SALMOS DE PIEDRA

1

Por las puertas del día entra el sol a la tierra.

Sube a la altura Puna. Celebra la altipampa.

Se goza en los cardones penitentes y ampara

la añosa y cotidiana ternura del maíz.

Imposible y de piedra perdura Tiahuanaco,

entrada hacia un silencio de duras soledades,

puerta sur del planeta, alto umbral de la luz.

El cielo allí es un templo adonde oficia el viento

funerales de arena, un llanto inmemorial.

Pasa otro siglo, cruza la pétrea arquitectura

un tiempo ya ceniza donde estuvo la sangre,

el terco nacimiento, el lúcido telar;

baja del polvo al polvo un estremecimiento

de la vida remota y el remoto esplendor,

la memoria del hueso donde murió la muerte,

el sonido, el asombro, el cósmico pastor

Yace abajo la sombra mineral del helecho,

la escritura geológica, el olvido animal.

Arriba pasa el viento. Solo el viento de cuero.

El viento solo y áfono. Ciego de eternidad.

Un sonido terrestre anda en la piel del aire,

plañe en todas las quenas, vuelve del yaraví:

finito e infinito sube de las quebradas

y es como si a la tierra le doliera la entraña,

las raíces que duermen doliendo en su raíz.

Por la puerta del sol entra el día a la tierra,

parpadea la oscura población del olvido,

excava con nosotros un arenal de siglos

y otra vez, duramente, todo va a suceder.

2

Vuelve el Amauta, dice demorado en la ausencia

su génesis terrestre, su oratorio perdido:

De la memoria que me queda /

puedo decir que muy antiguamente /

nosotros / los runas /

fuimos los primeros en abrir los párpados

y ver /

y reconocer los cielos y la tierra /

los mares y la luna / y los animales y las cosas

que nadie nunca antes había nombrado /

y pusimos en orden

al día y la noche… /

Mucho antes que vinieran los hombres

desde el mar /

ya estábamos nosotros

apacentando la gracia inasible de las llamas /

cavando el mineral /

cultivando el maíz y la papa /

escribiendo señales del futuro en la piedra… /

Desde entonces estamos aquí /

nosotros / los runas /

viendo pasar el cóndor sobre el viento

que nos hacía pensar grandes cosas /

como que estando él sobre las cumbres

la libertad tendría un modo de ser explicada

a los adolescentes y a los niños /

por los soles de los soles… /

En los vestigios duran

rescoldos de ternura / las cocinas /

el sitio /

donde murió la tarde

con los valles al aire y los ríos volviendo… /

Desde entonces estamos /

fundando los caminos /

reconociendo el movimiento

que viene de la luz

buscándole escritura a las estrellas /

persiguiendo el sonido

del viento entre los árboles… /

En la húmeda eternidad

de las vasijas de barro /

hemos guardado el cereal /

y la memoria de las formas… /

Y así es como la muerte

no ha podido olvidarnos…

3

En Cachi adentro, el útero,

en la maternidad del estallido

, arriba, a ras del viento, en la estructura

catedral de la luz y las estrellas,

he visto cómo yacen las Comunas

trazadas toscamente con el canto rodado

y cómo permanece la Casa de los Runas

donde ardió largamente la leña de la vida.

Son solo los cimientos. Memoria geométrica

de lo que allí moraba.

Las puertas contra el viento. La intemperie

inclemente donde fue la ventana.

La alfarería rota, el manotón del tiempo,

la herida a cielo abierto de las excavaciones

y la presencia cósmica del silencio inviolable.

En Cachi, allá en la altura Kalchakí de los Valles,

vi la pala del hombre mordida por el óxido,

la noble empuñadura gastada en el trabajo;

se ha vuelto tierra prieta lo que fue de madera

porque ha sido la tierra la que la preservara

en la preñez informe de las Huacas perdidas

donde velan, insomnes, su paz los antigales.

Y uno ve atardecer desde sus miradores

mudo ante el estupor funeral de la tarde.

En esa luz inmóvil no existe otro sonido

que el rumor interior del río de la sangre.

Arenal cae el tiempo sobre su misma arena

y lento y remotísimo se acumula en el valle.

Todo está contenido del aliento hacia dentro

y el tacto, sombra a sombra, toca el silencio y arde.

Algo Baguala, el grito, sale clamando largo

como un sollozo lejos, como afuera del grito

y luego, cerro a cerro, la luna kalchakí

subirá dando tumbos hasta quedarse cobre

y cuando uno regrese de allí, ya habrá nacido

otra vez a la urdimbre que procrea en la sangre.

4

Cuando todo amanezca y esté lucido el día

el párpado abrirá un ojo de ceniza,

bajará por un túnel de luz hacia el rescoldo

donde dejó olvidada su herramienta la vida.

Donde el cultivo pudo. Donde pudo el denuedo.

Donde oraron los verdes sacerdotes del clima

que anotaban las lunas calendarlas del árbol

y el sexo planetario que estalla en las semillas:

la papa subterránea como un rostro hacia abajo,

el camote solar, arenoso de azúcar,

el tabaco, fragante como un bosque en otoño,

el rojo escandaloso y orondo del tomate,

el falo vegetal del ají gritador,

el cacao gozador y el maíz promesante,

la mandioca y su puro almidón perezoso,

el kaki dulce y áspero, la vaina de algarroba

donde el sol hace aloja fermentando la tarde.

Ahí estarán los enseres, el paso fatigado,

el sudor que hace siglos regresara a la tierra,

los ciclos de labranza, las lunas seguidoras

y los simples canales del abuelo ingeniero.

Todo este movimiento subirá de sus sombras

por la explosión unánime del brote y la semilla

y cuando el día pleno alce el párpado ardiendo

los ojos ancestrales verán subir la vida,

ahí, en el mismo sitio donde duró el origen

con su materia en celo violando la alegría.

5

Porque la vida es terca y el polvo no detiene su agitado universo;

porque la muerte es terca y vuelve devorando el júbilo y la piel,

la sonora madera, la cal que desarrolla la antigüedad del hueso:

ese andamiaje sordo donde se apoya el aire para ser aire y ámbito

y espacio en las regiones de existencia ardorosa,

por simplemente el agua o el animal que empieza en cualquier sitio húmedo,

por eso es que no puede instaurarse el olvido.

Y así es como volvíamos: de sabernos la muerte,

de padecer los climas y las ciegas cavernas,

de abajo de nosotros, del grito necrológico,

de las profundidades del metal y la noche

con el rostro cruzado por violencias de polvo

como una papa oscura arrancada de cuajo.

Repitiendo en el sexo una alegría bruta entre el alcohol ardiente

que agitaba el ancestro disperso por la piel y ya era solo instinto,

furia de devorarnos gimiendo contra el suelo

como anverso y reverso de la muerte en nosotros,

tercamente, paridos de la sangre hacia afuera.

Éramos esos rostros de perfil contra el miedo.

Siglos del sol encima. De Mita y Encomienda.

Duras edades rojas, calendarios de piedra.

Éramos la escritura de la infamia durando,

viendo pasar la luz como un dios a lo lejos.

En nuestra sombra andaba un éxodo antiquísimo:

la furia del Incario antes de su derrumbe,

el feroz cazador de arcabuz y de sífilis,

el ruido a pasos fríos de un antiguo asesino.

Éramos solo el hombre que continuaba al hombre.

El antiguo habitante de los ríos azules.

El cazador de espumas. Acaso el alfarero.

Pero nadie podía atestiguar la entraña.

Era una sensación. Ya parte del olvido.

Nadie podía erguirse con el kipus en alto.

Ni el sol golpeado en oro de los tiempos metales.

Nadie podía nada contra el viento guerrero

ni repetir los gestos en llamas del Amauta.

Éramos solo parte de la escritura rota,

breves signos perdidos en la propia tiniebla.

¿Cuántas veces cruzamos por el techo del mundo

hollando el ventisquero y la quebrada altísima

con el color abierto y el cielo desollado?

¿Cuántas veces pisamos el camino de piedra

que iba desde el Imperio a la Tucumanía?

¿Cuánta muerte dejamos en el hielo de arriba,

qué hueso regresaba al mineral más hondo?

A veces, en las noches de los valles inmóviles,

mi sangre cavilosa se ve pasar muriendo,

se ve cruzar callada largos desfiladeros

donde el tiempo ha quedado petrificado y ciego.

De toda esta memoria guardo cierta intemperie,

cierta noción desnuda, una que otra tiniebla,

anotaciones breves y chispas inasibles

que me estallan de pronto de la índole adentro,

involuntariamente ráfagas detrás de los recuerdos,

algo que fui o que fuimos largamente a lo lejos,

Siento que así volvimos sin saber que volvíamos.

Todo el cielo era abuelo, origen, Pachamama,

principio y fin, testigos impávidos del polvo

que el viento enarbolaba consumando su hoguera.

Acaso esa memoria nos construyó el silencio,

así como el color nos vino de la tierra.

No importa en lo profundo, pero éramos un pueblo,

la terca vida, el fuego que volvía del fuego,

la sed contra el olvido, el salmo de la piedra.