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MI hermano y yo seguimos aquí porque a esta hora, en el pueblo, con las personas y las cañas cuchicheando sin descanso, que esto, que lo otro, no vas a creer con quién vive Eulália, la del pañuelo que no se quitaba por vergüenza de la mancha morada en la cara, pasó años cubriéndose y pidiéndole a su madre que no entrase en la habitación antes de esconderse bajo la manta, la madre

—Eulália

y ella furiosa

—¿Qué quiere ahora?

escondiéndose más, la mancha le cogía el ojo izquierdo de modo que solo el derecho abierto para guiarla por los caminos del mundo, Eulália tapándose con el pañuelo y el ojo que quedaba entristecido como en las mañanas de gripe, nosotros

—Eulália

y daba pena verla pestañear, no la encontramos en los retratos porque huía siempre a no ser en una fiesta de primera comunión detrás de la columna de un tiesto, toda ella bajo el codo erguido salvo la protesta de la boca, en cierto momento un hombre conviviendo con la mancha

—¿Qué es eso?

y Eulália

—Apaga la luz deprisa

ya que en la oscuridad el hombre tal vez llegase a pensar que los dos ojos sanos y Eulália ilesa, no se sabe quién es, nunca lo hemos encontrado en el patio, de vez en cuando en la rendija de una persiana un bigote y yo pensando

—Mi abuelo

pero sin tener certeza, teniendo certeza

—No puede ser

y antes de que nosotros

—Eulália

la persiana cerrada y los limones de la huerta sin calor alguno, pensándolo mejor creo que mi abuelo con la idea de olvidarse de mi madre y de las otras él que con el tiempo empezó a confundirlas, en una ocasión al sujetar una muñeca

—Filomena

dándose cuenta del error y apartándola irritado, Filomena que en su cabeza se habría casado con mi padre

—Idiota

y lo dejó solo en la hacienda y en la casa que le dio, abatido con la taza de mi abuela estremeciéndose en el plato

—Esa

que eligió sin elegir, la encontró en la parte trasera de un gallinero pelando un conejo en un lebrillo, mi abuelo reparó en las mangas remangadas y en la falda por las caderas, Filomena ausente por momentos y él

—Esa

porque los codos redondos y todos los gestos certeros desnudando al animal, mi abuelo, sin pensar en Filomena, un conejo desnudo y sorprendido de estar desnudo aunque el botón de cobre siguiese cerrando el cuello, dio la vuelta al gallinero afligido por la desnudez, tropezó con un hombre y una mujer tomando el fresco en el porche, se plantó frente a ellos anunciándoles

—Me voy a quedar con vuestra hija

cogió a mi abuela que acababa con el conejo, lo señaló con el labio de arriba

—Si quieres, llévate al animal

Filomena regresó a una esquina de la memoria sin aprobación ni censura, mi abuelo suponiendo que la tranquilizaba, a ella que no existía

—Un momento

mientras mi abuela

(sus padres callados)

empaquetaba el pasado en la maleta, madejas de ganchillo y un mechón en una bolsita

(¿su cabello antiguo?)

con el conejo a la espera en un banco, mi abuelo trajo la maleta y mi abuela el animal por las patas delanteras, el pueblo se abría para que pasasen y se cerraba enseguida, cercados, cabañas, un viejo cavilando

—¿Dónde es que vivo?

contando los postigos y equivocándose en la cuenta

—¿Siete u ocho, Dios mío?

y el olor a tierra sin mencionar el del conejo que dentro de poco comenzaría a oler y los propios perros disgustados, mi abuelo mostró la salita de la casa, aún no la de hoy, una habitación de pobre, una mesa y un payaso de pasta en el alféizar de la ventana

—Ahora te quedas ahí

y casi ninguna fotografía, un tío y un padrino con trajes prestados de mangas muy holgadas y las punteras asomando apenas de los pantalones, ignoro lo que le ocurrió al conejo pero me acuerdo del mechón que mi abuela buscaba con la taza estremeciéndose más en el plato, apuesto a que sus padres siguen en el porche satisfechos con el verano, puede ser que su madre

—La glicina

las hojas del té rizándose en la tetera, la casa de la hacienda creciendo y después mi padre, y después mi madre, y después mi hermano y yo que seguimos aquí, a esta hora en el pueblo ya saben que no pertenezco a los parientes y no tendré derecho ni al marco en una imagen de máquina barata que desenfoca y deforma y cuando enfoca engorda, ni hijo de mi padre ni hijo de mi abuelo, hijo de una criada de la cocina a la que mandaron ordenar ropa en los baúles y del ayudante del administrador que reparaba la cerca y alargaba los domingos desbastando cañas con la navaja apoyado en la pila del lavadero sin hablar con nadie, si me descubría cerca se limpiaba las manos en los faldones

—Niño

con la gorra colgada del brazo, mi hermano

(—Cualquier día deberá hacerse cargo de todo esto)

parecido a mi padre o a mi abuelo al nacer cuando la partera lo limpió de las membranas y del polvo que traemos al llegar, el ayudante del administrador seguía desbastando la caña mientras asentía

—Cualquier día deberá hacerse cargo de todo esto, señor

y mi hermano generando cenizas y hierbas, el caballo, tan nervioso, sereno con él mientras que conmigo se desesperaba dando saltos, mi padre

—¿Qué le ocurre al animal?

ocurre que me conoce la sangre, señor, y ha comprendido de dónde vengo, si entrase en el pueblo estoy seguro de que guijarros, hoces

—No has nacido aquí

no solo las personas, el viento de las cosas rechazándome alterado, mi abuela con una expresión de pena intentando explicarse a través de la taza, dormía soñando con conejos en la parte trasera del gallinero y los dedos desgarrándolos bajo las naranjas de diciembre, al principio la dejaban ocuparse del palomar y ella en diálogos misteriosos con los pájaros hasta que las piernas se le paralizaron, quedó el consuelo del mechón y la memoria de los sapos en el cañaveral atragantados por la bronquitis, supongo que la acompañaron al fallecer ya que en el cementerio toses, mi abuelo con miedo

—Cállate

por temor a que mi abuela le pusiese un lebrillo por debajo y le desparramase las tripas, pensó en tumbarla en el carro y decirle al administrador que la juntase con el cura, pero se limitó a quemar el palomar y a ordenar que degollasen a las palomas, pudieron hacerlo el administrador y el ayudante del administrador con aquellas que se alineaban en el aseladero, pero los animales volando al exterior desaparecieron y adiós, mi abuelo acabó con la escopeta con una o dos que se estrellaron como pingajos en el suelo, él al administrador suspendiéndolas de un ala

—En tu opinión, ¿estos pingajos son palomas?

echándoselas a los perros que no se excitaban qué extraño, volviendo a un lado el asco del hocico, mi abuelo observando el mechón de pelo

—¿Tú has sido niña?

con el cuchillo que lo pelaba y el lebrillo de vuelta, había noches en que un grito suyo

—¿Estaré muerto?

y la escopeta disparando contra cacharros de cerámica, lo encontrábamos con los ojos desorbitados ante nosotros en el borde de la cama, rodeado de añicos, con su voz de niño

—La vieja del conejo no me suelta, la malvada

la misma con la que llamaba a su madre por miedo a la oscuridad y la madre siempre en la huerta o en la cocina, en la iglesia con el cura entre los armarios de la sacristía y los utensilios de Dios, el cura frunciendo el ceño

—¿Qué quieres, muchacho?

partes de la madre que mi abuelo no conocía sin ropa encima y un Cristo observándola desde una vehemencia de espinas, el pecho, el ombligo y un erizo de noche al final de la barriga acrecentado por los vidrios de colores de la ventana mientras el padre fumaba con los ojos pequeños, cogía la navaja y los ojos aún más pequeños, el arrojo se disolvía

—Puede ser que un día

y doblaba la navaja colgado del cigarrillo disimulando la vergüenza, el cigarrillo desaparecía y el padre cavando como un condenado, las palomas degolladas movían media docena de garras torcidas en el palomar, se interrumpían un momento

—¿Hago algo o no hago nada?

y se agrupaban sobre sí mismas con más plumas que antes, mi abuelo señalándoselas al administrador

—Échenle esa vieja a los cerdos

siempre con el conejo en la cabeza, no dormía con mi abuela ni comía con ella, almorzaba y cenaba de pie en la cocina, dejaba el plato en la encimera y apretaba una muñeca de mujer a ciegas

—Ven aquí

como se hace con las aves de corral para la sopa, sin elegir, basta con abrir la puerta enrejada, abalanzarse sobre la piedra caliza y pillar a la primera que los dedos alcanzan, la navaja de padre aparecía y desaparecía con afán de clavarse en mi abuelo por haber percibido su miedo

—Puede ser que un día tú

y mi abuelo sacudido por una especie de disgusto embistiendo los umbrales, si ya tuviese el mulo cojearía a campo traviesa

(nunca entendí cuál de los dos cojeaba o si cojeaban ambos, aunque no me considere su nieto despéjeme esta duda, por favor, ¿cojeaban ambos, abuelo?)

y el ayudante del administrador detrás de él con la gorra contra el pecho, mi abuelo lo encontró de pequeño vagando por las vereditas donde antes caléndulas, pasmado ante los pájaros de los chopos con el cirio apagado en ristre y se lo entregó al administrador

—Este se quedará aquí para ayudarlo, ha de aprender como los demás

y se quedó para ayudar y aprender como los demás, de vez en cuando lo divisaba en el cementerio, se dirigía a una lápida, se inclinaba ante el nombre y no era, a una segunda lápida y no era, observaba fotografías con marco de esmalte en forma de corazón y no era ninguna, hasta en las cruces de los soldados de Francia anduvo husmeando, regresaba al lavadero afilando la caña y sumergido en la memoria pensando que si una persona no tiene muertos no tiene vivos tampoco, se le aparecía en el recuerdo una mujer que lo arrullaba pero qué mujer y dónde, no en el pueblo, en otro sitio y no obstante cómo podía imaginar otro sitio si más allá del pueblo y de la hacienda no quedaba más que bosque, una mujer que lo arrullaba y en la ventana ramas de manzano creciendo puesto que olía a manzanas, la mujer y el manzano desaparecían aunque el arrullo persistiese viniendo a reunirse con él de madrugada en los pliegues de los sueños, intentaba nadar hasta la superficie y alcanzando la superficie lo perdía, había momentos durante la siega en que el arrullo volvía, el administrador con la mano en la oreja

—¿No lo oyes?

y a pesar de que lo oía respondía que no, le venía a la memoria el recuerdo de la mujer tratándole la fiebre con fomentos de aceite y rodajas de patata, la madre de mi abuelo entraba en casa sin prestar atención a las personas con una fosforescencia de santa y el padre haciendo girar la navaja cerrada en el bolsillo cada vez más sin importancia, más vago, lo que se nota en las fotografías es un contorno difuso al revés de la madre, nítida, encendida por los cristales de colores de la sacristía y él no a su vera, al fondo, aún más innecesario por el halo que la madre traía alrededor del vestido, capaz de instalarse en una hornacina y repartir milagros

(desatascar cajones, descubrir tijeras perdidas, curar ampollas de la piel)

y no obstante fue el padre quien descubrió la tijera porque lo vieron apoyado en la viña virgen con una arruga en la frente de quien sopesa las ideas con una lentitud de astrónomo pero con los brazos caídos, una de las suelas torcida y mi abuelo intrigado por la suela, esto casi de noche, cuando las manzanas se encienden no todas por ahora, cuatro o cinco a lo sumo, las contó y eran cuatro, la quinta aún pálida, es decir, entre el verde y el amarillo con el amarillo creciendo, si la arrancase de la rama su palma amarilla, el sombrero del padre de mi abuelo deslizándose cara abajo, la manguera en las lechugas de vez en cuando un chisguete, la regadera que mi abuelo derribó sin darse cuenta un sonidito de zinc y un susto hacia atrás porque la regadera viva antes de ser cosa de nuevo, el gato debe de haber creído lo mismo porque trepó la cerca, la recuperó meses después con temblores de enfermo en la media tumba de un tronco, la tijera perdida en el cuello del padre de mi abuelo donde él la puso y mi abuelo sintiendo la tierra más cálida en los talones descalzos y raíces que le magullaban los pies, no miedo ni pena, la ilusión de que el padre iba a encender un cigarrillo porque buscaba el mechero en el chaleco y se golpeaba en la cintura con las palmas abiertas y de mechero nada, levantó el mechero una semana después entre el coro de avispas debajo de la manguera, esa noche solo se encontró con un labio torcido hacia un lado y un tercio de los dientes a la vista, en cuanto pudo mandó al administrador a disparar contra el cura después de la absolución y de la bendición hasta quedar solamente el recuerdo de un conejo perturbando sus días, mi abuela desnudándolo en el lebrillo y la escopeta arrimada a la cama para defenderse de la muerte, sobre todo después de la enfermedad del administrador que le quitó la mitad de la cordura y el mecanismo del habla, lo metieron en una barrica y él con el ojo fijo en las personas en lugar de discursos y una espumita escurriéndosele hasta el mentón, mantuvo la dureza un mes o dos hasta que la espumita se interrumpió, el ojo amable y listo, mi abuelo plantado frente a él indignándose

—Solo mueren los necios

supongo que con el padre en la mente y la tijera de la costura que ningún hombre decente usa, algunas de las palomas de mi abuela, descoloridas de tan gastadas, siguen por ahí, se posan en los escombros del palomar en busca de sémola, se marchan para volver horas después desmemoriadas, expectantes, con la edad han perdido la noción del viento y los perros a la espera de ellas con la boca abierta, ya solo faltamos mi hermano y yo en la pared para que toda la familia quede en marcos o sea hay retratos nuestros de niños, no de hoy, mi hermano con mi abuelo en la era y yo solo en el triciclo con una rueda embotada, además de las fotografías nos quedan el caballo y las voces de los finados que conversan, conversan, me queda tu recuerdo intacto, Maria Adelaide, no has cambiado, no he cambiado y al crecer llego al pueblo sin prestar atención a los postigos, me presento ante tus padres y nos casamos, tienes espació para tus cosas aquí, lugar para las muñecas y la cajita de música con la manivela que hay que tratar con cuidado porque girando la cuerda hasta el final no funciona, en cuanto sientas un chasquido paras y después basta con escuchar, primero deprisa y después cada vez más lenta interrumpiéndose en medio del estribillo y nosotros una melancolía tranquila, siempre imaginé que se moría de esa forma, un sonidito prolongándose unos segundos antes de desistir y desistir significa los ojos en otro sitio pues lo que ha quedado no son ojos

(como no es boca ni nariz ni frente son fragmentos extraños)

apagándose y pidiendo

—No dejes que me vaya

y entonces sí, partimos, fíjate en mi hermano que no responde a nada interesado en la música, a pesar de muy débil sería capaz de apostar a que alcanza la base de la sierra mezclada con los estremecimientos de las moras, uno cree que se estremecen, presta atención y entre los estremecimientos, menuda, tenaz, sin reposo, la música, puede ser que en el pueblo otra sombra despierta alzando la cabeza

—Me ha parecido oír la cajita

porque muchas de ellas la oyeron en los marcos de la sala, mi abuelo cambió la manivela, nunca lo había visto con gafas y con gafas una persona casi amable reparando averías todo falanges y yo sorprendido por su delicadeza descubriéndome a mí mismo casi queriendo a ese viejo que asomaba en la superficie con el pecho hinchado y bajaba de nuevo comunicando un secreto

—No he crecido, ¿lo sabían?

a pesar de la muerte con el índice levantado

—Vámonos

y mi abuelo siguiéndola a disgusto, obediente

—Ahora no me venía bien

por tanto fue mi abuelo quien puso la cajita en condiciones, un rollo con picos que golpeaban en lengüetas, la casa alegre palabra y yo olvidado de tu enfermedad, había momentos en octubre en que un mal viento nos entraba en la casa turbio de presagios y amenazas, las criadas

—El viento

más unidas que las gallinas durante los truenos y el caballo gimiendo achaques, en esos momentos las luces del pueblo apagadas y la mancha de los callejones ensanchándose hacia nosotros, mi abuelo guardaba las gafas en el estuche volviendo a ser el que era

—Idiota

y saliendo a luchar con el viento afligido por la agonía del trigo, no se distinguía al animal a diez metros del porche, se distinguía la voz que lo obligaba a caminar y entonces tú más enferma, Maria Adelaide, desistiendo en la cama, las muñecas cruzadas y la pila de agua bendita con una rama para rociar la fiebre, qué largas las noches cuando el cuerpo desiste y los muebles visibles a pesar de la oscuridad, cada accidente de los objetos, cada grieta del techo y todo lejos de nosotros, lo que vivimos, lo que fuimos, lo que nos apeteció un día, las personas hablando con nosotros a través de un cristal y da igual lo que digan porque aun cuando se entienda no se dirige a nosotros sino al que hemos dejado de ser, frases que se pliegan sobre sí mismas sin alcanzarnos

(el mulo cojeando inclinado hacia delante con la porfía de mi abuelo encima)

la piedra de musgo del silencio ocupando toda la habitación, más allá de mi abuelo el ayudante del administrador detrás de él guiándose por el ritmo de la pierna lisiada y la música de la cajita más viva, ora toques espaciados ora una llovizna de diptongos y yo pensando que la llovizna de diptongos tu voz, Maria Adelaide, necesitándome a mí que no llegué a saber cómo era tu voz, mi padre atravesaba el pasillo sin ocuparse de nadie y no obstante si me parase frente él se desmoronaba como latas mal colocadas y en cada una el recuerdo de mi madre escondida, en el caso de que durmiésemos venía a curiosear nuestro sueño con los zapatos en la mano, en el rectángulo de la ventana el contorno de la sierra y más allá de la sierra el principio del mundo que uno de los parientes de los retratos, el que alzaba la botella durante las meriendas ofreciéndosela a los fotógrafos, nos describía ignorando cómo era y yo abismado

(ensenadas, copas, grúas)

mi padre volvía a calzarse y se marchaba con los huesos de la cara más blancos, el día de mi abuelo y la escarda sus huesos blancos con el codo en el umbral para que ninguna de las latas perdiese el equilibrio en la pila, el ayudante del administrador lavó la escarda en un cubo y la guardó en el cuarto de las herramientas sin acusar a mi padre ni levantarse contra él, un hombre hace lo que el alma le manda y Dios juzga después, se limitó a recomponer a su amo y a transportarlo a donde lo había encontrado registrando las tumbas sin reparar en una persona de su sangre abajo ni de una señal que le orientase los pasos

—Aquí

puede ser que los parientes en un surco cualquiera o en la hacienda abonando el maíz así como el ganado de las fiebres y los cerdos enfermos, al cavar una atarjea fémures calcinados, porosos, tan leves que si se los dejase en el aire no caerían, mi abuelo cogió al ayudante del administrador y lo llevó a la cocina

—Para algo ha de servir ese idiota

y se quedó mirándolo como al padre con la tijera en la garganta o como mi abuelo a él al quitarle todo porque la madre se mudó a la residencia del cura y aparecía cuando las ranas crían pelo para llevar aves de corral o cacerolas, mi abuelo a la espera en el patio, la madre

—¿Aún estás aquí?

y mi abuelo cociendo zanahorias en un cazo sin interrogarse a sí mismo, en ningún momento de su vida se interrogó a sí mismo y perdió el miedo a la oscuridad que su padre aprovechaba para visitarlo con la suela torcida y los ojos pensativos cayéndosele al suelo, una mañana la madre trajo al cura con ella, el cura

—¿Ese quién es?

y la madre ahuyentándolo hacia un lugar indefinido donde un mueble tembló

—No veo ni un ratón, señor cura

de modo que lo único que lo acompañó al poner en marcha la hacienda con unos palmos de trigo y de cebada fue la cajita de música, levantó primero una cabaña, después una barraca y después una casa, después con el administrador y las criadas amplió la hacienda y la casa, la cocina se llenó de personal y la taza de mi abuela comenzó en el plato, mi abuelo no se acercaba a ella con el conejo en la mente, una cosa delgaducha y rosada provista de dos dientes en la punta del hocico, el cura a mi madre

—Parece que allí hay un niño

y mi abuelo conteniendo el llanto sorprendido por un malestar en el interior de los párpados que no conocía, por un instante el cura y la madre confusos y luego nítidos de nuevo, el cura de la edad del padre y la madre una respiración de nenúfares que la detenía

—Espere

con los tobillos hinchados y la barriga caída, mi abuelo pensando en quién la habría cambiado, allá se fueron despacito con el cura impacientándose

—¿Y?

liberando la sotana de las ramas y con chanclas enormes que despertaban a los muertos, la madre de mi abuelo que ya no servía para nada con los bronquios ahogados en un barro sin aristas

—Espere

aguardando a que las rodillas siguiesen en marcha, la izquierda más o menos y la derecha rígida, al cabo de muchos años mi abuelo imaginando cómo sería mi madre si mi abuela la desollase tal como te imagino conmigo, Maria Adelaide, en la cama de tu habitación distanciándote con la fiebre hasta que no se notaba la estampa y la lámpara desaparecida, se notaban las muñecas consolándonos con los brazos en cruz, usaban vestidos verdes

(creo que verdes)

y sandalias y todo, les diste nombres secretos que solo vosotros conocíais, el cura a la madre de mi abuelo irritándose por una perra que ladraba en un rincón del establo

—¿Es para hoy?

y la madre en la maraña de los musgos queriendo trotar hacia él, mi abuelo, oculto en una loma con una piedra en cada puño, furioso consigo mismo por no atreverse a tirarlas no tanto por la tijera, sino por la cantidad de tinieblas que desde entonces se amontonaban en los rincones, no había de olvidar el aroma de las jaboneras y la madre trepando los desniveles de la tierra, la perra al trote atraída por un nido de perdices desde el que llegaba el llanto de las crías y mi abuelo, de pura hambre, buscando las perdices aunque el llanto de las crías cambiase constantemente de sitio, esta fosa, aquella cueva y aquella cueva desierta, ni un escurrirse de patas para muestra o una fuga de alas, dormía pegado a la puerta por temor a que su padre le interrumpiese el sueño exigiendo que le quitase la tijera del cuello y mi abuelo

—No me obligue, señor

hasta que el padre caminaba hacia el patio con el andar de los muertos que parece desistir y no obstante prosigue, no se acordaba de él en ningún sitio salvo en el manzano intentando encender el mechero, la piedra soltaba una chispa que no iluminaba nada al mismo tiempo que el cerrojo de la sacristía dos vueltas inmensas dejándolo fuera, donde los juncos se movían en espiral por la brisa de la sierra, la que sentí toda la tarde obligando a la caja de música a funcionar sin cuerda, los pájaros del cementerio encogidos en los cedros y uno de los milanos no atinando con el peñasco porque le faltó un escalón de aire, transcurrida una semana el enfermero en la sacristía debido a que los nenúfares la impedían ser, el cerrojo abrió por un momento exhibiendo un mártir amarrado a un cepo, difícil de contemplar sin pena con tanta lanza en el cuerpo, mi abuelo se encontró con el cura sin sotana, con camisa como los hombres privados del patrocinio de Dios y la madre, boquiabierta, escurriéndose en el asiento, el enfermero extendiéndole el jarabe que no se toleraba en la lengua, bajaba las mejillas y no volvió a verla, escuchó el repique de las campanas sin levantar la cabeza, palas abriendo un hoyo cerca de las tumbas de los soldados de Francia alzando pedacitos de uniforme y un trabuco al que le faltaba la culata y mi abuelo asando una perdiz en una vara, si por casualidad levantaba la cabeza descubría la ventana de cristales de colores de la iglesia y la perra a unos metros con una expectativa de restos, al pillarla a tiempo una de las criadas de la cocina

—Ven aquí

era la madre que se le aparecía ahuyentándolo hacia un lugar indefinido donde tembló un mueble y con el mueble unos platos, unos vasos

—No veo ni un ratón, señor cura

así como no lo veían las mujeres, mi madre no lo veía y él a su vez tampoco la veía, rápidos encuentros de ciegos que olvidaba enseguida tal como a Filomena si no se hubiese marchado, la imagen del conejo que mi abuela desollaba persiguiéndolo y por tanto huía antes de que lo echasen en una cacerola al fuego, veía el estado de las conejeras y al administrador y el mulo sin mencionar la perdiz a la lumbre y la espesura de la noche, veía sobre todo la espesura de la noche y la comezón desconocida en los párpados y no tristeza, no disgusto, por qué tristeza y disgusto, era la vida y ya está, un desamparo que no sabría explicar hecho de la lluvia en el techo o de la madre casi a gatas en un desnivel de la tierra

—¿Al menos es para hoy?

todo ello asuntos que no le concernían, lo que le concernía era la perdiz y el silencio, el ayudante del administrador al que encontró de pequeño en las sendas en las que antes había caléndulas, no caléndulas normales, unas florecitas diminutas, el ayudante del administrador al que trajo en la grupa del mulo

—Quédate ahí a ayudar

suponiendo que el padre de él también una tijera o calculando que el muchacho sin encontrar a su madre entre las losas hasta que mi padre salvó a mi abuelo con la escarda de lo que le pesaba demasiado a pesar de la hacienda y de la casa y del dinero que tenía, se tumbaba en el porche preguntando

—¿Para qué Filomena?

las cabras regresaban de los peñascos con avances de falda ceñida camino del corral, cuidadosas del lugar donde ponían los pies descalzos de los cascos, una de ellas con un hijo agitándose en las bolsas, el pastor encajaba el gancho en la barra de la verja y se esfumaba en el monte, cómo se llamaba el pastor que no le venía el nombre, cómo se llamaban las criadas, les decía

—Tú

y bastaba con ello así como le decían

—Tú

de niño y le bastaba con ello también, de qué sirven los nombres y qué se hace con ellos, en lo más íntimo aceptaba si el administrador y el hijo lo llamaban

—Idiota

en vez de inclinarse con respeto

—Señor

mientras pensaba no

—Soy el dueño de todo esto

sino

—Soy un mulo que cojea

enredándose en las piedras, la perdiz no acababa de girar en el asador y si goteaba sangre se evaporaba enseguida en burbujas de lacre que dolían en la piel, una mujer menos hinchada, más joven, sustituyó a la madre en la sacristía y la ropa del cura engordando y adelgazando en el tendedero, el caballo partía en dirección al pueblo y tal vez encontrase a mi abuelo descalzo rondando a las avispas del manzano y tratando de entender

—Padre

sin entender nada, se anidaba como en el porche ahora, con los brazos en las rodillas y el mentón en los brazos, a pesar de ser de día no se notaban los postigos ni los difuntos cargando cubos hacia las huertas y él

—Padre

callado, la mujer del cura descolgaba la ropa de las pinzas y volvía a la sacristía, atraía las sombras hacia sí misma para evitar que el muerto lo buscase con la intención de ayudarlo con la tijera, se imaginó jugando con los hormigueros del patio, ordenó

—Desaparezcan

no en el tono de costumbre, con su voz de muchacho y se quedó acompañado por los gorgojos del maíz que se transformaban en las notas de la cajita de música cobrando fuerza a medida que la manivela iba girando y cuando la música terminó él solo en la sala donde antaño la taza y el plato, apretó sin mirar la muñeca de una de las criadas seguro de que agarraba a la mujer joven del cura camino de la sacristía con el cesto de la ropa

—Ven aquí

y la mujer obedeciéndolo como las restantes sin

—Tú

sin

—Señor

inerte mientras mi abuelo su alboroto de canario y la furia de marcharse limpiándose la chaqueta para limpiarse de ella, mi abuelo pidiendo al ayudante del administrador que le enseñase a construir un cochecito de madera

—¿Cómo se hace?

clavando las ruedas en un alambre y comprobando que se movían aunque una de ellas mayor y las portezuelas imposibles de abrir, dejándolo donde mi hermano

—Mi nieto

lo viese, donde mi hermano lo vio sin hacerle ningún caso.