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ME acuerdo de pocas cosas antes de la hacienda y de la casa, recuerdo a un hombre acostado casi a oscuras porque un diente de metal brillaba diciéndoles a otros hombres difíciles de distinguir en la habitación, formando parte tal vez del revoque

—O me tapan la cara o me sacan al niño de aquí

uno de los otros hombres se volvió más persona al destacarse de la pared

(la loza de un tazón brillaba también, fija, sobre una mesa o algo parecido)

—Vete afuera, muchacho

mientras el diente de metal aparecía y desaparecía respirando solo, me acuerdo de que uno de los otros hombres me dejó en el patio a la entrada de la puerta, con las hojas del limonero ora marrones ora verdes tintineando murmullos de manera que me agaché para oír mejor una jarra echando agua en un cazo, el cura con una malilla llena de la bondad de Dios y de milagros allí dentro y después me acuerdo de que era de noche y ningún brillo entonces, el cura apretaba manos disculpando a Jesús

—El Señor tiene manías que no siempre entendemos

comparándolo con un antiguo barbero que subió al campanario

—Sé volar, fíjense

y pasó meses en el hospital enderezando la columna, se explicaba arrastrando la pierna

—Ideas

construyendo en un secreto a voces alas de tela entramadas con varillas de paraguas en el almacén de la tienda, el enfermero sosegaba a la mujer

—Con la rodilla deshecha no sube ni un escalón y mucho menos hasta un campanario

me acuerdo del comienzo del día, primero blanco y el limonero sin color, después lila y el limonero violáceo mientras la huerta gris y después los gorriones negros volviéndose claros, de los otros hombres saliendo con una caja larga ahuyentando gallinas, del administrador señalándome en el cementerio

—Es este

y el patrón en el mulo observándome

—No tiene nada de mí, ¿estás seguro de que es este?

avanzando a través de una hilera de lápidas con el mulo cojeando para estudiarme mejor, con un puro que parecía apagado y no obstante capaz de nubecitas enérgicas

(el barbero a la mujer sujetando las alas con correas

—¿Quién le ha dicho que no vuelo, estúpida?)

el patrón se inclinó sobre mí con una mueca de duda con la escopeta encajada en los arreos

—Acércate, niño

echándome ceniza en la ropa, el barbero batía las alas hacia arriba y hacia abajo en el umbral y nanay, estatuas, cruces, un tipo al fondo buscando hierbas sin prisa, el patrón al administrador

—¿Ves algo mío en ese esqueleto?

doblando las gafas en la chaqueta pensando, el administrador me midió a su vez

—No huyas

mientras el patrón me mostraba dos ángeles de escayola sacando la escopeta de los arreos

—Hay una manera de saberlo

metió dos balas en el cargador, una para cada gatillo, al mismo tiempo que un mirlo cambiaba de ciprés y oculta en las ramas una nota de escarnio, apuntó a los ángeles con el índice en el gatillo derecho y no me llegó ningún ruido, ecos sucesivos que se distanciaban de nosotros hasta la falda de la sierra y uno de los ángeles degollado, el barbero se alzó un palmo

—¿Vuelo o no vuelo, estúpida?

y volvió a caer envuelto en las varillas, el patrón me entregó la escopeta yo que nunca había cogido una escopeta en la vida

—Mátame al otro, niño

yo escondiendo detrás de la espalda lo que podía de mí, brazos, cara, barriga, el hombre acostado interrogando a la oscuridad

—¿Se llevaron al chico al menos?

con el diente de metal empañándose y la voz sílabas transportadas a la fuerza sin que yo entendiese por qué las palabras costaban tanto, la escopeta demasiado pesada por la culata que había apoyado el administrador en mis costillas, la mujer del barbero lo iba recogiendo a pedazos del suelo, cada pedazo asegurando

—Espera solo quince días hasta que yo aumente las alas un palmo

la escopeta que aún caliente olía a tejón quemado y se contraía y dilataba como al final de las toses, el mirlo pasó del segundo ciprés a uno de los fresnos del muro casi pegado a los soldados de Francia

(apuesto a que a los soldados les gustaría regresar con casco y polainas)

el administrador me colocó el índice en el gatillo izquierdo

—Vamos

el patrón a la espera mirando el puro, observé al ángel, observé la escopeta, volví a observar al ángel, los otros hombres seguían saliendo con la caja inclinada hacia un lado porque uno de ellos

(el único con corbata)

más bajo y nadie en la cama, ninguna sábana, ningún colchón, tablas, el gatillo fácil de mover al principio y después

difícil, de nuevo no me llegó ningún ruido, me llegaron esos ecos que se distanciaban hasta la falda de la sierra, el patrón al administrador, sin pena por los ángeles degollados

—Siéntate en la grupa del mulo

y nosotros tres atravesando la hacienda en dirección a la casa oyendo a los cuervos que se alzaban del centeno chillando para caer como guijarros en la tierra, el mulo no olía a tejón quemado, olía a polvo de alfombra como los animales viejos cuyos cartílagos agujerean la lana, vi un granero, un depósito de agua, un pomar, el barbero aumentaba las alas con toallas y fundas con una porfía paciente, vi un cubo en un pozo y un almacén de hoces, el administrador ayudó al patrón a apearse frente a la cocina con las criadas

(cinco o seis en esa época al paso que años después diez, doce)

de un lado a otro entre el fogón y la troj, el barbero palpaba las alas comprobando las costuras

—Está bien

el administrador me colocó en el suelo y el mulo de la pata lisiada obediente, a la espera, con un metro de cuerda sirviendo de riendas y un trozo de manta como montura no porque el patrón fuese pobre sino porque lo era el animal, a punto de deshacerse en terrones, diciendo a otros mulos difíciles de distinguir en la habitación, tal vez formando parte del revoque

—O me tapan la cara o me sacan al niño de aquí

solo que no lo sepultarían en el cementerio sino en las pitas de la hacienda como los mulos antes de él, los perros perdigueros y acaso personas dado que mi familia faltaba en las veredas de losas si es que he tenido familia

(el mirlo diciendo que no con su guasa sin fin)

y qué parentesco, pregunto, entre el diente de metal y yo, me daba de comer, me vestía, el patrón me entregó a las criadas

—Aquí tienen a alguien para entretenerse

mientras yo pensaba acordándome de la escopeta

—Si me da la gana las degüello

y nada de sangre y de sufrimiento nada porque nosotros huecos, de escayola, desplazándonos a sacudidas como los espantajos del trigo cuando se altera el viento, me acuerdo de mi miedo a los silbidos en las tejas

—¿Dónde naciste, muchacho?

y yo con lluvia en el porche de la casa viendo las gotas amarillas y azules en la lámpara, por encima de las gotas amarillas y azules gotas de color rosado, negras, rojas, me acuerdo de la manta que me dieron para dormir en el granero y de los murciélagos abandonando las vigas con un alboroto de chillidos, de imaginar

—Dentro de poco me comerán

yo que no tuve madre, tuve un diente de metal supongo que casado con la madre que no tuve, me daba de comer y se ocupaba de mí, me imaginaba su hijo para no cargar con el insulto de vivir con el hijo de otro de tal modo que ni hijo podría llamarme, por qué razón no me degolló con su escopeta, qué retrato había estado en la caja de la habitación y él encarando el marco con la garganta a saltitos, el barbero finalmente volando alrededor del campanario

—¿No lo dije? ¿No lo dije?

el hombre acercándose al marco y retrocediendo de inmediato, en el cajón un misal sin tapa y un frasquito de perfume, el hombre callado aun cuando el patrón, también callado, se quedaba junto a su puerta encendiendo el puro con la fusta contra la cadera mientras el mulo y el administrador esperaban en la calle y una mujer

(no mi madre, que nunca tuve madre)

frente al fogón sin cocinar nada de nada porque la sartén vacía, el barbero agitaba las alas sobre los árboles exultante

—Mírame, Mariana

y cuando el mulo se iba y el hombre en casa de nuevo

(he dicho que me acuerdo de pocas cosas antes de la hacienda y no miento)

la mujer poniendo dos platos en la mesa

(no miento)

y los cascos del mulo cada vez más tenues excepto aquel que cojeaba dando la impresión de seguir presente, incapaz de acompañar a los restantes en dirección a la hacienda junto con los primeros escarabajos y los últimos perros a esa hora en que los ladridos van tan lejos que los sienten la laguna o la frontera, las voces, aun en sordina, alcanzan a todo el pueblo y la criada del cura cierra el cerrojo de la sacristía

(la llave se mueve dentro de nosotros dándonos un vuelco en el hígado)

por temor a los rateros de las limosnas de las almas, durante el día acompañaba al administrador ocupándose del maíz y el patrón deshaciendo la brasa del puro con la uña

—¿Es tan idiota como el otro?

(el barbero se marchó con los tucanes, al principio en círculos y después, ganando confianza, hasta la primavera siguiente)

refiriéndose al hijo interesado en las begonias de la escalera, el patrón plantó el puro apagado en las

(un racimo de tórtolas ocupaba el palomar)

encías al mismo tiempo que el administrador

—Menos

y fue una de las raras ocasiones en que lo oí hablar, conducía a los campesinos con el mango de la navaja sin necesidad de instrucciones así como no necesitaba oír al patrón para entender lo que él quería y no sé por qué me vinieron a la mente los dos ángeles impedidos de rezar por los difuntos a quienes la humedad iba aflojando los tobillos y arrugando las túnicas de manera que si yo precisase una ayudita de qué íntimo del Señor me las podría dar, no era el hombre del diente de metal que yo buscaba en el cementerio, era que Dios, olvidado del episodio de la escopeta, se interesase por mí y ni una señal Suya para muestra bajo la forma de una lengua de fuego, si se lo pidiese al patrón tal vez pondría a Dios a raya pero en las pausas del mulo el patrón en el despacho sumando mientras el administrador y yo esperábamos con el sombrero al pecho, él con chaleco abrochado y yo con las mangas bajadas componiéndome la camisa, un gallo cuyo reloj funcionaba mal anunciaba a media tarde mañanas en el gallinero y en cuanto a la mujer del hombre no me acuerdo de ella

(yo no miento)

tengo la impresión de que me cogían en brazos y el olor del frasquito de perfume se adensaba pero era sin duda otra persona, no me gustan los perfumes, madre, no me fastidie, el hombre del diente de metal acuclillado con una escarda en una curva del centeno, levantándose con la escarda y el patrón sin alterar la cadencia del mulo

(ayudé a enterrar a ese mulo después de romperle las patas para que cupiese en la fosa, antes hubiese ayudado a la mujer fallecida a curarla, me dijeron, de una cosa maligna en el pulmón)

ni tocar la escopeta

—Idiota

el administrador ningún movimiento tampoco y el hombre dejando caer la escarda, un débil como el hijo del patrón desprendiendo el caballo y trotando en el pueblo, encontré la escarda muchos años después, con la hoja quebradiza por el óxido, el barbero regresó en primavera no para vivir con su mujer, para incubar huevos en la laguna buscando renacuajos con el pico, el patrón cerró el cuaderno y caminó hacia la salida con el administrador y yo detrás pisando las tablas levemente, por respeto, como durante las exposiciones del Santísimo Sacramento, dos o tres mendigos en la cocina atropellándose en peticiones

—Señor

(una tórtola escondida llorando, quien concibió a las tórtolas las hizo de porcelana y lágrimas)

y el patrón ya con los tacones de las botas en el patio sin volverse hacia nosotros y aun hablándole a nadie sabíamos que era al administrador a quien se dirigía porque quitando el

—Ven aquí

destinado a las criadas de la cocina y el

—Idiota

al hijo no se comunicaba con nadie en absoluto

—¿El chico está listo para ocupar tu lugar cuando revientes como un perro?

sin interés por la respuesta puesto que le bastaba el silencio, qué extraña cosa pájaros de porcelana y lágrimas en una tierra donde las personas, excepto el hijo enternecido con las begonias, eran de basalto, violencia y cardos y solo las mujeres permitían sin quejas

—Me encuentro bien

que las viesen morir sin parar de insistir

—Me encuentro bien

en un momento en que el

—Me encuentro bien

no empañaba siquiera los espejos y de la misma manera que el patrón sin necesidad de dirigirse al administrador el administrador sin necesidad de responder, tomaba las riendas del mulo y le sujetaba uno de los muslos para que el otro montase, fastidiado consigo mismo por los años que tenía

—Jesús

no una súplica, un sentimiento de ultraje contra la injusticia del tiempo, el idiota a caballo y el patrón condenado a un animal tan agonizante como él que de vez en cuando desistía y lo obligaba a apearse, el mulo al que con los años aunque no lo admitiese o aceptase que lo admitiesen se había aficionado y ahora ambos tan próximos a la muerte que empezaba a resignarse

(sin admitirlo tampoco)

y las lágrimas de las tórtolas y la taza de la esposa en el plato, habría de reventar como un perro igualmente dejando una hacienda que reventaría a su vez dado que el hijo incapaz de orientarla y entonces comprendí la pregunta al administrador

—¿Crees que el chico está listo para ocupar tu lugar?

con la esperanza de que no fallecería si creciesen el trigo y la avena y el centeno que sembró luchando con la resistencia de la tierra y las criadas mantuvieran la casa que había construido desde los cimientos, con miras a que su memoria permaneciese viva incluso en una época en que los huesos formaban parte de los chopos que después de beberles la sangre a los muertos les beben las facultades y entonces comprendí su deseo de durar a través de paredes y cosechas, ausente como el Creador y no obstante con nosotros, comprendí que en su mente Dios finado también y sin embargo existiendo en las aldeas de picapedreros en los desniveles de la sierra y más allá de la frontera que nadie atraviesa salvo los tucanes y el barbero del pueblo con sus alas postizas, comprendí el odio por el hijo que anularía su memoria permitiendo la ruina de la casa, con la esposa que sacó de la cocina donde haraganeaba con las restantes criadas y después de que él la eligió

—Ahora te quedas conmigo

doblando sábanas en el desván sin bajar a su encuentro, era el hijo quien subía hasta ella impidiéndole subir, yo junto a la pila del lavadero afilando un trocito de caña y el patrón que la visitaba de vez en cuando

—Ven aquí

sintiendo en silencio con la esperanza de que lo ayudase a mantenerle el nombre yo que ignoro cómo se puede llamar casa a una construcción hecha de sucesivos remiendos y añadidos inútiles convencido de una eternidad que no alcanzaría nunca ya que hoy andamios al azar y ladrillos rotos, el caballo del hijo, sin dueño, girando entre ruinas y los muebles polvorientos, las cortinas rasgadas, los objetos dispersos

(percheros, espejos, fragmentos de oratorio)

tejones y comadrejas sí, no personas salvo yo en el granero por la noche y apoyado durante el día en la pila del lavadero abriendo la navaja, cogiendo del suelo un trozo de madera que había pertenecido al palomar

(lágrimas, lágrimas)

donde las tórtolas de porcelana habían llorado antes, yo junto al depósito de agua sin preocuparme por el trigo o la huerta o los perros que me pedían comida enrollándoseme en los pantalones aguardando a que volviese el patrón en un mulo nuevo señalando con la fusta lo que había que hacer y yo espiando por la ventana del piso de arriba deseando que la esposa del hijo bajase a mi encuentro, nunca dijo nada, nunca preguntó nada, nunca dio muestras de conocerme o de quererme, se limitaba a cruzar el patio, entrar en el granero y extenderse en la paja como si fuese mi deber de criado del suegro ir a su encuentro y servirla de forma que soltaba la navaja y el trozo de caña, iba a su encuentro y la servía no como servía a las otras sirviéndome de ellas, sin servirme a mí mismo, consciente de que no era conmigo con quien estaba, se quedaba sola, con los ojos muy abiertos, impacientándose para que yo acabase, porque ella no acababa lo que nunca tuvo, para alejarse de mí como si no me hubiera encontrado, ignoraba mi nombre, mi edad y lo que yo podía sentir dado que en su mente no sentía nada, en una única ocasión, sacudiendo restos de paja o sea sacudiéndome a mí porque yo restos de paja, no gente

—¿Cómo era tu madre?

yo

—No tuve madre

acabó de sacudirse la paja, regresó a casa y eso fue todo, me parecía que decía

—No tuvo madre

pero no estoy seguro o mejor dicho estoy seguro de que no dijo

—No tuvo madre

dado que una no persona solo puede tener una no madre y eso fue todo, cogía la navaja y el trozo de caña del suelo, me apoyaba en la pila del lavadero y seguía afilando mientras pensaba en el hombre con el diente de metal

—O me tapan la cara o me sacan al niño de aquí

y el hombre una no persona igualmente porque solo el patrón y su familia, incluido el hijo de las begonias, eran personas en la hacienda, no los campesinos ni las criadas de la cocina, no yo que no fallecíamos como personas, reventábamos como perros un día, una no persona también aquel que metieron en una caja larga que llevaban otras no personas, inclinada porque una de las no personas más baja de forma que el hombre no al centro, no compuesto, apoyado de perfil en uno de los lados del ataúd, con no personas de no luto, varias con no bastones debido al no reumatismo u otra no enfermedad cualquiera cantando un no canto y conversando no conversaciones acerca del no finado con no recuerdos y no disgusto mientras yo permanecía en el patio esperando que el hombre

(el no hombre)

volviese para fallecer de nuevo

—O me tapan la cara o

y no le taparon la cara o se la taparon después de sacarme de allí ya que tenemos derecho a la soledad al morirnos, estando con nosotros entre ansias confusas y miedos confusos hasta que la confusión diluirse en una especie de voz que habla de lo que creemos que no nos concierne, nos concierne y como nos concierne no somos, yo apoyado en la pila no siendo, no cortando una caña, fijando la navaja

(lágrimas no mías, yo no de porcelana, son las tórtolas las que lloran)

a la altura del cuello apoyada en la garganta, septiembre de vuelta o marzo u octubre, qué interesan los meses, no creo que haya doce en un año, hay muchos menos, tengo un resto de granero y un resto de paja y cuando todo acabe me como a mí mismo, este dedo, aquel dedo, el codo izquierdo, hay quien se come a sí mismo, la esposa del hijo dos hijos a su vez, uno incapaz de expresarse sin prestar atención a nadie a quien el patrón

—Idiota

y uno que prestaba atención y a quien el patrón

—Ha de heredar todo esto

y se marchó sin heredar sea lo que fuere llevándose a su hermano para quien yo hacía cochecitos gesticulando porque para quien yo hacía cochecitos gesticulando con alambres y palos, lijaba un volante, conseguía portezuelas que funcionaban, colocaba un muñeco en el asiento fingiendo conducir y dejaba todo aquello

(¿qué espera la mujer del barbero a la entrada de la barbería?)

por donde el hijo incapaz de expresarse pasaba y él trayendo un martillo, deshaciendo el cochecito que me había costado una semana de esfuerzos y después de destruirlo intentando unir las piezas para destruirlo de nuevo

(el barbero no apareció con los tucanes)

soltando todo de repente y quedándose pasmado murmurando no sé qué, se me antojó que

—Jaime

pero seguro que me equivoqué por no haber ningún Jaime en la hacienda, vi llegar a la partera cuando nació el hijo, una criatura que vivía sola, con dos o tres cabras, después de la última travesía antes del camino de la sierra y a cuyo tejado arrojaban los chicos ratones muertos mientras las cabras balaban y ella

—Malvados

con los ratones muertos bajando en tropel por las chapas de cinc, vi a las criadas de la cocina llevando agua caliente al desván y jabón y paños, el hijo del patrón atando y desatando con manos torpes al caballo de la argolla y el patrón

—Idiota

frente al cuaderno de las cuentas sin pensar en números ni coger el bolígrafo, con el mentón apoyado en la palma hasta el primer llanto en el desván y a continuación del primer llanto levantándose del escritorio y apoyándose en él como con las piernas sin fuerza, dirigiéndose a la pila donde yo afilaba una caña, mirándome un buen rato con los árboles alrededor, acacias, fresnos, un olivo que nunca se decidió a cortar y los fresnos, las acacias y el olivo conversando sobre nosotros afirmando esto y lo de más allá que preferíamos no escuchar, dejó de mirarme cuando el nieto se calló amenazando

—Tú

y desapareció para encerrarse en el despacho aferrándose a la botella destinada a los clientes del trigo tomando conciencia de que su tiempo había terminado y la hacienda y la casa con él, el hijo incapaz de detestarme, incapaz de vengarse y entonces las tórtolas del palomar no llorando, mudas y no de porcelana, de carne, me las comeré un día antes de comerme los dedos, el hijo del patrón escapándose del llanto con ganas de coger la fusta y sin atreverse a pegarme o pedirle al administrador que me pegase por él, yo apoyado en la pila mientras la partera regresaba al pueblo donde los chicos nacidos por sus manos y que había envuelto después de limpiarlos con la propia falda de la madre en una manta o en un chal la esperaban, la cocina finalmente en calma, un gorrión

(¿o el barbero?)

en el borde del cubo del pozo con un insecto en el pico cuyas alas vibraban y en el piso de arriba ningún llanto como nadie en la ventana, pensé

—Ha muerto

pensé

—Han muerto los dos

la conversación de los árboles hablando mal de mí, cállense, tantas hojas, tantas ramas, tanto tronco insistiendo, el olor de la tierra sangre y agua tibia y grasa y sudor, no naranjas, no maíz, creí que el caballo volvía y me equivoqué, era cualquier cosa latiendo a la que no hice caso al principio porque en el interior de las costillas solo una taza en un plato con la cadencia de la sangre y el patrón porfiando con la botella hasta que solamente dos párpados, rojos o color rosado, da igual, no a causa del disgusto o de la rabia o de la certidumbre de que su vida había terminado al terminar la hacienda sino a causa del vino y a pesar del vino garabateando guarismos en el cuaderno, unos trazos, unos círculos, arabescos sin nexo, sumando nada con nada, aparte de la prueba del nueve la nada y durmiendo sobre la mesa con el bolígrafo escribiendo antes de caérsele de la palma, el administrador y el mulo aguardándolo y el automóvil de un vendedor de fruta sucio del polvo de las veredas

—¿Por dónde anda tu patrón?

el patrón que había parado realmente, desistió, acabó, no espere más, amigo, no tenemos nada a la venta, mire esta cicatriz en la fachada y la enredadera marchitándose, después de aguzar la cañita agucé otra caña y otra caña y otra caña y después de las cañas agucé el pulgar por ser mi pulgar de madera, no de hueso, y mis esquirlas de hueso cayendo al suelo, el hijo del hijo del patrón, mi

no mío, el hijo del hijo del patrón a quien el patrón

—Idiota

incapaz de expresarse y vivir con la gente, lo visité en el hospital donde el hermano lo guardó como quien guarda lo que no sirve o jamás sirvió en el sótano, el hijo del hijo del patrón no hijo del hijo del patrón a quien visité en el hospital muchos años después, un edificio rodeado de rejas y plátanos en el patio en torno a una fuente que nadie usaba, yo con un saquito de ciruelas porque tal vez no lo alimentaban y lo dejaban solo sin ocuparse de él así como tampoco se ocupaban la madre ni el hijo del patrón, la madre encerrada en el desván doblando sábanas en los arcones y el hijo llamándola desde el pie de las escaleras

—¿No me dejas subir?

yo escuchándolo fuera afilando la caña con más fuerza o acabando cochecitos a los que nadie hacía caso excepto para deshacerlos a golpes de martillo, yo vigilándolo de lejos preocupado por el cuartucho de las herramientas donde podía hacerse daño y los desniveles de los surcos donde podía caerse, yo a la entrada del hospital con mi traje nuevo comprado hace seis años y mi saquito en la mano, el recepcionista del hospital

—¿Aún hay ropa como esa?

cuando era un traje normal, un poco ancho tal vez pero elegante, verde, con las solapas doradas y una faja en los pantalones y no obstante no era la anchura del traje lo que sorprendía al recepcionista sino algo que yo no adivinaba qué era cuando él

—¿Usted trabaja en un circo?

yo que trabajaba la tierra o mejor dicho que trabajé la tierra antes de que la tierra acabase y ahora montaba trampas para los pájaros que fallecían lentamente, el recepcionista a un compañero tan admirado como él y nosotros en el patio de los plátanos cuyo polen en lugar de bajar flotaba en medio de nosotros añadiendo más dorado a las solapas, a los pantalones, a las tapas de los bolsillos

—Hay aquí un payaso que viene a visitar al autista

y el hijo del hijo del patrón

(no hijo del hijo del patrón, no hijo de él, juro que no hijo de él, puede ser que mi hijo pero no hijo de él, yo no miento)

en el patio conmigo sin reconocerme así como no reconocía a nadie, se dirigía a un lado y a otro, se inmovilizaba

—Jaime

y caminaba de nuevo hasta acuclillarse en un tronco cruzando las falanges fascinado por el aletear de las uñas o para verse libre de mí, no lo sé, así como no sé lo que piensa, lo que imagina, lo que quiere, yo con el saquito observándolo

(si me acercase se alejaría)

extendiéndole el saquito, colocándolo en un banco y apartándome con la esperanza de que si yo no estaba cerca iría a cogerlo, yo a él

—Niño

no en voz alta, mansamente

—Niño

cuando era otra palabra la que mi boca decía y no obstante

—Niño

con un diente de metal porfiando en mí

—O me tapan la cara o me sacan de aquí

el recepcionista

—Ha pasado la hora de visita, payaso

y yo frente a las rejas oyendo a los plátanos que no dejaban de cuchichear.