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TAL vez lo más diferente aquí sea el silencio porque casi no hay sonidos ahí dentro, de vez en cuando pasos en el corredor que a pesar de distantes nunca se acercan, se alejan, lo que me lleva a pensar que el corredor interminable y continúo oyéndolos mucho después de desvanecerse, minúsculos y precisos, órdenes cuyas palabras parecen censurar a alguien acompañadas de un correr de cerrojos que tardan en encajarse y después nada salvo los plátanos que no forman parte del silencio, solo lo subrayan, una baya que cae o una pausa de hojas mientras en la hacienda mi abuelo aplastando el insomnio con las botas hacia acá y hacia allá sin mencionar el reloj que por la noche ocupa toda la casa indignándose con nosotros, carga el tiempo a sacudidas
—¿Qué están esperando para avanzar conmigo?
como si a una persona con dos dedos de frente le apeteciera avanzar hacia la muerte dado que las horas no nos transportan a ningún otro sitio y en la ventana las farolas del pueblo parece que no pero también cuentan, y las botas mirándonos un momento antes de reanudar su destino en el suelo, adivinaba a mi madre sentada en la cama
—Qué vida
y el alboroto del mulo dando vueltas en la cerca, creo que las olas se inmovilizan en Trafaria, no existe Lisboa en la otra margen del agua y en consecuencia nosotros no existimos salvo mi madre
—Qué vida
pensando en la falta de dinero en la panera y en el ayudante del administrador que la esperaba junto a la pila del lavadero con la puerta del granero abierta, los tucanes de la laguna ni pío, tal vez se marcharon rumbo a la frontera, en qué trabajaría mi abuelo antes de jugar a las cartas en la choza, en un taller, en un cuartel, en un garaje y he ahí el viento en el pomar amedrentando a las gallinas que se empequeñecen de suspiros, no trabajaba en nada, iba creciendo la hacienda y poco después la taza en el plato en las pausas entre un conejo y otro, por qué razón no me alzó de la cuna y me dio un golpe en la nuca, abuela, extendiéndome en el regazo con una caricia larga, lo que ahorrarían en bajadas de bandera se ha fijado y usted sin salir del taxi ni saber quién era yo, si la llamaba una pregunta tentativa
—¿Jaime?
hurgando en las honduras de una emoción confusa en la que me tenía olvidado, mi padre afinándole las bielas del recuerdo
—Su nieto, señora
y usted en un eco empañado
—¿Neto?
con un señor que lo alzaba en brazos en su memoria, inmerso entre tantos bultos, tanto crepúsculo ido, tanta presencia cuyo nombre había perdido acumuladas unas sobre las otras en el sedimento de los años o saludándolo con una familiaridad extraña, la amiga de la madre que creía perdida en un pliegue del pasado que otros pliegues ocultaban y le enseñaba a bordar siempre deshaciéndole los puntos y corrigiendo el manejo de la aguja
—No haces nada como es debido
el señor Neto, que lo alzaba en brazos, empleado en la notaría
(de ese final se acordaba, cómo explicar el misterio de los pormenores que persisten, insignificancias cuya tenacidad asusta)
olía a espuma de afeitar y a tinta china
(el olor a espuma de afeitar y a tinta china apestaba el taxi y nos apestaba a nosotros)
y la lastimaba con el anillo al agarrarla de manera que mi abuela intentando al mismo tiempo protegerse con los codos y bordar una caléndula en una servilleta mientras el señor Neto la elogiaba al dejarla en el suelo
—Cómo pesa, Dios mío
los padres de mi abuela espantados ante la gordura de su hija, corría más despacio que las otras, tardaba en levantarse, no atinaba con las caléndulas pero felizmente pesada y mi abuela sonriendo orgullosa de sí misma
—Soy tan gorda
mi padre sorprendido por la alegría inclinándose hacia el interior del taxi
—¿Perdón?
donde la espuma de afeitar y la tinta china lo intrigaban obligándolo a husmear los asientos
—¿Qué es esto?
los tucanes de la laguna, codiciados por las ranas, ni pío, ellas solo bocas abiertas que codiciarían a mi padre en el caso de acercarse al agua, los parientes de los retratos advertían
—Prudencia
el caballo tiraba de la argolla con la intención de ayudar mientras mi abuelo iba aplastando el insomnio con las botas a un ritmo que se confundía con el del reloj
—¿Qué estáis esperando para avanzar conmigo?
de forma que quizá el reloj solo y mi abuelo durmiendo, se dormía después de cenar, con la servilleta al cuello, su nariz goteando sobre el plato, se dormía en el mulo y el animal caminando sin rumbo pisoteando trigo y verduras, se dormía en el barco de pasajeros, debido a la monotonía de las olas, conversando con la emoción confusa de sus honduras, en su caso no un señor ni la profesora de bordado corrigiendo caléndulas, una habitación donde un hombre en una mecedora, con la escopeta que teníamos en la hacienda atravesada en el regazo, preguntando
—¿Quién eres tú?
en el pueblo, supongo, vistos los postigos abiertos a un cielo funesto, una huerta solo tierra donde antaño verduras, el hombre apuntando con la escopeta a mi abuelo
—¿Querías robarme?
y el lápiz más deprisa
—¿Qué hombre?
como si yo pudiese responderle y no puedo ya que no sé nada de la hondura de los otros y muy poco de la mía, a gatas en el suelo entre juguetes baratos, en todo caso veo al hombre, sí señor, o sea aquel que me muestran y no sé si existió, veo una habitación sin muebles y la sierra oliendo a árboles y a bosque, veo a mi abuelo con catorce o quince años desplazando una tabla de la tarima y retirando una caja, veo la escopeta que disparando hacia el techo dispersó a los cuervos de un olmo que adelgazó sin los pájaros, eran los cuervos los que le daban la ilusión de ser olmo, al menos aquí los plátanos auténticos alrededor de la fuente y el grifo del que algún día me chorrearán las lágrimas que aseguraba no tener, todo seco incluso la sangre en los vasos, el hombre
(y yo al lápiz
—No me pregunte qué hombre)
intentó levantarse de la silla
—Querías robarme, querías hacerte rico, ¿no?
(¿le gustaba Trafaria porque no tenía cuervos, abuelo?)
y el brazo torcido fallándole
(ni cuervos ni gaviotas, abubillas y se acabó)
la pierna sin fuerza, la escopeta que no servía ni de bastón en la mano de mi abuelo y el administrador, con catorce o quince años también pero más pequeño, más delgado, desde la entrada de la puerta
—Rápido
de manera que en realidad lo que tal vez sea más diferente aquí es el silencio porque casi no hay sonidos ahí dentro, los pasos de mi abuelo y del administrador caminando deprisa y transformando la caja en lo que llegaría a ser la hacienda, el hombre tumbado al lado de la silla con una bala en el cuello y la tabla de la tarima en su lugar de nuevo, perdido en las emociones confusas de mi abuelo que no se acordaba de ellas, soy yo quien se las recuerda y él en el pontón de Trafaria, sorprendido por la ausencia de cuervos
—¿Estás seguro, muchacho?
sin entender por qué le gustaba la ausencia de cuervos ni tener presentes la escopeta y al hombre que me pareció identificar en dos o tres de las fotografías de la sala, la de un almuerzo en un bosque donde la mancha de los años borraba personas, sartenes y canastos sobrando lo que se dirían dedos que todo es posible en los retratos antiguos cojines a rayitas y una toalla bordada, dedos gesticulando adiós porque los difuntos siguen despidiéndose de nosotros, y otra de boda y entonces sí, el hombre en la última fila de los escalones de la iglesia con los novios abajo y en el centro, ella casi tan gorda como mi abuela, dispuesta a alimentarse de su marido con la ferocidad de la sonrisa que resistía al tiempo, estaban los nombres de las personas a los lados del marco con mayúsculas labradas y una capa de caliza cubriendo el del hombre, un primo acaso, un vecino, el padre, por qué no el padre aunque lo imaginase huérfano en un rincón de la casa con miedo a los mochuelos o a las tejas que se estrellaban en el suelo, una tarde en Trafaria, cuando mi abuelo se extasiaba con el tamaño del mundo, le busqué en las honduras y en las emociones confusas y trajo a la superficie a una niña que no tengo la menor idea de a qué episodio de su vida pertenecía, la niña, semejante a mi padre, en una acusación cuya intensidad me asustó —¿Por qué me dejaron fallecer?
y a quien mi abuelo le extendía el brazo en un sobresalto conmovido
—¿Quién era el hombre de la escopeta, señor?
en el momento en que un barco pesquero nos ocultaba Lisboa de forma que el mundo menos grande de lo que decía mi abuelo, comenzaba en las casas míseras y terminaba en el barco justo enfrente, que aunque se desplazase rumbo a la desembocadura permanecía inmóvil y he ahí el mundo, no me vengan con infinitas extensiones heladas donde el alma se pierde, un rincón en el que apenas cabemos junto con los hindúes del canasto, tal vez las emociones confusas y las honduras del pasado sean comunes a todos, las mismas imágenes ordinarias y los mismos acontecimientos inconexos que gracias a Dios se perdieron y qué hacer con materiales desparejados que no obstante nos pesan con un remordimiento que crece, la niña
—¿Por qué me dejaron fallecer?
enfadada conmigo por haberla olvidado y por haberla olvidado difunta, si le preguntaba quién era no respondía, cómo podía responder sin boca y no obstante
—¿Por qué me dejaron fallecer?
que yo recuerde no tuve una hermana, un hermano sí que escribe esto y por tanto la niña de mi abuelo o de un extraño, por momentos dio la impresión de ser capaz de ayudarme a salir de aquí rumbo a la hacienda, no a la cocina donde mi madre
—Qué vida
sin horquillas ni pendientes, cada vez más informe en la blusa
(no creo que la niña mi madre y sin embargo quién sabe)
y por tanto ningún ayudante del administrador abajo abriendo la puerta del granero y aguzando una caña, solo los viejos jugando a las cartas al atardecer delante de la choza y justo después arcos de piedra y el Tajo cuyos humos nos nublaban la sala que durante las crecidas se balanceaba camino al mar, yo a mi padre
—¿Ha visto?
y él en lugar de llamar al caballo y llevarme consigo sentado a la mesa del almuerzo marchándose con las olas, a un metro de mi madre, ocupada con no sé qué a la lumbre o intentando desatascar los quemadores con la horquilla que al rato perdería en el granero mi madre
—Qué vida
envidiando a las compañeras en la cocina de la hacienda que a su vez la envidiaban a ella al verla regresar de los fardos de paja sin arreglarse el peinado ni la ropa, otro olor en su olor, otro color en sus ojos, mi abuelo rondando la panera pensando en las monedas
—¿Para qué las quiere si usted es tan rico, señor?
que bien lo vi contándolas en el despacho y guardándolas en el cofre, el lápiz a los hombres del automóvil
—¿El abuelo rico dice él?
observándolo al salir a duras penas del taxi, primero las piernas y la cabeza, es decir, la pierna derecha, después la izquierda buscando el suelo y la cabeza ciega
—Espera
resistiéndose a mi padre que le sujetaba por la solapa, los dedos apretando el brazo que lo guiaba
—¿Estás seguro de que no me voy a caer?
(tan inseguro, tan débil)
y después el resto con el botón de cobre francamente ridículo, probablemente ni cobre, hojalata, cerrándole el cuello cuando debería atravesar la hacienda en el mulo para mostrarle al administrador un palo de la cerca roto
—Arréglenlo mañana
y lo arreglaban mañana, o en el pontón de Trafaria dirigiendo las mareas juntando de un solo golpe los reflejos de Lisboa en la palma
—Somos dos hombres, muchacho
separando con el dedo corazón
(no se ponga nervioso si mi hermano escribe poco limpio)
una catedral o una avenida mucho más pequeñas que la hacienda porque todo mucho más pequeño que la hacienda y devolviéndolas con desdén al río
—¿Para qué quiero esto?
dejándolas estremeciéndose entre corrientes, uno de los hombres del automóvil, impresionado
—Puede ser que sea rico, ¿quién sabe?
mientras las ranas de la laguna parloteaban, sigo oyéndolas subiendo desde el barro a mi encuentro, heladas, si llamase a mis padres ninguno de ellos oiría y por tanto yo escondido en la cama con las rodillas dobladas
—No
espiando por una puntita de la sábana y una rana o el edificio después del nuestro transformándose en rana, párpados que se cerraban y abrían
—Tú
y dentro de poco una falange prendiéndome, dentro de poco mañana y ni una rana, camisas en el tendedero
(de mi padre, del ayudante del administrador, mías, pero ¿cómo del ayudante del administrador si el ayudante del administrador en la hacienda?, ¿de una persona que no conozco?)
una araña allá que descubrió un pasadizo, viven en el interior de los ladrillos, no me quieren, mi madre
(la camisa del ayudante del administrador el domingo en que me visitó aún tan presente, una mota de hollín junto a la corbata y no me irrito por ella ni tampoco me burlo, me emociona)
abriendo
(desde el fondo del corazón me emociona, que se interesen por mí me perturba, basta de sensiblerías, sigamos)
la puerta con un crujido exagerado, mi abuela sin despertarse
—¿Jaime?
y en vez de Jaime mi abuelo bajando del colchón como del taxi sin encontrar apoyo, con la chaqueta del pijama torcida, los pantalones escurriéndose por la cintura, una parte del ombligo al aire y los ojos perdidos en las cejas
—Dios mío
cuando Dios en ninguna parte, señor, no pierda tiempo con quien no se preocupa por usted, no espere nada, renuncie, tal vez logre levantarse si se agarra a la cómoda, un hueso que oscila y a pesar de todo aguanta, un músculo casi inexistente que no es capaz, es capaz, usted abrazado a la encimera subiendo despacito, las rodillas rectas, la columna resistiendo, el administrador orgulloso
—Patrón
como siempre que usted recuperaba el equilibrio en el mulo ordenando
—Vamos
mi abuelo contra la cómoda recobrando el aliento, el cajón de arriba del lado izquierdo no se movía un centímetro de modo que renunciamos hace siglos a lo que tenía, en el otoño un burbujeo de vida y mi madre en un soplo para que el cajón no la escuchase
—¿Has oído?
esperábamos un rato y nada, mi madre lo tocaba despacio, lo tocaba con más fuerza y como el burbujeo callado nos marchábamos mirando hacia atrás con un resto de desconfianza o de miedo, de vez en cuando mi padre traía un banco y se sentaba a la espera, él y el cajón desafiándose sin reparar en el trigo ni en las nubes de España, la casa muerta, la hacienda muerta, ni la sospecha de un taxi en el portón, después de la muerte de mi abuelo no regresé a Trafaria y por consiguiente el pontón desierto y Lisboa en el interior de sus reflejos en la otra orilla del agua, si la pareja de hindúes por allí el pequeño me mostraba al grande y me metía en el canasto, me acuerdo de tus trenzas, Maria Adelaide, no me acuerdo de ti, el enfermero y tu madre aparecían y desaparecían con lo que me pareció un botijo, tu hermano menor jugaba entre las cebollas y tu padre llegando al escalón y echándome arrancándose el cinturón a sacudidas, me acuerdo de las campanas después, flores blancas en el ataúd blanco a trompicones en el callejón, quise llamar a mi abuela que caminaba con un cirio en un vaso de papel estremeciéndose más que la taza y los labios, no la voz
—Cállate
(¿Maria Adelaide un conejo?)
mientras yo tiraba piedras a los pájaros para que se muriesen también así como yo me moriría en cuanto las paladas de tierra bajasen, cada vez más tierra en el cuello, en los brazos, en tu cara pensando en otra cosa como siempre los finados, mi padre frente al cajón como si la niña
—¿Por qué me dejaron fallecer?
reprensora y él con los hombros disminuyendo y aumentando y la nuez de Adán mayor
—¿Hermana?
mientras mi abuela volvía a aparecer en el callejón protegiendo el cirio con la manga
—Cállate
de manera que solo zapatos y zapatos en las losas, mi abuelo en el mulo amedrentando a mi padre con el vergajo
—Idiota
perros aovillados en el suelo y después de los perros el silencio parecido al silencio de aquí porque casi no había sonidos dentro, solo el óxido del mundo completando sus giros, los conejos que dejaban de retorcerse cuando mi abuela les encontraba la nuca, con las pupilas iguales a las de mi padre
—Hermana
ciegas y sin embargo capaces de distinguir los rostros ya sin nombre que olvidamos a quienes pertenecían así como olvidarán el mío preguntándose furtivamente
—¿Quién era?
no te dejes abatir, no te desanimes, continúa, te quitaron la hacienda pero has de recuperarla un día, tranquilízate, la habitación donde dormías con la ventana hacia el depósito de semillas y la mancha de la sierra siempre a la misma distancia por mucho que se ande, al recuperarla me abrocharé el cuello con un botón de cobre, arrastraré sin elegirla a una de las criadas
—Ven aquí
furioso con ella y conmigo o mejor dicho furioso con ella porque furioso conmigo preguntando
—¿Qué es esto?
o afirmando
—Sabe Dios que no era esto lo que yo quería
sin atinar con la ropa descosiéndola más que abriéndola, rasgándola, rasgándome, con ganas de pedir disculpas o de ser
pequeño y por tanto no tener que pedir disculpas para que me disculpen y que sigan a mi espera, que me necesiten, me tomen en los brazos rogándome que no volviese a irme, que me quedase aun haciéndolos sufrir, egoísta, cruel, indiferente, desilusionándolos con la injusticia de mi abandono y atravesando la cocina al final de aquellos asaltos amargos embistiendo en las trojes y repitiendo
—Maria Adelaide
porque seguramente yo con ella y solo con ella, yo tal vez, mirando a mi abuela con temor al marido o con la hija muerta en el alma, docenas de cirios que rodeaban un hoyo entre cruces y en el hoyo
—¿Por qué me dejaron fallecer?
la niña o yo a quien las palas iban cubriendo, piedras, terrones, menudos cadáveres de insectos, la llama de los cirios continuando para los demás y acabada para mí, el consuelo del ayudante del administrador
—Tranquilícese que no me marcho
y sin poder valerme, lo adivinaba con las palmas en las rodillas para deletrear las lápidas sin dar con la mía, nunca dará con la mía, para qué afirmar
—No me marcho
dirigiéndose a un residuo de tejido y huesos que no me pertenecían o a una nada de huesos, qué hacías con mi madre en el granero, cuál es el motivo de que te preocupes por mí, si le pidiese a mi abuela que le enseñase a interrogar a las tumbas hacia delante y hacia atrás
—¿Jaime?
alguna vez pasearon juntos por el pontón de Trafaria, abuelo, tablas de madera podrida que el río se llevaba una a una despegándolas de los pilares de ladrillo y las olas un mulo manco merodeando bajo nosotros con los dientes largos y la cola pelada, el mulo al que después de la muerte de mi abuelo llevaron hasta el límite de la hacienda, o sea mi padre y yo dado que mi padre
—Échame una mano
lo llevamos por el trozo de cuerda de la rienda hasta el límite de la hacienda donde el centeno se transformaba en guijarros, las ojivas de lo que debía de haber sido un convento en cuyos restos se adivinaban huellas de zorro
(pelos, cartílagos de tejón, una especie de nido)
y el mulo tranquilo porque no movía las orejas, con aquellas lágrimas de los animales viejos que no significan tristeza, significan que la vida los ha dejado de la misma forma que la baba de las comadrejas no significan cansancio, ningún hindú en Trafaria, dunas y el tejado de las casas, mi padre con no sé qué en la mano
—Sujétale el freno
y palabra de honor que nunca vi tantas palomas torcaces en una desesperación de alas como después de aquel tiro
(¿dónde se esconderían antes?)
el mulo se limitó a estremecer la grupa antes de estremecer los ijares, de perder las patas, de quedar el tronco y la cabeza y después ni tronco ni cabeza, las patas de nuevo, al principio curvas y por fin estiradas, los cascos amarillos, las junturas salientes, las dunas de Trafaria que según mi abuelo hacían desaparecer a las personas y que gracias a Nuestra Señora no me hicieron desaparecer a mí, después de las patas estiradas el hocico, después del hocico una órbita, después de la órbita crines, después el mulo de lado, después el campo libre de palomas, después mi padre con no sé qué colgado de la mano, después estorninos acercándose al mulo venidos de un bosque de higueras enanas, después mi padre mirando no sé qué con una especie de remordimiento y dejándolo caer en la mudez que se dilata en nuestro interior después de un tiro, parecido al silencio de aquí porque casi no hay sonidos dentro, en el corredor pasos que nunca se acercan, se alejan, lo que me lleva a pensar que el corredor interminable, sigo oyéndolos después de desvanecerse, menudos y precisos y después un primer estornino en las ancas del mulo, un segundo en los belfos, las higueras enanas casi arbustos, sin frutos, unos carozos con espinos, el primer pájaro rompió la piel del mulo engordando y enflaqueciendo la garganta y mi padre tocándome en dirección a la hacienda él que nunca me tocaba, me evitaba y si no lograba evitarme sus ojos iban de mí al ayudante del administrador ocupado con los sacos de bulbos en el carro, mi padre que prefería golpear el cajón insistiendo
—Hermana
con la esperanza de una respuesta
(como si un cajón pequeño pudiese contener más de media docena de objetos o prendas de ropa diminuta)
y eso fue todo, ya que estamos con el mulo será manía mía o es realmente él quien se desplaza alrededor del grifo del patio, con la pata herida más lenta que las restantes y con un sonido hueco, el lápiz reflexionando
—¿Un mulo?
contemplando por la ventana donde solo los plátanos e irritándose consigo mismo por creer en mí, edificios todos iguales donde personas como yo también en sus haciendas y más allá de los edificios supongo que plazas, avenidas, gente, y al decir esto el mulo alrededor del grifo con mi abuelo balanceándose encima o si no el cortejo de los parientes retrasado, serio, una persona con bastón
(la prima Hortelinda que a pesar de un problema de barriga y de los temores del enfermero quitándole el líquido con una especie de bomba y mostrando el líquido
—No anda muy bien de salud, doña Hortelinda
nos sobrevivirá a todos con sus tiestos de alhelíes, apoyaba una flor en la lápida de cada uno de nosotros como al enfermero que no necesitó de un tiro para desplomarse de espaldas en la calle, una vena del cerebro zanjó el asunto)
mi abuela dirigiendo el cortejo y ordenándome
—Cállate
de forma que voy a callarme mientras mi madre, que plantaba perejil en frascos, cuenta y vuelve a contar el dinero de la panera y yo pensando en lo que permitió que los años hiciesen de usted, señora, me acuerdo de mi hermano en sus brazos y él oyéndola cantar, de la expresión de mi abuelo al mirarla y de mi abuela deseando que ella fuese un conejo para abrirla de la garganta a las tripas, el lápiz volvió a contemplar por la ventana con el mulo en la mollera y puede ser que haya visto a mi padre y al animal estremeciendo la grupa antes de estremecer los ijares y los estorninos en las higueras enanas, que entendiese y me entendiese, me acompañase a Trafaria
—Somos dos hombres, muchacho
(largos sonidos de cerrojos que tardaban en encajar y después encajar a los plátanos que no forman parte del silencio, lo moldean solamente, una baya cayendo o una vacilación de hojas)
para regresar a donde pertenezco, a las fotografías de los parientes en la sala
—¿Este de quién es hijo?
en una de las cuales la prima Hortelinda, con sombrerito con velo, nos sonreía sin que nos diesen ganas de sonreír a nuestra vez dada una expresión en ella que nos asustaba, los parientes
—Olvídese de nosotros, prima Hortelinda
y la sonrisa, en lugar de disminuir, mayor, un gesto amistoso que intentaban no ver encogiéndose en la ropa deseando que las manchas de la película los ocultasen y no los ocultan, ahí están ustedes indefensos, expuestos, sin que los defienda un tronco o una pared, muertos y no obstante asustados ante la idea de fallecer de nuevo, la agonía, el terror, todo lejos y a pesar de ellos lejos también algo que los iba a buscar a donde estaban, los cogían en brazos y añoranzas, recuerdos, un episodio de la infancia en que lloraban solos y un tubo goteando en un punto invisible obligándolos a contar las gotas, diez nueve ocho siete y llegando a uno nada excepto los dedos que se abrían y se quedaban quietos, una persona que les cantaba al oído y se callaba de repente, un esfuerzo para despertarse y si se despertaban
(no se despiertan)
nadie, desapareció el cansancio, desaparecieron los dolores, flotamos, ya no flotamos
—Ciérrale la boca y acomódale las manos
tan delgados, serenos, pienso que la prima Hortelinda me quería puesto que repetía
—Ojalá no me obligues a cortar un alhelí
señalando el tiesto en medio de la sala con el cartucho del fertilizante al lado, el lápiz retrocediendo con cautela
—¿Es realmente su prima?
y pensándolo mejor de quién era prima, señores, de una cuñada de mi abuelo o tal vez más lejana, una manera de decir que la acercaba a la familia sin una intimidad exagerada, prima, no vivía en el pueblo todo el año, llegaba en la Pascua con el sombrerito con velo, el conductor del autobús la ayudaba a bajar los dos escalones de hierro, el sombrerito torcido y la prima Hortelinda con media cara fuera sufriendo con el bastón, el pueblo en esa época, por lo que me cuentan, acacias chopos sauces y aún algunos vivos, lo que podía saberse viendo casi todos los postigos cerrados, la conejera de mi abuela intacta y cinco o seis hocicos en la reja, nada que se compare a los fantasmas de ahora, mi padre a caballo en la plaza con la prima Hortelinda anunciándole
—Sigo aquí, hijo
indicándole el último alhelí del tiesto, huya a Trafaria que es donde el mundo termina en un pontón que entra en el río y en el pontón mi abuelo y yo pensando en ti, Maria Adelaide, no enferma, inmóvil en la huerta con un lazo en el pelo, me acuerdo tan bien de ese lazo y cuánto me exalta, palabra, moviéndose al andar, mirabas a mi hermano, no a mí, decidí
—Voy a matarlo
y mi madre
—Deja los cuchillos en paz que te haces daño
o si no lo llevo hasta el límite de la hacienda donde el centeno se transforma en guijarros y por tu culpa nunca he visto tantas palomas torcaces como después de aquel tiro, mi hermano se limitó a estremecerse
no, mentira, le pregunté a la prima Hortelinda
—¿Por casualidad no le sobra algún alhelí?
y mentira también, te dejé con mi hermano en la huerta y corrí hacia casa de forma que no reparé en mi padre rozando el cajón con la yema de los dedos
—¿Hermana?
o mi madre contando el dinero en la panera
—Qué vida
deseando a ustedes dos difuntos, entiendes, con la certidumbre de que ustedes dos difuntos y docenas de cirios en vasos de papel, ustedes dos difuntos y yo tumbado en la cama sin desvestirme, con las persianas bajadas para no sentir la noche
mentira, para no sentir el sonido de un beso que de todas maneras no podría oír, ocupado en contener las lágrimas hasta que debido al sueño y a la esperanza de que el sábado había de estar en Trafaria con mi abuelo que prometió enseñarme a sostener a Lisboa entera en la palma y a dejarla caer en el agua mientras las olas iban soltando tablas y nosotros dos unos hombres, muchacho, mientras yo pensando
—¿Qué interesa Lisboa qué interesa Maria Adelaide?
me fui olvidando de ellos.