BUEN DÍA, PATRIA
1
Negra mazamorrera, Vuesa Merced no cruza
los patios solariegos hasta el último patio
donde tañen los días tus rudas cacerolas:
que eso no queda bien y además, los olores
ofenden las narices empinadas de doña
Visitación de la Santísima Trinidad de López y Gomara
y su corte de damas cluecas de miriñaques
y muy lentas gavotas.
No, Dominga Motombo. Ellas no se acercaban
ni a traerte las órdenes.
Mandaban a los criados a tu cocina sórdida
donde, espesa de nieblas, espumabas la olla
iniciando el impúdico ritual de tus pucheros
que Juego llegarían en bandejas de plata
a husmear el apetito leve de la opulencia
que no paraba mientes en tu ciencia modesta
y sí que milenaria, aprendida en cien fuegos,
en corrillos de viejas sin dientes, comedidas
que enseñaban sus artes de la boca a la oreja,
contando las porciones, la pizca, el condimento,
el tiempo de cocción inapelable:
la única noción que tenías del tiempo
entonces Colonial, moroso, circunspecto.
Tus amos, aturdidos de tedeums y oraciones,
de cédulas reales y umbrosos cabildeos,
seguían suponiéndose etéreos, deletéreos,
apenas encarnados de aquesta ruin materia
que los encorcetaba a bajos menesteres.
No se bañaban nunca por no verse los cuerpos.
Damas y caballeros hedían a cien leguas.
Los perfumes de oriente morían calcinados
por el irrespirable olor a santidad
de esos tiempos rumbosos de Virrey y Virreina.
Tú, Dominga, en el río, partías el verano
como una gran sandía de júbilo, a la siesta,
con Nicolás Turumba que, ardiendo, convocaba
a los dioses fluviales de tu índole negra.
2
Se sabe por tu boca y si no, no se sabe
qué ingredientes convienen al pez o al guisado,
al pato elemental, al animal de monte
desangrado y hervido con chorros de vinagre.
En tus manos, abuela, cocinera del mundo,
las cosas se transforman súbitamente mágicas
y la naturaleza se somete a tus órdenes
con la clara obediencia natural del milagro.
La hortaliza plural, la harina palpitante,
el aceite abundoso, el repollo crispado,
el cereal potente, las carnes, los menudos
salen de tus industrias lujosos y fragantes.
¿Quién guardó los secretos, el proceder, el gusto,
la forma, los aromas, el picante equilibrio,
sino las servidumbres vestales del romero,
la humilde y silenciosa paciencia de los siglos?
Madres de brazo en jarra, delantal remendado,
bajaban al mercado, a la feria estentórea
a escoger combatiendo lo más verde del día
y la más portentosa naturaleza cruda.
¿Olvida usted que el trigo comienza en la semilla,
sube a la espiga, cae y luego recomienza?
¿Ignora usted que el guano, macerado en la sombra,
alimenta lo tierno de las esparragueras?
¿Sabe usted que la tierra, emporcada de vida,
lo mezcla todo y sube, dificultosamente, hasta la primavera?
¿Quién transgredió estas leyes? ¿Quién dio vuelta a la torta?
¿Quién olvidó que come, digiere y luego piensa?
¿Cómo fue que caímos, madres, a tal olvido?
¿Quién fue el oscuro imbécil que comía en la tierra
y después profesaba la inocuidad del cielo?
Ellos, madres, los zánganos, los dueños de la espada,
ellos, los comegente, los comepueblos, ellos
que juntaban sus dioses en sus templos del odio
y después descendían a repartir el miedo.
Menos mal que allá abajo, en la mesa del pobre,
la sartén no cesaba de freír lo evidente,
menos mal que crecía la rebelión del ajo
y en todas las cocinas resistían los pueblos.
3
Buen día, niebla,
gris además del río.
buenos días, país,
dibujo en la llovizna.
Ande con Dios, que dicen
que ha salido a la plaza
y anda de patria en pecho,
criollo y de escarapela,
preguntando qué pasa,
¿dónde fue el estallido
y ese rumor que exige
saber de qué se trata?
¿De qué se trata arriba,
de qué se trata abajo,
de patria, dice usted?
¿Dónde adquirió el sonido
que tiene esa palabra?
¿Dónde obtuvo el sentido
de tumulto y campana
que ha llenado de pueblo
trepidante la plaza?
—¡Ha caído el Virrey!
—¡Somos libres de España!
—¿Pasteles, Su Merced?
¿Libertá, es la palabra?
—Libertad, li-ber-tad…
—Eso digo, señor:
libertá es la palabra.
En algunos salones
se reían los Godos:
—El populacho tiene
la libertad mojada
(ese día llovía
sobre la Plaza de Armas).
—Cómo van a ser libres
estos criollos mugrientos…
—Escúchelos hablando
de libertad.
—Ni saben pronunciar
la palabra.
¡Liberta, liberta
libertá, liberta…!
—Muy buenos días, Patria.
4
Abuelo polvareda,
gauderio, guacho o gaucho,
señor de pata al suelo,
centauro de dos sangres,
hueso del alarido que enceló las patriadas,
en qué galope oscuro te derribó el olvido,
magro de ser y sombra,
óseo perfil de charqui,
charqueado por la escuálida ración de dos silencios
en torno a la intemperie de fogones fantasmas,
cuando el Cura o el Jefe o el Señor de la tierra
te enganchó por las suyas para cuerpear las lanzas.
Desocupado errante o mal entretenido,
crónico vagabundo, famélico y andrajo
de la ambición siniestra que desoló la tierra
cuando la patria andaba con el grito a media asta.
Largo tropel acústico:
Huaso, Gaucho, Llanero,
en el polvo de América percute aún tu paso
y el estertor y el ruido vejador del jadeo
cuando te halló la muerte y te comió el ramaje.
A veces, caviloso, padre del horizonte,
subías con los héroes de tropa innumerable,
pero la gloria estaba lejos de tu alarido
y el laurel fue a tus ojos un súbito relámpago.
Cuando te disolvían las aguas de la historia
te miraban volver las aldeas calladas
aún más desposeído, más osamenta rota,
con las manos vacías: sin tierra y sin caballo,
déle pitar olvido y amontonar cenizas,
durando, envejeciendo, estaqueado en la nada.
Lejos de tu silencio, allá en el laberinto
de las grandes ciudades,
la patria era paloma y la descuartizaban
los hábiles notarios, los señores de pro,
la charretera tórrida, el voraz oligarca.
Y tus hijos sin tierra, abuelo polvareda,
seguían con tu grito de galope en galope,
gauderios, gauchos, guachos, carne de caudillaje,
con tu sueño cojudo desvelado de patria.
5
Los Partidos se organizaron a partir de cada porción de intereses de las partes que componían el todo nacional y las Repúblicas nacieron del reparto de fuerzas existentes entre héroes y sátrapas, mártires y canallas, poetas y asesinos. Fuimos de tumbo en tumbo, habitando la historia, clasificando pájaros, produciendo ganado, trigo, estaño, petróleo, descifrando el folclor, ordenando catastros, proveyendo de nombre militar a las calles, dividiendo la tierra, celebrando efemérides, aplaudiendo en el teatro y escribiendo del modo de moda en la metrópoli y copiando los parques, las ropas, las estatuas y el gesto y la elocuencia y el menú y la manera de limpiarnos la boca; institucionalizados por hermosos discursos y placel para el vals de los embajadores y tropas que salían a organizar el caos y palomas que huían del general impávido, en tanto los banqueros devenían ministros y las grandes familias casaban a sus hijas a la luz clamorosa de ahumadas catedrales y el analfabetismo sumaba sin saberlo y la desnutrición andaba desdentada o mongólica o ciega o raquítica o boba o diarreica o ventruda, tuberculosa, cháguica, con un promedio adulto de treinta años-vida en las minas grisú o en los cañaverales y cien niños de mil que no llegan al año con médicos atónitos que envejecen de espanto ante estadios de fútbol para cien mil personas y ante algunas personas que triunfan, no obstante, y leyes represivas y presos masacrados, y líderes alegres y ovejas sindicales y artistas famosísimos y ley de profilaxis, pues que estando afiliados a todos los partidos, votamos y nos botan de un solo cañonazo, porque el monstruo de América, el Yeti notarial y «South-americano», tiene la izquierda en solfa y la derecha grande y pasa y pisa en Chile, muerde y mata en Colombia, defeca en Guatemala, tortura en Uruaguay, vomita en Nicaragua, en Brasil duerme a saltos, aprieta y suelta en México, trafica en Paraguay, asesina en Bolivia, tritura en Ecuador, se asocia en Puerto Rico, en Panamá hace agua, en Perú retrocede, a El Salvador lo tiene con la daga en la panza, en Venezuela brinda con petróleo barato, en Argentina espera, en Cuba llora a cántaros, porque desde ese origen galope y polvareda, desde el último grito del abuelo centauro, la clase obrera junta los sonidos del pueblo, organiza un coral de fusil y guitarra y viene y crece y sube sobre las madrugadas y avanza campesina, se la siente avanzando con esa prepotente ternura de la rama.