CAPÍTULO VIII
LA REINA AMAZONA
En el año de la Exposición Internacional, 1873, Elisabeth había cargado con tantos deberes de representación como nunca antes y nunca después, si bien lo hizo más a la fuerza que por su voluntad y permitiéndose algunas de sus célebres «cabriolas». Ahora necesitaba descanso. Y, desde luego, lejos de Viena. Su refugio preferido en estos tiempos era Gödöllö, la residencia campestre cercana a Budapest que la nación húngara había regalado en 1867 a los reyes recién coronados. Elisabeth escribió a su madre desde Gödöllö: «¡Aquí se vive tan tranquilo, sin parientes ni molestias, mientras que allí [en Viena] está toda la familia imperial! Además, aquí me veo libre de ceremonias, puedo pasear y salir en coche sola...», pero sobre todo, ¡podía montar a caballo!
La arena de lapuszta era ideal para practicar a diario la equitación durante horas. En aquella zona aún había caballos salvajes. El paisaje era romántico y natural, como le gustaba a Elisabeth, que incluso tomaba parte en las más difíciles monterías. La esposa del embajador belga, condesa de Jonghe, se expresó así: «Dicen que resulta magnífico verla a la cabeza de todos los jinetes y siempre en los lugares más peligrosos. El entusiasmo de los magiares no tiene límites; se desviven por seguirla de cerca. El joven Elemér Batthyány por poco se mata; por fortuna, sólo murió el caballo. Cuando están con su hermosa reina, los húngaros se sienten tan realistas que, según se comenta, el gobierno hubiese hecho grandes ahorros de haber comenzado estas partidas de caza antes de las elecciones».
Gödöllö era el imperio de Elisabeth. Allí regían sus leyes, que poco tenían que ver con las cuestiones de rango y protocolo. Los invitados no eran elegidos por su categoría aristocrática sino por su habilidad a caballo. Elisabeth reunió alrededor de ella a la élite de los jinetes austro-húngaros; a buen número de jóvenes y ricos, cuya vida transcurría casi exclusivamente en hipódromos y partidas de caza, y que no trabajaban ni tenían otras obligaciones.
Durante años, el favorito de Elisabeth fue el conde Nicolás de Esterházy, que recibía el sobrenombre de Sport-Niki. Su inmensa finca era vecina a la de Gödöllö. Poseía Esterházy una renombrada cría de caballos de pura sangre, y también proporcionaba animales a las caballerizas de Elisabeth. En los años sesenta y setenta de su siglo, Niki Esterházy fue, quizás, el primer jinete de Austria-Hungría, siendo considerado a lo largo de muchos años el indiscutible master de las monterías; figuró entre los fundadores del «Jockey-Club» de Viena, y, además, era un león de los salones y soltero, dos años menor que Elisabeth. También el «bello príncipe», Rodolfo de Liechtenstein, procuraba estar cerca de la emperatriz. Era (y permaneció) soltero, algo más joven que Elisabeth y un famoso jinete y caballero. En la década de los setenta destacó, asimismo, como compositor de canciones. Siempre fue un rendido admirador de la soberana.
Especialmente llamó la atención la frecuente presencia en Gödöllö del conde Elemér Batthyány, ya que era hijo de aquel presidente del Consejo de Ministros al que el joven emperador Francisco José había mandado ajusticiar en circunstancias muy humillantes. La viuda de Batthyány y su hijo Elemér se negaban a encontrarse con el emperador y le hacían el feo de no saludarle si de improviso se tropezaban con él.
Elisabeth demostró siempre de manera muy clara que condenaba muy severamente los métodos de la política y la justicia austríacas durante la revolución de 1848-49. Comprendía la postura irreconciliable del joven Batthyány y le demostraba sus simpatía en todas las ocasiones posibles.
Como era natural, también invitó a Elemér a Gödöllö en presencia del emperador, y Batthyány se apartaba tan pronto como veía acercarse a Francisco José. Y pese a lo rígido que era el soberano con respecto a la etiqueta cortesana, cuando estaba con su mujer en Gödöllö toleraba sin protestar que Batthyány le despreciara. Incluso parecía esforzarse en pasar por alto tan violentas escenas, con lo que daba a entender su comprensión. Otro frecuente huésped de Gödöllö era, lógicamente, Gyula Andrássy, que continuaba siendo un excelente jinete. Sin embargo, no podía competir con un Esterházy, un Liechtenstein o un Bathyány. No en vano era imperial y real ministro de Asuntos Exteriores, estaba muy ocupado y no le quedaba tiempo para lucir su habilidad a caballo. Además, entre tanto había cumplido ya los cincuenta años, y su interés por las carreras no era el de antes.
Sisi también invitó a Gödöllö a su sobrina María, baronesa de Wallersee. Era la hija de su hermano Luis y de la actriz Enriqueta Mendel, de Munich. La pequeña Wallersee no sólo era una muchacha sorprendentemente bonita (cosa que, como sabemos, Sisi valoraba mucho), sino también una extraordinaria amazona. Elisabeth disfrutaba provocando con su presencia a la alta aristocracia. Porque, a pesar de su estrecho parentesco con la emperatriz, «la pequeña Wallersee» no poseía categoría social, a causa de su madre, y no pasaba de ser una «bastarda». Elisabeth hizo de su sobrina María casi una creación propia: la vestía a la última moda, le enseñó a moverse debidamente en sociedad y le inculcó la necesaria arrogancia frente a los hombres. Era evidente que gozaba con la sensación que la rubia jovencita producía a su lado. Comentó María: «Tres veces por semana íbamos de caza. ¡Era maravilloso! Elisabeth estaba cautivadora a caballo. Llevaba el pelo en gruesas trenzas alrededor de la cabeza y, encima, un sombrero de copa. El traje le caía a la perfección, y las botas tenían diminutas espuelas. Elisabeth se ponía tres pares de guantes, uno encima del otro, y el inevitable abanico iba guardado en la silla». (Ese abanico era sacado inmediatamente por la emperatriz en cuanto aparecía algún curioso, para que no le viese la cara.)
Elisabeth no tardó en convertir en su confidente a la joven sobrina. Palabras de ésta: «Yo disfrutaba al máximo los dilatados paseos a caballo con la emperatriz, que de vez en cuando tenía el capricho de vestirse de chico. Yo tenía que hacer lo mismo, claro, y recuerdo la vergüenza que sentí cuando por primera vez me vi en pantalones. Elisabeth se imaginaba que ese absurdo capricho pasaba inadvertido en Gödöllö, cuando en realidad todo el mundo estaba enterado. Creo que el único en ignorarlo era Francisco José».
También fueron pronto del dominio público otras originalidades de Elisabeth, al menos en la corte vienesa: la emperatriz se había mandado construir en Gödöllö una pista de circo, como antaño hiciera su padre en Munich. Allí practicaba la alta escuela de equitación y se entrenaba con caballos de circo. Explica su sobrina María: «Era un espectáculo encantador ver a la tía, vestida de terciopelo negro, haciendo dar la vuelta a la pista a paso de danza a su pequeño pura sangre árabe. Claro que, para una emperatriz, no dejaba de ser una ocupación un tanto extraña».
Hasta sus parientes bávaros, ya acostumbrados a cosas chocantes por el padre de Sisi, se asombraron bastante cuando la pequeña Valeria explicó, llena de orgullo, al príncipe regente Luitpold:
—¡Fíjate, tío: mamá ya sabe saltar a caballo por dos aros!
Instructoras de estos ejercicios circenses eran las más famosas amazonas del circo Renz: Emilia Loiset y Elisa Petzold. Ésta, sobre todo, era invitada con frecuencia a Gödöllö y tenía fama de ser una de las confidentes personales de la emperatriz, que demostró su afecto a Elisa Petzold (que en los círculos cortesanos era conocida también por el nombre de Elisa Renz) regalándole, por ejemplo, uno de sus caballos favoritos, Lord Byron, e invitándola a las monterías más destacadas. Cuando Emilia Loiset, de sólo veinticinco años, murió en París de un accidente ocurrido en la pista, casi ningún diario olvidó mencionar que la víctima había mantenido estrecha relación con la emperatriz de Austria.
El propietario del circo Renz, Ernesto Renz, asesoraba alguna vez a Elisabeth en la compra de caballos. También él se convirtió, gracias al favor de la soberana, en una persona célebre en los más distinguidos círculos. Un ex director de circo llamado Gustavo Hüttemann daba clases de adiestramiento hípico a Elisabeth en Gödöllö. Francisco José lo tomaba todo con resignación y sin perder el humor. Un día, por ejemplo, le dijo a Hüttemann: «O sea que, ahora, los papeles están cambiados. Esta noche, la emperatriz actuará de amazona. Usted dirige la alta escuela, y yo hago de caballerizo mayor».
Aparte los artistas de circo, Elisabeth también invitó a gitanos. Le gustaba su música y pasaba por alto, generosa y sonriente, todas las molestias que tales visitas traían consigo. Los lacayos, y también el ayuda de cámara del emperador, estaban horrorizados: «Por Gödöllö paseaba toda esa gente de mala ralea: hombres, mujeres y niños llenos de mugre y vestidos de harapos. No era raro que la emperatriz hiciera entrar en el castillo a un nutrido grupo de gitanos, que eran bien atendidos y, además, recibían abundantes víveres como regalo».
Todas las curiosidades y anormalidades despertaban el interés de Elisabeth. Una vez se mandó llevar a Gödöllö la nueva atracción del circo de Ofen: dos muchachas negras siamesas. «Pero al emperador le estremeció tanto la idea, que ni siquiera las quiso ver», escribió la emperatriz a su madre, Ludovica, ya suficientemente acostumbrada a tales cosas por las excentricidades de su Max.
Cuanto más intensa y exclusivamente se dedicaba Elisabeth al deporte de la equitación, y cuanto más se rodeaba de amantes de la hípica, más descontenta empezaba a sentirse en Gödöllö. La temporada de caza era demasiado breve, ya que se iniciaba después de la cosecha (a principios de septiembre) y finalizaba, por tradición, el 3 de noviembre, día de San Huberto. Además, los espesos bosques constituían un impedimento para la caza, y había pocos obstáculos y pocas posibilidades para saltar: en su mayoría, pequeñas zanjas, en lugar de las altas vallas típicas de la caza inglesa. Y la montería al estilo inglés era el non plus ultra también para los aficionados austríacos. Quien no contara con éxitos —o, al menos, con la participación— en partidas de caza inglesas, no gozaba de consideración entre la élite de los jinetes.
La ex reina María de Nápoles, la hermosa hermana de Sisi, había seguido ya la moda y (con ayuda de los Rothschild) poseía en Inglaterra un pabellón de caza. Escribió varias veces a Elisabeth llena de entusiasmo, y en 1874 la invitó a Inglaterra. El motivo oficial de este primer viaje de la emperatriz a tierras británicas fue que la pequeña Valeria necesitaba tomar baños de mar y que el lugar ideal para ello era la isla de Wight.
Para evitar problemas de carácter político, Elisabeth viajó bajo el nombre de condesa de Hohenembs. Sin embargo, esto no le bastó para esquivar una visita de cortesía de la reina Victoria, que también pasaba el verano en la isla de Wight, más exactamente en la localidad de Osborne. Aquella visita inesperada y anunciada con tan poca antelación no agradó a Victoria, que escribió algo molesta a su hija: «La emperatriz insistió en verme hoy. Todos estamos decepcionados. No me parece una gran belleza. Tiene el cutis bonito, una figura espléndida, los ojos pequeños pero lindos y la nariz no muy perfecta. Debo decir que resulta mucho más en grande tenue, cuando luce su preciosa cabellera, que la favorece especialmente. Para mi gusto, Alix [princesa de Gales] es bastante más guapa».
También la princesa heredera de Prusia, Victoria, hija mayor de la reina, se encontraba en la isla, aunque su lugar de residencia era Sandown. Igualmente decepcionada, escribió a su madre: «También a mí me visitó ayer la emperatriz de Austria. No quiso aceptar ninguno de los refrigerios que se le ofrecieron. Luego, sin embargo, supimos que había ido al hotel de Sandown, comiendo allí, lo que nos pareció un tanto extraño. No tenía muy buen aspecto, y creo que su belleza ha perdido en el último año, aunque sigue siendo muy bonita. Hay que decir también que la ropa que llevaba no la favorecía». Victoria dio la razón a su madre en que, en efecto, la princesa heredera de Inglaterra, Alix, era más guapa. «No obstante —añade—, la emperatriz tiene más atractivo que todas las demás damas que conozco. Esta hermosa emperatriz es una persona muy especial en cuanto a la distribución del día. Creo que pasa la mayor parte de la mañana durmiendo en un sofá, almuerza a las cuatro y pasea a caballo toda la tarde, sola, durante un mínimo de tres horas, y que se enfada mucho cuando hay cualquier otro plan. No quiere ver a nadie ni dejarse ver en ninguna parte.»
Sisi le comentó al marido, por carta, que ese (único) día de visitas en Wight había sido «el más fatigoso de todo el viaje». «La reina se mostró muy amable y no dijo nada impertinente, pero a mí me resulta antipática... Yo estuve muy cortés, y todos parecieron asombrarse. El caso es que yo cumplí. Comprenden que necesito descansar y no desean causarme molestias.»
A su madre le escribió que «esas cosas me aburren».
Era frecuente que Sisi hablara de aburrimiento en sus cartas. Ese aburrimiento parecía ser la causa de unos grandes anhelos: «Por mi gusto me iría una temporada a América. El mar me tienta mucho cada vez que lo contemplo. Valeria dice que vendría conmigo, ya que el viaje por mar la encantó. Casi todos los demás vomitaron».
En vez de visitar de nuevo a la reina, Elisabeth acudió a diversas yeguadas con objeto de ver caballos de raza, pero no adquirió ninguno. Después le escribió a su marido: «Allí hay caballos preciosos, pero todos muy caros. El que más me gustó cuesta 25.000 fl., o sea que resulta inalcanzable».
Dos semanas más tarde, sin embargo, tenía lo que quería. Una rica lady inglesa insistió en regalarle (como explicó Sisi a su marido) un gran caballo de caza inglés. Según ella, había asegurado a lady Dudley que «no era costumbre que yo aceptase regalos», pero al fin lo aceptó. Para el emperador de Austria, eso fue violento; para Sisi, en cambio, un triunfo: como en 1867, cuando se trataba del castillo de Gödöllö, recibió de personas ajenas lo que Francisco José no le concedía.
Durante su estancia en Londres, Elisabeth paseó a caballo por el Hyde Park, lo que llamó mucho la atención. Visitó el museo de figuras de cera y también un manicomio. Asimismo estuvo en casa de otro miembro de la familia real inglesa, el duque de Teck, y por cierto se burló de la duquesa: «Es enormemente gorda; nunca había visto nada igual. Yo no dejaba de preguntarme qué parecería en la cama».
Sisi se bañó en el mar, pero tranquilizó al marido con estas palabras: «Mientras yo estoy en el agua, siempre tengo alrededor a María de Festetics y a otra dama, para que la gente de la orilla y de la colina no sepa cuál soy. Y, contra mi costumbre, llevo un bañador de franela clara». Además, trató de convencer a Francisco José para que la visitara: «Es una pena que no puedas venir. Después de tantas maniobras (agradezco la lista que me enviaste), bien podrías tomarte dos semanas de vacaciones, conocer Londres, hacer una escapada a Escocia, visitar de paso a la reina y cazar un poco en las cercanías de la capital. Aquí tenemos caballos y de todo; sería una pena no aprovecharlo. Piénsatelo bien antes de decir no con tu acostumbrada terquedad».
Pero Francisco José no podía incluir en su programa un viaje a Inglaterra. En cambio, se procuraba algún descanso mediante la caza, y Elisabeth se mostró comprensiva: «No dejes tus planes, por favor —escribió al emperador desde Inglaterra antes de emprender el regreso—. La caza es para ti un desahogo tan necesario, que me preocuparía que dejaras de asistir a una sola partida a causa de mi vuelta. Sé que me quieres sin necesidad de demostraciones, y si somos felices juntos es porque somos sinceros el uno con el otro».
En estas cartas apenas se habla de política. Una vez, Sisi contó a su marido que se había hecho explicar el «problema español» por el príncipe Eduardo, heredero del trono inglés. Porque, desde la abdicación de Amadeo I, en 1873, en España había sangrientas luchas entre republicanos y carlistas, y los desórdenes no terminaron hasta la subida al trono de Alfonso XII. La aclaración del príncipe inglés pareció práctica a Elisabeth, «porque nunca le eché una mirada a un periódico, pero la princesa heredera [Alexandra] tampoco, y eso me tranquiliza».
La ex reina María de Nápoles presentó a su hermana mayor el grupo internacional de cazadores a caballo y jockeys. Entre ellos figuraban también los hermanos Baltazzi, de Viena, que conseguían verdaderos triunfos en los hipódromos ingleses y, en consecuencia, eran aceptados por la más alta sociedad inglesa, cosa que en Viena aún no habían logrado. «Hay que proceder con mucho cuidado —escribió María de Festetics en su diario—. Esos hermanos viven para el deporte, montan de maravilla y se introducen en todas partes, y para nosotras pueden constituir un peligro, dado que son tan ingleses y, además, a causa de los caballos.»
La dama de honor sabía perfectamente lo mal vista que sería la relación de la emperatriz con semejantes advenedizos. Pero los Baltazzi —con su hermana Elena Vetsera, igualmente ambiciosa— habían sabido penetrar en el círculo de la reina María de Nápoles, y de ella a la emperatriz Elisabeth había sólo un paso.
Las familias de Habsburgo y Baltazzi-Vetsera se habían encontrado por primera vez en los mundialmente famosos hipódromos de Inglaterra. Elisabeth entregó una copa a Héctor Baltazzi, vencedor de una carrera celebrada en la isla de Wight. Corrieron ríos de champán. La presencia de una bella ex reina y de una emperatriz todavía más hermosa enorgullecía al alegre grupo de gente fina, rica y libre de ocupaciones. La influencia de María de Nápoles sobre su hermana mayor fue especialmente importante en esa época. María de Festetics la atribuía a «toda esa agitación en Inglaterra».
María, cuyo único hijo legítimo había muerto en 1870, poco después de nacer, y que se sentía tan poco a gusto en el matrimonio como al principio, no tenía obligaciones de ninguna clase. Vivía como una bella reina en el exilio, sustentada por la casa Rothschild, y se dedicaba únicamente a sus caballos y a las fiestas de la aristocracia. Su marido, el ex rey Francisco de Nápoles, adoraba a su bonita e inteligente esposa. Comentario de María de Festetics: «Su rey es para ella lo que para mí el maletero de la estación».
En opinión de María de Festetics, Elisabeth era «fácilmente sugestionable, sobre todo si coincide con una cierta comodidad». Y María de Nápoles atizó su descontento. «Porque ella considera su existencia tan envidiable, en comparación con la de la emperatriz..., ya que es libre de hacer lo que quiera», observó la condesa de Festetics, que no esperaba nada bueno de semejante influencia. Para ella, la bella ex reina era un «elemento inquietante» e, incluso, «un pequeño demonio», por lo que decidió apelar al sentido del deber de Elisabeth.
Pero la dama de honor no tuvo éxito. Este primer viaje a Inglaterra había excitado la ambición de la emperatriz, que se propuso brillar tanto como su hermana en las grandes cacerías. A partir de este momento, también en Viena y en Gödöllö pasó muchas horas diarias entrenándose en la monta y en los saltos.
Practicaba a lomos de su alto caballo de caza inglés, con obstáculos ingleses, más elevados que los utilizados en el continente, y desde luego dirigida por un caballerizo procedente de Inglaterra, Allen.
En Viena sólo podía entrenarse en el hipódromo Ade Freudenau. Los vieneses que no querían perderse el espectáculo acudían en masa para ver saltar obstáculos a la emperatriz, y no puede decirse que la popularidad de Elisabeth aumentara con esas extensas actuaciones casi públicas. En consecuencia, la soberana buscó pronto un lugar más discreto para su entrenamiento y pasó temporadas todavía más largas en Gödöllö, con lo que en Viena se hizo aún más impopular.
En el verano de 1875 sucedió algo que había de influir largamente en la vida de Elisabeth: el ex emperador Fernando murió en Praga, sin descendencia directa, y nombró heredero universal a su sobrino y sucesor, Francisco José.
Dijo éste «con toda ingenuidad» a su general ayudante Crenneville: «¡De pronto soy un hombre rico!». Las posesiones heredadas producían al año más de un millón de gulden, y las disponibilidades en efectivo ascendían a varios millones de gulden.
Lo primero que hizo Francisco José al verse poseedor de esta fortuna fue aumentar la anualidad a su esposa, de cien mil gulden, a trescientos mil. Además, le regaló dos millones para que dispusiera de ellos a su gusto.
Esta cantidad constituyó el inicio de la considerable fortuna particular de la emperatriz Elisabeth. Hasta entonces había tenido que vivir de la anualidad concedida y pedir autorización a su esposo para cualquier gasto aparte. Y Francisco José siempre había tenido, en los últimos veinte años, un buen motivo para hacer economías: las guerras, los pagos que a título de reparaciones había habido que hacer a Prusia después de 1866, el desastre financiero de 1873 y muchas otras cosas. Continuamente había tenido que pedir a su mujer que no gastara tanto.
Esos tiempos pertenecían ya al pasado. Con los beneficios que producía la herencia del emperador Fernando, la familia real pudo vivir, por fin, en la abundancia. Francisco José no volvió a negar un solo deseo a su esposa, si podía pagarlo con dinero. Y ella, por su parte, desplegó una gran habilidad para sacarle aún más, con todos los motivos imaginables. De 1875 en adelante, y pese a sus exorbitantes gastos, la emperatriz acrecentó constantemente su fortuna particular, mandó adquirir para ella obligaciones y acciones de los ferrocarriles y de la compañía de navegación por el Danubio y, además, abrió una serie de cuentas de ahorro bajo distintos nombres: por ejemplo, en la Primera Caja de Ahorros de Austria, haciéndose llamar «Hermenegilda Fiaraszti».
Parte de su dinero fue colocado en la banca Rothschild, en Suiza, con lo que Elisabeth tomaba precauciones por si algún día le hacía falta (por ejemplo, en el caso de una emigración). Nada indica que el emperador tuviese noticia de ello.
Consecuencia inmediata de la herencia fue que Elisabeth ya no se contuvo en sus deseos. Quiso asistir en Inglaterra a la caza de zorros, pero ya no como espectadora, sino como participante. Y para eso necesitó caballos; los mejores que pudo encontrar en toda Austria-Hungría.
Dado que, sin embargo, aún no se sentía bastante segura para hacer un papel brillante en las pistas de recorrido inglesas entre la flor de los jinetes internacionales (porque también en esto quería ser la mejor, la más hermosa y la más atrevida), intercaló en 1875 —casi como compromiso— unas vacaciones de varias semanas en Normandía, donde en el viejo castillo de Sassetôt encontró un parque con espacio para muchos obstáculos al estilo inglés.
La corte vienesa alegó, como motivo para esta nueva salida al extranjero, que a la pequeña María Valeria le convenía fortalecerse —como el año anterior en Wight— con los aires marinos. Y la emperatriz fue con ella. Que entre las sesenta personas del séquito figurasen también el caballerizo mayor inglés y numerosos mozos de cuadras ya no sorprendió a nadie. También salieron de viaje muchos caballos.
En Sassetôt, las mañanas se reservaban para la natación. Sisi escribió a su marido: «Aquí, uno tiene que bañarse con todos los demás bañistas, hombres y mujeres, pero cada cual se ocupa de sí mismo y nadie se mete con el prójimo... Sólo resultó desagradable el primer día, ya que todo el mundo miraba desde la orilla». Por la tarde, la emperatriz montaba a caballo y se entrenaba para las carreras de obstáculos.
Sólo en raras ocasiones se organizaban excursiones a los alrededores: «Pese a la República, la gente de aquí es más imprudente y curiosa que en cualquier otro país. En consecuencia, me siento violenta si voy a alguna parte». Y en otra carta: «También resulta molesto salir a caballo, porque en las calles y en las aldeas hay niños siempre dispuestos a asustar a las monturas, como asimismo hace algún cochero, y si cabalgo por los campos, desde luego por donde no pueda causar daños, los labradores se muestran groseros». Estos sucesos se convirtieron casi en un asunto de Estado. En cualquier caso, la embajada de Austria en París tuvo que desmentir que la emperatriz se hubiese visto insultada por campesinos franceses.
La condesa de Festetics, que también estaba en Francia, comprobó con horror que Allen, el profesor de equitación inglés animaba a Elisabeth a realizar ejercicios cada vez más arriesgados. Él mismo quiso lucir su habilidad penetrando con su caballo entre las grandes olas, y poco le faltó para morir ahogado.
Fue asimismo en Sassetôt donde la emperatriz tuvo un serio accidente de equitación, sufrió una conmoción cerebral y permaneció bastante rato sin conocimiento. El emperador, sumamente preocupado, ya pensaba en visitar a su esposa. Pero Francia era una república, y las relaciones políticas entre los dos gobiernos, tan desiguales, no pasaban de ser más bien frías y difíciles. Por consiguiente, un viaje de Francisco José a través de media Europa hasta el extremo norte de Francia —por muy privado que fuese— habría podido causar problemas. Así, pues, el emperador prefirió esperar. Y al cabo de pocos días se supo que el accidente no encerraba mayor peligro. Elisabeth escribió a su marido desde Sassetôt: «Lamento haberte dado semejante susto. Sin embargo, tanto tú como yo tenemos que contar siempre con accidentes así». Y: «Pienso con mucha ilusión en tener más caballos. Aquí no eran suficientes para tanto montar... Mi orgullo me exige demostrar que no he perdido el ánimo por esa caída». O sea que no pensaba en refrenar su afición a los caballos, sino todo lo contrario.
En cambio, su hija Valeria tuvo que prometer a su madre no montar jamás. Y el preceptor de la niña, nada menos que el obispo Hyazinth Rônay, que también se hallaba en Sassetôt, escribió en finísimo papel el salmo 91 en latín, y Elisabeth lo llevó desde entonces siempre consigo, dentro de un medallón bendecido:
«El Que habita al amparo del Altísimo y mora a la sombra del Todopoderoso, diga a Dios: "Tú eres mi refugio y mi ciudadela; «mi Dios, en quien confío..." Él te librará de la red del cazador y de la peste exterminadora... Pues te encomendará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos...».
Elisabeth no facilitaba la tarea a sus defensores. Ya en el viaje de regreso de Sassetôt tuvo que llamar la atención. Pasó por parís, y por la noche mandó a su séquito solo al teatro de la Ópera, donde el presidente Mac Mahon le había puesto a disposición su propio palco. La ausencia de la emperatriz se interpretó como señal de poca salud. Sin embargo, dos días más tarde se la vio cabalgando por el Bois de Boulogne, saltando una barrera tras otra. A las cautas advertencias de la preocupada condesa de Festetics, Elisabeth respondió: «Vosotros quisierais que yo no volviera a montar. Lo haga o no, moriré tal como sea mi destino».
Al regreso de la emperatriz, las reacciones fueron totalmente negativas. Gisela recibió «con frialdad, rigidez y de manera muy formal» a su madre cuando ésta pasó por Munich, como anotó María de Festetics con disgusto. Mas también Viena fue sólo estación de paso, ya que Elisabeth continuó al día siguiente hacia Gödöllö. Allí acudió asimismo el emperador para ver a su esposa después de todo lo ocurrido. No le hizo reproches ni puso cara de disgusto. María de Festetics: «¡Es tan feliz de tener de nuevo y entera a la emperatriz, que no cabe en sí de alegría!».
Hiciera lo que hiciese Elisabeth, el cariño de Francisco José hacia ella era inalterable. Comentario de la Festetics: «La emperatriz sabe tenerle constantemente pendiente de ella con mil cosas. Aunque a veces sus particularidades no le resulten cómodas. Pero no cabe duda de que Elisabeth nunca le aburrió. Elle sait se faire désirer, aunque sin pose. Es su modo de ser, y él sucumbe a sus encantos como un amante y se siente dichoso de poder recordarle algún detalle pícaro...».
Entre tanto, Elisabeth se había preparado estupendamente para la caza al estilo inglés. Ahora se sentía capaz de competir con los mejores. La ex reina María de Nápoles recibió el encargo de buscar en los Midlands una residencia adecuada para Elisabeth y su considerable séquito. En Towcester encontró la quinta de Easton Neston, y ella se instaló en la finca contigua. Esta vez, la emperatriz llevó consigo a sus amigos de equitación: los condes Juan y Enrique de Larisch, el príncipe Rodolfo de Liechtenstein, Tassilo de Festetics, Fernando de Kinsky y otros aristócratas austríacos, que, naturalmente, transportaron también sus caballos. Semejante expedición ya no podía ser disimulada con la excusa de que la pequeña Valeria necesitaba tomar aires de mar. El segundo viaje a Inglaterra, en 1876, tuvo como únicos objetivos la diversión y el deporte, lo que despertó comentarios en el mundo entero, principalmente —y muy poco satisfactorios— en Viena.
Ya podía demostrar Francisco José su modestia personal llevando una vida casi burguesa, que Elisabeth anulaba todos sus esfuerzos con sus costosas extravagancias.
A principios de marzo de 1876 llegó Sisi a Inglaterra, e incluso creyó oportuno visitar a la reina, pero esta vez recibió un desaire. «¡Si yo fuese tan mal educada! —se quejó en una carta a su marido—. Pero todas las demás personas a las que fui a ver quedaron abochornadas, porque yo me mostré amable.»
Todo había sido preparado de tal forma, que Elisabeth pudo disfrutar de la caza desde el primer día. Como «piloto» le habían contratado a Bay Middleton, uno de los mejores jinetes ingleses. A este hombre, un deportista que acababa de cumplir treinta años y era conocido por la brusquedad de sus maneras, no le hacía ninguna gracia la obligación de dirigir a una emperatriz del continente. Se comportaba con sequedad y arrogancia, demostrando no tener el menor interés en ocupar «tan aburrido cargo», como dijo. Pero tanto insistieron los encargados de organizar las cacerías, que al fin aceptó «por esta sola vez».
Elisabeth se enteró de las manifestaciones poco amables de Middleton, pero pese a lo sensible que por regla general era, en esta ocasión no se molestó. Aquel hombre tan seguro de sí mismo había despertado su interés. Ya se ocuparía ella de demostrar que, por muy emperatriz que fuera, entendía de caballos y sabía montar. El estilo grosero de Bay Middleton había infundido respeto a Elisabeth incluso antes de conocerle. El robusto, pelirrojo y sordo escocés, nueve años menor que ella, fue una de las nocas personas por las que la emperatriz se dejó mandar sin quejarse.
Las carreras eran fatigosas y se efectuaban a una gran velocidad en unos caballos grandes y fuertes, saltando las altas vallas de madera que cercaban los prados. Para una dama, la cosa era especialmente difícil, ya que le estorbaban las largas faldas y además, la poco práctica silla. Sólo unas pocas damas en Europa eran capaces de participar en las monterías inglesas. Pero Elisabeth se había empeñado en ser la mejor y consiguió hacerse famosa como la «reina tras la jauría». Era posible que, entre más de cien jinetes, sólo media docena terminaran bien, y entre estos pocos figuraba cada vez con mayor frecuencia la emperatriz de Austria, sabiamente dirigida por el certero instinto de Bay Middleton.
La condesa de Festetics no salía de sus preocupaciones: «Tiemblo todo el santo día y no me tranquilizo hasta la noche, cuando sé que su majestad se ha acostado. A Dios gracias, está muy bien, y con su buen humor hace lo que quiere todo el grupo».
Si tenemos en cuenta el fanatismo con que Elisabeth se concentraba en el deporte, actividad que durante casi un decenio requirió todas su energías, comprenderemos su estrecha relación personal con el hombre que en los momentos de sus más brillantes triunfos estuvo siempre a su lado y al que —justo es decirlo— debió mucho de sus triunfos. Bay Middleton era una persona que infundía respeto a Elisabeth, y esto significaba mucho para ella.
Durante las semanas vividas en Inglaterra, el caballerizo mayor y las damas acompañantes no vieron apenas a Elisabeth. Siempre estaba Bay con ella. Era él quien la ayudaba a montar, y él la levantaba de la zanja si había caído. Middleton la estimulaba, y nunca intentó contener su temperamento durante la caza. El podía elogiarla y criticar su actuación: Elisabeth lo aceptaba todo como una niña pequeña. También fue Middleton quien compró caballos para la emperatriz; los más caros de Inglaterra. Ahora, Elisabeth tenía suficiente dinero. Escribió la soberana a Francisco José, que en Viena se consumía de angustia pensando en lo que se exponía su mujer: «Tus caballos no sirven para nada; son lentos y flojos. Aquí hace falta un material muy distinto».
Como si no hubiera bastantes comidillas a causa del constante contacto de la emperatriz con su «piloto», así como por los enormes gastos que representaba la compra de caballos y todo lo relacionado con ello, Elisabeth tuvo que provocar, además, complicaciones de carácter diplomático.
Dado que no quería perderse ni un solo día de caza, eligió para visitar a la reina en Windsor precisamente un domingo, día en que, por principio, la Casa Real inglesa no solía recibir a nadie. Además, no se atuvo a la hora acordada y llegó demasiado temprano, durante el servicio religioso... La reina Victoria salió de la iglesia para recibir personalmente a Elisabeth («Iba muy elegante, de negro, con pieles»), y se enteró entonces de que la emperatriz había cambiado de planes y no podía quedarse a almorzar, tal como se había acordado. Esta desconcertante y descortés visita duró exactamente tres cuartos de hora y no fue precisamente lo más adecuado para mejorar las relaciones entre ambas casas reinantes.
Pero aún no habían acabado los problemas: el tren en que Elisabeth viajaba con su séquito de regreso a Londres quedó atascado por culpa de la nieve, y la emperatriz y sus acompañantes tuvieron que permanecer en el vagón «durante casi cuatro horas, muertos de miedo ante el peligro, además, de que cualquier otro tren se les echara encima», como explicó la condesa de Festetics. Nadie había tomado nada desde primeras horas de la mañana. Finalmente, el jefe de estación les proporcionó lo más imprescindible, que para trece personas no pudo ser mucho. Los periódicos ingleses publicaron el incidente, criticando, además, a su reina por no haber invitado a almorzar a la emperatriz de Austria. Fueron precisas declaraciones recíprocas y hubo bastantes disgustos.
Elisabeth todavía complicó más el delicado asunto con su visita, al día siguiente, al barón Fernando de Rothschild, cuyas famosas cuadras recorrió, quedándose más de un día en su compañía.
Entre sus amigos de caza, Elisabeth se mostraba tan alegre como nunca podía estarlo en Viena. El último día de su estancia ofreció una gran fiesta de despedida a todos los que la habían ayudado en Inglaterra. Pero desde luego no fue una fiesta para aristócratas, sino realmente para todos, desde el caballerizo mayor hasta el último mozo de cuadras, gesto que en Inglaterra le ganó muchos amigos... y que en Viena le hizo perder aún más simpatías. Coronación de la fiesta fue la carrera por la «copa Hohenembs» (el nombre proviene del seudónimo de «condesa de Hohenembs», elegido por la emperatriz), y el vencedor de la carrera no fue otro que Bay Middleton.
Tras este viaje, los vieneses no recibieron a su soberana con gran entusiasmo. Todo el mundo la criticaba, incluso la gente sencilla, que se sentía ofendida por los grandes dispendios hechos en el extranjero. Hasta los diplomáticos intervinieron en ese coro general de protestas. La esposa del embajador belga, De Jonghe, escribió: «Esta mujer está verdaderamente loca. Si no llega a provocar una república en Austria es porque la gente de este país es muy bonachona. Elisabeth no vive más que para su caballo. No iría mal que se rompiera un brazo y le quedara inservible».
El tiempo transcurrido entre este viaje a Inglaterra y el siguiente fue vivido por la emperatriz en Göding, Pardubitz o Gödöllö, dedicada a los entrenamientos y a la caza.
En el verano de 1876 se presentó en Gödöllö Bay Middleton. La emperatriz le había invitado. También el emperador se encontró en Hungría con Middleton, aunque apenas tuvo tratos con él, aparte que Francisco José no hablaba en inglés y Middleton no sabía alemán ni húngaro.
Más celosos que el marido se mostraron los amigos húngaros de Elisabeth. Fue sobre todo con el que hasta entonces había sido el «favorito» de la emperatriz (o como quiera definirse la delicada situación de un destacado admirador), el conde Niki de Esterházy, con quien Middleton se enzarzó pronto en una rivalidad bastante agresiva. Porque, en Hungría, era Esterházy el master y vencedor en todas las partidas de caza. Sin muchos miramientos relegó a Middleton al lugar que allí le correspondía, y vigilaba, celoso, que no pasara demasiados ratos con la emperatriz.
Bay Middleton, acostumbrado a ser el «matador» en toda Inglaterra e Irlanda, no se encontraba a gusto en Gödöllö pese al favor de Elisabeth. Se veía rodeado de personas desconfiadas e incluso enemigas, y se sentía solo y frustrado incluso en presencia de la hermosa mujer para él inalcanzable, pero que en ocasiones coqueteaba de manera muy intensa y, como hacía en otros casos, saboreaba el desvalimiento del hombre.
Finalmente, Bay escapó. Fue a Budapest, allí se quitó de encima a su acompañante y... se extravió. En el castillo se produjo una gran excitación y la emperatriz estaba preocupadísima, hasta que un telegrama del jefe de policía de Budapest anunció que tenía en el cuartelillo a un tal Bay Middleton totalmente carente de medios. Había ido a un burdel y, al no conocer la ciudad ni el idioma, alguien le había desplumado. Tuvo que regresar a Gödöllö como un pobre pecador, con el consiguiente triunfo de sus rivales. La emperatriz estaba furiosa y casi personalmente ofendida con él. Bay, sin embargo, reaccionó con habilidad: supo destacar el aspecto cómico del asunto, se rió de sí mismo con los demás, sacó el máximo partido de su rústico atractivo... y la emperatriz le perdonó.
Niki de Esterházy se había alegrado demasiado pronto. En los últimos días de su estancia en Gödöllö, el escocés cabalgó junto a la emperatriz como si nada hubiese pasado.
A finales de enero de 1878, Elisabeth volvió a Inglaterra, instalándose esta vez en Cottesbrook, lugar de Northamptonshire. Su «piloto» era nuevamente Bay Middleton. Escribió la emperatriz a su marido: «En cada caza comento que es una pena que tú no estés aquí, porque te harías popular gracias a tu buena forma de montar y a tu sentido de la caza. Sin embargo, sería expuesto no dejarte dirigir por el capitán Middleton y lanzarte de cualquier manera en un sitio donde ningún obstáculo es considerado ni demasiado profundo ni demasiado ancho».
El príncipe heredero, Rodolfo, que entre tanto había cumplido diecinueve años, no opinaba que esas tonterías contribuyeran a la popularidad de la Casa Imperial. Antes de emprender su viaje de estudios a Inglaterra declaró que no tenía intención de imitar la pasión de su madre por la hípica:
«En Inglaterra procuraré rehuir las monterías. Las gentes de nuestro pueblo no ven ninguna heroicidad en desnucarse, y yo estimo demasiado mi popularidad para jugármela en semejantes cosas.»
Hay que decir, sin embargo, que su destreza para la equitación no podía compararse con la de su madre.
Pese a que madre e hijo estuvieron en la misma época en Inglaterra —o sea en invierno de 1878—, siguieron, como de costumbre, caminos distintos: Elisabeth se dedicaba a la caza en los Midlands, mientras Rodolfo realizaba un fatigoso viaje cultural y de inspección en compañía de su estimado profesor, el economista Carlos Menger, y redactó entonces su pasquín contra la nobleza austríaca. En él criticaba la inactividad de algunos aristócratas y también aprovechaba la ocasión para indicar la sobrestimación del deporte hípico:
«Avanzado el otoño, muchos caballeros y también algunas damas asisten a las monterías organizadas en Pardubitz, centro principal de ese deporte. Para parte de la nobleza, las cacerías —que se celebran si el tiempo es bueno— constituyen lo más importante de la vida.»
En las escasas visitas de Rodolfo a su madre en Inglaterra, las desavenencias fueron serias. Tratábase de Bay Middleton. Fue precisamente María de Nápoles quien tuvo la mala idea de contarle al príncipe, que no sabía nada de nada, los chismes que circulaban acerca de una presunta «relación» entre su madre y Middleton. Además, atizó todavía más el fuego revelando a la emperatriz ciertos comentarios censuradores que había hecho su hijo, con lo que Elisabeth se sintió muy ofendida.
La condesa de Festetics da rienda suelta en su diario al enojo contra la parentela bávara. La emperatriz «es siempre la víctima de sus hermanos», se queja. Y: «Su majestad me recuerda el cuento de la Cenicienta y sus pérfidas hermanas. ¡Todas le tienen una envidia terrible! Cuando necesitan algo, acuden en seguida a ella. Por otro lado, critican todo lo que resulta de su posición y no temen calumniar, pero al mismo tiempo quisieran aprovecharse al máximo de las ventajas de tener una hermana emperatriz».
Las hermanas utilizaban a Elisabeth como «pelota, y todas las molestias, todo lo que después apesadumbra su corazón, procede de ellas».
La condesa acusaba a María de Nápoles de tener celos de su hermana, más bella y deportiva, y de querer para sí a Bay (como «piloto» y también como admirador): «Nuestra hermana [como María era llamada en el argot cortesano] coqueteaba intensamente con Bay y le invitó a su casa», escribió María de Festetics a Ida Ferenczy, que había permanecido en Hungría.
El príncipe heredero quedó tan horrorizado ante las revelaciones, que se mostró agresivo con Middleton, y éste se ofendió mortalmente. Por último intervino la condesa de Festetics, que siempre había querido mucho a Rodolfo, y buscó tener una entrevista confidencial con él, en la que le dijo:
—No reconozco a vuestra alteza imperial. Temo que los aires de Inglaterra no os sienten bien.
El príncipe se echó a reír «y después me volcó su corazón como un niño, medio indignado y medio acongojado, y con lágrimas en los ojos declaró que lamentaba haber viajado a Inglaterra, porque había visto destruidas sus más bellas ilusiones y se sentía terriblemente herido e infeliz».
A la consternada pregunta de la dama de honor, Rodolfo replicó con brusquedad:
—¿Y usted es quien me lo pregunta? ¿Precisamente usted...?
María de Festetics: «No prosiguió, porque yo le miré tan asombrada, que le hice reaccionar. Entonces, ya más tranquilo, me explicó... lo más infame que yo hubiese podido oír jamás. Quedé atónita. Y mi estupor y mi exacerbación ante semejante mentira tuvieron que ser tan expresivos, que él, antes de que yo pudiese abrir la boca, exclamó:
»—Me lo dijo mi tía María...»
Continúa la condesa: «"¡Pues todavía más vil!", protesté yo con una frialdad gélida, aunque por dentro bullía».
Rodolfo:
—Pero... ¿por qué me lo dijo si no es cierto? Siempre fue muy buena y cariñosa conmigo y me quiere de verdad... ¿Es todo mentira, pues?
La dama de honor fue tan discreta que ni siquiera detalló el contenido de tales habladurías en su diario: «No quiero tocar tan feo asunto. Nunca me perdonaría haber rescatado del olvido semejante historia. ¡Si la emperatriz supiera esto! ¡Qué horror!».
La violenta discusión que se produjo entre las dos hermanas ya no tuvo arreglo nunca.
El ambiente estaba tan encendido en aquel grupo prácticamente aislado del mundo y formado por personas sin ocupación y llenas de celos entre sí, que la emperatriz perdió por algunos días la ilusión de salir de caza y montar a caballo, lo que quiere decir mucho... Indignada y furiosa por aquella pelea que cada vez se extendía más, rehusó participar en varias carreras y —como con frecuencia hacía en situaciones conflictivas— permaneció en cama pretextando una indisposición, y estuvo contenta con la determinación tomada: «Como ahora paso unos días sin cazar, la gente dirá que lo hago por el papa. Me parece bien», le escribió a su marido, que seguía en Viena. El papa Pío IX acababa de fallecer.
En adelante, si Rodolfo estaba en Cottesbrook, Middleton no era invitado, con objeto de evitar más comadreos, pero tan pronto como el hijo se alejó de los lugares de caza de su madre, todo continuó como antes. Middleton ganó por segunda vez la copa ofrecida y entregada por Elisabeth.
En sus cartas al padre, Rodolfo no dejó traslucir nada de lo sucedido. Por el contrario, tranquilizaba a Francisco José, decía que la emperatriz «cabalgaba ahora con mucha más precaución y que también el capitán Middleton actuaba con más prudencia», si bien tampoco escondía su preocupación «desde que vi los obstáculos ingleses y oigo hablar tanto de accidentes».
Los disgustos hicieron perder a Elisabeth su entusiasmo por la caza inglesa. Además, deseaba apartarse en el futuro de su hermana, que poseía un pabellón de caza en Althorp y tomaba parte en todas las monterías de importancia, por lo que decidió no cazar más en Inglaterra, sino en Irlanda, con Bay Middleton pero sin la ex reina de Nápoles, en una región adonde no pudiese llegar tan fácilmente, con motivo de algún viaje, cualquier miembro de la familia imperial, como había sido el caso de su hijo Rodolfo, que recorría Inglaterra para completar su formación.
Aparte su desorbitada afición a la hípica, Sisi dio suficiente motivo, en los años setenta, para una serie de sensaciones un tanto sorprendentes en la corte vienesa. Siempre le había gustado rodearse de animales; tenía papagayos y, sobre todo, enormes perros lobos y galgos, que pese a las protestas del emperador penetraban hasta los aposentos más privados del Hofburg y no se separaban del lado de Elisabeth. En su día no había podido obtener como regalo el deseado tigre real con sus cachorros que estaban en el parque zoológico de Berlín, ni tampoco, algunos años antes, el ansiado oso bailarín («cuesta setecientos gulden») En lugar de eso se compró, en plan de protesta, un macaco, que al igual que sus perros, asustaba a las damas de honor y a las camareras, pero que pronto se convirtió en compañero de juegos de la pequeña Valeria, que era lo que Elisabeth quería.
Pero no tardó en haber dificultades. El príncipe heredero Rodolfo, escribió a su paternal amigo el zoólogo Alfredo Brehm: «Por desgracia, este animal, asombrosamente manso y que constituye una auténtica distracción, parece bastante enfermizo y, además, se porta de manera tan indecente, que se ha hecho imposible tenerle en una habitación donde haya damas». El mono fue «cesado», como se expresó Rodolfo en tono burlón, y trasladado al parque zoológico de Schönbrunn.
Entonces, Elisabeth encargó a su hijo que le proporcionara otro mono, aunque preguntando antes a Brehm «qué especie era la más resistente con respecto a la salud y que, además de buen carácter, tuviera un comportamiento decente, no haciéndose insoportable con sus gritos. Aparte eso, quería saber si no sería menos complicado tener una hembra que un macho».
Al príncipe no le resultó muy agradable molestar al destacado científico con semejantes deseos, y se dirigió a él de este modo: «Perdone que le importune con este asunto, pero hará usted con ello un gran favor a una de las más aplicadas lectoras de su Vida de los animales». Cuando, al cabo de un tiempo, la emperatriz olvidó por fin su empeño en tener monos, no poca gente respiró en la corte, como observó María de Festetics.
Sin embargo, pronto necesitó otra excentricidad: se puso de moda Rustimo, un negrito contrahecho enviado como regalo (según una de las versiones) por el sha de Persia. Ya el padre de Sisi había tenido una vez el capricho de hacerse acompañar por cuatro niños negros, con objeto de asustar a los ciudadanos de Munich. Incluso mandó bautizar solemnemente a los cuatro paganitos en la Frauenkirche (iglesia de Nuestra Señora). No sabemos si lo hizo movido por un cristiano espíritu misionero o por simple antojo.
Ahora, también en esto salía Elisabeth a su padre. Convirtió al deforme Rustimo en el compañero de juegos de su hija favorita Valeria, y hasta los mandó fotografiar juntos, para que a nadie en la corte le pasara inadvertida tal amistad.
Por expreso deseo de Elisabeth, Rustimo acompañaba a Valeria en paseos y excursiones, cosa que inquietaba sumamente a las damas de honor y a las profesoras. La landgravesa Teresa de Fürstenberg, por ejemplo, le escribió a su hermana: «No hace mucho, la archiduquesa [Valeria] llevó consigo de paseo al negro, que fue sentado en el coche de la profesora francesa, y ésta iba la mar de avergonzada y triste junto al pagano. La archiduquesa siempre da confites a los niños que la miran al pasar. Aquel día, sin embargo, ninguno se atrevía a acercarse a causa del negro, y a la pequeña le resultaba divertido ver cómo intentaban conseguir los confites sin correr el peligro de caer en manos de aquel monstruo que parecía regañar con los dientes».
La propia María de Festetics encontraba «espantoso» al pobre Rustimo: «Demasiado para un mono; demasiado poco para un ser humano». Elisabeth se divertía con el súbito efecto de su provocación. Por fin, la emperatriz mandó bautizar a su negrito para acallar todas las objeciones a que su hija Valeria tuviese un trato tan poco digno de una cristiana con ese pagano. Sisi escribió a su madre: «Hoy bautizamos a Rustimo en el salón de Valeria... Rodolfo fue el padrino. Todo fue solemne y ridículo a la vez; hubo lágrimas y risas. El negrito estaba muy emocionado y lloraba». El día de la boda de María de Wallersee con el conde Jorge de Larisch, celebrada en Gödöllö, la archiduquesa Valeria se presentó en la iglesia al lado de Rustimo. ¡En efecto, una provocación conseguida!
Rustimo permaneció muchos años en el círculo más íntimo de la familia imperial y, como le reprochaban las damas de honor, se volvió engreído y fresco, mal educado como estaba por el excesivo favor que le concedía la emperatriz. En 1884 fue nombrado «anunciador de cámara», pero al año siguiente cayó en desgracia. Rustimo fue jubilado en 1890 e ingresado en el asilo de pobres de Ibbs en 1891, donde moriría al año siguiente. No es mucho lo que sabemos sobre el negro Rustimo, pero pese a las escasas noticias que de él han quedado, no nos cabe duda de que su existencia en Viena fue trágica. El pobre era una atracción, un motivo de risa y, sobre todo, un medio de provocación para Elisabeth. Cuando dejó de funcionar como ella quería, se deshizo de él. Como ocurrió con el mono que no se comportaba debidamente.
Mientras la emperatriz se enojaba con sus parientes, se ejercitaba en la equitación, cuidaba de su belleza y lamentaba su aburrimiento, en Bosnia luchaban soldados austríacos contra los guerrilleros. En el Congreso de Berlín, Andrássy había logrado, con el apoyo de Bismarck, el derecho a ocupar Bosnia y Herzegovina (que se hallaban en poder de Turquía), volviendo a disgustar con ello severamente a Rusia, después de las graves diferencias tenidas con motivo de la guerra de Crimea. La propia Elisabeth, influida por Andrássy, sentía poca simpatía hacia los rusos. Después de la ocupación, le escribió a su marido: «No envíes demasiados rusófilos, como los croatas, bohemios, etcétera, a Bosnia». Con ello revelaba también su profunda aversión a los eslavos, sobre todo a los checos.
Las tropas austríacas no fueron recibidas como ángeles liberadores del yugo turco, sino como enemigas. El número de muertos y heridos aumentaba de día en día, y otra vez hubo que instalar hospitales de sangre, incluso en Schönbrunn.
Elisabeth visitaba a los soldados heridos. «Como un ángel consolador iba de un lecho a otro —escribió María de Festetics—. Vi cómo a los hombres les resbalaban las lágrimas por el rostro, sin que sus labios pronunciaran ni una sola queja. ¡Ni una sola palabra de desánimo! Llegaban a afirmar que no sufrían..., y con los ojos brillantes seguían cada uno de los movimientos de su emperatriz, bendiciéndola y dándole las gracias... ¡sin pedir nada!».
La condesa de Festetics creía opinar igual que la soberana al confiar a su diario palabras tan escépticas como éstas: «Me inclino ante estas personas capaces de arriesgar su vida por una idea y de ser muertas o convertidas en seres inválidos... Y me pregunto, casi avergonzada: ¿Y nosotros? ¿Qué sacrificios hacemos? Con nuestra abundancia nos acercamos condescendientes a los lechos de los medio moribundos y preguntamos si les duelen las heridas... Y, como alivio, damos un cigarro o pronunciamos algunas palabras cariñosas... ¡Pero no! Aquí se impone una reflexión y la pregunta de quién es "el grande"». La fiel dama de honor concluía estas meditaciones con una frase de admiración hacia la emperatriz: «¡Ella sí que lo entiende!».
Mas esos momentos de comprensión duraron poco. Dos días más tarde tuvo que reconocer la propia María de Festetics: «La vida sigue. Cacerías, clases de equitación, grandes recepciones, banquetes, tés... Todo ello surcado por una sorda preocupación, porque siempre me imagino a los heridos cuando toco el piano en la escuela de equitación y todos se divierten contentos... Por cierto, que la emperatriz está encantadora en sus esfuerzos por entretener a sus invitados».
El encanto de Elisabeth era tal, que hasta sus más acerbos reprobadores se transformaban en incondicionales de ella cuando aparecía oficialmente como emperatriz, como sucedió en el baile de la corte de 1879. Francisco José tenía entonces cuarenta y ocho años y, según Hübner, «se le veía cansado y avejentado».
—Me hago viejo —decía el emperador en tono melancólico—. Voy perdiendo la memoria.
La emperatriz, en cambio, que entonces contaba cuarenta y un años, estaba —también según Hübner— «hermosa y, sobre todo vista de lejos, resultaba realmente poética con los preciosos adornos que lucía en el cabello, que le caía sobre los hombros y le llegaba hasta la cintura. Era una emperatriz de la cabeza a los pies».
Pero las ocasiones en que Elisabeth aparecía «enjaezada», exhibiendo un soberbio vestido bordado con diamantes y la resplandeciente diadema en sus cabellos artísticamente peinados, se hacían cada vez más raras.
Los preparativos para el viaje a Irlanda eran lo que más ocupada tenía ahora a la emperatriz. Nueve de sus caballos, sobre todo los ingleses, tan caros, que Middleton se había encargado de comprar para ella, aguardaban en Inglaterra y eran sometidos a constante entrenamiento. Pero incluso esos caballos eran poco adecuados para lo que se exigía en Irlanda. Allí había que saltar muros, ante todo, y no altas vallas, como en Inglaterra. Por consiguiente, los caballos tuvieron que ser adiestrados de manera distinta y enviados luego a Irlanda. La readaptación de los tan especializados animales —acostumbrados, además, al poco peso de la emperatriz— fue tan difícil, ya que además tuvieron que ser montados por jinetes irlandeses, que tres de esas carísimas monturas murieron. Middleton, que controlaba las cuadras inglesas e irlandesas de Elisabeth, se encargó de sustituirlos, lo que de nuevo costó una considerable cantidad de dinero y no pudo ser mantenido en secreto, precisamente en unos momentos en que se luchaba encarnizadamente por la ocupación de Bosnia.
El emperador solía estar solo en Viena, se levantaba a las cuatro de la madrugada y comía siempre sin compañía, haciéndolo a veces de la manera más informal, mientras atendía sus trabajos de escritorio. Todo el mundo lamentaba la soledad del monarca, a la vez que criticaba a la emperatriz. El conde de Hübner anotó en su diario respecto de las escasas distracciones de Francisco José: «Con frecuencia aprovecha las últimas horas del día para trasladarse a Laxemburgo. Va completamente solo y pasea por el parque. A este soberano, creado para la vida familiar, se le ve reducido a una triste soledad por la ausencia de la emperatriz, a la que sigue amando con pasión».
También el conde de Crenneville y sus amigos se adherían a los lamentos generales sobre el comportamiento de Elisabeth: «A mí no me gustan los aspectos externos ni los internos, y menos aún los muy internos. ¡Pobre Austria, pobre emperador! Realmente, habría merecido más suerte, porque nadie puede poner en duda muchas de las eminentes cualidades que le adornan. Su mayor desgracia ocurrió en 1854. Sin ese paso, posiblemente se hubiese podido evitar más de un problema.»
Al mencionar el año 1854, Crenneville se refiere sin duda a su matrimonio con Elisabeth. Y en otro momento dice: «Los periódicos ya tienen la noticia de que la emperatriz viaja a Irlanda. Para el cumpleaños del emperador vino a Schönbrunn, pero no se quedó ni veinticuatro horas enteras, y la celebración del Corpus no le parece suficiente motivo para alegrar a los vieneses con su presencia». Añade luego: «No comprendo cómo, en unos momentos de general preocupación, puede alguien pensar en un viaje a Irlanda ni cómo se lo permiten. Pienso en el buen efecto que habría hecho que esos gastos de viaje (quizá medio millón) hubieran sido repartidos entre los comités de ayuda de la monarquía, en el hambre que con ello se podría paliar y en las bendiciones que una actitud así reportaría a la benefactora. ¿Acaso ha renunciado el señor a toda influencia, a todo poder para poner veto a lo que no está bien?... Pero los lamentos no sirven de nada; yo quisiera llorar amargas lágrimas».
La fiel condesa de Festetics se esforzó de nuevo en defender a su señora: «Necesita toda la libertad y la tranquilidad que resultan de la independencia..., sentirse desatada de todo lo que le produce preocupación y responsabilidad y la libere de las pequeñas obligaciones, para cuyo cumplimiento le falta autodisciplina y, al mismo tiempo, cuya omisión le causa escrúpulos». Pero la verdad es que las cartas de Sisi no hablan para nada de escrúpulos. Sólo una vez encontramos una breve referencia a que la pasión de Elisabeth por la hípica pudo surgir como protesta por la actitud del emperador, que a partir del año 1867 la mantuvo alejada de la política. Sea como fuere, le reprochó muy amargada: «Ya no me meto en política, pero en estas cosas [se trataba de caballos] sí que quiero tener algo que decir».
La dedicación exclusiva de Elisabeth a la equitación coincidió —y no sería por casualidad— con la época en que Andrássy era imperial y real ministro de Asuntos Exteriores y todos sus pasos eran controlados (probablemente por temor a que, como en los años 1866-67, Andrássy volviera a servirse de la emperatriz para lograr sus objetivos). Fue sin duda por deseo del emperador por lo que Elisabeth evitó toda apariencia de mantener una actividad política, pero siguió provocando al pueblo a su manera al dedicarse exclusivamente a los caballos.
En el aspecto político no conocía la consideración. Sus viajes a Irlanda constituían una abierta provocación para la reina Victoria. De poco servía que Elisabeth utilizara para pasar de incógnito el título de condesa de Hohenembs. Precisamente en aquellos años, en Irlanda había gran peligro de levantamiento contra Inglaterra. Las tensiones sociales y el odio de los católicos irlandeses pobres contra los ricos arrendatarios ingleses anglicanos amenazaban descargarse en actos de violencia, por lo que la visita de una emperatriz católica significaba aún más materia inflamable en un campo ya inquieto. Pero Elisabeth hizo poco caso de todo eso, y en sus cartas a Viena trataba de restar importancia a esos problemas: «En esta zona no se nota nada de los disturbios. En la parte occidental de la isla, donde la cosecha fue mala, hay más descontento y cierto terrorismo. Los arrendatarios no pagan y mantienen una disciplina entre sí».
La emperatriz quería montar a caballo. Todo lo demás la aburría. Cometía, además, una torpeza detrás de otra: a su paso por Inglaterra se excusó por escrito de visitar a la reina («... la premura de tiempo me obligó a venir lo más rápidamente posible a mi lugar de destino...») y, para estropearlo todo aún más, honró repetidas veces con su presencia al seminario de Maynooth, cuyos religiosos tenían fama de agitadores antibritánicos. Desde luego, lo hizo por cortesía, para disculparse por haber saltado a caballo la pared del monasterio durante una caza de ciervos (y faltar bien poco para haberle caído encima al rector del seminario), pero sus visitas a ese centro hicieron un efecto desfavorable en el mundo político.
Los periódicos nacionalistas irlandeses aprovechaban ampliamente la estancia de Elisabeth para su propias conveniencias y comenzaron a atacar a la Casa Real inglesa, cuyos miembros no se dejaban ver en Irlanda. Resulta evidente que ni la emperatriz ni quienes la rodeaban estaban bien informados de la especial situación política y religiosa de Irlanda. La devota actitud de los irlandeses católicos frente a la católica emperatriz sorprendió a la propia condesa de Festetics, que en su diario describe el encuentro de Elisabeth con un lord irlandés:
«La emperatriz le tendió la mano, y él se dejó caer de rodillas y la besó con visible emoción y profundo respeto. El lord era católico, y no sólo la saludó como emperatriz, sino como soberana católica...
»Eso tiene aquí en Irlanda mucha importancia. La aldea más humilde se viste de gala, lo adorna todo y levanta pequeños arcos de triunfo. La gente se arrodilla en las calles y besa el suelo por donde ella ha pasado. Llega a tanto la cosa, que hemos de ir con mucho cuidado, y ella procura rehuir todas las ovaciones».
La figura de la hermosa emperatriz de Austria es aún legendaria en Irlanda y se la recuerda como una misteriosa hada a caballo. Algunas familias irlandesas todavía conservan en la actualidad pañuelos de encaje de la soberana, que ésta dejaba caer en gran número como señal de agradecimiento por pequeños servicios.
En marzo de 1879, Hungría sufrió terribles inundaciones que causaron muchos muertos. Dadas las circunstancias, el viaje de la emperatriz ya no tenía justificación. «Por eso me parece mejor regresar —escribió Elisabeth a su marido—, y tú también lo preferirás. Es el mayor sacrificio que se puede pedir, pero en este caso es necesario.»
Sin embargo, las caballerizas irlandesas no fueron desmontadas. También el lecho de la emperatriz quedó en Irlanda, como la condesa de Festetics registró preocupada en su diario. A ella, esos viajes a Irlanda no le gustaban nada, pero su lealtad a Elisabeth era tan grande, que aprovechó hasta ese motivo para ensalzar sobremanera a la emperatriz y acusó a la prensa austríaca: «Si la archiduquesa Sofía daba a un aprendiz de zapatero un pedazo de pan que a ella le sobraba, todos los periódicos lo publicaban en seguida. Si, en cambio, la joven emperatriz sacrifica dos semanas de sus vacaciones (de seis semanas escasas) porque la desgracia azota una ciudad, eso es natural y nada más».
En el viaje de regreso amenazaban con surgir de nuevo los conflictos con la reina Victoria, que Elisabeth esquivó esta vez con desacostumbrada economía, según le escribió a su marido: «¿Quieres que también me detenga en Londres? Yo hubiese preferido evitarlo, para ahorrar gastos de hotel. De esta manera, habría realizado todo el viaje sin pisar ni uno solo». El gasto total del viaje ascendía a 158.337 gulden y 48 cruceros, o sea que los pocos gulden más que pudiera costar el hotel ya no tenían importancia; pero Elisabeth era ingeniosa cuando se trataba de escapar a un acto oficial como una visita al palacio de Buckingham.
La pareja imperial celebró sus bodas de plata en abril de 1879 y según Francisco José, se iba a tratar de «una verdadera fiesta familiar de todos los pueblos de mi imperio». Sin embargo, pidió que se evitaran «costosas suntuosidades» y, en cambio, se tuviese en cuenta a los pobres.
Pero una excepción sí se hizo: la ciudad de Viena ofreció a sus soberanos un desfile organizado por Juan Makart, el rey sin corona de la vida artística en la capital. No se trató de una fiesta de la aristocracia como las grandes cabalgatas, sino de una manifestación de los ciudadanos. Diez mil personas vestidas al estilo de la Edad Media desfilaron en coches estupendamente adornados ante el elegante pabellón montado en la nueva Ringstrasse. Delante iban un heraldo de la ciudad de Viena y trompeteros montados en caballos blancos. No sólo participaron en el desfile los antiguos gremios de panaderos, molineros, carniceros, carreteros, alfareros y demás, sino también la nueva industria. Punto culminante del espectáculo fue el coche de los ferroviarios, sorprendente en su aspecto medieval. Makart había solucionado el problema representando el tren como un coche con alas, «en el agua y fuego se convierten, unidos, en la fuerza que impulsa la rueda con alados bríos».
En Viena, los comentarios no fueron siempre amables, sobre todo con referencia a la augusta homenajeada. En otros lugares podían celebrarse los veinticinco años de ménage (entiéndase «vida hogareña»), mientras que en Viena eran veinticinco años de manège (entiéndase «equitación»), frase que aquellos días recorrió el país, aunque desde luego sólo se citaba en privado.
Elisabeth permanecía indiferente en medio de todo el festivo ajetreo y (según su sobrina María de Larisch) solía poner «una cara como una viuda hindú que fuera a ser quemada, y cuando así se lo dije en un momento en que nadie nos oía, ella se rio, pero repuso que ya había bastante con llevar veinticinco años de casada y que no hacía falta celebrar fiestas por eso». Sisi abandonó la gran soirée de la víspera del aniversario al cabo de un cuarto de hora, y a su esposo le tocó hacer solo los honores a los invitados.
Todos esos festejos no eran más que un fastidio y una carga para la emperatriz. Tampoco existe la menor indicación de que la alegrara lo conseguido en los últimos veinticinco años por Austria-Hungría. La vida era ahora más libre. Había una Constitución y un sistema parlamentario. La persona del emperador era ahora indiscutible, y cualquier comparación con las demás dinastías europeas resultaba favorable a Austria, cosa que no podía afirmarse en los años cincuenta y sesenta. El propio Bismarck escribió este año una carta confidencial a Guillermo I en un tono elogioso: «Entre todas las grandes potencias, puede que sea Austria la más sana interiormente, y el dominio de la Casa Imperial es firme sobre todas las nacionalidades».
En medio de la patriótica alegría que la rodeaba, Elisabeth volvió a reaccionar únicamente como persona particular. Lamentaba su edad y lo aburrido de su matrimonio. Notaba, además, la desaprobación de la corte y se quejaba de ello.
La condesa de Festetics la observaba preocupada: «¡No sabe valorar suficientemente ser emperatriz! Nunca comprendió la parte bella de su categoría, porque nadie se la hizo ver, y sólo nota la fría sombra, sin descubrir la luz. En consecuencia, sus sentimientos interiores no están de acuerdo con las circunstancias exteriores, y de este modo no puede sentir paz, tranquilidad ni armonía». La fiel dama de honor seguía intentando disculpar a la emperatriz (que entre tanto pasaba ya de los cuarenta años) con las malas apariencias que le había tocado hacer, cosa a la que otros testigos oculares ya no estaban dispuestos.
Elisabeth sólo tenía un gesto de burla para los críticos comentarios que se le hacían en Viena. A principios de 1880 viajó por segunda vez a Irlanda. Había cumplido ya cuarenta y dos años y era varias veces abuela, aunque se mantenía fuerte y resistente gracias al deporte. Estaba segura de poder competir aún con la élite internacional de los jinetes. De cualquier forma, los caballos ya la aguardaban en Irlanda. Por tanto, la emperatriz pudo viajar sin excesivo equipaje: el tren de mercancías que iba detrás de su tren especial, provisto de un coche-salón, transportaba cuarenta toneladas de equipaje.
De nuevo, el preocupado emperador recibió poco tranquilizadoras noticias cuando se hallaba en lo más difícil de una de sus crisis gubernamentales. Su mujer le escribía llena de orgullo: «Rudi Licchtenstein también sufrió una caída, aunque sin hacerse daño, y lord Langford, el dueño de la casa, cayó de cara, y desde entonces no traga bien...». Y: «Middleton tuvo una caída, y yo también, pero el suelo era muy blando... Parece ser que cayeron muchos otros..., pero yo no los vi, ya que, naturalmente, continué a caballo... Vi a lord Langford en otra zanja, tratando de pescar su montura».
Asimismo se habla mucho de caídas, mandíbulas y tibias fracturadas y temerarios saltos sobre acequias y muros, en los informes del príncipe de Licchtenstein y de la condesa de Festetics. En una cacería especialmente difícil, Elisabeth llegó a montar sin guantes, para poder conducir más directamente a su caballo. Ella, que en Gödöllö era tan delicada que se ponía hasta tres pares de guantes uno encima de otro, en Irlanda no tenía reparo en ensangrentarse las manos cabalgando al lado de Middleton. Que venciera a todas las demás amazonas y, en consecuencia, fuese muy admirada, ya no sorprendía a nadie.
Sus triunfos en las monterías significaban para Elisabeth, por un lado, una demostración de su valía, ya que en Irlanda no brillaba como emperatriz, sino como deportista y mujer hermosa, y además los disfrutaba lejos de las obligaciones cortesanas. Sin embargo, al término de alguno de esos viajes siempre había disgustos y amargas quejas sobre la vida de la soberana, y ésta exclamó más de una vez: «¿Por qué tengo que volver a la jaula? ¿Por qué no habría de romperme todos los huesos, para que todo terminara de una vez?».
Semejantes arrebatos, rayanos ya en la histeria, asustaban siempre de nuevo a quienes rodeaban a Elisabeth. En tales casos sólo servía recordarle a Valeria, su hija favorita. En cierta ocasión reconoció la emperatriz, hablando con su sobrina María: «Sería grave pecado querer abandonarla. Mi kedvesem [en húngaro, «mi querida niña», aproximadamente] es lo único que aun tengo en el mundo. Todo lo que me han dejado».
En aquella época de desatada alegría de vivir, siempre entre sus amigos deportistas, se acrecentó aún más el desprecio de Elisabeth hacia las demás personas. Aparte Middleton, no había nadie alrededor de ella que se atreviese a hablarle con franqueza Todos la adulaban y se aprovechaban de ella. María de Festetics estaba preocupada, pero se sentía impotente: «Cuando uno aprende a pensar mal de quienes le rodean, ¿cómo es posible respetar al prójimo y no colocarse por encima de él? Y, lo peor, ¿cómo no se le va a despreciar por su actitud de marioneta? Para la emperatriz, eso constituye un gran riesgo, porque... cuando no respeta a una persona, no le tiene ninguna consideración, y eso resulta muy incómodo...».
No tardaron en producirse también desavenencias entre la emperatriz y la condesa de Festetics, que no podía sentir simpatía hacia los jinetes amigos de su señora y, aunque con cuidado, trataba de recordarle sus deberes, casi siempre sin éxito...
Antes de partir de Irlanda, Elisabeth dio orden de que fuesen enviados a ese país otros cuatro caballos austríacos, para que se los preparasen antes de la próxima temporada de caza. Para ella era lo más natural seguir manteniendo sus cuadras en Irlanda.
Esta vez, durante el viaje de regreso tuvo en cuenta los deseos de la corte vienesa. Se detuvo en Londres y se entrevistó con el premier inglés, Disraeli, y con el embajador de Austria, mostrándose atenta y amable. Y, desde luego, como siempre que se lo proponía, se ganó las simpatías de todos. Finalmente visitó al príncipe de Gales e incluso a la reina Victoria. En una carta a su madre decía, sin embargo: «No me quedará más remedio que visitar a la reina en Windsor, y eso me aburre espantosamente. Una de las muchas ventajas de Irlanda es que allí no hay soberanos ni príncipes a quienes atender».
En Londres recibió la noticia de que su hijo Rodolfo acababa de prometerse en Bruselas con la princesa Estefanía, hija del rey de Bélgica.
—¡Menos mal que no se trata de una mala noticia! —exclamó la condesa de Festetics después de conocer el texto del telegrama.
Respuesta de Elisabeth:
—¡Quiera Dios que no lo sea!
La emperatriz tuvo que interrumpir también su viaje en Bruselas para felicitar a la pareja. Elisabeth no conocía a la pequeña Estefanía, pero la Casa Real belga le era sumamente antipática, dado que su cuñada Carlota, la ex emperatriz de México, procedía de ella.
La breve visita no fue, para Elisabeth, más que una engorrosa obligación. El rey, la reina, el novio y la novia la esperaban en el andén. María de Festetics vuelve a expresar su entusiasmo ante la hermosura de la emperatriz Elisabeth, que contaba ya cuarenta y tres años, y explica el afecto con que Rodolfo la recibió: «Se le echó al cuello y besó y besó sus manos, y entonces se acercó la novia: joven, sana, poco desarrollada y... mal vestida. La emperatriz se inclinó para abrazar y besar a la pequeña, y ésta miró con sincera admiración a su bella suegra, y su carita colorada, expresaba felicidad y contento».
Ya en este primer encuentro, tan forzado y violento, la emperatriz eclipsó por completo a su futura nuera.
María de Festetics: «Yo sentí tanto orgullo, que tuve que mirar al príncipe heredero. Él, por su parte, contempló a su madre y después a la novia. A mí me dio pena, porque eso no favorecía a la chica. Pero me parece que Rodolfo siente más diversión que enamoramiento».
La visita a Bruselas duró exactamente cuatro horas: desde la llegada, a las ocho de la mañana, hasta la partida —también muy solemne— a las doce del mediodía. Este tiempo se empleó en un desayuno tomado en el palacio de Bruselas. La dama de honor de Elisabeth se sentía tan incómoda como su señora: «... todo me resultó tan teatral e incluso propio de nuevos ricos...; no hubo nada que me gustara. Lo encontré todo vulgar, maquinal y poco espontáneo...» Pese a sus inmensas riquezas, los reyes de Bélgica eran considerados unos advenedizos. «A nosotros, los austríacos, no nos caen muy simpáticos los belgas», escribió María de Festetics, de acuerdo con Elisabeth. Y la relación entre madre e hijo no había de mejorar precisamente a causa de la nuera.
La emperatriz preparaba una nueva temporada de caza para 1881. Se entrenaba como de costumbre, pero —primeras señales de la edad— tenía cada vez más molestias reumáticas.
Su estado de ánimo se iba ensombreciendo. También sufría más trastornos nerviosos que antes, lo que alarmaba a quienes la rodeaban y, sobre todo, a la pequeña Valeria. Ésta escribo, por ejemplo, en su diario, el día 1 de enero de 1881: «Mamá tomó un baño muy fuerte y, cuando fui a verla, no cesaba de reír, porque ese baño la había puesto muy nerviosa. Yo me asusté, pero hoy, por fortuna, ya se encuentra bien de nuevo».
Elisabeth se preocupó muchísimo cuando Bay Middleton sufrió una caída y se fracturó el cráneo, aunque por fortuna volvía a montar al cabo de un mes. En seguida quedaron de acuerdo en que dirigiría otra vez a la emperatriz.
Ahora, sin embargo, Elisabeth no pudo realizar sus planes. Políticamente no era tolerable una repetición del viaje a Irlanda. De buena o mala gana, la emperatriz tuvo que conformarse con llegar sólo a Inglaterra, si insistía en cazar en el extranjero. En Cheshire fue encontrada una villa adecuada: se trataba de «Combermere Abbey», cuyo propietario emprendía precisamente un viaje a las Indias Occidentales. Como antes de todos los demás viajes de la soberana, fueron enviados al lugar elegido para el descanso unos operarios austríacos, encargados de efectuar cambios en la casa. Lo principal era instalar una capilla y un gimnasio, así como timbres eléctricos en todas partes.
Cerca de la alcoba de la emperatriz hubo que colocar una escalera de caracol que permitiera a Elisabeth bajar a su propia cocina sin ser vista y tomar sola sus frugales comidas. A la pequeña estación de Wrenbury le fue añadida una segunda sala de espera, ya que los cazadores solían subir allí a los trenes especiales que les conducían a las carreras. Asimismo se hizo necesaria otra vía de maniobras para los vagones destinados al transporte de los caballos..., o sea que se llevaron a cabo muchos trabajos, igual que anteriormente en Easton Neston y Cottesbrook. Y dado que la emperatriz no abandonaba la esperanza de ir a Irlanda pese a todo, también se hicieron costosos preparativos en Summerhill. Por fin prevaleció el plan de viajar a Inglaterra, y todos los caballos fueron reunidos allí: los de Viena, de Gödöllö y de Irlanda. El príncipe Rodolfo de Licchtenstein, que nuevamente se hallaba entre los acompañantes de Elisabeth, llevó otros ocho caballos de sus cuadras, y Middleton diez.
De los días de caza, que sumaban veintiocho en total, la emperatriz aprovechó veintidós, y dos fueron suspendidos a causa de la nieve. Bay Middleton no se separaba de su lado. Elisabeth que entre tanto había cumplido cuarenta y tres años, estaba extraordinariamente bien entrenada. Sin embargo, las fatigosas partidas de caza junto a Bay, que ahora contaba treinta y tres, la cansaban bastante más que antes. Middleton, por su parte, tenía preocupaciones: la que era su novia desde hacía largos años procedente de una rica familia, sentía celos de la emperatriz. Después de tan prolongado noviazgo ansiaba casarse y no estaba dispuesta a tolerar por más tiempo la admiración de Bay por Elisabeth. En los periódicos ingleses aparecieron diversos artículos sumamente duros sobre la emperatriz de Austria, que reaccionó muy ofendida:
—¡A mí ya sólo me asombra que alguien escriba o diga algo bonito sobre mí!
Una vez más cazó Elisabeth en Inglaterra. Fue en el año 1882. Pero ya no la dirigía Middleton, y con otro no le hacía gracia salir de caza. Inesperadamente abandonó las monterías y mandó vender todos los caballos que tenía en Inglaterra. Había terminado un capítulo de su vida.
En cambio, adoptó otra actitud en Austria y cedió a los ruegos de los militares, que deseaban verla a caballo en un desfile en el Schmelz, con el emperador, el príncipe heredero y su esposa.
Un detalle picante fue que, precisamente, Elisabeth montó uno de sus caballos favoritos, llamado Nihilista. María de Festetics no cabía en sí de orgullo: «Todo resultó tan solemne y grandioso que ensanchaba el corazón; por todas partes tambores y trompetas, himnos y banderas inclinadas como saludo, y el tronar de los taconazos de los coroneles... ¡Qué imagen tan hermosa la de la bella, bella emperatriz, que parecía fundida con su caballo y con soberana gracia e indescriptible encanto inclinaba la cabeza con gestos de agradecimiento! Nunca, nunca olvidaré ese día».
En Viena era bien conocido el crítico concepto que Elisabeth tenía de los militares, y también la condesa de Festetics «había oído hablar mucho de que no le gustaba nada el Ejército». Cuando en el Hofburg se celebraba algún cercle oficial, la emperatriz procuraba rehuir a los altos cargos militares (sobre todo a su principal contrario, el archiduque Alberto) y ni siquiera les dirigía la palabra. Dada la importancia de los ejércitos en la imperial y real monarquía, semejante postura representaba también una oposición al augusto esposo. «Los generales, por su parte, se retiraban de manera casi ostensible al último rincón» cuando aparecía la emperatriz (según explica María de Festetics).
No cabe ninguna duda de la aversión de Elisabeth hacia el Ejército. En sus poesías se declara abiertamente amiga del pacifismo y elogiaba, por ejemplo, la política sueca:
Suecia, eso ya es otra cosa... Con envidia se ve desde aquí cómo, al otro lado de las aguas, felices son allí las gentes.
Con orgullo pudo anunciar el rey haber ahorrado millones. Claro que allí no hay ejércitos ni clase alguna de cañones.
Otra vez, en la época de la crisis búlgara que se produjo a mediados de los años ochenta, la emperatriz todavía fue más clara:
Sudan los pobres campesinos mientras trabajan sus tierras. En vano, porque bien pronto les robarán el dinero.
Los cañones son muy caros y necesitamos muchos, sobre todo ahora que el juego se convierte en algo serio.
¡Quién sabe! De no haber reyes, quizá tampoco hubiera guerra. Y terminaría la cara sed de batallas y victorias.
Que a la emperatriz le costaba especial esfuerzo asistir de manera oficial a maniobras militares queda fuera de toda duda pero tales actos le servían para acallar de golpe a quienes la criticaban. En 1882, Elisabeth volvió a dar una muestra de buena voluntad al acompañar a Francisco José en un viaje oficial a Trieste, donde en septiembre se celebraba el quincuagésimo aniversario de la anexión de Trieste a Austria. La archiduquesa María Valeria, que contaba catorce años de edad, confió preocupada a su diario: «¡Tengo tanto miedo...! Es terriblemente expuesto. Porque los italianos quieren Trieste para ellos y odiaría Austria. Cuando el tío Carlos [Luis] estaba allí, arrojaron una bomba contra un general austríaco, y ahora se teme que... ¡Oh, no! Ni siquiera puedo pensar en eso».
Los temores eran justificados: fueron detenidos dos italianos provistos de bombas, «como saludo al emperador de Austria».
La condesa de Festetics, que formaba parte del séquito, describió en su diario el nerviosismo de aquellos días. Dice, por ejemplo: «... además tuvimos que ir al teatro..., cosa muy poco agradable, ya que se temía... ¿o esperaba?... un atentado... ¿A la llegada al teatro? ¿Una vez dentro? ¿O a la salida? Sólo pudo ser apresado uno de los terroristas, ¡y justamente delante del teatro! Las autoridades competentes intentaban quitar importancia a la cosa, pero estaban tan excitados que no lo conseguían. Sus majestades, en cambio, se portaron formidablemente bien». El emperador ordenó, por ejemplo, llevar a los diversos actos sólo el séquito imprescindible: «¡No se puede exigir eso a nadie!».
En ese viaje, Elisabeth demostró un valor considerable. Nada pudo impedir que acompañara a su marido a todas partes. Luego le explicó a su hija: «En la carroza ocupé el lado del campo [desde donde se consideraba más probable el atentado] y dejé que el emperador se sentara al lado que daba al mar. Probablemente no hubiese servido de mucho, pero quizá sí de algo». Valeria apenas podía contener su orgullo: «El día que tenga marido, procuraré sacrificarme como lo hace mamá. ¡Que su vida valga más, para mí, que la mía propia!».
Según Valeria, Elisabeth estaba «enfadadísima con los traidores italianos. Yo casi no les saludo —añadió—. ¡Venga a gritar "Eviva, eviva!", y, a la vez, te hunden un puñal por la espalda».
De nuevo María Valeria: «Nunca había visto así a mamá. Tenía lágrimas en los ojos y todavía estaba furiosa contra esa horrible chusma».
Para quienes padecían por la buena fama de la emperatriz, fue un gran alivio la decisión de abandonar la caza. Y cuando, por Año Nuevo de 1882, Elisabeth asistió a la Hofoper con su marido, la hija y la nuera para escuchar Oberón, de Weber, de incógnito, desde un palco, el conde de Hübner declaró: «Es un acontecimiento ver a la emperatriz a pie y no a caballo, y el público agradece tan raro espectáculo».
El fin de las monterías y del entrenamiento diario significó para Elisabeth un súbito vacío. Durante casi diez años había llevado la vida de un as del deporte, no ocupándose prácticamente de nada más que de sus caballos, y ahora, al terminar de forma bastante impensada todo aquello, a su cuerpo le costó mucho adaptarse a una tranquila vida «imperial». Ahora satisfacía su extraordinaria necesidad de movimiento de otra manera: caminando diariamente durante horas enteras, con una rapidez que agotaba a las damas acompañantes. Hiciera tiempo bueno o malo, atravesaban montañas y prados de las más bellas regiones de Austria, Baviera y Hungría, aunque a veces también paseaban por polvorientas carreteras. Con el fin de no fatigar en exceso a las damas de honor, poco acostumbradas a tanto ejercicio, era frecuente que las siguiera un coche, al que podían subir las señoras cuando sus pies se negaban ya a llevarlas. La emperatriz resistía horas y horas. Ni las tempestades de lluvia o de nieve impedían que ella saliera a caminar.
Iba equipada con sólidos zapatos, una práctica falda oscura y chaqueta entallada. (Este cómodo conjunto estaba inspirado en la ropa de montar a caballo, con lo que la emperatriz fue una de las primeras partidarias del nuevo «traje sastre».) Para protegerse del sol (pero sobre todo de las miradas curiosas de la gente), Elisabeth empleaba grandes —y poco manejables— sombrillas de cuero. Como era habitual en ella, hacía todo lo imaginable para preservar su anonimato y no ser reconocida. Si se cruzaba con alguien, aceleraba atemorizada el paso.
En el caso de entrar a descansar en una posada del camino elegía siempre el rincón más apartado, donde no estaba expuesta a la curiosidad de los demás. Nada la satisfacía tanto corno poder beberse tranquilamente un vaso de leche sin ser reconocida.
Entre tanto, sus damas de compañía ya no eran escogidas con tantos miramientos según su categoría aristocrática, pues tal cargo no era demasiado anhelado. Las principales condiciones previas para ser dama de la emperatriz (puesto tan codiciado antes) eran unos pies bien sanos y una perfecta constitución física y psíquica.
La propia condesa de Festetics, que en la época de las cazas en Inglaterra no tenía otra cosa que hacer que aguardar horas enteras a la emperatriz en alguna hospedería, lo pasaba muy mal con la nueva moda. Era menuda y regordeta y le tocaba seguir jadeante a la delgada soberana, de piernas tan largas. Además, la condesa siempre pasaba hambre, porque Elisabeth no se tomaba tiempo para comer durante esas marchas forzadas. Estaba acostumbrada a sus curas de hambre y no se hacía cargo de las necesidades de sus acompañantes. Tras una de esas excursiones, que bien habría durado sus seis horas, el emperador recibió a la dama con estas palabras: «¿Todavía vive, condesa? ¡Ya no hay palabras para definir esos paseos!».
Sin embargo, Francisco José aceptaba con buen humor y paciencia esa manía de su esposa, incluso cuando Elisabeth, cansada de tener que soportar a los curiosos, empezó a trasladar sus excursiones a horas nocturnas: algo semejante a lo que hacía Luis II de Baviera. En el verano de 1885, por ejemplo, la emperatriz tuvo el capricho de partir de Zell am See a la una de la madrugada, camino de la Schmittenhöhe, acompañada por una dama y varios montañeros que llevaban faroles.
Más de una vez se produjeron escenas singulares, porque no era frecuente ver un grupo de damas a paso tan ligero, y eso dejaba motivo para interpretaciones erróneas. Durante el regreso de una de esas agotadoras marchas (Sophienalpe, Haltertal, Hacking, Hietzing y desde allí a Schönbrunn), un policía creyó que las dos damas que tanto corrían eran perseguidas por un delincuente y quiso protegerlas. Comenta María de Festetics: «Entonces se dio cuenta de que era la emperatriz y desistió de intervenir, aunque nos siguió jadeante hasta palacio».
Otro modo de desahogar el afán de movimiento de Elisabeth fue en los años ochenta, la esgrima, que tampoco tardó en convertirse en un trabajo duro. Hubo temporadas en que la emperatriz tomaba dos horas diarias de clase, a lo que había que añadir el infaltable entrenamiento y, desde luego, los acostumbrados ejercicios gimnásticos.
En los años ochenta, Elisabeth volvió a viajar algunas veces a Inglaterra, pero sólo para tomar allí baños de mar. Mas también en esto exageraba, dando motivo a comentarios burlescos. Hasta el emperador Guillermo I «se reía de su extravagante forma de vida y opinaba que pocas personas resistirían bañarse tres veces al día en el mar por espacio de media hora».
Bay Middleton contrajo matrimonio a finales de 1882. Por lo visto, siguió manteniendo correspondencia en secreto con la emperatriz, y ambos se vieron en alguna otra ocasión. María de Festetics habla de un «sorprendente» encuentro en Amsterdam, a donde tanto Elisabeth como Middleton habían acudido para someterse a unas sesiones de masajes por el profesor Metzger, entonces muy famoso. Elisabeth padecía ciática, y Bay buscaba alivio para las consecuencias de una caída. El paseo a cuatro por Amsterdam resultó algo semejante —según la sobrina de la emperatriz— a una «marcha fúnebre». Y la propia Elisabeth decía de sí misma y de Bay, en tono sarcástico, que eran «la ronda de los inválidos».
Y el camarero mayor de Elisabeth, barón de Nopsca, se quejo: «Su majestad está tan terriblemente nerviosa..., que Metzger se alegra de que nos vayamos y dice que ojalá no volvamos nunca».
Una vez más, el 20 de marzo de 1888, mencionó la archiduquesa María Valeria una visita de Bay Middleton a Gödöllö: «Eso me hizo recordar tiempos pasados, pero no buenos», agregó en tono de desaprobación.
En 1892, durante una carrera de caballos, Middleton se desnucó. Su viuda destruyó todas las cartas de la emperatriz, conservando únicamente algunos regalos: una sortija, gemelos y un medallón.