LA SUDESTADA

1

Somos los que vinimos del mar, el oleaje de la sangre.

Bien que aquí había cielo como para apagar el horizonte

y tierra, a dos ponientes, como para hacer horizontes

de cualquier polvareda.

Así, cuando llegamos, nuestros nombres perdieron

el sonido profeta con que fueron nombrados

en la aldea perdida o las calles estrechas de la ciudad natal.

Aquí nadie era nadie. La soledad violaba.

Y nadie reclamó su simple filiación, su dato mínimo.

Nosotros, Juan o Pedro o como nos nombrase la raída ternura

no teníamos ya pasado, sino olvido.

Éramos solo piel. Los ojos del naufragio.

Vinimos españoles, judíos, italianos;

gentes de antiguas tribus, franceses, alemanes;

feroces de prejuicios como un nudo de víboras,

resaca, mugre, olvido, vergonzantes piratas;

gente de furia al cinto, sumisos cuchilleros,

a buscar sitio y oro y otras inmunidades.

¡Qué sumidero, América! ¡Qué país del desprecio!

¡Qué exilio para hacerse con el oro y el moro!

De algún modo, el que vino, venía para irse:

para llenar la bolsa y vaciarla al regreso.

Desde que don Cristóbal encalló en esta orilla,

todo fue enredo aquí, puerta del limbo.

¡Desde que el Comandante enfrentó a las gaviotas,

todo fue confusión y mal parido!

No es dable imaginarse lo que pasó en la Corte,

en los mapas absortos; en el sueño, en la Biblia:

flagrante Adán desnudo, Eva sin su manzana.

El Talmud quedó mudo. El Corán hizo agua.

Un rayo ardió las barbas de la filosofía

¡y todos fueron vistos con el trasero al aire!

2

¿Y Colombo Colón? ¿Y las tripulaciones?

¿Y la Reina Isabel? ¿Y su Rey don Fernando?

¿Y el Papa en su Papado? ¿Y Dios entre las arpas?

Todos ahí, mirándose, con la brújula ardiendo,

loca de norte y cielo, violada por el agua.

Una ráfaga cruda cruzó las Catedrales

y se mezcló a los rezos y a otras confesiones.

Se decía que el Diablo navegaba estos mares

y que el infierno estaba de la brújula al norte.

¿Porque si no era Indias, qué cosa era este sitio?

¿Qué aparición de azufre y lujuria y volcanes?

¿Y esas flores fragantes del tamaño de un niño?

¿Y ese erótico aroma del cacao y del plátano?

¿Y el ananá, de súbito, como una bocanada

que nadie, tan perverso, hubiera imaginado?

¿Y el tomate, desnudo, con el ombligo al aire?

Diz que fue prohibido en reunión de Obispos

y que se le llamó: la manzana del diablo.

¿Y la nieve nutrida de la papa cocida?

¿Y su flor, que era el párpado del rocío en el alba?

¿Y el maíz, y su risa de redonda frescura

como una carcajada de la naturaleza?

Violentamente todo se sumó a la violencia.

Tanta vida desnuda debió ser castigada.

Fueron casual de pestes, entraña del pecado,

un error, un descuido de los Salmos piadosos

que hubimos de abolir sin ninguna piedad.

Se le anotó la fecha: doce de octubre, a fojas

uno del Mundo Nuevo, a un mil cuatrocientos años

de Dios Nuestro Señor…

3

¿Y Nosotros? Nosotros de inciensos y de infolios,

de íncubos y súcubos y de largos velones,

nosotros que arrastrábamos sordas inquisiciones

y Autos de Fe y martirios y brujas crepitantes;

nosotros, los ungidos por las flagelaciones,

gringos de toda laya, sumidos cancerberos,

entramos a la tierra navío tras navío

a cubrir el gran sexo de esta loca terrestre

y la desmesurada violencia de su júbilo.

Américo Vespucio la anotaba en los mapas,

pero ya en las callejas la fábula era loca:

—En América el sol convierte el barro en oro.

—Hay ciudades enteras de pulido diamante.

—Dicen que al sur hay ríos todos de entera plata.

Y la leyenda andaba, sórdida, en los palacios.

Y así vino la fiebre. Gente del mar venía,

ingleses, holandeses, vikingos de sol alto;

se sabe que no hubo sangre que no viniera:

cometiera su culpa y tomara su parte.

Griegos de hondo silencio, chinos de leve paso,

rusos de grandes sombras, portugueses callados.

Cada cual, a lo suyo, lentos depredadores,

dioses del arcabuz, feroces cabildantes.

Aquí, sobre este viento de sur hasta el oeste,

todos tiraron piedras y escondieron la mano.

Y un día, un largo día, los navíos se hundieron.

El sol incendió el viento. Y les quemó las naves.

4

Qué día aquel: ¡Qué hermoso regreso a la grandeza!

¡Tamaño de la hombría! ¡Qué asumida aventura!

Alguien dijo: es la tierra. El sitio de la vida.

Traigan el mástil, claven su altura en la mañana.

Venga el culpable. Muera su muerte el asesino

y beba el oro líquido y fúndese y no olvide,

porque el hijo del hijo ya no tiene regreso

ni brisa ni velamen ni brújula ni exilio.

Esta es la tierra. Es esta la patria de los días,

de lo que viene y fluye y tercamente, queda.

A qué volver, adónde volverá el que era olvido.

La ausencia tiene el rostro de la muerte y el hijo

no tiene ya más cielo que ese azul horizonte,

ese simple suceso de semilla y de trigo.

Así fue que nosotros, que vinimos del mar,

después de tanta culpa, descubrimos la tierra.