Es como en el juego de la cuerda. Si alguien te echa el extremo de una soga, no tienes por qué tirar.
¿Por qué va a discutir un hombre sabio y a expresar juicios como «Esto es correcto» o «Esto no lo es»? Cuando un hombre renuncia a toda idea de superioridad o de igualdad, ¿con quién va a discutir?
Sutta-Nipata.
Las discusiones por tener la razón
¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que la bonita expresión «intercambio de pareceres» generalmente no es exacta? Supongamos que tú y yo hablamos de algo. Y tenemos opiniones distintas al respecto. ¿Intercambiaremos nuestras opiniones? Más o menos según el lema siguiente: Toma, aquí tienes mi opinión y yo me quedo con la tuya. No, por regla general eso no ocurre. Lo que suele suceder es lo siguiente: hablamos y a lo mejor acercamos nuestros puntos de vista. O nos quedamos con nuestra opinión. Pero no intercambiamos pareceres.
Cuando le damos demasiada importancia a nuestra opinión
Una discusión puede ser interesante. Pero las opiniones pueden ir por su cuenta. Es algo que siempre ocurre cuando lo que más nos importa es tener la razón. Para ilustrarlo, a continuación te cuento lo que observé un día en un congreso.
Entre conferencia y conferencia se hacía un descanso para que la gente estirara las piernas y pudiera tomarse un café. En esas ocasiones, me gusta observar a las personas y su lenguaje corporal. Justo a mi lado se estaba tramando algo. Un chico pasó tres veces por delante de una mujer que estaba a mi lado, mirándola un instante. Ella también se había fijado en él. Luego, el joven aprovechó que el momento era propicio y se le acercó. Los dos se pusieron a charlar. La cosa iba bien. Él parecía estar interesado en ella y el lenguaje corporal de la mujer también indicaba interés. No sé cómo llegaron a ello, pero oí que hablaban de sistemas de navegación en el coche. No era un tema muy romántico, que digamos, pero la conversación se iba animando. La mujer lo miraba a los ojos y le explicaba sonriente que ella no tenía ningún sistema de navegación en el coche. Él empezó a elogiar ese tipo de aparatos. En su opinión, eran lo mejor que se había inventado desde la creación de la pizza. Ella no parecía muy convencida y dijo que también podías llevar contigo un plano de la ciudad o un mapa de carreteras. Él consideró que eso eran «antiguallas». Ella cruzó los brazos y se apartó un poco de él. Señales de retirada. Él reaccionó ante esas señales, pero erróneamente. Sus argumentaciones se hicieron más apasionadas. Le explicó que los sistemas de navegación eran totalmente necesarios si vas mucho en coche y que los actuales eran muy fiables. Ella comentó que no eran más que «accesorios técnicos innecesarios». La expresión «accesorios técnicos innecesarios» pareció molestar al joven. Insistió y le explicó con todo detalle cómo funcionaban los sistemas de navegación. Ella miraba a otro lado con cara de aburrida. Me dio la impresión de que ni siquiera escuchaba.
Empezar una discusión equivale a romper el contacto
Probablemente ya te imaginas cómo acabó la cosa. Él ganó por goleada la discusión sobre aparatos de navegación. Pero echó a perder el contacto. Si algún día escribo un libro sobre cómo ligar, éste será un ejemplo de lo que no hay que hacer.
Todo había empezado muy bien. Los dos habían entablado conversación e incluso tenían un tema en común. Pero, luego, algo se torció: los dos comenzaron a reaccionar a una opinión con una opinión contraria. De este modo fueron a parar a rincones de opinión contrarios y se atrincheraron en ellos. Se suscitó una discusión que se fue encrespando. Los dos se mantuvieron en sus trece. Con ello, ambos se fueron apartando a empujones. Y todo por la cuestión de si es necesario o no llevar un navegador en el coche.
¿Tenemos nosotros una opinión o la opinión nos tiene a nosotros? A menudo da la impresión de que nuestras opiniones nos tienen en sus manos. Alguien dice algo que toca uno de nuestros puntos de vista «sagrados» y reaccionamos instintiva y precipitadamente: defendemos nuestra opinión. Si el otro no se deja convencer enseguida, defendemos nuestro parecer con más fuerza todavía. Si nuestro interlocutor mantiene su punto de vista, insistiremos aún más. En resumen: echamos leña al fuego. Intentamos convencer al otro con más vehemencia, a menudo con el resultado de que el otro se aferra todavía con más entusiasmo a su opinión. Y todo suele ocurrir de manera automática. Una vez iniciada la batalla de opiniones, nos parece que no tenemos más remedio que defender nuestro parecer. O callar.
Evidentemente, también hay otras posibilidades, pero, antes de comentarlas, examinemos con detalle por qué nos gusta tanto defender nuestras opiniones, a veces con ardor. El ejemplo que explico a continuación sucedió durante uno de mis seminarios. La escena tuvo lugar en el descanso de mediodía.
Cómo se llega a una acalorada discusión que no le sirve de nada a nadie
Podríamos haber disfrutado del excelente menú. Desgraciadamente, no fue así. La tranquila tertulia se transformó en un acalorado debate. Había dos facciones. La mitad del grupo opinaba que, si dispones de billete de avión, tienes que poder volar. Y en el vuelo que habías reservado. La otra mitad del grupo opinaba que las compañías aéreas no tenían ninguna obligación al respecto. Aunque tuvieras un billete en toda regla, te podían dejar tirado sin más en el aeropuerto. ¿Te cuesta entender el tema que discutían? A mí también me costó. Me pasé todo el rato preguntándome de qué iba aquello. ¿Y por qué se habían empecinado en hablar de un tema tan extraño?
No, en el grupo no había ningún piloto. Y los que discutían con tanta vehemencia tampoco eran abogados. Eran jefes de ventas de una gran empresa. Personas para las que argumentar y convencer formaba parte de su trabajo diario.
A medida que la discusión sobre las obligaciones de las compañías aéreas se acaloraba, mi extrañeza iba en aumento. Lo primero que me extrañó fue lo siguiente: yo era la única que tenía un billete de avión. Los demás vivían cerca y habían ido en coche. Es decir, excepto yo, nadie iba a coger un avión. Yo tampoco, puesto que no estaba en el aeropuerto, sino en un buen restaurante, comiendo. Así pues, discutían acaloradamente por algo que no tenía importancia para nadie en aquel momento.
La segunda cosa que me extrañó afectaba al placer. Mientras discutían excitados, no prestaban atención a la excelente comida. El risotto al azafrán era delicioso, pero al parecer sólo yo me daba cuenta. Los demás estaban concentrados en el debate.
Mi débil intento de cambiar de tema («¿Es verdad que el azafrán sale de unas flores?») fue tan ignorado como el arroz en los platos. Todos, excepto yo, querían entregarse a un intercambio de opiniones vehemente. Los dejé en paz y disfruté de los postres.
Los debates acalorados no son divertidos
Hay gente que afirma que discutir así es divertido. Pero ¿es eso cierto? Para descubrir si mis alumnos se lo pasaban bien, sólo me hizo falta mirarlos. No, nadie sonreía y todos estaban tensos. A veces, en el ardor del combate, gesticulaban blandiendo los cubiertos. Y apuntaban con la punta del cuchillo a sus adversarios. El tono de las voces oscilaba entre la seriedad, la mordacidad y el enfado. Francamente, para mí, la diversión es otra cosa.
Aquello no era divertido. Después de la comida, el grupo se dividió en dos bloques. Un rencor subliminal flotaba en el aire. Menos mal que todo ocurrió durante un seminario. Porque allí pudieron aclararse las cosas. Y al final todos acabaron aprendiendo algo interesante. Todos comprendieron por qué la discusión había sido tan acalorada y cómo llegaron a surgir las tensiones en el grupo. También se ejercitaron en la práctica de poner freno a una discusión enconada y debatir tranquilamente.
Así se endurecen los frentes
Pero ¿por qué un inofensivo intercambio de opiniones acaba convirtiéndose en una controversia enconada? Y ¿por qué se genera tanto rencor entre los implicados?
La causa radica en la polarización. Los frentes se endurecen porque cada vez expresan sus opiniones de manera más drástica e intransigente.
La polarización se puede percibir fácilmente. Observa cómo formulan su opinión los implicados.
Una manera sencilla de expresar una opinión puede empezar así:
- «Bueno, yo creo…»
- «Yo pienso…»
- «A mí me parece…»
Si el debate se enciende, la primera persona cae y sólo se dice:
- «Lo que pasa es que…»
- «En el fondo se trata de…»
- «En realidad, se trata de lo siguiente…»
De este modo, una opinión subjetiva se representa como un hecho objetivo.
Si la discusión se enciende aún más, se genera más emotividad. Y se ataca directamente la opinión de la parte contraria.
- «Está muy equivocado. Eso es totalmente ilógico porque…»
- «No digas tonterías. Tú sólo quieres… Pero todavía tenemos que…»
- «¡Tendrías que oírte! Tus opiniones son patéticas.»
Así, sin que nadie se dé cuenta, desaparecen algunas pautas de conducta que suponen la base de una buena conversación:
- Nadie escucha a nadie.
- Nadie se fija en los puntos en común que puedan tener las opiniones.
- Nadie intenta entender por qué el otro piensa lo que piensa y cómo ha llegado a formarse esa opinión.
- Nadie está dispuesto a dejarse convencer.
La relación empeora y los ataques se incrementan
A medida que los frentes se endurecen, la agresividad se incrementa. Se opta por pronunciar palabras duras y de mala educación. La postura de la otra parte es una «estupidez». Los demás son «unos ilusos» o «están en la Luna». Eligiendo esas palabras se desprecia la opinión de la otra parte. Pero, por regla general, la parte contraria no traga y contraataca con la misma munición. Las palabras duras van seguidas de palabras todavía más duras.
La discusión se convierte en un fastidio para todos. Las relaciones se envenenan. A causa de una discusión «objetiva». Los frentes se endurecen porque se trata únicamente de tener la razón.
El nefasto remolino de la polarización
Si lo observas bien, repararás en un drama absurdo: las distintas facciones intentan convencer a la parte contraria con una creciente fuerza combativa. Pero precisamente esa fuerza combativa provoca que los frentes se endurezcan y que nadie se deje convencer. Convencer a la otra parte es ya imposible. Aun así, todos siguen erre que erre. ¡Menuda pérdida de tiempo y de energía!
Ahora viene cuando nos echamos las manos a la cabeza y nos preguntamos con razón: ¿por qué no paran de discutir los implicados cuando los frentes se endurecen?
Respuesta: porque la polarización es como un remolino. Si alguien se mete en él, queda atrapado. En la mente de todos los implicados se abre paso a codazos algo tan irracional como poderoso: el deseo de tener la razón.
Las personas estamos dispuestas a sacrificar muchas cosas con tal de tener la razón al final. Sacrificamos buenas relaciones, amistades y agradables veladas en buena compañía sólo para tener razón con nuestras opiniones. Nos enemistamos con nuestros hijos, con nuestros padres y con nuestros compañeros de trabajo para salir vencedores de una discusión.
Pero ¿por qué queremos tener razón?
Detrás de ese deseo se esconde un mecanismo muy simple. Nos identificamos con nuestros puntos de vista y nuestras opiniones. Identificarse significa que formamos una unidad con ellas. Dicho de otra manera, identificarse significa: «Yo soy mi opinión. Y quien ataca a mi opinión me ataca a mí». Por eso nos sulfuramos tan fácilmente cuando alguien nos da a entender que nuestras opiniones son equivocadas. Es como si nos dijeran: «Tú estás equivocado». Y nos defendemos. Queremos demostrar que estamos en lo cierto y que tenemos razón con lo que opinamos. Si hace falta, lo demostramos con ardor.
Identificarse profundamente con las propias opiniones es el combustible que enciende la polarización. Los implicados luchan por tener la razón como si les fuera la vida en ello.
Cómo escapar al deseo de querer tener razón
¿Podemos evitar caer en el nefasto remolino de querer tener razón?
El primer paso consiste en darse cuenta de lo que está ocurriendo. A veces estamos tan enfrascados en el tema que no nos fijamos en que la discusión se ha polarizado en gran medida.
El segundo paso es teóricamente fácil, pero en la práctica supone un gran reto. Consiste en renunciar a tener la razón y, de ese modo, retirarse de la discusión polarizada.
Pongamos un ejemplo práctico. Imagina que estás con unos amigos o compañeros de trabajo, discutiendo apasionadamente sobre un tema que te preocupa mucho. No tengo ni idea de qué tema podría ser. Quizás el calentamiento global o si el queso de leche sin pasteurizar es sano o qué habría que hacer con los locos al volante. Te das cuenta de que la discusión se va encendiendo y de que tus argumentos son cada vez más vehementes. Te fastidian los férreos argumentos contrarios y recurres a palabras más claras y un poco más fuertes. La otra parte se apunta al carro, también se exalta y considera que tus argumentos son «descabellados».
De repente te das cuenta de que nadie va a convencer a nadie. Todos lucháis por ganar con vuestros argumentos. Todos queréis tener la razón. La inocua discusión se ha convertido en un pequeño campo de batalla. Os vais poniendo de mal humor. El ambiente se enrarece. Si eres consciente de todo eso, habrás dado el primer paso. Y ahora toca dar el segundo: no quieras tener la razón. Renuncia a imponer tu opinión y apacigua la discusión. Sinceramente, ¿crees que te resultaría fácil?
Toma conciencia de lo que ha pasado
¿Renunciar a tener la razón? No me resultaría nada fácil. Me gusta demasiado discutir como para ceder sin más. Y poseo un inmenso talento para meterme en ese tipo de fregados. Sí, incluso soy capaz de hablar conmigo mismo echando chispas. Cuesta más pararme a mí que a una apisonadora teledirigida propulsada por cohetes.
Voy a desvelarte cómo podemos, tú y yo, prescindir del deseo de tener la razón. Como suele ocurrir, cobrar conciencia de los hechos te ayudará. A continuación te presento dos consejos que harán que te resulte más fácil.
- Examina la realidad
Regresa al presente. Mira a tu alrededor. ¿Dónde estás? ¿Formas parte del gobierno y tú decides las medidas que hay que adoptar contra el calentamiento global, para fomentar el consumo de queso de leche sin pasteurizar o para controlar a los locos al volante? Si realmente formas parte de los órganos centrales del poder, la discusión corresponde a un problema que te incumbe. Pero si discutes sobre esos temas en la sala de estar, en el trabajo o en un bar, entonces todo es pura teoría. Dicho lisa y llanamente: discutes sobre algo que no tienes que solucionar y sobre lo que no debes decidir nada.
Regresar al presente es como una ducha de agua fría sobre tu mente encendida. Si no puedes imponer tu opinión en ese debate, no pierdes nada. Porque no te juegas nada. La acalorada discusión no es más que un número de acrobacia. Gane quien gane o tenga razón quien la tenga, no habrá cambios en el calentamiento global, en el queso de leche sin pasteurizar o en el problema de los locos al volante.
Sé que te gustaría cambiar la manera de pensar de los demás. Pero eso será imposible mientras la discusión esté polarizada y todos luchéis únicamente por tener la razón. Así pues, mira a tu alrededor y examina la realidad del momento. Luego sitúate mentalmente en el lugar donde realmente estás: en el aquí y el ahora.
- Aclara qué te importa realmente
¿Qué te importa más en esta vida: las relaciones con los demás o tus puntos de vista? ¿Qué ganas si consigues imponer tu opinión? ¿Te darán una copa para que la pongas en la repisa de la chimenea? No recibirás nada palpable. Tan sólo una sensación pasajera de superioridad. Una sensación que no durará mucho. Así pues, ordena tus prioridades y pregúntate si la discusión te importa realmente.
Estos dos puntos te ayudarán a recobrar el juicio. En vez de dejarte arrastrar por una discusión polarizada, ahora tienes otra opción: ablandar los frentes endurecidos. Empieza contigo. Abandona el deseo de querer tener la razón. ¿Por qué tú y no el otro? Porque tú estás leyendo este libro.
Permíteme ser más práctica todavía y presentarte la estrategia defensiva correspondiente. Esta estrategia te enseñará las palabras que puedes utilizar para abandonar la lucha por tener la razón. Como siempre, las formulaciones que te ofrezco sólo son propuestas y sugerencias.
Estrategia de autodefensa: dar la razón
- Acaba con las discusiones polarizadas dejando de atacar el punto de vista del otro. Dale la razón a tu interlocutor. Asiente sin comprometerte con su opinión. Y sin dejar en mal lugar tu propia opinión.
- Puedes hacerlo más o menos así:
—Sí, desde su perspectiva, eso es correcto.
—Algo tiene de cierto su opinión. Quizás tiene razón.
—Tal como usted lo ve, seguramente es verdad.
—Me parece que tu punto de vista tiene fundamento y es comprensible.
—Es tu opinión y la respeto.
—Has expresado con mucha claridad tu opinión y entiendo tu punto de vista.
—Vale la pena reflexionar sobre lo que has dicho. Pensaré en ello.
—Sí, comprendo tu punto de vista.
- No añadas un «pero» a esas frases; renuncia de verdad a toda confrontación. Simplemente, deja que prevalezca la opinión del otro.
Esta estrategia pertenece a las artes marciales más elevadas. Porque apuesta por una verdadera libertad: puedes formarte una opinión y defenderla, y también puedes renunciar a defender tu opinión. Y, naturalmente, eres libre de no tener opinión alguna.
Cuando la lucha por imponer la opinión destruye la amistad
Me gustaría presentarte otra estrategia con la que puedes elevar a un nivel más alto una discusión. No sólo le das la razón a tu interlocutor, sino que intentas comprender a fondo su punto de vista. Desconectas, te apartas de la lucha por imponer tu opinión y te conectas a una reflexión común y comprensiva. Para ilustrarte cómo puedes lograrlo, te explicaré la historia de Lisa y Maren.
Se trata de la historia de una amistad que estuvo a punto de romperse. Y todo por una discusión que acabó en pelea.
Lisa y Maren se conocieron de niñas. Después estudiaron juntas en la universidad y más tarde se instalaron en el mismo barrio. Eran amigas íntimas desde que tenían uso de razón. Las dos se quedaron embarazadas casi al mismo tiempo y se hizo evidente que también vivirían juntas la maternidad.
Lisa tuvo una hija y Maren un hijo. Solían ir juntas a un parque infantil con sus retoños. Allí fue donde ocurrió. Su amistad empezó a tambalearse.
Todo empezó de la manera más inocua. Las dos vigilaban a sus bebés y hablaban del cuidado de los niños. Se hizo patente que Maren y Lisa tenían opiniones distintas al respecto. La conversación se convirtió rápidamente en una discusión, que se fue caldeando.
El trasfondo era el siguiente: Lisa volvió al trabajo cuando su hija cumplió ocho meses. Se acogió a la media jornada y, mientras ella trabajaba, una canguro cuidaba a la niña. Maren, en cambio, había decidido quedarse en casa hasta que su hijo tuviera tres años. Aquella tarde, Maren defendió la opinión de que era mucho mejor para los niños tener a la madre de persona de referencia fija durante los primeros años de vida. No había que confundir a unos niños tan pequeños dejándolos al cuidado de otras personas.
Aunque Maren expresó su punto de vista con frases impersonales y hablando en general, Lisa se sintió ofendida. Y argumentó en contra. Un niño pequeño podía acostumbrarse sin problemas a varias personas de referencia. Y era mucho más peligroso que se criara sólo con la madre, porque entonces recibía una educación muy parcial.
Maren no estaba dispuesta a ceder. Y esgrimió argumentos más contundentes. Tener un hijo y luego dejarlo al cuidado de otras personas era puro egoísmo. Al oír la palabra «egoísmo», Lisa se acaloró. Y sus argumentos también se hicieron más duros. Replicó que a ella le daba miedo convertirse en una de esas mamás sobreprotectoras que sólo viven para sus hijos. Una criatura criada por una de esas gallinas cluecas probablemente acabaría siendo problemática. Entonces Maren se sulfuró de verdad. Indignada, cogió a su hijo y se fue sin más.
Una vez en casa, su marido se dio cuenta enseguida de que le pasaba algo. Maren explotó al instante:
—¡Si supieras lo que me ha echado en cara Lisa! Me ha dicho que soy una madre sobreprotectora. Una gallina clueca. Y que nuestro hijo sería problemático por mi culpa. ¡Está mal de la cabeza! ¡Qué se habrá creído!
Las palabras polémicas caldean la discusión
Detengámonos un momento en este punto y examinemos qué falló en realidad. Podemos volver a leer lo que dijo la amiga. De hecho, Lisa sólo comentó que tenía miedo de convertirse en una de esas madres sobreprotectoras cuyos hijos probablemente acabarán siendo problemáticos. Maren se dio inmediatamente por aludida y se sintió atacada.
Nosotros, personas ajenas a la discusión, enseguida nos damos cuenta de qué ocurrió realmente. Visto a distancia, comprendemos que ninguna de las dos hablaba de manera neutral y objetiva sobre el cuidado de los hijos. Ambas defendían las decisiones que habían tomado. Cada una valoraba mucho su manera de criar a su hijo y, por desgracia, con ello atacaba la decisión de la otra. El lema era el siguiente: sólo una de las dos puede tener razón. Palabras como «egoísmo», «gallina clueca», «madre sobreprotectora» o «hijo problemático» cobraron importancia. Esas palabras provocaron que la discusión se caldeara y que los frentes se endurecieran. Y, como suele ocurrir, nadie escuchaba con atención a nadie. Sólo registraban las palabras polémicas. No intentaban para nada comprender la opinión de la otra parte. Asimismo, las dos fueron incapaces de poner freno a esa fatídica polarización. Ninguna de las dos supo renunciar al deseo de tener la razón.
Sobre temas delicados y puntos débiles
En una discusión, tendemos a subirnos por las paredes cuando se toca un tema delicado para nosotros. Es decir, algo relacionado con experiencias complicadas o peliagudas que hayamos vivido.
Todos tenemos algún tema delicado. Por ejemplo, los que acaban de tener un hijo se hallan en una posición delicada. Sus vidas están patas arriba y tienen que encontrar un nuevo equilibrio. Los afectados no pueden hablar de manera objetiva o teórica sobre el cuidado de los hijos. Su opinión se entremezcla con experiencias personales, miedos, preocupaciones y momentos de felicidad. Resumiendo, sus propias tribulaciones tendrán mucho peso en lo que argumenten. Lo mismo sucede, por ejemplo, con las personas que acaban de separarse o se han quedado sin trabajo, que sufren una enfermedad o tienen que cuidar a un familiar.
Cuando algo sacude nuestras vidas, somos muy vulnerables y susceptibles. Si alguien toca un tema relacionado con nuestras experiencias personales, enseguida se crea el riesgo de que empecemos a discutir acaloradamente. Porque, en este caso, no sólo nos identificamos con nuestra opinión, sino que detrás de nuestra opinión está nuestra vida. Y nos la tomamos como algo muy personal. Eso fue lo que les ocurrió a Maren y a Lisa.
Los argumentos de cada una eran como un ataque a la vida y a la maternidad de la otra. Y las dos estaban sumamente sensibilizadas con el tema. Por eso la discusión se caldeó tan deprisa.
Aprende a entender por qué tu interlocutor discute acaloradamente
Cuando alguien presenta argumentos acalorados y vehementes en una conversación, es muy posible que se trate de justificaciones personales. Pero, mientras todo se reduzca a un toma y daca de puntos de vista abstractos, no quedará claro cuál es el tema delicado que afecta a la persona.
Una sencilla pregunta puede aclarar las cosas. En vez de replicar con nuevos argumentos en contra, podemos preguntar: «¿Por qué le das tanta importancia?» o «¿Cómo has llegado a esa conclusión?». De este modo ofrecemos a nuestro interlocutor la posibilidad de que nos cuente el trasfondo de su parecer.
Se trata de entender de verdad por qué ha argumentado precisamente una cosa y no otra. ¿Por qué habla con una voz tan apasionada? ¿Por qué se acalora tanto? Detrás de sus palabras, ¿se ocultan quizás experiencias dolorosas? Y, si es así, ¿de qué vivencias se trata?
Con esas preguntas, la discusión pasará a un nivel más elevado. En vez de continuar riñendo con nuevos argumentos, se aclarará el trasfondo de los puntos de vista respectivos. De ese modo, la lucha por imponer nuestra opinión se transformará en una conversación jugosa. En una conversación de la que todos los implicados saldrán ganando algo muy importante: conocimientos.
En el cuadro siguiente te muestro qué palabras pueden causar una discusión acalorada y con qué palabras podrás bucear en la opinión de tu interlocutor.
Endurecer la discusión | Comprender la opinión del interlocutor |
—No, estás completamente equivocado. | —¿Cómo has llegado a esa conclusión? |
—Pues eres el único que piensa así. | —No sé si te he entendido bien. Quieres decir que… (repite la opinión del otro con tus propias palabras). ¿Qué te ha llevado a pensar así? |
—¿Cómo puedes decir algo así? | —¿Cómo es que piensas así? |
—Tu punto de vista es exagerado / partidista / absurdo / disparatado. | —Me pregunto de dónde has sacado esa opinión. |
—No me negará que… | —Parece que le da mucha importancia. ¿Por qué? |
—Así sólo argumenta la gente que no tiene ni idea. | —¿Me gustaría saber por qué defiendes esa opinión? ¿Has tenido alguna experiencia? |
—No llegarás muy lejos con esas opiniones. | —Me gustaría entender tu punto de vista. ¿Qué te hace pensar así? |
En este cuadro se observa que los comentarios de las dos columnas se deben a posturas mentales completamente distintas. Quienes utilizan palabras duras tienen una actitud combativa. Su retórica avanza hacia la confrontación y la imposición. Dicho drásticamente: tratan de estar por encima.
En cambio, quienes indagan con preguntas la opinión del otro quieren comprender más y pelear menos. Intentan encontrar una onda común en la que pueda crecer un nuevo entendimiento.
Cómo explorar la opinión del otro
A la hora de plantear las preguntas, nuestra actitud mental es muy importante. Porque las preguntas sólo parecerán sinceras si realmente queremos entender a nuestro interlocutor. No se trata de criticarlo ni de diagnosticarlo psicológicamente aplicando el lema siguiente: «La persona que argumenta de ese modo seguramente tiene un trauma. Vamos a ver qué tipo de trastorno sufre».
No, las preguntas no tienen que aportar nueva munición para conseguir una victoria en la discusión. Se trata de una forma distinta de hablar con los demás. Por eso te doy un consejo: pregunta sólo cuando realmente quieras entender a tu interlocutor. Porque preguntar acarrea consecuencias: tendrás que escuchar con atención lo que te respondan.
A continuación te presento la estrategia correspondiente.
Estrategia de autodefensa: preguntar y explorar la opinión del interlocutor
- El hecho de que una discusión sea cada vez más fuerte y enconada indica que los frentes se están endureciendo. Podrás mejorar cualitativamente la discusión si exploras la opinión de tu interlocutor en vez de dedicarte a refutar argumentos. Adopta la postura mental de quien sabe escuchar con comprensión.
- Pregunta abiertamente a tu interlocutor para averiguar por qué
defiende precisamente determinado punto de vista. Por ejemplo:
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—¿Por qué le das tanto valor a esa opinión?
—¿Lo dices porque has tenido experiencias personales al respecto?
—¿Qué te hace pensarlo?
- Escucha atentamente las respuestas.
- Sigue preguntando hasta que comprendas qué ha llevado a tu interlocutor a formarse una opinión concreta.
- Repite lo que has entendido utilizando tus propias palabras.
- A continuación, explica a tu interlocutor por qué tú has adoptado otro punto de vista. Es decir, cuéntale en qué experiencias personales basas tus opiniones.
El resultado de esta estrategia suele ser asombroso. Muchas veces, una pregunta sincera basta para cambiar el tono de la discusión. Aunque el afectado sólo aluda brevemente a los motivos por los que defiende un punto de vista concreto, la conversación ganará en calidad. Surgirá más comprensión por la postura del otro y eso desbaratará los argumentos mordaces.
Así se deshacen los frentes endurecidos
En el caso de Lisa y Maren, una sola pregunta bastó para que las dos volvieran a conversar tranquilamente. Lisa telefoneó a su amiga y le preguntó:
—Maren, ¿por qué crees que soy egoísta?
Maren se puso a hablar a borbotones. No, no había querido decirle que era una egoísta. Porque ella también dudaba a veces de la decisión que había tomado de quedarse tres años en casa cuidando de su hijo. Pensaba que había que renunciar al trabajo para estar con su hijo. Pero, en el fondo, le gustaría disfrutar de ambas cosas: de trabajo y de hijo. Ver que su mejor amiga podía permitirse ambas cosas le daba un poco de envidia. Por eso había argumentado con palabras tan fuertes. En el fondo, lo que había dicho estaba más destinado a luchar contra sus propias dudas que a convencer a Lisa. Después, Lisa le contó que ella a veces se cuestionaba si sería bueno para su bebé dejarlo con una canguro.
Así transcurrió la conversación entre las dos amigas. Ya no se trataba de saber quién tenía razón. Hablaron en un plano en el que podían volver a entenderse mutuamente. Las dos continuaban teniendo opiniones distintas. Pero podían expresarlas sin que ninguna de ellas se sintiera atacada.
De la confrontación a un nuevo entendimiento
Tus circunstancias también son importantes a la hora de mejorar la calidad de una discusión. Explícale a tu interlocutor por qué te has formado determinada opinión. ¿Qué te ha llevado a defender un punto de vista? Háblale también de tus necesidades y de tus sentimientos. Cuéntale qué te impulsa o qué te da miedo.
Si le explicas a tu interlocutor las circunstancias que te han llevado a adoptar un punto de vista concreto, le estás ofreciendo la posibilidad de que te comprenda y respete tu opinión. Con todo, no puedes exigirle comprensión. El acto de comprender es voluntario, no puedes imponerlo ni reclamarlo. No obstante, le presentas una oferta atractiva y le permites echar un vistazo al trasfondo de tus opiniones. Eso genera un ambiente en el que puede crecer una compenetración mutua. Le concedes más espacio al entendimiento y reduces la confrontación.
¿Siempre pacíficamente?
Para concluir, una pregunta importante:
¿Tiene que desarrollarse siempre todo en un ambiente pacífico, armonioso y afable? ¿Por qué no podemos estallar de vez en cuando?
Respuesta: No es obligatorio. Sólo hay opciones.
Decides entablar una lucha de opiniones a plena conciencia: ¿por qué no? La discusión puede enconarse y las opiniones pueden estrellarse unas contra otras, igual que en los autos de choque. Si a todos los implicados les gusta, no hay problema.
Lo importante es que mantengas tu independencia y no te dejes llevar por una dinámica desapacible. Con las estrategias de este capítulo podrás manejar a sabiendas una discusión y dirigirla hacia un rumbo constructivo.
Como ya he comentado, se trata de contar con más opciones.