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DE manera que me quedo aquí esperando porque con un poquito de suerte puede ser que ocurra algo, que una persona llegue del pueblo para quedarse con nosotros o llevarnos consigo y quizá no ya del pueblo, unos pocos postigos que resisten y los parientes de los retratos aguardando que la lámpara del fotógrafo los despierte para regar las huertas, las criadas de la cocina en torno al fogón, mi abuela con un trozo de repollo atrayendo a los conejos por la puerta de la reja y eligiendo a mi abuelo entre los animales, no, qué disparate, encontrando un conejo, midiéndole los huesos mientras le acariciaba el pescuezo y el animal, sin comprender, un gemidito feliz, comenzó a comprender retorciéndose cuando mi abuela dejó de acariciarlo y lo colgó de las orejas, comprendió retorciéndose un segundo más antes del golpe en la nuca y con el golpe en la nuca acabó la comprensión viendo a mi abuela que lo extendía sobre sus rodillas acariciándolo de nuevo en busca de la hoja en el delantal para abrirlo de golpe

—No te lastimo, tranquilo

separando las vísceras con los dedos para no lastimarlo, lo que recuerdo de ella es la enfermedad de las manos que apenas sostenían la taza, si mi abuelo pasaba se extendía hacia delante intentando cogerlo por el pescuezo o una pata en la conejera de la sala, la cuna de mi padre sigue en el sótano, un cesto de hierro al que el óxido le impide mecerse y una almohada sucia y por tanto mi padre sin cama ni limpieza sin hablar de las botellas vacías, una polaina desparejada y la escudilla del gato que no recuerdo que existiera si es que los gatos existen y siempre me pareció que no, les basta con cerrar los ojos y desaparecen, en el caso de que los abran no son de ellos, es un distanciarse que nos interroga sin hacer caso a la respuesta como usted hacía con mi padre de pequeño, abuelo, un conejo tan diminuto que no servía para el lebrillo, qué se aprovechaba de eso y qué partes se podían comer, a veces sentía a mi padre rondando la sala a la espera de no sé qué que no venía aunque fuese un cuchillo que lo abriese y dedos que le separasen las vísceras, cuando mi abuela murió se quedó un buen rato mirando la taza, el plato y la manta de las rodillas doblada, la dobló de nuevo alisando pliegues y de repente la manta algo vivo, tírelo del pescuezo, abuela, elíjalo después de recorrernos a todos entre los animales de la conejera, mi abuelo, mi hermano, mi madre, las criadas, y tráigalo al otro lado del patio donde ustedes dos solos y yo con pena de mi padre con ganas de decir

—Señor

no para llamarlo o para que reparase en mí, para saber qué era yo allí en medio de los trastos

(no existe nada reciente en este lugar, todo viejo hasta los árboles fuera, la inmovilidad de los milanos, el mismo viento y los mismos sonidos, aquellos que mi padre había oído de niño y mi abuelo antes que él y el padre de mi abuelo, el mulo que había pertenecido a parientes más antiguos que los de las fotografías, el caballo en retratos anteriores a mi padre montado por individuos cuyo nombre nadie recordaba y de ahí este silencio estancado, horas que se repiten sin avanzar nunca, los ahogados de un pozo un solo ahogado que nos maldecía desde el fondo, se distinguían bajo el fango el sombrero, los zapatos y de repente éramos nosotros en el agua pasándonos la mano por la cara sin creerlo

—¿Yo?)

podía ayudarlo con la manta, traerle la escopeta para las comadrejas, hacer recados, mi padre que debe de haber oído el

—Señor

(es imposible que no haya oído el

—Señor)

que yo no dije y las luces del pueblo apagadas

(tal vez una lámpara que otra oculta por un biombo, pero ¿quién la encendió?)

mi hermano frente al reloj, a la espera

—¿Y tú qué esperas?

apenas se veía al ayudante del administrador reparando la bomba del agua y al rato el trote del caballo desarreglando el maíz, si usted me trajese un cochecito de madera no lo pisaría, padre, se lo aseguro, me quedaría en el porche con él, tal vez aún lo tendría en la habitación y me gustase mirarlo

—Lo ha hecho mi padre

la portezuela que se abría y se cerraba y acabó por soltarse, le puse tanta cola que no se volvió a abrir pero no tenía importancia, yo contento, sin echarlo de menos, que no tengo tiempo para echar de menos a nadie, contento, cuando un día vengan a buscarnos al pueblo

(nunca vendrán a buscarnos al pueblo, ¿quién nos quiere?)

y lo encuentren en una choza perdida creo que aunque no hablásemos explicaría

—Tuve que pegar la puerta del cochecito

y él aprobándome al examinar la puerta, no vestido tal como se vestía en la hacienda, con traje almidonado como los restantes muertos y la barba afeitada hasta que un golpe en el mentón, tal vez si mi madre lo viese así de elegante yo su hijo señor y el caballo sin obligación de trotar por los callejones atormentándose con los adoquines, fíjese en las patas heridas y en el miedo de los ojos, uno de los estribos colgando, una de las hebillas rota y mi padre mirando los hongos entre los ladrillos a través de mí, se notaba que un esfuerzo a fin de comprender dónde estaba yo

—No te veo

revolviendo objetos que se esfumaban en cuanto los tenía en sus manos

—¿Por dónde andas?

y disculpé a los parientes de las fotografías que nos buscaban por el camino equivocado, mi abuela incapaz de atraparme en la conejera trajo un montoncito de pelusilla en la palma, yo acercándome a mi padre

—Estoy aquí, señor

y a pesar de los dedos en mi frente

—No te veo

gotas de alero más fuertes que nuestras palabras y los primeros troncos de la sierra súbitamente claros, castaños y acacias, los dedos de mi padre decepcionados

—No te veo, hijo

con una voz que yo le desconocía e imagino que mi madre oyó varias veces allí arriba entre el perfume de los baúles

—No me dejes

con el ayudante del administrador a la espera, mi padre no la amenazaba, no se enfadaba con ella, solamente

—No me dejes

y mi abuelo disgustado con él

—Idiota

mi madre mirando al ayudante del administrador, mirando a mi padre, decidiendo

—Ya voy

y el vestido de los domingos en el granero, al regresar faltaban horquillas y había perdido uno de los pendientes, mi padre insistiendo en silencio

—Quédate conmigo

mientras ella iba llenando los baúles, sola a pesar de mi padre y nosotros dos a punto de nacer, mi abuelo

—Por lo menos además de mí hay otro hombre en casa

el ayudante del administrador que trajo del cementerio donde descifraba lápidas con un cirio apagado y mi padre soltando el caballo mientras las criadas de la cocina hablaban, hablaban, él a mí

—No te veo, hijo

por primera vez

—Hijo

y por tanto no soy hijo del ayudante del administrador a pesar de las horquillas y del pendiente perdidos, soy su hijo, me gustaría que usted, que yo, que nosotros

—¿Cree que aún es posible, padre?

y al apoyarle la mano en el hombro nadie, un trote que se distanciaba de la hacienda, cuál es el tamaño del pueblo, señor, que aumenta y disminuye sin cesar, un cordero se esfumó por un matorral y lo perdí, detrás de él un perro, dos perros, un hombre con un rastrillo

(¿mi abuelo?)

que no reparó en mí, había momentos en que estaba seguro de que mi hermano me buscaba siguiéndome por los pasillos de la casa, me paraba a esperarlo y retomaba la marcha caminando sin fin, le cogía el brazo y él quieto, lo soltaba y caminaba de nuevo, por qué motivo no lo abrió de un golpe, abuela, y no lo extendió en su regazo, por qué motivo no abrió a mi madre, ahí está ella volviendo del granero y mi padre esperándola, los pájaros del cementerio en el tejado de la casa, se veían las cruces de los soldados de Francia y los cuadrados de las losas, no se veía al muchacho descifrando nombres, las palabras que decía no las palabras grabadas y ninguna parecida a la mujer que se hizo cargo de él de manera que el ayudante del administrador

—No puedo encontrarla, señora, ¿por qué no me dice dónde está?

y no le decía dónde estaba, nunca le dijo dónde estaba, en ciertos momentos al aguzar una caña la impresión de que ella

—Soy yo

con un tonito ni siquiera mudado por los años o las trampas de la memoria, el ayudante del administrador contento porque iban a acercarse a él y no se acercaban, una rama de árbol y eso es todo, el mandarino por ejemplo, que en julio imita a las personas, en los otros meses chasquidos sin misterio, demasiado ocupado con las manías del viento para fijarse en nosotros y en julio risitas

—Soy yo

obligando al administrador a coger el hacha

—Mentiroso

o aplastando las mandarinas hasta que él

—Perdona

mi madre a mi padre, sumida en los baúles antes de que

—Quédate conmigo

con una impaciencia afanosa porque el

—Quédate conmigo

la cansaba, para qué

—Quédate conmigo

si mi padre un inútil que había aceptado para no disgustar a mi abuelo pese a que mi abuelo

—Idiota

mi madre poniendo sábanas sobre sábanas con ganas de que las sábanas no acabasen nunca

—Estoy contigo, ¿no?

preguntándose a sí misma si el ayudante del administrador habría guardado el pendiente, mi abuelo observando el maíz con rabia

—Díganme cómo es que ese idiota ha nacido de mí

con ganas de pedirle a mi abuela entregándole el lebrillo

—Agárralo por las orejas y mátalo

mientras las cabras saltaban en los peñascos, de vez en cuando una cría resbalando con un grito, se crucificaba en los arbustos donde el cuerpo una sacudida o dos antes de desistir, el rebaño sin atreverse a dar un paso y de inmediato los milanos destrozándola, mi abuelo

—Al menos mi mujer no los lastima

y realmente no los lastimaba, los acariciaba con la palma y los conejos en paz, rehuía el recuerdo de ella acariciándolo también hasta sentir las piezas de mi padre componiéndosele en la barriga, segmentos que flotaban juntándose, una vértebra, el mentón, el hilo de sangre del corazón en una tarea complicada de volteretas y lágrimas y mi abuelo levantándose en un retroceso de horror

—Suéltame

cogiendo la escopeta, desistiendo de la escopeta, escapándose mientras mi padre iniciaba movimientos de rana y mi abuela pegada a él con la obstinación de las ostras separadas del mundo, mi abuelo al administrador

—El idiota me ha robado a mi mujer

que no quiso ver en la cuna, no quiso ver después, vio la tina de la partera y paños con manchas lilas que mandó enterrar junto a la cerca

—No me digan dónde

si mi padre

—Padre

no respondía, el idiota aferrándosele al tobillo y mi abuelo

—No te pegues a mí

cepillándose el pantalón con la palma, un enemigo que merodeaba entre los muebles cargando sus piezas aún no completas con pasos oblicuos cada vez más rápidos, llantos en medio de la noche que trastornaban la casa deshabituada a las lágrimas

—Madre

y mi abuelo hinchándose de enojo

—Me la has robado

furioso con las palomas que mi abuela criaba en el gallinero y se alineaban en el tejado arrullando el escarnio en el intento de despedirlo como a un mendigo

—Ya no mandas

el reloj asentía subiendo el peso de la derecha y bajando el de la izquierda

—Ya no mandas

los cajones desobedeciendo y negándose a abrirse, giraba los picaportes de las puertas en vano, mi padre moviéndolos casi sin un dedo y ellos

—No hace falta que te esfuerces que te obedecemos

todo pertenecía a los otros, no a mi abuelo, los objetos cambiados de sitio, las facturas del despacho en el suelo, la sopera hecha añicos por el idiota que la hizo caer y mi padre mirando los restos sorprendido, no conoció a la madre de mi abuelo, no conoció a ninguno y le ocupó todo, mi abuelo al administrador

—Aquí soy un mendigo

vigilando el madurar de la cebada pero sin empuje, cansado, no apretaba la muñeca de las criadas en la cocina

—Ven aquí

intentando sentir a mi abuela en la sala sin notar una tos ni una silla, qué le has hecho a mi mujer, idiota, ocupada durante años en pelar conejos detrás del gallinero, mi padre ya con todas las piezas sin buscarle la pierna y él decepcionado

—Ha dejado de interesarte el tobillo, ¿no?

lo acercaba a mi padre en vano, si me abrazas finjo que no reparo en ti, no te aparto, mi padre entretenido con el canastillo de la costura de mi abuela jugando con los botones y no

—Padre

a lo sumo

—Madre

si tenía fiebre o no lograba dormir por no haber en la habitación una lámpara ahuyentando fantasmas, en una ocasión le ordenó

—Ven aquí

no para besarlo qué estupidez, para probar su sumisión, no eres mejor que el administrador o los otros a quienes no me hace falta ordenar

—Ven aquí

para que vengan, se anticipan a lo que deseo, adivinan lo que quiero

—Ahí tiene lo que ha pedido, señor

y mi padre fingiendo que no oía, demasiado pequeño para reconocer al amo, le compró el caballo con la esperanza de que

—Gracias

y el ingrato, mudo, desprendiéndolo de la argolla como si hacerlo fuese mi obligación, pisando el trigo nuevo y cubriendo de polvo las matas, el administrador mientras la bomba de agua hacia delante y hacia atrás, apenas ajustada en los tornillos, llenando la tina del baño

—Con el tiempo ha de cambiar, señor

mi abuelo dispuesto a cortarle la voz con la navaja

—No necesito que me consueles, infeliz

de forma que la voz yéndose

—Disculpe

la sospecha de que mi abuela lo acechaba dado que la taza con más fuerza en el plato y Filomena olvidada, aunque me cueste admitir era contigo con quien yo y no me importaba que tu cuchillo ahora, sepárame las vísceras y vacíame de lo que no sirve, mi padre en la hacienda sin agobiarse con ningún surco, el administrador

—¿Quieres ayudar con el enganche?

y él quieto, o

—Pásame ese cubo

y el cubo en el gancho, mi hermano y yo inclinados sobre el pozo comparándonos con los ahogados que éramos, el administrador ni en los marcos siquiera

(me pregunto si alguien más murió en aquel fango por los miembros que no nos pertenecían y las voces que no eran las nuestras)

en el solar después del cementerio ya que se acabó el espacio de los difuntos, con el viento bajando de la frontera su presencia se nos pegaba a la ropa tan próximos que sabíamos lo que pensaban, qué les apetecía, qué seguían esperando

(por más que los desilusione siguen esperando)

a no ser el administrador que no esperaba un comino salvo el deseo de la hija de resucitarlo un poquito ofreciéndole mortadela para el hambre de la noche que estar difunto agudiza, la hija que trabajaba en la cocina de la casa y a quien mi abuelo una o dos veces al año

—Ven aquí

para agradar al administrador, esperaba un minuto observando las mariposas por las rendijas de las tablas y la echaba, ella remangándose la falda, mi abuelo dándole la espalda en el granero

—Quita

y las manos de la hija despedazándose de desilusión, las mariposas iban y venían en piruetas miopes, un perro husmeaba tejones en la era, los atrapaba donde empezaba el maíz, daba la impresión de reflexionar, desistía, mi abuelo

—Quítate el delantal antes de salir

y se quedaba de espaldas con mi abuela o Filomena en el recuerdo sin reparar en las manos que se despedazaban en fragmentos menudos, la pregunta de la hija

—¿No le sirvo, señor?

con un abismo de decepción que la imagen de Filomena le impedía calcular, cuando el administrador murió mi abuelo dio la orden de que lo colocasen en medio de la sala en el extremo de un caballete con flores y dispuso asientos contra la pared para las oraciones del velatorio que solo ocuparon la hija y él, fue el único momento en que creí distinguir una especie de sufrimiento en su cara, con el cabello peinado por consideración al difunto y la corbata de luto sobre el botón de cobre, las manos de la hija seguían desgarrándose y los dos moviendo la boca con avemarías mudos, mi abuelo asistió a todo el funeral, con la cabeza descubierta a pesar del sol, justo detrás del ataúd, entregó la chaqueta a un hombre que no vio, le quitó la pala a los campesinos para los primeros terrones en la tumba y siguió solo, sin permitir que lo ayudasen, con la hija atormentándose dedo a dedo, pidió el martillo para colocar la cruz en la cabecera, encendió la vela en el vaso y regresó a casa dejando a la hija de rodillas acabando con sus pulgares, pasó cerca de mi padre que se apeaba del caballo

—Idiota

y se encerró en el despacho toda la tarde adensando el silencio de la casa, las criadas caminaban leves en la cocina embalsamando las voces en el pañuelo, ni un paso avanzando por la tarima, ni el chasquido de un cerrojo en el baúl, solamente con el paso de las horas el administrador exigiendo la mortadela con una vocecita soñolienta, incómodo por lo ajustado de la ropa en los hombros, mi hermano y yo en la verja del cementerio oyéndolo con la agitación de los parientes enturbiando su voz hasta el punto de no saber quién hablaba, tal vez otro difunto, tal vez varios, tal vez las lápidas en las que se concentraban los murmullos y las iras de los fallecidos de los últimos meses indignados por la ausencia de compañía y de luz

—¿Quién se ocupa de nosotros?

buscando a su alrededor un platito de sopa, la hija del administrador seguía de rodillas pero no pensaba en su padre, pensaba en mi abuelo dándole la espalda en el granero

—Quita

mientras la falda le caía por los muslos y las mariposas haciendo piruetas al azar, cuatro o cinco en el olmo grande, cuatro o cinco en los repollos, unas diez más lejos donde se secaban los jazmines, mi abuelo

—¿Te has quitado el delantal?

sin sus ansias de canario, qué habrá de errado en mí para que no me quiera visto que todas le sirven, mi padre mirándola con pena

(no diez, setenta, ochenta en el olmo grande y en las grietas de los muros intentando esconderse, se veía la punta de las alas, no se veían antenas ni patas)

sujetando el caballo en la cruz, apretándole sin ganas la muñeca

—Ven aquí

no por él, por la hija y el administrador complacido, un mechón de pelo se soltó en el vestido de luto que había pertenecido a su madre, no negro, gris y agrisándose más descosido en la cintura, la sierra no verde ni roja, azul, cargada de humos de nubes de una punta a otra de la hacienda

(¿acaso habrá pueblos también entre los montes y en los pueblos postigos en los que se cernían ausencias y un oscilar de cortinas?)

la cintura descosida y el vestido más que gris, con manchas ocres en las mangas, un segundo mechón soltándose, el cirio caído y ella preocupada por el cirio

—Preste atención a la vela, señor

no sintiéndolo en el cuerpo, sintiendo la respiración del caballo, no la respiración de mi padre, la alegría de los muertos al descubrir la sopa

—No había visto el caldo, fíjate

ganas de llevarle mortadela al administrador que la masticaba sin dientes ayudándose con el meñique

—¿Se le ha pasado el hambre?

mi padre viéndole las manos e intentando recomponerle las falanges hasta unirse los huesos de nuevo, el velo de ir a misa al que le faltaba el dobladillo en la cabeza otra vez y migajas que el administrador no comió en los hombros y en el pecho, la hija se quedó junto a la tumba hasta la noche entre el rumorear de los finados, tal vez mi madre con mi prima debido a la tapa de la olla

—¿No has visto al menos la tapa?

para tapar la cocción de las cebollas, al regresar a casa en la que una parte del tejado comenzaba a combarse vi a mi abuelo llamando al ayudante del administrador

—Ahora te quedas en su lugar

y solo en ese momento el administrador muerto y mi abuelo ajeno a él por tener pesares mayores, ya no era necesario para los rebaños y el trigo y se le iba olvidando la siembra del maíz, cómo sacar las semillas del saco y repartirlas en el suelo, tratar a los parásitos con la bomba e impedir que las orugas estropeasen los frutales, la hija del administrador hallándose más huérfana en busca de la tapa, la encontramos al día siguiente tumbada en la arena con el envase del fungicida aún derramándose, mi abuelo la sacudió con el pie, una especie de líquido viscoso se le escurrió de la boca y no cesaba de crecer porque un ardor en el esófago quemado por el veneno, le tiraron guijarros y arena encima para apaciguar las tripas y ahuyentar a los milanos y la abandonaron para robustecer la avena, en septiembre unos cartílagos, unos dientes, una sandalia que se comieron las comadrejas, el ayudante del administrador descubrió un anillo de vendedor ambulante pero roto y sin engaste, ni de plata siquiera, de metal ennegrecido, lo arrojó a un canal de riego y desapareció en el campo, quise recuperarlo para ti, Maria Adelaide, pero lo disolvió la hacienda, las criadas de la cocina se quedaron con el cepillo y la imagen de san Esteban a la que le faltaba el cayado y mi abuelo volviéndola a ver en el granero, no hizo falta ordenar

—Desnúdate

se abrió sola con una risita de esperanza, sus manos mutiladas, no tuve tiempo de regalarte algo, Maria Adelaide, mariposas, confituras, una piedra de mica, vi al enfermero retirar la bicicleta de la pared con el estuche de lata de las medicinas, cerrado con candado, sujeto con cuerdas al sillín y tu madre llorando, es decir, la expresión de llorar y ninguna lágrima en ella, vi a las vecinas con sus chales de luto con los flecos enmarañados y no pude verte, trepé a un albaricoquero y lo que distinguía en tu habitación eran los hierros de la cama y una estampa de Nuestra Señora descalza, instalada en una nube de escayola igual a las que pasan en marzo, creí que tosías y me equivoqué, era la lucha de las gallinas perezosas por un sitio en el aseladero para estar a sus anchas, nosotros falleciendo y ellas hundiendo la cabeza hombros abajo, solo con la cresta fuera, mi madre

—¿Estoy aquí o no estoy?

mientras el labio de mi padre saltando, saltando

(—¿Cómo se hace para que salte el labio, padre?)

mi abuelo le entregó la escopeta

—¿A qué esperas para matarla, idiota?

y mi padre negándose mientras el labio saltaba

(me he hartado de probar arrugando músculos ante el espejo y mi labio nanay)

el envase del fungicida una gota que tardaba en soltarse, morada, de modo que guijarros y arena también, una serpiente con manchitas desapareció fustigándose a sí misma con los tallos del centeno

—Quítate el delantal antes de salir

para que el administrador y las criadas de la cocina creyeran en la mentira, qué habrá fallado en mí para ser menos que mis compañeras, de pequeña pellizcaba la manga de mi madre

—¿Soy fea?

y aunque la madre no respondiese la cómoda a la que le faltaban los tiradores, con tablero de mármol

(¿mármol?)

rajado coincidiendo con ella, en el tope de la cómoda san Miguel Arcángel pinchando a un dragón con una lanza de alambre, mi abuelo llevó los asientos del velatorio al comedor y el porche y se instaló al azar en uno de ellos perdiendo los ojos en la sierra, mi padre volvió a montar en el caballo pero no al galope ni al trote, al paso, doliéndole el perfume de los baúles, el labio dejó de saltar porque los dientes se lo impedían con fuerza, evitó la cruz del administrador para evitar la congoja de la hija

—¿Soy fea?

intentó acordarse del nombre de ella sin encontrarlo, encontraba Maria Adelaide y el enfermero en la bicicleta bebiendo a escondidas, si me casase con ella habría alguien para ocuparse de mi hermano y de mí, la higuera no va a florecer este año, se nota por las ramas, las cabras con los milanos alrededor y nosotros aquí a la espera porque con un poco de suerte puede ser que algo ocurra, mi abuelo silbándole al mulo y el ayudante del administrador aguzando una caña, mira a mi madre junto a él con las horquillas del pelo y los pendientes, mira a mi padre observándolos sin soltar el caballo y mi abuelo

—Idiota

mira a todos los difuntos de los marcos en las ruinas de la casa, mi abuelo con la escopeta en la que mi padre se había negado a encajar un cartucho y arrepintiéndose del cartucho

—No es asunto mío

mientras las mimosas se extendían en el campo del tamaño de la noche, la presencia de la laguna lo asustaba, no por las ranas o los tucanes, sino por el agua invisible hacia acá y hacia allá en el silencio parecida a la sangre que nos recorre el cuerpo, pongan mortadela junto al administrador para el apetito que exalta a los difuntos cuando los roza la luna, mi abuelo

—¿Cuál de nosotros vivió más años?

descubriendo un sabor de maíz antiguo y tierra seca en la lengua, le costó levantarse para entrar en la cocina y encontrar una muñeca que atrapar con la mano

—Ven aquí

con la esperanza de que el sabor a tierra disminuyese y no disminuía, aumentaba, no solo la lengua, los brazos y las piernas con maíz antiguo y tierra seca también y entonces el padre con la tijera en el cuello, la madre en la ventana de cristales de colores del cura y mi abuelo no indignado, no triste, en un ángulo de la huerta jugando con palitos sin fijarse en los palitos, intentó decir

—Padre

y no pudo decir

—Padre

nunca pudo decir

—Padre

así como el padre no hablaba con él, lo ayudaba en el pomar sin palabras, hacía lo que le indicaban, para qué decir

—Padre

si estaba solo en una casa vacía, miró a la criada a la que había agarrado por la muñeca

—Ven aquí

y reconoció a la hermana menor que la que le servía la cena, una muchacha que ayudaba a sus compañeras con la leña y los platos, casi de su altura cuando el padre falleció, la agarró de nuevo por la muñeca sin permitir que se escapase componiéndose la ropa en el pecho, le subió el delantal, la apoyó en la troj, se acordó del hombre a quien no le podía decir

—Padre

nunca pudo decir

—Padre

y en vez de tomar a la chica con un asalto rápido de canario

—Quieta

fue bajando a lo largo del cuerpo de ella hasta las rodillas y se ciñó contra ellas con la esperanza de que el sabor a maíz antiguo y tierra seca le desapareciese de la lengua.