Capítulo III
—¿HAS vuelto?
—Sí, Fay. Quería verte. Pero a solas. Sin Seimour presente en nuestra entrevista…
—Me sorprendes… Creí que ya lo habíamos hablado todo. ¿Qué quieres ahora de mí?
—Matarte, Fay.
—Pero Brian… Dijiste… que eras inocente. Que sólo imaginabas esas cosas…
—Lo siento. Te engañé entonces. O tal vez no, no lo sé. Empiezo a sentirme como enloquecido, Fay. Creo que es preferible que yo mismo lo haga. Que termine con todos de una vez.
—Brian, es una locura. Yo lamento lo que hice entonces… No puedes ahora… asesinarme a sangre fría. Sería monstruoso. Tengo la idea de reparar algo del mal que te hice. Palabra. No es un pretexto, no pretendo eludir tu venganza, Brian…
—No hablemos de eso, Fay. Ya es tarde para reparar nada. Terminemos de una vez por todas. Ardo en deseos de acabar con esto. Dillman se cree muy listo, pero no logrará rodear mi cuello con su soga. Una novela no es una prueba. No es nada, salvo unos capítulos de intriga, de muerte violenta… Sólo eso querida Fay.
—Brian, detente. Es tiempo aún. No lleves tu novela al terreno de la realidad. Yo… yo creo saber quién pudo… utilizar tu imaginación para actuar, como si fueras tú, siguiendo la ficción, convirtiéndola en sangrienta realidad…
—No vas a disuadirme, Fay. No lo lograrás. Estoy decidido.
—Bien. Entonces… adelante. Actúa, Brian Barnes. O Steve Corman, cómo te llamas ahora… ¿Cómo piensas matarme? ¿Con un arma de fuego, con un cuchillo, con un objeto pesado, aplastando mi cabeza…?
—No importa el modo de hacerlo. Voy a matarte, Fay. Eso es lo único cierto de todo este disparate…
Ya estoy frente a ella. Ya descubro el miedo brillando en sus ojos de valerosa y varonil.
Ya se ha dado cuenta de que no hay remedio. De que he tomado mi decisión. Y de que voy a cumplirla…
Ella misma me ha dado la idea, la muy estúpida. Un objeto contundente, pesado…
Esa talla en bronce, obra de ella misma. Una figura de mujer estilizada y vanguardista, sobre ese soporte del mismo metal… Un golpe de ese objeto en su cabeza rubia, y estará muerta. Irremisiblemente muerta, con su cráneo hundido.
Adiós, Fay Edelman.
Adiós…
* * *
Me detuve. Dejé de teclear.
Quebré la historia, antes que el cráneo de Fay Edelman.
No necesité volverme. Sabía que no estaba solo. Adivinaba unos helados ojos asesinos, en mi nuca, en mi folio introducido en el carro de la máquina de escribir.
—Siga —invitó fríamente la voz—. Siga, Corman.
—Usted… —murmuré, volviéndome despacio, aunque sin cometer el error de girar todo el cuerpo en la silla—. Debí imaginarlo… señora Pearson.
La señora Pearson. La sobria, sencilla señora Pearson, con su traje oscuro, cerrado, con sus gafas de dorada montura, de numerosas dioptrías, con su oscuro cabello, peinado liso hacia atrás…
La señora Abigail Pearson, de Inmobiliarias Acme. La administradora de los bungalows. Ella. Y su arma de fuego.
Observé ésta última en su mano. No le temblaba el pulso lo más mínimo. Dispararía sin vacilar, y sólo distaba de mi cabeza cosa de unas veinte pulgadas. El cañón era largo, muy largo, prolongado por un feo, cilíndrico, silenciador.
Las detonaciones, si las había, serían como taponazos de champaña. Y yo estaría muerto. Yo, el "asesino".
Eso hubiera podido ser muy gracioso. Pero no lo era.
—¿Por qué debió imaginarlo? —me preguntó ella suave, heladamente, sin separar sus astutos ojos de mí.
—Porque usted era la única persona que tenía acceso a todo: a la casa, a los muebles… La que podía entrar y salir en una ausencia mía, o mientras yo dormía… Abrir esa gaveta, usar llaves duplicadas. O una maestra, para cualquier clase de cerradura… Usted, señora Pearson…
—Pero no lo sospechó.
—No, no lo sospeché. No la relacionaba en absoluto con este caso.
—Fue su error. Estoy relacionada con él.
—Ya lo veo. ¿En qué grado, exactamente?
—Inmobiliarias Acme… es uno de los negocios que controlan sus seis amigos, la Sociedad Ajax de industrias, negocios, espectáculos…
—Oh, ya veo. Y usted… sirve a alguien.
—Eso es —sonrió, acerada.
—El asesino. El verdadero asesino…
—Estamos hablando demasiado —suspiró ella—. Termine su relato. Es fascinante. Acabe de matar a Fay Edelman. Vamos, hágalo ya…
—No terminaré ese capítulo, señora. Usted lo hará por mí. Usted… o su cómplice, claro está.
—Bien, si lo prefiere así… —se encogió de hombros—. Terminaremos la tarea. Luego, usted aparecerá muerto, sobre su máquina de escribir. Un suicidio. El asesino no pudo soportar más la tensión, y acabó con su propia existencia, sentado ante la máquina que reproduce siempre sus obsesiones… Hermoso final para una dramática historia, ¿no le parece?
—Es evidente que le sobra tanta imaginación como a mí —susurré malhumorado—. ¿Va a disparar ya?
—No —dijo—. Me gustaría más que usted pagara sus culpas, arrestado por Dillman, acusado de múltiple asesinato… Un desenlace en la silla eléctrica. También sería hermoso.
—Arriesga mucho, señora Pearson. Puedo convencer a Dillman, y…
—Nunca le convencerá. Le faltan evidencias. Además, usted disparó sobre Howard. Eso es incuestionable. Está perdido, compréndalo…
Se acercó más a mí. Me pregunté qué iba a hacer. El cañón del arma estaba tan cerca, que sentí incluso el agrio olor del metal pavonado.
Luego, de repente, ella descargó un golpe terrorífico con el pesado cañón de su pistola.
Vi venir sobre mí aquel acero, que me martilleó brutal en la sien.
Todo se hizo oscuro para mí.
Debí caer. Pero eso, ya no lo sabía. Eso, ya no lo sentí siquiera.
* * *
Mis manos…
Estaban fuertemente ligadas. Igual que mis tobillos.
La cabeza me dolía horriblemente. Le sien donde recibiera el impacto de la pistola, parecía que fuera a estallar. Su agudo dolor taladraba mi cerebro, alcanzándome de modo punzante en lo más sensible de mi mente.
—¿Qué significa…? —mascullé.
—Significa que vamos a desarrollar pacientemente el último capítulo de la tragedia, Corman.
La miré. Ella estaba allí. Habíase vuelto hacia mí, serena, llena de calma, de seguridad en sí misma y en su triunfo.
Ya no estábamos en el living. Admiré su fuerza, si había sido capaz de conducirme a mi alcoba, tras el golpe. Porque en el dormitorio estábamos. Con las cortinas corridas ante la ventana.
En la señora Pearson se había operado una sorprendente transformación. Ya no llevaba gafas. Ni las necesitaba, evidentemente. Las dioptrías debían de ser imitadas, con algún truco en los cristales. Sus ojos eran agudos, fríos y llenos de maliciosa luminosidad.
Sobre la mesilla, yacía una peluca negra, de cabellos lisos. Su pelo era de un matiz rubio rojizo. Su cuerpo, se mostraba infinitamente más atractivo y juvenil.
—Empiezo a gustarle, ¿verdad, Corman? —sonrió.
—Empiezo a comprender por qué gusta usted a alguien, y qué clase de complicidad es la suya en el juego… —suspiré—. Una peligrosa mujer, atractiva y sin escrúpulos, que cubre sus atractivos físicos para no despertar sospechas en nadie… Es usted muy inteligente, señora Pearson.
—Me halaga que lo admita así —se cruzó de piernas, y la exhibición resultó ya escalofriante. Luego, rió burlonamente, entre dientes—. ¿No se pregunta usted qué va a suceder ahora?
—Sabe que me lo estoy preguntando desde que recupere el conocimiento. Y no me gusta ninguna de las respuestas que se me ocurren.
—Pues la verdadera respuesta le gustará menos aún —se mofó—. Estamos esperando, señor Corman…
—Esperando, ¿qué? —me inquieté.
—El asesinato de Fay Edelman en su estudio de trabajo…
—Dios mío —cerré los ojos—. Yo mismo la sentencié…
—Claro que lo hizo. ¿Por qué se le ocurrió continuar, sabiendo parte de la verdad, como ya sabía?
—Porque quería descubrir al culpable.
—¿De veras? —sus ojos revelaron cierta leve inquietud, pero se borró pronto y regresó a su serenidad impresionante—. Bien; no puede quejarse. Tuvo éxito. Ya lo descubrió. A uno, cuando menos…
—Sí, pero no confiaba en que fuese tan rápidamente. Me cogió desprevenido. No me sirve de gran cosa saber lo que sucede, si no puedo evitarlo… Nunca debí intentarlo. Nunca… Al menos, por Fay.
—Creí que odiaba a muerte a todos los que le dejaron fuera del negocio y le enviaron a prisión durante varios años…
—Ya no odio a nadie. Salvo a usted, si acaso Y a su desconocido compinche…
—Me divierte su odio, pero no me preocupa, Corman —soltó una carcajada irónica—. Conmigo, ni siquiera puede desahogarse, escribiendo mi muerte, mi fracaso, un viaje lento y lleno de arrepentimientos hacia la cámara de ejecuciones, como le gustaría escribir, ¿no es cierto, Corman?
—Posiblemente —me encogí de hombros. Mordí el labio inferior. Miré mi reloj de pulsera, moviendo con dificultad las muñecas, atadas entre sí, y ligadas por una cuerda tensa a las ligaduras de los tobillos; la señora Pearson sabía hacerlo todo muy bien. Incluso atar a uno como un fardo. Dije con voz helada—: ¿Cuándo… cuándo sucederá?
—Esta noche. Ahora —sus ojos brillaron, malévolos—. Será rápido todo. La estatuilla de bronce, varios golpes adecuados… y adiós a Pay Edelman, como usted remató tan patéticamente su fragmento último…
—Ha sido a su estudio de escultora, ¿es eso? —mascullé—. Su cómplice, el ejecutador… ha ido a buscar a Fay para matarla allí, tal como yo describí…
—Exacto, Corman.
Hubo ahora un tenso silencio. Tanto, que cuando sonó el timbre del teléfono, me sobresaltó violentamente. Y también a ella.
Respiró hondo. Yo dilaté los ojos. La miré, muy fijo. La vi venir rápida hacia mí, con algo entre sus dedos. No pude evitar que me lo adhiriese a los labios. Era una ancha cinta adhesiva, que me amordazó con eficacia.
—Por si acaso, señor Corman —dijo, burlona. Y acudió al teléfono que seguía sonando. Lo descolgó. Escuchó, rígida, sin despegar los labios. Oí, distante, el susurro de una voz de hombre. Ella sonrió, mirándome irónica. Habló, en tono suave, ahogado también. Sin prisas—: Sí, querido… Conforme en todo. Es un problema que Fay no esté sola… No podemos esperar mucho. Tendrás que hacerlo así… Sí. A las dos. Las dos víctimas a la vez. Añadiremos algo al texto de Corman. Algo convincente. Después de todo, puede existir un motivo… No te demores, amor. Termina cuanto antes. Queda todavía mucho por hacer… Sí, no debes preocuparte. Todo sigue bien aquí. Él no puede hacer nada. Controlo la situación. Hasta luego, amor. Y suerte… No te ensañes demasiado. No será preciso…
Y colgó, riendo sarcástica. Se quedó mirándome. Su mueca tenía una satánica, una perversa complacencia, que incluso me dio miedo.
Vino a mí lentamente, con un cimbreo de caderas que yo desconocía en ella. Arrancó el esparadrapo de mis labios. Vi que tenía otros varios a punto, por si era preciso utilizarlos.
—Eran buenas noticias —susurró—. Una llamada, desde una cabina telefónica, frente al estudio de Fay Edelman… Él está a punto. Fay está arriba… aunque acompañada.
—Cielos… —trague saliva—. Y van a matar a dos personas…
—No hay otro remedio.
—¡Un doble asesinato! Es monstruoso…
—Es necesario. Lástima que esa segunda víctima, la persona que visita a Fay Edelman a hora tan intempestiva… sea una persona a quien usted conoce, y cuya muerte va a disgustarle con toda seguridad…
—¿Quién? —musité, con un escalofrío de horror, temiendo lo peor.
Y lo peor llegó.
Ella lo dijo, al pronunciar glacialmente su nombre:
—Sharon. Sharon Talbot…