Conclusión
Los acusados me miraron, como había ordenado el alguacil.
—Theo dore Grant, alias «Dinero», ha sido reconocido culpable de emplear su negocio con fines inmorales. Mi sentencia son seis meses de cárcel, multa de veinticinco mil dólares y expulsión de la ciudad, una vea haya cumplido la sentencia en la cárcel del condado. Su local quedará clausurado indefinidamente.
»Carlo Travino —éste era el pistolero italoamericano—, reconocido culpable de complicidad en la muerte de Jonah Merten, aunque no ejecutor directo, le impongo una condena de veinticinco años de prisión, que cumplirá en la penitenciaría de San Quintín.
»Pack Wallis, reconocido culpable de conspiración criminal para dar muerte a una persona, culpable asimismo de haber traicionado los secretos que estaba obligado a guardar por razón del cargo oficial que ostentó: por el primer cargo le impongo la pena de veinte años de prisión y cuatro por el segundo, que no podrá cumplir concurrentemente, sino a continuación la una de la otra, en la penitenciaría de San Quintín.
Miré al cuarto acusado. Deliberadamente, había dejado su sentencia para el final.
—Wedness Denkins, usted asesinó a Meddy Mac Ball, pero no ha podido probársele de modo satisfactorio. En cambio existen testigos que vieron disparar dos veces y, consecuentemente, matar a John Medbury, por cuyo crimen queda sentenciado a muerte, que se cumplirá en la forma y lugar prescrito por las leyes del Estado de California, en un plazo no superior a tres semanas.
Di dos golpes con el mallete sobre la mesa.
—¡Jefe Stracher, hágase cargo de los condenados! —Volví a usar el mazo—. ¡Caso concluido!
Estallaron los flashes y se rompió el silencio. Yo me puse en pie y traté de eludir a los periodistas.
Templeton me salió al paso.
—Magnífico, colega. Ha estado usted realmente espléndido.
Hablábamos mientras me dirigía a mi despacho, quitándome ya la toga por el camino.
—Gracias, juez Templeton. Usted es muy amable conmigo.
Norris, del Sentinel, me salió al paso con el bloc y un fotógrafo a las costillas.
—Juez Campshell —gritó, mientras el flash estallaba casi en mis narices—, ¿cuáles son sus planes para después?
Me eché a reír.
—Venga conmigo y lo sabrá.
Norris soltó una exclamación.
—¡Cielos, pero si va vestido de chaqué! ¡Y lleva una camelia en el ojal! ¿A dónde va usted ahora, juez?
—¿A dónde va un hombre con este indumento? —contesté.
Tiré la toga al aire y la recogió un policía. Templeton y yo salimos del Palacio de Justicia por la puerta trasera. Allí nos esperaba un coche, que nos condujo raudamente a la iglesia.
Me situé en mi puesto junto al altar. No tuve que esperar mucho.
Los compases de la marcha nupcial sonaron un par de minutos después. Más hermosa que nunca con el traje de novia, Lelia avanzó hacia mí.
Me miró un instante antes de subir las gradas del altar. Aquella mirada encerraba todo un mundo de amor. Tomé su mano. Nos arrodillamos frente al sacerdote.
FIN