CAPÍTULO XVI

Wallis, Denkins y Medbury, el director del Sentinel, sí, parecían de repente convertidos en sendas estatuas. No sólo era el verme a mí armado, sino también ver el desagradable espectáculo que ofrecía el cuerpo destronado del suizo. Ya he dicho que Suzy parecía dormir, pero no tardaron mucho en darse cuenta de que estaba muerta.

Wallis fue el primero en reaccionar. Dio un paso hacia mí y exclamó:

—Campshell —gritó—. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué hace usted aquí?

—Calma, sheriff —dije fríamente—. No se excite. Ni ustedes tampoco —me dirigí a los otros—. ¿No han recibido ayer unas cartitas mías citándoles aquí, en el Indiana?

—¡Con que ha sido usted! —bramó Denkins.

—El mismo. Y tengo en mi poder un sinnúmero de fotografías que no les favorecen mucho. A ninguno de los tres.

»A usted, Wallis, defensor de la Ley y del orden. A, usted, Denkins, miembro de la Liga de Buenas Costumbres y otras entidades análogas. A usted, Medbury, director del Sentinel y moralizador público. ¡Qué escándalo si la gente estuviese enterada de las bacanales que organizaban aquí todos los viernes!

Denkins fue el primero en reaccionar.

—Campshell, no sé cómo ha conseguido esas fotografías, pero sí sé el medio de hacerle conseguir un buen montón de dólares.

—¡Cállese! —le dije con repugnancia—. No he venido aquí para venderme, sino para intentar que se haga justicia.

—Usted ya no es juez, sino un ciudadano particular —chilló Medbury.

—Lo sé. Pero ¿voy a preocuparme ahora de ciertos tecnicismos legales, cuando ustedes mismos los han dado de lado para asesinar a Galaván, al doctor Wiggs, a Merten y a Sam Connor, sin contar a Meddy Mac Ball? Busquen asiento y escúchenme.

Obedecieron con el temor retratado en sus ojos. Confiaban en los pistoleros que les acompañaban, pero ya no quitaba ojo de ninguno de los dos y ellos lo sabían.

—Grant colaboraba con ustedes en la celebración de esas bacanales que he señalado antes —empecé mi relato—. Su colaboración, sin embargo, se limitaba a poner el local y a cobrar un buen alquiler por ello. Ni siquiera sabía que sus chicos estuvieran mezclados en este asunto. Actuaban por cuenta propia, obedeciendo órdenes, ¿de quién? —Miré a Wallis—. ¿Quién mejor que el jefe de policía de Clancy Point que conocía a los maleantes de la Ciudad para contratar a los que les convenías para el mejor desarrollo de sus turbios planes?

Con el rabillo del ojo pude ver un ligerísimo movimiento en una de las ventanas del despacho. Fingí no haberlo advertido y continué:

—Galaván podía hablar. Lo asesinaron. Él sabía la verdad de lo ocurrido con Mac Ball. No hubiera ocurrido nada si yo no hubiese dimitido y anunciado mi intención de actuar, una vez condenada a muerte Lelia Rhantyne. Entonces empezaron a buscar los testigos que podían ser más peligrosos y los eliminaron uno por uno, fríamente, sin piedad.

»Oh, claro que no lo hicieron ustedes directamente. Para eso estaban Marsh y Bucher y esta pareja de micos. Ustedes tenían que seguir desempeñando la parodia de hombres buenos, honestos y decentes, mientras a sus espaldas la gente iba muriendo.

»El doctor Wiggs murió por tener el feo vicio de anotar muchas cosas en su diario. A estas horas habrán quemado las páginas que le robaron, pero estoy seguro de que se sintieron muy aliviados cuando murió. Temían que un día hablara, a pesar del dinero que le dieron para que emitiera un diagnóstico no totalmente ajustado a la verdad sobre la muerte de Mac Ball.

Con la mano izquierda busqué cigarrillos y me puse uno en la boca. Luego lo encendí y aspiré el humo profundamente.

—Merten murió para que no hablase del trueque de pistolas que sólo un hombre situado en un puesto clave podía haber hecho: usted, Wallis. Lelia Rhantyne es cierto que compró el arma para matar a Mac Ball, pero usted, jefe de policía, la substituyó oportunamente por otra idéntica, de número más bajo y de una misma partida recibida por Merten. ¿Con qué objeto? ¡Conteste, Wallis!

El sheriff parecía abrumado. Con voz débil, dijo:

—Me lo pidió Grant.

Volví el rostro hacia el dueño del Indiana.

—Quería evitarle a Suzy todo compromiso —murmuré laciamente—. Así, si un día le veían la pistola encima, notarían que el número correspondía exactamente a la realidad.

—Gracias —repuse secamente. Miré de nuevo a Wallis—. Y usted tomó declaración a Connor y le obligó a decir que había sido Lelia Rhantyne la que había adquirido el arma bajo el nombre de Suzy Corliss, cosa que, en cierto modo, se ajustaba a la realidad. Pero Connor debía tener otros planes, por lo que se vieron obligados a suprimirle. Además de vendedor en la armería de Merten, era también uno de los fotógrafos de Mac Ball y les amenazó con extorsionarlos. Naturalmente, era un elemento al que había que suprimir.

»Merten también andaba en el ajo. Sospechaba algo turbio en el fondo de todos estos líos, porque el vejete, según he podido comprobar por las fotografías, era igualmente un asiduo concurrente a las fiestas que se daban aquí. Era de carácter timorato y temió algo mucho peor que el escándalo, por lo que ustedes decidieron que lo mejor era suprimirlo, antes de que se ablandara demasiado. Usted, Wallis, fingió colaborar conmigo, diciéndome que el incendio de la armería había sido intencionado. Le convenía seguir desempeñando ese papel para taparme los ojos.

Terminé el cigarrillo y lo arrojé al suelo, aplastándolo con el tacón del zapato.

—Bien, ¿eso es todo lo que tiene que decimos, Campshell? —preguntó Denkins retadoramente.

Le miré con fijeza durante unos segundos.

—No. Esos asesinatos no podrán ser probados, a menos que declaren ese par de micos que están ahí, y se cuidarán mucho de callar, para no poner en peligro sus preciosos cuellos. Es otro crimen el que tengo interés en probar, el que enviará a uno de ustedes tres a la cámara de gas como autor directo y a sus cómplices a San Quintín de por vida.

Inspiré profundamente.

—Vamos a ver —dije—. ¿Quién de ustedes tres mató a Mac Ball?

Hubo un momento de silencio. Medbury aparecía completamente acobardado. Wallis miraba a un lado y a otro como animal acorralado.

Fue Denkins el que, más sereno, me dio la respuesta.

—Está probado hasta la saciedad que fue su prometida, la señorita Rhantyne, la que disparó contra Mac Ball.

Tendí la mano izquierda hacia Denkins.

—¡Exacto! —dije triunfalmente—. Disparó, pero no lo mató. Mac Ball hubiera muerto poco después a consecuencia de los tiros, de no haber sido envenenado minutos antes. Uno de ustedes tres, Wallis, Denkins, Medbury, hartos de soportar la extorsión de Mac Ball, fue resuelto a asesinarlo, con pleno consentimiento de los otros dos, utilizando luego el pasadizo secreto que hay entre los dos apartamientos para huir. Sobornaron a Galaván, el cual estaba en la cocina haciendo desaparecer los rastros del veneno que le había sido administrado a la víctima cuando llegó la señorita Rhantyne. Pero luego, no seguros de su silencio, le hicieron desaparecer.

—No podrá probarlo —dijo Denkins con fanfarronería.

—¿No? —exclamé burlonamente—. Tengo en mi poder el dictamen emitido por el profesor Sterling, toxicólogo de la Universidad de Stanford. Mac Ball hubiera muerto de ambas maneras, pero da la casualidad de que el cianuro que ustedes emplearon actuó más rápidamente que las balas de Lelia Rhantyne. Por tanto, es obvio que sólo se la puede acusar de lesiones, pero nunca de homicidio.

»¿No lo sabían? Obtuve un mandamiento del juez Templeton y, en secreto, hice exhumar el cadáver de Mac Ball. Extrajimos las vísceras y se las enviamos para su examen al profesor Sterling. El análisis es contundente: muerte por envenenamiento como consecuencia de la ingestión de una fuerte dosis de cianuro potásico, Mac Ball murió envenenado, no de hemorragia causada por los disparos.

Callé un segundo. Miré a los tres miserables una tras otro.

—Ustedes verán quién es el que ha de ir a la cámara de gas. Dos podrán salvarse. El tercero…

Denkins palideció horriblemente. Retrocedió un paso.

El brazo del espantado Medbury se tendió hacia él repentinamente.

—¡Fue él! —chilló, un segundo antes de que una pistola apareciera en la mano del negociante.

Brilló un fogonazo y sonó un estampido. Medbury tosió y cayó de rodillas. Apoyó las manos en el suelo, Denkins puso el cañón de su pistola sobre la cabeza del periodista. Gatilló y el cráneo se abrió con siniestro chasquido.

Entonces le solté un tiro que le atravesó el brazo. La pistola cayó al suelo.

—Al menos —dije—, quiero conservar un testigo.

Issy lanzó un rugido de ira. Sacó su estilete y levanté el brazo para lanzármelo. Le atravesé el estómago de un balazo. El italo se quedó quieto.

—Y ahora —dije, mirando hacia la ventana, un segundo antes de que ésta se abriese—, he de decirles que toda la conversación ha sido grabada por mi buen amigo el sargento Stracher. ¿Qué tal, sargento?

Los policías irrumpieron en la estancia, pistola en mano. También entró un individuo con un hediondo cigarrillo pendiente de los labios.

—Buena tarea, juez —dijo, mirándome descaradamente. Entonces comprendí quién era el que me había avisado las dos veces.

—Fue usted —dije—. ¿Cómo lo supo?

Me guiñó el ojo.

—Uno —dijo— tiene sus amistades.

—Usted era enemigo mío, Tolliver.

—Lo era del bando en que se había alistado políticamente, que no es lo mismo. Mire si no el resultado que le dieron. ¡Puah! Carroña y basura todos ellos.

Gimieron las sirenas. Los policías empezaron a llevarse a los que habían quedado vivos.

—Juez —dijo Tolliver—, ¿qué piensa hacer con esas fotografías?

Le miré fijamente a la cara.

—Ya está hecho —contesté.

Suspiró.

—Lástima. Antes de haberlas destruido, me hubiera gustado echarles un vistazo.

—A mí, no.

—Claro. Adiós, juez.

—Adiós, Tolliver.