió, encendió un cigarrillo y trató de no escuchar la canción estúpida que un grupo de muchachos entonaban a voz en grito, mientras descendían lentamente por la calle, a fin de exasperar al conductor del enorme autocar que les seguía tocando el claxon incesantemente.
El vino blanco le era decididamente desagradable. Volvió la cabeza para distinguir, por encima del hombro, al instigador de aquella enojosa elección, y vio a un joven con un “short” azul marino, muy nuevo, y un blusón de gamuza, que se afanaba ante un montón de mapas y guías abiertas, intentando mantener en equilibrio, con ayuda de las rodillas, un enorme bastón de alpinista, en tanto hurgaba en los departamentos de la mochila apoyada en su mesa en busca de un objeto difícil de hallar y que luego resultó ser unas gafas. Sus cabellos demasiado finos estaban alborotados por el viento; la atención arrugaba su frente, maniobraba con ansiedad, mirando con unos ojos sombríos que a Yvonne le recordaron los del “basset” de sus padres cuando le encerraban para ir de viaje.
—¡Camarero! —gritó.
La joven le halló enternecedor y ridículo. Era evidente que, a pesar de su material perfecto, estaba tan poco acostumbrado como ella a la montaña. Sus blancas piernas denunciaban al ciudadano tranquilo que, tras haber pasado el año como una ensalada en el fondo de una cueva, decide, provisto de un bastón excesivamente grande, ir a afrontar las cimas. Otra razón para serle simpático: estaba solo y no parecía esperar a nadie.
—Oiga —le preguntó al mozo, tras haber abonado la cuenta—, ¿sabría usted las horas de la salida del teleférico de Brevent?
—Cada diez minutos. Es allí, remontando la calle.
Yvonne giró la vista para no asistir a la marcha de aquel Tartarín de los Alpes. De no hacerlo, habría acudido en ayuda del muchacho para cargarle la mochila, darle el bastón y luego decirle adiós, viéndole caminar lentamente sobre el pavimento con sus botas claveteadas. Sin embargo, vio cómo subía por la calle, aplastado bajo el peso de la mochila y el fastidio de un sol abrumador.
—¿Está muy lejos el Brevent? —le preguntó ella al camarero.
El mozo, con acento italiano, la informó a fondo. Se expresaba casi con tantos gestos como palabras y al alabar la esplendidez del panorama imitó la subida del teleférico. Añadió que allá arriba había un restaurante.
Justamente se acercaba la hora del almuerzo. El comedor muy limpio de su pequeña pensión le producía tristeza. Almorzar a dos mil metros le pareció de pronto indispensable y unos instantes después, iba transpirando por el abrupto camino que llevaba a la estación teleférica. Una bulliciosa multitud la empujaba. Se vio catapultada en una cesta metálica móvil que, casi en seguida, se elevó por el espacio, chirriando.
Al principio se quedó extasiada ante la huida de los tejados a sus pies, y luego por las cumbres erizadas de abetos que, oscuros y lustrosos, amenazaban con sus agudas puntas a la vertiginosa cabina que los pilares iban transmitiéndose a lo largo del quejoso cable. Luego miró a sus espaldas, y distinguió la espesa blancura del Mont Blanc y la cúpula del Goûter, y entre ambos, los ojos extraviados de Tartarín de los Alpes. Se excusaba con todo el mundo por las molestias y el lugar que ocupaba, a causa de su material. En Planpraz cambiaron juntos de cabina y cuando al cabo de media hora de ascensión, aterrizaron por fin en el Brevent, en una gruta horrible, donde la cabina se posó suavemente, ella se apartó para dejarle salir, mitad por prudencia, mitad por caridad.
Los turistas, todos en fila, subieron una escalera de cemento armado, azotados por un viento vivo y puro que era el único elemento limpio del decorado, ya que la cima rocosa y nevada sobre la que desembocaron se hallaba llena de pieles de naranja, botes de conserva y papeles de estaño. Los desdichados visitantes se pegaban a las rocas para contemplar grandiosos paisajes, unos devorando con la vista el macizo del Mont Blanc, otros las agujas, las murallas, los glaciares y los pastos de altura que se iban sucediendo hacia Suiza. A Yvonne le recordó todo aquello la roca de los monos del Zoo. Para que todo fuese completo, una bandada de señoritas inglesas, “exhilarated” por la altitud, se bombardeaban con bolas de nieve. Yvonne lanzó una carcajada a la vista de su Tartarín, al descubrir de golpe que se había puesto aquel impresionante disfraz sólo para verse izado por unos cables a la cima de un monte.
—Perdón, caballero —estaba diciendo con un mapa desplegado en una mano, sondeando las cimas con la mirada—, ¿la pista del collado de Anterne, si me hace el favor?
—Es allí. Descienda por la nieve —respondió el empleado del teleférico—. Puede verlo usted mismo. Después de la muralla, es aquel saliente con un chalet debajo. Tardará unas cinco horas.
Yvonne rectificó su temerario juicio. El muchacho hablaba de una expedición. Luego, él fue a sentarse a pocos pasos de ella, palpó dolorosamente sus botas nuevas, se las quitó, inspeccionó minuciosamente sus calcetines y, luego, tras haberse vuelto a calzar, volvió a maniobrar por entre su equipo para sacar la cantimplora y echar unas gotas de algo en un cubilete. Luego le vio alejarse por la nieve, deslizándose y resbalando.
El brusco cambio de altura había cortado la respiración de Yvonne. A su vez, se había sentado, abatida y comenzó a arañar maquinalmente la nieve con su zapato. Volvió a asaltarle el aburrimiento. En aquella nieve y en las rocas había de todo, hasta un folleto de cine en el que una vampiresa mostraba sus muslos ante un "bungalow” en llamas.
—¿Y esto? ¡Santo cielo!, ¿qué será esto? —murmuró, descorazonada.
Se había inclinado, sin embargo. Luego, intrigada, con la punta de los dedos recogió una hojita amarillenta que examinó, frunciendo el entrecejo.
Ya no oía el ronroneo del teleférico, el coro de jóvenes suizas que celebraba la floración de la primavera, ni el clamor de una colonia de parisienses en vacaciones que, en su canto, se burlaban de aquéllas, entonando “Tres orfebres por San Eloy”. La joven no sentía ya más que el soplo salvaje del viento, el resplandor estridente de los glaciares, el estruendo de un torrente, fenómenos majestuosos y naturales que casaban perfectamente con el mensaje inusitado del pergamino que tenía en la mano. Un auténtico pergamino. No cabía duda. ¿Cómo había podido conservarse, protegido de la nieve y el viento?
Maquinalmente, se levantó. Al ver el gorro de un empleado, se precipitó a él y le repitió los nombres de las montañas que acababa de descifrar.
—Sí, seguro —rezongó el hombre con acento lionés—. La muralla de Fiz, Anterne y el Buet se halla frente a usted.
—¿Hay refugios?
—El chalet de Anterne..., pero no podrá ir así, con esos zapatos. El camino es duro.
Ella dio unos pasos, vacilante. Al fin y al cabo, era una tontería... Tal vez el documento era el vestigio de una expedición de “boy-scouts”, a los que les habían asignado un tema de operaciones, aunque resultaba raro que para ello hubiesen empleado un pergamino tan antiguo, y llevado el gusto de la imitación hasta decolorar la escritura. De todas maneras, se ocuparía del asunto, puesto que necesitaba ocuparse de algo. Podía hacer lo que quisiera, ya que no tenía que darle cuentas a nadie.
Su paso se tornó más decidido. Con sus pequeños zapatos, se deslizaba mucho menos que Tartarín con todo su peso. ¡Vaya, volvería a ver a Tartarín, puesto que iba a Anterne! Se apoyó en una roca para saltar, y luego se paró, en busca de las señales rojas que cada veinte metros, en las rocas, marcaban la dirección de las pistas. Sonreía, divertida por aquellas marcas que constituían el preludio de su marcha en busca del tesoro, contenta de la pureza del aire, de la blancura de la nieve, cada vez más blanca a medida que se alejaba de la estación.
Penetró en un corredor sombrío, muy fresco, donde la nieve era tan espesa que perdió las indicaciones rojas. Tuvo que remontar la nieve a cuatro patas. Sus pequeños zapatos de crepé resbalaban, y su falda estaba empapada. Entre dos acantilados, volvió a hallar el sol y la pista. Esta se deslizaba por una pendiente que la hizo bajar más de prisa de lo que hubiese querido. Luego, cuanto más descendía hacia el valle, más se iban espaciando las bolsas de nieve, remplazadas por cuadros de flores. Abajo, en un abismo oscuro, un torrente cantaba eternamente. Se detuvo al cabo de una hora al borde de un manantial que cortaba el sendere y bebió, tendida boca abajo, muerta de hambre, pero encantada. Unos pajaritos revoloteaban a su alrededor, por encima de su cabeza, rompiendo el silencio con sus agudos chillidos, junto con el constante murmullo del agua.
¡Vaya cara que pondría Tartarín cuando la viese surgir en el chalet de Anterne con su faldita escocesa, su blusa plisada y sus zapatitos parisienses! Reía sola. ¡Tanto peor para Tarzán! Resultaba sumamente agradable ser libre y poder hacer su santa voluntad.
—¿Ha perdido algo?
Antoine dijo que sí con el gesto, luego que no, que sí, pero que no tenía importancia.
—Si son las cerillas, hay en el chalet.
Estaba sentado en el borde de una cama-jaula. La estrecha estancia, toda ella enmaderada, daba, por una ventanuca, a una pendiente herbosa sembrada de manchas de nieve que descendía hacia una hondonada de color azulado. Por allá, por encima de la cumbre del Brevent y de las agujas Rojas, reinaba la blancura de la cadena del Mont Blanc, al que la puesta de sol comenzaba a rosar en medio de un cielo descolorido. Era exactamente el espectáculo que le había prometido la guía azul, dotando con un asterisco el collado de Anterne. Asimismo, le había anunciado un chalet-hotel; lo había encontrado y, a pesar de sus doloridos pies, hubiese sido el más feliz de los buscadores de tesoros si una vez instalado en la diminuta estancia que alegraban dos lechos blancos, no hubiese tenido la idea de tratar de orientarse nuevamente en el documento del caballero..., puesto que dicho documento había desaparecido.
Antoine había buscado en vano con la destreza de un policía. Había esparcido sobre el suelo, de desiguales tablas, el contenido de su gigantesca mochila.
En el momento en que la hija del posadero había venido a anunciarle que la sopa estaba servida, no había obtenido del joven más que la más amarga de las risitas. Y de nuevo había vuelto a sonreír amarga y dolorosamente cuando, adivinando su ansiedad, la muchacha se había decidido a preguntarle si había perdido algo. No, Antoine no había extraviado aquel documento, se lo habían robado, de esto no tenía la menor duda.
—¡Ya bajo, ya bajo! —le gritó a la chica, cuando ésta cerraba la puerta.
No veía cómo los montes se estaban hundiendo en las sombras, á través de la ventana, ni cómo la nieve seguía brillando en las purpúreas cumbres; su imaginación se hallaba totalmente ocupada por el joven de la chaqueta de ante. Volvía a verle, inclinado sobre los libros de la biblioteca, fumando su pipa con aire indolente en la parada del autobús, saltando fríamente detrás suyo en la plaza Pereire... Se lo figuraba sin pena, flemático, rebuscando en su mochila, en sus ropas... ¿Pero dónde? ¿La noche pasada, en Chamonix? ¿En el teleférico, aprovechando los empujones?
Bajó la sonora escalera de madera y fue a sentarse a una mesita recubierta de hule, en un rincón del estrecho comedor rectangular, ya invadido por la noche.
Tragó una ardiente sopa de coles, mientras estudiaba cuidadosamente a los demás comensales. Una docena de hombres y mujeres con ropas de montaña, de los que unos se preparaban a escalar el Buet al día siguiente, y los otros, llegados de Sixte, se aprestaban a descender a Chamonix. Deseosos de dormir, terminaron la cena antes que Antoine, el cual, dos veces seguidas, subió de cuatro en cuatro los peldaños hasta su habitación, seguro de pillar a alguien hurgando en su mochila. Volvió al comedor, desengañado, pero con la mano en el bolsillo del “short”, donde había deslizado el revólver de su cuñado. Se trataba, por lo visto, de un juego peligroso y ya estaba arrepentido de no haber metido en el mismo a dos o tres de sus camaradas, en medio de los cuales, aquella noche, se habría sentido más seguro para proseguir la búsqueda del tesoro de Jaffa.
Había concluido la comida, pero retrasaba el momento de subir a acostarse. Con las piernas cruzadas, un cigarrillo entre los labios, un vaso de “marc” en la mano, soñaba, contemplando la entreabierta puerta del chalet que dejaba pasar el aire frío de la montaña. Le habían arrebatado el plano, lo cual resultaba muy enojoso puesto que desde aquel momento la banda podía correr en busca del tesoro. Por suerte conocía el plano de memoria. Y si la Providencia le ayudaba, mañana, antes del mediodía, habría desenterrado la cajita. Se sentía inclinado a emplear un vocabulario romántico, invadido por el recuerdo del conde de Montecristo.
¿Qué aspecto tendría la cajita? Ni Bruslard ni el marqués de Flèche la describían. Antoine, por su parte, la veía de unos cuarenta centímetros de largo por quince de ancho, y la dotaba de una tapa ojival. De madera negra, aunque cubierta de tierra, y rodeada de un círculo metálico, mohoso por la humedad. Sin duda la cerradura saltaría a la menor presión. De no ser así, la emprendería con ella a golpes de bastón.
—Otro “marc”, por favor.
Contempló el líquido brillando en el vaso, recordándole el cegador resplandor de los diamantes, una vez que la tapa hubiese saltado. ¿Eran “diamantes” lo que había dicho el marqués de Flèche? Después de un nuevo sorbo, una cascada multicolor de zafiros, esmeraldas, turquesas, rubíes, granates. Sabía que algunas piedras valen menos que el diamante, pero se sentía ya suficientemente rico para permitirse una ligera pérdida, en beneficio de tantos colores resplandecientes, encantadores.
Durante los siguientes sorbos, se vio levantando la cajita, envolviéndola en su camisa, deslizándola en su mochila, e incluso cruzó de nuevo las piernas, bajo aquel peso formidable.
El acto siguiente pasaba en París. Antoine rechazaba la idea de entrar en la casa “Citroën”. Le ordenaba al chofer de su taxi que le condujese a “Bugatti” o a “Talbot”. Su primera compra de Creso sería un inmenso automóvil blanco con un motor interminable. Cierto que antes regresaría de Chamonix en coche-cama. En los coches-cama hay toda clase de comodidades: camas de terciopelo, puertas almohadilladas, pantallitas rosas, servidores que hablan inglés y que sirven cócteles. Se echó a reír: se veía llegando a casa de la viuda Lombardo para recuperar sus cincuenta tomitos y sus tres camisas.
“No, no me quedo, querida señora. Al fin y al cabo, ¿por qué no ir al Ritz? Se halla más cerca de mi Facultad.”
Al instante se lanzó en persecución de aquel pretexto: con su traje de casa Creed, se marcharía a la escuela Bonald para pelearse con el compadre Boislevin. No halló ninguna excusa para ello, lo que le inclinó a una cierta melancolía; era muy bonito ser millonario, pero era preciso saber defenderse de los ladrones. Hay millonarios que se arruinan. Antoine guardaría la cuarta parte de sus bienes en piedras preciosas; con la otra cuarta parte compraría lingotes de oro, y los guardaría en la caja fuerte de un Banco. Otra cuarta parte le serviría para comprarse casas, que no pierden valor, y al decir casas quería referirse a un hotelito en París, una villa en la Costa Azul y un castillo en la Turena o en la Borgoña. Con el resto del tesoro, compraría acciones seguras y viviría de sus dividendos. ¿Es que el Estado no tenía derecho sobre los tesoros? Se estremeció ante la idea, pero consiguió rechazar esta hipótesis, imaginando una soberbia llegada en coche a la Sorbona. Denise, Jacqueline, Coruel y Belanger estaban reunidos en torno al automóvil con los ojos muy abiertos, cuando un ruido chirriante arrancó de sus sueños a Antoine, haciéndole dirigir la vista a la entrada del chalet.
La puerta se abrió lentamente. Al principio no vio nada, por lo que creyó sería cosa del viento. Luego, contra el fondo negro de la noche se recortó una silueta vacilante que la lámpara de acetileno suspendida sobre el umbral acogió con su cruda luz.
La silueta exhaló un suspiro que se prolongó en un estornudo, luego recobró la respiración y se pasó la lengua por los labios. Movió la pierna y, en un supremo esfuerzo, penetró en el comedor. Temblaba, en tanto el sudor de un día de marcha coloreaba aún su semblante, un semblante de corta barbilla, labios bellamente curvados y una mirada a todas luces fatigada.
Al principio a Antoine le sorprendió su extraño peinado, un mechón de cabellos caídos sobre la frente, que ella rechazó con un cortante gesto de las manos. Luego se escandalizó por el vestido ciudadano de la joven. Llevaba una falda escocesa, una blusa que la hierba, por la que abría rodado, había llenado de ramitas y pinchos, y sus piernas enfundadas en nylon terminaban dentro de unos zapatitos de ante con suelas de crepé, muy indicadas para dar una vuelta por los Champs Elisées. El ante estaba por otra parte plagado de cortes, las medias deshilachadas y, por encima de la rodilla, un pañuelo anudado daba a entender que la muchacha había caído lastimándose.
La hija del posadero había atravesado el comedor yendo a su encuentro.
—Buenas noches, señorita. ¿Es para dormir? ¿Va sola?
—Sí, pero antes quisiera sentarme, comer y beber algo.
—¿Ha dejado fuera su mochila?
—No tengo mochila, sino un bolso. ¡Y mis piernas! Las cuales me están dando a entender que vengo muerta.
Se dejó caer sobre una silla de la mesa contigua a la de Antoine, mientras la pequeña Susy le explicaba que había hecho mal yendo hasta tan lejos y tan arriba con tan menguado equipaje.
—Tiene usted razón. Pero es que había tomado el teleférico del Brevent. He visto el chalet. Y no sabía que se hallaba a tan gran distancia. Bueno, quisiera algo caliente.
—Sí, para empezar le traeré una sopa.
—¡Estupendo, una buena sopa!
—Ahora que; respecto a dormir, no nos queda ninguna habitación. Tendrá que compartir un dormitorio con el caballero.
El desconocido hizo un gesto maquinal con la mano para indicar que por su parte no habría inconveniente; entonces, la joven volvió la vista hacia él y una sonrisa le entreabrió los labios al reconocer en el “caballero” a Antoine.
Este se pasó una mano por los cabellos. Su corazón estaba latiéndole aceleradamente. Había reconocido en la joven que iba a compartir su habitación a la del teleférico, intentó hacer memoria. En el teleférico, cuando él había estado a punto de aplastarla con su mochila, al pasar, ¿no se había dicho que aquel rostro ya lo había visto vagamente en Chamonix, bien en su hotel, en una tienda o en un café?
Con cierto retraso, correspondió a la sonrisa de la muchacha.
—¿Está muy fatigada, eh?
La joven asintió.
Antoine se jugó decididamente muy fuerte. No dudaba ya de que se trataba de un miembro de la banda del joven con la chaqueta de ante. Pero ella no sabía que él estaba enterado. Probablemente era ella quien le había sustraído el documento, luego se había asustado al ver a Antoine sobre la pista del tesoro y le había seguido, a pesar de sus zapatitos de ante, disponiéndose a despojarle de los diamantes, bien adelantándosele en la busca de la cajita, bien intentando seducirle, como ocurre frecuentemente en las novelas de espionaje. También era posible que se hallase allá como simple indicadora, dispuesta a prevenir a la banda, tan pronto como él regresase del lugar del escondrijo, repletos los bolsillos con las preciosas gemas.
“¡Pues bien! —pensó, frotándose las manos—. ¡El juego se halla entre ambos, señorita!”.
Terminada la sopa, la muchacha halló restos de energía, se levantó, pidió el lavabo y luego, informada por la pequeña Suzy de que a dos mil metros de altitud no encontraría todas las comodidades a que, sin duda, se hallaba acostumbrada, se retocó los labios con carmín, apaciblemente, delante de un espejo proporcionado por un vaso con un aperitivo de genciana.
Antoine, que ya había observado bastante, se levantó, descruzando previamente sus piernas adormiladas, saludó a la joven con un ceremonioso movimiento de cabeza y subió a su habitación tras haber rogado que le llamasen a las seis.
Empujó su mochila bajo la cama, se puso el pijama, se metió entre las sábanas y decidió fingir estar dormido para observar si la espía que compartiría con él el cuarto se aprovechaba de su sueño para hurgar de nuevo entre sus cosas.
Pero fatigado, a fuerza de fingir estar dormido, se durmió de veras. Se despertó sobresaltado cuando oyó el chirriar de la puerta. Con una vela en la mano, apareció la espía, guiada por Suzy.
—Como ve, el caballero duerme ya. Su cama es aquélla. Buenas noches.
Con el rostro protegido por el codo, Antoine espiaba a su vez. La joven le echó una breve mirada, y luego fue a contemplarse ante el espejo que había colocado sobre la palangana puesta en equilibrio sobre una delgada tabla de madera blanca.
Pese a sus esfuerzos, Antoine estaba durmiéndose otra vez, cuando se apercibió de que la intrusa colocaba su blusa sobre el respaldo de una silla de paja. Entonces, por primera vez, Antoine fue sensible al encanto de los azares montañeros que le ofrecían como vecina de cama una muchacha tan joven y hermosa. Si continuaba vigilando sus gestos, era con el fin de descubrir sus intenciones, seguro; pero, de todas formas, aquella vigilancia le ofrecía un sabor completamente insospechado.
La muchacha había encendido un cigarrillo y luego, abriendo el bolso que había colocado bajo su almohada, sacó un peine con el cual empezó a desgreñar su larga cabellera alborotada por la caminata. Luego se volvió hacia Antoine, que restableció al instante su fingida respiración regular de durmiente y, tranquilizada, de un solo gesto, se quitó la falda. Antoine estaba aspirando majestuosamente el aire por la boca, despidiéndolo por la nariz, con la cadencia de las olas que mueren en la playa, pero su respiración se vio totalmente trastornada cuando la muchacha abrió las ropas de la cama y luego atravesó la estancia de puntillas para apagar la vela, instalada cerca de la palangana. Antoine siguió su regreso a la cama gracias a la puntita roja del cigarrillo, oyó rechinar el somier y concluyó que a tan pocos pasos de aquella infernal, aunque preciosa criatura, no conseguiría dormir, a pesar de la pesadez de su nuca, el martirio de sus talones y los escalofríos que recorrían su cuerpo desde los pies a la cabeza.
No tardó en escuchar la respiración de su vecina, regularizándose. Adivinó que a cada inspiración su breve naricilla debía ensancharse, y a cada expiración, sus labios se entreabrirían, aquellos labios tan dignos de ser besados. En las habitaciones contiguas se oían rumores de voces, a la vez ensordecidas y resonantes por los tabiques de madera. Fuera, un ave nocturna silbó brevemente. Los porticones se hallaban estriados con una luminosidad amarilla procedente de la lámpara de acetileno que, a la entrada de la choza, continuaba luciendo para guía de los probablemente muy pocos viajeros extraviados en la soledad de la montaña.